El XIV Congreso del Partido Comunista (realizado entre el 18 y el 31 de diciembre de 1925) no fue un Congreso trascendental pero es, sin dudas, el corolario del ascenso del aparato burocrático en el partido y la consolidación del poder unipersonal de Stalin al frente de la organización. La troika (Stalin, Zinoviev y Kamenev) había surgido bajo el propósito de difamar a Trotsky y desorganizar a la oposición más consecuente a la burocracia partidaria. Cumplido este objetivo se terminó disolviendo, abriéndose una feroz interna en el triunvirato que tuvo a Zinoviev y Kamenev de un lado, y a Stalin con apoyo de la mayoría de los dirigentes del partido del otro.
Como vimos en la entrega anterior, las conferencias de Leningrado y Moscú sirvieron a la lucha que días después se celebraría en el congreso del partido. Mientras Zinoviev y los cuadros dirigentes de la obrera regional de Leningrado rechazaban la política de “enriquecer a los kulaks” en el campo, el “nacionalismo estrecho” del “socialismo en un sólo país” y la creciente burocratización, Moscú en representación de Stalin y la mayoría del CC, los tildaba de divisionistas y de comprometer la unidad partidaria. Días antes a la celebración del XIV congreso, Moscú intentó silenciar a la oposición con un “acuerdo” completamente desfavorable que fue lógicamente rechazado por Leningrado. De aceptarlo, Zinoviev y sus aliados no sólo debían guardar silencio, sino que al mismo tiempo debían aceptar la virtual intervención, entregando las llaves tanto de la regional como de su organismo de prensa, el Pravda de Leningrado.
Con pocos días de preparación, la urgencia del nuevo congreso respondía más a los intereses de Stalin que a la, definida por él mismo, “Nueva Oposición”. Zinoviev sabía que habían pasado aquellos tiempos en que se daban constructivas discusiones abiertas en los congresos e instancias plenarias del partido. Hacía años que los debates eran manipulados por la propia dirección, en un método al que el propio Zinoviev contribuyó activamente. Los delegados leningradenses resistieron, aún sabiendo que ya antes del inicio del congreso la derrota estaba sellada, por el manipulado y arbitrario método de elección de los delegados.
En este cuadro de debate partidario, una pregunta vuelve a repetirse: ¿Por qué Trotsky guardó silencio durante todo el congreso? ¿Por qué razones no se posicionó en medio del debate? Más allá del acercamiento posterior que tendrá con Zinoviev y Kamenev, en lo que se conocerá como la Oposición Conjunta, vale buscar una respuesta al silencio que el ex Jefe del Ejército Rojo guardó en el que fue justamente el último congreso partidario, en que existió una raleada oposición real a la burocracia stalinista.
Todas las luces apuntan a Stalin
Sin dejar de ser una figura de renombre para este XIV congreso, Stalin sentía que éste era el momento de consagrar su liderazgo personal en términos cuasi absolutos. Emulando ser parte de una “dirección colectiva” (término generalizado en conferencias y congresos tras la muerte de Lenin), Stalin encontró a fines de 1925 la oportunidad de desplazar a todo aquel que resultara una amenaza y convalidar así una dirección personal frente al conjunto del partido. Era momento de dar un nuevo y brusco giro de timón para sacarse de encima a aquellos dirigentes que podían rivalizar con su conducción, en este caso Zinoviev con el acompañamiento del ya muy debilitado Kamenev.
Hasta el momento no habían sido ni los discursos, ni los posicionamientos explícitos, los rasgos característicos del liderazgo de Stalin, haciendo su juego en las penumbras de los escritorios, tomando distancia de las polémicas y usando a los suyos de carne de cañón para exponer sus posiciones. Bueno bien, parte de este comportamiento cambia en el XIV congreso. Sin dejar de hacer uso de las intrigas y exponer a los suyos para sostener las posiciones más incómodas, Stalin se puso al frente de la polémica teórica y de la línea política del partido. Su interés era que todo el mundo sepa que el partido estaba definitivamente en sus manos.
El contenido vulgar que tuvieron los últimos años de campaña antitrotskista encabezada por Zinoviev bien pudieron haber sido un motivo para que el propio Stalin se anime a elaborar teoría y se ubique en el lugar de primer defensor del marxismo. La vara había quedado muy baja desde el momento que el jefe del Ejército Rojo pasó insólitamente a ser acusado, entre otras cosas, de “menchevique”. Fue así que corriendo a Zinoviev del lugar de voz oficial del partido ante el congreso, lugar que ocupó tras la muerte de Lenin, Stalin asumirá la presentación de los informes de inicio y cierre en la reunión más importante que tiene el partido, su congreso. Él es consciente de que la organización comunista gira alrededor de su persona y es, a su vez, el primer interesado en que esto sea ampliamente reconocido. Es momento de que las luces apunten a su rostro, consciente de que los aplausos y vítores ya estaban garantizados por el aparato.
En defensa de los kulaks y la “edificación socialista rusa”
Seguro de sí mismo, pero aún más seguro por el hecho de que pocos lo iban a cuestionar (incluso los delegados de Leningrado se cuidaban de aludir explícitamente su nombre), Stalin realizó la apertura del congreso por primera vez en esta XIV edición celebrada durante los últimos trece días del año 1925. Acostumbrado a tomar la palabra e informar sobre los aspectos organizativos, en esta oportunidad estuvo a cargo de dar los lineamientos generales de la política partidaria, lugar asumido por quien pretendiera ser la máxima autoridad política del partido.
El informe político se inició con definiciones generales en materia internacional. Más allá de las lecturas en torno a la “estabilidad capitalista” europea y su carácter precario, tanto la caracterización como la política a desplegar estaba fuertemente condicionada por la revisión del marxismo esgrimida por Stalin bajo el nombre de socialismo en un sólo país.
La segunda parte del informe arrojó un balance estadístico que exponía progresos, retrocesos y estancamientos de la economía soviética, que si bien planteaba los problemas que aún persistían en materia industrial, el éxito estaba asegurado a partir de los enormes logros de la política impulsada en el campo. Esta fue la conclusión de Stalin, que para hacerlo maniobró no sólo con la realidad presentada al congreso (¡los campesinos estaban saliendo de la pobreza!), sino también al interior del partido, ubicándose él y la política oficial por fuera de las dos “desviaciones” principales: una a la derecha y otra a la izquierda.
La política de la NEP que desde su aparición fue presentada por Lenin como un retroceso táctico, en 1925 fue profundizada por Stalin a partir de una mayor apertura mercantil, junto con el reconocimiento a los sectores acomodados del campo el derecho a explotar mano de obra campesina y arrendar tierras como mecanismo para paliar la crisis de granos de los años anteriores. Stalin lo presentaba como el triunfo de la edificación socialista, instrumentado con una fuerte alianza obrero y campesina. En nombre de esta alianza se venía gestando un empoderamiento pronunciado de los kulaks, quienes en su ascenso económico no sólo habían logrado posicionamientos políticos en el Estado, sobornando funcionarios, sino que al mismo tiempo condicionaban y/o definían los lineamientos partidarios en el campo. En el informe, Stalin falseaba la verdad, presentando la alianza obrero-campesina como un bloque con los sectores medios y en beneficio de los más empobrecidos, cuando en verdad todos los acuerdos se daban con los kulaks, sectores acomodados que ahora tenían libertad en la comercialización y el acaparamiento de granos, asumiendo incluso posiciones de disputa en la dirección de la política económica soviética.
La crítica de la oposición se apoyaba en el malestar de los campesinos pobres, quienes repudiaban profundamente a los kulaks y su enriquecimiento. Stalin estaba completamente al tanto de ese estado de ánimo, es por eso que intentaba responder al problema afirmando que la “deskulakización” progresiva se estaba dando por medio de un aislamiento de estos sectores por el Estado. Mientras la oposición denunciaba que el partido en el campo actuaba como un agente de los kulaks, Stalin salía al cruce afirmando que el crecimiento comunista en el campo se estaba gestando en los sectores campesinos pobres, quienes tomaban los métodos del partido para librar la lucha de clases rural. Stalin planteaba que la desviación izquierdista “exagera el papel del kulak y, en general, de los elementos capitalistas en el campo, en arredrarse ante dichos elementos, en negar la posibilidad y la conveniencia de la alianza del proletariado y los campesinos pobres con el campesino medio.” (Stalin, Informe Central del XIV congreso del PCUS, Pág. 119) Concluyendo así que la Oposición zinovievista buscaba llevar al partido a una “guerra civil en el campo”, y al mismo tiempo en su izquierdismo carecía de política para los campesinos medios.
Zinoviev y la nueva oposición iban sobre sus pasos, pasando de ser los primeros acusadores de Trotsky a reconocerle en los hechos la justeza de sus planteos. El trotskismo ya había sido atacado por la troika en el pasado reciente por denunciar que el excedente en manos de los campesinos acomodados no derivaba en el desarrollo directo de la economía soviética, y que debía ser volcado tanto para la necesaria industrialización urbana como para atender los problemas de los campesinos pobres. “¿En detrimento de quién ha ganado autoridad el kulak en el campo? En detrimento económico del Estado obrero y sus instrumentos, las industrias estatales y las cooperativas. Si el kulak ha tenido la posibilidad de arrastrar tras sí al campesino medio, ¿contra quién lo ha dirigido? Contra el Estado Obrero.” (Trotsky, “Y, ¿ahora? Cartas al VI congreso de la IC”, Pág 64)
Sin embargo, y atento a no quedar pegado con las impopulares medidas rurales que se estaban llevando adelante, que repercutían no sólo entre los campesinos pobres sino también en las ciudades y en las propias filas obreras (siendo Leningrado una fiel expresión de ese malestar), Stalin definió a su aliado más cercano como parte de una desviación “derechista”. Como vimos en entregas anteriores, Bujarin había sido denunciado por la oposición en las conferencias regionales por haber planteado a los kulaks que se “enriquezcan” como un medio para viabilizar la edificación socialista. “Debiera encarar la tarea de quitar, y en parte abolir, muchas restricciones que frenan el desarrollo de las fincas del campesinado acomodado y del kulak. A los campesinos, todos debemos decirles: Enrriquezcanse, desarrollen sus granjas, sin miedo de que les vayan a poner obstáculos” (Bujarin, “Nuestra Política en relación con el campo”). En su informe, Stalin debió desmarcarse y resaltar que esta desviación “quita importancia al papel del kulak, y en general, de los elementos capitalistas en el campo”. (Stalin, Pág. 119)
Advirtiendo que estos peligros no debían ser subestimados, Stalin encontró ciertos beneficios en el “exabrupto” de Bujarin, ya que le permitieron diferenciarse de él y sus impopulares dichos, que tanta bronca generaban entre los delegados de la oposición. Defendiendo ambos la misma política en el campo: el enriquecimiento de los kulaks, la verborragia y el explícito apoyo al desarrollo de los elementos capitalistas rurales que hacía Bujarin, le permitían al secretario general ubicar a la figura y al sector más consecuente de su política como ajeno, paradójicamente, del lineamiento oficial. De alguna manera, creaba un escenario propicio para condenar discursivamente a Bujarin mientras que en la práctica lo acompañaba, al menos durante algunos años, hasta el momento en que los kulaks sean una concreta amenaza para Stalin y la burocracia.
Al mismo tiempo, y afirmando que el problema central del congreso no era la lucha contra los planteos derechistas sino contra los izquierdistas, Stalin ensayó una defensa de Bujarin como una manera de cerrar filas del conjunto del aparato partidario contra Leningrado y sus quejas. Para el secretario general su aliado ya había pagado por lo dicho, en una “autocrítica” dada a conocer en su informe, explicitando allí su rechazo a la consigna pro kulak. Sin embargo, la lluvia de críticas de la oposición no cesaba.
“¿Por qué, en tal caso, no dejan de acosar a Bujarin? ¿Hasta cuándo va a durar el griterío en torno al error de Bujarin? Yo conozco errores de algunos camaradas, por ejemplo, en octubre de 1917, en comparación con los cuales el error de Bujarin ni siquiera es digno de atención. (…) Además, Bujarin no ha vulnerado ningún acuerdo del CC. ¿Cómo explicar que, a pesar de eso, se continúe acosando desenfrenadamente a Bujarin? ¿Qué es, en el fondo, lo que se quiere de Bujarin?” (Stalin, Pág. 135)
Una vez más, Stalin apostó a maniobrar en la dirección partidaria. Mientras se mostraba misericordioso ante el “error” de Bujarin, arremetía contra Zinoviev y Kamenev, imputándoles a éstos haber tenido una posición contraria a la insurrección en octubre de 1917. Era él quien retomaba la acusación de Trotsky en “Lecciones de Octubre”, apuntando ahora contra a quienes habían sido sus protegidos en el anterior congreso. (ver“LeccionesdeOctubre”(Trotsky):unaportefundamentalalmarxismo) Las palabras utilizadas contra Trotsky por la troika, ahora caían sobre Zinoviev y Kamenev, a quienes se acusaba de sufrir la “falta de fe”, un pesimismo que Stalin tildaba de contrarrevolucionario, que valía como acusación a la críticas en la política agraria, y sobre todo en la edificación del “socialismo en un sólo país”, vulgar teoría infundada que chocaba de frente con el pensamiento de los clásicos marxistas y de Lenin.
A la luz del enfrentamiento y la ruptura que años después se establecerá entre Stalin y Bujarin, como representante de la Oposición de derecha, esta defensa del secretario general será recordada (y rápidamente pasada por alto) por la mayoría de los delegados presentes. Sin dudas, el acuerdo
Stalin-Bujarin tuvo un enorme valor para cohesionar un aparato que, más allá de los matices, se encontraba inscripto en una misma política termidoriana de “enriquecimiento de los kulaks” y ahogamiento de la revolución internacional. Este bloque pudo así afrontar las críticas que desde la izquierda se dieron a lo largo del congreso y luego de éste.
Contrainforme, protestas y derrota
Fue 1918 el año en que se presentó un contrainforme inicial por última vez en un congreso partidario. Paradójicamente, en aquel entonces fue el ahora oficialista Bujarin quien enunció un informe paralelo al de Lenin en nombre de los “Comunistas de Izquierda”, que rechazaban el acuerdo de paz de Brest Litovsk . Luego de siete años, Zinoviev fue autorizado por votación de los delegados a dar un informe disidente como miembro del CC, a realizar el día siguiente al informe político de Stalin. Obviamente, la existencia de dos informes no expresaba ni el equilibrio entre dos posiciones que iban a ponerse en discusión, ni tampoco garantizaba los mínimos marcos democráticos que instruyen un debate. La aceptación de un contrainforme era la expresión de una crisis que lejos de ocultarse, quedaba y quería quedar en evidencia para el conjunto del partido.
Atento a las maniobras de Stalin, Zinoviev arremetió contra la tendencia derechista, que había sido públicamente reconocida por el secretario general en su informe. Es decir, si bien presentaba un contrainforme, Zinoviev era muy cuidadoso no sólo de no apuntar sus dardos contra Stalin (a quien no nombró en toda su intervención), sino incluso de no mostrarse como opositor a la línea oficial. Sus señalamientos giraban en torno a la desviación derechista, y en todo caso era crítico a la dirección por no asumir una línea más franca de enfrentamiento contra Bujarín y cía. Contrario a las prioridades que marcaba el secretario general, era el ala derecha del partido y su política prokulak el principal frente al que se debía enfrentar. Cabe pensar que a lo largo de estos días el propio Zinoviev especulaba con llegar a un acuerdo con Stalin, aún siendo una posibilidad muy difícil de concretar.
De conjunto, la intervención de Zinoviev no dejó de ser un planteo moderado, midiendo cada una de sus palabras, consciente de que estaba en minoría. Esto mismo fue señalado a su turno por Bujarin, resaltando el contraste existente entre el tono de su informe respecto a las duras acusaciones que diariamente se publicaban en Leningradskaya Pravda. Al mismo tiempo, y atento a la jugada de Zinoviev, resaltó que el ataque que él mismo recibía estaba finalmente orientado al conjunto del Comité Central, ya que más allá de su exabrupto sobre los kulaks (reiteró su autocrítica), había común acuerdo en la dirección sobre la política en el campo y el socialismo en un sólo país. Así, se acusaba a Zinoviev de sembrar intrigas en la dirección que atentaban con la unidad partidaria.
La intervención de Kamenev, otrora dirigente indiscutido de Moscú que ahora actuaba de visitante en su propia tierra, fue de las más audaces, tratando condensar las posiciones de la oposición frente a la dirección. “El camarada Stalin se ha convertido en prisionero de esa política incorrecta, cuyo líder y legítimo representante es el camarada Bujarin.” (Carr, “El socialismo en un sólo país. 1924-1926”, Pág. 145) Esta concesión a Stalin, aludiendo a él como responsable de segundo orden en la política del partido en el campo, se completa luego con una acusación directa al secretario general por colocarse por encima de los organismos políticos. “No podemos considerar como normal y consideramos que es perjudicial para el partido que se prolongue una situación en que la secretaría combina la política y la organización y, en realidad, decide por anticipado los rumbos políticos.” Afirmando, finalmente, que “Stalin no puede realizar la función de unir al órgano supremo bolchevique.” (Ídem, Pág. 146) Frente a las frías palabras de unidad que antecedieron la intervención de Kamenev, lo pronunciado por el moscovita significó un quiebre. A partir de esta tercera jornada el clima del congreso se tornó espeso.
El aparato estaba preparado para interrumpir y abuchear a los opositores. El propio Kamenev tuvo que frenar su intervención en varias oportunidades, exigiendo silencio para poder continuar. El señalamiento personal a Stalin encendió la protesta de los dirigentes oficialistas que hicieron fila para responderle. De ahí en más cada intervención encontró una réplica en las tribunas de sus contrincantes, siendo atronadores los abucheos y los aplausos de los estalinistas, frente a la minoritaria parcialidad leningradense que con el paso del congreso fue perdiendo su potencia.
A la intervención de Zinoviev y Kamenev se les sumaron las palabras de Nadezhda Krúpskaya contra la burocratización partidaria, remarcando que la “verdad” no podía ser reducida a lo que los órganos de dirección del partido decretaran, reclamando el derecho a crítica de las minorías. Así como la compañera de Lenin era una eficaz carta con la que contaba la oposición en el debate plenario, el alineamiento de Sokolnikov, quien asumió como propios los planteos de Kamenev sobre los riesgos que significaba el personalismo de Stalin, resultó más bien un tiro en el pie para la oposición. Desde su lugar de Comisario de Hacienda tenía una postura sobre los incentivos privados en el campo que era lisa y llanamente el planteo derechista de Bujarin y cía, concentrado su preocupación en incrementar las exportaciones campesinas como medio de edificación del socialismo a lo ruso.
En defensa de Stalin intervinieron miembros del CC, colmando rápidamente la lista de oradores, ofendidos o simulando estarlo ante los agravios personales que había sufrido el georgiano por las acusaciones de Kamenev. La apelación explícita de Kamenev a Stalin, tan inevitable como necesaria, se volvió el flanco débil de la oposición, lo que le permitió a los defensores del secretario general acusar a Zinoviev y Kamenev de hacer una discusión de tipo “personal”. Incluso más, esta imputación personal le permitía concluir a los estalinistas que el origen de la acusación se basaba en el interés de los opositores por acaparar los principales lugares de dirección y no por una diferencia política fundamentada. A su vez, la arremetida opositora sirvió a los miembros más condescendientes para correrse de la falsa defensa de una conducción colectiva y pasar abiertamente a ratificar los atributos de Stalin para ser “el miembro principal del Politburó”, como defendió Voroshilov (Carr, Pág. 148).
Tomsky insistió en la falta de disciplina de la oposición, mientras que Rikov señaló lo contradictorio del programa agrario de aquellos que critican el “enriquecimiento de los kulaks” mientras se asocian con Sokolnikov, quien hace un apoyo explícito de esa política. Molotov acusó a Zinoviev de tener las puertas abiertas a cualquier planteo por más antagónico que fuera. A su turno, Kúibyshev, al frente de la comisión de control, hizo una férrea defensa del liderazgo de Stalin. En este ida y vuelta que se había generado, Zinoviev retomó las acusaciones, apuntando ahora contra los peligros que significaba el poder absoluto del secretario general, reluciendo al mismo tiempo las advertencias que Lenin había hecho contra Stalin en el Testamento que aún seguían “bajo llaves” para el conjunto del partido.
Finalmente, el congreso se posicionó (como ya estaba predeterminado por los delegados “escogidos” al congreso) con los planteos de Stalin. Por medio de un llamamiento a la organización de Leningrado, se les pidió rever las posiciones de la delegación, denunciando a sus jefes por comprometer la unidad del partido y a su prensa Leningradskaya Pravda por indisciplinarse. Si bien, el tono relativamente moderado aún se imponía en las resoluciones, los agravios y alusiones más o menos explícitas a la oposición se mantuvieron, más allá del intento de suprimirlas de Kamenev. No se expulsaba a ningún miembro del partido, sin embargo esta “unidad” de la que hablaba Stalin se sostendría “con los camaradas Zinoviev y Kamenev, si la aceptan, o sin ellos, si no la aceptan.” (Carr, Pág. 150)
Las protestas de los militantes leningradenses se hicieron escuchar, pero en los votos sólo significaron una décima parte del congreso. Oscilando entre abstenerse y votar en contra según la resolución que se tratara, una minoría de 65 delegados alzó la mano contra una mayoría que reunía más de 550 voluntades. En las páginas de Leningradskaya Pravda se publicaron las últimas notas críticas contra la dirección estalinista mientras transcurría el congreso. Al finalizar éste, la prensa de Leningrado se acopló a los lineamientos centrales, al resolverse en el propio congreso su intervención por el CC, reemplazando a Gládnev como jefe de redacción por el oficialista Skvortsov-Stepanov. El último día del congreso y del año 1925, los dirigentes de la oposición de Leningrado fueron humillados por la dirección estalinista. Múltiples delegaciones fueron traídas desde Leningrado y se ubicaron en las tribunas del plenario para dar su apoyo a Stalin y la mayoría del CC, ante la mirada atónita de Zinoviev y sus camaradas, quienes habían dirigido burocrática e implacablemente la principal regional obrera hasta ese momento.
Si bien los principales dirigentes de la oposición fueron reelegidos en sus puestos del Comité Central, cuatro de los seguidores de Zinoviev quedaron por fuera, mientras que Kamenev fue desplazado del politburó. Los estalinistas mejoraron su ubicación, incorporando 16 nombres nuevos en la cima de dirección. Voroshilov y Kalinin se sumaron al politburó que se amplió de 7 a 9 miembros, siendo Molotov también un nuevo integrante, que junto a Stalin serán los únicos dos miembros en compartir los principales organismos de dirección: el politburó y el orgburó.
El silencio de Trotsky
Isaac Deutscher, biógrafo de León Trotsky, define el período que incluye todo el año 1925 hasta mediados de 1926 como un “intervalo” en la lucha política del ex Jefe del Ejército Rojo, duramente calumniado y perseguido por la troika hasta ese momento. Durante estos meses, Trotsky no dejó de ser mala palabra, sin embargo su nombre fue pronunciado, mucho menos que en el pasado reciente. Como vimos en entregas anteriores, Trotsky no dejó de batallar y responder a diversas campañas y provocaciones, pero durante este período lo hizo con mayor cautela, consciente de las dificultades políticas que significaba el aislamiento en que se encontraba él y el conjunto de la oposición trotskista. Empleando los puestos menores asignados por la troika (al frente del comité de concesiones, en la dirección de desarrollo tecnológico y a cargo de la comisión industrial tecnológica) supo dar contenido a un programa alternativo al propuesto por la burocracia y batallar desde ahí, sobre todo en torno a una política de planificación industrial, centro de su crítica durante este período.
Sobre la gran polémica que se suscitó en el segundo semestre de 1925, el enriquecimiento de los kulaks y la teoría chauvinista del socialismo en un solo país, no fue Trotsky quien estableció los mayores contrapuntos en ese momento. Sin embargo, sus críticas a la política en el campo habían sido realizadas con anterioridad, lo que le valió ser calificado por la troika de sostener un “desprecio campesino”, del mismo modo que sus posicionamientos sobre el carácter internacional de la revolución habían sido desplegados ya en la teoría de la Revolución Permanente. Es decir, Trotsky no intervino abiertamente durante esta polémica en las semanas previas y durante el XIV congreso, sin embargo ya se había pronunciado antes de que la revisión de Stalin y Bujarin sea oficializada para el conjunto del partido.
Fue así que quienes presentaron las mayores reservas y contrapuntos contra Stalin y Bujarin, fueron los impensados Zinoviev y Kamenev, en un cuadro de ruptura que más allá de las diferencias previas operó en un plazo de tiempo reducido. El propio Trotsky reconoció en 1939, ante la Comisión Dewey en México, que la ruptura de la troika lo tomó por sorpresa y generó un enorme desconcierto en él y sus compañeros, argumentando que estos debates se sostenían bajo la mayor reserva de la burocracia, incluso siendo ajenos para él que era miembro del CC y el Politburó.
“El hecho que un observador tan cercano, tan interesado y tan perspicaz como Trotsky no haya advertido el rumbo que llevaban los acontecimientos y no haya reparado en los muchos augurios, seguiría siendo un misterio.” (Deutscher, Pág. 235) Deutscher, no conforme con la explicación que Trotsky dio al asunto, trata de indagar sobre por qué mantuvo una posición expectante durante todo el XIV congreso. En su opinión, la actitud de Trotsky, producto de los golpes recibidos por las campañas en su contra y el aislamiento sufrido, se reduce a que estaba “como en otro mundo, envuelto en sí mismo y en sus ideas.” (Pág. 235) Deustscher amplía el cuadro en que estaba Trotsky durante estos meses, remarcando que incluso en las reuniones de dirección no tomaba la palabra, en una mezcla de auto disciplinamiento y desprecio por sus contendientes que lo habrían llevado a ignorar y subestimar los debates que se estaban suscitando.
Sin embargo, hay razones que permiten pensar que esa explicación “psicológica” del comportamiento de Trotsky, puede ser accesoria, pero para nada determinante de cara al posicionamiento político que adoptó en la previa, durante y semanas después de haber culminado el congreso. La actitud del resto de los miembros de la oposición alineados con Trotsky fue común a la suya, esto hace pensar que la intervención más bien expectante fue algo premeditado por el conjunto de la oposición trotskista. A excepción de la protesta contra la intervención del CC a
Leningradskaya Pravda, ninguno de estos opositores intervino airadamente sobre la polémica que deshizo a la troika.
Al mismo tiempo, aceptando la idea de que la polémica los tomó por sorpresa, es válido pensar que ante el nombre de los protagonistas, resulte lógico aguardar antes de sentar una posición. Si bien Stalin había acumulado un enorme poder, y su política era la expresión más acabada de la reacción termidoriana, del otro lado estaban nada más y nada menos que los principales exponentes de la campaña antitrotskista. No había tiempo aún para caracterizar correctamente a la delegación de Leningrado, que tan sólo algunos meses antes había exigido en voz de Zinoviev la expulsión de Trotsky del partido, siendo Stalin quien bloqueó esa decisión. Poco tiempo después, comprendiendo con más claridad de qué iba este enfrentamiento, Trotsky entenderá que, más allá de lo acontecido hasta entonces, la oposición de Leningrado era una expresión de la genuina resistencia obrera que resultaba esperable y necesaria frente al proceso de burocratización.
Visto en perspectiva, puede sorprender que Trotsky y otros dirigentes que militaban a su lado no se hayan posicionado frente a las críticas que parecían sacadas del repertorio de denuncias trotskistas del pasado reciente. La nueva oposición rechazaba la burocratización partidaria, reclamando una mayor democracia en los debates y organismos, del mismo modo que criticaban el contenido de la “alianza obrera y campesina” como taparrabos del enriquecimiento kulak, y señalaban la estrechez nacional del socialismo a la rusa que agitaba Stalin. Seguramente Trotsky y sus compañeros se mordían los labios para no opinar, al mismo tiempo que afinaban el oído para comprender que estaba realmente sucediendo en este congreso.
Este silencio de Trotsky no significó que pasara desapercibido en el congreso, sino que por el contrario, su persona contó con numerosas menciones, todas ellas favorables. Si bien es cierto que de la tribuna estalinista surgieron algunas acusaciones aisladas a Zinoviev y compañía de asumir el rumbo trotskista, en general los oradores que respondían al secretario general resaltaron los atributos de Trotsky frente a la nueva oposición. Algunos como Mikoyan destacaban su disciplina de minoría tras haber sido derrotado en el anterior congreso, mientras que otros como Tomsky remarcaron la “lucidez de ideas” del defensor de la Revolución Permanente.
Aún más insólita fue la acusación de los estalinistas a los nuevos opositores por haber llevado adelante métodos extremos contra Trotsky e intentar expulsarlo. Respondiendo a Zinoviev, que apeló a olvidar las disputas del pasado y dar lugar en el partido y la dirección a todas las tendencias, Stalin sostuvo que “no estuvimos de acuerdo con Zinoviev y Kamenev, porque sabíamos que la política de amputación entrañaba grandes peligros para el partido. Sabíamos que el método de amputación, el método de la sangría -y ellos exigían sangre-, es peligroso, contagioso: hoy se amputa a uno, mañana a otro, paso mañana a un tercero, ¿quién quedaría entonces en el partido?” (Stalin, Pág. 133)
En el mundo del revés, tras su intervención contra los “métodos de amputación” que buscaban acorralar a la nueva oposición y congraciarse con Trotsky, Stalin se ganó el aplauso de la enorme mayoría del congreso. Podría uno quedarse con lo tragicómico del asunto, partiendo del hecho que Trotsky, Zinoviev y Kamenev tuvieron por destino la muerte tras la orden de Stalin, sin embargo vale comprender los “méritos” del georgiano para encabezar la política criminal y termidoriana de la burocracia.
Como reconocerá Trotsky tiempo después: “Stalin se aprovechó de cada situación, de cada circunstancia política, de cualquier combinación de personas para promover su propio avance que le ayudará en su lucha por el poder y lograr su deseo de dominar a los demás. Si no podía elevarse a la altura intelectual, podía provocar un conflicto entre dos competidores más fuertes. Elevó el arte de manipular los antagonismos personales o de grupo a nuevas alturas. En este campo, desarrolló un instinto casi infalible.” (Trotsky, “Stalin”, Pág. 543)
Después del congreso
Es así que en este cuadro ciertamente inverosímil, donde Trotsky era receptor de elogios por los mismos personajes que lo venían destruyendo congreso a congreso, resulta lógico que la desconfianza y la cautela se impongan a la hora de abordar un posicionamiento, al menos durante el debate congresal.
La síntesis del congreso terminó siendo la confirmación de la política estalinista como política oficial de todo el partido y la condena de la nueva oposición, todo esto respaldado por dirigentes y delegados de toda la Unión Soviética. “El XIV congreso del partido ha procedido acertadamente al definir las concepciones de la Nueva Oposición como falta de fe en la edificación del socialismo y como tergiversación del leninismo.” (Stalin, “Cuestiones del leninismo”, Pág. 153)
En un cuadro de consenso general otorgado por el congreso, Stalin no dará muchos rodeos a la hora de aplastar a la nueva oposición. Los dirigentes opositores salieron debilitados, quedando aislados, mientras que la prensa terminó intervenida. Sólo restaba al estalinismo recuperar el control de la regional de Leningrado. Para hacerlo tuvo que desarrollar nuevas medidas represivas, desembarcando funcionarios estalinistas en la Meca del proletariado ruso, sin observarse una gran resistencia del partido local. Los opositores se redujeron a algunos centenares que no encontrarán un fuerte respaldo del proletariado partidario local. Como dijimos anteriormente, en un cuadro complejo y de retroceso político e ideológico, donde había mucho que perder, los obreros finalmente tomaron la disputa por arriba como una lucha ajena, por la que no valía la pena poner el cuerpo. Muchos de los cuadros intermedios que estaban alineados con Zinoviev hasta el congreso capitularon a las posiciones del comité central estalinista en cuestión de semanas.
Como veremos en una próxima entrega la nueva oposición de Zinoviev y Kamenev instará a los trotskistas a luchar hombro con hombro contra la dirección partidaria, en lo que se conoció como Oposición Conjunta. En un cuadro adverso, y aún con iníciales expectativas de triunfo de Zinoviev y Kamenev, que en su inconcreción derivarán en una pronta capitulación, la Oposición desarrolló una nueva lucha contra el ascenso y el poder adquirido por la burocracia local, en paralelo a enfrentar la política contrarrevolucionaria adoptada en el terreno internacional por Stalin y Bujarin, destacándose la formación del Comité Anglo-Ruso en Gran Bretaña y la política de colaboración de clases en China. Iremos por parte y analizaremos cada una de estas disputas por separado.
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