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LAS BOLCHES: los partidos de izquierda en la Argentina y el movimiento de mujeres (de Natalia Casola)

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Hacia el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades

LAS BOLCHES: los partidos de izquierda en la Argentina y el movimiento de mujeres (de Natalia Casola)

Una historización de la lucha de clases y el rol de la izquierda argentina en las entrañas de la opresión femenina.


En el actual escenario político argentino, signado por la ofensiva reaccionaria y oscurantista del gobierno de Javier Milei, la clase trabajadora y el movimiento de mujeres enfrentamos un ataque ideológico y material sin precedentes. La demonización oficial busca disciplinar a quienes hicimos olas, un movimiento de mujeres que a fuerza de movilización y organización pudo ganar el derecho a la IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo), puso en la agenda pública la lucha contra la opresión a las mujeres con consignas de alcance nacional e incluso internacional como “Ni una Menos, el Estado es Responsable”. El gobierno ultra reaccionario pretende borrar décadas de organización y lucha mediante una misoginia estatal desembozada. En este contexto, recuperar la historia de las militantes revolucionarias no es un ejercicio de nostalgia académica, sino un acto de autodefensa política y una -un marxismo que, tras la caída del Muro, pareció amputado de su «principio esperanza»-, reivindicamos el materialismo histórico como el verdadero precursor de la lucha por la emancipación femenina.

Nuestra genealogía no comienza con el feminismo liberal, sino con el «hilo rojo» de la tradición socialista. Reivindicamos la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas de 1910, donde Clara Zetkin impulsó la organización política de las trabajadoras, y las reformas bolcheviques de 1917 lideradas por Alexandra Kollontai. Aquella vanguardia no solo conquistó el divorcio sin causa y la igualdad salarial, sino que aplicó un programa de socialización de las tareas de cuidado -comedores, lavaderos y guarderías públicas- que hoy sigue siendo revolucionario. Natalia Casola, en su obra Las Bolches, desmenuza el «matrimonio imposible» entre marxismo y feminismo; para nosotras, esa tensión no es una incompatibilidad, sino el motor que las militantes resolvieron en la práctica del combate. La liberación de la mujer trabajadora es indisoluble de la revolución socialista, una verdad que nos permite desarmar las trampas institucionales de la democracia burguesa.

Rupturas subjetivas y la barrera material invisible

Las trayectorias de vida analizadas por Casola evidencian la lucha de clases dentro de la subjetividad femenina, donde la militancia operó como un rito de pasaje hacia la emancipación de la tutela familiar machista. En los años 60 y 70, la incorporación de las mujeres a la política fue un acto de rebelión radical contra las «expectativas sociales esencialistas» de la matriz maternalista pequeñoburguesa. Nuestras compañeras no buscaban una «salida individual»; buscaban la proletarización consciente para fundirse con la clase obrera en una ruptura total con su pasado: El caso de Ester Kitay (PO) es paradigmático: su ingreso desde una familia tradicional judía de Avellaneda y su casamiento fueron actos de subversión contra el mandato paterno. Su proletarización en la fábrica Terrabusi en 1967 representó a la primera generación de mujeres en el corazón de nuestra organización, rompiendo con expectativas sociales esencialistas. Asimismo, Nora Biaggio (PO), quien ingresó en 1969, rechazó en un primer momento de su vida el desarrollo profesional del magisterio para volcarse a una fábrica textil en Hurlingham, viviendo una maternidad militante que desafiaba los cánones de la época. De la misma manera podemos recordar a Ana de Once (Silvia Lewin) proletarizada en Bagley (Alimentación) y luego en Selsa (Textil), a Silvia Amorín (Cecilia) organizadora de las fábricas del vidrio en la Córdoba de la época del Cordobazo o a María del Carmen Martínez (Mary) puntal de la constitución de la oposición clasista en el gremio gráfico y decenas de compañeras.

En estas trayectorias, la «negación de la diferencia sexual» no fue una sumisión, sino una forma de rebelión contra las expectativas sociales que exigían de ellas un comportamiento pasivo, un intento radical de las compañeras por ser juzgadas puramente como revolucionarias, de igual a igual. Sin embargo, Casola identifica correctamente la «trampa reproductiva»: la falta de problematización de las tareas de cuidado por parte de las direcciones masculinas operó como una «barrera material invisible». Al no colectivizarse el trabajo doméstico, la doble jornada se convirtió en un obstáculo objetivo para la promoción política de las compañeras, marcando una contradicción entre la vanguardia programática y la acción política cotidiana.

La transición democrática: entre la conquista de las libertades y la recomposición del régimen

Uno de los mayores aportes del libro de Natalia Casola consiste en mostrar que la recuperación del régimen constitucional no significó la desaparición de las contradicciones que habían atravesado a la izquierda durante la dictadura. El objetivo del nuevo régimen no consistía en garantizar libertades civiles (que fueron conseguidas con la lucha y movilización), sino también en transformar las grandes movilizaciones sociales en interlocutores estables del Estado. La institucionalización de los organismos de derechos humanos, la creación de agencias estatales para abordar la cuestión de las mujeres, la política de “concertación” con las direcciones sindicales y la apelación permanente al consenso democrático, respondían a una misma estrategia: desplazar los conflictos del terreno de la movilización callejera hacia los mecanismos de mediación institucional. El Estado buscaba administrar las demandas sociales (generando ámbitos de conciliación de clases/desmovilización), no eliminar las causas materiales que las producían (a través de la lucha de clases).

En el caso específico del movimiento de mujeres, este proceso adquirió una importancia decisiva. Las reformas impulsadas durante el alfonsinismo -como la patria potestad compartida o el divorcio vincular- constituyeron conquistas democráticas indudables, arrancadas por años de movilización. Sin embargo, esos avances coexistieron con una política sistemática de subordinación del movimiento a las instituciones estatales. La creación de organismos oficiales de mujeres tendía a presentar al Estado como garante de la emancipación femenina cuando ese mismo Estado continuaba sosteniendo las bases materiales de la desigualdad: la precarización del trabajo, la feminización de la pobreza, la ausencia de socialización de las tareas de cuidado, la persistencia del poder político/cultural/social de la Iglesia Católica.

Desde el Partido Obrero, la crítica nunca consistió en rechazar la lucha por las libertades democráticas y defender las conquistadas. Por el contrario, estas fueron defendidas consecuentemente frente a los intentos oscurantistas y golpistas y a toda forma de reacción. La delimitación residía en otra cuestión: denunciar la ilusión de que la democracia burguesa, por sí misma, pudiera resolver las contradicciones sociales existentes en el capitalismo argentino. Mientras gran parte de la izquierda depositaba expectativas estratégicas en el nuevo régimen constitucional, el Partido Obrero sostuvo que la “democracia política” seguiría siendo un instrumento de la dominación burguesa mientras permanecieran intactos el poder económico del gran capital y el aparato estatal heredado. La tarea no era sustituir la lucha de clases por la institucionalidad democrática, sino utilizar las libertades conquistadas para desarrollar una organización independiente de la clase trabajadora capaz de superar los límites de esa democracia.

Desde una perspectiva historiográfica, la transición democrática aparece así como un terreno de disputa entre dos interpretaciones. La visión liberal privilegia la reconstrucción institucional del “Estado de Derecho” como eje ordenador del período. La perspectiva del materialismo histórico, en cambio, sitúa el foco en las relaciones de fuerza entre las clases sociales y entiende la “democratización” desarrollada como una forma específica de reorganización de la dominación capitalista tras la crisis del régimen militar. El mérito del libro de Casola reside precisamente en recuperar las trayectorias de las militantes revolucionarias dentro de ese proceso; su principal desafío consiste en inscribir esas experiencias en una explicación más amplia sobre la naturaleza de clase del nuevo régimen político inaugurado en 1983.

El Partido Comunista (PCA) y la UMA: Anatomía de una Traición

La trayectoria del PCA y su brazo femenino, la Unión de Mujeres Argentinas (UMA), constituye una radiografía de la claudicación estratégica. Durante la última dictadura militar, el estalinismo argentino perpetró una traición criminal bajo la línea de «convergencia cívico-militar», subordinando la lucha de clases y la defensa de los derechos humanos a un seguidismo abyecto de una pretendida ala «moderada» del genocidio.

Esta capitulación política se tradujo en un «maternalismo político» que confinaba a la militante al rol doméstico de «madre rogando por la paz», una retórica aceptable para el régimen que desvirtuaba la potencia revolucionaria de la mujer. La metáfora de «El Halcón» es aquí esclarecedora: el viaje de la camarada Nuria Pérez Jacky en la línea 148 hacia San Francisco Solano representa la brecha insalvable entre una dirección partidaria androcéntrica y burócrata, instalada en la abstracción de sus despachos, y la realidad territorial de las bases. Mientras las mujeres sostenían redes contra el hambre en los barrios más postergados, la dirección del PC despreciaba sistemáticamente estas tareas, calificándolas de «segunda categoría» o «castigo». Este desprecio de clase y género, que naturalizaba la opresión, explica por qué el PCA terminó liquidado políticamente, disuelto como furgón de cola del peronismo.

El PCR y la capitulación ante el clericalismo

El análisis del PCR demuestra cómo la política de «no exclusión» con la Iglesia Católica convirtió a esa organización en un freno reaccionario. A pesar de que levantaba el reclamo del “derecho al aborto”, vivió en una constante contradicción por su intento de formar un frente nacional con la Iglesia, principal puntal oscurantista de la dictadura y del capitalismo. Desde su fundación en Tucumán (MENAP) y su inserción en los ingenios con figuras como Rosa Nassif, el PCR utilizó estructuras como las Amas de Casa del País (ACP) y la Corriente Clasista y Conveniente/Corriente Clasista y Combativa (CCC) para politizar la lucha por el consumo, pero manteniendo a las mujeres bajo roles maternalistas.

Su estrategia de «unidad con la Iglesia», lo llevó a colocar en segundo plano la lucha por el derecho al aborto en los Encuentros Nacionales de Mujeres. Y fue la base de su integración posterior a los partidos del régimen. Pocas veces, en la historia de los partidos que se reclaman marxistas, se ha visto el maridaje entre esta corriente maoísta y el Papa, jefe de la Curia Católica. El PCR ha sido un obstáculo para la radicalización de las trabajadoras, supeditando sus demandas a acuerdos oscurantistas con la institución eclesiástica. Esta trayectoria confirma que no hay salida para las mujeres bajo la sombra de la cruz y el capital. No enfrentaron el oscurantismo para no incomodar a los obispos, un preámbulo de su integración estatal.

Tanto el PC (estalinismo ruso), como el PCR (estalinismo maoísta) se opusieron durante mucho tiempo a la lucha por el derecho al aborto, detrás de concepciones de “defensa de la natalidad”, siguiendo la “ortodoxia” estalinista que pretendía regimentar la vida de la mujer trabajadora, como la de toda la clase obrera.

El PST: entre un programa avanzado y la adaptación policlasista

El recorrido del PST -y posteriormente del MAS- expone una de las contradicciones más significativas de la izquierda argentina respecto de la cuestión de las mujeres. Como muestra Casola, esta corriente elaboró tempranamente un programa avanzado sobre la liberación sexual, influenciada por el Socialist Workers Party (SWP) de los Estados Unidos, incorporando reivindicaciones que otras organizaciones de izquierda aún no habían desarrollado. Sin embargo, las propias militantes entrevistadas relatan que las tareas de limpieza, cocina, mantenimiento y guarderías, seguían recayendo casi exclusivamente sobre las mujeres, reproduciendo en la vida partidaria la división sexual del trabajo que el programa decía combatir. La distancia entre programa y práctica revela que la emancipación de las mujeres no puede reducirse a la formulación de consignas si no se transforma la organización material de la militancia y de las relaciones sociales.

Pero la principal crítica que desde el Partido Obrero formulamos a esta tradición no reside únicamente en esa contradicción interna, sino en su orientación política general. Detrás de un lenguaje radical y de reivindicaciones democráticas avanzadas, el PST fue desarrollando una estrategia de adaptación a movimientos policlasistas, privileged la “amplitud política” antes que la delimitación de clase. Esa lógica tendía a diluir la independencia política del proletariado en frentes donde coexistían intereses sociales antagónicos, subordinando sistemáticamente la estrategia socialista a objetivos democráticos generales.

Esa orientación encontró, por ejemplo, una expresión particularmente escandalosa durante la última dictadura militar. Aunque el episodio no es abordado por Casola, resulta imposible omitir el saludo que el PST dirigió a la esposa del dictador Jorge Rafael Videla durante el Mundial de Fútbol de 1978 por su presencia en las tribunas de la cancha. Mientras Política Obrera impulsaba una campaña internacional de boicot al Mundial como denuncia del terrorismo de Estado, mientras los organismos de derechos humanos enfrentaban la represión y las Madres de Plaza de Mayo sostenían prácticamente en soledad la denuncia contra el régimen genocida, el PST terminaba adaptándose al clima de exaltación nacionalista promovido por la propia dictadura. Aquella capitulación política, no fue un hecho aislado, ni un error circunstancial: fue la expresión de una orientación que privileged la adaptación a un clima político reaccionario general antes que una delimitación revolucionaria intransigente frente al Estado y sus instituciones.

Partido Obrero: el vuelco piquetero y la construcción de una corriente de independencia de clase

Como militantes del Partido Obrero, hacemos un balance autocrítico de nuestra propia historia. Durante largos años nuestra organización estuvo conformada mayoritariamente por una militancia masculina y juvenil (mayoría social en las filas de la clase obrera asalariada de la época) que no desarrolló una elaboración y actividad específica permanente sobre la opresión y el movimiento de las mujeres trabajadoras, aunque nuestra tradición en derechos humanos es inquebrantable, encarnada en la compañera Catalina ‘Cata’ Guagnini, fundadora de Familiares de Detenidos-Desaparecidos, bajo la dictadura, y nuestra candidata a vicepresidenta en 1983. En la “Plataforma Nacional” con la que el PO se presentó por primera vez a una campaña electoral en 1983, figuraba entre otros reclamos destacados: “Acceso gratuito a los medios anticonceptivos y derecho al aborto gratuito”. La limitación de la falta de programa específico para las mujeres trabajadoras fue fuertemente superada al calor de las grandes transformaciones de la lucha de clases que abrió la década de 1990. El ascenso del movimiento piquetero modificó profundamente la composición social de la izquierda revolucionaria y colocó en primer plano a miles de mujeres desocupadas, jefas de hogar, trabajadoras precarizadas y jóvenes que sostenían cotidianamente la reproducción de la vida en medio del derrumbe social provocado por el neoliberalismo.

No fue un cambio meramente discursivo. Fueron las mujeres de los barrios, de las ollas populares, de los comedores, de los piquetes y de las asambleas, quienes llevaron al Partido Obrero a desarrollar una política específica para intervenir sobre las formas concretas que asumía la opresión de género bajo el capitalismo argentino. Ese proceso encontró una expresión organizativa en la fundación del Plenario de Trabajadoras (PdT) en 1998, una herramienta concebida para intervenir en el movimiento de mujeres desde una perspectiva socialista, clasista y de independencia política frente al Estado, las iglesias y todos los partidos patronales.

Si bien el recorrido histórico que elabora Natalia Casola termina con el comienzo del nuevo milenio, vale mencionar el devenir de este movimiento, luego del “Argentinazo”. Desde el Estado se desplegaron múltiples mecanismos para intentar canalizar, institucionalizar y desactivar una fuerza social que crecía al calor de las luchas, en ese proceso tanto el PC como el PCR terminaron integrados a los partidos del régimen, principalmente al kirchnerismo. Gobiernos de distinto signo impulsaron organismos oficiales, programas de género insuficientes que aun cuando incorporaban reivindicaciones parciales conquistadas mediante la movilización, buscaban separar las demandas de las mujeres de la lucha general de la clase trabajadora. El objetivo era transformar un movimiento nacido en las calles en un interlocutor subordinado a las instituciones del propio Estado capitalista.

En ese escenario, el Plenario de Trabajadoras sostuvo una orientación opuesta. Participó de todos los procesos de unidad de acción, impulsó frentes únicos para enfrentar los ataques a los derechos de las mujeres y de las diversidades, pero sin abandonar jamás la independencia política de clase. Esa combinación entre la más amplia unidad para luchar y la delimitación estratégica respecto del Estado, de los gobiernos y de las direcciones conciliadoras, permitió construir una corriente reconocida dentro del movimiento de mujeres durante más de dos décadas.

Esta orientación resultó decisiva cuando el movimiento comenzó a transformarse en uno de los fenómenos de masas más importantes de la historia argentina reciente. Las enormes movilizaciones de Ni Una Menos, los Encuentros Nacionales de Mujeres y la Marea Verde, no surgieron de una concesión estatal, sino de años de organización, debates y luchas persistentes. En un país donde la Iglesia Católica ha ejercido, históricamente, un enorme peso sobre el Estado, el sistema educativo y la legislación civil, conquistar el derecho al aborto legal parecía, durante décadas, una reivindicación imposible. Sin embargo, fue precisamente la irrupción masiva del movimiento de mujeres en las calles la que quebró ese consenso reaccionario histórico. La legalización de la Interrupción Voluntaria del Embarazo no fue una dádiva parlamentaria, sino la consecuencia de una relación de fuerzas construida desde abajo. Como sintetizó una de las consignas más potentes de la Marea Verde, el pañuelo verde terminó sacudiendo el rosario de nuestros barrios, demostrando que incluso en un Estado profundamente atravesado por el poder clerical podían imponerse conquistas democráticas mediante la movilización independiente.

La obra de Natalia Casola como arsenal historiográfico y herramienta para la lucha revolucionaria del presente

El mayor valor del trabajo de Natalia Casola no reside únicamente en su solidez académica, sino en su capacidad para transformarse en un verdadero arsenal de clarificación política para las luchas del presente. En un momento donde el gobierno ultraderechista de Javier Milei desata una ofensiva ideológica y material contra la izquierda, el marxismo y las conquistas del movimiento de mujeres, esta investigación historiográfica nos devuelve una lección fundamental: la historia de la organización de las mujeres en la Argentina es, de manera indisoluble, parte de la historia de la lucha de clases.

Desde el punto de vista del método y la investigación, Casola desarticula el mito liberal que pretende presentar al feminismo y a la izquierda revolucionaria como dos carriles ajenos o irreconciliables. Combinando un riguroso trabajo de archivo partidario con la historia oral y la memoria viva de las militantes de base, la autora demuestra que las marxistas no «llegamos tarde» a los reclamos de nuestro género, sino que fuimos precursoras en ligar la opresión de las mujeres a la propiedad privada y a la explotación capitalista.

El libro supera la historia institucional de las direcciones partidarias para adentrarse en la subjetividad de quienes pusieron el cuerpo en las fábricas, las barriadas y las aulas. Muestra cómo la «palabra tomada» por las compañeras funcionó como un motor que tensionó y transformó las estructuras de las organizaciones. Casola evita tanto la celebración acrítica como la condena retrospectiva, exponiendo con honestidad histórica las agudas contradicciones, los debates estratégicos y los límites de cada corriente.

Una herramienta de combate frente al régimen de Milei

La demonización actual contra las «zurdas» y las luchadoras no es una ocurrencia individual de la coyuntura; es la respuesta calculada de las clases dominantes para disciplinar a un sujeto político que ha demostrado una enorme potencia de desestabilización contra el régimen de hambre y precariedad. El gobierno busca restaurar un esquema reaccionario para profundizar la tasa de ganancia a costa de la sobreexplotación de la clase trabajadora y la gratuidad del trabajo de cuidado. La obra de Natalia Casola es un insumo estratégico para la formación de nuestra militancia porque nos demuestra que la independencia de clase y la organización autónoma no son abstracciones teóricas, sino las únicas garantías para transformar la sociedad desde sus cimientos.