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Europa: de la alianza transatlántica a la lucha por una nueva división del mundo

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19/9/2026

Europa: de la alianza transatlántica a la lucha por una nueva división del mundo


Europa conserva una fuerte dependencia militar, tecnológica, energética y financiera respecto de Estados Unidos. Esa realidad, sin embargo, no define por sí sola el rumbo de sus relaciones. La alianza transatlántica atraviesa una fractura que ya se expresa en los aranceles, la competencia tecnológica, la disputa por los contratos militares y la búsqueda europea de mercados y fuentes de suministro propios.

La rivalidad entre Estados Unidos y China ocupa el centro de la política internacional, pero no absorbe todos sus conflictos. Europa reúne algunas de las principales potencias capitalistas y una masa considerable de capital industrial y financiero. No se resigna a quedar reducida a un terreno subordinado de la confrontación entre Washington y Pekín. Sus gobiernos buscan abrir mercados, asegurar materias primas y construir instrumentos militares propios.

No existe todavía un Estado europeo unificado. Las diferencias entre Francia, Alemania, Italia y los demás miembros de la Unión afloran en cada programa industrial y militar. La crisis mundial los empuja a coordinar recursos y a ampliar el radio de acción del continente, pero ese movimiento no tiene un desenlace predeterminado. Puede alimentar una autonomía relativa y nuevos choques con Washington; también puede reforzar, durante una etapa, la división del trabajo dentro de la OTAN. La evidencia permite afirmar que la vieja relación transatlántica se vuelve más conflictiva. No alcanza todavía para dar por consumada su ruptura.

La alianza bajo presión

La hegemonía norteamericana de posguerra encuadró durante décadas las rivalidades entre los capitales de ambos lados del Atlántico. Washington proporcionaba la cobertura militar; las empresas norteamericanas y europeas competían por mercados y contratos dentro de ese marco. La OTAN no abolió la competencia. La mantuvo subordinada a una relación de fuerzas dominada por Estados Unidos.

Ese mecanismo pierde eficacia. La política de «Estados Unidos primer», llevada por Trump a un nuevo nivel, convirtió las diferencias comerciales en una presión abierta sobre los propios aliados. El acuerdo de 2025 fijó un arancel del 15 por ciento para la mayor parte de las mercancías europeas que ingresan al mercado norteamericano. La Unión Europea asumió compromisos de compra de energía e inversión en Estados Unidos. Se evitó el choque arancelario inmediato, pero el resultado fue leído por sectores de la burguesía europea como una capitulación. A comienzos de 2026, los gobiernos de la UE discutieron represalias sobre decenas de miles de millones de euros de importaciones norteamericanas y restricciones a sus empresas.

El enfrentamiento se desarrolla dentro de una enorme interpenetración económica. El intercambio de bienes y servicios llegó a alrededor de 1,6 billones de dólares en 2025 y Estados Unidos siguió siendo el principal destino de las exportaciones extracomunitarias de la UE. Lejos de disipar el conflicto, esos vínculos ofrecen instrumentos de presión y hacen más costosa cualquier ruptura.

La dependencia tecnológica pesa de un modo semejante. La informática, la inteligencia artificial, la nube y buena parte de los servicios digitales están dominados por monopolios norteamericanos. Bruselas intenta limitar ese poder con normas sobre competencia, datos y tributación; Washington las considera barreras contra sus compañías. El informe Draghi calculó que la UE debería sumar entre 750.000 y 800.000 millones de euros de inversión anual para achicar su atraso frente a Estados Unidos y China. Detrás de la discusión sobre la «autonomía estratégica» aparece un problema material: si Europa no reconstruye capacidad industrial y tecnológica, quedará subordinada a capitales ajenos en los sectores que organizan la acumulación y la guerra.

Groenlandia llevó esta fractura al terreno territorial. En julio de 2026 Trump volvió a reclamar el control norteamericano de la isla, después de haber amenazado meses antes con medidas económicas y de negarse a descartar el uso de la fuerza. No fue una ocurrencia sin consecuencias. Groenlandia ocupa una posición decisiva en el Ártico, alberga la base espacial estadounidense de Pituffik y se encuentra sobre rutas que el deshielo vuelve cada vez más transitables. A esto se agregan el uranio, las tierras raras y otros minerales estratégicos. La Comisión Europea estima que allí existen 25 de las 34 materias primas que clasifica como críticas.

La presión sobre un territorio autónomo del Reino de Dinamarca obligó a varios gobiernos europeos a respaldar a Copenhague y aumentar su presencia en el Ártico. La UE había firmado en 2023 una asociación con Groenlandia sobre cadenas de valor de materias primas. El episodio permite medir el deterioro de la vieja disciplina atlántica: Washington pretende imponer condiciones sobre el territorio de un socio de la OTAN para controlar una posición militar y recursos disputados. Pero Groenlandia, por sí sola, no prueba que Europa se encamine a romper con Estados Unidos. La respuesta europea buscó también encauzar el conflicto dentro de la OTAN. El dato decisivo es otro: una disputa territorial entre aliados, antes difícil de concebir, ingresó en el campo de posibilidades reales.

Algo parecido ocurre con el rearme. Estados Unidos exige que Europa pague una parte mayor del enfrentamiento con Rusia y así poder concentrar recursos en Asia. Francia, Alemania y otras potencias aprovechan esa exigencia para fortalecer sus industrias armamentistas. Washington quiere más gasto europeo dentro de la OTAN y más compras a sus empresas; los gobiernos del continente quieren que ese dinero construya capacidad industrial y militar propia. Sería apresurado identificar este proceso con el nacimiento de un polo militar europeo independiente. Gran parte del aumento fortalece la capacidad de la OTAN y la demanda de armas norteamericanas. Al mismo tiempo, el control de los contratos, la tecnología y las decisiones estratégicas alimenta una competencia que la alianza no logra suprimir.

Mercados, minerales y corredores

La ofensiva europea se aprecia mejor en la red de acuerdos comerciales, proyectos de infraestructura y asociaciones sobre materias primas. La invocación al «libre comercio» encubre objetivos bastante concretos: colocar automóviles, maquinaria, productos químicos y servicios; asegurar minerales indispensables; reducir dependencias de China y Estados Unidos.

El acuerdo con el Mercosur abarca un espacio de más de 700 millones de habitantes. Facilita el ingreso de manufacturas y servicios europeos y amplía el acceso de la UE a alimentos, litio, cobre, niobio y grafito de Argentina y Brasil. Las economías que lo suscriben no parten de posiciones equivalentes. Los monopolios europeos obtienen mejores condiciones para penetrar mercados; los países sudamericanos refuerzan su especialización como proveedores de alimentos y materias primas. Las restricciones a impuestos o trabas sobre las exportaciones minerales favorecen el abastecimiento de Europa y reducen el margen para utilizar esos recursos en una industrialización propia.

India constituye el otro gran avance. El acuerdo concluido en enero de 2026 elimina o reduce aranceles sobre el 96,6 por ciento de las exportaciones europeas y, según la Comisión, podría duplicarlas hacia 2032. India abrirá su mercado a automóviles, maquinaria y productos químicos; recibirá mayor acceso para textiles, fármacos, metales y servicios. La negociación se aceleró frente a las medidas proteccionistas de Estados Unidos. El convenio fue una respuesta a Washington tanto como una operación comercial.

Indonesia, Chile y Australia interesan por el níquel, el cobalto, el litio, las tierras raras y la energía. Los acuerdos con México y Nueva Zelanda completan esa expansión, aunque no todos se encuentran en la misma etapa de aprobación o aplicación. La selección responde a una necesidad industrial: asegurar desde las baterías y los semiconductores hasta la aeronáutica y los sistemas de armas.

África ocupa un lugar cada vez más visible. La UE estableció asociaciones con Namibia por tierras raras, litio e hidrógeno; con Zambia por el cobre; y con la República Democrática del Congo, principal productora mundial de cobalto. El corredor de Lobito busca llevar los minerales de Zambia y el Congo hasta la costa atlántica de Angola. La infraestructura forma parte de la competencia con China, que ganó posiciones mediante inversiones en minas, ferrocarriles, puertos y carreteras.

Europa exige apertura en el exterior mientras protege los sectores amenazados dentro de sus fronteras. El arancel de carbono, las restricciones al acero, los derechos compensatorios sobre vehículos eléctricos chinos, los subsidios industriales y los controles sobre inversiones conviven con los tratados de liberalización. No hay una contradicción doctrinaria. Apertura y proteccionismo sirven a los mismos monopolios en distintos terrenos.

China es el adversario y, a la vez, un vínculo del que Europa no puede desprenderse sin pagar un precio enorme. En 2025, el déficit europeo de mercancías con ese país se acercó a 360.000 millones de euros. China aportó más de una quinta parte de las importaciones extracomunitarias de la UE y mantuvo una posición dominante en el procesamiento de litio, cobalto, grafito, manganeso y tierras raras. Para industrias alemanas, francesas e italianas sigue siendo también mercado y plataforma productiva.

La fórmula europea de «reducir riesgos» en lugar de desacoplarse expresa esa contradicción. Bruselas procura contener a China sin ceder a Estados Unidos las posiciones que abandonen las empresas chinas. Todavía no existen bloques económicos cerrados. Pero las cadenas productivas comienzan a ordenarse con criterios militares y geopolíticos, mientras cada potencia reserva recursos y proveedores para crisis futuras.

El rearme y la ruptura del orden de posguerra

La expansión militar ofrece la medida más grave del proceso. El gasto de los 27 Estados de la UE pasó de unos 259.000 millones de euros en 2021 a 418.000 millones en 2025 y se proyecta en 454.000 millones para 2026: un aumento del 75,3 por ciento en cinco años. Alemania removió restricciones fiscales para financiar su programa; Francia reivindica su fuerza nuclear y una industria continental; Polonia y los países bálticos destinan proporciones inéditas de su producto a la defensa. Fondos comunes, compras coordinadas y preferencias a los fabricantes europeos acompañan esa escalada.

Las importaciones europeas de grandes sistemas de armas aumentaron un 210 por ciento entre 2016-2020 y 2021-2025. Estados Unidos suministró el 48 por ciento. El dato impide exagerar la autonomía europea: el rearme reforzó hasta ahora la dependencia de proveedores norteamericanos. Pero el volumen de las compras convirtió también el mercado militar en un campo de batalla entre monopolios. Los gobiernos reclaman producción local, transferencia tecnológica, mantenimiento propio y control de los sistemas. Las empresas estadounidenses instalan plantas y forman sociedades con capitales europeos para conservar los contratos.

Persisten carencias decisivas en defensa aérea, transporte estratégico, reabastecimiento en vuelo, vigilancia, municiones y misiles de largo alcance. Los programas comunes chocan con intereses nacionales. Francia y Alemania disputan su conducción porque cada Estado quiere orientar los contratos hacia sus empresas. La presión de Washington, la guerra de Ucrania y la competencia con China empujan, pese a esas diferencias, a una mayor centralización militar.

Una mayor autonomía puede crecer dentro de la OTAN y sin comenzar por una ruptura diplomática. Europa puede acompañar a Estados Unidos contra Rusia o China mientras construye satélites, comunicaciones, arsenales, cadenas de suministro y fuerzas de intervención sometidas a decisiones propias. La evolución inversa tampoco debe excluirse: el temor a Rusia, el costo de reemplazar las capacidades norteamericanas y las divisiones internas pueden prolongar la subordinación europea. La cuestión no está resuelta. Lo comprobable es que la alianza contiene una competencia creciente, no que ya haya producido un bloque europeo independiente.

El gasto militar también actúa como una política económica. La llamada «economía de guerra» garantiza contratos estatales a industrias golpeadas por el estancamiento, la crisis energética y la pérdida de competitividad. El costo recae sobre los trabajadores a través del endeudamiento, los recortes sociales, las jubilaciones y los salarios. Al mismo tiempo, la militarización agudiza las rivalidades internas: cada potencia procura dominar los programas, conservar su industria y controlar las decisiones estratégicas.

Este desarrollo debe inscribirse en la ruptura del orden establecido después de la Segunda Guerra Mundial. Aquel sistema descansó en la supremacía económica, financiera y militar de Estados Unidos. La OTAN subordinó la seguridad europea a Washington; el dólar organizó las finanzas; el FMI, el Banco Mundial y el GATT, más tarde convertido en la OMC, regularon la expansión internacional del capital. Las rivalidades no desaparecieron. Quedaron encuadradas por la hegemonía norteamericana.

La declinación relativa de Estados Unidos, el ascenso de China, el estancamiento europeo, la restauración capitalista en los antiguos Estados obreros y las crisis recurrentes modificaron esa relación de fuerzas. Washington defiende con métodos más agresivos una supremacía que ya no puede ejercer como en la posguerra. China disputa tecnologías, mercados, materias primas y áreas de influencia. Europa se arma y busca una esfera propia para no quedar relegada.

No emerge de allí un nuevo equilibrio «multipolar». El viejo orden pierde cohesión sin que otro sistema haya logrado reemplazarlo. Hablar de desintegración no significa suponer un derrumbe lineal: el dólar, la OTAN y las instituciones financieras creadas bajo la hegemonía norteamericana conservan una fuerza enorme. La crisis aparece precisamente en la contradicción entre esa continuidad institucional y una relación de fuerzas que ya no puede ser administrada como en la posguerra. Los aranceles se presentan como medidas de seguridad nacional, las inversiones se seleccionan por su alineamiento político, las cadenas productivas se preparan para bloqueos y la infraestructura civil entra en la planificación militar.

Ucrania, Medio Oriente y el Indo-Pacífico son frentes conectados por esta disputa. Estados Unidos orienta fuerzas hacia Asia y descarga sobre Europa una parte del enfrentamiento con Rusia. China acelera su preparación tecnológica y militar; Rusia reorganiza su economía alrededor de la guerra; Japón abandona restricciones sostenidas durante décadas. La carrera armamentista incorpora satélites, drones, sistemas informáticos e inteligencia artificial.

La interdependencia económica no ofrece una garantía de paz. Antes de 1914, las potencias europeas estaban unidas por el comercio y las inversiones. Esos lazos no impidieron que la lucha por los mercados, las colonias y la división del mundo desembocara en la guerra.

Una conflagración general no tiene fecha establecida. Tampoco todo aumento del gasto militar conduce automáticamente a una guerra mundial: puede funcionar como disuasión, disciplina de aliados o negocio para la industria armamentista. Esa objeción, sin embargo, no invalida la tendencia, pero obliga a formularla con precisión. El peligro surge de la combinación entre presupuestos militares en ascenso, reconstrucción de industrias de guerra, conflictos regionales conectados y coerción económica. Los arsenales no causan por sí solos la guerra; crean los medios y las condiciones para que una crisis política se transforme en enfrentamiento directo.

La confrontación entre Estados Unidos y China es el eje principal, no la totalidad del proceso. Europa, Rusia, Japón y otras potencias intervienen con intereses propios. En Europa persiste la dependencia respecto de Washington y sería incorrecto presentarla como una potencia ya emancipada de la tutela norteamericana. Pero esa dependencia tampoco garantiza armonía. La presión de Washington, las disputas comerciales y el reparto del gasto militar empujan a sectores de la burguesía europea a buscar instrumentos propios. Groenlandia mostró la profundidad que puede alcanzar un choque entre aliados; el rearme amplía los medios con los que esas rivalidades podrían desarrollarse.

La ruptura del equilibrio de posguerra no desemboca necesariamente en una convivencia pacífica entre varios polos. La conclusión más rigurosa es que se debilitan los mecanismos que durante décadas encuadraron las rivalidades, mientras aumentan los recursos económicos y militares destinados a dirimirlas. La tendencia a una guerra mundial debe entenderse en ese sentido: como una posibilidad histórica que gana base material en el desarrollo presente de la política internacional.

Fuentes seleccionadas

Agencia Europea de Defensa, Defence Data 2025-2026: https://eda.europa.eu/news-and-events/news/2026/07/16/eu-defence-spending—418-billion-in-2025–projected-to–454-billion-in-2026

SIPRI, Trends in International Arms Transfers, 2025: https://www.sipri.org/media/press-release/2026/global-arms-flows-jump-nearly-10-cent-european-demand-soars

Comisión Europea, Informe Draghi sobre competitividad: https://commission.europa.eu/topics/competitiveness/draghi-report_en

Comisión Europea, UE-India, acuerdo de libre comercio: https://ec.europa.eu/commission/presscorner/detail/en/ip_26_184

Comisión Europea, UE-Indonesia, acuerdo económico integral: https://policy.trade.ec.europa.eu/eu-trade-relationships-country-and-region/countries-and-regions/indonesia/eu-indonesia-agreements_en

Comisión Europea, cooperación con Groenlandia y materias primas críticas: https://international-partnerships.ec.europa.eu/countries/greenland_en

Gobierno de Dinamarca, declaración conjunta sobre Groenlandia, 6 de enero de 2026: https://stm.dk/media/qo2dyzxy/erklaering-gl.pdf

Reuters, Trump reitera que Groenlandia debe quedar bajo control estadounidense, 7 de julio de 2026: https://www.reuters.com/world/europe/trump-says-greenland-should-be-controlled-by-us-not-denmark-2026-07-07/

Eurostat, comercio de la UE con Estados Unidos: https://ec.europa.eu/eurostat/statistics-explained/index.php?title=EU_trade_with_the_United_States_-_latest_developments

Comisión Europea, relaciones comerciales UE-China: https://policy.trade.ec.europa.eu/eu-trade-relationships-country-and-region/countries-and-regions/china_en