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La segunda revolución china (1925/27) (Parte II)

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La segunda revolución china (1925/27) (Parte II)

Surgimiento, desarrollo, traición y derrota del comunismo/estalinismo.


En la entrega anterior vimos cómo se cocinó una orientación oportunista en el Partido Comunista Chino bajo la responsabilidad de la dirección moscovita del Comintern (Internacional Comunista, IC). Un partido chino que surge en medio de profundos procesos revolucionarios, en un cuadro de emergencia del proletariado urbano, con el descontento campesino de fondo, y con definiciones antiimperialistas que dejan de ser exclusivas de una minoría intelectual para ser propiedad de amplios sectores populares. El comunismo chino da sus primeros pasos subordinados al partido nacionalista, Kuomintang, violando así todos los reparos puestos por Lenin en la edificación de la orientación política para las colonias y semicolonias en su lucha nacional contra el imperialismo.

En esta oportunidad veremos cómo esta orientación oportunista calará hondo en la política comunista china, dejando pasar oportunidades irrepetibles para la clase obrera en su lugar de caudillo revolucionario de las masas campesinas y el pueblo. Al mismo tiempo, veremos cómo el debate chino y las inocultables responsabilidades estalinistas, derivarán en una profunda crisis en el Partido Comunista soviético (PCUS), separando finalmente al ala reformista-contrarrevolucionaria respecto a sus reservas consecuentemente revolucionarias, siendo bisagra la expulsión de Trotsky a fines de 1927.

La experiencia china clarificará, más allá de ciertas volteretas ultraizquierdistas, la estrategia que Stalin desarrollará a lo largo del planeta durante varias décadas: ser los primeros verdugos de cualquier triunfo revolucionario de la clase obrera. Así analizaremos la traición de los nacionalistas a los comunistas, que en verdad no fue otra cosa que la traición de Stalin a los comunistas y la clase obrera.

La segunda revolución China y la oportunidad perdida del oportunismo

Mayo de 1925, se inicia la Revolución

Para 1925, las dieciocho provincias chinas estaban bajo distintos mandos. Pekín bajo un grupo de generales, denominado el “Club de An-Fu”, que centralizaba cuatro provincias. El Kuomintang controlaba dos provincias, con centro en Cantón, siendo Sun Yat-sen el principal referente. Mientras que otras doce estaban bajo el dominio autónomo de distintos “señores de la guerra”.

El desarrollo y la organización de la clase obrera resultaron vertiginosos. Tanto en Cantón como en Shanghái, pasando por el puerto de Hong Kong y Pekín, existían para principios de la década de 1920 un buen número de sindicatos que se multiplicó en cuestión de años. Agrupaban a textiles, tipógrafos, metalúrgicos, portuarios, marítimos, ferroviarios, entre otros. La huelga exitosa por salario de los obreros marítimos de Hong Kong en enero de 1922 fue un primer gran antecedente positivo, despertando la intervención del conjunto de los trabajadores del país. Este camino de la clase obrera se fue cimentando sobre una fuerte reacción imperialista y gubernamental, incluyendo masacres como el asesinato de los ferroviarios ese mismo año en el norte de Pekín.

El primer congreso de sindicatos de China celebrado en 1922, con la participación de 162 delegados que representaban a 200.000 trabajadores, fue seguido por una segunda edición en 1925 con la participación de 281 delegados en representación de 166 sindicatos y 540.000 obreros. El tercer congreso en 1926, en medio de enormes convulsiones obreras, contó con la presencia de 504 delegados que representaban a 1.240.000 trabajadores (Luis Gerovicht, “La primera revolución china”).

Desde 1924, la tendencia industrial a la sustitución de importaciones por mercancías producidas a nivel local se revierte con el reingreso de productos europeos. Esto profundiza la crisis económica de posguerra, creando un cuadro económico recesivo, que da inicio a huelgas contra los despidos, por mejoras de salario y de condiciones de trabajo. El movimiento choca con patronales de origen mayoritariamente británico y japonés, por lo que emergen luchas políticas de carácter profundamente antiimperialista. El 15 de mayo de 1925 es asesinado un obrero comunista por el capataz de su fábrica, en una textil japonesa de Shanghái, desatando un enorme movimiento. Las huelgas que se venían desarrollando, desembocaron en una lucha general, ocupando las calles de la ciudad el 30 de mayo, obteniendo como respuesta una feroz represión de las tropas inglesas, dejando el saldo de quince muertos. Al día siguiente, los sindicatos decretaron la huelga general, paralizando la ciudad y el comercio, con el apoyo de los estudiantes. A la par del desarrollo sindical, y con la agudización de la lucha de clases, el Partido Comunista de China (PCCh) tuvo un vertiginoso crecimiento, expresando la lucha reivindicativa de la clase obrera y su enfrentamiento nacional contra las potencias imperialistas que desgarraban China.

Durante junio de 1925, las movilizaciones obreras antiimperialistas continuaron en ascenso, mientras las tropas británicas profundizaban la represión mediante encarcelamientos masivos y disparos contra los manifestantes en Shanghái, con la colaboración de tropas francesas en Cantón. La represión dejó decenas de víctimas, incluidos niños, y profundizó la huelga, ahora acompañada por el boicot a las mercancías británicas. El puerto de Hong Kong permaneció paralizado durante dieciséis meses.

En este cuadro de luchas antiimperialistas, con protagonismo tanto de la clase obrera como de los comunistas al frente del conflicto, los nacionalistas del Kuomintang debían dar garantías y tranquilidad a su propia burguesía. La lucha antiimperialista no podía desbordarse ni política, ni militarmente. Antes de la rebelión obrera, en marzo de 1925 había muerto Sun Yat-sen, el indiscutido líder del movimiento nacionalista chino, por lo que la disputa del liderazgo partidario estaba abierta entre el ala derecha y el ala izquierda del KMT, siendo Chiang Kai-shek el dirigente más destacado de la primera y el indicado para poner paños fríos.

Para ese entonces, la política de la que dependía el PCCh se encontraba en un camino de franca adaptación al nacionalismo burgués. Voitinski, jefe de la oficina de Extremo Oriente de la IC, destacaba que tras la muerte de Sun Yat-sen el ala burguesa del partido estaba siendo suplantada y superada por los sectores populares y consecuentes en la lucha nacional. El ascenso de Chiang Kai-shek no era divisado bajo el contenido de clase que verdaderamente poseía. En este cuadro de protagonismo comunista en las luchas urbanas de la clase obrera, el comunismo resultaba una verdadera preocupación para el sector dirigente del Kuomintang. Lo era menos por su dirección, fácilmente manipulable a partir de los acuerdos del nacionalismo con Moscú, que por su base militante más radicalizada. El PCCh pasó de tener 900 militantes a principios de 1925 a conformar una organización de 10.000 miembros (otras fuentes contabilizan el doble) a fin del mismo año, siendo unos 30.000 militantes en 1926.

¿La traición nacional del Kuomintang?…

En la primera parte de este trabajo analizamos las resoluciones del Segundo Congreso de la Internacional Comunista sobre la lucha nacional en las colonias y semicolonias, y la necesaria independencia política con que los partidos comunistas debían intervenir frente a los nacionalistas burgueses. Si hasta 1925 podía atribuirse el ingreso del PCCh al Kuomintang a cierta confusión o incluso a un “error”, los acontecimientos de 1926 demostrarían que se trataba, en realidad, de una política oportunista que tendría consecuencias criminales por parte del Ejecutivo de la Internacional Comunista.

El golpe de Chiang Kai-shek contra los comunistas

El año 1926 se inicia con el importante, y por demás clarificador, segundo congreso del Kuomintang en el mes de enero, donde se iban a dirimir fuertes internas del partido tras la muerte de Sun. Fueron los comunistas quienes se destacaron por el número de sus participantes, por estar en condiciones de dominar las sesiones y por lograr el ingreso de siete dirigentes al Comité Central del partido nacionalista, junto con otros 24 miembros nombrados como suplentes del organismo de dirección central.

Chiang Kai-shek, alarmado por el copamiento del PCCh e interesado por dirigir el partido sin cuestionamientos, forzó el 20 de marzo de 1926 la exclusión de los dirigentes comunistas que se encontraban en los puestos de dirección del Kuomintang, también pidió el listado de todos los comunistas que eran parte del KMT y prohibió cualquier crítica que surgiera a la filosofía sunyatsista. En esta misma sintonía, a pretexto de un conflicto que se había suscitado en las fuerzas militares que estaban a su mando, expulsó a algunos cuadros comunistas y encarceló a otros enviados soviéticos. Poco tiempo después llamó a poner fin a la huelga portuaria en Hong Kong que perjudicaba el comercio británico.

Mientras el nacionalismo se alarmaba y golpeaba a los comunistas por el peligro que estos representaban, el Comintern sostenía su política de subordinación al partido nacionalista burgués chino. Pocos días antes de este primer golpe de Chiang Kai-shek, el Comintern abría aún más las puertas de su organización, incluyéndose al Kuomintang como partido asociado a la Internacional Comunista y premiando a Chiang como miembro honorífico.

A la luz de este ataque, Chen Tu-hsiu, secretario general del PCCh, planteó romper inmediatamente con el Kuomintang, aludiendo que sostener un acuerdo a estos niveles con la burguesía china equivaldría a traicionar la revolución obrera y campesina. El Comintern, bajo el liderazgo de Voitinsky, no pudo convencer al dirigente chino, pero a fuerza de “disciplina internacional” hizo que este, una vez más, oculte su opinión al resto del Comité Central. Sin embargo, el resto de los dirigentes compartía la opinión de retirarse del KMT. Fue así que Voitinski redactó una nueva resolución que, maniobrando, sostenía la permanencia en el partido nacionalista pero a condición de sostener una alianza con su ala izquierda. Esta resolución, finalmente aceptada, cayó muy mal en Moscú.

Lo que debería haber derivado en una rápida ruptura de los comunistas con el nacionalismo burgués estaba lejos de los planes de Bujarin y Stalin. La adaptación al Kuomintang fue total: desde el cese de las concesiones respecto de la confiscación de tierras, hasta la entrega de armas soviéticas a las fuerzas nacionalistas, que luego serían utilizadas contra los propios comunistas chinos. Al mismo tiempo, los enviados soviéticos habían rechazado la solicitud de cinco mil rifles del PCCh, formulada por Chen Tu-hsiu ante la previsión de nuevos enfrentamientos con Chiang Kai-shek.

Mientras las noticias de los golpes a los comunistas no llegaban a la prensa oficial soviética, el Politburó ruso enviaba nuevos “asesores” a China para convencer al CC del PCCh de la política dictada por Moscú, entre ellos Andrei Bubnov.

La Expedición del Norte

La Expedición del Norte, partiendo en julio de 1926 desde Cantón con Chiang Kai-shek a la cabeza, tenía por objetivo extender el dominio nacionalista hacia las provincias del centro del país. Chiang golpeaba a los gobiernos dirigidos por los “señores de la guerra”, avanzando en provincias como Hunan, Hupeh y Kiangsi, y desatándose al mismo tiempo importantes insurrecciones populares que involucraron a los campesinos sublevados contra los poderes terratenientes establecidos. Las fuerzas nacionalistas de Chiang Kai-shek, en su exitosa expansión militar, crecieron de cuatro a siete cuerpos de ejército en tan sólo dos meses, dando un salto de 70 mil a 250 mil hombres armados.

Los soviéticos habían intentado que los nacionalistas desistieran de esta expedición, temerosos de una derrota, pero una vez iniciada celebrarán cada triunfo como propio, como consta en las publicaciones de Pravda en aquel entonces. Recordemos que la Comintern no sólo había asistido a los generales nacionalistas formándolos en Moscú y luego en Cantón, sino que más allá de los cortocircuitos de marzo, continuó entregando armas y equipamiento militar, vital para la expedición.

La expedición se apoyaba tanto en el poderío de sus milicias, como en las insurrecciones que se desarrollaban a su paso. Las masas radicalizadas celebraban la llegada de las tropas nacionalistas, pero pronto chocaban con la política de Chiang Kai-shek de contener toda demanda que amenazara la propiedad privada. Mientras Chiang fortalecía su poder militar y político, sus tropas desplazaban a los “señores de la tierra” y reprimían las sublevaciones obreras y campesinas mediante acuerdos con los poderes locales. En agosto de 1926, tras tomar Changsha, capital de Hunan, Chiang Kai-shek expresó públicamente su rechazo a la confiscación de tierras por parte del campesinado.

Este rechazo a las reivindicaciones agrarias favoreció el desarrollo de organizaciones campesinas independientes, que impulsaron la confiscación de tierras y chocaron con el nacionalismo burgués y sus acuerdos con los terratenientes provinciales. En este proceso vuelve a evidenciarse la colaboración del estalinismo con el Kuomintang y sus intereses de clase: en medio de los levantamientos rurales, el Politburó ruso envió un telegrama a los comunistas -a quienes atribuía erróneamente la responsabilidad principal de las revueltas- para que desistieran de organizarlas, con el objetivo de preservar la alianza con Chiang Kai-shek.

El PCCh revisó su política agraria, y Chen Tu-hsiu y otros dirigentes propusieron impulsar medidas radicales de confiscación, al tiempo que cuestionaban a Borodin por defender las posiciones derechistas del KMT, basadas en la “recompra de tierras a los terratenientes” (Carr, p. 92). Sin embargo, en la práctica, el PCCh adoptó una política diferenciada: promovía confiscaciones más amplias en los territorios donde el nacionalismo aún no había tomado el poder, mientras que en las zonas controladas por Chiang Kai-shek moderaba sus demandas para no afectar los vínculos del KMT con los terratenientes aliados, limitando las expropiaciones a los considerados “reaccionarios”, vinculados a los gobiernos señoriales, la Iglesia y otros sectores. Al mismo tiempo, el Kuomintang buscaba que la retaguardia obrera y campesina de Cantón redujera sus huelgas y manifestaciones tras la partida de Chiang Kai-shek al frente. Sin embargo, los avances nacionalistas estimularon la organización obrera en las ciudades “liberadas”, no sólo en Hunan, sino también en los principales centros industriales de la cuenca del Yangtsé. Ante este crecimiento, el nacionalismo burgués buscó contener las huelgas para evitar nuevos conflictos con las potencias imperialistas, llegando incluso a reprimir el ejército a los obreros con la aprobación del gobierno del nacionalista.

O ¿la traición del Partido Comunista a la clase obrera china?

E. H. Carr señala que la militancia comunista tendía a desplazarse hacia la izquierda, mientras la dirección del partido, por decisión propia o bajo las directivas del Comintern, actuaba como contención nacionalista. En este contexto, las presiones internas llevaron a convocar una conferencia comunista extraordinaria en diciembre de 1926. Allí, el comité provincial de Kwangtung planteó que el partido debía acompañar el ascenso de las masas obreras y campesinas, incluyendo la ruptura con el Kuomintang y el apoyo a su gobierno. La dirección rechazó la propuesta bajo la supervisión de los enviados del Comintern, argumentando la necesidad de evitar una deriva “ultraizquierdista”.

El Comintern con los nacionalistas

El alineamiento del Comintern con el Kuomintang era total. La expulsión de los comunistas de su dirección tras el golpe de Chiang Kai-shek, fue considerada un episodio circunstancial. En octubre de 1926, Bujarin celebró los avances de la revolución china, llamó a estrechar vínculos con el “ala izquierda del KMT” y calificó de “herejía ultraizquierdista” la propuesta de Chen Tu-hsiu de retirarse del partido. Así, Moscú sostenía la alianza con el Kuomintang pese a que su dirección efectiva era ejercida por Chiang Kai-shek.

Esto quedó en evidencia un mes después, durante la séptima reunión de la Internacional Comunista, donde Tan Ping-shan participó por el PCCh junto a un dirigente del Kuomintang, mostrándose como dos organizaciones hermanas. Pese a ciertas discrepancias que surgían en torno al rumbo chino, la dirección estalinista impuso su orientación: Tan Ping-shan expresó su confianza en el Kuomintang mirando a los ojos a su coterráneo nacionalista, mientras Stalin definió al Ejército Revolucionario como el “factor más importante” de la lucha obrera y campesina por su liberación. Las resoluciones de la reunión ratificaron así el apoyo al Kuomintang y, explícitamente, a Chiang Kai-shek.

Uno de los aspectos centrales de las resoluciones de la séptima reunión de la IC fue el impulso de un programa de acción campesino mucho más avanzado que el desarrollado hasta entonces en China. Sin embargo, su contenido revolucionario parecía responder más a las críticas surgidas dentro de la propia reunión y a la necesidad de contener posibles cuestionamientos de la Oposición que a una orientación efectiva. La contradicción era evidente: mientras el Comintern aprobaba un programa radical, sus propios emisarios limitaban la acción comunista en el campo, como había quedado expuesto meses antes en el enfrentamiento entre Chen Tu-hsiu y Borodin.

En definitiva, el PCCh, cohesionado bajo la orientación de la IC, contribuyó a contener la intervención independiente de obreros y campesinos en nombre de la “unidad del movimiento nacional”, es decir, de su alianza con el Kuomintang. Este se consolidaba como el principal partido de la burguesía, articulando compromisos con terratenientes y potencias imperialistas con una política decidida a aplastante toda expresión independiente que cuestionara el orden capitalista.

División en el seno del Kuomintang, dos sedes de gobierno

Más allá de la condescendencia de Moscú, el rumbo de Chiang Kai-shek ya estaba definido. Desde la muerte de Sun Yat-sen, el Kuomintang se encontraba dividido entre el ala izquierda, encabezada por Wang Ching-wei y favorable a la colaboración con los soviéticos, y el sector cada vez más poderoso de Chiang Kai-shek, crecientemente anticomunista. La fractura se expresó en la división del gobierno: el ala izquierda y los comunistas se instalaron en Wuhan, mientras Chiang estableció su sede militar en Nanchang.

Tras la séptima reunión del Comintern, y por invitación de Chiang Kai-shek, una delegación comunista partió hacia los “territorios liberados” de China a comienzos de 1927. Encabezada por el enviado oficial Manabendra Roy y Pável Mif, e integrada también por otros dirigentes comunistas y una delegación de obreros soviéticos, la comitiva recorrió Cantón, Nanchang y finalmente Wuhan. En Cantón presenció movilizaciones obreras contra Chiang, luego de la sanción de medidas que prohibían las huelgas y regulaban el armamento de los trabajadores. En marzo, la delegación pasó por Nanchang y concluyó su recorrido en la “izquierdista” Wuhan, enfrentada abiertamente con Chiang.

Para entonces, la “razzia” del ala derecha del Kuomintang contra los comunistas parecía inminente. La delegación había constatado la profundidad de la fractura y los informes del PCCh advertían sobre las intenciones del nacionalismo burgués. Chen Tu-hsiu denunciaba la alianza de Chiang Kai-shek con Chang Tso-lin, caudillo de Pekín y protegido del imperialismo japonés. Por su parte, Chiang boicoteó las reuniones de dirección del KMT, renunció a sus cargos y desconoció al gobierno de Wuhan, formalizando la ruptura. Ante esta situación, el ala izquierda del nacionalismo buscó sostener su gobierno acercándose a los comunistas y adoptando medidas para profundizar la política agraria y el reparto de tierras.

La insurrección de Shanghái y la llegada de Chiang Kai-shek

El Ejército Nacionalista continuaba su avance. Tras derrotar a Sun Chuan-fang en Hangchow el 17 de febrero de 1927, sus tropas quedaron a menos de 200 km de Shanghái. La cercanía del frente motivó una huelga del Sindicato General, pero Sun reprimió con dureza tanto el paro como el levantamiento armado del 22 de febrero. Mientras tanto, Chiang Kai-shek demoró su avance hacia la ciudad; los comunistas sospechaban que buscaba el desgaste del movimiento obrero para tomar el control total de la «liberación». Finalmente, el 21 de marzo, el avance de las tropas nacionalistas coincidió con una huelga masiva de entre 600.000 y 800.000 trabajadores. La huelga e insurrección obrera derrocaron a Sun Chuan-fang, dando la llegada de las tropas nacionalistas el golpe final.

La insurrección de la clase obrera en Shanghái -epicentro industrial con fuerte presencia sindical y comunista- ofrecía la posibilidad de construir una alternativa frente a la vía nacionalista burguesa. Además, la hostilidad y represión previa de Chiang Kai-shek contra las rebeliones obreras y campesinas en su avance hacia el norte demostraban que, para la clase trabajadora, constituir un poder propio no solo era una opción viable, sino una necesidad imperativa de supervivencia política.

Sin embargo, la dirección comunista adoptó la postura opuesta. En sus páginas, el periódico soviético Pravda celebró la insurrección afirmando con entusiasmo que «los obreros victoriosos han entregado «la llave de Shanghái al ejército de Cantón» (Carr, p. 116). Esta línea política, sustentada en la teoría estalinista de la «revolución por etapas», reducía a la clase obrera a un mero factor de presión para condicionar al poder burgués. Ante el peligro de que esta burguesía se volviera contra las masas, Pravda sostenía que la «presión revolucionaria desde abajo» sería suficiente para obligar a Chiang Kai-shek a «maniobrar [y] rendir homenaje a los principios de la revolución» (Carr, p. 118).

La dirección local del PCCh no ofreció una alternativa revolucionaria a la línea del Comintern. La resistencia de Chen Tu-hsiu, que rechazaba la subordinación al KMT, fue doblegada por la disciplina a Moscú y, en lugar de encauzar la creciente insurrección obrera de Shanghái hacia un poder político y militar autónomo (habían sido los obreros quienes derrocaron a la antigua administración), el partido se limitó a aguardar el avance de Chiang Kai-shek. Una vez arribadas las tropas, los comunistas entregaron el poder a la burguesía y le facilitaron la soga para su propia ejecución. Tan pronto como Chiang ingresó al centro de Shanghái, el ayuntamiento provisional fue disuelto y las milicias obreras entregaron las armas almacenadas en los sindicatos. La atención del Sindicato General se fijaba en la amenaza del imperialismo extranjero, ignorando por completo el peligro inminente que venía del Kuomintang.

Por si aún quedaba algún desprevenido en las filas del comunismo chino, el Kuomintang dejó en claro sus objetivos: la “liberación nacional” no guardaba relación alguna con la lucha obrera ni con el proyecto comunista. Para restaurar el orden, Chiang Kai-shek rompió con el gobierno de Wuhan y desató el terror en Shanghái. A petición de los empresarios y capitalistas locales, las fuerzas de Chiang identificaron a los líderes del movimiento e iniciaron, el 12 de abril, una masacre sistemática de comunistas y activistas sindicales, entre los que fue ejecutado Wang Shouhua, secretario del Sindicato General.

Chiang Kai-shek, miembro honorífico de la Internacional Comunista, era lo que hasta el más inocente y despolitizado activista obrero reconocía: un contrarrevolucionario, mientras que el Kuomintang, su partido, era el instrumento.

Vía libre a la contrarrevolución

En el norte, Chang Tso-lin (Zhang Zuolin) -señor de la guerra que dominaba Manchuria y Pekín en constante fricción con la Unión Soviética- aprovechó la coyuntura para arremeter contra los comunistas locales y el personal diplomático soviético. Sin mediación alguna, sus fuerzas asaltaron la delegación soviética, encarcelaron a diplomáticos y ejecutaron a destacados dirigentes comunistas. Aunque Pravda atribuyó este escándalo internacional a las potencias imperialistas que respaldaban a Chang Tso-lin, ni el Partido Comunista de la Unión Soviética, ni la Comintern, pudieron ocultar la gravedad de los hechos: tanto los caudillos militares como el sector nacionalista encabezado por Chiang Kai-shek habían asestado en cuestión de semanas un golpe demoledor al movimiento obrero y al comunismo chino.

Los retrasos en las comunicaciones de la época produjeron una amarga paradoja. En abril de 1927, mientras Chiang Kai-shek ejecutaba la masacre comunista en Shanghái, la dirección del Comité Ejecutivo de la Comintern recibía un retrato de la figura nacionalista con el fin de que los dirigentes soviéticos estampasen su firma y lo enviaran como obsequio al Kuomintang, organización que aún figuraba como partido asociado a la Internacional Comunista.

Más allá de la anécdota, el elemento central radica en el balance y la orientación política que la Comintern adoptó tras la masacre. Aunque el análisis oficial identificó un nuevo enemigo directo -Chiang Kai-shek y el ala derecha del Kuomintang (KMT)- Moscú no rompió con el nacionalismo burgués. Por el contrario, la dirección estalinista reafirmó la política de alianza con el ala izquierda del KMT. Durante el octavo pleno de la Internacional Comunista, en mayo de 1927, se aprobó respaldar a Wang Ching-wei, líder de esta facción y al frente del desgastado gobierno de Wuhan. En dicho encuentro, León Trotsky combatió de manera frontal esta línea, advirtiendo que condenaba al comunismo chino a la liquidación.

Wuhan, la efímera y endeble alianza del PCCh con la izquierda del Kuomintang

A raíz de la razzia anticomunista, numerosos militantes que lograron escapar de las matanzas en Shanghái, Pekín y Cantón -donde la represión recrudecía con normativas antihuelga- se replegaron hacia la «revolucionaria» Wuhan. Tras una visita previa, la delegación soviética se había llevado una impresión favorable de Wuhan: ubicada estratégicamente en el centro de China, consideraban que la ciudad constituía un bastión radicalizado contra la derecha del Kuomintang y un terreno idóneo para la intervención comunista.

Sin embargo, la situación en Wuhan distaba de ser próspera. El centro político sufría una profunda crisis económica provocada por su aislamiento geopolítico, lo que avivaba un creciente descontento entre las masas trabajadoras. A su vez, el poder del ala izquierda del Kuomintang reposaba sobre frágiles alianzas de coyuntura con caudillos militares y generales cuyo único nexo común era la enemistad con Chiang Kai-shek.

La llegada de Wang Ching-wei a Wuhan pocos días antes de la masacre de Shanghái, fue considerada como un punto de negociación y acuerdo entre los nacionalistas desplazados por Chiang Kai-shek y los debilitados comunistas chinos. Para el Comintern significaba un sólido punto de apoyo, conformando la columna vertebral de su nueva orientación de tender puentes con el ala izquierda del Kuomintang.

Sin embargo, Wang Ching-wei era un arma de doble filo. Consciente de la debilidad y vocación conciliadora de la dirección comunista, exigió al PCCh la firma de una declaración en la que este reconocía la hegemonía del Kuomintang y el carácter democrático burgués de la revolución china. Aunque el Partido utilizó este pacto para mostrar que no actuaba en forma aislada y enviar una señal de unidad frente a Chiang Kai-shek, el acuerdo supuso la subordinación formal al programa de la burguesía nacionalista, maniatando cualquier iniciativa política independiente del movimiento obrero.

La firma de este acuerdo en presencia del delegado soviético Grigori Voitinsky, confirma que la dirección del PCCh actuaba en plena sintonía con las directivas del Comintern. Sin embargo, mientras negociaba con los comunistas, Wang Ching-wei mantenía contactos simultáneos con Chiang Kai-shek, quien buscaba reunificar el Kuomintang bajo su liderazgo exclusivo, con la condición innegociable de purgar y expulsar al Partido Comunista.

Luego de la matanza en Shanghái, Chiang Kai-shek rompió con el gobierno de Wuhan y fijó su cuartel general en Nankín como única autoridad legítima. Ante esta afrenta, el Kuomintang de izquierda expulsó a Chiang y a la facción diestra del partido. A su vez, el PCCh tildó a Chiang de «herramienta del imperialismo» y unió fuerzas con el KMT para situar al caudillo militar Feng Yu-hsiang al frente del ejército.

El V congreso del PCCh, una confirmación del oportunismo

En este contexto adverso y de definiciones políticas clave, el V Congreso del PCCh se celebró en Wuhan a fines de abril de 1927. Para entonces, el partido contaba con 57 000 miembros (53% obreros, 19% intelectuales y 18% campesinos) y calculaba una influencia sobre tres millones de obreros y diez millones de campesinos. La reunión buscaba implementar las resoluciones adoptadas cinco meses antes en el VII Pleno de la Internacional Comunista.

Con la presencia de Manabendra Roy y otros delegados del Comintern, el debate central giró sobre la postura ante el Kuomintang, más allá de la condena a Chiang Kai-shek por la represión al movimiento obrero. Siguiendo la línea de Moscú, prevaleció la decisión de permanecer dentro del partido nacionalista y aliarse con su ala izquierda, liderada por Wang Ching-wei. Esta política se consolidó con el ingreso de comunistas al gobierno de Wuhan, con Tan Ping-shan en el Ministerio de Agricultura y Su Chao-cheng en el de Trabajo.

Por otro lado, la cuestión agraria constituyó un tema central de debate, discutido desde el año anterior tanto en la Internacional Comunista como en el Kuomintang. La controversia principal radicaba en el alcance de las expropiaciones: una postura proponía exceptuar a los pequeños propietarios y a los oficiales del ejército, mientras que otra rechazaba cualquier condicionamiento. Finalmente, prevaleció el criterio de la IC de promover la confiscación de tierras solo donde las fuerzas nacionales ya hubieran triunfado, y postergar esa medida en los territorios recién liberados de los señores de la guerra.

En definitiva, la consigna central del Partido -aplicada a la cuestión agraria, pero extensiva a toda la lucha- seguía siendo «no profundizar la revolución antes de haberla extendido». El principal temor, compartido por comunistas locales, delegados internacionales y el ala izquierda del Kuomintang, era alarmar a la dirección nacionalista. Al margen de estas resoluciones generales, Mao Zedong se convirtió en el militante más activo en el ámbito rural, donde prefería actuar de manera autónoma.

Para encubrir por la izquierda los errores pasados, Roy responsabilizó veladamente a Chen Duxiu y a la dirección del PCCh, impulsando al mismo tiempo una línea radical. Propuso la revolución agraria, el arme campesino, el autogobierno rural, una dictadura revolucionaria y «la creación de un ejército sobre una firme base social, no mediante la conversión de militaristas en revolucionarios» (Carr, p. 163). Además, el delegado indio criticó al ministro comunista en el gobierno de Wuhan, quien defendía que la política agraria debía quedar en manos del Kuomintang.

El congreso amplió el Comité Central de 9 a 40 miembros y reeligió a Chen Tu-hsiu como secretario general, aunque fuertemente condicionado por dirigentes alineados con el Comintern que promovían su relevo, como Chu Chiu-pai y Li Li-san, quienes ingresaron al Politburó. Pocos días después, Wuhan albergó también la Conferencia Sindical Panpacífica -dirigida por el soviético Solomon Lozovsky y con delegados de ocho países-, tras tener que abandonar Cantón debido a la represión. Sin embargo, tras ambos encuentros, la orientación del Partido permaneció inalterada: tras la retórica radical se mantuvo la cautela en el campo, la alianza de gobierno en Wuhan y un programa estrictamente acotado a la etapa democrático-burguesa.

Durante las sesiones del congreso estalló un conflicto con el Kuomintang, encarnado en la figura de Wang Ching-wei, quien asistió el 4 de mayo como invitado de honor. Ese mismo día, M. N. Roy afirmó en su discurso que el Kuomintang era un «instrumento a utiliza» por los comunistas para «transformar el movimiento nacional en una lucha por el socialismo» (Carr, p. 163), insistiendo en que el proletariado debía hegemonizar el proceso. Aunque Wang contestó en el propio congreso, el verdadero enfrentamiento se desencadenaría días más tarde.

Otra “traición”: la expulsión del ala izquierda del KMT al PCCh

Entre mediados de mayo y junio, un violento conflicto de clases en Changsha tensionó la alianza entre el Kuomintang y el Partido Comunista. El Ejército emprendió una violenta represión que culminó en la persecución y ejecución de militantes comunistas, presuntos simpatizantes y líderes campesinos. Ante la crisis, el PCCh mantuvo su política de colaboración con el nacionalismo bajo la consigna de «aplastar los excesos» e incluso «corregir las enfermedades infantiles del campesinado». Al mismo tiempo, le exigió al Kuomintang contener a las Fuerzas Armadas, desarmar a los militares golpistas, armar a los campesinos y restablecer la autoridad nacionalista en Hunan.

Paralelamente, llegó desde Moscú una directriz de Stalin quien, alertado por la masacre de comunistas en Hunan, llamaba a refundar el Kuomintang. La instrucción exigía modificar la composición de clase de la dirección nacionalista incorporando a más obreros y campesinos, al tiempo que ordenaba purgar a los generales desleales o vinculados a Chiang Kai-shek. Esta línea fue promovida por Roy, quien indicó al PCCh hacer pública su posición mediante una carta al Comité Central del Kuomintang. Ante esta situación, Chen Tu-hsiu volvió a comunicarse con Borodín para insistir en la necesidad imperiosa de romper cuanto antes con el partido nacionalista.

Roy le leyó al propio Wang las instrucciones de Stalin, provocando la furia del líder nacionalista, hasta entonces su principal aliado. Aunque el Comité Central del Kuomintang ya había advertido el 19 de mayo a las organizaciones obreras y campesinas que frenaran su indisciplina y moderaran sus “demandas excesivas”, la directiva del Comintern terminó de sellar la ruptura. Wang Ching-wei desempolvó entonces el acuerdo histórico entre Joffe y Sun Yat-sen -origen de la alianza entre nacionalistas y comunistas- para recordar los estrictos límites democrático-burgueses a los que debía subordinarse el PCCh.

A principios de junio se consumó la ruptura definitiva entre el nacionalismo burgués y los comunistas. El general Feng Yu-hsiang, al mando de la expedición militar enviada desde Wuhan hacia el norte, ocupó en mayo la ciudad central de Luoyang. Aunque esta campaña respondía formalmente al gobierno de Wuhan y contaba con el asesoramiento del soviético Vasili Blücher, Feng actuaba de manera cada vez más escindida respecto a la alianza con el PCCh, aprovechándose de la confianza que Moscú había depositado en él.

Tras ocupar Luoyang, Feng se reunió el 8 de junio con Wang Ching-wei y la facción nacionalista del gobierno de Wuhan para sellar un pacto. Los asesores militares soviéticos, excluidos del encuentro, creían ingenuamente que se coordinaría la ofensiva contra Chiang Kai-shek. Ocurrió lo contrario: Feng hizo suya la campaña anticomunista y se entrevistó con el propio Chiang, el 19 de junio en Xuzhou, acordando continuar juntos la expedición hacia el norte. A partir de entonces, Feng ordenó la expulsión de los comunistas de todos los cargos en el Kuomintang y su retiro de Wuhan, reconociendo únicamente la autoridad de Nankín, el cuartel general de Chiang.

Tras regresar a Wuhan, el 13 de junio, Wang Ching-wei se sumó al giro anticomunista del nacionalismo burgués chino. Con este fin, ideó planes para el Kuomintang que -lejos de ser originales- contemplaban la futura masacre de obreros y campesinos en Hunan. A pesar de estas explícitas señales de una contraofensiva revolucionaria, el PCCh continuó repitiendo gestos de moderación frente al nacionalismo.

En el Congreso Obrero Panchino, que se desarrolló entre el 19 y el 28 de junio, bajo la dirección de Lozowski y la participación de más de 400 delegados, se votaron una serie de medidas que tendieran puentes con el nacionalismo. Así se definía la disolución de los destacamentos obreros, la entrega inmediata de armas que estaban en poder de los sindicatos y, de fondo, una orientación que evitara conflictos con los patrones y despertara el enojo en las filas nacionalistas. Las resoluciones significaban una capitulación absoluta hacia un nacionalismo que se mostraba cada vez más antiobrero, anticampesino y, centralmente, más anticomunista que nunca.

Sin embargo, una vez más, la moderación de los comunistas fue contrarrestada por la decisión firme de los nacionalistas. “El último día del congreso se proyectaba una manifestación ante los edificios del gobierno para prometer lealtad al gobierno nacionalista. Sin embargo, cuando estaba a punto de salir la manifestación, llegó Su Chao-cheng, ministro comunista de trabajo, con la noticia de que las tropas habían ocupado todos los locales sindicales de la ciudad” (Carr, Pág. 180). El Kuomintang aplicaba así en Wuhan las medidas que meses atrás había ejecutado Chiang Kai-shek. En definitiva, para los nacionalistas el comunismo, incluso en esta versión completamente subyugada, era un peligro tan evidente como para los señores de la guerra.

El 14 de julio de 1927, el Kuomintang prohíbe la presencia de comunistas en su organización, a la par de masivas detenciones y persecuciones a obreros y campesinos. En septiembre cae el gobierno de Wuhan, siendo perseguidos aquellos contados dirigentes nacionalistas que habían acompañado a los comunistas, entre ellos la viuda de Sun Yat-sen y Eugene Chen -llevó adelante los asuntos exteriores al mando de Sun- quienes partieron hacia Moscú. El desastre fue total para los comunistas chinos. Así como el nacionalismo los perseguía, el propio Comintern aplicó los métodos estalinistas a los dirigentes a los que se definía ahora como responsables máximos del fracaso chino. Chen Tu-hsiu fue el apuntado, tanto dentro como fuera de China. Su dimisión del partido el 15 de julio no significó el abandono de su lucha política, agrupándose con otros críticos a la política desde hace tiempo indicada por el Comintern.

En la tercera parte de este trabajo, analizaremos el giro ultraizquierdista del Comintern como respuesta pendular a los acontecimientos chinos. También retomaremos el debate que ocupó a la Oposición contra el oficialismo de Stalin y cía.

Bibliografía:

Bianco, Lucien; “Asia Contemporánea”, Siglo XXI, 2010.

Carr, Edward Hallet; “Bases de una Economía Planificada (1926-1929). 3. Tercera Parte”, Alianza Editorial, Madrid, 1984.

Chen Tu-hsiu; “Cómo Stalin y Bujarin destruyeron la revolución China”, de The Militant, Transcrito y marcado por Einde O’Callaghan para el Archivo de Internet Marxista.

Cole, George D. H.; “Historia del Pensamiento socialista VI”, FCE.

Deutscher, Isaac; “Trotsky. El profeta desarmado”, Era, Madrid, 1985.

Gerovitch, Luis; “La Primera Revolución China”, Centro Editor de América Latina.