“Una gran parte de la información que se obtiene en la guerra resulta contradictoria, otra parte más grande es falsa, y la parte mayor es, por lejos, dudosa.” Karl von Clausewitz
1.
En 2022, Matilde Fontanin publica un Glossario della disinformazione donde define conceptos tales como alt-facts, burbuja de filtro, cámara de eco, clickbait, deepfake, desinformación, desintermediación, discurso de odio, engaño, fake news, infodemia, malinformación, polarización, posverdad, sesgo, sobreinformación, teoría conspirativa.
Estamos muy lejos de las ilusiones que despedían formulaciones como sociedad de la información, un concepto que amanecía en los años ochenta y prometía un mundo radicalmente diferente del que salíamos –la crisis de los setenta. Ahora asistimos a una declinación: la que va de sociedad de la información a sociedad de la desinformación o a cualquiera de sus variantes.1
Estamos también lejos del encantamiento tecno optimista de los años noventa, con la domesticación de Internet, que anunciaba un salto evolutivo del ser humano al ser digital o la conformación de una Cibercultura2. La transparencia y la globalización prometidas hoy devienen en la opacidad de las fake news y en la demolición del orden global.
Y por último estamos en un registro diferente del que se presentaba con los movimientos de indignados y la primavera árabe en 2011, cuando se vislumbraban las posibilidades emancipatorias de los celulares a la hora de expandir las rebeliones en cada país y en el mundo. La revolución en la plaza pública y virtual de twitter terminó, apenas una década después, en manos de Elon Musk, uno de los megamillonarios que controla la producción y circulación de datos, quien convirtió a la red X en una esfera de polarizaciones, insultos y campañas orquestadas desde granjas de bot oficialistas.
En los últimos quince años desde el periodismo y el mundo académico –particularmente desde la ciencia política y los estudios de comunicación- comenzamos a pensar en y con esos términos que recopiló la investigadora italiana. Se trata de una neolengua –aunque algunos conceptos estiran sus genealogías- que está en consonancia con un cuadro que se caracteriza por crisis económicas, el progresivo colapso del orden geopolítico, guerras, creciente militarización y rearme, crisis climática y devastación de la naturaleza, emergencia de ultraderechas cada vez más radicalizadas que llegan a los gobiernos o representan segundas y terceras fuerzas políticas en distintos países, aumento del racismo, pogromos contra migrantes organizados desde el Estado.
Tras las ilusiones perdidas parece imponerse una mirada apocalíptica: es el modelo de la guerra antes que el de la paz el que sostiene nuestros intercambios públicos y permea hasta los privados. Son las intervenciones de países o agencias privadas en los procesos electorales, los 611 insultos de Milei en 100 días3, las órdenes de deportación de Trump, los gritos de las bandas fascistas contra musulmanes en Torre Pacheco o en Essex, las declaraciones de funcionarios del Estado de Israel negando el genocidio y la hambruna que producen en masa.
Esa es la principal tesis de estos apuntes: en el actual estadio del capitalismo financiero, la guerra tiende a modelizar los procesos de comunicación globales. Por eso necesitamos menos Marshall McLuhan -el canadiense que imaginaba una aldea global– y más Von Clausewitz, el militar y estratega que definió la guerra como la continuación de la política por otros medios. En los apartados siguientes vamos a revisar algunos antecedentes clave de esta perspectiva con la intención de integrar los conceptos más usuales -desinformación, fake, discurso de odio- en esta tesis general.
2.
En el origen no estuvo el verbo sino las armas. No fue el teórico prusiano sino Karl Marx, el que apuntó que
la guerra se ha desarrollado antes que la paz (…) ciertas relaciones económicas tales como el trabajo asalariado, el maquinismo, etc.- han sido desarrolladas por la guerra y en los ejércitos antes que en el interior de la sociedad burguesa (2007: 30).
En el largo proceso de mediatización que se extiende desde el siglo XVI hasta aquí ha sido muy ilustrado el hecho de que los intereses militares desempeñaron y desempeñan un papel central en la promoción de las tecnologías de la comunicación: desde el telégrafo que contribuyó al desplazamiento de las fuerzas militares napoleónicas hasta las nubes administradas por los monopolios digitales donde las fuerzas armadas estadounidenses almacenan sus recursos.
Pero, además, desde hace una década o década y media, comprobamos que la guerra modeliza los intercambios públicos. El discurso de Orban, Trump, Abascal, Bolsonaro o Milei postula un enemigo al que hay que confundir, debilitar, humillar, obligar a rendirse, al que en definitiva se debe destruir. Construye un contradestinatario muy preciso –los zurdos, el inmigrante ilegal, los gazatíes- pero al mismo tiempo lo suficientemente elástico como para que todos sintamos la amenaza y el peligro de que nos quepa el sayo y el agravio. Es conmigo o contra mí. Convierte la información en intoxicación.
Se trata menos de persuadir –al enemigo ni argumento, decía otro general- que de legitimar sus fechorías y, sobre todo, alimentar a la tropa. Es la ración diaria de shitposting que agita todos sus prejuicios y prepara la movilización en banda. Por eso se luce en el insulto y en la reproducción sistemática de las figuras y los topos más ofensivos: los hurras ante la desdicha ajena o las metáforas de la violación.
3.
La obra del estadounidense Herbert Schiller, uno de los fundadores de los estudios de economía política de la comunicación, es una estación ineludible para pensar la relación comunicación y guerra.
En Genesis of the Free Flow of Information Principles (1979), Schiller reconstruyó la historia del concepto de libre flujo informativo que desde 1945, es decir, después de la segunda guerra mundial, los Estados Unidos habían logrado imponer en el ámbito de las recién creadas Naciones Unidas y de la Unesco. Como balance de los derrotados fascismos y del régimen nazi, Estados Unidos propagandizó la necesidad de crear y defender un mercado de la información y la cultura completamente libre, sin trabas ni regulaciones. Esta política de libre flujo comunicacional fue correlativa al ascenso imperialista de los Estados Unidos. Recién en los años setenta, cuando se incorporan a la ONU los países asiáticos y africanos que habían conquistado su independencia del dominio colonial, se comienza a enjuiciar esa tesis que, lejos de garantizar la libertad, reafirmaba el poder unidireccional de los flujos que partían desde el país imperialista hacia los dependientes.
A la dominación militar y económica se le agrega –para Schiller se trataba de un prerrequisito- la dominación comunicacional y cultural. El concepto de imperialismo cultural intentaba dar cuenta de ese fenómeno por el cual una sociedad se integra al sistema cultural (de representaciones, valores, consumos legítimos) de un país dominante. La acción imperialista se ejerce desde el exterior, pero también actúa desde el interior a través de las elites de cada país que se ven seducidas o forzadas a moldear las instituciones o a promover internamente los valores del centro imperialista.
Schiller fue uno de los primeros en relacionar la red imperial de economía y finanza de los Estados Unidos con la utilización de sus medios masivos y su industria cultural “para reforzar su defensa y sus trincheras allá donde ya existe, y para su expansión hasta aquellos lugares donde quiere llegar a actuar”. (Schiller, 1976: 13)
En América Latina, y en una línea que dialogaba con los trabajos de Schiller, Armand Mattelart y el colectivo de investigadores que trabajaba en Chile en los años setenta también colocaban los estudios de comunicación en el campo de la lucha política e ideológica contra la dominación cultural que, entonces, se vehiculizaba en los productos estadounidenses o se moldeaban a su imagen y semejanza: programas enlatados, historietas de Disney, revistas destinadas al público femenino o la prensa gráfica. Pero Mattelart no solo alertaba sobre las imposiciones ideológicas del imperialismo en toda Latinoamérica sino que analizaba en detalle la conformación del aparato militar-empresarial y comunicacional estadounidense que se desplegaba en paralelo o como subsidiario de las guerras imperialistas. Propaganda, manipulación y agresión cultural formaban parte del lenguaje de una época que pretendía dar cuenta de la relación que se podía trazar entre cultura y napalm4.
4.
En 1983, apareció Pure War, una larga entrevista a Paul Virilio quien proponía “tomar el enigma de la tecnología y ponerlo sobre la mesa, como los antiguos filósofos y científicos plantearon abiertamente el enigma de la Naturaleza.” (2007: 43). La fuerza propulsora de la tecnología en general y de las de la comunicación en particular no está en el comercio ni en las aspiraciones civilizatorias de la humanidad sino en la guerra. La guerra empuja la invención y determina el desarrollo de las tecnologías.
Asistimos, nos decía entonces cuando todavía no se había clausurado la guerra fría, a una etapa de disuasión, de guerra pura: aquella que no se realiza porque, si lo hiciera, la humanidad entera desaparecería arrasada por el apocalipsis nuclear. La pura guerra se caracteriza por la amenaza constante, por un estado de permanente preparación.
Guerra, tecnología y velocidad son los tres conceptos que articulan el planteo de Virilio y que podrían ayudarnos –pese a su fatalismo- a leer el paisaje actual de novedades tecnológicas. Su pronóstico de que “ya no habrá más hombres, solo habrá armas” parece haber anticipado la creciente automatización de las tecnologías de comunicación y destrucción: celulares inteligentes que estallan al activarse en los mercados del Líbano o enjambres de drones bombardeando Beryslav.
5.
Ciberguerra es un concepto que surge en los años ochenta –como otros similares sobre la declinación fabulada por el novelista de ciencia ficción William Gibson. Comprende las múltiples formas de la piratería, los ataques para paralizar sitios de web, la interrupción de comunicaciones en una red militar, el malware (software malicioso) para afectar fábricas, redes eléctricas y de transporte. También, en un sentido más amplio, puede incluir la propaganda viral, las formas de manipulación política, las noticias falsas, las filtraciones de información estratégica, la manipulación electoral, y un largo etcétera.
El concepto es recuperado en Cyberwar and Revolution, un libro publicado en 2019, escrito por Nick Dyer-Witheford y Svitlana Matviyenko. Desde una perspectiva marxista y lacaniana examinan la ciberguerra
tanto en términos político-económicos, como una manifestación de los antagonismos de clase del capitalismo global de alta tecnología, como psicoanalíticamente, como un campo donde estas contradicciones están cargadas de fantasías y desconocimientos imaginarios, producción de afectos y capitalización de miedos, y síntomas de los usuarios (2019: 28).
Plantean una tesis radical: “la guerra crea capitalismo cibernético” (2019: 36), y no al revés. Es decir, que hubo una incubadora marcial en la que intervino el triángulo de hierro que reunió los intereses militares, industriales y académicos para desarrollar Internet y las computadoras. Esta marca de origen se mantendrá en toda la historia de la red de redes que los investigadores periodizan en tres momentos: la “cibernética de primer orden” como sistemas de automatización (por ejemplo, los sistemas de fuego antiaéreo), la de segundo orden como las redes (Arpanet) y la de tercer orden como las redes algorítmicas automatizadas (los sistemas de vigilancia de la Agencia de Seguridad Nacional actual de los Estados Unidos).
La ciberguerra entre los Estados, en confluencia con las corporaciones y los aparatos de seguridad, cuenta con instalaciones masivas de almacenamiento y procesamiento de datos, servicios de visualización geoespacial, tecnologías portátiles para las fuerzas armadas, sistemas de vigilancia.
Los autores construyen uno de sus mejores argumentos al explicar el proceso de transformaciones tecnológicas desde la crisis de los años setenta, que impulsó la transferencia de computadoras y redes desde sus incubadoras militares a los lugares de trabajo civiles de América del Norte y Europa. Afirman :
Con una lógica implacable, las nuevas tecnologías del Pentágono, desarrolladas para luchar contra el socialismo de Estado, se trasladaron al frente interno. La guerra de clases cibernética, librada desde arriba, automatizó muchos empleos de manufactura y de oficina; envió a otros al exterior a través de cadenas de suministro controladas por telecomunicaciones; y redirigió las ganancias hacia una financiarización dependiente de los mercados bursátiles electrónicos, el modelado de riesgos informáticos y el comercio algorítmico de alta velocidad […]. A lo largo de unos cuarenta años, la ‘ofensiva cibernética’ del capital […] rompió las bases fabriles de la masa de trabajadores relativamente bien remunerados del Noroeste planetario.(2019: 51)
Resulta interesante la recuperación que hacen los autores de las revueltas globales de 2011. Desde su perspectiva, revelaron la emergencia de una nueva composición de clase del capitalismo digital: población excedente (dramatizada en el suicidio del vendedor tunecino), jóvenes pasantes y estudiantes de posgrado desocupados, proletarios neoindustriales, trabajadores precarios y de bajos salarios de todo el mundo. A medida que la ola de activismo de 2011-2014 se fue diluyendo, “las dimensiones superpuestas de la ciberguerra se hicieron cada vez más evidentes.”(2019: 63). Como si cumpliera una ley de bronce, cuando hay un reflujo en la movilización popular y el debate público, tienden a potenciarse las tendencias del capital financiero o monopólico.
El argumento principal de Witheford y Matviyenko es que
la ciberguerra es una manifestación de la naturaleza competitiva del capitalismo, que, bajo la superficie de la globalización, fomenta una guerra de todos contra todos, llevada a cabo en las formas aceleradas, automatizadas y abstractas de las que depende ahora todo este modo de producción. De ello se desprende que las perspectivas de reducir los peligros de la ciberguerra, y de los otros tipos de guerra de los que ahora forma parte, dependen en gran medida de los movimientos y las luchas para limitar y, en última instancia, abolir este orden internamente antagónico. (2019: 156)
Entonces, ¿qué planteo estratégico se le contrapone a este paisaje de alienación y destrucción? Parafraseando la consigna de Rosa Luxemburgo5, los investigadores declaran “la ciberguerra a la ciberguerra”. (2019: 157) Esto no significa dinamitar ni abandonar la red, algo no solo difícil sino políticamente fatal. Su propuesta se puede describir –citamos en extenso:
como el reconocimiento de una posición en y contra el entorno militar de la ciberguerra en el que todos estamos imbricados y la búsqueda de formas de desarrollar subjetividades que sean simultáneamente de la red y fuera de ella. Requiere el tiempo ‘lento´ necesario para la organización presencial (en lugar de en línea) de colectivos, movimientos y alianzas contra la guerra; la deserción del uso compulsivo de las redes sociales; la limitación de las capacidades corporativas para intensificar y mantener ese comportamiento adictivo; la defensa paciente y la reconstrucción de las instituciones públicas básicas de cuidado corporal (servicios de salud gratuitos); el cultivo de la salud mental; la recuperación y profundización del legado de un estado de bienestar semidestruido (o, en muchos lugares, nunca creado) en un nuevo ‘bien común’; disposiciones educativas universales; el control de los lugares de trabajo y los medios de producción por parte de los trabajadores y la comunidad; protecciones ecológicas; y la afirmación de esas prioridades contra el gasto y la lógica de la militarización en red. En este trabajo de solidaridad, el sujeto explotado y excomulgado por el capitalismo digital puede pasar de la alienación a la reciprocidad. (2019: 159)
6.
En 2025, Adam Henschke escribe sobre la warfare cognitive (guerra cognitiva).6 Usar la información para combatir a un enemigo no es algo nuevo. Lo novedoso, en todo caso, reside en el alcance del enemigo: somos todos nosotros y en el terreno donde se desenvuelve la guerra: nuestras mentes. Una definición ampliada sería la siguiente:
La guerra cognitiva es una forma específica de conflicto de información, en la que civiles y no combatientes son blanco deliberado y persistente de actores políticos, como instituciones y agentes del Estado, para afectar (positiva o negativamente) las instituciones políticas y sociales del objetivo. En este caso, un actor político utilizará la información para degradar y destruir las instituciones políticas y sociales de un adversario o para apoyar y defender las instituciones políticas y sociales de su propia comunidad o de la de sus aliados. (2025: 15)
Henschke rastrea el sentido del término en una constelación que comprende a la propaganda, las operaciones de guerra psicológica y el lavado de cerebro. La guerra cognitiva también apela a la manipulación, con una intención deliberada y sistemática, para afectar las emociones, actitudes o valores y para movilizar políticamente en consonancia con los intereses de quienes conducen la estrategia bélica.
Sin embargo se diferencia de esos conceptos en dos aspectos clave: a) el blanco no es otra fuerza armada sino la sociedad civil, y b) antes que imponer ideas, creencias y valores explota los existentes para socavar instituciones sociales o políticas. Por eso, la guerra cognitiva se coloca en una zona gris: entre la guerra y la paz. Así todos nos vemos envueltos en una guerra abierta que busca alterar nuestros marcos de referencia, explotar nuestros prejuicios y pasiones, construir enemigos, invalidar fuentes de información alternativas, deslegitimar el conocimiento científico y a sus portadores, entre otras acciones.
El mejor ejemplo de estas guerras cognitivas se reveló con la denuncia del papel escandaloso que Cambridge Analytica -una compañía británica de análisis de datos- y Facebook habían jugado en distintos procesos electorales (con Trump o con Macri) o plebiscitos (Brexit). El procedimiento consistía en que la compañía accedía a los datos demográficos de usuarios de la red de Zuckerberg, conformaba un padrón de sujetos más susceptibles de ser manipulados y actuaba sobre ellos con un masivo envío de noticias que confirmaban sus creencias. Como cualquier otro efecto manipulatorio, incluso mucho menos sofisticado que el de esta agencia, es difícil prever los efectos concretos que pudieron haber tenido esas operaciones. Pero conviene recordar que un plebiscito como el Brexit, en el que se decidía si Gran Bretaña permanecía o salía de la Unión Europea, se resolvió favorablemente a la salida por apenas un 2% de diferencia de los votos.7
7.
En La hora de los depredadores (2025), Giuliano da Empoli8 relata la siguiente anécdota. En una reunión con multimillonarios de distintos países -un dato curioso: allí había “estancieros argentinos”-, el ex Ceo de Cambridge Analytica, Alexander Nix, explicaba cómo encararía una campaña para vender Coca Cola en un cine. Cualquier agencia de publicidad y comunicación multiplicaría los puntos de venta, pondría carteles en la entrada de la sala, agregaría la silueta de una modelo tomando la gaseosa, incluiría avisos antes de la proyección. Su compañía haría otra cosa porque a ellos no les importaba la bebida que publicitaban sino los espectadores. ¿Por qué un espectador compraría una Coca-Cola?, se preguntó. Porque tiene sed. Entonces nosotros, agrega Nix, subiríamos la temperatura de la sala de cine para que la gente tenga sed.
La moraleja de esta historia explica los procesos comunicacionales con una analogía: la de la temperatura. En tiempos de desinformación, guerra pura, ciberguerra o guerra cognitiva, se crean las condiciones de recepción y de reacción de las audiencias globales: el clima se recalienta, se enrarece, se enfría deliberadamente. Más allá de sus efectos inciertos –no hay recepciones mecánicas sino apropiaciones-, lo cierto es que esa parece ser la situación a la que estamos expuestos, las condiciones en las que nos movemos a tientas y que nos afectan apenas nos logueamos a una red social al despertar.
“¿Qué hacer?”, se preguntaban Witheford y Matviyenko en el libro que comentamos más arriba. ¿Cómo inventar una “máquina de contraguerra” o cómo abrir un camino revolucionario cuando asistimos a procesos de “endocolonización” en el que los poderes militares desarrollados en el curso de guerras extranjeras y particularmente coloniales se aplican para disciplinar y reducir al proletariado, de modo que “ahora uno coloniza sólo a su propia población” (2019: 118).
Ambos investigadores proponen un programa de intervención para construir
un pensamiento radical sobre el control público descentralizado de los medios de comunicación, que se extienda más allá de la regulación o desmantelamiento de los grandes oligopolios de las redes sociales y los motores de búsqueda, hacia el establecimiento de instituciones de bienes comunes separadas tanto del Estado como del mercado; la formación de servicios públicos de computación que se mantengan a distancia del gobierno, y una socialización de los bancos de datos, sin someter las redes a una censura más directa por parte de los aparatos de seguridad nacional (2019: 137).
Está claro que la salida de este nuevo callejón de la historia no va a depender de lo que se manifieste desde los estudios de comunicación, pero estos bien pueden hacer alguna contribución en la medida en que reescriban sus tradiciones radicalmente críticas –teóricas y prácticas- y las desplieguen en este nuevo escenario de brutal confrontación: la recuperación del análisis ideológico, la defensa de la autonomía de lo público, la promoción de políticas culturales y comunicacionales alternativas, la desmitificación de los fetichismos tecnológicos, el estudio de una economía política de las y los trabajadores de los medios y la cultura. Apenas algunas líneas de un repertorio común para contribuir a una lucha necesariamente colectiva que vuelva a proclamar la guerra a la guerra.
Bibliografía citada
Da Empoli, Giuliano (2025). La hora de los depredadores. Barcelona:Seix Barral.
Dyer-Witheford, Nick and Matviyenko Svitlana (2019). Cyberwar and Revolution. Digital Subterfuge in Global Capitalism. Minneapolis: University of Minnesota Press.
Fontanin, Matilde (2022). Dalle fake news all´infodemia. Glossario della disinformazione. Milano: Editrice Bibliografica.
Henschke, Adam (2025). Cognitive warfare. Grey matters in contemporary political conflict. London and New York: Routledge.
Luxemburgo, Rosa (1915). La crisis de la socialdemocracia alemana. Recuperado en: https://www.marxists.org/espanol/luxem/09El%20folletoJuniusLacrisisdelasocialdemocraciaalemana_0.pdf
Marx, K. (2007). Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, t. 1. México: Siglo XXI.
Mattelart, Armand (1973). Agresión desde el espacio. Cultura y napalm en la era de los satélites. Bs.As.: Siglo XXI. Primera edición en Chile de 1972.
Schiller, Herbert I. (1976). Comunicación de masas e imperialismo yanqui. Barcelona: Gustavo Gili.
Schiller, Herbert (1979). Genesis of the Free Flow of Information Principles. En: Mattelart, Armand and Siegelaub, Seth (1979). Communication and class struggle. 1. Capitalism, Imperialism. IG/IMMRC: London. p. 345-352
Virilio, Paul and Lotringer, Sylvere (2007). Pure War. Los Angeles: Semiotext(e). Primera edición en inglés de 1983.
Von Clausewitz, Karl (1987). On War. Londres: Penguin. Primera edición en alemán de 1832.
1 El inglés habilita la distinción entre disinformation (información deliberadamente falseada), misinformation (información falsa por error) y malinformation (información verdadera pero sacada de contexto; en castellano diríamos “maliciosa”).
2 Being Digital (1995) del estadounidense Nicholas Negroponte y Cibercultura (1995) del argentino Alejandro Piscitelli fueron dos libros representativos en aquella década.
3 La cifra la tomamos de un informe titulado “El insulto de Estado Metáforas sexuales y cada vez más agresiones: ¿a dónde apunta la escalada del discurso de Milei?” (La Nación, 6/08/2025), elaborado por los periodistas Nicolás Cassese y Paz Rodríguez Niell. Ver: https://www.lanacion.com.ar/politica/el-insulto-de-estado-metaforas-sexuales-y-cada-vez-mas-agresiones-a-donde-apunta-la-escalada-del-nid01082025/
4 En 1972, Armand Mattelart publicó Agresión desde el espacio, cuyo subtítulo era precisamente Cultura y napalm en la era de los satélites.
5 En 1915, cuando incluso la mayoría de los partidos socialistas apoyaban la primera gran guerra y mientras estaba en prisión, la revolucionaria Rosa Luxemburgo escribió bajo seudónimo el folleto “La crisis de la socialdemocracia alemana”. En las últimas páginas apunta: “El proletariado internacional realizará el objetivo último del socialismo solamente si se opone constantemente al imperialismo, si hace de la consigna guerra a la guerra el norte y guía de su política en la acción; y bajo la condición de desplegar todas sus fuerzas y mostrarse dispuesto, con su coraje y heroísmo, a realizarla.”
6 El concepto de warfare cognitive ya venía empleándose desde al menos una década anterior. En inglés se puede distinguir entre warfare (el modo en que se lleva adelante el conflicto) y war (el conflicto en sí mismo) que en castellano se traducen en una sola palabra: guerra. Warfare cognitive, entonces, designa una modalidad de conducción del conflicto antes que una guerra autónoma.
7 Recordemos que la campaña por la salida de Gran Bretaña fue promovida por los sectores de la derecha y ultraderecha, contrarios a la Unión Europea. La salida fue un golpe -el primero- contra el orden geopolítico y social que se construyó en los años noventa tras el derrumbe del muro de Berlín y la disolución de la URSS.
8 Giuliano Da Empoli es un cientista político cuyos libros han tenido una repercusión a partir de su ensayo Los ingenieros del Caos (2019), donde traza el perfil de los responsables de la comunicación política de funcionarios ligados a gobiernos de derechas o ultraderecha y de la novela El Mago del Kremlin (2022), una historia ficcionalizada que retrata a uno de los asesores de Vladimir Putin. En su último trabajo, los ingenieros se habrían convertido en “depredadores”.





