Seguir discutiendo la guerra civil española forma parte de los combates por la historia (y memoria) obrera; no sólo de los trabajadores ibéricos sino a escala mundial. Su estudio nos permite extraer conclusiones para la lucha de clases en nuestro país.
El 17 de julio de 1936, las guarniciones españolas asentadas en la colonia de Marruecos iniciaron una sublevación contra el gobierno metropolitano del Frente Popular, un frente de conciliación de clases compuesto por partidos burgueses republicanos, la socialdemocracia (Partido Socialista Obrero Español-PSOE) y el stalinismo (Partido Comunista de España). La corporación militar buscaba transformar por completo el régimen político, es decir, dar fin a la II República española para instaurar una línea de feroz de represión contra las organizaciones de la clase trabajadora[1].
Los obreros en la Península, sin embargo, resistieron valientemente la intentona golpista y lograron derrotarla parcialmente. El país quedó dividido en dos, una zona bajo control de los sublevados y otra bajo el gobierno republicano; dando inicio a una guerra civil que duraría tres años.
Desde el momento mismo de los combates hasta hoy, la guerra civil española ha sido presentada (y sigue siendo presentada) como un choque entre fascismo y democracia. En esta contribución discutimos esta mirada, y argumentamos que toda amenaza fascista tiene que comprenderse a la luz del choque entre la sociedad capitalista y el intento de su abolición.
1. El inicio de la guerra civil (consideraciones iníciales)
La sublevación comenzó en Melilla, la ciudad más importante de las posesiones coloniales españolas en Marruecos (al día de hoy, Melilla y Ceuta son las únicas colonias que le quedan a España en el territorio continental africano). Los rebeldes lograron neutralizar todo tipo de resistencia y, al día siguiente, el alzamiento se extendió a la Península[2].
El director de la conspiración era el general Emilio Mola, desde la ciudad de Pamplona, junto con el ex-general José Sanjurjo, quien estaba exiliado en Portugal, precisamente, por haber protagonizado otro golpe fallido dos años antes[3]. Francisco Franco, destinado por el gobierno frentepopulista a las lejanas islas Canarias, sólo ascendería a una posición de dirección personal de la fuerza golpista durante el transcurso del primer año de la guerra civil. Esto lo lograría gracias a una serie de maniobras políticas luego de la muerte de Sanjurjo el 20 de julio; la jefatura del movimiento y de un futuro gobierno militar originalmente estaba planificada para este último.
Sin embargo, el golpe fracasó en su objetivo inmediato. En Madrid, Barcelona, Valencia y Asturias, los trabajadores improvisaron en pocas horas el armamento y la resistencia, y vencieron tras encarnizados combates. En las flotas navales, necesarias para trasladar las tropas coloniales a la península y “voltear” al gobierno, varios oficiales que ordenaron sumarse al golpe fueron depuestos por sus tropas en el acto.
El historiador marxista belga Pierre Broué caracteriza esta conspiración golpista como una tentativa de contrarrevolución preventiva[4]. Intentona que, paradójicamente, se topó con obreros que crearon sus propios organismos de combate en el mismo movimiento que los llevaba al choque y la lucha: milicias obreras, patrullas de control, y comités que unían a todas las organizaciones de trabajadores (Broué, 1977: 17).
2. Fascismo: qué y para qué
Resulta casi inevitable aclarar que suele abusarse del término “fascismo” para ponerle una etiqueta a cualquier experiencia autoritaria. En la década del ’30, el Comintern dirigido por el stalinismo sostenía que el fascismo y la socialdemocracia eran “dos caras de la misma moneda”, y se opuso firmemente a organizar un frente único de comunistas y socialistas para batir al hitlerismo. Esa subestimación ultraizquierdista y vulgarización del análisis del fenómeno nazi le costó caro al movimiento obrero alemán con la llegada al poder de Hitler.
Contra este tipo de banalizaciones, León Trotsky advertía que un movimiento fascista auténtico es la movilización de una masa pequeñoburguesa para aplastar a la clase obrera, a su vanguardia y a sus organizaciones, motorizada por el gran capital y (en casos como el español) los terratenientes, ambos amenazados por la agitación revolucionaria. Vale la pena reproducir en extenso una elaboración suya al respecto:
“La antigua dictadura en España, la de [Miguel] Primo de Rivera [1923-1930], es designada como una dictadura fascista por la Comintern. ¿Es eso correcto o no? Creemos que esto es incorrecto.
El movimiento fascista en Italia fue un movimiento espontáneo de grandes masas, con nuevos líderes provenientes desde las bases. Es un movimiento plebeyo en origen, dirigido y financiado por las grandes potencias capitalistas. Proviene de la pequeña burguesía, del lumpenproletariado e incluso, hasta cierto punto, de las masas proletarias. Mussolini, un ex socialista, es un ‘self-mademan’ [hombre hecho a sí mismo] que emerge de este movimiento.
[Miguel] Primo de Rivera era un aristócrata. Ocupó un alto cargo militar y burocrático, y fue Gobernador de Cataluña. Logró su golpe de fuerza con el Estado y las fuerzas militares. Las dictaduras de España e Italia son dos formas de dictadura totalmente diferentes. Es necesario distinguir entre ellas […]
La base genuina (del fascismo) es la pequeña burguesía. En Italia, cuenta con una base muy amplia: la pequeña burguesía de las ciudades y pueblos, y el campesinado. En Alemania, del mismo modo, existe una amplia base para el fascismo […]” (Trotsky, Carta a Max Shachtman, 15 de noviembre de 1931)[5].
El fascismo, para Trotsky, era la movilización reaccionaria de un sector de la sociedad para aplastar al movimiento obrero, a su vanguardia y a sus organizaciones. Su material humano es “plebeyo”, pero ese material es movilizado como instrumento de clase de la burguesía. El gran capital arruina primero a la pequeño burguesía y después la dirige contra el proletariado (ver también Trotsky, “¿A dónde va Francia?”, 1936)[6].
En su análisis del fascismo alemán, Trotsky estudió esta anatomía a fondo. La pequeña burguesía alemana, arruinada por la posguerra, la inflación y la crisis, pauperizada y llena de rencor, se levantó contra todos los viejos partidos que la habían embaucado. Pero incluyó en su ira también a los partidos obreros, que se habían mostrado incapaces (especialmente después del fracaso del proceso revolucionario de 1923 a partir de las vacilaciones de la Internacional dirigida por Zinoviev) de tomar el poder y establecer su propio orden. Según una excelente síntesis de Trotsky, “No todo pequeño burgués exasperado podía haberse convertido en Hitler, pero en cada pequeño burgués exasperado hay una partícula de Hitler” (Trotsky, “¿Qué es el nacionalsocialismo?”, 1933).
La dictadura previa que asoló España en la década del ’20, el “Directorio” de Miguel Primo de Rivera intentó formar un movimiento más amplio, incluso estatizar las organizaciones obreras, pero nunca logró movilizar a un sector de la llamada “sociedad civil” para atacar a los trabajadores. Debió sostenerse fundamentalmente sobre el ejército, la Iglesia, la aristocracia terrateniente y la alta burguesía (especialmente la catalana). El dictador era, él mismo, un aristócrata.
En contraposición con esto, el movimiento encabezado por los generales españoles fue en 1936, en su contenido social, un proyecto fascista. La masa pequeñoburguesa detrás del golpe incluía grupos organizados como la Falange Española de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista) constituidas en octubre de 1933, luego del ascenso de Hitler al poder en Alemania, los requetés (un grupo paramilitar reaccionario y nostálgico), y la Juventud de Acción Popular (JAP); también involucraba una corriente amorfa de colaboracionismo clandestino en la retaguardia republicana, compuesto por profesionales, oficiales, y sectores del clero. El general Mora se referiría a estos últimos como la “quinta columna” de las cuatro que él dirigía.
Al respecto de la mención a elementos obreros, recordamos al lector que, si bien el fascismo alemán nació de elementos pequeño-burgueses y de soldados desmovilizados que se encontraban arruinados (incluso psicológicamente) por la Primera Guerra Mundial, durante su fase de ascenso pudo ganar a ciertos sectores de la clase trabajadora. Se trataron de aquellas franjas que se encontraban atomizadas, desmoralizadas e históricamente alejadas de las organizaciones de su clase (Evans, 2006, 334-335). La materia prima social del fascismo, entonces, es la desesperación de las llamadas capas medias bajo el calor de la crisis; el arte político de la burguesía consiste en mover a estos sectores para que antagonicen contra el activismo obrero y socialista.
La expresión “self-mademan” designa al hombre que hace su carrera desde abajo, sin sangre aristocrática, incluso al advenedizo, en contraste con un general de alta extracción. La biografía personal de Francisco Franco encaja a la perfección con esta categoría. Franco fue en sus orígenes apenas un militar sin relieve particular alguno, destinado a plazas coloniales, periféricas y lejanas a la metrópoli, sin vínculo con la fortuna ni el renombre. Su distancia social con la aristocracia tradicional española puede observarse en el colorido choque familiar que provocó su intento (posteriormente exitoso) de casarse con una joven que sí provenía de estos ambientes, María del Carmen Polo. Como ya comentamos, su llegada a la cima necesitó una mezcla de suerte y maniobras políticas arduas. Su trayectoria puede compararse con la de Hitler: un cabo de poca monta, del que no se esperaba un destino de mando, elevado por el movimiento que llegó a encabezar.
3. Fascismo: quiénes, hacia dónde
Varios intelectuales han intentado desintegrar el carácter de clase del fascismo para presentarlo como una suerte de fatalidad que cae sobre la sociedad, incluso con fórmulas psicologizantes. Uno de los mayores referentes de estas tesis es el historiador alemán ultra-derechista o semi-fascista Ernst Nölte (2001), quien planteó que estos movimientos fueron sólo un emergente de la crisis en la que estaba sometida Europa, como reacción más o menos mecánica a la amenaza bolchevique.
Sin embargo, los fasci de combattimento de Mussolini necesitaron del apoyo material (incluyendo arsenal, transporte y recursos logísticos) que les brindó el gran capital para sepultar a la clase trabajadora movilizada[7]. Lo mismo vale para el partido nazi de Hitler y sus camisas pardas[8]. El golpe de 1936 no fue la excepción: desde su armado fue alimentado materialmente por la burguesía española. El caso más conocido quizás sea el del banquero (y contrabandista) Juan March, quien financió el alquiler del avión que trasladó a Franco desde una lejana isla de las Canarias para tomar el mando de sus tropas para el golpe y les dio créditos ilimitados[9]. Pero lo suyo fue un grano más del desierto. Para el puente aéreo de 1936 que trasladó tropas franquistas desde África a la península-ante el hecho de que la mayoría de la armada no se plegó a los golpistas- los sublevados usaron al principio unos pocos aviones españoles locales de transporte Fokker. Muy pronto, debido a la escasez, obtuvieron aeronaves militares enviadas por la Alemania nazi (aviones Junkers Ju 52) y la Italia fascista (Savoia-Marchetti).
Otros banqueros y rentistas financieros les facilitaron divisas extranjeras a los golpistas (sin las cuales no podrían haberse “movido”, dado que la República controlaba el Banco Central y sus reservas de oro). La alta burguesía agraria (principalmente los latifundistas de Andalucía, Extremadura y las dos Castillas) entregó dinero, propiedades y vehículos para armar a milicias paramilitares, como los requetés carlistas y las escuadras falangistas. Asimismo, financiaron directamente las campañas de represión en la retaguardia durante los compases iníciales del conflicto. Elementos de la burguesía industrial desviaron capitales y organizaron redes de apoyo logístico desde el extranjero. Uno de los “operadores” más famosos fue Francesc Cambó, líder de la Lliga Regionalista y conocido en Argentina por sus corruptelas con el servicio eléctrico[10].
Posteriormente, cada vez mayores sectores de la clase dominante “se cambiaron de camiseta” durante el transcurso de la guerra. En Cataluña, los miembros de la Lliga Regionalista y los dueños de fábricas que sufrieron las colectivizaciones forzosas y veían con preocupación el desarrollo de las milicias obreras de la CNT-FAI cruzaban la frontera hacia Francia o la Italia fascista, para promocionar el avance de las tropas sublevadas.
La Falange, aquella reconocida organización de choque ya mencionada, hacía gala de una retórica de rebeldía. No obstante, nada oculta que nació gracias a la financiación directa, por un lado, de la oligarquía monárquica alfonsina, y, por el otro, de grandes empresarios que veían en ella una eficaz fuerza de asalto antiobrera. Su mayor dirigente, José Antonio Primo de Rivera, era el hijo del dictador de 1923, operaba en los círculos de la élite madrileña, conservó su título de Marqués de Estrella, e incluso mantenía un estilo de vida de aristócrata.
Cada vez que un movimiento fascista alcanza el poder y se transforma, efectivamente, en un régimen fascista, los elementos pequeño-burgueses que fueron movilizados por el gran capital, finalmente, terminan estrangulados en las tenazas del Estado burgués.
Económicamente, los sectores sociales pequeño-burgueses como tales históricamente han sido mantenidos en la miseria por los regímenes de este tipo.
En el plano político, a sus organizaciones no les ha ido mejor. La milicia “plebeya” italiana fue gradualmente burocratizada por Mussolini en el poder. Hitler, más expeditivo, destruyó físicamente a los camisas pardas, incluyendo a su dirigente, Ernst Röhm. En el caso español, una vez el país quedó dividido en dos, en la zona bajo gobierno militar Francisco Franco lanzó un “Decreto de Unificación” (19 de abril de 1937) que disolvió a la fuerza y burocráticamente a la Falange y a otras organizaciones similares en un partido único dirigido personalmente por él.
La experiencia española, entonces, nos muestra cómo las tendencias fascistas fueron alimentadas conscientemente por la burguesía europea contra el avance de la revolución. Dicho de otra forma, el fascismo constituye una iniciativa del gran capital en una fase de bancarrota histórica, destinada a lanzar las masas de la pequeña burguesía arruinada contra el movimiento obrero para aplastarlo.
4. Revolución y contra-revolución: lucha de clases
En sus textos para la vanguardia obrera que combatía al fascismo alemán, Trotsky advertía que “el golpe de Hitler es sólo el eslabón final de la cadena de cambios contrarrevolucionarios” (Trotsky, “¿Qué es el nacionalsocialismo?”, 1933). El nazismo fue la conclusión de un ciclo que empezó en Alemania en 1918, con el estallido de la revolución proletaria. La Socialdemocracia salvó a la burguesía de esta revolución, el fascismo vino posteriormente a liberar a la burguesía de la socialdemocracia.
El triunfo del fascismo italiano (el “original”) muestra la misma secuencia. En 1919-1920, un impresionante levantamiento del proletariado de la península, que incluyó la huelga general con ocupación de fábricas, había paralizado el país y parecía anunciar el fin de la burguesía. Sin embargo, las medidas de lucha de 1920 fueron levantadas por la dirección socialdemócrata a cambio de algunas concesiones. En septiembre se detenía la ofensiva revolucionaria del proletariado; en noviembre se producía el primer ataque importante de los fasci de combattimento (Trotsky, “¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán”, 1932).
Ese mes, las escuadras de “camisas negras” tomaron el ayuntamiento de la ciudad de Bolonia (un bastión histórico de la izquierda) para impedir la asunción del nuevo gobierno municipal socialista y ejecutaron una masacre barbárica. El asalto de Bolonia se convirtió en auténtico laboratorio de experimentación para extender los mismos métodos al resto del país.
En las próximas dos secciones exhibimos cómo el recorrido histórico español nos marca que el alzamiento de 1936 tampoco constituyó un estallido súbito. Fue, en cambio, la expresión literalmente violenta de las contradicciones de la sociedad de clase española y, en particular, la culminación de una larga cadena de enfrentamientos de clase en los que la clase obrera una y otra vez quedaba a las puertas del poder… sin tomarlo.
5. De 1898 a 1933: la crisis por escalones
Una de las principales paradojas y contradicciones del desarrollo histórico de la sociedad española es haber ingresado a la expansión mundial de la burguesía (el Renacimiento, la primera globalización del s. XVI) como la principal potencia política de Europa y la que adquirió mayor cantidad de dominios coloniales, sólo para ser sobrepasada en los siglos posteriores (s. XVII – s. XIX), y con creces, por sus más humildes competidores continentales (Francia, Países Bajos, Inglaterra). A pesar de su esplendor imperial, España ingresó a la modernidad burguesa como una región atrasada.
El brillante historiador británico John Elliot (1991) explicó que este hundimiento en el atraso fue el costoso precio de no haber conquistado una revolución burguesa completa, que emancipe el desarrollo histórico de la península del lastre de las clases dominantes aristocráticas[11].
La burguesía española aceptó hundirse en una putrefacción lenta y sin gloria, a través de una subordinación con los aristócratas del pasado. Este estancamiento histórico descompuso a las viejas clases dominantes sin permitir la formación de una sociedad de nuevo tipo, capitaneada por la burguesía.
España contaba sólo con dos ejes de centralización: la monarquía y el clero, el eje más estable de la reacción en un país que en la década del ’30 contaba con un 45% de analfabetismo. El atraso económico, entonces, también debilitó las tendencias centralistas propias de la sociedad capitalista; de modo que la España más-o-menos-burguesa nunca pudo vencer las tendencias centrífugas de sus provincias históricas. De ahí la fuerza específica del particularismo en la península ibérica. Esas mismas condiciones estructurales privaron al parlamentarismo de base propia, con unas Cortes dependientes del ministerio de turno y un poder que residía en el rey[12].
La decadencia de esta España atrasada en el mundo moderno capitalista puede fecharse en cinco coyunturas clave (Tuñón de Lara, 1985).
El primer escalón se abre con el desastre colonial de 1898, es decir, la pérdida de Cuba y Filipinas, las últimas posesiones coloniales españolas relevantes. El desastre funcionó como un despertador para distintos sectores dentro de las clases dominantes de la península, e inició un profundo debate sobre qué orientaciones darse (incluso en el terreno “espiritual”) para contrarrestar la tendencia hacia la marginalidad. A esto siguieron aventuras de las tropas ibéricas en Marruecos para forzar alguna expansión del poderío hispánico; pero las intentonas en África sólo carcomieron los recursos del Estado y reforzaron el descontento popular (Trotsky, “La revolución española y las tareas de los comunistas”, 24 de enero de 1931: 70).
Ningún estancamiento nacional, ni regional, sin embargo, puede sustraerse a convivir con las tendencias de desarrollo global. El atraso español se combinó con el desarrollo y consolidación objetivo del proletariado moderno. Su papel revolucionario como sujeto independiente (su desarrollo y consolidación subjetiva) se demostró con la creación y desarrollo de sus centrales sindicales, de sus reagrupamientos políticos, y de la intervención como clase en el levantamiento de Barcelona de 1909 y en la huelga ferroviaria de 1912 (Tuñón de Lara, Op. cit.: 15).
El segundo escalón corresponde a la coyuntura crítica de 1914 a 1923. Los primeros años de la revolución rusa fueron para el proletariado español años de grandes combates. En estos años, la CNT superó los 650.000 afiliados, junto a una oleada de huelgas y ocupaciones. La represión estatal y la persecución patronal, sin embargo, terminaron por quebrar el movimiento, favorecidas por los límites de una dirección adaptada al régimen social vigente (Tuñón de Lara, Op. cit.: 15-18).
El tercer escalón fue la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930), dictadura que pudo imponerse para enfrentar las luchas obreras del período previo. El intento de reequilibrar a los golpes las relaciones de fuerzas en el país, no obstante, fracasó estrepitosamente. En su caída, incluso, arrastró a la monarquía[13] (Tuñón de Lara, Op. cit.: 21).
El cuarto escalón, finalmente, fue el período abierto desde la abdicación del rey Alfonso XIII y la proclamación de la II República Española, frente a la crisis de los intentos dictatoriales. El cambio del régimen político dejó intactas las contradicciones de fondo, porque el manejo del Estado pasó a una coalición momentánea de intelectuales de origen pequeñoburgués, mientras los terratenientes, base de la vieja monarquía, conservaron su poder económico. Del mismo modo, tampoco se produjo ningún cambio en los centros clave que deciden la inversión, la acumulación y la distribución de la renta (Tuñón de Lara, Op. cit.: 24). Santos Juliá describe el carácter casi accidental de ese acceso, llegado a manos de unos republicanos hasta poco antes insignificantes como fuerza política (Juliá, 1994: 166). Trotsky comparó con sorna la relación entre la burguesía republicana y la monarquía derribada con la farsa de un bufón (la burguesía) que carga sobre sus espaldas una criatura (la monarquía) y la denuncia a gritos como su peor enemigo… aprovechando la risa de la multitud para llevarla un poco más lejos (Trotsky, “Las tareas de los comunistas en España”, 25 de mayo de 1930: 54).
Ninguna de las fuerzas en presencia, entonces, puede resolver por vía pacífica una crisis cada vez más aguda (Tuñón de Lara, Op. cit.: 24 y 36). La imposibilidad de resolver mediante debates parlamentarios las contradicciones estructurales de la sociedad española va preparar el terreno para que distintas fracciones de la burguesía y de la corporación militar comiencen a buscar una salida en la violencia pura; pero también llevará al sector más activo de la clase trabajadora a apostar por su superación revolucionaria[14].
6. 1934: a las puertas del poder
Las elecciones parlamentarias de noviembre de 1933 significaron un golpe para los republicanos progresistas y los socialdemócratas que habían ganado las elecciones en 1931, y asumido el poder. La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), coalición de la derecha católica, aliada del partido nazi alemán, ganó con un 31% de los votos y obtuvo 115 diputados. El Partido Republicano Radical, con 102 diputados, hizo todo lo contrario a enfrentarlos políticamente: pactó la incorporación de cuatro ministros de la CEDA al gobierno de coalición para sostenerse en el poder (Townson, 1994: 195)[15].
El proletariado respondió a la entrada de la CEDA en el gobierno (4 de octubre 1934), visto como un avance en la fascistización del poder. Se había constituido una Alianza Obrera, un verdadero frente único entre el PSOE, los anarquistas, las fuerzas de izquierda no stalinistas (que luego formarían el POUM) que organizó un levantamiento en Asturias al día siguiente (5 de octubre 1934). La Unión General de Trabajadores (UGT), central sindical dirigida por Francisco Largo Caballero del Partido Socialista Obrero Español, convocó a una huelga general en toda España, pero sin mucho empeño. Los stalinistas del PC no participaron de la Alianza Obrera. Los mineros asturianos respondieron al llamado con valentía, redujeron los cuerpos de la Guardia Civil, marcharon sobre Oviedo y sostuvieron cinco días de combates callejeros, mientras en las zonas bajo su control se ponían en marcha comités locales con iniciativa propia (Esenwein y Shubert, 1995: 82-83).
Sin embargo, el aparato que proclamó la huelga nacional era el mismo que hasta poco antes había encarnado, según Broué y Témime (1962: 62-63), la colaboración de sindicalistas y socialdemócratas con el Estado. Largo Caballero había sido consejero de Estado bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera y ministro de Trabajo bajo el gobierno democrático-burgués de Azaña. El levantamiento asturiano quedo aislado. En Madrid, el movimiento fracasó por falta de preparación seria, (Broué y Témime, 1962: 63; En Defensa del Marxismo ha analizado la insurrección en Gellert, 2024)[16].
El poder obrero duró sólo dos semanas, hasta ser ahogado en sangre por los regimientos marroquíes que el general Franco, encomendado a la tarea por el gobierno republicano, llevó desde África; los “demócratas” españoles también le delegaron durante más de quince días un poder de emergencia sobre todas las fuerzas militares y policiales (Moradiellos, 2004: 201-203). Según Broué y Témime (1962: 64) el saldo fue de más de tres mil muertos y cuarenta mil detenidos. El gobierno combinó esa represión con la reconstrucción del aparato militar, que incluyó el retorno de altos mandos separados, famosos por sus tendencias conspirativas y golpistas[17].
La experiencia represiva y el reforzamiento político de la corporación militar, incluyendo la instauración de Franco como “héroe de la opinión pública conservadora por su protagonismo en el aplastamiento de la insurrección” (Moradiellos, 2004: 64-66), fue una clara preparación para la conspiración posterior de 1936.
7. Hacia 1936
“Para las elecciones de 1936, dos años después, se constituye el Frente Popular, un frente que […] [incorpora] a sectores de la burguesía republicana (comprometida en la represión al levantamiento asturiano)” a la Alianza Obrera de 1934. Se trató de “un frente para frenar la combatividad obrera, un frente de conciliación de clases” (Gellert, 2024).
El programa del Frente Popular para las elecciones de febrero de 1936 era declaradamente moderado, ajeno a las reivindicaciones socialistas de nacionalización de la tierra y de la banca. Sin embargo, incluía una demanda capaz de movilizar a las masas: la amnistía total para los insurrectos de 1934 y la anulación de los despidos disciplinatorios. Con la capacidad de arrastrar una mayoría obrera bajo esta consigna, el frente venció con 4.206.156 sufragios frente a 3.783.601 de la derecha (Broué y Témime, 1962: 78). La victoria moralizó a la clase trabajadora, y la puso nuevamente en acción.
Antes de que se firmara el decreto de amnistía, manifestaciones de masas abrieron las cárceles y liberaron a los presos políticos detenidos desde 1934. A los dos días comenzaron huelgas en todo el país por la readmisión de los despedidos, pago de los salarios de los obreros encarcelados durante el gobierno derechista, y aumento de salario (Broué y Témime, 1962: 83).
En el campo, los campesinos, a quienes los frentepopulistas habían hablado de reforma agraria, entendieron que la victoria electoral bastaba para consumarla. Se trataba de “ilusiones democráticas” de las masas en la acción del Frente Popular. Desde finales de febrero en Badajoz y Cáceres, y en los meses siguientes en Extremadura, Andalucía, Castilla y Navarra, se multiplicaron las ocupaciones de tierras contra grandes propietarios. En muchos casos, a través de avances contra la Guardia Civil (Broué y Témime, 1962: 83-84).
El despertar obrero puso en guardia a la pequeño burguesía reaccionaria. Como habían hecho el fascismo italiano y el alemán, los falangistas españoles dieron inicio a una acción sistemática destinada a quebrar por la violencia y el terror al movimiento obrero: ataques a los locales de los partidos, a los vendedores de periódicos, a los mítines y a las manifestaciones, y con asesinatos selectivos[18]. Hasta la víspera, Falange era marginal (Broué y Témime, 1962: 44); su salto político llegó cuando la vía legal para derrotar a la clase trabajadora fracasó. De este modo, el choque entre las clases resultaba inevitable, y tendía a sobrepasar las reglas del debate parlamentario y republicano.
Distintos historiadores han discutido si el régimen democrático alemán cayó por ser una “república sin republicanos”. Pero la enfermedad terminal de la II República española no puede reducirse al álgebra electoral. El problema de fondo para su supervivencia era si acaso podía mantenerse un empate virtual de fuerzas sociales hacia el infinito, sin que ninguna termine por quebrar y sobreponerse a la otra. Es decir, si acaso podía salvar al régimen social de sus propias contradicciones.
7. Conclusiones
La democracia española entró en crisis por el desarrollo de las contradicciones del régimen social que le servía de base, que se manifestó en un ascenso incontenible de la clase obrera y los campesinos. La burguesía impugnó la forma democrática cuando dejó de servirle para sostener su dominación, y buscó en la violencia abierta lo que la fabricación del consenso ya no le concedía. La clase obrera tendió a sobrepasar la República en la comprobación de que sus necesidades desbordaban lo que la democracia como régimen político (es decir, como forma de Estado, por lo tanto, como forma de dominación de clase) podía otorgarle.
Fascismo y revolución social se nos muestran, entonces, como productos opuestos y contradictorios de un mismo fenómeno, la descomposición de la sociedad capitalista. Se perfilaron como las dos salidas antagónicas por las cuales apostaron clases enfrentadas, también, antagónicamente entre sí, de modo irreconciliable.
Si la crisis de la democracia provino (y proviene) de la crisis de la actual sociedad de clases, cualquier intento de ver este desarrollo histórico como la disputa entre democracia y fascismo constituye, a la vez, una ceguera histórica y el fundamento para una estrategia política suicida frente al choque auténtico, entre la defensa de un régimen social en su etapa de decadencia histórica y el intento de superarlo.
(Continuara una segunda parte en la edición de EDM del domingo 6/9/26)
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Esenwein, George y Shubert, Adrian. (1995). Spain at war: the Spanish Civil War in historical perspective, Londres y Nueva York, Longman.
[1] Esta breve república fue la segunda experiencia de democracia burguesa que atravesó el país ibérico, la última sin monarquía hasta el presente.
[2] La fuerza de choque decisiva fueron las tropas coloniales y los cuerpos policiales. Las primeras estaban organizadas en el Ejército de África que Franco había entrenado y dirigido anteriormente en el sometimiento contra los pueblos locales (la Guerra del Riff) y en el sangriento aplastamiento de la insurrección de Asturias en 1934, fueron las principales tropas para el golpe. Los segundos estaban conformados principalmente por la Guardia de Asalto y la Guardia Civil (un cuerpo de gendarmería). Estos dos organismos se partieron a la mitad; en las ciudades y regiones donde estos cuerpos se sumaron a los sublevados, los rebeldes avanzaron con mayor facilidad.
La facilidad con la que la Guardia Civil “se dio vuelta” en regiones enteras muestra lo mucho que el Frente Popular desestimó el peligro del Golpe, hasta que fue demasiado tarde. Tanto Manuel Azaña, presidente de la república (jefe de Estado, una figura institucional que arbitraba sin involucrarse en la gestión diaria del país), como Santiago Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros (jefe de gobierno, la figura que ejercía el poder ejecutivo y tomaba las decisiones políticas cotidianas), confiaban ciegamente en su control del aparato del Estado, por lo cual desestimaron los constantes rumores de golpe como meras diatribas aisladas. Del mismo modo, estaban ciegos por un exceso de confianza en la capacidad de los resortes institucionales de frenar lo que sólo podía frenarse con una lucha política.
[3]A pesar del historial de pronunciamientos militares crónicos, los frentepopulistas se prepararon bastante mal para un eventual enfrentamiento con lo más reaccionario de las armas. Una de sus pocas medidas preventivas había sido alejar de los centros neurálgicos de mando a los generales más sospechosos, pero manteniéndolos de todos modos al mando de tropas.
De los veintiún generales de división en activo y con mando orgánicoque conformaban la cúpula castrense española, finalmente sólo cuatro se sumaron a la intentona: además de Francisco Franco, Gonzalo Queipo de Llano en Sevilla, Manuel Goded en Barcelona, y Miguel Cabanellas en Zaragoza (Mola no era general de división; en julio de 1936 sólo tenía el rango de general de brigada, un escalafón inferior dentro de la jerarquía castrense de la época). Con sólo ellos bastó para consumar el golpe, dando por tierra las expectativas leguleyas del Frente Popular.
[4] El término parece provenir del magnífico libro de Angelo Tasca (2000 [1938]).
[5] Para facilitar al lector identificar los textos de Trotsky, los citaremos con su título completo.
[6]“El fascismo encuentra su material humano sobre todo en el seno de la pequeña burguesía. Esta es totalmente arruinada por el gran capital. Con la actual estructura social, no tiene salvación. Pero no conoce otra salida. Su descontento, su indignación, su desesperación, son desviados por los fascistas del gran capital y dirigidos contra los obreros. Del fascismo puede decirse que es una operación de dislocación de los cerebros de la pequeña burguesía en interés de sus peores enemigos. Así, el gran capital arruina primero a las clases medias y enseguida, con ayuda de sus agentes los mercenarios, los demagogos fascistas, dirige contra el proletariado a la pequeña-burguesía sumida en la desesperación. No es sino por medio de tales procedimientos que el régimen burgués es capaz de mantenerse. ¿Hasta cuándo? Hasta que sea derrocado por la revolución proletaria.” (Trotsky, “¿A dónde va Francia?”, 1936).
[7] Un excelente análisis es el de Angelo Tasca (2000 [1938]).
[8] Un estudio fascinante y accesible es Negocios son negocios, de Daniel Muchnik (1999). El Partido Obrero comentó este texto en un artículo de Luis Oviedo (2000).
[9] Algunos muy buenos trabajos sobre el financiamiento burgués de la reacción son La financiación de la Guerra Civil española de José Ángel Sánchez Asiaín (2012). Merece leerse junto con ¿Quién quiso la guerra civil? de Ángel Viñas (2019).
[10]La columna de la muerte de Francisco Espinosa Maestre (2003) detalla cómo los latifundistas locales financiaron a los militares y a los escuadrones falangistas para recuperar el control de la situación política.
Como detalle de color, Retaguardia roja: Violencia y revolución en la guerra civil española de Fernando del Rey Reguillo (2019) hace una radiografía de la política de expropiaciones en una provincia de Castilla-La Mancha y la consecuente oposición de los propietarios al gobierno frentepopulista con fuentes de archivo… pero el autor lo hace con un tono tan ridícula y cómicamente reaccionario que al lector obrero le costará diferenciar qué es valioso y qué es propio de una rutina de stand-up.
[11]Un proceso que la burguesía holandesa consiguió en la lucha por su independencia, precisamente, contra el armado imperial español en el siglo XVI; la burguesía inglesa lo consiguió a lo largo del siglo XVII, con el esfuerzo de dos intentos revolucionarios; la burguesía francesa, finalmente, luego de sus notables avances bajo el Antiguo Régimen feudal, protagonizó la paradigmática y gloriosa Revolución Francesa de 1789.
[12]Trotsky señaló que desde las invasiones napoleónicas hasta la I República, “el sistema estatal de España puede ser calificado de «absolutismo limitado por pronunciamientos [militares] periódicos»” (Trotsky, “La revolución española y las tareas de los comunistas”, 24 de enero de 1931: 71).
[13] Trotsky describe esta caída como “el resultado de las enfermedades de la vieja sociedad y no de las fuerzas revolucionarias de una sociedad nueva”, con un régimen político que ya no se justificaba a ojos de las clases burguesas dado que “la necesidad de aplastar inmediatamente a las masas revolucionarias” ya había pasado. Por el contrario, representaba un obstáculo para sus propias necesidades económicas, financieras y políticas. Los sectores republicanos de la burguesía, sin embargo, simplemente evitaron la lucha y dejaron “que la dictadura se descompusiera y cayera como un fruto podrido” (Trotsky, “Las tareas de los comunistas en España”, 25 de mayo de 1930: 52-53).
[14] Trotsky rechazó a los formalistas que oponían la consigna de la dictadura del proletariado a las tareas de la democracia revolucionaria. En lugar de fórmulas monocromáticas, propuso un programa combinado que enlace consignas democráticas (república, revolución agraria, separación de la Iglesia y el Estado, asamblea constituyente revolucionaria) con reivindicaciones transitorias como la nacionalización de los ferrocarriles y de la bancay el control obrero de la industria, junto a la consigna de armamento de obreros y campesinos (ligada a la protección del pueblo contra los pronunciamientos militares reaccionarios) (Trotsky, La revolución española y las tareas de los comunistas, 24 de enero de 1931: 80-83).
[15] La derrota catastrófica de la izquierda, que pasó de 250 escaños a menos de 100, se debió en gran parte a su propia división, incapaz de mantener una política de frente único de cara a las amenazas en curso. Pero también debió mucho a las manipulaciones de la ley electoral, que concentraba el voto en las grandes coaliciones (Townson, 1994: 194).
[16] El día posterior al inicio de la huelga general (5 de octubre 1934), Lluís Companys, presidente de la Generalitat y dirigente de Esquerra Republicana de Catalunya, que proclamó desde el balcón del palacio el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. Es decir, una declaración de independencia frente al Estado español. No obstante, su bloque de gobierno había encarcelado a cuantos luchadores anarquistas pudo, entre ellos el famoso Durruti, y mantenía clausurados los sindicatos desde tiempo atrás.
El general Domingo Batet proclamó el estado de guerra, y bastaron unos quinientos soldados y unos cañonazos sobre las fachadas de la Generalitat y del Ayuntamiento para que el Estado mayor catalán se rindiera. Broué resume el desenlace en la traición de algunos catalanistas, las vacilaciones de la Esquerra y sobre todo, la abstención sectaria de la CNT anarquista, que se negó a participar de los combates contra el Estado en nombre de su pureza ideológica frente a los grupos nacionalistas (Broué y Témime, 1962: 63). El episodio anticipa la conducta que la burguesía republicana catalana repetiría en mayo de 1937, con el trabajo sucio de llenar las cárceles de militantes obreros consumado antes de la rendición
[17] Uno de sus primeros actos fue la amnistía de los militares implicados en el pronunciamiento de Sanjurjo, con la reintegración de los oficiales separados del servicio. Bajo la mirada benévola de Gil Robles, ministro de la Guerra entre 1934 y 1935, se cristalizó la Unión Militar Española. Este reagrupamiento clandestino era el centro de una trama que integraban Franco, el general Joaquín Fanjul Goñi, y el general Ángel Rodríguez del Barrio, mientras el coronel José Enrique Varela Iglesias mantenía el enlace, secreto, entre el ejército oficial y los grupos paramilitares ultraderechistas (requetés carlistas) (Broué y Témime, 1962: 41, 42).
[18] Julio Aróstegui (1985: 94) caracteriza la movilización reaccionaria de febrero de 1936 como un fenómeno impulsado por la burguesía agraria golpeada y a la defensiva; la cual actuaba, a su vez, como satélite de otros sectores del gran capital. El autor también comenta que núcleos importantes de la pequeña burguesía urbana (pero no toda ella) y agraria constituyeron las milicias de Falange y del carlismo (Aróstegui, 1985: 95). La pequeña burguesía fue movilizada esta vez contra un proletariado que volvía a activarse, en un país donde la memoria de Asturias funcionaba como esperanza para los obreros y como advertencia para las patronales.
