El 23 de octubre de 1956 se inició una de las revoluciones políticas contra la burocracia más importantes del siglo XX: la revolución húngara. Antecedida por el levantamiento de la República Democrática Alemana en 1953 y por el alzamiento polaco de junio de 1956, la revolución húngara constituyó el punto más elevado de los levantamientos de la clase obrera contra la burocracia en ese período. Aplastada mediante la invasión soviética del 4 de noviembre, comprender su carácter y su progresividad resulta de vital importancia para comprender el siglo XX.
La ocupación soviética de Europa del Este
Luego de la Segunda Guerra Mundial, y tras las conferencias de Yalta y Potsdam, los aliados establecieron la división de Europa en “zonas de influencia”. La URSS, que había liderado el decisivo avance militar contra las tropas nazis en el Este, obtuvo el reconocimiento de una zona de influencia en Europa Oriental. Al mismo tiempo, en Yalta y Potsdam, Roosevelt, Churchill y Stalin decidieron ahogar la amenaza de la revolución en Alemania ocupándola militarmente y dividiéndola en cuatro partes entre Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Rusia. Con el inicio de la “guerra fría”, las tres zonas de ocupación de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia se unificaron, en 1949, constituyendo la Alemania Federal, bajo influencia directa norteamericana. Un par de meses antes se había fundado la OTAN, la alianza militar imperialista dirigida por los Estados Unidos con los principales países capitalistas europeos (Gran Bretaña, Francia, Italia y otros). Del otro lado quedó la República Democrática Alemana bajo influencia soviética.
De esa forma nacieron en Europa Oriental una serie de estados burocratizados, reconstituidos centralmente no bajo el impulso revolucionario de las masas, sino mediante la imposición del Ejército Rojo y los aparatos burocráticos de los Partidos Comunistas estalinistas.
Que la llegada al poder de esos partidos no se haya dado por impulso de las masas no significa que no hayan existido procesos revolucionarios en Europa Oriental. En Bulgaria, por ejemplo, la resistencia contra los nazis dio lugar en 1944 a la formación de consejos obreros y milicias que fueron las que se encargaron de enjuiciar a los colaboradores mediante juicios populares. Al consolidarse como zona de influencia soviética, Stalin apoyó la conformación de un gobierno encabezado por Georgiev y Velchev, figuras provenientes de los gobiernos militares de la década del 30, que recibieron no solo el apoyo sino la orden de disolver los consejos obreros y desarmar el proceso de organización de la clase obrera búlgara. En Rumania, las guerrillas y milicias populares fueron perseguidas y detenidas por el gobierno de Groza y Tătărescu, formado nuevamente con el aval del estalinismo.
Mientras el estalinismo impuso su “zona de influencia” con el aval del imperialismo norteamericano y europeo, concentraba al mismo tiempo sus energías en oponerse al desarrollo de procesos revolucionarios, como la revolución griega, traicionada en aras de acompañar la intervención militar británica para aplastar a los comunistas en la guerra civil que se desarrolló. Stalin se opuso abiertamente a la revolución yugoslava, protagonizada por Tito y el PC, que unió a los trabajadores de los Balcanes y derrotó con su fuerza a los nazis. Stalin calificó a Tito de fascista e inició un proceso de persecución y purga contra los militantes de los Partidos Comunistas que simpatizaran con ese proceso.
Pero tuvo un rol trascendental en el Oeste europeo no solo sofocando los intentos revolucionarios de Alemania, sino desmantelando todo movimiento hacia la revolución social, especialmente en Francia e Italia, donde los partisanos habían desarrollado el grueso de la resistencia al fascismo, ayudando a reconstruir los Estados burgueses imperialistas.
El estalinismo impuso en Europa del Este un régimen de dominación económica y político-militar del Estado soviético sobre el resto de los países del bloque, con términos de intercambio desigual y una injerencia casi absoluta sobre sus políticas internas. En 1955, cuando Alemania Federal fue incorporada a la OTAN, reforzando su carácter imperialista antisoviético, la burocracia estalinista creó el Pacto Militar de Varsovia. La nacionalización de las fábricas y de la tierra en los países del Este europeo, luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, nació ya bajo formas burocráticas, sin ningún control obrero de la producción, imponiendo la administración de las fábricas a través de “gerentes” designados por la nueva burocracia estalinista detentadora del poder político.
El control soviético/estalinista sobre Hungría
Luego de avanzar en la expulsión de los nazis en 1944, el estalinismo consolidó su influencia sobre Hungría con una injerencia militar y económica absoluta, mediante la policía secreta ÁVH. Aunque no conformó un régimen de partido único hasta 1949, fue ganando cada vez más control hasta la supresión de cualquier tipo de oposición y la proclamación de la República Popular Húngara. Esta se asentó sobre la fusión forzada del Partido Comunista y el Partido Socialdemócrata húngaro en el Partido de los Trabajadores Húngaros, bajo supervisión estricta del Partido Comunista ruso, con el estalinista Mátyás Rákosi como secretario general y principal regente de la política de la burocracia rusa.
La nacionalización de las fábricas, así como la colectivización de las granjas, se impuso de manera forzada, nombrando administradores designados por la propia burocracia. En ese período, el descontento de los trabajadores en las fábricas frente al deterioro de su situación material y a la regimentación política, sumado a la “planificación”/administración ineficaz de la producción por parte de la burocracia, comenzó a traducirse en una caída de la productividad de alrededor del 10 %.
1953, muerte de Stalin: levantamientos y Nuevo Curso
Apenas muerto Stalin (marzo de 1953) se produjeron levantamientos contra las burocracias estalinistas en Checoslovaquia y Berlín (la capital de la República Democrática Alemana). Ambos se iniciaron por demandas materiales contra la superexplotación de los trabajadores, pero se convirtieron, rápidamente, en huelgas políticas: la clase obrera no reclamó solo mejoras inmediatas en salarios, bienes de consumo y condiciones de trabajo. Demandas centrales pasaron a ser el control obrero de las fábricas, el rechazo a la injerencia de la burocracia soviética y la exigencia de mayores libertades democráticas. La respuesta de la burocracia en ambos casos fue una brutal represión, con el agravante en el caso alemán de recurrir a una intervención militar directa por parte de tropas de la URSS, para aplastar la resistencia obrera.
Aunque derrotadas, ambas rebeliones generaron estupor en la burocracia soviética, que bajo el liderazgo de Jruschov anunció un “nuevo rumbo”. En Hungría eso se tradujo en el desplazamiento de Rákosi y en el nombramiento de Imre Nagy, ministro de Agricultura que se había opuesto a la “colectivización forzosa” de los campesinos y había impulsado “reformas” que le granjearon el apoyo de sectores importantes del campesinado. Como primer ministro implementó en 1954 una flexibilización de las granjas colectivas, permitiendo mayor iniciativa individual, al mismo tiempo que criticó el plan quinquenal de 1951, priorizando la producción de bienes de consumo, lo que fue percibido como un relajamiento del asfixiante control ruso/soviético. La vieja burocracia estalinista lo acusó de derechista y lo removió de forma forzada en 1955, reponiendo a Rákosi, asociado por las masas húngaras con los peores años del estalinismo.
1956: desestalinización y nuevos levantamientos
Preventivamente, para despegarse del desprestigio asociado a los crímenes del estalinismo, Jruschov impulsó en febrero de 1956, en el vigésimo congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética), la “desestalinización”: liberando miles de presos políticos de los campos de concentración estalinistas (gulags) y rehabilitando, póstumamente, a decenas de dirigentes asesinados (pero no a Trotsky). Con esta postura, Jruschov buscó maniobrar, personalizando en la figura de Stalin los crímenes cometidos por el régimen burocrático totalitario de reacción política, tratando de preservar el control y los privilegios de la burocracia gobernante en la URSS, así como el tutelaje sobre el resto de los estados obreros burocráticos.
En este clima, se produjo el levantamiento de junio de 1956 en Polonia, que fue un anticipo de lo que se viviría en Hungría meses después. Bajo las consignas de “Fuera los rusos” y “Socialismo a la polaca”, la clase obrera polaca llevó adelante un importante proceso de huelgas y movilizaciones.
¡Eran la continuidad de una etapa de revolución política de la clase obrera contra la burocracia estalinista, iniciados en Berlín y Polonia en 1953!
Un sector de la burocracia polaca, con Gomułka a la cabeza, intervino maniobrando demagógicamente, buscando conquistar mayor autonomía frente a la URSS, sin modificar el carácter burocrático de la administración de las fábricas y del Estado, preservando privilegios para la burocracia polaca. Para hacerlo no se apoyó en darle forma organizativa a la intervención de las masas, sino en la Iglesia Católica polaca. Jruschov, que intentó sin éxito evitar la elección de Gomułka como secretario general, optó en este caso por evitar una intervención militar directa y terminó aceptando su designación.
La revolución se abre camino en Hungría
En Hungría, los acontecimientos de Polonia fueron seguidos con gran expectativa. El Círculo Petőfi, organización juvenil del Partido Comunista, comenzó a desarrollar una gran agitación tanto en universidades como en ámbitos fabriles. Allí exigió el fin de la administración gerencial de las fábricas, uno de los puntos nodales del régimen de privilegios de la burocracia, para sustituirlo por el control obrero de la producción y por el carácter dirigente de la misma a nivel nacional. Rechazó tanto la política económica de la burocracia como la injerencia soviética, exigiendo un trato de iguales dentro del bloque socialista. La identificación de Rákosi como máximo exponente del régimen burocrático llevó a que se exigiera su remoción y se reclamara la reincorporación de Nagy al Partido.
Por la profundidad de su programa y por su carácter de clase, este proceso constituyó sin lugar a dudas una revolución política antiburocrática, defensora del socialismo. La clase obrera húngara se movilizó para expulsar a la burocracia y tomar el poder en sus manos. No para restaurar el capitalismo, sino para enfrentar la desigualdad social impuesta por la burocracia y llevar adelante un verdadero proceso de transformación socialista que superara las deformaciones burocráticas del régimen.
Ganando apoyo en amplios sectores obreros y conformando la Unión de Escritores, el Círculo Petőfi convocó a una marcha para el 23 de octubre, con actos en la Universidad Politécnica de Budapest y en Győr. Con Gerő, secretario general del Partido, en Yugoslavia, la burocracia osciló entre suspender y permitir la movilización y resolvió finalmente autorizarla, pero infiltrando miembros de la policía secreta. Nagy, por su parte, se negó a formar parte de la movilización.
Reuniendo a más de 50.000 personas en las calles de Budapest, la Unión de Escritores presentó el siguiente programa: política socialista independiente de la burocracia de la URSS, igualdad con la URSS, aumento de salarios y rediscusión del programa económico, creación de comités de fábrica, libertad para los campesinos de decidir formar parte o no de cooperativas, renuncia de Rákosi y nombramiento de Nagy y elecciones libres para los trabajadores.
El carácter de clase de ese programa permite desmentir dos relatos centrales que atraviesan la historiografía sobre el fenómeno. Desde lugares distintos, tanto los historiadores ligados a la burocracia estalinista como los occidentales presentaron la revolución húngara de forma caricaturesca: como una lucha contrarrevolucionaria donde predominaría el componente nacionalista húngaro, acusados de fascistas por la burocracia, y donde se buscaría restaurar las relaciones sociales capitalistas. Aunque existió, por supuesto, un componente nacional, no puede escindirse del carácter de clase de las consignas y del contenido social del proceso. La lucha contra la injerencia soviética no adquirió un contenido chovinista, sino que denunció el carácter degenerado de los estados obreros de Europa del Este. Administrados por burocracias que defendían una diferenciación social y privilegios sobre la base de ocupar puestos de administración, los revolucionarios húngaros denunciaron el régimen de intercambio desigual existente en el bloque socialista, donde la URSS reproducía de forma distorsionada los mecanismos de opresión y sojuzgamiento del imperialismo. A su vez, los organismos de poder creados por las masas húngaras no fueron formas parlamentarias, sino consejos obreros.
La burocracia y la URSS reprimen la movilización con apoyo del imperialismo
La masividad y sobre todo la profundidad de las consignas alcanzadas por las masas húngaras hicieron que la burocracia temiera que se cumpliera lo anticipado por Trotsky 18 años antes: las masas obreras lucharían por la dirección política del Estado. En el Programa de Transición de la IV Internacional (1938), Trotsky planteaba un “pronóstico político (que) tiene un carácter alternativo: o la burocracia se transforma cada vez más en órgano de la burguesía mundial dentro del Estado Obrero, derriba las nuevas formas de propiedad y vuelve el país al capitalismo, o la clase obrera aplasta a la burocracia y abre el camino hacia el socialismo”.
La movilización, que fue creciendo en masividad, destruyó el monumento a Stalin de la ciudad, dando lugar a una de las imágenes más icónicas de la revolución: las botas de Stalin en soledad. Luego los manifestantes se dirigieron al Parlamento y posteriormente a la estación de la Radio Nacional con la intención de leer su proclama, donde fueron brutalmente reprimidos por la policía secreta, que abrió fuego con ametralladoras contra la movilización. Lejos de retroceder, las masas respondieron y se iniciaron los primeros enfrentamientos callejeros. Comenzaron a formar milicias populares y controles callejeros donde, si agentes de la policía eran identificados en sus autos, eran obligados a bajar a la fuerza.
Mediante mensajes de radio, el gobierno con la voz de Gerő desde Belgrado acusó a los manifestantes de fascistas, y maniobró nombrando a Nagy como presidente del Consejo de Ministros, anunciado a las 7:45 del 24 de octubre. A su vez anunció la aplicación de la cláusula del Pacto de Varsovia que habilitaba el ingreso de tropas soviéticas al territorio húngaro. De esa forma se aseguraba compartir responsabilidades con Nagy en torno a la invasión. Mientras las tropas soviéticas ingresaban y comenzaban los primeros enfrentamientos, Nagy hizo pública una intervención donde pedía la desmovilización y prometía restaurar el programa de 1953, lo que no generó ningún impacto en las masas, que actuaban de forma independiente.
Mientras las tropas rusas ingresaban al país, los levantamientos se extendieron a distintas ciudades y se pusieron en pie Consejos Obreros. El 24 de octubre se produjo una masacre a manos de las fuerzas de seguridad que dejó más de 150 muertos y que desató la furia del pueblo húngaro, que comenzó a ajusticiar a golpes a los agentes de la policía que encontraba en las calles, dejándolos en algunos casos colgados, e inició una huelga general en todo el país.
Los Consejos lograron en un solo día constituir una situación de doble poder. Aunque muchos de sus miembros conservaban expectativas en Nagy, incluso quienes las tenían actuaban de forma independiente y respondían a lo que resolvían los consejos. En ellos comenzó a tomar protagonismo la exigencia del retiro de las tropas soviéticas, la disolución de la policía secreta, la gestión obrera de las fábricas y la exigencia de terminar con el régimen de partido único. Dentro de los mismos existieron tendencias contradictorias, sectores de pequeños propietarios, nacionalistas burgueses, quienes levantaban la consigna de un régimen parlamentario, junto a delegados obreros que querían recuperar el programa socialista. Como en todo proceso revolucionario de estas características, es imposible hablar de una homogeneidad absoluta.
Los estudiantes húngaros iniciaron un proceso de agitación política sobre las tropas rusas e imprimieron más de 100.000 volantes en ruso, generando numerosos episodios de confraternización y soldados que se negaron a reprimir. A su vez, los consejos conformaron el Consejo Nacional, integrado por los principales sindicatos del país. En términos de articulación del poder dual, propusieron la conformación de un gobierno con Nagy como presidente junto con representantes de los consejos, tanto en su rama obrera como estudiantil, además de un conjunto de reivindicaciones materiales, entre las que se destacaban la creación de comités obreros para dirigir las fábricas y un aumento inmediato del salario del 15 %.
En ese período circularon en Hungría más de 25 periódicos. Las masas obreras, que tenían el control real de las calles, fueron las que determinaron y organizaron los asuntos cotidianos, con mucho mayor poder real que el gobierno de Nagy, quien continuó siendo un rehén del aparato. El punto de apoyo principal de Nagy fueron los campesinos que defendían su tibio programa agrario como ministro de Agricultura y posteriormente el programa de 1953. La clase obrera comenzó a actuar con creciente independencia frente a él. El 26 de octubre Gerő fue removido como secretario general del Partido y se nombró a Kádár, quien gozaba de cierta popularidad como héroe de guerra y por haber sido víctima de torturas bajo el régimen de Rákosi. Siendo imposible sostener la represión soviética con tropas cada vez más ganadas a la causa húngara, la URSS anunció el retiro de sus tropas el 28 de octubre.
¡Un triunfo de la movilización obrera húngara y de las simpatías que estaba originando en los demás países de la URSS y las democracias populares del Este Europeo!
En ese período Nagy anunció la conformación de un nuevo gobierno y la fundación de un nuevo partido. Gozando en esos días de su mayor autonomía, nombró a figuras de la disidencia de izquierda como György Lukács en su gabinete, reconoció los consejos y disolvió la ÁVH, la policía política secreta.
Segunda intervención soviética: remoción de Nagy
Limitándose a negociar el retiro de las tropas soviéticas y reclamando mayor autonomía para la burocracia húngara, Nagy no fue la expresión del proceso revolucionario, sino el reflejo de un equilibrio de fuerzas. Sin romper con el régimen de la burocracia, expresó la pelea por mayor autonomía frente a la URSS en beneficio de una burocracia húngara, al mismo tiempo que una mayor flexibilidad en algunos puntos económicos y libertades políticas. Aunque en este período actuó contra la dirección del aparato y representó un régimen de mayores libertades democráticas para la clase obrera, Nagy fue un hombre del aparato toda su vida. Su diferenciación frente a la burocracia coincidió con los elementos planteados por Bujarin, ala derecha del PCUS en la década del 20 y del 30, cuya diferenciación con el estalinismo no partió de identificar y denunciar a la burocracia como capa social específica con sus propios intereses (como sí lo hizo Trotsky), sino de oponerse al curso acelerado de industrialización que terminó teniendo Stalin, en defensa de los sectores campesinos. En pleno auge del proceso, Nagy buscó evitar desarrollar las tendencias más combativas de las masas. Amenazado por una segunda invasión de los tanques rusos, Nagy retiró a Hungría del Pacto de Varsovia y buscó incluso el auxilio de la ONU. Estos límites que hacen que no haya sido la expresión de los intereses objetivos de la clase obrera hacia la revolución política no quitan que Nagy pagó su diferenciación con la burocracia con su propia vida, sin doblegarse como sí lo hizo Gomułka: terminó siendo detenido y juzgado en secreto por la burocracia de Jruschov, que lo condenó a la horca en 1958.
La incapacidad de Nagy de contener la situación, sumada a su búsqueda de mayor autonomía, fue vista con enorme desconfianza por el Kremlin, que ordenó una segunda intervención el 4 de noviembre. Esta vez con soldados provenientes de Asia Central buscando evitar cualquier forma de confraternización.
Ingresando con tanques nuevamente, Jruschov decidió remover a Nagy, quien buscó asilo en la embajada yugoslava. En su lugar nombró a Kádár, dirigente que había sido expulsado del partido y reincorporado por el propio Nagy en 1954. La violencia con la que Kádár atacó a los revolucionarios implicó un verdadero salto de calidad. Acusándolos de fascistas y de actuar de manera coordinada con el imperialismo, inició un proceso de detenciones masivas, torturas y asesinatos en el que las calles de Budapest amanecían con revolucionarios colgados.
Esto no frenó el impulso de los consejos, que el 14 de noviembre, evadiendo la censura y la persecución, reunieron de forma clandestina a más de 5000 delegados en una de las principales fábricas de Budapest, formando el Consejo del Gran Budapest. Entendiendo que no tenía mandato para constituir un Consejo Nacional, revalidó su apoyo a Nagy y su pedido de renuncia a Kádár. Exigió además la libertad de partidos socialistas, la disolución de la ÁVH, la liberación de los detenidos, el retiro de las tropas soviéticas y un trato de iguales entre la URSS y Hungría, y como método de presión sostuvo la continuidad de la huelga general. Compuso además un comité de acción de 22 miembros, con destacados activistas obreros y estudiantiles.
Estos consejos contaron, sin embargo, con enormes límites. Por un lado, aunque algunos de sus miembros tuvieron experiencias militantes en la década del 40, la mayoría eran totalmente inexpertos, consecuencia del régimen monolítico y represivo estalinista. Por otro lado, aunque en los hechos fueron un organismo de poder, alguno de sus representantes, como Bali y Rácz, plantearon que los objetivos de los consejos no eran tomar el poder, sino convertirse en representantes de los obreros. A diferencia del proceso ruso de 1917, nunca se puso como eje principal la consigna de “todo el poder a los soviets”. Pesaron particularmente en los trabajadores sus demandas sociales y de libertades democráticas, en las que veían a los consejos como un canal.
Actuando como oposición, el comité encargado de llevar adelante el Plan de Lucha terminó levantando la huelga a cambio de concesiones, entendiendo que de esa forma Kádár podría utilizar eso para negociar con los invasores soviéticos, sin advertir hasta qué punto Kádár actuaba como emisor directo de la burocracia rusa.
El 23 de noviembre se produjo la detención de Nagy, generando incluso problemas diplomáticos con Yugoslavia. Sin doblegarse, el Consejo de Budapest imprimió el 29 de noviembre 100.000 periódicos que no pudieron superar la censura y fueron confiscados sin salir a la luz. Kádár, aun con la enorme resistencia de los obreros húngaros, comenzó a tener mayor éxito en debilitar el poder de los consejos. El 6 de diciembre se vio en condiciones de lanzar una ofensiva deteniendo a más de 100 delegados obreros. Frente a la declaración de una huelga de 48 horas, Kádár anunció la Ley Marcial y la prohibición de los Consejos obreros. La huelga del 11 y 12 de diciembre fue unánime, mostrando la vitalidad que aún tenía el proceso revolucionario. La regimentación, sin embargo, avanzó a pasos agigantados, dejando como resultado la detención de Rácz y Bali.
Sosteniéndose en un proceso de huelgas y exigencias durante diciembre y enero, la represión y persecución brutal llevada adelante por el régimen de Kádár terminó por imponer una derrota a los trabajadores húngaros, finalizando la actividad de los consejos y “normalizando” Hungría para inicios de 1957. Las concesiones brindadas para las masas obreras, a quienes acusó de hortistas (por el general Miklós Horthy, que gobernó Hungría aliado al nazismo en la Segunda Guerra Mundial) y fascistas, fueron limitadas.
El imperialismo no intervino a favor de la revolución húngara de 1956. Solo la usó en forma propagandística general contra del comunismo. La connivencia del imperialismo con la burocracia soviética fue innegable: aunque enfrentadas, en el marco de una política de “coexistencia pacífica”, la consideró en ese período como un gendarme confiable para mantener el orden y aplastar la revolución húngara, evitando que se extendiera hacia Occidente.
El papel de la izquierda
Los Partidos Comunistas del mundo reprodujeron la política del estalinismo divulgando la podrida idea de que los revolucionarios eran fascistas y contrarrevolucionarios. Las rupturas de sectores que simpatizaron con el proceso revolucionario, con el comunismo estalinista, se dieron en todo el mundo. El ejemplo de Peter Fryer, enviado por el Daily Worker de Reino Unido, es ilustrativo: sus crónicas reunidas en La Tragedia Húngara revelaron una revolución obrera, no una horda contrarrevolucionaria. Al encontrarse con la censura del Partido Comunista, Fryer decidió avanzar con la publicación de sus crónicas y rompió organizativamente con el PC, proceso similar al de E. P. Thompson, que fue un impulsor de la “nueva izquierda” antiestalinista en Gran Bretaña. Este camino no fue seguido por Eric Hobsbawm, quien aceptó –subordinándose a la política contrarrevolucionaria del estalinismo– el acuerdo de no publicar sobre procesos contemporáneos.
El Secretariado Internacional de la IV Internacional (continuidad oportunista de la Internacional posterior al asesinato de Trotsky), dirigido por Michel Pablo y Ernest Mandel, se encontraba en franco retroceso. Su estructuración en Europa del Este era casi nula: entre la represión estalinista y los errores estratégicos, no existían organizaciones trotskistas formales en Hungría al momento del levantamiento. Desde afuera de Hungría, Pablo y Mandel orientaron al Secretariado Internacional, planteando que los húngaros debían seguir el ejemplo de Gomułka en Polonia, acusando a Nagy de extralimitarse. La orientación fue la del enderezamiento de la burocracia, depositando expectativas en la desestalinización y sin dar una orientación de apoyo decidido al levantamiento de los obreros y estudiantes húngaros. La oposición a la política de confianza en una autorreforma de la burocracia neoestalinista (Gomułka, Nagy) fue objetada por el Comité Internacional de la IV Internacional, una ruptura producida en 1953, que tenía como principales promotores al SWP norteamericano y británico y al PCI (lambertistas que luego se llamarían OCI) de Francia, que se declararon en 1956 a favor de impulsar una revolución política, reconociendo correctamente el contenido revolucionario del proceso y el carácter contrarrevolucionario e irrectificable de la burocracia.
Gomułka se sumó al silencio internacional orquestado por Jruschov, acompañado por Tito y Mao.
La vigencia de la Revolución hoy en Hungría (ahora social y política)
La revolución húngara confirmó lo planteado 18 años antes por Trotsky en el Programa de Transición: la burocratización contrarrevolucionaria de los estados obreros los hace transitar una tensión entre la revolución política obrera contra la burocracia o la restauración capitalista. La idea según la cual cualquier acción política independiente de las masas respecto de la burocracia constituye un acto contrarrevolucionario no es más que una operación difamatoria de la burocracia que, aunque formalmente “desestalinizada”, mantuvo su régimen de privilegios a costa de la carestía y el ahogo político de las masas.
La revolución húngara dejó un elemento muy valioso que es el carácter insustituible de la clase obrera como sujeto revolucionario. La anexión burocrática de Europa del Este por parte de la URSS no fue un impulso revolucionario sino la contención preventiva del mismo. Por el contrario, fue un acuerdo entre la burocracia estalinista y el imperialismo para frenar la iniciativa independiente de las masas y dividirse zonas de influencia donde la URSS actuó de gendarme, traicionando/entregando, al mismo tiempo, los procesos revolucionarios de Occidente. A su vez, el accionar de las burocracias “antiestalinistas” Jruschov, Gomułka y Kádár expuso que la burocracia es una capa social específica que excede la figura autoritaria de Stalin, y que el estalinismo es la expresión de un proceso social concreto que solo las masas podían superar mediante un impulso revolucionario y no mediante una rectificación de la burocracia. Trotsky en el Programa de Transición (1938) dice: “Es imposible realizar este programa (el que levantó la revolución húngara de 1956) sin el derrocamiento de la burocracia que se mantiene por la violencia y la justificación. Solo el levantamiento revolucionario victorioso de las masas oprimidas puede regenerar el régimen soviético y asegurar la marcha adelante hacia el socialismo”.
Aunque derrotada, la revolución húngara de 1956 fue un aporte muy importante a la orientación de promover la Revolución Política en los estados obreros controlados por burocracias antiobreras. Se trataba no de expropiar las fábricas capitalistas, que ya habían sido expropiadas consumando un cambio social revolucionario, sino de llevar al poder a la clase obrera instaurando una dictadura del proletariado (contra el imperialismo y la burguesía), que fuera al mismo tiempo una democracia de los trabajadores. Luego se continuaría con otros movimientos similares (Checoslovaquia 1968, etc.). Fue esto lo que decidió a las burocracias tirarse en forma abierta a la restauración capitalista para escapar a verse vencidas por revoluciones obreras antiburocráticas.
El proceso de restauración capitalista llevado adelante por el ala “reformista” de Gorbachov, a fines de los 80, confirmó dramáticamente lo anticipado por Trotsky. La falta de comprensión de ese carácter irreconciliable entre la burocracia y las masas llevó a que el morenismo -que integrando el Comité Internacional en 1953 se había sumado a la interpretación correcta del proceso húngaro de 1956- en su viraje posterior de la década del 60 no comprendiera el carácter restauracionista de Gorbachov y viera con expectativa el Glasnost y la Perestroika.
La falta de un partido organizado en Hungría hizo que los obreros se encontraran en una orfandad política, en la que la burocracia pudo operar para superarlos, siendo un factor fundamental de la derrota además, por supuesto, de la decisiva invasión rusa.
Finalmente, la consumada restauración capitalista en Europa del Este lejos estuvo de resolver las crisis económico-sociales existentes, sino que las profundizó. Con un proceso de golpes de Estado, guerras civiles, desmembramiento de los estados y el surgimiento de figuras como Putin y el derechista Viktor Orbán (jefe de gobierno durante más de dos décadas en Hungría), se consolidó un retroceso productivo y de calidad de vida de las masas. La dificultad política de recomponer organizaciones obreras revolucionarias abandonó a las masas a una depredación interimperialista que se disputa la dirección política y el manejo de los recursos de los ex estados obreros, siendo la guerra de Ucrania en la actual ofensiva imperialista de la OTAN su expresión más avanzada. En Hungría, la reciente salida de Orbán por su exfuncionario Péter Magyar, un Orbán devaluado, festejado por medios como Le Monde Diplomatique o Jacobin, no llevará a las masas más que a nuevas frustraciones. La falta de independencia política por parte de la clase obrera le permite al capital llevar adelante la transición para evitar las consecuencias del desgaste de Orbán sin siquiera recurrir a un Frente Popular, sino más bien llevando adelante un orbanismo sin Orbán, salida similar a la que evalúa la burguesía argentina al llevar adelante un recambio de personal para continuar el programa de Milei y aplicar mileísmo sin Milei. Retomar las lecciones de la revolución de 1956 es comprender que solo la capacidad transformadora de las masas obreras, nucleadas en un partido revolucionario, puede encontrar una salida a estos regímenes ultraderechistas que hunden a Hungría y, particularmente hoy en día, se disputan Ucrania, como aves de rapiña y van llevando al mundo a un proceso de guerra imperialista total.
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