En las dos entregas anteriores (ver aquí y aquí) vimos cómo la política comunista en China mostró sus decisivos límites democráticos a la hora de intervenir en uno de los principales procesos revolucionarios surgidos tras octubre de 1917. Como vimos, esto ocurrió desde el momento que desde Moscú se ordenó la subordinación comunista al nacionalismo antes de 1925, continuando con el tímido desempeño del Partido a lo largo del proceso revolucionario, cumpliendo un rol de contención del proceso insurreccional y desviando cualquier posibilidad de alternativizar el poder. Dando así lugar a un desenlace fatal: la masacre y persecución de miles de militantes comunistas, junto con tantos otros miembros de organizaciones obreras y campesinas.
El desastre de Cantón supuso un duro golpe para la clase obrera china, con repercusiones tanto dentro como fuera de sus fronteras aún en disputa. Las responsabilidades de la Internacional Comunista, ya dirigida por el bloque estalinista, de la derrota son indiscutibles, sin embargo desde la segunda mitad de 1927 el balance de las responsabilidades puntuales será objeto de debate, e incluso de reposicionamiento de los comunistas a nivel internacional. La Comintern será ahora más claramente apuntada como responsable del desastre, quedando sus dedos marcados a lo largo de todo el proceso. Como en el fallido “Octubre alemán” (1923), rápidamente la burocracia de Moscú se encargará de señalar responsables y chivos expiatorios locales, asociar a estos con la oposición trotskista rusa y redefinir una nueva línea, aventurera tan criminalmente incorrecta como la anterior pero que le permita tener una cobertura por izquierda a su política originalmente oportunista.
La derrota china afirmó aún más la imposibilidad de enhebrar lealmente debates sobre cómo debía intervenir la clase obrera, siendo este nuevo “traspié” internacional, utilizado para la confirmación por la fuerza del “socialismo en un solo país”, única política de una Internacional burocratizada y completamente corrompida y subordinada a Moscú. El trotskismo como oposición revolucionaria lo sufrirá directamente, al punto de ser León Trotsky expulsado del partido a fines de 1927 y sufrir los opositores una nueva ola de persecución a nivel internacional.
El volantazo ultraizquierdista de la Comintern para encubrir el oportunismo
Tras la masacre de comunistas impulsada por los grandes dirigentes del nacionalismo chino, el desconcierto en las filas partidarias fue total. Desde hace meses la situación exigía imponer un cambio de rumbo, con la ruptura total con el gobierno de Wuhan y la retirada del Kuomintang. No obstante, la línea oficial siguió siendo “oportunistamente” confusa. Se comprende la desorientación de las bases militantes ante una dirección comunista desorientada, lo que se verifica al repasar los artículos del Pravda, las órdenes cruzadas de Moscú y las tensiones dentro del PCCh (Partido Comunista Chino). Cada actor aportó su cuota de caos en un momento crucial para la historia del comunismo chino.
Para agosto de 1927, con el impacto en Moscú de la persecución nacionalista a los comunistas, la Comintern organizó a toda prisa una conferencia en Wuhan. Con Chu Chiu-pai y Lominadze al frente, tras la dimisión de Chen Tu-hsiu, la cita no buscaba dar definiciones estratégicas ni reorientar al partido, sino desligar a Moscú y a la Internacional Comunista de los fracasos. “Como reflejo del carácter de las instrucciones de Lominadze, la condena del pasado era clara e inequívoca, las prescripciones para el futuro vagas y evasivas” (Carr, pág. 195),
De este modo, la responsabilidad del fracaso recayó en la dirección del PCCh encabezada por Chen, a quien se acusaba de haber desoído las indicaciones del octavo pleno de la Comintern y de haber ejecutado de forma errónea la alianza con el nacionalismo burgués, puesto que la línea del Frente Único debía implementarse “por abajo, no por arriba”. Aunque más adelante abordaremos los encubrimientos que la burocracia estalinista promovía mediante estas formulaciones, lo sustancial para esta etapa es que la Comintern buscaba enmascarar su trágica orientación oportunista con un drástico giro a la izquierda. Fue en ese marco que se legitimó la acción del general Chang Fa-kuei como una empresa atribuible al comunismo chino, inscrita en la tarea de “preparar y organizar la insurrección armada en las provincias que son centro del movimiento agrario” (Carr, pág. 195).
a. La expedición de Chang Fa-kuei
Casi en paralelo a recibir la represión anticomunista del nacionalismo chino, protagonizado primero por Chang Kai-shek, acompañado luego por Feng Yuxiang y Wang Ching-wei, el PCCh recibió el ofrecimiento de impulsar una expedición conjunta de Chang Fa-kuei, un general que se reivindicaba como parte del ala izquierda del Kuomintang y enemigo de Chiang. El general era Chang Fa-kuei, jefe militar que dominaba la ciudad de Nanchang, y llamaba al PCCh a colaborar en una incursión que tenía por objetivo despertar rebeliones campesinas en su marcha hacia el sur.
En la Comintern primaba el temor a asumir los costos de un nuevo fracaso. Lominadze leyó las reservas enviadas por telegrama desde Moscú, redactadas con la ambigüedad suficiente para eludir responsabilidades ante una derrota o atribuirse el mérito en caso de éxito. Esta incertidumbre caló hondo en la dirección comunista local, dividiendo a la cúpula entre quienes respaldaban la operación y quienes recelaban de la lealtad del general Chang Fa-kuei y sus tropas. Finalmente, la expedición partió con la desaprobación formal de Lominadze, pero con la participación directa de un asesor soviético.
El estalinismo persistía en convertir la facción de izquierda del Kuomintang en un movimiento masivo. De modo que, a pesar del aparente tono radical de las nuevas directivas, la estrategia volvía a incurrir en la subordinación al movimiento nacionalista. Se imponía que la militancia comunista actuara amparada en la bandera azul del Kuomintang de izquierda, cuya cobertura otorgaba una supuesta “seguridad” para los comunistas y un mejor vínculo con las masas. En consecuencia, la autonomía política del PCCh continuaba postergada.
Simultáneamente, durante dicha conferencia se oficializó la condena por oportunismo contra Chen Tu-hsiu, designando a Chu Chiu-pai como la nueva cabeza del PCCh. Puesto que las resoluciones debían impactar de inmediato en el debate interno ruso, la dirección procuró establecer equivalencias entre los “errores” cometidos en el escenario chino y las posiciones de la oposición en la URSS. Así, en un intento desmedido y forzado, se atribuyó a los trotskistas la culpa del fracaso revolucionario en China.
El resultado de la expedición hacia el sur desde Nanchang fue un nuevo desastre. Las tropas, compuestas en su mayor parte por mercenarios, fueron desertando, mientras que las incursiones en territorios rurales no abrieron paso a sublevaciones campesinas de relevancia. Tras ocupar el puerto de Shantou, las tropas de Chang Fa-kuei dirigiéndose hacia el sur fueron sorprendidas por el ejército nacionalista de Cantón y fueron derrotadas en septiembre de 1927.
b. El levantamiento de la “Recolección de Otoño”
Otra de las tentativas insurreccionales posteriores a la masacre de Shanghái, fue el planificado “levantamiento de la recolección de otoño”. Mao Tse-tung fue su máximo protagonista. El dirigente de Hunan se propuso con este levantamiento explotar al máximo una línea político-militar propia, independiente. Mao venía de enfrentarse con la dirección del partido, a quienes acusaba de adaptarse a los temores burgueses que Chiang Kai-shek y el Kuomintang de derecha guardaban respecto al movimiento campesino. Frente a la acusación de ejercer las asociaciones campesinas “excesos” en las acciones que llevaban adelante, Mao defendió que esta violencia revolucionaria era completamente legítima contra la opresión de los terratenientes. En su “Informe sobre una investigación del movimiento campesino en Hunan” (marzo de 1927) precisó la estratégica relevancia que daba a la organización política y militar de los campesinos, resaltando progresos en distintos puntos.
Amparándose en las contradictorias directivas de Moscú y del PCCh, y omitiendo toda consulta política o técnica, Mao convocó a la insurrección en Changsha, capital de Hunan. De inmediato dispuso la ruptura con las banderas del Kuomintang, la conformación de organismos de “tipo soviético” en el campesinado y la expropiación de tierras. Pese a que el Comité Central del PCCh denunció su “aventurerismo militar” y le ordenó detenerse, Mao desoyó la disciplina partidaria. El resultado fue un desastre militar con severas pérdidas comunistas, forzando a Mao a refugiarse el 15 de septiembre en las sierras entre Hunan y Kiangsi. Aquel repliegue convirtió a la organización militar campesina en las montañas en el eje cardinal de su estrategia hacia el poder.
Pese a las objeciones iniciales a la maniobra maoísta, la nueva dirección del PCCh fijó en cuestión de días una orientación análoga a la planteada por Mao. El 19 de septiembre, tras consumarse el fracaso en Changsha, se decretaron nuevas incursiones bajo el argumento de que las fuerzas armadas del nacionalismo burgués se encontraban exhaustas y que la dinámica de la lucha de clases atravesaba un momento favorable a la clase obrera. La interpretación del Comité Central -condicionada por la Comintern y la gestión de Lominadze- respondía a la necesidad de revertir los retrasos acumulados. Sin margen para un viraje estratégico reflexivo, se dio un drástico giro a la izquierda, ordenando insurrecciones armadas en los focos industriales del país para culminar la campaña de la “Recolección de otoño”. Dicha política enfrentó sólidas objeciones por parte del comité regional de Kiangsu, que tenía a su cargo Shanghái, que denunció al Comité Central por instar a un “aventurerismo irresponsable” en un contexto desfavorable.
c. El ultraizquierdismo como taparrabo oportunista
La orientación política definida en septiembre estuvo lejos de ser una ocurrencia aislada. Del 9 al 10 de noviembre de 1927, la cúpula del PCCh se reunió en Shanghái bajo el ala de Lominadze y Heinz Neumann, aprobando la consigna de alzamientos inmediatos en toda China. En las masas campesinas se agitaban confiscaciones agrícolas más ambiciosas, y se definió la necesidad de impulsar la consigna “todo el poder a los soviets de obreros, campesinos y soldados”, junto con el fin de los acuerdos con el nacionalismo del Kuomintang. Así, se llegaba a conclusiones de poder e independencia política del Partido Comunista como correlato necesario de una “nueva situación revolucionaria”. Una caracterización forzada que daba lugar a una intervención desfasada.
Con el propósito de lavar sus culpas, la Comintern enfocó su estrategia en purgar el pasado reciente. Chen Tu-hsiu fue sindicado como el principal autor de los desastres militares, mientras que la purga interna alcanzó a numerosos dirigentes: varios cuadros fueron expulsados acusados de “oportunistas” y a Mao se lo destituyó del Politburó por “aventurerismo”. Al mismo tiempo, se selló un régimen interno que clausuró cualquier atisbo de disidencia frente a la Comintern, colocando a dirigentes maleables y alineados con Moscú. La lección era tajante: si Chen fue defenestrado por “desobedecer”, a Chu Chiu-pai solo le restaba obedecer.
d. La Comuna de Cantón
La maniobra exculpatoria culminó en la insurrección de Cantón. Neumann, el relevo de Lominadze enviado por Stalin, asumió el mando para forzar una acción alineada con las nuevas directivas de Moscú. Su perfil ultraizquierdista, osado e inescrupuloso, resultaba perfecto para un operativo que no requería mayor análisis táctico. Al margen de las precisiones programáticas, la Comintern buscaba dar un viraje desesperado en suelo chino, acorralada tanto por el colapso de su política oportunista como por los embates teóricos de la oposición en Rusia.
El comité de Kwangtung dio luz verde al plan: un avance desde Nanchang hacia el sur que combinaba la agitación campesina con una huelga general del proletariado para tomar el control de Cantón. Con el secretario provincial, Chang Tai-lei, a la cabeza, se formó un Comité Militar Revolucionario que asumió la conducción del alzamiento, aun con la plena convicción de que las condiciones no estaban dadas para llevarlo a cabo.
El 11 de diciembre de 1927, a las 3:30 de la madrugada, las milicias entraron en acción. Con la participación de 2.000 hombres de la Guardia Roja, se ocupó el centro de la ciudad, desarmando a las fuerzas regulares del Kuomintang y expulsándolas de la zona. Inmediatamente -quizás previendo el corto alcance de la aventura-, se proclamó el Soviet de Diputados de Obreros, Campesinos y Soldados y se decretó una serie de medidas de emergencia: el control obrero de la producción; la nacionalización de la gran industria, el transporte y los bancos; la confiscación de las propiedades burguesas y la anulación de deudas, entre otras.
El efecto sorpresa logrado por un contingente reducido hizo posible la toma del poder, aunque sin sustento alguno para proyectar su permanencia. La denominada Comuna de Cantón sucumbió a los tres días. Más allá de los intentos por articular la marcha campesina con el alzamiento obrero urbano, la efímera experiencia en Cantón constituyó en la práctica una aventura sin la debida preparación ni viabilidad estratégica. Fuera de las filas encuadradas por los comunistas, la mayoría de la población -y en particular vastos sectores de la clase obrera- se mantuvo al margen. Es más, gremios como el de los mecánicos colaboraron activamente con las tropas del Kuomintang en el momento de sofocar el alzamiento y retomar el control de la ciudad.
Una nueva masacre se cobró la vida de militantes comunistas y todo aquel que resultara sospechoso de serlo. A sangre fría, fueron ametrallados en las calles por las fuerzas nacionalistas. El Kuomintang retomó el control de la ciudad con relativa facilidad, dejando de lado las rencillas entre sus generales. El cuartel de la Policía, último reducto ocupado por la insurgencia, cayó la tarde del 13 de diciembre. Se calcula que entre 5.000 y 15.000 insurrectos fueron ejecutados. Chang Tai-lei murió en combate, mientras que otros dirigentes comunistas también fueron asesinados en venganza; Neumann, por su parte, logró escapar.
El propio Trotsky examinó cómo la desviación oportunista precedente actuó como factor condicionante de las desviaciones aventureras registradas hacia fines de 1927: “Sin la oposición previa del Partido Comunista al Kuomintang en su conjunto, sin una agitación llevada a cabo por el Partido entre las masas a favor de los soviets y el poder de estos, sin una movilización de las masas tras las consignas de la revolución agraria y la liberación nacional, sin la creación, la extensión y el fortalecimiento de los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos (…) una aventura revolucionaria, majnovismo pseudocomunista, no podía menos que estrellarse con su propio aislamiento. Y se estrelló.” (Trotsky, “Crítica al programa de la Internacional Comunista”, págs. 216-217). Pese a este diagnóstico, Trotsky otorgó un valor estratégico a la efímera Comuna de Cantón, al considerar que “ha mostrado que la vanguardia proletaria es la única capaz en China de sublevarse y conquistar el poder. (…) la insurrección ha mostrado la total falta de vitalidad y el carácter reaccionario de la consigna de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado, opuesta a la dictadura del proletariado arrastrando tras de sí a los campesinos pobres” (Trotsky, “La cuestión china después del VI congreso”, Pág. 250)
. Inevitablemente, los efectos del colapso impactaron de lleno en un movimiento obrero y un Partido Comunista severamente diezmados. El Kuomintang afianzó su hegemonía estatal bajo la figura de Chiang Kai-shek, auténtico baluarte burgués frente al comunismo. Al tiempo que se consumaba la ruptura de relaciones con la Unión Soviética y Moscú señalaba al Kuomintang como el gran obstáculo de la revolución, Mao se replegó en las zonas montañosas de Hunan para articular una política de resistencia militar y contrainsurgencia rural. La fundación del Cuarto Ejército Rojo de Obreros y Campesinos le otorgó una base operativa inaccesible para el aparato represivo nacionalista.
El balance de la derrota, a pesar de los malabares de la conducción local y de la Comintern para eludir sus responsabilidades directas, se trazó en un marco de falsificaciones generalizadas, silenciamiento de la oposición y purgas sistemáticas. Este escenario afianzó definitivamente a Stalin como figura dominante del aparato burocrático comunista a nivel internacional, quien volvió a desentenderse de los desastres políticos, señaló “chivos expiatorios” y profundizó una deriva oportunista cada vez más pronunciada. En este caso los apuntados fueron “los ultraizquierdistas”, empezando por Chu Chiu-pai, Neumann y Lominadze. Este último debió retractarse por sus responsabilidades en el levantamiento de Cantón, pero al mismo tiempo cometió el exabrupto público, en este momento elevado al lugar de pecado capital, de defender que la revolución china iba a ser una revolución permanente.
Desde su destierro forzoso, en Alma Ata a mediados de 1928, Trotsky concluyó que la insurrección de Cantón “por ser concebida y ejecutada en un sentido contrario al de la marcha de la revolución, aceleró y profundizó su retroceso, facilitando la aniquilación de las fuerzas proletarias por parte de la contrarrevolución burguesa. Esta catástrofe da al período interrevolucionario un carácter doloroso, que será crónico y duradero. El mayor problema es ahora el renacimiento del Partido Comunista como organización de la vanguardia del proletariado” (Ídem, Pág. 250).
Las posiciones: los responsables, los “chivos expiatorios” y sus enfrentamientos
La derrota de la segunda revolución china parte de una conclusión sostenida por distintos protagonistas: el triunfo era posible. Al margen de las acusaciones cruzadas, todos coinciden en que se abrió una oportunidad histórica excepcional que puso la toma del poder obrero en la agenda inmediata. Como escribiera Trotsky en Lecciones de Octubre: “pueden existir situaciones en las cuales se den todos los presupuestos para una revolución, excepto una dirección del partido clarividente y decidida, basada en la comprensión de las leyes y los métodos de la revolución.” (Trotsky, pág. 30). Las fallas de la cúpula comunista son evidentes. La pregunta crucial persiste: ¿quién conducía la política comunista en suelo chino y sobre quiénes pesan las mayores responsabilidades?
Las posiciones y orientaciones que se definieron para China mostraban una acelerada ruptura en la estrategia que adoptaron los comunistas por estos años. Ya no será sólo un problema de caracterización, si hay o no condiciones revolucionarias, o cálculo sobre si el partido comunista tiene tales o cuales posibilidades a partir de su estructuración y desarrollo militante, sino que lo que más pesará aquí es qué revolución está en marcha y quién la encabezará. La definición de una revolución democrático-burguesa en la atrasada China será el principal fundamento de la Comintern para otorgar a la clase obrera un lugar de subordinación respecto de la burguesía nacional, a la cual se le asignará el rol de comandar esta “etapa”. Veamos esto en detalle.
a. La Comintern, principal responsable de la derrota
Corresponde enfatizarlo: la responsabilidad central recayó en la Comintern. Al margen de discrepancias secundarias, las orientaciones políticas aplicadas por el comunismo chino a lo largo de este proceso fueron dictadas por el Ejecutivo de la Internacional Comunista, organismo que supervisaba y dirigía de manera constante la labor del PCCh a través de sus delegados en el terreno. La fragilidad constitutiva de la joven organización china propició que toda objeción interna fuera acallada de inmediato apelando a la disciplina internacional. Fuese por la ascendencia histórica del bolchevismo o por la dependencia política y financiera respecto de Moscú, la cúpula del PCCh se vio impelida a subordinarse orgánicamente a los dictámenes internacionales.
A lo largo de este trabajo fuimos analizando cómo, desde un principio, la política trazada desde Moscú allanó el camino de la derrota. El potencial revolucionario que Lenin atribuyó a las luchas de liberación nacional en las colonias y semicolonias -tema que ocupó de manera central a los delegados de la Internacional en sus primeros congresos- fue reconvertido por la burocracia del PCUS en una serie de políticas de subordinación a la burguesía nacional china. Se pasó así de la alianza táctica con el Kuomintang a la integración en sus filas, para culminar nombrando a este partido burgués chino como miembro asociado de la Internacional Comunista y a Chiang Kai-shek como miembro de honor.
Las tempranas resistencias locales a ingresar al Kuomintang entre 1922 y 1924 fueron sofocadas por la Comintern. El empeño del Ejecutivo en que los comunistas integraran el partido nacionalista burgués no fue solo la expresión de una política oportunista que utilizaba la cuestión nacional como justificativo para la colaboración de clases, sino que respondía a una raíz aún más profunda: los propios intereses de la burocracia soviética, a la cual estaban subordinados el aparato del PCUS y, por extensión, la Comintern en su conjunto. En un cuadro de aislamiento internacional, la URSS necesitaba afianzar una alianza con el gobierno nacionalista de Sun Yat-sen; por ello, los compromisos de colaboración estatal se firmaron con la misma pluma con que se selló la subordinación política entre las organizaciones. Este fue el verdadero sentido que se le dio al pacto Joffe-Sun Yat-sen bajo las directivas de Stalin.
Zheng Shaolin, cuadro dirigente del PCCh que en los años treinta se acercará al trotskismo, lo resumirá del siguiente modo: “Los gobernantes de la Unión Soviética, liderados por Stalin, abandonaron el internacionalismo basado en el principio del “socialismo en un solo país”, sólo buscaron los intereses de la Unión Soviética, convirtieron a la Comintern en una herramienta del Ministerio de Asuntos Exteriores soviético y sólo pidieron a los Partidos Comunistas de varios países que trabajaran duro para defender a la URSS, en lugar de desarrollar su propia revolución socialista y construir sus propias repúblicas soviéticas. La “ayuda” de la Unión Soviética a China siempre ha estado dirigida a este propósito” (Zheng Shaolin, “Chen Du-hsiu y Borodin”).
Al igual que ocurrió en Alemania en 1923, una vez consumada la derrota de abril de 1927 y tras la posterior ruptura con el Kuomintang, la Comintern dispuso un drástico viraje hacia la izquierda. Este movimiento buscaba, por un lado, desvincularla de sus responsabilidades directas y, por el otro, posicionarla ventajosamente para señalar a los “verdaderos responsables”, encarnados en la figura de Chen Tu-hsiu, calificado de “oportunista”. De este modo, la Internacional logró apoyarse en un sector del partido afín a esta narrativa de culpabilidades para promover una línea ahora sí “sovietista”, aunque implementada mediante intervenciones aventureras y desfasadas: llamadas a alzamientos campesinos en diversas provincias e incursiones militares junto a generales “amigos”. Como analizamos previamente, para viabilizar este cambio de rumbo Moscú envió a Lominadze con la misión de purgar el oportunismo y condenar sumariamente a Chen.
Alguien podría decir que para considerar la política de la Comintern bien vale detallar qué acción llevó a cabo cada enviado que Moscú seleccionó para actuar en territorio chino. No nos detendremos en las particularidades de cada uno, ya sean personales como políticas, entendiendo que más allá de las diferencias, en cualquier caso sus intervenciones no se apartaron de las necesidades de la propia burocracia moscovita. Los informes que se elaboraban podían reforzar más o menos las caracterizaciones y exigencias del comunismo local, pero en última instancia iban a subordinarse a las directrices ya definidas en Moscú. Del mismo modo en que la burocracia eludía su responsabilidad ante cualquier orientación equivocada que se aplicara en China -descargando las culpas sobre el PCCh y su conducción-, la misma suerte corrían los enviados. A lo largo de las tres entregas de este trabajo hemos mencionado a figuras como Borodin, Blyujer, Voitinsky, Roy, Mif, Neumann, Lozovski y Lominadze, entre otros; sin duda, la trayectoria de cada uno y las políticas que encarnaron darían para un escrito entero.
b. Stalin y Bujarin, organizadores de derrotas
El viraje estratégico de la Comintern llevó la firma de Stalin y Bujarin. Ambos negaban de forma tajante que el PCCh tuviera la capacidad de liderar el proceso chino. Pero más allá de su evidente “falta de fe” -la misma muletilla empleada contra la Oposición de Izquierda-, partían del dogma de que la clase trabajadora no debía encabezar la revolución, reduciendo al PCCh a un mero actor de reparto. Para esta alianza dirigente, el Kuomintang era el instrumento unificador de las clases no imperialistas. En consecuencia, no era la insurrección de las masas el mejor instrumento para derribar el viejo régimen, sino la marcha victoriosa del ejército nacionalista, al que deberían plegarse obreros y campesinos, reservándole a la burguesía los puestos de mando.
De manera explícita, emparentaban la revolución china con la revolución rusa de 1905. Sin embargo, aunque pretendían defender la superada fórmula bolchevique de la “dictadura democrática de obreros y campesinos”, en la práctica su política de sumisión al Kuomintang se asemejaba mucho más al seguidismo de los mencheviques a los kadetes burgueses dos décadas atrás. Aquí pesan las biografías: el exmenchevique Martinov era uno de los más efusivos defensores de los planteos de Stalin-Bujarin frente a las críticas.
La convicción estalinista en torno a la integración del PCCh en el Kuomintang fue tan ciega que tanto Stalin como Bujarin abordaron los virajes y masacres perpetrados primero por Chiang Kai-shek y luego por Wang Ching-wei como meros hechos coyunturales. Consumadas las matanzas contra los militantes comunistas, la cúpula de Moscú se limitaba a condenar al “dirigente traidor” para jurar de inmediato lealtad a una nueva figura, facción o tendencia del Kuomintang, dejando en claro que los comunistas no abandonarían el partido nacionalista. Incluso en estos traspasos de mando la burocracia actuaba con extrema cautela, esperando hasta el último minuto para soltarle la mano al “traidor”.
A escasos días de gestarse la masacre de Shanghái, Stalin declaraba respecto de Chiang Kai-shek y el ala derecha del Kuomintang: “¿Por qué hacer un golpe de estado? ¿Por qué expulsar a la derecha cuando tenemos la mayoría y la derecha tiene que escucharnos?” (Carr, pág. 129). Apenas unos días después, con miles de comunistas masacrados en las calles, Stalin argumentó que había llegado el momento de dejar de “utilizar” a la derecha para pasar a aliarse con la “izquierda” del Kuomintang. Mientras que Bujarin planteaba: “Despojado de los saboteadores de derecha, de los conciliadores y de los traidores, el Kuomintang se convertirá en una verdadera organización de masas. Sería una falta gravísima el entregarle la bandera del Kuomintang a la camarilla de Chiang Kai-shek.(…) Por eso la táctica de salirse del KMT es ahora, sobre todo ahora, absurda.” (Bujarin, “La Revolución China”, Pág. 136) La defensa de la permanencia en el Kuomintang colocó a Bujarin en una encrucijada de debates: con Chen Tu-hsiu en China, con Radek en Rusia y con Trotsky en el seno del Politburó.
Entre esta “traición” y la siguiente sólo pasaron unos meses, siendo ahora el reciente aliado “izquierdista” Wang Ching-wei quien impulsó la purga contra los comunistas en Wuhan. Aún con esta nueva persecución, la Comintern insistía a mediados de 1927 con impulsar las acciones “revolucionarias”, que derivaron en distintas aventuras, bajo los colores azules del Kuomintang.
En enero de 1926, en Cuestiones del Leninismo, Stalin ya había planteado que “a partir de la política de frente único nacional, los comunistas deben pasar a (…) la política de un bloque revolucionario de los obreros y la pequeña burguesía. Este bloque puede asumir en estos países la forma de un solo partido, un partido obrero y campesino como el Kuomintang” (Trotsky, Stalin, Pág. 563) La idea de partidos policlasistas, y el abandono de la construcción independiente de la clase obrera, para ese entonces ya tenía otros antecedentes bajo esta misma dirección de la Internacional Comunista, como el caso de Checoslovaquia o en la propia Estados Unidos.
Como en tantas otras definiciones de la burocracia oficial, no fue Stalin quien más páginas ni discursos aportó para la fundamentación teórica de la política de la Comintern en China. Bujarin asumió ese papel partiendo de un diagnóstico inicial sobre el país asiático. Argumentaba que en China aún predominaban relaciones feudales y que la hegemonía de estas en el campo reforzaba el carácter estrictamente democrático-burgués de la revolución. Sobre esta premisa se justificaron las alianzas con las clases propietarias, el “bloque de las cuatro clases”, para enfrentar a los grandes terratenientes y al imperialismo, constituyendo esto una etapa inaplazablemente burguesa e incompatible con la lucha por el poder proletario. Así, el carácter de la revolución se expresaba en un primer punto de llegada democrático-burgués, que iba a tener a la burguesía como dirección y a la clase obrera como espectadora del poder ajeno. Si el poder de una clase sobre otra se edifica en el poder de armamento, estas armas fueron entregadas por la Comintern al partido nacionalista burgués y no al partido obrero. ¿Qué más agregar?
Una vez que la derrota comunista resultó indiscutible, Bujarin se apresuró a señalar a los “oportunistas” chinos como únicos culpables e instruyó la realización de “una conferencia extraordinaria del partido, nuevas elecciones al comité central, crítica implacable a los dirigentes, ejecución de las directrices de la Comintern, lucha decidida hasta el punto de la expulsión del partido, a quienes adopten la opinión de que el partido debe actuar para complacer a los dirigentes burgueses del Kuomintang” (Carr, pág. 184). Pero mientras Bujarin se esforzaba por multiplicar las acusaciones y señalar culpables, desde la cima del poder el propio Stalin apuntaba en su misma dirección.
Tras la ruptura ulterior entre Stalin y Bujarin, la historiografía estalinista intentó construir retroactivamente una supuesta divergencia de fondo a lo largo de todo el proceso revolucionario chino hasta 1927, alegando que Stalin solo habría «tolerado» a Bujarin para sostener un frente común contra el oportunismo local y el “ultraizquierdismo”. Sin embargo, esta fractura no se manifestó sino a partir del XV Congreso del PCUS en diciembre de 1927, formalizándose tras el VI congreso de la Comintern a mediados de 1928 con la proclamación del “Tercer Período”. Al igual que en Rusia, Bujarin defendía una política de conciliación con los campesinos acomodados chinos, los llamados kulaks. Pero hasta 1929, Stalin no sólo no objetó dicha orientación, sino que llegó a exhortar a los propios comunistas chinos a no lesionar los intereses de la burguesía agraria por temor a tensar la relación con el Kuomintang. Fue recién cuando la Internacional ejecutó su viraje ultraizquierdista y el propio Bujarin fue purgado de la dirección acusado de encabezar la Oposición de Derecha cuando se adoptó, en junio de 1929, una política de confrontación con los kulaks en suelo chino.
b. El centrismo de Chen Tu-hsiu
Antes de examinar sus posiciones y responsabilidades, conviene detenerse brevemente en la figura de Chen Tu-hsiu. Integrante de la generación de jóvenes que protagonizó las luchas antiimperialistas durante las primeras dos décadas del siglo XX, Chen se consagró como un prestigioso intelectual de la Universidad de Pekín tras sus críticas al confucianismo y su defensa del uso de la lengua vernácula china, proscrita por el régimen manchú. En la década de 1920 volcó su militancia hacia el comunismo: a los 41 años participó en el congreso fundador del Partido Comunista Chino, organización que presidiría desde 1921 hasta su expulsión en 1929. Emprendió una severa crítica contra la orientación de la Comintern y la camarilla de Stalin, al tiempo que revisó los límites de su propia actuación sin eludir ninguna responsabilidad. Tras coincidir en los aspectos estratégicos con el balance trazado por Trotsky sobre China, se integró a las filas de la oposición de izquierda. Perseguido por los nacionalistas del Kuomintang, encarcelado durante seis años y en permanente confrontación con el estalinismo, a mediados de la década de 1930 mantuvo discrepancias que lo terminaron distanciando de la IV Internacional.
Desde antes de que el PCCh se incorporara al Kuomintang, Chen Tu-hsiu albergaba una profunda desconfianza hacia el nacionalismo, un movimiento que conocía al detalle. Su recelo alcanzaba al propio Sun Yat-sen, líder nacionalista venerado en Rusia al extremo de que la universidad moscovita dedicada a los asuntos chinos llevaba su nombre. Esta reticencia de Chen alimentaba su defensa de una línea de independencia para el comunismo chino. En septiembre de 1924, Chen expresó su malestar tanto con la orientación general de la Comintern como con la injerencia directa de Borodin, dirigiéndose epistolarmente a Voitinsky, representante de la Internacional en el Lejano Oriente: “Por favor, sugiera que la Comintern recuerde al camarada Borodin que debe ser muy cauteloso al tratar con Sun Yat-sen; de lo contrario caerá en una trampa, y recuérdele que siempre consulte con nuestro partido” (citado por Zheng Chaolin). Paralelamente a estas advertencias, la denuncia contra la intromisión de la Internacional y el constante postergamiento del PCCh en las decisiones políticas se convertirían en un reclamo recurrente.
Unos meses antes, en otra carta dirigida a Voitinsky en julio de 1924, Chen extremó aún más su rechazo a los nacionalistas afirmando que “sólo hay anticomunistas de derechas en el Kuomintang, y si hay un cierto número de izquierdistas, son nuestros propios camaradas. Sun Yat-sen y varios otros líderes son centristas, no izquierdistas.” (Zheng Shaolin) En esta misma carta delineó el ya conocido rechazo de Chen al ingreso al partido nacionalista: “apoyar al Kuomintang es apoyar el ala derecha de este partido, porque controlan todas las instituciones del Kuomintang. En su política interna mostraron tendencias antiobreras, y en su política exterior mostraron tendencias antisoviéticas. (…) No debemos apoyar al Kuomintang (…) de lo contrario estamos ayudando a nuestros enemigos” (ídem).
Estos disensos de Chen, anteriores al estallido de la revolución china, demuestran que, si bien jamás comulgó con las líneas gruesas del rumbo ideado en Moscú, tampoco estuvo dispuesto a entablar una batalla política frontal que le pusiera un freno al oportunismo. Al eludir una polémica pública que expusiera sus desacuerdos con las directivas de la Comintern y al acatar en silencio la aplicación de dichas políticas en lugar de rechazarlas, el propio Chen terminó asumiendo como propio un curso oportunista. Esta capitulación no solo debilitó su liderazgo local, sino que fortaleció a la Internacional como el órgano supremo llamado a «corregir» los constantes «errores» del PCCh. Del mismo modo que ocurrió con Heinrich Brandler en el Partido Comunista Alemán (KPD) en 1923, la supuesta «inmadurez» de la dirección nacional sirvió de pretexto para legitimar los sustituismos de aparato promovidos por Moscú, potenciados en el caso chino por el poder de la diplomacia soviética y el suministro directo de armamento al Kuomintang.
El valor insustituible de los balances escritos por Chen Tu-hsiu reside en que supo identificar a los máximos responsables de la derrota china, aun asumiendo plenamente sus propias responsabilidades personales y políticas. Elaboró estos textos en el período comprendido entre su dimisión como secretario general en 1927 y su expulsión definitiva en 1929: “Ejecuté sinceramente la política de oportunismo de los líderes internacionales Stalin, Zinóviev, Bujarin y otros, la cual provocó que la revolución china sufriera un triste y vergonzoso fracaso” (Chen Tu-hsiu, Carta a todos los camaradas del Partido). El primer gran choque con el Centro internacional se produjo con el enviado Henk Sneevliet (Maring), quien en nombre de la Comintern ordenó la incorporación al Kuomintang argumentando que este encarnaba un bloque de las “cuatro clases sociales” y que, por tanto, el partido proletario no podía quedar al margen. Pese al rechazo inicial del Comité Central, Maring apeló al dogma de la disciplina internacional para saldar la discusión. Aun denunciando la naturaleza extorsiva de dicha exigencia y señalando al propio Sun Yat-sen como extorsionador, Chen remarcó de forma tajante: “Por respeto a la disciplina internacional, el Comité Central del PCCh no tuvo más remedio que aceptar la propuesta de la Internacional y unirse al Kuomintang” (ídem).
A partir de aquel momento, los reiterados pedidos de Chen para retirarse del Kuomintang fueron rechazados uno tras otro por la Comintern, encontrando en la conducción local una aceptación pasiva frente a cada negativa. Quedaba en claro que al estalinismo solo le interesaba sellar una alianza con la burguesía nacional china, sirviéndose del PCCh como un mero instrumento supeditado a ese fin. Así, en 1926 Moscú denegó las armas solicitadas por Chen Tu-hsiu para pertrechar a las milicias campesinas de Cantón (Guangdong), armas que terminaron siendo entregadas al propio Chiang Kai-shek y que, como hemos analizado, más tarde se utilizaron contra los obreros comunistas y la propia delegación soviética. Ante la inminencia de la masacre de Shanghái, Chen explicó que la postura del partido era presentar batalla a Chiang frente al ataque a los trabajadores insurrectos. Sin embargo, “la Internacional nos envió un telegrama instruyéndonos a esconder o enterrar todas las armas de los trabajadores para evitar el conflicto militar con Chiang Kai-shek, para no perturbar la ocupación de Shanghai por las fuerzas armadas” (ídem). ¿Cuál fue la actitud de Chen frente a semejante directiva? “En ese momento volví a obedecer la orden de la Internacional y no pude mantener mi propia opinión. Basándome en la política de la Internacional hacia el Kuomintang y los imperialistas, emití un vergonzoso manifiesto junto a Wang Ching-wei” (ídem).
Completando en su descripción diversos episodios de colaboración con la burguesía, Chen define a éste como “un periodo muy crítico. Concretamente, fue el periodo en que el Kuomintang burgués obligó abiertamente al proletariado a seguir su guía y dirección, cuando nosotros declaramos formalmente al proletariado que se rindiera a la burguesía, que la siguiera y que estuviera dispuesto a ser subordinado de la burguesía. El delegado internacional dijo abiertamente: «El periodo actual es un periodo en el que los comunistas deberían hacer el servicio de coolie para el Kuomintang». Para entonces, el Partido ya no era el partido del proletariado, habiéndose convertido completamente en el ala extrema izquierda de la burguesía y comenzando a caer en el profundo pozo del oportunismo” (ídem).
Los acontecimientos de Shanghai y luego de Hunan reanudaron los pedidos de Chen por retirarse del Kuomintang. En ese momento el propio Borodin acordaba, pero al mismo tiempo afirmaba que Moscú no iba a dar lugar a esa política. Fue en ese momento que Chen Tu-hsiu presentó la dimisión del Comité Central aduciendo que “la Internacional desea que llevemos a cabo nuestra propia política, por un lado, y no nos permite retirarnos del Kuomintang por otro. Realmente no hay salida y no puedo seguir con mi trabajo” (ídem) El oportunismo de la Comintern impedía la retirada de los comunistas del Kuomintang, exigiendo sí la retirada del gobierno del Kuomintang. Esta medida resultaba absolutamente cosmética.
En este mismo texto, Chen Tu-hsiu asume responsabilidades y aborda la discusión de qué hubiera sucedido si el partido hubiese tomado otro camino. “La Tercera Internacional debería asumir la responsabilidad. El joven Partido Chino aún no tiene la capacidad de inventar teorías ni de establecer políticas; pero el órgano principal del Partido Chino debería asumir la responsabilidad de ejecutar ciegamente la política oportunista de la Tercera Internacional sin un poco de juicio ni protesta. Si nos excusamos mutuamente y todos pensamos que no hemos cometido errores, ¿fue entonces error de las masas? ¡Esto no solo es demasiado ridículo, sino que tampoco asume ninguna responsabilidad hacia la revolución! Creo firmemente que, si yo, u otros camaradas responsables, hubiéramos podido en ese momento haber reconocido claramente la falsedad de la política oportunista; un argumento fuerte en contra, incluso hasta el punto de movilizar a todo el Partido para una discusión y debate acalorados, como ha hecho el camarada Trotski, el resultado habría sido inevitablemente de gran ayuda a la revolución y no habría hecho de la revolución un fracaso tan vergonzoso, aunque podría haber sido expulsado de la Tercera Internacional y se hubiera producido una división en el Partido” (ídem).
En última instancia, la orientación de Chen Tu-hsiu puede caracterizarse como centrista, con el agravante de que el centrismo en coyunturas revolucionarias suele acarrear tragedias colosales para la clase trabajadora: la indecisión de la vanguardia política crea las condiciones óptimas para la arremetida sangrienta de la contrarrevolución. Sin embargo, el problema de Chen no se limitó a su falta de determinación ante los acontecimientos; obedeció también a una concepción «etapista» del proceso que, aun pretendiendo equivocadamente emular la fórmula bolchevique de 1905, actuó como un pesado yunque sobre el programa a desplegar y el sujeto llamado a acaudillarlo: la clase obrera. Esta incomprensión del carácter de la época permite dimensionar tanto la inconsecuencia de su política como el alcance criminal del oportunismo de la Comintern. Muestra de ello fue el V Congreso del PCCh en mayo de 1927 donde, con las matanzas de Chiang Kai-shek ya perpetradas, la dirección aún vacilaba en profundizar las demandas agrarias por el temor a condicionar la «extensión» de la revolución nacionalista. El lema acuñado entonces «no profundizar para poder extender la revolución» operó como un verdadero chaleco de fuerza contra el proceso revolucionario en marcha.
Pocos meses después, Chen reconocerá el valor de las tesis de la revolución permanente de Trotsky, entendiendo que sólo el proletariado podía ser la dirección de la revolución. Pero eso sucederá luego de consumarse la derrota, en un balance posterior que lo tendrá cercano al opositor ya desterrado.
c. Trotsky y la Oposición
“Siempre alguien me preguntará: ¿Qué opinas de los “gobernantes soviéticos”? [considerando que] cuando China estableció el Partido Comunista y luego implementó la cooperación Kuomintang-comunista, Lenin no estaba muerto en ese momento, ¿incluiste a Lenin en los gobernantes soviéticos? Mi respuesta es: entre los altos cuadros que gobernaron la Unión Soviética, sólo Lenin y Trotsky fueron verdaderos internacionalistas. Pero Lenin ya estaba enfermo en ese momento y no tuvo tiempo de preguntar por la revolución china. En cuanto a Trotsky, ya había sido rechazado por otros cuadros y estaba ocupado respondiendo sobre los problemas de la propia Unión Soviética, y sólo salió a intervenir en los problemas de China en el momento crítico de la revolución” (Zhen Chaolin, “Chen Tu-hsiu y Borodin”).
Mediante este juicio, Zheng Chaolin -referente del trotskismo chino y miembro de la Oposición de Izquierda Unificada- definió el legado de los dos máximos dirigentes de la Revolución Rusa en la encrucijada china. Respecto de Lenin, resulta insoslayable destacar que los lineamientos antiimperialistas sancionados en el II Congreso de la Internacional Comunista fueron paulatinamente desvirtuados por quienes asumieron las riendas del Estado soviético, el aparato cominterniano y los despachos orientales. Por su parte, Trotsky constituyó la figura que con mayor claridad teórica y autoridad política articuló la impugnación a la línea oficial de Moscú, a pesar de las severas limitaciones impuestas por el acoso del régimen, la escasez de fuentes fidedignas e insumos informativos, y la imposibilidad de abocarse plenamente al escenario chino. Corresponde examinar ahora los ejes centrales de su elaboración y la del conjunto de la oposición.
Aun cuando las polémicas más álgidas sobre el proceso chino estallaron en la primavera de 1927, existieron antecedentes de disenso frente a la orientación del Kremlin. A principios de 1926, en su calidad de miembro de una comisión especial del Politburó encargada de dictaminar sobre las directrices de la política exterior soviética, Trotsky analizó el problema de la unificación de China. Sin perjuicio de los imperativos geopolíticos de la URSS, planteó que la política del comunismo chino debía desvincularse de los compromisos de la diplomacia de Estado. Coherente con su negativa inicial, ratificó su oposición a la subordinación e ingreso del PCCh al Kuomintang. Del mismo modo, impugnó la designación de Chiang Kai-shek como integrante de honor del Comité Ejecutivo de la Comintern y la admisión del Kuomintang en la Internacional, definiendo al “sunyatsenismo” como una doctrina interclasista y conciliadora. Sin embargo, durante todo aquel año Trotsky evitó convertir el conflicto chino en un eje de confrontación abierta.
En los últimos meses de 1926, Karl Radek, por ese entonces rector de la Universidad Sun Yat-sen, se hacía eco de la falta de información recibida desde China y al mismo tiempo elevaba los cuestionamientos que le hacían sus propios estudiantes. En un pedido de información hecho al Politburó: “señaló las dificultades que causaban la dictadura militar establecida por Chiang Kai-shek tras el golpe del 20 de marzo de 1926, con el apoyo de Borodin; la actitud adoptada respecto de los campesinos y los obreros, y el tono semimenchevique de las declaraciones del PCCh que minimizaba la lucha de clases” (Carr, Pág. 123-124). Los memorandums de aquella misma época escritos por Trotsky, parecen mostrar la falta de información y cierta confusión sobre el tema chino, ya que si bien reconoce cierto oportunismo en la política oficial definida por Moscú, al mismo tiempo considera que el PCCh intervenía en términos “propagandísticos”.
Tal vez la coyuntura en que más gravitó el silencio de la Oposición de Izquierda fue el VII Pleno Ampliado del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista en noviembre de 1926. Con la presencia de Tan Ping-shan como delegado del PCCh y de un representante del Kuomintang, aquella reunión constituyó una ocasión perdida no solo para interiorizarse a fondo sobre la realidad del país, sino también para cuestionar públicamente los trazos gruesos de la línea oficial. Contrariamente, otros asistentes a las sesiones, como el diplomático soviético Fiódor Raskólnikov, abrieron el debate sobre los límites de la alianza con el Kuomintang y la naturaleza de la revolución china; e incluso el delegado indio, M. N. Roy, expresó posiciones críticas al respecto. Transcurrió un año entero entre sus tempranas advertencias de marzo de 1926 y la siguiente embestida pública de Trotsky contra la política oficial sobre China, ocurrida apenas dos semanas antes de la masacre de Shanghái en abril de 1927. En un marco de agudo aislamiento y debilidad política dentro de la URSS, el exjefe del Ejército Rojo se sumergió de lleno en el debate asiático, denunciando de forma tajante a Stalin y Bujarin por la subordinación del proletariado y del PCCh a las fuerzas de la burguesía nacional. Más adelante dirá: “la teoría leninista de la revolución nacional de los pueblos oprimidos se ha convertido en una teoría que encubre el papel doblemente explotador y doblemente contrarrevolucionario de la burguesía nacional del país oprimido” (Trotsky, Stalin, pág. 565). No obstante, en ese momento la magnitud de la catástrofe tomó por sorpresa al propio Trotsky, quien hasta entonces no había tenido conocimiento cabal ni de los reiterados cuestionamientos de Chen Tu-hsiu contra las órdenes de la Comintern, ni del alcance real de los desastres engendrados por el oportunismo oficial.
Pero incluso, entre sus propios compañeros de la Oposición no existían grandes objeciones a la intervención oficial, e incluso “los trotskistas más importantes, como Preobrazhensky, Radek, y según parece, Piatakov y Rakovsky, se sorprendieron cuando Trotsky aplicó el esquema de la Revolución Permanente en China” (Deutscher, El Profeta Desarmado, Pág. 304). Radek, el opositor más abocado al seguimiento de la coyuntura asiática, se comunicó con Trotsky para señalarle la inviabilidad de romper con el Kuomintang en ese momento, por más incómoda que resultase la convivencia con el nacionalismo. Más allá de esta consideración, Radek sostuvo en un discurso público dado en la Universidad Sun Yat-sen, en marzo de 1927, que el gobierno del Kuomintang era un gobierno burgués y debía ser derribado por la clase obrera y el PCCh. Distintas voces oficiales y asesores en China hicieron cola para contestarle, acusándolo de “ultraizquierdista”. Semanas después Radek fue separado por Stalin de la Universidad, reemplazado en su cargo de rector por Pável Mif.
A la falta de acuerdo en el propio núcleo de los viejos opositores se sumaban las discrepancias con los «nuevos» disidentes: Grigori Zinóviev y Lev Kámenev. Los desplazados miembros de la antigua troika veían con buenos ojos el ingreso y la permanencia del PCCh en el Kuomintang; de hecho, Zinóviev, desde su rol previo como presidente del Comité Ejecutivo de la Comintern, había sido un promotor activo de la alianza oportunista con el nacionalismo chino. Ambos evitaban involucrarse en esta polémica, atendiendo incluso al pedido de Nadezhda Krúpskaya, quien prefería no descentrar el foco de las críticas dirigidas específicamente a la política interior de Stalin en la URSS. Fue recién en junio que Zinoviev puso su firma al pedido de retiro del PCCh del KMT, repitiendo esto mismo en una misiva enviada a la Comintern el mes siguiente.
Trotsky no era ingenuo: sabía perfectamente que debía evitar que sus críticas a la política de la Comintern en China fuesen manipuladas como una mera controversia faccional al servicio de las intrigas de la burocracia. Así, intervenía en un escenario sumamente complejo en el que debía sentar posición. Su diagnóstico sobre las amenazas mortales que se cernían sobre el proletariado chino -confirmado en cuestión de días por las matanzas perpetradas por Chiang Kai-shek en Shanghái- no admitía cálculo ni especulación política alguna. Era el momento de actuar y de convencer al resto de los opositores sobre la urgencia de dar la batalla.
Sin cruzarse un solo mensaje con Chen Tu-hsiu -quien aún firmaba por disciplina textos contra el propio Trotsky que luego condenaría-, el líder de la Oposición vio con absoluta claridad que el Kuomintang preparaba una carnicería. En tiempo real, Trotsky denunció la trampa que Chiang Kai-shek tendía en Shanghái. Mientras los trabajadores comunistas eran masacrados en las calles, la burocracia soviética completaba la infamia: el mismísimo día del golpe, el exmenchevique Martínov elogiaba calurosamente al régimen del Kuomintang desde las páginas principales de Pravda.
Tras la matanza de Shanghái, la nueva orientación dictada por la Comintern consistió en trasladar las esperanzas hacia el ala «izquierda» del Kuomintang acaudillada por Wang Ching-wei en Wuhan. Trotsky rechazó categóricamente esta maniobra, pronosticando con acierto que el gobierno de Wuhan repetiría el mismo guión sangriento de Chiang Kai-shek y exigiendo la ruptura total del PCCh con el nacionalismo burgués. Por el contrario, Zinóviev y Kámenev sostuvieron que, si bien el comunismo chino no debía subordinarse a ningún caudillo, era preciso permanecer dentro del partido nacionalista. Ante la inminencia del desastre, Trotsky exigió trasladar este debate al Comité Central del PCUS -iniciativa bloqueada por Stalin- y llevarlo posteriormente a las sesiones del VIII Pleno del Comité Ejecutivo de la Comintern.
En la reunión internacional celebrada en mayo de 1927 -en la que se dispuso la insólita prohibición de participar a Grigori Zinóviev, expresidente del Comité Ejecutivo-, Trotsky desplegó toda la fuerza de su crítica contra la subordinación comunista al nacionalismo burgués. Fijando su mirada en Stalin, increpó abiertamente a la cúpula oficial: “No deseamos asumir ni una sombra de responsabilidad por la conducta del gobierno de Wuhan ni por la dirección del Kuomintang, y aconsejamos categóricamente a la Comintern que rechace semejante responsabilidad. A los campesinos chinos les decimos directamente: los jefes del Kuomintang de izquierda los traicionarán inevitablemente si siguen tras sus pasos en lugar de constituir sus propios soviets independientes (…) [Ellos] se unirán diez veces con Chiang Kai-shek antes que con los obreros y los campesinos” (Deutscher, pág. 312). La burda réplica de Stalin, Bujarin y sus acólitos consistió en acusar a Trotsky de obrar movido por mezquinos intereses faccionales, alegando que sus denuncias favorecían al imperialismo británico -el cual acababa de romper relaciones diplomáticas con la URSS, alimentando la psicosis de un conflicto armado inminente-. Al mismo tiempo, su defensa de la revolución por etapas, implicó la continuidad del ataque a la revolución permanente.
Por aquel entonces, rescatando las tesis aprobadas por Lenin en el II Congreso de la Comintern —donde este había caracterizado con nitidez los límites del nacionalismo colonial—, Trotsky planteó que la burguesía nacional jamás libraría una lucha consecuente contra el imperialismo si sentía la amenaza de su propio proletariado. En un giro irónico pero fulminante, inquirió: “¿Quién ignora que la burguesía prefiere que su propio proletariado la decapite, antes que cooperar con los explotadores extranjeros?” (Carr, pág. 130). En un sentido análogo, Karl Radek señalaba que “el error básico de la Comintern consiste en que se subestiman las contradicciones de clase entre el proletariado y la burguesía china, y en que se sobreestiman las contradicciones entre el imperialismo y la gran burguesía” (ídem, pág. 137).
De esta premisa fundamental se desprendía el célebre principio de independencia política formulado por Marx y defendido por los grandes teóricos del marxismo frente a las desviaciones oportunistas de cada época, sintetizado por Trotsky en estos términos: “La única condición de todo acuerdo con la burguesía -acuerdo separado, práctico, limitado a medidas definidas y adaptado a cada caso- consiste en no mezclar las organizaciones ni las banderas, ni directa ni indirectamente, ni por un día, ni por una hora; en distinguir claramente el rojo del azul, y en no creer jamás que la burguesía será capaz de librar una lucha real contra el imperialismo, ni que dejará de ser un obstáculo para los obreros y campesinos” (Trotsky, Crítica al programa de la Internacional Comunista, pág. 196). Toda esta lección elemental constituía una insostenible «herejía ultraizquierdista» a los ojos de la estrategia de tinte menchevique preconizada por Stalin y Bujarin.
Frente a las esquemáticas manipulaciones de la dupla Stalin-Bujarin, Trotsky matizó el peso de las relaciones de tipo feudal en el campo chino. Aun reconociendo su supervivencia, el exjefe del Ejército Rojo demostró que se hallaban subordinadas a la dinámica del capitalismo, dominante en la formación social china. En ese marco, explicó que la hegemonía del proletariado no derivaba de su número absoluto, sino de su peso específico en la estructura económica y de la combatividad desplegada en la arena política. Para un país colonial y atrasado como China, la alianza de la clase obrera con el campesinado pobre -y no la conciliación con los kulaks promovida por Bujarin- resultaba estratégica y decisiva. Por ende, el PCCh debía priorizar la unidad obrero-campesina y la vertebración de órganos soviéticos allí donde el proletariado hubiese desarrollado una correlación de fuerzas favorable, como en Shanghái. Como sintetizó Trotsky: “La revolución democrático-burguesa china irá hacia adelante y triunfará en la forma soviética o no avanzará en lo absoluto” (Carr, pág. 135). Es decir, la única forma de imponerse será por medio de una dictadura obrera, consecuente en la lucha contra el imperialismo y en cada una de las tareas democrático-burguesas, que irremediablemente se entrelazan ininterrumpidamente con medidas de carácter socialista.
Así, Trotsky defenderá la intervención revolucionaria del proletariado chino como continuidad de las tesis de Abril de Lenin y la Revolución de Octubre. La burocracia moscovita combatía el poder obrero “precisamente cuando la dialéctica de la lucha de clases, después del agotamiento de todos los demás recursos, puso a la orden del día la dictadura del proletariado.” (Trotsky, Crítica al programa de la Internacional Comunista, Pág. 204)
Sin ahondar en el duro golpe que significó su expulsión del Partido Comunista de la URSS a finales de aquel trágico 1927, los artículos teóricos redactados y difundidos por Trotsky a escala internacional expresaban el compromiso inquebrantable del gran sobreviviente de la Revolución Rusa con la causa socialista. Aun reconociendo los errores fatales y la deriva abiertamente contrarrevolucionaria de la Comintern, Trotsky reafirmó la vigencia de la revolución obrera en China, manteniendo una confianza plena en la capacidad del proletariado para sobreponerse a las derrotas y a la bancarrota de su propia dirección. El debate sobre la Revolución China adquiriría un valor inestimable no sólo para la vanguardia de Oriente, sino para todos los países coloniales y semicoloniales como los de nuestra América Latina, allí donde las banderas rojas eran sistemáticamente arriadas y confundidas con las azules en nombre de la alegada “imposibilidad” del socialismo.
Bibliografía
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Thornton, Richard; La Revolución china. Nicolás Bujarin. León Trotsky, Crisis, Buenos Aires, 1973.
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Trotsky; La Cuestión China después del VI congreso, Stalin, el gran organizador de derrotas, IPS, Buenos Aires, 2012.
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Zheng Chaoli; Chen Tu-hsiu y Borodin, Marxists Internet Archive (2009)
Zinoviev, Tesis sobre la revolución china, Marxists Internet Archive (2009)
