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China y el siglo de la humillación nacional

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China y el siglo de la humillación nacional

Las Guerras del Opio, la Rebelión Taiping y el levantamiento Bóxer


El 1° de octubre de 1949, Mao Zedong proclamaba la República Popular China, como corolario de la guerra civil victoriosa contra el Kuomintang  de Chiang Kai-shek,  afirmando en su discurso: «Nuestro país nunca volverá a ser ofendido». El estudio de la Revolución China es inseparable del análisis histórico y político de los cien años previos conocidos como el Siglo de la Humillación Nacional que comenzó con las derrotas chinas en las Guerras del Opio de  mediados del Siglo XIX. Este  período  histórico estuvo marcado a fuego  por el desmembramiento de China, la larga dominación del colonialismo inglés,  la injerencia militar y territorial de las  potencias imperialistas, los oprobiosos  «tratados desiguales», las rebeliones contra la descompuesta dinastía manchú, las  guerras nacionales contra  las invasiones extranjeras,  los  movimientos campesinos de masas contra la opresión feudal e  imperial, y la lucha por la unidad política de la nación china.

 Los hitos históricos más destacados  fueron  junto a las dos  Guerras del Opio , la Rebelión  campesina Taiping , el Levantamiento nacional  de los Boxers, la proclamación de la República China en 1912 , la resistencia a la ocupación  de Manchuria  y la lucha antijaponesa durante la Segunda Guerra Mundial,  y la victoria  de Mao Zedong y el Partido Comunista Chino ( PCCh). En sus escritos, el líder chino afirmó que esta larga lucha forjó la conciencia  política  nacional, antifeudal y antiimperialista del pueblo chino que llevó a la victoria  al Partido Comunista.

La primera Guerra del Opio

La primera de estas guerras cubrió los años de 1839 a 1841 culminando con la cesión del territorio de  Hong Kong a Gran Bretaña, con el Tratado de Nankín.  Sobre fines del siglo XIX sobrevendría el arriendo de este importante puerto chino a Gran Bretaña por 99 años. La entrega de Hong Kong inauguró  los llamados » tratados desiguales»   (coloniales) firmados por la Dinastía Qing (manchú). Estos le garantizaron al Imperio inglés  y a los mercaderes británicos el libre comercio con China   y  la introducción del opio como mercancía en vastas regiones de  la nación  asiática.  Inglaterra se abrió paso a cañonazos liquidando las tarifas aduaneros y el proteccionismo chino.

Karl Marx escribió varios artículos denunciando duramente el colonialismo británico y la explotación económica de China por parte de las potencias occidentales. «La guerra del opio – afirmó-  no es una guerra por la libertad del comercio, sino una guerra por la libertad de destruir la industria china y saquear sus riquezas» (Marx, 1857). Hasta el inicio de la Guerra del Opio, el comercio inglés con China estaba limitado a Cantón y prohibido  con otras ciudades. En 1699 la Compañía de las  Indias Orientales  británicas había obtenido ese privilegio monopólico  después de una incursión naval de hostigamiento  al  puerto cantonés.  El sistema establecía  entonces  que la Compañía de las Indias  Orientales debía  comerciar   exclusivamente a través de un grupo monopolista chino,  el único con  derecho a vender las mercancías importadas en el territorio continental. 

 Entre las muchas restricciones impuestas  por los manchúes a Gran Bretaña  -para defender la economía autosuficiente china- se prohibía bajo pena de muerte que los ingleses aprendieran o hablaran el idioma local y  que  viviesen por fuera de una zona demarcada en el puerto de  Cantón.  La derrota de China  en la Guerra del Opio fue abrumadora. La  moderna armada inglesa  barrió a los juncos  chinos, que eran  embarcaciones de madera, utilizando buques artillados y de vapor. El convoy enviado por Gran Bretaña como represalia por la quema de toneladas de opio en Cantón,  incluyó un acorazado de primera generación que hizo estragos en las precarias  defensas chinas.  Con una dotación militar de apenas 4000 soldados,  la armada inglesa dejó fuera de combate al numeroso, pero primitivamente armado ejército manchú. Desde los primeros enfrentamientos, un sector del gobierno imperial buscó un acuerdo con las fuerzas invasoras.

 El resultado fue desastroso para China que  además de ceder  Hong Kong a los británicos  fue obligada al pago de una indemnización millonaria para cubrir los gastos de  la guerra y las pérdidas sufridas por  los comerciantes de opio cuyas tenencias habían sido confiscadas y  destruidas  por Lin Hse Tsun,  el comisario imperial y gobernador de Cantón. Este funcionario manchú había enviado en 1839 una carta a la Reina Victoria de Inglaterra intimando la suspensión de envíos de  cargamentos de opio a Cantón bajo pena de muerte para quienes los transportaran  y de  confiscación inmediata de sus posesiones.  Las amenazas y el accionar de Lin Hse Tsu aceleraron las represalias británicas y el envío de la flota punitiva inglesa. 

 Si bien el propósito central del Inglaterra en  la Guerra fue el de abrir  las ciudades al comercio  directo – forzando la apertura de los puertos chinos –  el tráfico  de opio jugó un papel fundamental en la intervención militar británica. A  principios del Siglo XIX, el flujo comercial entre Gran Bretaña y China era claramente desfavorable para el Imperio inglés que importaba masivamente té desde la nación asiática junto a sedas y porcelanas. Gran consumidor de té, Inglaterra fue acumulando un enorme  déficit comercial pagadero en reservas de plata. A diferencia de la India – políticamente desmembrada- Gran Bretaña tuvo que enfrentar al gobierno imperial manchú que ponía trabas y prohibiciones a las importaciones  inglesas. La situación se invirtió cuando la Compañía de las Indias Orientales comenzó a  triangular el tráfico de opio – la amapola provenía de India- con traficantes  que lo transportaban clandestinamente a Cantón.  Todo el circuito reportaba ganancias extraordinarias a la Compañía de Indias británica  y al fisco inglés,  pero también   a los intermediarios que lucraban con la venta del opio.  Esta triangulación contaba con un extendido sistema de corrupción para facilitar el tránsito y la  comercialización en las principales ciudades chinas.  

  Los costos de la Guerra del Opio  fueron  brutales para China  y no sólo económicos. Desde la derrota en la primera de las  guerras,  los chinos pasaron a depender de Inglaterra y  el  antiguo y orgulloso  imperio chino  reducido a una semicolonia. La balcanización de la nación quebró la  tradición histórica de la China milenaria, llamada el Imperio del Centro por la gravitación que tuvo la Ruta de la  Seda durante siglos  y  por su extensión territorial.  En el Siglo XIX China contaba con 300 millones de habitantes. Los efectos del consumo masivo de opio envenenaron a la población y fueron devastadores,   degradando las condiciones de vida de las familias chinas y horadando  el orgullo nacional que trataba despectivamente de  “bárbaros” a los ingleses y europeos.  El consumo de opio y la instalación de fumaderos  contribuyeron a la esclavización colonial e imperialista, esto provocó la resistencia del propio gobierno imperial que desestimó  la posibilidad de una legalización del opio bajo control fiscal y estatal chino. 

Si en la década de 1830, la exportación  clandestina de opio a China  era de  20.000 cajas  anuales, hacia 1850/1860 (segunda guerra del opio ) ésta  se había  triplicado  con picos de 60.000 cajas anuales.  La primera Guerra del Opio culminó con el Tratado de Nankín luego de que el ejército  británico amenazara con destruir la ciudad y avanzar sobre Pekín. Nankín era  entonces la segunda  ciudad en importancia y con los años sería la capital  temporal del Reino Celestial de la Gran Paz durante la Rebelión campesina  Taiping. Con  este Tratado el Imperio  Británico  se aseguró el fin del proteccionismo aduanero, el libre comercio  y el  pago de las  cuantiosas indemnizaciones por el costo de una guerra que  lo había tenido   como agresor. Gran Bretaña impuso la  extraterritorialidad judicial para los ciudadanos ingleses   y obtuvo  – como se señaló- la cesión  de Hong Kong,  estratégicamente  ubicado para la  penetración  de las mercancías  inglesas en China. 

A lo largo de los años que duró la primera Guerra del Opio, los chinos lucharon valientemente contra la que era la potencia militar  y naval más importante de la época. El desbalance militar entre ingleses  y chinos  fue la expresión del grado de desarrollo capitalista e industrial  adquirido por Inglaterra  y por ende de  sus necesidades expansionistas y  de  conquista de nuevos mercados. Marx comparó el aislamiento de  la China imperial  y su putrefacción con las momias conservadas en sarcófagos una vez que éstos eran abiertos y entraban en contacto con el aire,  y agregaba “aún así no deja de ser grato que las balas de percal de la burguesía inglesa hayan traído en ocho años al imperio más antiguo e  inconmovible del mundo a los umbrales de una revolución social, revolución que en todo caso tendrá consecuencias importantísimas para la civilización”. En 1949, Marx vería confirmado su pronóstico. Los beneficios obtenidos por Gran Bretaña abrieron los  apetitos de otras potencias europeas, de los Estados Unidos y del Imperio del   Japón, los que exigieron al  gobierno manchú  Qing  concesiones similares en materia de libertad de comercio.  

Un dibujo de propaganda francés de mediados del Siglo XIX mostraba a China como un pastel cortado en trozos con las banderas de las principales  potencias disputando la hegemonía , un antecedente de lo que sería, algunas  décadas más tarde, la competencia imperialista que llevó a la Primera Guerra Mundial.

La Rebelión Taiping  y Segunda Guerra de Opio

 Esta Rebelión  se extendió desde diciembre  de 1850 hasta 1864 y abarcó buena parte de China. El gigantesco levantamiento campesino hundió sus raíces históricas en grandes luchas antifeudales, que se abrieron paso bajo distintas dinastías. Sin  embargo, los límites de estos movimientos  campesinos se pusieron de manifiesto a la hora de forjar  una alternativa superadora del  Viejo Régimen.  En 1860, Inglaterra tomó como pretexto  la amenaza  provocada por  la Rebelión Taiping  a sus conciudadanos  y supuestos incumplimientos del gobierno imperial,  para  desatar la Segunda Guerra del  Opio,  a la que se sumó  Francia como aliada. 

Los   ejércitos  rebeldes movilizaron decenas de   miles de campesinos  contra el corrupto gobierno manchú ocupando  vastas regiones.  Durante la guerra,  el Imperio Qing tambaleó y  Pekín estuvo seriamente amenazada de caer.  Las víctimas de la larga guerra civil  se calculan entre 20 y 40 millones, aproximándose a la cantidad de muertos en la Segunda Guerra Mundial. La movilización campesina  y  de las aldeas hambreadas fue  la base social  de masas de la Rebelión Taiping.  El programa del “Reino  Celestial de la Gran  Paz”, era profundamente igualitarista y radical, denunciaba la corrupción del gobierno  Qing. Entre  sus puntos principales  establecía la anulación de la propiedad privada de la tierra, instauraba el trabajo agrario común y promovía  la creación de almacenes municipales para proveer a los campesinos de alimentos y bienes.

El líder de la Rebelión,  Hong Xiuquan, rechazó de plano la  doctrina de Confucio a la  que consideraba   un instrumento de  disciplinamiento  jerárquico al servicio de la Dinastía Qing,  promoviendo la destrucción de ídolos budistas y  taoístas.  Durante siglos los preceptos de Confucio eran útiles al status quo de los gobiernos imperiales.  La filosofía del Confucianismo  pregonaba  el orden natural,  la obediencia a la autoridad  como la forma «responsable» de preservar la armonía y las convenciones sociales.  Hong Xiuquan prohibió la vieja costumbre de vendar  los pies de las mujeres, ilegalizó la prostitución y permitió a las mujeres acceder  a los puestos públicos y combatir en el ejército.  Asimismo suprimió de los exámenes imperiales que  requerían la aprobación de  los textos de Confucio. La campaña de moralización publica incluyó la   prohibición del consumo de opio, tabaco, alcohol y los juegos de azar.  Hong Xiuquan se proponía un  retorno   a una suerte de  cristianismo primitivo  sincrético que lo tendría como mesías.   

Las reivindicaciones campesinas  atrajeron a decenas de miles de seguidores que engrosaron los   ejércitos Taiping y del Reino Celestial . La derrota de este  gigantesco levantamiento campesino -probablemente el más grande de la Historia- fue  producto del apoyo militar  brindado por Inglaterra y Francia al gobierno imperial y aún así demandó de años para ser sofocado . Esta misma coalición anglo-francesa que  apoyó a los Qing  contra los campesinos alzados,  dirigiría las armas contra la Dinastía Qing en la  Segunda Guerra del Opio.  El fracaso de la rebelión  Taiping -que en sus primeros años parecía imparable-  se debió también a las crisis, purgas y rupturas en la dirección del movimiento  que lo faccionalizaron. El Partido Comunista Chino  Chino reivindicó  esta gran gesta  campesina cuestionando su dirección milenarista y religiosa.

Con la Segunda Guerra del Opio las  fuerzas militares combinadas  de Gran Bretaña y Francia penetraron en la Ciudad Prohibida de Pekín  e impusieron  el Convenio de Pekín y nuevas concesiones.  Inglaterra forzó la legalización del tráfico de opio -una mercancía enormemente rentable, fuertemente adictiva y fácil de transportar – la apertura de nuevos puertos,  y el libre tránsito de extranjeros.   El Reino Unido  iba emergiendo  como una gran potencia “narco- colonialista”. La cantidad de millones de  muertos y la reducción de la mano de obra campesina  agravaron  el retroceso social  de  China , que  ya  había entrado en una recesión económica desde antes de la primera Guerra del Opio. Después de la derrota de la  Rebelión Taiping,  a  la  ola revanchista del Emperador  se sumaron  las  malas cosechas  que exacerbaron las hambrunas en las aldeas campesinas.  En declive China volvería a ser derrotada en la guerra sino- japonesa  (1894–1895) perdiendo sus reclamos sobre Corea y Taiwan.

El Levantamiento Bóxer

La  ocupación de una parte de la capital china en 1860  le impuso  al gobierno imperial  el reconocimiento de las legaciones extranjeras  o embajadas permanentes que constituyeron una  “zona internacional”  con privilegios extraterritoriales para Gran Bretaña, EEUU, Japón, Francia, los Imperios Alemán  y Austrohúngaro,  y  Rusia  entre otras  potencias. A estos enclaves coloniales en Pekín no llegaba la autoridad del gobierno imperial Qing.  La pérdida de la soberanía, la ocupación militar, la discriminación y  explotación  de la población local -incluidas mujeres  y  niños-  utilizada como mano de obra barata  y sin derechos,  fueron  creando las condiciones para el movimiento nacionalista de los Boxers a principios del Siglo XX.

 Lenin fue contundente en la defensa del Movimiento Bóxer  frente a la campaña de desprestigio de los imperialismos europeos que buscaron desacreditar al  levantamiento nacionalista, acusando a los combatientes  de integrar una secta de asesinos fanáticos de extranjeros y misioneros cristianos. Para el dirigente de la Revolución Rusa la violencia revolucionaria ejercida por los Boxers estaba plenamente justificada. En sus escritos, Lenin denunció al zarismo por su intromisión militar e imperialista  en China. Bebel, el  dirigente de la socialdemocracia alemana  hizo lo propio en el Parlamento (Reichstag) acusando a las potencias extranjeras y defendiendo el derecho de China a  la guerra. El movimiento de los  Bóxers  o  “Puños  Justos” -que se constituyó  como  Milicia Unida en Justicia-  no se levantó  contra la Dinastía Qing, sino contra las potencias  ocupantes que habían reducido a China a una colonia.

 Los Boxers declararon su fidelidad  a la Emperatriz Cixi –quien los apoyó chocando con otras fracciones de la nobleza Qing para asegurar su papel en la Corte manchú-   y buscaron en todo momento sumar al Ejército  Imperial  para expulsar a las potencias imperialistas asentadas en la » Zona Internacional».  Los antecedentes del conflicto armado  contra  la Alianza de las Ocho Naciones   de 1900, se remontaban  a 1895 y continuaron en el tiempo con hechos de violencia contra  misioneros extranjeros  que gozaban de grandes privilegios y se habían enriquecido. En el inicio de las acciones milicianas, los Boxer tuvieron como telón de fondo nuevas sequías  y hambrunas que potenciaron el odio campesino a los extranjeros ocupantes.  La confianza de los dirigentes boxers en una alianza con  la nobleza imperial resultó a los postres un trampa fatal, sólo una parte del gobierno y  de las fuerzas imperiales que  respondían a la conservadora  Emperatriz  Cixi, siguieron   la lucha armada después de la declaración de guerra contra las Ocho Naciones.  

La guerra nacional  comenzó con el asalto a la embajada alemana por parte de los combatientes boxers quienes mataron al embajador germano, declarando que  todas las embajadas extranjeras se convertían en blancos militares del Levantamiento. Durante los  llamados “55 días en Pekín”,  los combatientes  Boxer, unidos a  una parte del Ejército Imperial   que respondía a la Emperatriz Cixi ,  pusieron sitio a la “ Zona Internacional” donde estaban las legaciones extranjeras. Esta unidad con los Boxer -de origen campesino- fisuro al  gobierno manchú. Mientras que la Emperatriz era partidaria de apoyarse en el movimiento nacionalista Boxer para reafirmar su autoridad, otros sectores del gobierno imperial exigían  un entendimiento y status quo con las naciones imperialistas e incluso la represión oficial  al movimiento rebelde. Estos últimos temían más al campesinado en armas que a las flotas imperialistas que concurrieron a Pekín  ante el llamado  de sus embajadas sitiadas. Una vez aplastada la rebelión de 1900  el propio comandante del ejército  imperial tomó distancia del sitio argumentando que las fuerzas militares imperiales  tenían la orden de proteger a las embajadas extranjeras de los ataques boxers y no de combatirlas. 

Los números de los combatientes chinos que estuvieron en la primera línea de la guerra, y   muertos en el Sitio a Pekín,  dan  cuenta de la escasa  disposición de la oficialidad manchú a pelear  junto a los Boxers. De  los aproximadamente 400.000 chinos que intervinieron  en el levantamiento nacional, unos  300.000 pertenecieron   a la Milicia  Unida en Justicia y otros 100.000 a las fuerzas imperiales.  Fueron los combatientes de la Milicia Bóxer  los que cargaron  con el peso de la lucha armada.  La llegada de los ejércitos imperialistas a Pekín  tras los  55 días de sitio fue determinante para la victoria militar de la Alianza de las Ocho Naciones,   tanto por los contingentes militares movilizamos para “rescatar a las embajadas” como por el poder de fuego que emplearon para derrotar el levantamiento.  El mito de la invencibilidad divina de los bóxers, sucumbió  frente a las armas modernas de los invasores.  Los  contingentes  mayores fueron aportados por Japón que movilizó 20.000 soldados, y por  Rusia e Inglaterra  con 13.000 y 12.000 soldados  respectivamente. Derrotados los Boxers, la represión y el saqueo a Pekín  fue brutal. Por el Protocolo  Boxer  de 1901 todo quien hubiese colaborado con los milicianos insurgentes estaba sujeto a la pena de muerte. Los imperialistas  obligaron  a  China  a pagar nuevas indemnizaciones de guerra equivalentes  a 335 millones de dólares. 

 Todas estas humillaciones  fueron abonando el período siguiente y las luchas que llevaron a la proclamación de la República. El Protocolo  Boxer selló el fin del Levantamiento después de una negociación entre los imperialistas y  la nobleza  que permitió la continuidad del reinado de la Emperatriz. Cixi se  había  instalado provisoriamente   en Siam  junto a una parte de la Corte Real regresando a Pekín un año después. Así como la historia europea se afanó en desacreditar a los Boxers, Hollywood haría lo mismo en la década de 1960 llevando al cine un panfleto imperialista donde  los países ocupantes  eran presentados como la  civilización frente la barbarie.  

 La hipocresía de los invasores  imperialistas tildó  de xenofobia la lucha antiimperialista en defensa de la independencia  nacional  de China. La caída de la Dinastía Qing dio lugar a la proclamación de la República en 1912 bajo la presidencia provisional y temporaria  del  Sun Yat -sen, el líder nacionalista chino.