El domingo 25, a la mañana, Flávio Bolsonaro se despertó inquieto. Era el día de la segunda vuelta de votación para la candidatura presidencial. Y, a pesar de que él le había ganado a Lula (47,03% a 45,16%) en la primera vuelta por 1,87% de los votos; que cerca de un 8% de los votos restantes estaban repartidos entre partidos de derecha que se presuponía tenían afinidad con su lista y que el 95% de las encuestas previas daban como ganador al Partido Liberal (PL) de Bolsonaro, tenía un mal presentimiento.
No era una sensación infundada: había sufrido ver cómo se había despertado, a iniciativa de la juventud estudiantil, una amplia movilización popular. Las calles de las grandes ciudades y en todo Brasil, se llenaban de decenas y centenares de miles de manifestantes en apoyo a la lista de Lula y con consignas de “Bolsonaro nunca mais”. El día anterior a la elección, se calcula que hubo cerca de 1,5 millones de personas manifestando en la Avenida Paulista, en el centro de San Pablo, en quizás la “mais grande manifestação” de la historia brasileña. Esta ola de movilizaciones había obligado a Flávio Bolsonaro a cambiar, días antes, su voto y el de su bancada en el Senado, para que se tratara y aprobara la derogación del régimen laboral del 6 x 1, reduciendo la semana laboral en 4 horas de trabajo (de 44 a 40 horas) sin reducción salarial, con un nuevo régimen de 5 x 2 (5 días de trabajo por 2 de descanso). Inicialmente las corrientes ultraderechistas se habían propuesto que no se votara para poder modificarla, luego de las elecciones, a favor de los reclamos patronales. Incluso después de haberse visto obligado a votarla (fue aprobada con el voto unánime de todas las bancadas, menos el de un bolsonarista), Flávio le prometió a las patronales que cuando asumiera la presidencia y el nuevo parlamento, en enero, la modificaría. La trascendencia de esta promesa propatronal incentivó, aún más, la movilización popular contra la derecha.
Efectivamente, el mal “presagio” se cumplió inevitablemente. Entre el 4 y el 25 de octubre, la lista de Lula aumentó más de 10 millones de votos y se impuso ampliamente al derechista Bolsonaro (51,79% a 48,21%), una diferencia de 3,58%.
El vuelco se dio especialmente en las grandes ciudades: ganó en la capital de San Pablo y las principales ciudades del cordón industrial del Gran San Pablo; también en Porto Alegre donde se había impuesto un recalcitrante derechista como gobernador y Bolsonaro obtuvo un resonante triunfo en primera vuelta; aumentó considerablemente en Río de Janeiro, Recife, Brasilia, etc.; en Minas Gerais, el tercer distrito electoral de Brasil, pasó de haber perdido el 4 de octubre a ganar ahora; en los estados del noreste donde habitualmente gana el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, directamente mató. Fue imparable.
Crisis en la derecha
Demudado por lo abrumador de los resultados, a última hora del domingo 25, Flávio Bolsonaro cerró el acto en su búnker electoral, planteando que no iba a reconocer el triunfo de Lula y que apelaría reclamando la anulación de la elección y la convocatoria a un nuevo proceso electoral.
Trump y su Secretario de Estado, Marco Rubio, se llamaron a silencio largo tiempo, para luego declarar el magnate que era “neutral” y que “le gustaba Lula” pero… que la elección había estado “amañada” y no era clara.
Milei, que había viajado en el proceso preelectoral a Brasil a realizar campaña a favor de Bolsonaro atacando de “comunista”, “chorro” y la sarta de insultos a la que nos tiene acostumbrados a Lula, y que había declarado, jactanciosamente, que lugar donde él iba, ganaba la derecha “honesta”, hizo mutis por el foro.
La derecha, que estaba confiada de que iba a imponer en el marco de la ofensiva trumpiana (aumento de los aranceles a las exportaciones brasileñas; intervención de Meta para bloquear los Facebook, Instagram y WhatsApp del frente lulista, y un sinfín de etcéteras más) a Bolsonaro en el poder, quedó desconcertada.
La derecha brasileña terminó abandonando rápidamente a Flávio Bolsonaro. El gobernador derechista de San Pablo, Tarcísio de Freitas, fue uno de los primeros. Los candidatos de otras fuerzas derechistas de la primera vuelta, también. Renan Santos, del Partido Misión, que salió cuarto en la primera vuelta sacando 2,7 millones de votos (2,24%), llamó a sus seguidores a que no se unieran a los partidarios de Bolsonaro en las eventuales protestas contra la victoria de Lula: «No salgan a las calles. Este podría ser mi último ruego a quienes se autodenominan de derecha» (O Globo, 26/10). La derecha quedó desintegrada. Elementalmente entendía, desde Trump para abajo, que cualquier impugnación al triunfo electoral de Lula podría -en condiciones del terrible ascenso de las movilizaciones populares- provocar un estallido imposible de controlar y reprimir. El propio presidente, Valdemar Costa Neto, del Partido Liberal (por el que se presentó Flávio Bolsonaro), sacó una declaración pública oficial reconociendo el triunfo electoral de Lula y desautorizando a Flávio Bolsonaro.
Milei había sido enviado por Trump a Brasil, el 25 de julio pasado, para participar en el Congreso del Partido Liberal que proclamó a Flávio candidato presidencial de la derecha. Llevar adelante el plan de la “motosierra”, que propugnaba Milei y que Bolsonaro y Trump adoptaron en primera instancia, más aún con el triunfo en la primera vuelta, habría sido un salto al vacío ante el desarrollo en flecha de la movilización popular, lo que hasta el aventurero de Trump se dio cuenta de que no se podía hacer. Recordemos que la candidatura de Flávio Bolsonaro fue bastante resistida originalmente por la derecha, una parte de la cual hubiera preferido la del gobernador de San Pablo, Tarcísio de Freitas. Este lograría su reelección en primera vuelta, aplastando al exministro de Hacienda de Lula, Fernando Haddad, por 63 a 36% (pero Bolsonaro solo sacó el 51% en primera vuelta, subiendo al 53% en la segunda, solo una diferencia de 2 puntos; mientras que Lula pasó del 38 al 46%, una subida de 8 puntos).
Bolsonaro es una Corina Machado
En este cuadro de movilización y radicalización popular, Flávio Bolsonaro fue descartado. Se transformó en una Corina Machado, la derechista que fue sacada de Venezuela por Trump para sostener al gobierno madurista frente a la amenaza de marchar a una guerra civil (ya sabemos del trabajo de cooptación/capitulación del nacionalismo chavista realizado posteriormente por Trump). El llamado de Flávio Bolsonaro a impugnar la elección y resistir amenazaba con una nueva opereta golpista como la de enero de 2023, donde una horda cívico/militar tomó por asalto la sede del gobierno en el Planalto de Brasilia. Reiteramos: amenazaba con transformarse en una guerra civil, en condiciones de un alza de movilizaciones y creciente radicalización de masas.
Al día siguiente de la elección, Bolsonaro fue acusado (nuevamente) por Alexandre de Moraes, miembro del Supremo Tribunal Federal (STF), la Corte Suprema de Justicia de Brasil, de una larga serie de cargos que se vienen procesando desde hace tiempo (lavado de dinero en paraísos fiscales, financiamiento ilegal de banqueros y del exterior, etc., etc.). Y le fue notificada la prohibición de salir del país. Flávio Bolsonaro tiene inmunidad parlamentaria hasta febrero de 2027: no iba a ir preso, de ninguna manera. Era una presión para que cediera en sus declaraciones, modosamente altisonantes, de impugnar las elecciones. Fue una “invitación” a que pasara al exilio político. Ya Trump, insistimos, había anunciado tarde a la noche del domingo 25 que él era “neutral” y hasta “amigo” de Lula, desautorizando de hecho las declaraciones belicosas de Flávio Bolsonaro.
La “fuga” de Bolsonaro/Machado
Ahí se armó la “fuga” de Bolsonaro. No temía por su vida. Obedecía las órdenes de Trump y la derecha de que debía abandonar su rol de dirigente de la oposición a Lula. La fuga fue organizada por el gobierno norteamericano, con participación protagónica del gobierno de Milei y… complicidad del lulismo. Durante todo el día martes se estuvo denunciando que Bolsonaro había huido hacia Puerto Iguazú, Argentina, donde pensaba tomar un avión para asilarse en Estados Unidos. Mientras la Cancillería argentina lo negaba, las actas de Migraciones reconocen que Bolsonaro y su familia cruzaron a la Argentina a las 22 horas. Y, finalmente, un comunicado de la Cancillería a las 2 de la madrugada de hoy reconoce que Bolsonaro ingresó a la Argentina (tierra de “asilo” a refugiados bolsonaristas, golpistas buscados, procesados y sentenciados, apañados por Milei). En estos momentos, Bolsonaro y su familia están volando hacia un exilio dorado en Estados Unidos. Esta “fuga” no hubiera sido posible sin la complicidad de la administración lulista: ¿Flávio y su familia (esposa y dos hijas) recorrieron 1.300/1.600 kilómetros desde Brasilia hasta Foz de Iguazú sin ser detectados durante todo el día martes? Más aún: ¿con una policía que lo venía investigando en forma consecuente? ¿Y sin que las autoridades migratorias de la Triple Frontera hubieran bloqueado su salida de Brasil? De ninguna manera. Se trató de una “fuga” organizada por la ultraderecha de Trump/Milei y el “dialoguismo” lulista. Ya antes de emprender su “fuga”, Flávio había retirado su pedido de anular la elección.
La derecha brasileña entraba en una etapa de debate y recomposición, señalando que no estaba dispuesta a colocar en la dirección de la oposición a un exiliado (Flávio) o a un preso (Jair).
El “relativo” desplome del mercado
Al día siguiente de la elección, se desplomaron los mercados de bonos y acciones en Brasil. El dólar se devaluó un 8% y los títulos cayeron un 14%. Esto fue interpretado, en el marco de las declaraciones de Flávio Bolsonaro desconociendo el resultado electoral que le dio el triunfo a Lula, como el inicio de un “golpe de mercado” que preanunciaba acciones similares en el plano político.
Pero… hay que relativizarlo. Cuando ganó Bolsonaro en la primera vuelta, el 4 de octubre pasado, los “mercados” dieron un salto similar al revés: el dólar se revalorizó (5%) y acciones y bonos subieron considerablemente (8%). Según La Nación (6/10), fue en parte una medida especulativa. Eso se debió al entusiasmo por el fuerte avance derechista en la elección de gobernadores y legisladores, y el triunfo de Bolsonaro en la primera vuelta, que anticipaba un próximo gobierno que iría a ejecutar “un ajuste fiscal que todavía no ocurrió”. El mercado “empezó a pagar por anticipado la posibilidad de un cambio en la política económica y, especialmente, de un mayor ordenamiento de las cuentas públicas”. Sabiamente, un economista brasileño advirtió que “un Congreso de derecha no significa automáticamente un Congreso fiscalista”. “Existe”, señaló, “una distancia entre las expectativas que despertó el resultado y la capacidad de llevarlas a la práctica. De eso dependerá cuánto del movimiento podrá sostenerse”.
El diario La Nación arriba nombrado concluía: “Todos los escenarios alcistas tienen una condición: el mercado ya empezó a pagar por un ajuste fiscal que todavía no ocurrió”.
Y fue lo que pasó: las masas intervinieron protagónicamente con sus marchas y concentraciones, hundiendo los planes de ofensiva bolsonaro/mileístas en el huevo de la serpiente. La derrota electoral de Flávio produjo un desplome de los “mercados”. Fue no solo la contrapartida de la especulativa suba del lunes 5 de octubre, sino también un elemento de presión para “ayudar” a definir la política de Lula. Lo que veremos más abajo.
La realidad económica brasileña
Se escuchó, en el proceso preelectoral, la opinión de centroizquierdistas de que la “macroeconomía” brasileña era floreciente. Por eso no se podían explicar por qué había perdido Lula en la primera vuelta. El propio Lula decía que era por un problema de “insuficiente comunicación” sobre los logros de su gobierno. En realidad, era un maquillaje que ocultaba que salarios y jubilaciones no alcanzaban a sostener la economía familiar del 80% de la población, que no llegaba a fin de mes y estaba endeudada en forma usuraria a bancos, financieras y tarjetas. Por eso Lula perdió la primera vuelta electoral: porque hubo repulsa de sectores de la población que no fueron a votar o lo hicieron tras las promesas demagógicas de la derecha. Bolsonaro hizo campaña electoral en las puertas de los supermercados señalando que no se podían comprar los alimentos por el aumento constante de precios y tarifas (algo parecido a la situación argentina donde mileístas insisten en que la inflación bajó, pero la plata no alcanza para vivir, mientras el gran capital se enriquece con las “bondades” de la macroeconomía) y que era necesario un “cambio”. Para enfrentar esta desmoralización, Lula tuvo que aumentar el subsidio Bolsa Familia (que estaba congelado hace tres años) para pobres y desocupados, en un modesto 15%. Y empeñarse en hacer aprobar la derogación del superexplotador régimen laboral de 6 x 1 que fue lanzado en forma independiente hacía tres años y fue siendo limado en sus alcances y beneficios. El endeudamiento de las familias trabajadoras Lula lo adjudicó al juego online de apuestas deportivas que prohibió (pero que ahora el parlamento deberá aprobar) y no a los bajos salarios y al trabajo en negro.
La economía brasileña está jaqueada por un déficit fiscal de casi el 10% del PBI. Pero el déficit primario llega “apenas” al 0,62%. La casi totalidad del déficit se debe al pago de intereses de la deuda pública (de más del 90% del PBI). Esto es lo que está hundiendo la economía de Brasil y descargando “ajuste” tras “ajuste” sobre la economía de supervivencia de las masas trabajadoras. El que vino manteniendo esta situación durante los últimos años es Lula y su ministro de Hacienda, el masivamente repudiado Haddad. Lula ha hecho votar en agosto, entre gallos y medianoche, un proyecto que limita notablemente los gastos en materia de salud y educación pública y gastos sociales. Que es lo que se presentará en el presupuesto para el 2027. Ya había hecho aprobar, parlamentariamente, en los inicios de su mandato en el 2023, el llamado Arcabuz Fiscal, que prohíbe o limita terriblemente aumentar partidas presupuestarias en gastos sociales. O, como dice Milei, sin decir de dónde se van a sacar los fondos para hacer esto realidad.
La orientación estratégica es la de más ajuste fiscal, para reducir más todavía los gastos sociales presupuestarios y garantizar -como hace Milei- el pago riguroso de la deuda pública usuraria, que está no solo en manos del gran capital financiero mundial, sino también de la burguesía brasileña. No hay salida económica a la crisis brasileña que no parta del NO pago y desconocimiento de la deuda pública usuraria con los grandes capitalistas extranjeros y nativos. Lo que debiera ir acompañado por la nacionalización de la banca y del comercio exterior, bajo control de los trabajadores. La fabulosa riqueza que producen los trabajadores de Brasil lo ha llevado a ser considerado la sexta potencia económica productiva, pero ocupa el quinto lugar de los países más desiguales del mundo (el 10% más rico de la población concentra el 60% de la renta nacional, mientras que el 50% más pobre se reparte apenas el 9%).
Lula se comprometió durante toda la campaña electoral a mantener y profundizar el actual esquema para bajar el déficit fiscal, sin tocar el religioso pago de la deuda pública. Lo que significa aumentar los impuestos a las ganancias capitalistas y dejar de pagar la usuraria deuda pública o… seguir ajustando al pueblo trabajador.
Las tasas de interés altas, que se mantienen hace años, son un aliciente para la llegada de capitales especulativos que vienen a “invertir” en el “carry trade” (para beneficiarse con un dólar planchado, mientras se engorda el capital con altas tasas en cuentas de renta fija, para luego cambiarlos con altos beneficios en dólares y fugarlos).
Sectores del gran capital están preocupados por los nuevos gastos (aumento del Bolsa Familia, etc.) volcados por Lula al calor de la lucha electoral: temen un desmadre “populista” bajo la presión popular. Pero Lula ha insistido en que no va a renunciar de ninguna manera al ajuste para eliminar el déficit fiscal. El ministro de Hacienda, Darío Durigan, declaró ayer, en conferencia de prensa, que se están preparando reuniones –en el período de transición a la asunción del “nuevo” gobierno, el 5 de enero próximo– con economistas, técnicos de Bolsa y políticos, para “calmar preocupaciones” y consensuar el plan a desarrollar.
Gobierno de coalición con la derecha
En su discurso de cierre postelectoral, Lula ha señalado, ante las preocupaciones existentes por el dominio derechista en el nuevo Parlamento que va a asumir en enero, que piensa gobernar en acuerdo con el Congreso. Es decir, en acuerdo con la ultraderecha, en acuerdo con los gobernadores derechistas, en primer lugar, Tarcísio de Freitas de San Pablo. Para ello, constituiría un “gobierno de coalición nacional”, integrando un “gabinete de coalición nacional”, negociando e incorporando derechistas en los 39 ministerios vigentes (cosa que ya hizo en parte en el gobierno actual). Vamos hacia un cogobierno de Lula no solo con el Centrão (el bloque de centro parlamentario), sino con sectores de la ultraderecha. Para dar garantías a la derecha había hecho trascender que promovería como ministro de Economía al vicepresidente actual, el liberal Geraldo Alckmin (o quizás al actual ministro de Hacienda, Darío Durigan, que viene de anunciar el mantenimiento de los planes de ajuste fiscal).
La burguesía apela al recurso del Frente Popular
La poderosa movilización de masas, radicalizada con consignas antifascistas y antiimperialistas, entre el 5 y 25 de octubre fue un emergente que no figuraba en los cálculos ni de Trump, Bolsonaro o Milei y tampoco de Lula. Hubo infinidad de críticas de dirigentes del PT al carácter institucional de la campaña electoral en la primera vuelta. Las intervenciones televisivas de Lula versus Bolsonaro fueron relativamente insípidas: no hubo propuestas de cambio social, solo chicanas y choques (en los que Lula muchas veces se impuso, como cuando hizo retroceder a Flávio cuando se mofó de los 9 dedos de Lula, producidos por un accidente laboral).
No hubo propuestas de cambio social porque Lula no las tiene. Lula se considera un experto en desmontar situaciones conflictivas de ascenso de masas. En el 2002 asumió su primera presidencia prometiendo que iba a impedir que en Brasil estallara un “brasileñazo”, como el “argentinazo” que se venía de dar en el país vecino.
El gobierno del Frente Amplio de la Esperanza es un frente de colaboración de clases donde los trabajadores pierden su independencia y cohesión, subordinándose a los intereses de las clases capitalistas. El PT dirige la Central Obrera (CUT) y demás centrales de explotados (estudiantes, campesinos, inquilinos) y todas ellas han sido vaciadas de contenido clasista y de lucha por las reivindicaciones de los trabajadores. Así fue como Temer y Jair Bolsonaro lograron imponer la reforma laboral y previsional reaccionarias y antiobreras y la precarización laboral, el retroceso en materia social, en salud y educación pública, el avance de la privatización y entrega de empresas públicas.
Lula ha insistido en el gran aporte de las redes y de su cambio personal para realizar selfies y streamings (que debe haber sido importante) y ha “prometido” usar las enseñanzas de la campaña electoral en su próximo gobierno. ¿Hará más selfies? ¿Tendrá un programa de streaming para promover los logros de su gobierno? ¿Abrirá un WhatsApp para que escriba quien quiera? Son cambios cosméticos. Los graves problemas sociales y nacionales han sido dejados de lado. En materia de seguridad ha instaurado, en el transcurso de la campaña electoral, la baja de la edad de imputabilidad para juzgar penalmente a los menores a los 16 años (compitiendo con Bolsonaro, que proponía bajarlo a los 14). Ahora se ha comprometido a reforzar la represión creando nuevas cárceles e interviniendo el gobierno federal en la seguridad de las provincias, que hasta ahora dejaba solo en manos de los gobernadores. En materia de jubilados y mujeres se comprometió a elaborar protocolos para que sean tratadas con respeto. Pero lo que necesitan los jubilados es un aumento de sus jubilaciones y una medicina 100% gratuita y eficiente en tiempo real (lo que significa aumentar el presupuesto de salud, que los planes de ajuste quieren achicar). Las mujeres, por supuesto que necesitan “respeto” que el capitalismo no les puede dar, pero es urgentemente necesario legalizar el derecho al aborto gratuito para salvar la vida de decenas de muchachas muertas o mutiladas por prácticas clandestinas, a lo que el gobierno de Lula se ha opuesto.
La “democracia” contra los trabajadores y la juventud
Numerosas organizaciones, dirigidas por el PT y otras direcciones, han planteado que no se debe abandonar la movilización de las calles que irrumpió en la campaña electoral. Consideran que es clave para combatir a la derecha y al fascismo. El Movimiento Sin Tierra (MST), que nuclea a masas campesinas, planteó en una carta pública que “la lucha contra el fascismo y la ultraderecha no se decide únicamente en las elecciones, ni en los tribunales. (…) que la ultraderecha solo puede ser derrotada mediante la movilización, en las calles y en línea, con organización y participación”, indispensable para enfrentar a un Parlamento dominado por sectores conservadores, transformar un sistema tributario “que beneficia a los ricos y perjudica a los pobres” y lograr que sea “la voluntad popular, y no el dinero de los banqueros, la que decida el rumbo del país”.
La dirigente Bianca Borges, dirigente de la UNE, la central estudiantil que más se movilizó en la campaña electoral contra Bolsonaro, ha llamado a “los estudiantes a permanecer vigilantes en defensa de la democracia”. Ha definido la estrategia de la central estudiantil como de “resistencia democrática activa, sostenida por la ocupación permanente del espacio público” (léase la movilización).
En el movimiento sindical, ha salido una declaración (25/10, 21 horas) de un conjunto de centrales, encabezadas por la CUT, planteando que ahora el gobierno debe seguir “construyendo un futuro de desarrollo, justicia social, soberanía y una vida mejor para todos”. Pero la vida de las grandes mayorías trabajadoras no cambió, sino que se deterioró más, bajo el gobierno de Lula. Es necesario no profundizar ese camino, sino cambiarlo, tomando las organizaciones obreras las reivindicaciones del pueblo trabajador y organizando la lucha para imponerla. La CUT plantea que la gran movilización popular que llevó a la derrota de Bolsonaro “debe transformarse en participación permanente, organización social y capacidad para formular nuevas respuestas a los nuevos desafíos”. Adopta una política “participacionista”, de integración de la burocracia de los sindicatos en el gobierno del frente popular lulista. La declaración de la burocracia de la CUT insiste: “Ningún gobierno logrará estas transformaciones por sí solo. La fuerza que vimos en las calles debe mantenerse presente en la sociedad y ocupar un lugar en el gobierno. Necesitamos transformar la movilización en organización, la esperanza en participación…”. La burocracia quiere integrarse físicamente al gobierno, “ocupar un lugar en el gobierno”. Una política “participacionista” es ser parte del gobierno de turno, adoptar una posición de colaboración de clases con gobierno y patronales, en aras de un inexistente “bien común”. Los trabajadores necesitan una política independiente en sus organizaciones. Que se concentre en la defensa y lucha por sus reivindicaciones en primer lugar y que adopte la lucha estratégica por una posición de liberación social de la clase obrera y la sociedad: la lucha por un gobierno de los trabajadores. ¡No al participacionismo! ¡Independencia política y organizativa de la clase obrera y los explotados!
Si los trabajadores emprenden una lucha por sus reivindicaciones y el parlamento “democrático” vota en contra, ¿debemos acatar la “resolución” antiobrera del congreso? ¿O ir a la huelga general para imponer nuestro reclamo por la fuerza social de la masa obrera y explotada?
La “defensa de la democracia” se transforma así en un arma contra la lucha y reivindicaciones de los trabajadores. El parlamento surgido de las elecciones del 4 de octubre estará dominado por la derecha y representantes de las patronales. Lula ha declarado: “Yo no elegí el Congreso. El pueblo lo eligió, y es con ellos con quienes votaré, trabajaré y aprobaré las cosas.» Esto lleva a la impotencia al colectivo obrero y popular.
Estamos frente a un parlamento claramente antiobrero. La elección del 25 de octubre actuó como un plebiscito dando un rechazo al bolsonarismo y la derecha. Si el parlamento rechaza un reclamo de las masas, ¿nos tenemos que quedar en el molde hasta una próxima renovación parlamentaria años más tarde?
No debemos postergar la lucha reivindicativa porque provocaría a la derecha que rompería con el gobierno. ¿Para qué se han creado los sindicatos y centrales de masas? Para luchar, en forma independiente, por sus reivindicaciones. En cambio, las burocracias quieren subordinar a las organizaciones obreras y de los explotados a que sean organismos que elevan peticiones y que pueden llegar a movilizarse para presionar a las bancadas legislativas a que las voten.
La reforma laboral y la reforma previsional son reaccionarias y antiobreras: fueron impuestas por la fuerza por los gobiernos derechistas. Es necesario derogarlas. Para ello no hay otro camino que el de la lucha de los trabajadores organizados.
Más que nunca hay que organizar el reclamo de las reivindicaciones de masas por la recuperación de las conquistas perdidas y la actualización de salarios y jubilaciones. Y ese reclamo está dirigido al poder político, al poder ejecutivo y al poder legislativo.
Necesidad de un programa reivindicativo y político independiente (y de una organización que lo lleve adelante)
La derrota del bolsonarismo ha sido producto de la movilización popular. Eso ha empoderado a las masas protagonistas y dado confianza. Hemos despejado, momentáneamente, una amenaza fascistizante directa contra nuestra organización y movilización. Pero ahora se trata de retomar el programa de lucha de los trabajadores. Es necesario que se hagan asambleas y plenarios en fábricas, lugares de trabajo y estudio, autoconvocados y arrancados a las direcciones sindicales. Allí debatamos y elaboremos pliegos reivindicativos para elevar a las patronales y al gobierno para recuperar nuestras conquistas: aumento de salarios y jubilaciones del 30% de emergencia; derogación de la reforma laboral y previsional; eliminar el trabajo precario: todo el mundo laboral en blanco. Los estudiantes y docentes deben reclamar por un aumento del presupuesto educativo que permita salarios dignos para los trabajadores de la educación y la ampliación del sistema público. Lo mismo respecto a la salud. No al pago de la deuda pública. Nacionalización de la banca sin pagar indemnización alguna y del comercio exterior. Renacionalizar al 100% Petrobras, colocándola bajo control de sus trabajadores. Militar con la perspectiva de convocar a un Congreso Nacional de Trabajadores para que se elabore un programa reivindicativo y votar un plan de lucha que permita imponerlo. En esa perspectiva no dejar aislada ninguna lucha de los trabajadores o explotados: coordinar la solidaridad activa para imponer su triunfo.
La izquierda que se reclama marxista (recordemos que Lula dice que él no es de izquierda) no ha logrado superar un desarrollo relativamente raquítico. En las elecciones de primera vuelta, de conjunto ha llegado al 0,4%. Es necesario marchar a un Plenario Nacional de Trabajadores y de la Izquierda para discutir la perspectiva de un programa y un método común que permita unir fuerzas en la agitación y lucha política nacional.
Repercusión Internacional
La derrota de Bolsonaro es la de Trump y Marco Rubio en primer lugar. En todo el planeta las corrientes obreras y de izquierda han recibido con beneplácito la derrota de este intento de conquistar para la ultraderecha el dominio total del continente latinoamericano y de golpear la formación del “Escudo de las Américas” que promueve la intervención directa del imperialismo contra gobiernos y pueblos que no se sometan incondicionalmente al trumpismo guerrerista.
Pero, quizás donde más impacte es en la Argentina. Las masas brasileñas se han movilizado y votado contra la motosierra de Milei. En las marchas y concentraciones se escuchaban consignas contra Milei y se denostaba a su régimen de ataques a jubilados y trabajadores. Un video filmado en Fate, la fábrica ocupada hace nueve meses contra un lockout patronal, apoyando solidariamente la movilización contra Bolsonaro, fue fuertemente aplaudido en las concentraciones populares. El triunfo de los trabajadores de Brasil contra Bolsonaro intentará ser utilizado por sectores peronistas para plantear la necesidad de formar un frente lo “más amplio posible” en Argentina, en torno al peronismo para intervenir en las elecciones de fines de octubre del 2027, dentro de un año. (No hablamos del ex (¿?) kirchnerista Moreno que llamó a votar a Bolsonaro.) El peronismo, en todas sus variantes, se ha plegado abierta o solapadamente, con una política colaboracionista al mileísmo, votándole leyes reaccionarias y antiobreras (reforma laboral, etc.), dividiendo la movilización obrera y popular. Algunos de sus referentes que no van a las concentraciones y marchas populares frente al Congreso, han viajado ahora a Brasil para sacarse una foto con Lula. Pretenden regimentar a la izquierda independiente y a los luchadores en Argentina detrás de un frente electoral dirigido por un burgués que no piensa de ninguna manera derogar las “conquistas” reaccionarias del mileísmo. Por el contrario, están contentos con que este realice el ”trabajo sucio” de avasallar las conquistas de los trabajadores y el pueblo explotado.
No a los avances de la derecha fascistizante, no a los frentes populares de colaboración de clases. Por un frente de izquierda y los trabajadores que bajo banderas de independencia política y revolucionarias organice a las masas trabajadoras para su lucha política y reivindicativa con la perspectiva de imponer un gobierno de trabajadores.
