Algunas cuestiones relacionadas con la actualidad
El 220º aniversario de las invasiones inglesas confluye con los debates actuales en la Argentina. En ese contexto, la selección de fútbol, en el marco del reciente Mundial, levantó una bandera arrojada desde la tribuna con la frase “Las Malvinas son argentinas” luego de vencer a los ingleses en una semifinal épica. De manera directa la reivindicación nacional choca con el actual gobierno “libertario”, saqueador y pro inglés.
El rechazo hacia el Reino Unido no es una simple rivalidad futbolística; posee una profunda justificación histórica. Esta se remonta a los ataques de piratería en la época colonial, las invasiones a Buenos Aires y Montevideo, la primera deuda externa con los usureros de la Baring Brothers, la usurpación de las islas Malvinas, las batallas de la Vuelta de Obligado y El Quebracho, el tratado de coloniaje Roca-Runciman y la guerra de 1982. Son escenarios donde la memoria de los caídos regresa para movilizar el pensamiento de los vivos. Es allí donde los pueblos, al igual que en las grandes revoluciones, procesan conclusiones con rapidez y retoman el camino justo en el punto donde quedó el levantamiento anterior
También se reveló que el cipayo de Milei tiene en su despacho un retrato de Margaret Thatcher, criminal de guerra que masacró a los “pibes de Malvinas” y hundió adrede el destructor General Belgrano. La supuesta ley de “inviolabilidad» de la propiedad privada, quedó desenmascarada frente a toda la población como la ley de venta de tierras a extranjeros, obligando al gobierno a tener que retroceder en este punto por el gran repudio encabezado por artistas jóvenes, “influencers”, jugadores de la “selección” y, lo fundamental, una creciente e indomable movilización popular.
Mientras el pueblo trabajador se pronuncia en masa por la defensa de la soberanía de las islas y contra los nuevos avances de la reacción mileista contra las masas, las clases poseedoras se muestran serviles ante los “invasores/inversores”, como si se tratara de una repetición intolerable de los acontecimientos pasados. Que Milei y sus amigos genocidas (yanquis y sionistas), pongan las barbas en remojo, a ver si todavía esa gran movilización del 6 de agosto donde el pueblo argentino resistió durante seis horas la brutal represión de todas las fuerzas del orden, son nuestro “2 de mayo”, ese día glorioso donde el bajo pueblo español se levantó contra los invasores opresores franceses en la Península Ibérica, o esa heroica reconquista y defensa del pueblo de Buenos Aires contra los piratas ingleses.
Tampoco podemos caer en los nacionalismos abstractos e hipócritas a los que nos quiere llevar el peronismo cómplice que colabora con el gobierno e implementa el ajuste en las provincias. Se llenan la boca hablando de que “la patria no se vende”, mientras les votaron todo en el Congreso. No es verdad, como afirmó Pedro Rosemblat, que cualquier argentino sea mejor que cualquier extranjero. El pueblo trabajador argentino no tiene nada que ver con los Milei o los Macri; ellos están con los imperialistas ingleses y yanquis. Es como dijo Charly García —hablando de los militares en uno de sus primeros éxitos con su banda “Sui Generis”—: “Si ellos son la patria, yo soy extranjero”.
La “lenta e in gloriosa” putrefacción del imperio español
Volviendo al significado histórico del hecho analizado en este escrito, las invasiones inglesas marcaron el inicio del proceso revolucionario en el Río de la Plata, funcionando como el puntapié inicial de la emancipación continental en América Latina. No obstante, esta revolución burguesa terminó siendo clausurada por las elites locales, incómodas ante la activa participación de las clases oprimidas durante las jornadas decisivas del ciclo independentista.
Este fenómeno tuvo una raíz global: la burguesía europea, tras acumular enormes fortunas mediante el mercantilismo y el desarrollo manufacturero, reclamó su derecho a gobernar en el Viejo Continente. Así ocurrió tempranamente en Inglaterra, donde el líder puritano Oliver Cromwell se levantó contra la monarquía absoluta para imponer el parlamentarismo con una monarquía controlada en 1642, que triunfó posteriormente. Más de un siglo después, hacia 1780, irrumpía la “Revolución Industrial” en la manufactura de Manchester, dando origen al maquinismo y a las fábricas modernas. De manera paradójica, Gran Bretaña sufría en simultáneo la pérdida de sus Trece Colonias en América del Norte, lo que dio origen a los Estados Unidos, una nación partida en dos realidades contrapuestas: el norte industrializado y el sur latifundista y esclavista. Por su parte, en Francia, donde la corona absolutista se resistía a las demandas de esta pujante clase social, pero no podía escapar a su declinación histórica, la revolución y, particularmente, la etapa del “terror de Robespierre”, fueron la vía para desmantelar el viejo Estado feudal. Tras un proceso convulsivo donde las masas populares jugaron un rol preponderante (los Sans Culottes), la alta burguesía asumió, en una reacción termidhoriana, finalmente, el control de la nueva sociedad.
La era de la triple revolución (independencia norteamericana, industrial y francesa) llegó con un breve retraso a América Latina y vinculada a las desventuras de la metrópolis española. León Trotsky, cuando analizaba la historia de la península en “Revolución española en el siglo XX y la táctica de los comunistas”, intenta encontrar el origen del atraso español y describe al “Imperio” (XVI hasta comienzos del XIX). Basándose directamente en el marco histórico desarrollado por Karl Marx en sus escritos conocidos como “España Revolucionaria” (1854). Esgrime que el descubrimiento de América y el auge del oro, lejos de modernizar a España, robustecieron las estructuras feudales y destruyeron la producción local. Golpearon a la burguesía y permitieron la sobrevida de una clase parasitaria del pasado. Cuando los flujos comerciales mundiales cambiaron de rumbo, España quedó sumergida en un rezago histórico irreversible en comparación con potencias como Inglaterra u Holanda. «…Es el advenimiento de este estado de la España feudal-burguesa que Marx calificó de -putrefacción lenta e in gloriosa-.»
España continuó siendo una nación eminentemente agraria durante este periodo, mientras que el oro procedente de América se destinaba a sufragar el déficit comercial con las potencias europeas que ya desarrollaban su tejido manufacturero. Esta situación se debió a que las mercancías más elaboradas, al requerir una mayor intervención de la mano de obra, poseían un coste superior debido al valor intrínseco que genera el trabajo humano.
Luego del desastre de los últimos reyes de la dinastíoa de los Austrias, Carlos III «el Borbón» quiso restaurar el esplendor del imperio español mediante las reformas borbónicas en la segunda mitad del siglo XVIII (1759–1788), intentando competir con Inglaterra y Francia, las potencias del momento. Su sucesor, Carlos IV, quedaría catalogado como uno de los peores monarcas de la historia española junto a su hijo (Fernando VII), apodado por muchos «el traidor». Carlos IV fue un rey inútil que le entregó las riendas del gobierno a su primer ministro, el todopoderoso Manuel Godoy, «el favorito de la reina» y «príncipe de la paz». Esta camarilla forjó un pacto estratégico con la Francia republicana después de sufrir las consecuencias desfavorables de la guerra contra el gobierno jacobino; primero logrando la paz con la Convención Termidoriana (22 de julio de 1795) y luego sellando la alianza con el Directorio (19 de agosto de 1796). En Francia los gobernantes republicanos, pero reaccionarios, posteriores a «el incorruptible» (Robespierre) y a la época del Terror Revolucionario, se apoyaron en la figura de Napoleón, el general corso, para retener el mando frente a los jacobinos desplazados y a los monárquicos que habían tomado impulso ante el giro derechista termidoriano. Un auténtico hijo de la revolución que supo saltar del barco a tiempo: Napoleón Bonaparte, terminó instaurando una nueva monarquía en Francia tras su famoso golpe de Estado de aquel 18 de brumario (9 de noviembre de 1799).
Volviendo a la “lenta e in gloriosa” putrefacción española, es claro que con Carlos IV y su ministro Godoy, este proceso se aceleró. La gran contradicción de los españoles, en un primer momento, consistió en que ataron su carro a la suerte de una potencia continental, que tenía la fuerza para dominar el continente pero que era repelida en los mares por el poderío de la flota británica. En 1805 en la Batalla de Trafalgar los ingleses aplastaron a las flotas conjuntas de España y Francia, terminando con el poderío naval de estas dos naciones. En estas instancias Inglaterra tenía el control de los mares y Francia el del continente europeo. España por su parte fue la más perjudicada al perder la capacidad de controlar a sus colonias.
“La gran aldea”, una aparente presa fácil
Buenos Aires constituía un objetivo estratégico primordial para los británicos por diversas razones. En primer lugar, la monarquía hispánica mantenía su alianza con Francia a pesar del desastre de Trafalgar, lo cual convertía a sus dominios ultramarinos en presas vulnerables a incursiones dentro de un conflicto de escala global. Asimismo, la pujante industria de Gran Bretaña demandaba la apertura de nuevos mercados exentos de las trabas arancelarias impuestas por el monopolio metropolitano. La llamada «gran aldea» del Plata funcionaba como la salida natural de las minas de plata del Potosí, el enclave portuario desde donde se embarcaban hacia el Viejo Mundo los metales preciosos extraídos de aquel célebre cerro minero. Si bien dicha explotación mineral se hallaba en decadencia tras tres siglos de actividad intensiva y de genocidio indígena, todavía conservaba caudales remanentes por evacuar.
Por añadidura, el almirantazgo inglés disponía de informes certeros sobre la situación en Buenos Aires; allí emergió una nueva clase de estancieros y comerciantes, impulsada por las recientes oportunidades del mercado mundial y sustituyendo al mercado alto peruano como nuevo motor económico de la región (las provincias del Plata). Como voceros de estos sectores destacaron figuras como Manuel Belgrano y su primo segundo, Juan José Castelli, quienes, en representación de los intereses económicos locales, propugnaban un «libre comercio» que coincidía aparentemente con las ambiciones de expansión comercial de Inglaterra.
Un sector de la flota británica apostado en el puerto de Buena Esperanza en Sudáfrica, recibió la noticia por parte de espías y mercantes, que en Buenos Aires existía un tesoro importante. A mediados de abril de 1806, envueltos en una codicia piratesca desenfrenada, zarparon con el objetivo de sorprender a las débiles fuerzas realistas del plata, incluso sin obtener el aval de la metrópoli inglesa, que frente a los hechos consumados termina avalando el toque de audacia de sus oficiales.
La invasión
“Al primer cañonazo de los valientes, disparó Sobremonte con todos sus parientes”.
Estos versos anónimos, pero muy populares, ofrecen un violento reflejo de cómo las masas pobres (orilleros, tenderos, campesinos, esclavos mulatos, indígenas y gauchos) percibieron los acontecimientos de junio de 1806. Asimismo, marcan el inicio de una fractura social que se profundizará con el tiempo. De la misma forma que la posterior rebelión en la metrópoli española frente a la invasión francesa de la península ibérica, el bajo pueblo, fue el primero en manifestar su rechazo absoluto a los invasores.
La noche del 24 de junio de 1806, el virrey Sobremonte fue informado sobre la presencia de naves inglesas que avanzaban hacia la ciudad a través del estuario rioplatense. De inmediato, empacó el famoso tesoro real e intentó huir hacia el interior del territorio. Al día siguiente, el 25 de junio, las tropas británicas desembarcaron en Quilmes. El 26 de junio, un ejército improvisado bajo el mando realista español intentó hacerles frente. Para utilizar el Riachuelo como barrera natural, quemaron el puente (ubicado en el actual Puente Pueyrredón). Sin embargo, fueron barridos rápidamente. Los invasores estaban altamente entrenados en batallas a campo abierto y contaban con una artillería potente. Además, el comandante Pedro de Arce cometió el error táctico de desplegar a toda la escuadra defensiva en una línea estática frente al fuego inglés. Las débiles formaciones porteñas carecían aún de la capacidad para enfrentar a un enemigo tan experimentado.
Tras izar su bandera en el fuerte (actual Casa Rosada) el 27 de junio, los británicos comenzaron la búsqueda del botín que los había motivado a cruzar el Atlántico. Entrevistaron a los vecinos más acaudalados y les advirtieron que, si no cooperaban, ellos mismos deberían aportar la suma requerida con sus patrimonios particulares. Ante la amenaza, obtuvieron de inmediato la localización exacta de Sobremonte y las riquezas, que se encontraban a la altura de Luján. Al virrey lo dejaron continuar su camino, pero las tropas británicas interceptaron las carretas y el tesoro fue embarcado hacia Londres como el primer tributo de la nueva colonia.
William Carr Beresford, líder de las tropas británicas, intentó generar “gobernabilidad” en la ciudad tomada mediante una serie de medidas de apaciguamiento: como el decreto de “Libre Comercio». Que eliminó el estricto monopolio español y redujo los aranceles aduaneros del 35% a un rango de entre el 10% y el 15%, permitiendo el intercambio directo con Gran Bretaña. Respeto a la propiedad privada: aseguró que los bienes de los particulares y los templos religiosos no serían tocados. Para asegurar continuidad institucional mantuvo en sus funciones a los miembros del Cabildo, a la Real Audiencia y a los burócratas locales. Libertad religiosa: Permitió que la población conservará su culto católico sin interferencias del protestantismo.
A pesar de estas concesiones, la expropiación del tesoro —que contenía fondos públicos destinados a obras en la ciudad— generó un profundo malestar. Esta tensión aumentó con la obligación impuesta por las nuevas autoridades de jurar lealtad a Jorge III, el monarca inglés. El primero en manifestar su rechazo rotundo fue el inquieto Manuel Belgrano, quien se retiró a Montevideo sosteniendo la célebre frase: “Es preferible el viejo amo, o ninguno”.
Lo que más ofendía a los burgueses porteños era el carácter fraudulento del libre comercio impuesto. Este intercambio sólo se permitía con Gran Bretaña y sus colonias, lo que en la práctica establecía un nuevo monopolio y golpeaba los ingresos de la aduana local al reducir las tasas arancelarias. Además, los ingleses exigían los pagos exclusivamente en metálico, rechazando el trueque por cueros o astas que implementaron años más tarde, lo cual dejó al mercado sin liquidez.
Frente a esto, la burguesía porteña reclamaba una auténtica libertad comercial que le permitiera fijar sus propios aranceles, controlar los recursos aduaneros para obtener crédito y liquidez, y consolidar la propiedad de la tierra. Este objetivo económico, sumado a la posterior dictadura política sobre el resto de las provincias, constituyó el programa fundamental que dicha clase social defendió hasta la organización definitiva del Estado nacional.
Así, la élite de Buenos Aires, dejando de lado sus históricas divisiones entre monopolistas españoles y librecambistas criollos, acordó organizar la resistencia. Para lograrlo, unieron fuerzas los funcionarios de la corona española refugiados en Montevideo y el interior (como el francés Santiago de Liniers), los burgueses monopolistas (liderados por Martín de Álzaga) y los burgueses criollos librecambistas (como Juan Martín de Pueyrredón), quienes cuatro años más tarde proclamarían el gobierno independiente en la Revolución de Mayo.
La Reconquista
Las clases poseedoras del Río de la Plata tenían otro problema que las obligaba a actuar con mayor premura: si ellas no tomaban la iniciativa, era posible que las masas populares tomaran la sartén por el mango e iniciaran, por sí mismas —como posteriormente ocurrió en la metrópoli madrileña—, un levantamiento contra los invasores. En este sentido, cabe destacar que las élites locales carecían aún de una conciencia nacional, salvo algunas claras excepciones; en un principio, actuaron con un profundo pragmatismo económico. El «bajo pueblo» reaccionó de manera independiente porque consideró que la ocupación inglesa amenazaba su subsistencia directa y que no obtenía beneficio alguno del supuesto libre comercio británico.
Desde la llegada de los ingleses existió un proceso de armamento popular anterior a la conformación oficial de las milicias tras la reconquista. En las pulperías (antecesoras de los almacenes y cafetines porteños), las masas deliberaban, acordaron acciones de sabotaje y acopiaron armas caseras para levantarse contra el odiado invasor. De forma contradictoria, convivían la xenofobia contra el invasor y un verdadero sentimiento de arraigo a la tierra y a la ciudad, la cual sentían como propia a pesar de ocupar el último eslabón de la cadena social e incluso, en algunos casos, ser esclavos. Cuando se reveló la fragilidad del régimen español y quedaron desprotegidos frente al invasor, ese viejo pacto con la colonia se rompió y comenzaron a actuar según sus propios instintos e intereses. La llegada de los ingleses pateó el tablero regional y hundió de repente a toda la región del Plata en el conflicto global.
El 1 de agosto de 1806, el hacendado Juan Martín de Pueyrredón reunió una fuerza irregular de paisanos y gauchos dispuestos a luchar. Fueron atacados por los británicos en el Combate de Perdriel (actual partido de San Martín). Aunque los criollos fueron dispersados, lograron demostrar que existían núcleos organizados de resistencia armada. Así, los terratenientes lograron ponerse a la cabeza del proceso emergente. El 3 de agosto, aprovechando una fuerte sudestada y una densa niebla que ocultaba los barcos del control de la flota británica, Santiago de Liniers cruzó desde Colonia del Sacramento y desembarcó con su pequeño ejército reconquistador en el Puerto de las Conchas (actual Tigre).
Del 4 al 9 de agosto, Liniers avanzó a pie y a caballo sumando voluntades. Pasó por San Isidro y los «Santos Lugares». Los paisanos de Pueyrredón que se habían dispersado en Perdriel se reorganizaron y se sumaron a sus filas. En estos territorios lindantes a la ciudad, el ejército de la reconquista amplió sus filas gracias a las donaciones de los que menos tenían y al enorme reclutamiento de voluntarios. El 10 de agosto, el ejército llegó a los corrales de Miserere (actual Plaza Miserere / Once). Liniers envió una intimación formal de rendición a los ingleses, quienes lo esperaban atrincherados al ver el volumen que había adquirido la fuerza de la reconquista. Frente al rechazo británico de los términos planteados, el ejército avanzó por el oeste y acampó en el Retiro.
El 11 de agosto se iniciaron los primeros combates duros. Las tropas de Liniers, acompañadas por temerarios voluntarios, tomaron por asalto la Plaza de Toros del Retiro (actual Plaza San Martín). Mientras los ingleses intentaban pertrecharse en su interior, asistían asustados al asedio de una turba iracunda que trepaba las gradas. Los criollos soportaron de frente el fuego de artillería y llegaron hasta las posiciones enemigas batiéndose a cuchillo contra el invasor, obligándolo a retroceder hacia el centro de la ciudad. Este era uno de los puntos más elevados de la «Gran Aldea», donde los defensores locales instalaron su artillería tras desalojar a los británicos.
El 12 de agosto (el Día de la Reconquista), las cartas estaban sobre la mesa. Como si se tratara de un relato épico griego, columnas armadas formadas por soldados regulares y miles de vecinos avanzaron bajo una lluvia torrencial hacia el corazón de la ciudad, decididos a morir o a echar a los invasores como fuera. Tras encarnizados combates callejeros, los ingleses fueron barridos del centro. También tuvieron que abandonar la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo) y terminaron recluidos en el fuerte. Sin embargo, este había sido construido por los españoles 300 años antes para resistir el embate de los pueblos originarios, por lo que sus muros más altos daban al río y no ofrecían una buena protección desde el lado de la ciudad.
El ejército de la reconquista tomó posiciones de inmediato en la antigua Recova (ubicada en el centro de la actual Plaza de Mayo) y también en la torre del Cabildo, desde donde lograron seguir infringiendo bajas al enemigo. Al mismo tiempo, las piedras lanzadas desde las construcciones cercanas también producían heridos. En este cuadro, absolutamente rodeado, temiendo el copamiento inminente del fuerte y el ajusticiamiento de toda la tropa —la cual no superaba los 1600 hombres-, William Carr Beresford aceptó la rendición de forma incondicional, izando la bandera blanca de parlamento a las 13:00 horas.
El doble poder porteño
Como se puede apreciar, la llegada de los ingleses, su estancia de un mes y medio en la ciudad y la posterior reconquista, abrieron «la caja de Pandora» en el antiguo Virreinato del Río de la Plata. El 14 de agosto de 1806, los vecinos que habían protagonizado la gesta militar encabezaron otra jornada de carácter revolucionario: colmaron las instituciones locales e impusieron la celebración de un Cabildo Abierto. En dicha asamblea, se votó una medida inédita dentro del orden colonial: quitarle el mando militar al virrey Rafael de Sobremonte y transferirlo al héroe de la jornada, Santiago de Liniers. A partir de ese momento existió una marcada dualidad política o «doble poder». Sobremonte seguía ostentando formalmente el título de virrey y la autoridad civil, pero la fuerza de las masas y el poder de las armas respondieron directamente a Liniers y al Cabildo de Buenos Aires.
Era un hecho inminente que los británicos estaban dispuestos a regresar con refuerzos y que las tropas regulares de la Corona española en el continente no tenían la capacidad logística y operativa para reaccionar. Al mismo tiempo, los terratenientes, hacendados y comerciantes porteños comenzaban a tomar plena conciencia de la fuerza de sus propios actos y de la necesidad de defender los espacios de poder conquistados, incluso frente a una posible represalia de la Corona española. En cualquier otro momento de la historia colonial, semejante osadía contra la figura sagrada de un virrey —representante directo del rey— hubiera sido condenada de inmediato con el fusilamiento o el ahorcamiento de los cabecillas por el delito de sedición. Esa era la rigidez institucional que las autoridades peninsulares imponían a los criollos americanos.
El 6 de septiembre de 1806, apenas un mes después de la victoria contra las fuerzas de William Carr Beresford, Liniers emitió la convocatoria formal para la creación de las milicias urbanas. Durante los meses siguientes, este proceso adquirió un rasgo asombroso: los cuerpos de milicianos —como el naciente Regimiento de Patricios comandado por Cornelio Saavedra— votaron democráticamente a sus propios oficiales y jefes, consolidando un alto grado de democracia popular en el seno de un ejército armado. Mientras esto ocurría en América, en el Viejo Continente la geopolítica daba un vuelco definitivo: el 21 de noviembre de 1806, Napoleón Bonaparte promulgó el Decreto de Berlín, estableciendo el Bloqueo Continental absoluto contra el Reino Unido. Al prohibirse el comercio con Inglaterra en todos los puertos bajo influencia francesa, la economía británica se vio asfixiada, lo que empujó a la Corona británica a buscar con desesperación nuevos mercados en el Atlántico Sur, acelerando los planes para la Segunda Invasión al Río de la Plata.
El sostenimiento de estas nuevas milicias, que significaba mantener a una porción importante del pueblo en armas, era proporcionado por la Aduana porteña lo que propició choques posteriores entre los terratenientes y comerciantes criollos, contra los monopolistas españoles. Los monopolistas eran los antiguos amos de ese presupuesto en ascenso y tuvieron que soportar la injerencia de otros sectores burgueses más postergados por la enorme presión popular y para retener los privilegios que aún poseían.
La Defensa
El 5 de enero de 1807 se produjo el avistamiento de la flota británica en el Río de la Plata, con rumbo a Montevideo. La escuadra enemiga, al mando del almirante Charles Stirling y el general Samuel Auchmuty, estaba compuesta por más de 10.000 hombres y consistía en refuerzos transportados desde el Cabo de Buena Esperanza y el Reino Unido. Pocos días después, el 16 de enero de 1807, las tropas británicas desembarcaron en la Banda Oriental, iniciaron el sitio y bombardearon Montevideo.
Santiago de Liniers envió una fuerza de socorro a la ciudad oriental, pero sus tropas fueron derrotadas en el Combate del Cardal. Finalmente, el 3 de febrero, los británicos entraron a Montevideo. En Buenos Aires la noticia de la caída de Montevideo encolerizo los ánimos. Un nuevo Cabildo Abierto destituyó, definitivamente, al virrey Rafael de Sobremonte. La pérdida de Montevideo mostró la incapacidad total de las autoridades virreinales para contener la embestida británica.
Lejos de amedrentarse, la capital del Plata se preparaba incesantemente para resistir jornadas peores que las anteriores. Los preparativos se realizaron sin demoras durante casi seis meses. Los ingleses desembarcaron en el sur los primeros días de junio de 1807, en la Ensenada de Barragán, zona más cercana a la actual periferia de la ciudad de La Plata. Enterados los británicos de que Liniers los esperaba en las barrancas del Riachuelo —lugar donde se había dado el enfrentamiento anterior en 1806—, decidieron desviar su ruta e ingresar por lo que hoy es Valentín Alsina, cruzando el Riachuelo a la altura de Pompeya y Villa Soldati, justo donde hoy se encuentra el legendario Puente Alsina.
Los invasores recorrieron el sudoeste y se acercaron a la zona de los Corrales de Miserere (actual Plaza Miserere). Allí, Liniers intentó darles batalla el 2 de julio, pero los ingleses dispersaron a los criollos debido a la mala ubicación de la tropa tras una extenuante marcha forzada desde Barracas. Se vivieron momentos de tensión extrema: Liniers estuvo una cantidad de horas “desaparecido” y no pudo regresar a la ciudad porque los ingleses ya controlaban los accesos. Por este motivo, se replegó hacia los viejos galpones de la Chacarita de los Colegiales —que funcionaba como centro deportivo de los estudiantes del Real Colegio de San Carlos, en el actual Parque Los Andes— junto a sus oficiales de confianza. Liniers, envuelto en la confusión, impresionado por el aparente poderío británico y pensando que la plaza estaba perdida, llegó a redactar un borrador de capitulación frente a los invasores.
Ese fue el momento de Martín de Álzaga y del Cabildo criollo porteño, quienes el 3 de julio rechazaron tajantemente cualquier idea de rendición. Desde el centro de la ciudad siguieron robusteciendo las defensas, organizando a los vecinos y a las milicias urbanas. Los ingleses recorrieron las afueras porteñas como lobos sedientos de sangre, pero con el respeto que inflige una víctima que puede lastimar profundamente a su predador. Tardaron cerca de dos días en intentar ingresar a la urbe. Mientras tanto, recorrían diferentes campos y haciendas, saqueando, destruyendo, violentando conventos y golpeando ancianos. Algunos terratenientes, en conjunto con sus peonadas, les ofrecieron una feroz resistencia, como ocurrió en los campos de Martín Rodríguez, donde por la noche los criollos degollaron a tres “gringos” saqueadores.
El 5 de julio, a las 6 de la mañana, los ingleses entraron por segunda vez a la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, esta vez cometieron el error garrafal de hacerlo divididos en 12 columnas paralelas. El segundo gran error del comandante John Whitelocke fue que, frente a la estrechez de las calles de la ciudad y el mal estado de sus caminos, intentó ingresar a la carga de bayoneta para ganar tiempo, dejando la artillería pesada atrás. De inmediato se percataron de su equivocación: fueron diezmados por el fuego combinado de las milicias parapetadas en los techos junto a un vecindario enteramente preparado para matar o morir. Familias completas arrojaban agua hirviendo, muebles, piedras y todo tipo de objetos contundentes. Los esclavos defendían las casas codo a codo junto a sus amos.
Los cerca de 40.000 habitantes de esa época participaron activamente de los combates. Entre ellos se destacó el joven Juan Manuel de Rosas, quien participó como distinguido miliciano del Batallón de Migueletes a los 13 años. También combatió un joven estudiante llamado Manuel Dorrego, así como un oficial de escritorio del Tercio de Gallegos llamado Bernardino Rivadavia. Asimismo, participaron de forma directa Manuel Belgrano, como segundo oficial y sargento mayor del cuerpo de los Patricios, y Juan José Castelli, el futuro gran orador de la Revolución de Mayo. Mariano Moreno aún no era aquel líder jacobino de 1810; durante estos procesos, el verdadero conductor de la facción más radicalizada era Manuel Belgrano.
Martín Miguel de Güemes, quien había llegado desde el interior salteño con un cuerpo de caballería para colaborar en la defensa y posteriormente se convertiría en el gran caudillo revolucionario de su provincia, protagonizó una hazaña militar inédita: tomó a caballo el barco más importante de apoyo inglés, el buque Justina, aprovechando una histórica bajante de la marea en las costas cercanas al fuerte. Por su parte, las crónicas de la época destacan cómo una valiente pulpera de San Telmo, Martina Chapanay (o Martina Céspedes), con la ayuda de sus tres hijas, logró capturar sola a un grupo de oficiales británicos que habían ingresado a punta de pistola a su establecimiento tras emborracharlos.
A finales de la jornada y durante el 6 de julio, los ingleses fueron completamente acorralados en las inmediaciones de la Iglesia de Santo Domingo (en la intersección de las actuales calles Belgrano y Defensa). Después de combates callejeros brutales, se rindieron para evitar ser completamente aniquilados. Santiago de Liniers, quien ya había restablecido las comunicaciones con el Cabildo y frente al giro brusco de los acontecimientos se encontraba nuevamente en el centro, estuvo listo para hacerles firmar el 7 de julio la capitulación incondicional a las fuerzas de la potencia más poderosa del mundo. La derrota británica fue tan profunda que se vieron obligados a abandonar también la ciudad de Montevideo en un plazo de dos meses.
De la caída de España a la revolución de mayo
El afrancesado ministro Godoy de la monarquía española firmó con los franceses el tratado que permitía a las tropas francesas cruzar el suelo español para llegar hasta Portugal, reino que se resistía a los dictámenes napoleónicos y seguía realizando transacciones comerciales con Inglaterra. En diciembre de 1807 los franceses toman Lisboa (capital portuguesa) y la corte es trasladada por los ingleses a sus colonias del Brasil. Pero las tropas francesas siguieron ingresando a la península ibérica y comenzaron a tomar posiciones en España. Tanto Carlos IV, como su ministro Godoy, como el contrincante al trono, su hijo Fernando, eran partidarios de la sumisión absoluta frente al emperador francés. Es más, todas las clases poseedoras de España junto al clero, tomaron la misma orientación servil. Napoleón pensó que se llevaba puesta a esta nación sin resistencia alguna, pero el levantamiento del 2 de Mayo demostró todo lo contrario.
Napoleón Bonaparte decidió imponer a su hermano, José Bonaparte, como rey de la península ibérica. Por ese motivo, las tropas francesas se dispusieron a trasladar a los últimos integrantes de la familia real fuera de Madrid. Aquella acción constituyó un error monumental, ya que las clases populares utilizaron el hecho como detonante para levantarse contra los invasores. Mientras los sectores poseedores secundaban la ocupación o, al menos, pregonaban la inacción, el pueblo llano se sublevó armado con navajas, piedras y palos. Fueron intensas horas de combates callejeros que culminaron con los fusilamientos en masa ejecutados por los represores bonapartistas bajo el mando del general Joaquín Murat. Dichos episodios fueron retratados en los inmortales lienzos del célebre pintor aragonés Francisco de Goya. La más famosa de estas pinturas, El tres de mayo en Madrid, es sumamente conocida en nuestro país por haber sido reinterpretada como portada de ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado, el cuarto disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
La segunda sorpresa desagradable para el «Corso dictador», Napoleón Bonaparte, fue constatar que la violenta represión contra los insurrectos en Madrid no sofocó la rebelión. Todo lo contrario: la chispa prendió no solo entre las clases populares de todo el país, sino también entre las primitivas élites poseedoras (aristocracia, clero y burguesía mercantil). Estas últimas no tuvieron más remedio que situarse a la vanguardia de los comités regionales para evitar ser desvalijadas por un pueblo enfurecido que las tachaba de traidoras.
Las sublevaciones se propagaron en cadena: el 9 de mayo se desató el tumulto en Oviedo —antesala de la declaración formal de guerra de la Junta General del Principado de Asturias el día 25—, mientras que el 23 de mayo se encendió Valencia. En Zaragoza, el 24 de mayo, las masas destituyeron a los viejos mandatarios por considerarlos «afrancesados» y proclamaron capitán general a José de Palafox y Melci, paladín de la resistencia numantina. El líder aragonés capitularía nueve meses después —en febrero de 1809—, con más de la mitad de la urbe reducida a escombros, diezmado por la enfermedad y desprovisto de vituallas para la defensa. En las postrimerías de mayo, el incendio revolucionario devoraba ya Galicia, Andalucía y Castilla. La Guerra de la Independencia Española había estallado; para junio de 1808, la península ibérica entera ardía en llamas.
Mientras la monarquía traidora lo entregaba todo en las Abdicaciones de Bayona, la nación entera se organizaba para resistir en una contienda sumamente desigual. En todas las regiones surgieron juntas de gobierno que articulaban los diferentes frentes para enfrentar al invasor. Dichas juntas solicitaron auxilio a los británicos, quienes, deseosos de hallar aliados en el continente europeo, no tardaron en colaborar. Ante el escenario de la guerra en España, Inglaterra cambió de bando. Por lo tanto, una tercera invasión al Río de la Plata, mucho más poderosa que las dos anteriores, quedó desestimada. En Buenos Aires continuó el doble poder, sobre todo después del levantamiento de Álzaga contra el fin del monopolio español. Baltasar Hidalgo de Cisneros, apodado «el sordo de Trafalgar» y enviado por la Junta Suprema de Sevilla como virrey, no pudo contener a los nuevos dueños del poder.
La noticia de la caída de la Junta Central en España durante los primeros días de mayo demostró a los criollos que era el momento oportuno para proclamar su propio gobierno, prescindiendo de intermediarios como Santiago de Liniers o el propio Martín de Álzaga. Ambos terminarían siendo ejecutados, por sus vacilaciones y traiciones, por los primeros gobiernos revolucionarios. Mientras tanto, la guerra prosiguió en España hasta la mismísima caída del bonapartismo en Europa. La táctica predilecta de los ibéricos fue la guerra de guerrillas: los franceses combatieron contra un enemigo invisible que atacaba sin tregua, obligándolos a desgastar una enorme cantidad de soldados en la península. Como admitió el propio “Corso” al aludir a las dolencias físicas que lo acompañaron hasta su muerte: «La úlcera española nunca se detuvo». Finalmente, Fernando VII fue repuesto en su trono y, haciendo honor a su verdadera condición de traidor, emprendió una feroz campaña para exterminar a los liberales que habían comandado la resistencia. Lo demás ya es otra historia.
Bibliografía consultada:
León Trotsky: La revolución española (1930-1939).
Karl Marx: La España revolucionaria (1854-1859).
Karl Marx: El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852).
Cristian Rath y Andrés Roldan: La revolución clausurada.
Felipe Pigna: Mitos Argentinos I.
Tulio Halperin Donghi: Revolución y Guerra.
Ernesto Palacios: Historia de Argentina.
Milciades Peña: Antes de Mayo.
