“La Argentina conquistó la estabilidad política, pero todavía no alcanzó la estabilidad económica”. La frase es del prólogo de la obra Operación: Argentina. De la ilusión a la casta, diálogos sobre cuatro décadas de democracia, de Andrés Malamud y Astrid Pikielny. La dice Carlos Pagni y resume, en pocas palabras, una de las grandes preguntas del libro: por qué en cuarenta años todas las turbulencias político-económicas (1989, 2001/2, 2017-2019, 2023) pudieron resolverse bajo el paraguas del juego democrático, como casi nunca antes en la historia argentina, pero nunca el país pudo lograr resultados económicos contundentes (veremos que este tipo de categorías, sin embargo, ameritan una revisión). Pagni, igualmente, precisa la pregunta de investigación y resume: “por qué la ilusión inaugural de 1983 se convirtió, al cabo de cuatro décadas, en una crisis de representación que permite hablar de ‘casta’”. Dice el conductor de “Odisea Argentina” que, en realidad, el libro que prologa es sobre Javier Milei.
De hecho, la obra de Malamud y Pikielny empieza y termina en el actual presidente de la Argentina. El género oscila entre el diálogo y la entrevista de la periodista hacia el politólogo. El libro tiene el mérito de un análisis bastante exhaustivo de cada uno de los gobiernos y espacios políticos que han sido partícipes principales en los 40 años de democracia. Se destaca en el detalle de análisis, procesos y situaciones.
No obstante, a entender de este autor, el ensayo cae en un análisis liberal en el que hay un ausente fundamental: la lucha de clases, la intervención de la clase trabajadora y del pueblo argentino. Una mirada marxista, como está orientada esta reseña, lo considera algo insoslayable. Esa misma mirada es la que lleva a los autores a plantear qué sería esa “estabilidad”: una economía eficiente, si es que eso existe, desde el punto de vista capitalista.
Luego de esta introducción, pondremos la lupa en la tesis fundamental del análisis, focalizándonos en el principal estudio que los autores proponen, ese que busca una caracterización adecuada de Milei y su gobierno. En el siguiente apartado tomaremos algunas de las examinaciones de cada una de las demás gestiones de la democracia para comparar y contrastar con este estudio central. Por último, cruzaremos las ideas de Malamud y Pikielny con las de Gabriel Solano en Por qué fracasó la democracia (2023).
El “Alfonsín de la economía”
Los autores califican a Milei como un “volcán” en el primer capítulo y se preguntan si será un movimiento más del péndulo político general o un punto de inflexión en el último. Milei es el objeto de análisis de este ensayo conversado. Hablan los autores de “juego de conflicto” (AM, pág. 19), en tanto el gobierno es confrontativo y busca ganar sin ceder para desmoralizar al conjunto de sus adversarios. “Eligió confrontar” (AM, pág. 21) y entre esas peleas estuvieron “los jubilados y las universidades”, en tanto “si hubiera negociado, podría haber preservado el equilibrio fiscal a corto plazo, pero habría incentivado a la oposición a seguir votando aumentos” (AM, pág. 19). Esa disputa no fue medida ni en términos sociales ni en términos de puja de fuerzas, sino más bien en capacidad de impacto e imposición, si se quiere, “fiscalista”.
Malamud y Pikielny entienden a Milei como parte de un armado mundial y marcan su dependencia de Trump. A su vez, consideran que el presidente ejecuta la libertad de mercado (“liberista”, AM, pág. 36) y posiblemente ello se profane al campo cultural, mas no al político: “no acepta la disidencia” (AM, pág. 36). Los escribas no reparan necesariamente en una mirada crítica sobre ese aspecto represivo, sino más bien lo describen. También sostienen que un fenómeno tan peculiar, como ellos mismos caracterizan al gobierno actual y a su espacio político, no podría haberse dado sin el “fracaso de todos los gobiernos anteriores en combatir” la inflación (AM-AP, pág. 39). También indican que la Rosada genera “atracción entre los capitalistas, pero poca atracción de capitales” (AM, pág. 42).
¿Qué definirá si Milei triunfa o no? Su capacidad para salir del péndulo de los sucesivos fracasos de los gobiernos y marcar una suerte de “punto de quiebre” (AP, pág. 162). Aquí los autores traen su teoría desplegada a lo largo de la publicación. Su idea principal es que la democracia floreció en Argentina, de la mano de Alfonsín, mas no la estabilidad económica. Ahora, ¿qué sería esto último? “Si uno mira a países vecinos como Chile, Uruguay y Brasil constata que pudieron resolver ambas cosas, la política y la economía” (AP, pág. 164); “(Ellos) han logrado sostener dos acuerdos: democracia en lo político y equilibrio fiscal en lo económico. Desde hace años son democracias fiscalistas. Democracia significa que cambian de gobierno sin matarse. Equilibrio fiscal significa que no gastan sostenidamente más de lo que recaudan ni consumen sostenidamente más de lo que producen” (AM, pág. 164).
Alfonsín, según la periodista y el politólogo, logró el sostenimiento de la democracia incluso en momentos de crisis sublimes; Milei está llamado a ser, según ellos, aquel que logre ese mismo efecto con la pata faltante. Milei podría ser “el Alfonsín de la economía”. La mirada sobre el gobierno de la UCR en los ochenta requiere una examinación un poco más detenida. En primer lugar, Pikielny (pág. 55) habla del Juicio a las Juntas y la creación de la Conadep como “decretos funcionales” de Alfonsín, excluyendo del análisis las Marchas de la Resistencia, el pedido de justicia de los Organismos de Derechos Humanos y las consignas de “Memoria, Verdad y Justicia”. El propio Malamud, con su experiencia personal de militancia en la Franja Morada, pone los límites del proceso democrático de juzgamiento a los dictadores (Obediencia Debida, Punto Final) como un imponderable de limitaciones (“Hasta acá podemos llegar”, AM, pág. 55), sin nunca reparar ni en la relación de Alfonsín con el imperialismo ni en el proceso de complicidad con las cúpulas militares que luego seguirá con los indultos, etc.
Los autores muestran, con el análisis del futuro de Milei, su línea editorial: Argentina, que deja satisfechos a los escribas en su capacidad de recambio político dialogado, no ha cumplido, según ellos, con las cuentas de la macroeconomía. No explican cómo lograrlo: si con aportes patronales y nacionalización del comercio exterior y la banca o más bien con ajuste fiscal clásico, en el que las carteras como Salud, Educación, Programas Sociales y Jubilaciones son “equilibradas” (a la baja) para el funcionamiento sano del cuerpo social y económico, en general benefactor de los grandes grupos concentrados. Es probable que lo segundo sea lo correcto, en tanto Malamud y Pikielny parecen mostrar una vocación liberal, pero en tal caso no se preocupan por señalarlo, lo que agrega, a entender de quien escribe, una particularidad al texto: la predominancia de la descripción en detrimento, por ejemplo, de la preocupación por la transformación de la sociedad.
Tenemos, entonces, determinados valores de calificación que se registran por fuera de la puja y las intervenciones entre las clases, y la valorización de un régimen de libertades en el que los sectores sociales con intereses contrapuestos o, por lo menos, distintos, no son considerados como un factor. Esto continuará, a entender de quien escribe, en el análisis de los otros gobiernos de la democracia.
Letras
El capítulo 3 se titula “Con M de Mercado” y describe los gobiernos de Menem, Macri y también Milei. El primero hizo “reformas estructurales” (AP, pág. 82), según los escribas, aunque esa característica no se encuentra asimilada a las elucubraciones o intereses de una burguesía privatista ni al capital financiero internacional. La única alusión contextual la da Malamud (pág. 87) cuando afirma que “Menem leyó su tiempo”. Ese mismo análisis lleva a una mirada acrítica de los lineamientos internacionales. “El ajuste y las privatizaciones que implementó caben bajo el paraguas del Consenso de Washington”, pero este incluía también “equilibrio fiscal y eso el menemismo no lo logró. Nos engañó a todos” (AM, pág. 62). También le endilga a Menem el disciplinamiento positivo de las Fuerzas Armadas (AP, pág. 65), sin atender al hecho de que ya no eran necesarias, por así decirlo, para el establecimiento de ese modelo de valorización financiera.
Habla de que Macri cambió gradualismo por gobernabilidad, en tanto “lo convencieron de que no tenía alternativa” (AM, pág. 79), sin hacer siquiera alusión a la rebelión del 2017 ni al estado de movilización existente del pueblo argentino en marzo de ese año y contra el 2×1. En el apartado “Con G de Gradualismo”, los autores le adjudican a Macri el éxito de haber sobrevivido cuatro años sin ser peronista (AM, pág. 126). Pikielny ofrece una suerte de diálogo ficticio del presidente del PRO, en comparación a Milei, en el que indica que “no lo dejaron” (pág. 137) ir por el camino correcto, sin decir quiénes.
En “Con C de crisis”, los escribas asocian el sostenimiento político con el contexto económico internacional: “hay una coincidencia entre el éxito presidencial y el precio de las commodities” (AM, pág. 144). Hacen una valoración positiva de haber puesto en la economía a sectores ortodoxos por parte de Lula da Silva, Gabriel Boric y Ollanta Humala (pág. 148) y le reprochan a la Argentina no haberlo hecho, sin reparar en el hecho de que Remes Lenicov, Lavagna, Redrado y varios otros, dentro del nacionalismo burgués, y ni hablar Caputo (Macri y Milei), son perfectos representantes de esa familia. El “Argentinazo” como tal y su respectiva rebelión popular está ausente en el análisis del 2001, en el que se destaca “la capacidad del peronismo y los gobiernos subnacionales” (AM, pág. 153) como vectores contrarios al cuadro de crisis.
Pasando ya al kirchnerismo, los autores le endilgan la “decisión de no reprimir la protesta social” (diagnóstico que ameritaría cierta problematización, cuanto menos, si uno ve casos como el de Mariano Ferreyra, Luciano Arruga, la Panamericana de Berni y tantos otros) (AM, pág. 154), y no el descrédito del asesinato de luchadores como Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, que terminó con el gobierno de Eduardo Duhalde, entre otros casos. Plantean que la “crisis del campo” fue “autoinfligida” (AM, pág. 155), sin reparar en las problemáticas de las divisas y el pago de la deuda. En “Con K de kermesse”, al kirchnerismo lo critican como ineficiente (AM, pág. 115), algo que vale tanto para Cristina como para Alberto porque “lo que ellos piensan no funciona” (AM, pág. 112). Toman la idea de Rapetti y Gerchunoff en la que los tipos de cambio tienen una dicotomía: si es muy alto, no ganas elecciones; si es muy bajo, no desarrollas al país (pág. 117). Un análisis estrictamente monetario que indica un modus operandi del texto: la economía es una suerte de capa externa sobre la que se puede hacer muy poco.
Fracaso
Pikielny recupera, en la página 56 del libro, una reformulación que Alfonsín hizo sobre su frase tan famosa, ya en la década del 90: “Creo que con la democracia se come, se cura y se educa, pero no se hacen milagros”. No sabemos qué serían los milagros, pero es una forma elegante por parte del personal político prodemocracia para marcar un sistema político que, cuarenta años después, terminó con “negacionistas” en el poder y números socioeconómicos paupérrimos.
Resulta casi imposible no contrastar el texto con el ensayo de Gabriel Solano titulado Por qué fracasó la democracia (2023). De hecho, en algún punto, el dirigente del Partido Obrero partió de un interrogante parecido. Mientras que a Malamud y a Pikielny les pareció interesante la pregunta sobre por qué el mismo sistema electoral convivió, no sin tensiones, con desórdenes macroeconómicos significativos, Solano indagó en las razones de estos últimos en el marco de un mismo sistema político (los cuarenta años de democracia).
Claro, el dirigente del PO partió de otra hipótesis: la falta de resultados económicos no derivó de una falta de fiscalismo, ni de orden con los grupos concentrados, sino más bien por lo contrario: un sistema político de “libre” votación bienal o cuatrienal que defiende todos los días el interés de los grupos concentrados de la economía.
Por eso, como precisa Solano (págs. 361 a 364), los términos de la democracia fueron dictados por el imperialismo y la burguesía nacional, es decir, los mismos sectores que propiciaron el golpe de 1976; se sostuvo el andamiaje legal de la dictadura; el aparato represivo de Videla y compañía no fue desmantelado y sus enjuiciamientos respondieron solo a la presión popular; la deuda externa aumentó un 900%, se reforzó la dominación imperialista y extranjera; se concentró el sector del agronegocio y se incrementaron las ganancias del capital inmobiliario especulativo; aumentó la precarización laboral a la par de la liquidación salarial y de las jubilaciones; primó el desfinanciamiento permanente de la educación y la salud, así como la constante tendencia a la privatización de las mismas; ninguna política social del Estado revirtió el hambre y la pobreza; todos los gobiernos se apalancaron en la burocracia sindical; aumentó el poder de los agentes de represión interna; la Reforma Constitucional de 1994 reforzó los gobiernos de excepción; la renta apropiada por el Estado fue a subsidios al capital y al pago de la deuda de forma preponderante; el Poder Judicial fue copado por camarillas serviles al poder político y económico; hubo un constante reforzamiento del clero; se profundizaron la polarización social, la pauperización de las masas y la concentración de la riqueza.
Mientras Malamud y Pikielny quieren empatar la asimetría entre política y economía con un orden capitalista en la segunda, un análisis marxista debe pensarlo con una orientación de clase: la democracia no será un sistema político de iguales, ni nada similar en tanto y en cuanto prime una minoría que explota a una mayoría (la clase trabajadora). En ese transcurso, los desmanes económicos son explicados, total o parcialmente, como una forma de acumulación por parte de una clase dominante, que quiere que las crisis las paguen los trabajadores.
El trabajo de Malamud y Pikielny resalta y defiende al gobierno de Alfonsín, sus planteos parecen estar en sintonía con Menem y Macri, y colocan una expectativa en Milei. Este último representaría los intereses generales de todos los sectores de las clases dominantes: por eso es que no hay una real oposición burguesa. En un destacado reportaje en La Nación (10/7/26) realizado por Pablo Sirven, Malamud resalta que “Axel Kicilof no quiere que a Milei le vaya mal (…) A diferencia del 2001, en el peronismo no quieren que se vaya Milei, le tienen miedo a la explosión, prefieren que termine y que haga el trabajo sucio”. En ese mismo reportaje Pikielny resume que “El libro es una reivindicación del diálogo”. Un “diálogo” entre los partidos patronales para institucionalizar una “macroeconomía estable” implica el hundimiento de las condiciones sociales del pueblo trabajador.
Ese ángulo desprende un objetivo. Algunos pensarán en una descripción de la realidad. Otros, como dice Marx en su famosa Tesis XI, consideramos que “de lo que se trata es de transformarla”.
