Publicamos el Prólogo de un libro inédito, del fallecido dirigente del Partido Obrero, Luis Oviedo: “Andrés Nin, León Trotsky y la Revolución Española”, próximo a su publicación. Oviedo desmenuza el drama de la política centrista llevada adelante por Andrés Nin, el dirigente del POUM. Un partido que rompió con la IV Internacional y que termino adhiriendo al Frente Popular. Impresionante trabajo que mantiene su actualidad porque es una crítica a las políticas centristas de sectores de la izquierda nacional e internacional
Andrés Nin es, por excelencia, el personaje trágico de una revolución trágica.
El drama de la Revolución Española, de la derrota cruenta del proletariado ibérico a manos de los sicarios del Frente Popular (prerrequisito indispensable para la victoria militar franquista) constituye uno de los acontecimientos más grandiosos, heroicos y, al mismo tiempo, y en otro sentido, miserables de la historia de nuestro siglo.
Las masas empobrecidas de España buscaron una y otra vez, en forma instintiva, pero no por ello menos sistemática, una salida en el camino del bolchevismo a la crisis revolucionaria en curso. Sostuvieron, al mismo tiempo, con una abnegación y heroísmo incomparables, una doble guerra civil. Una, la «oficial» contra la barbarie más extrema en la persona de las tropas «nacionales» del general Franco. La otra, la guerra sucia, la guerra sorda, la que en definitiva decidió la suerte de la revolución, que fue la que sostuvieron contra los agentes «democráticos» del capital, es decir con el Frente Popular, en defensa de sus propias organizaciones revolucionarias, los comités y las milicias, los soviets españoles.
La energía, el empuje, el instinto revolucionario del proletariado ibérico constituyen un acontecimiento grandioso que demuestra la determinación y el entusiasmo con que las masas se ponen en movimiento cuando defienden su revolución.
Frente a las masas españolas, obstaculizando el camino hacia su propio gobierno, no sólo estaba el general Franco sino también, y fundamentalmente, el Frente Popular, coalición de los partidos obreros y la sombra de la burguesía para enfrentar la revolución proletaria en marcha.
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Toda la podredumbre, la abyección, el cinismo y la miseria política de estos «líderes» se puso en movimiento para enfrentar, incluso con las armas en la mano cuando fue necesario, los esfuerzos de las masas por establecer su propio gobierno. La cantinela de la «defensa de la democracia” preconizada por los jefes del Frente Popular se convirtió en la marcha fúnebre de la revolución proletaria española.
Los líderes del Frente Popular, por su subordinación orgánica a la burguesía, por la constante ofensa el espíritu revolucionario de las masas, por sus continuos ataques a las organizaciones revolucionarias de los explotados fueron los principales responsables del triunfo del fascismo español.
Sintetizando la tragedia de la Revolución Española, León Trotsky escribía en 1939 «El proletariado español dio pruebas definitivas de una extraordinaria capacidad de iniciativa y de heroísmo revolucionario. La revolución fue llevada a la ruina por ‘líderes’ despreciables y completamente corrompidos.» [1]
Y agregaba que: «El proletariado español es el mejor material, la mejor fuerza revolucionaria que se haya visto en los últimos diez años. Y sin embargo, no es victorioso. Acuso a la Internacional Comunista y a la IIa* Internacional de impedir su victoria por su política pérfida, fundada en la cobardía frente a la burguesía y Franco.» [2]
No en vano Trotsky caracterizaba a los Frentes Populares como el último recurso, junto con el fascismo, interpuestos por la burguesía frente a la revolución proletaria.
Es en el marco de la catástrofe de la Revolución Española que la tragedia política de Andrés Nin encuentra su clímax.
“Todo el drama de Nin puede sintetizarse como el de un viejo revolucionario, con una moral incorruptible, profundamente honesto, que se convierte contra su voluntad, por la inconsistencia centrista de su política, en uno de los enterradores de la revolución proletaria. Inconsciente, pero no por ello menos culpable” -escribió León Trotsky. [3]
Su asesinato a manos de los pistoleros stalinistas pone de relieve, a la vez, la tragedia de la revolución y del propio Nin.
Andrés Nin fue uno de los típicos internacionalistas del movimiento revolucionario europeo de principios de siglo. Afiliado en su juventud a la izquierda del PSOE, rompe con la socialdemocracia y es uno de los fundadores del Partido Comunista Español. Presidente del Sindicato de Artes Liberales, secretario de la CNT barcelonesa, fue uno de los fundadores y dirigentes de la Internacional Sindical Roja, miembro del Partido Comunista de la Unión Soviética y del Soviet de Moscú. Expulsado del PCUS y de la URSS por trotskista. Al volver a España funda la Izquierda Comunista Española (ICE) sección de la Oposición de Izquierda Internacional,* y se convierte en su principal dirigente. En 1935, luego de su ruptura con la IVa* Internacional, funda el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) producto de la fusión entre la ICE y el grupo bujarinista de Joaquín Maurín, el Bloque Obrero y Campesino (BOC).
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La impresionante lista de sus detenciones policiales pone de manifiesto su militancia revolucionaria: preso de la monarquía española en diferentes oportunidades, de la República de Weimar de Alemania y de la República Francesa por sus actividades en la Internacional Sindical Roja, preso en las cárceles moscovitas por sus actividades oposicionistas, vuelto a España, preso de Primo de Rivera y de la República Democrática*, cayó asesinado en junio de 1937 a menos de agentes rusos y polacos de la GPU (policía secreta y de inteligencia soviética).
Las causas del asesinato de Andrés Nin por la camarilla moscovita no deben buscarse sólo en el escenario español.
Era evidente que el Frente Popular no podía derrotar a la revolución proletaria si no destruía a los partidos que, en la conciencia de las masas, reflejaban la fase ascendente de la revolución, a los comités, a los explotados en armas, a la insurrección de Barcelona. El stalinismo, agente consciente de la propiedad burguesa, debía destruir todas las fuerzas obreras a su izquierda para cumplir su misión.
Esta es una de las razones por las cuales se desata la represión contra el POUM. Pero no es la única.
1936 y 1937 son años de grandes crisis para la camarilla stalinista: le derrota de Alemania, el ascenso de la reacción en toda Europa, el colapso de la colectivización agraria y de la economía soviética en general, la necesidad de defender a toda costa sus ventajas materiales en el seno del Estado Obrero, su terror a la revolución empujan a los termidorianos a «purgar» los Partidos Comunistas de todo el mundo.
Miles de comunistas de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas)* y de todos los países son encarcelados, deportados, torturados, asesinados para «defender la patria socialista». La represión stalinista no solo iba dirigida hacia sus propios partidos sino hacia todos los elementos que pudieran jugar, en algún momento, un rol de reagrupamiento revolucionario, o aún de mera oposición a la burocracia.
La «punta del iceberg» de los baños de sangre stalinistas fueron los Procesos de Moscú, donde viejos dirigentes bolcheviques (todo el Comité Central de Octubre, excepto Lenin y Sverdlov, fallecidos, Trotsky, en el exilio, y obviamente Stalin) fueron juzgados por crímenes tan increíbles como inexistentes contra la «patria socialista».
Las torturas de todo tipo, la cárcel, las deportaciones, todos los métodos del terror más bárbaros fueron utilizados para que los acusados «confesaran sus crímenes».
Toda la hipocresía, cinismo y odio mortal por la revolución, que son los rasgos distintivos de la burocracia soviética, se ponen de manifiesto con una fuerza excepcional en los Procesos (de Moscú)*.
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Andrés Nin los denunció vigorosamente: «Stalin sabe perfectamente bien que, salvo alguno que otro de los acusados, los demás no son trotskystas. También se nos acusa de trotskystas a nosotros […] Afortunadamente España no es Rusia. Pero se trata de colocarla bajo su dependencia y control, cosa claro está contra la que nos levantamos con toda energía, y eso es lo que no nos perdona Stalin.» [4]
La detención de Nin, para la burocracia soviética cumplía un doble objetivo: a) golpear y pisotear al POUM, como un aspecto más de su ataque a la revolución española, y b) obligar a Nin a confesar, utilizando la tortura y los métodos terroristas de la GPU, su «relación con los fascistas y la de estos con Trotsky». El objetivo era montar una gigantesca farsa contra Trotsky y la IVa* Internacional con las «confesiones» de Nin.
Pero Nin no confesó. Enfermo, resistió a la tortura de los raptores. Nin podía haber cometido grandes errores, de gran magnitud, pero no era un traidor. El «proceso» contra Nin, Trotsky, el POUM y la IVa Internacional se había esfumado al chocar con la intransigencia de Nin. Para los stalinistas entonces, la única salida era el asesinato.
Fue antiestalinista, «crimen que pagó con su vida», pero eso no le alcanzó a Nin para convertirse en el conductor revolucionario de las masas españolas.
La tragedia de la revolución entronca con el drama de Nin. A pesar de su foja de servicios revolucionarios, el dirigente español fue incapaz, por su hibridez política, por su tendencia a conciliar el marxismo y el oportunismo, el menchevismo y el bolchevismo, de construir la herramienta revolucionaria, el partido [revolucionario] (que llevará) [debía conducir] al proletariado al poder.
La Izquierda Comunista Española estaba en una posición inmejorable para convertirse en el partido revolucionario del proletariado español. No llegó a serlo por su centrismo y su subordinación a los aparatos burocráticos.
Es aquí donde el hombre y la revolución se entrecruzan, se interpenetran. La esencia de la tragedia del proletariado español fue la inexistencia de un verdadero partido revolucionario bolchevique-leninista; la tragedia de Nin fue su incapacidad de constituirse, por su centrismo, en el principal constructor de ese partido.
La personalidad de Nin, su moral inquebrantable no lo absuelven, ni mucho menos, de los fundamentales errores políticos cometidos. Su heroísmo frente a sus raptores y el de los militantes del POUM en los frentes de batalla no podrán borrar jamás la trayectoria política del centrismo español.
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La crítica de estas posiciones políticas es el objeto de este ensayo.
Pero no es sólo el papel jugado por Nin y su partido en el escenario de la Revolución Española lo que atrae la atención sobre sus posiciones políticas.
Hoy, a casi cincuenta años de su asesinato, la política poumista, es decir centrista, no marxista, se mantiene aún fuerte y lozana. El apoyo o los Frentes Populares, la subordinación política al stalinismo, a la socialdemocracia y los aparatos contrarrevolucionarios, son hoy moneda corriente entre los llamados trotskystas. Partidos que se reclamen de lo IVa Internacional, socialistas revolucionarios dicen, calcan y aún profundizan la política pomuista, o pesar de no reconocerlo oficialmente (el Secretariado Unificado; el MAS-PST argentino, la OCI francesa y sus respectivas corrientes internacionales).
Pero a diferencia de Nin, quien cayó víctima del stalinismo, sus modernos discípulos, además de subordinarse a los aparatos, los alaban y los ensalzan. Es más, han llegado a la osadía de saludar al Partido Comunista Argentino en ocasión del fallecimiento de uno de los asesinos da Andrés Nin, el agente stalinista Rodolfo Ghioldi.
Hoy la política de Nin, es decir el abandono del marxismo revolucionario en favor del centrismo pequeñoburgués es el lugar común de los seudo-trotskystas.
La crítica de estas posiciones políticas es un deber ineludible para los grupos, tendencias y partidos que luchan por reconstruir le IVa Internacional, como partido mundial de la revolución socialista, bajo las sólidas bases del Programa de Transición.
Este ensayo es un intento en ese camino.