A días de la Marcha de la Bronca del 19 de septiembre, que se viene impulsando desde la izquierda y los sectores combativos para poner en pie una gran acción de lucha contra el gobierno reaccionario de Milei, resulta necesario recuperar una experiencia histórica: la movilización del 1° de mayo de 1990, cuando la izquierda copó la Plaza de Mayo en lo que se conoció como la “concentración de la vereda de enfrente” o la “Plaza del No”.
Aquella movilización constituyó un golpe político al gobierno de Menem y expresó una tendencia a la intervención independiente de amplios sectores de trabajadores y explotados. Sin embargo, la ausencia de una orientación consecuente de independencia política por parte de Izquierda Unida (alianza entre el PC y el MAS), que como organización dirigió el acto, terminó desperdiciando una oportunidad para avanzar en la construcción de una alternativa propia de los trabajadores frente a las distintas variantes capitalistas.
La cuestión no es simplemente participar o no de una movilización, sino cómo organizar la presencia de trabajadores y explotados e intervenir en ella con un programa clasista y socialista, desarrollando, en un marco de frente único, la lucha de clases y construyendo una alternativa política independiente.
La asunción de Menem y la resistencia obrera
Menem había asumido la presidencia de la Nación en 1989, luego de la renuncia anticipada de Alfonsín frente a la crisis económica y política del gobierno radical. En sus primeros meses de gobierno buscó implementar un “plan de estabilización” mediante el denominado Plan Erman, que implicó una confiscación de los ahorros, el rescate de los bancos y del capital financiero, en el marco de la búsqueda de una salida a la crisis que preparaba el terreno para el programa de dolarización de la economía que posteriormente desarrollaría el menemismo con Cavallo y el Plan de Convertibilidad.
Ese plan rápidamente saltó por los aires, profundizando la crisis económica y política.
El gobierno fue entonces rescatado por distintas fuerzas del régimen: la UCR de Angeloz y Alfonsín, la UCeDé de Alsogaray y sectores del PJ alineados con Cafiero, a lo que se sumó la burocracia sindical de la CGT, todavía encabezada por Ubaldini.
El objetivo de esta coalición política era rescatar al Estado capitalista y frenar cualquier movilización política de masas contra la ofensiva privatizadora, la entrega de los recursos nacionales y el ataque a las conquistas históricas de los trabajadores. El papel reaccionario de la burocracia sindical peronista no fue menor: paralizó la resistencia del movimiento obrero y no convocó a ninguna acción de movilización y lucha en un período atravesado por una profunda crisis del Estado capitalista argentino, signada por la hiperinflación, la renuncia de Alfonsín y la asunción de Menem con un programa abiertamente antiobrero.
En respuesta a esta coalición política de rescate capitalista del gobierno de Menem, se desarrollaron grandes luchas de resistencia obrera en numerosos gremios: telefónicos, bancarios, municipales, docentes universitarios, ferroviarios, petroleros, astilleros, judiciales, empleados públicos, entre otros. Estas luchas expresaban una tendencia a la huelga general de la clase obrera contra la miseria salarial creciente, el avance de la desocupación, las privatizaciones y la entrega al capital financiero y al imperialismo.
En abril de 1990 se reunió el Consejo Nacional del PJ y, bajo presión política del imperialismo, lanzó una “tregua nacional” entre peronistas y radicales, a los que se terminaron uniendo la casi totalidad de los sectores políticos patronales, en un intento por frenar el proceso de movilizaciones y paros. Este proceso había tenido un punto muy importante en la convocatoria del 21 de marzo de 1990, cuando se desarrolló una movilización de alrededor de 50 mil trabajadores. Bancarios, Luz y Fuerza, petroleros y telefónicos -estos últimos con un paro prácticamente total y una columna masiva- participaron de una jornada que superó los intentos del gobierno, de la burocracia sindical de la CGT y de los gremios de base por desactivarla.
La “tregua nacional” fue saludada por los distintos bloques políticos, desde la UCR hasta la UCeDé, y apoyada por sectores del justicialismo, desde el ala de Cafiero hasta el sector que se presentaba como “combativo”, agrupado en lo que se denominó el “Grupo de los Ocho”, con dirigentes como Luis Brunati, Mary Sánchez, de CTERA, y Víctor De Gennaro, de Anusate, antecedente de la actual ATE.
Desde el Partido Obrero caracterizamos esta “tregua nacional” como un verso (Prensa Obrera, 3/4/1990): una convocatoria contra el movimiento obrero y de aceptación de los planes del imperialismo. Frente a ello, llamábamos a continuar la lucha, organizando la pelea por una nueva dirección política y sindical de la clase obrera.
El debate en la izquierda sobre la convocatoria de la “vereda de enfrente”
En este contexto, Izquierda Unida (IU), una alianza entre el Partido Comunista Argentino y el Movimiento al Socialismo (MAS), convocó a una concentración de la “vereda de enfrente” por el NO. (El frente entre el PC y el MAS se había formado disolviendo el morenismo la unidad precedente formada entre el MAS y el PO, el “Frente de los Trabajadores Mas-PO”. Constituyeron el “Frente del Pueblo-FREPU” para intentar acuerdos con un sector no menemista del peronismo llegando a acuerdos con sectores de la burocracia sindical -el burócrata sindical del gremio gráfico, Villaflor, repudiado por su labor entreguista de conflictos sindicales y la persecución a los delegados combativos, encabezaba la lista en la provincia de Buenos Aires en 1985-. Luego de una primera crisis se reconstituiría como Izquierda Unida.)
La convocatoria surgía como respuesta a la “concentración” que días antes había realizado el periodista Bernardo Neustadt -oficialista-, quien había convocado a la denominada “Plaza del Sí” en apoyo a las medidas del menemismo. Aquella convocatoria había resultado un fiasco.
La convocatoria lanzada por Izquierda Unida en abril mostraba una orientación hacia la conformación de un frente popular y una alianza de clases con sectores que habían sido cómplices de la política de ofensiva antiobrera del gobierno de Menem.
El MAS, a través de su periódico Solidaridad Socialista (N° 326, 11/04/1990), convocaba “al 1° de Mayo a un acto de la vereda de enfrente” en respuesta al acto del 6 de abril de “los chetos, la oligarquía y el imperialismo”. En su editorial planteaba poner en pie un acto con quienes “estamos en la vereda de enfrente” y coincidía con el diputado disidente Luis Brunati, del Grupo de los Ocho, en llamar a la CGT, a Ubaldini y a los dirigentes sindicales que se habían negado a participar de la Plaza del Sí a ponerse al frente de una gran marcha a Plaza de Mayo.
Luis Zamora y Néstor Vicente, dirigentes del MAS y de la Democracia Cristiana aliados al PC, llegaron incluso a enviar una carta a Ubaldini para solicitarle que se pusiera a la cabeza de la convocatoria y cerrara el acto.
Ese llamamiento no fue respondido por la burocracia sindical ni por las fuerzas políticas patronales. Frente a este fracaso, IU decidió convocar un acto en un estadio.
El Partido Obrero respondió a esta orientación en Prensa Obrera (N° 300, 17/4/1990): “El miserable fracaso de la convocatoria de IU en menos tiempo de lo que canta un gallo es una demostración de que las dos veredas de la calle estaban monopolizadas, en lo que hace a su dirección política, por los enemigos de la clase obrera, y que la tarea más importante de ésta debe ser expulsar de su propia vereda a los agentes de la burguesía y a la burocracia sindical”.
Cuestionábamos el planteo de alianza de clases formulado por el MAS: la idea de que había que unir a todos los que estuvieran en “la vereda de enfrente”, incluyendo a sectores de la burguesía nacional insatisfechos con la política oficial y a la burocracia sindical de la CGT, es decir, a direcciones que venían de entregar luchas obreras.
Desde el Partido Obrero caracterizamos esta orientación como un “crimen político” en la lucha por poner en pie una alternativa independiente de los trabajadores frente al conjunto de las variantes capitalistas.
Por eso lanzamos nuestra propia convocatoria a un acto el 1° de Mayo en Parque Centenario, bajo el planteo: “Por la huelga general, en defensa de los trabajadores y el país. Por una nueva dirección del movimiento obrero y por la unidad internacional de los trabajadores contra la santa alianza de la burocracia y la burguesía internacional”.
Estas consignas no eran menores. No solamente constituían un factor de delimitación respecto de las fuerzas políticas patronales y de la burocracia sindical, sino que expresaban también una posición frente a la lucha política de los trabajadores de la URSS y de los Estados obreros de Europa Oriental contra el avance del proceso de restauración capitalista.
Izquierda Unida cambió repentinamente su posición respecto del lugar de convocatoria del acto del 1° de Mayo y decidió convocarlo en Plaza de Mayo.
Este cambio de lugar no modificaba su planteo oportunista y adaptacionista. Así lo reflejaba Solidaridad Socialista (N° 327, 19/4/1990), que llamaba a un gran acto “de los trabajadores peronistas, radicales o de la izquierda y de otras ideas políticas que estamos en contra de este gobierno y de la vereda de enfrente”.
En ese mismo número dedicaban dos apartados a convocar a los “compañeros peronistas” a manifestar su bronca como quisieran, garantizándoles que podrían llevar sus retratos de Perón y Evita y cantar la marcha peronista, y llamaban también a los “compañeros radicales” a concurrir con sus banderas. El planteo de que Ubaldini encabezara el acto continuaba presente.
Sin embargo, el cambio de lugar de la convocatoria abría una posibilidad objetiva: canalizar una movilización política contra el gobierno menemista, entregado al imperialismo y al FMI.
Es por eso que el Partido Obrero no dudó. Decidimos levantar el acto convocado en Parque Centenario y llamar a marchar a Plaza de Mayo.
En el editorial de Prensa Obrera (N° 301, 24/04/1990), planteamos: “La convocatoria de IU a Plaza de Mayo plantea una situación clásica y reiterada en la historia política: la posición que se debe adoptar ante movilizaciones que tienen a su cabeza a direcciones inconsecuentes, democratizantes o incluso nacionalistas. El marxismo tiene una posición tomada con relación a esto desde 1848: apoyar toda movilización o lucha de clases contra el régimen de explotación u opresión imperante, señalando al mismo tiempo las características de clase y las limitaciones políticas de sus direcciones, para contribuir de este modo a que puedan ser superadas por los explotados”.
Y agregábamos: “El llamado a concentrarse el 1° de Mayo en Plaza de Mayo tiene un inconfundible carácter de movilización política que solamente pueden negar los necios. Únicamente los charlatanes pueden denunciar la pasividad de la burocracia y luego abstenerse ante un llamamiento que objetivamente moviliza a todos los golpeados por la política capitalista y que por lo menos suscita la simpatía de los que luchan cotidianamente contra ella”.
Posición boicotista sectaria del PTS
Nuestra posición fue contraria a la adoptada por el PTS, organización que había surgido recientemente luego de su ruptura con el MAS. El PTS decidió no participar de la movilización en Plaza de Mayo, a pesar del llamado del Partido Obrero a conformar una columna independiente con un programa y un planteo de independencia política.
Con el argumento de que “el acto de IU no sirve” y que era un “acto para ir a putear” (Avanzada Socialista, 24/04/1990), el PTS terminó autoexcluyéndose de una movilización masiva contra la política menemista y fondomonetarista.
La posición resultaba particularmente contradictoria con sus propios planteos de días anteriores. En Avanzada Socialista del 30/03/1990 sostenían que había que ponerse de acuerdo en “un solo punto para luchar contra los planes del gobierno, aprovechando todas las fisuras y las grietas que se abren de la vereda de enfrente”.
Sin embargo, frente a la convocatoria concreta a Plaza de Mayo, optaron por no participar.
Esta posición colocó al PTS, en los hechos, en la vereda opuesta a la convocatoria del NO en Plaza de Mayo. Porque para que existiera un NO debía existir un SÍ: la convocatoria de Neustadt en apoyo a la política del gobierno.
El intento de construir una “tercera posición”, mediante un acto en Ensenada, terminó siendo una adaptación a una lógica ajena a la intervención revolucionaria en la movilización de masas. El PTS citaba en Avanzada Socialista (25/4/1990) la conocida orientación de Trotsky de “marchar separados, golpear juntos”, pero olvidaba la cuestión fundamental: marchar juntos.
La posición adoptada rompía, en este punto, con una tradición revolucionaria presente desde el Manifiesto del Partido Comunista: defender los intereses generales del movimiento por encima de los intereses particulares de una organización. Al mismo tiempo, desconocía los aportes desarrollados por Trotsky en la lucha por poner en pie frentes únicos de combate contra los regímenes opresores, manteniendo la independencia política respecto de las direcciones que encabezan esos movimientos.
La cuestión central es precisamente ésta: una cosa es marchar junto a direcciones inconsecuentes en una lucha común y otra muy distinta es subordinarse políticamente a ellas.
La lucha contra la burocracia sindical
En este punto también conviene detenerse en un planteo formulado en relación con aquella movilización y que conserva vigencia estratégica: la lucha por una nueva dirección del movimiento obrero y por la expulsión de la burocracia de las organizaciones sindicales.
El PTS cuestionaba al MAS por su falta de una política consecuente por la huelga general y por su adaptación a la burocracia sindical. Sin embargo, al mismo tiempo, sostenía -al igual que el MAS- el planteo de que Ubaldini u otros sectores de la burocracia sindical debían ponerse a la cabeza de un plan de lucha. Es necesario plantear que la organización obrera rompa con todo tipo de conciliación con los gobiernos y los partidos y cámaras patronales y encare una lucha independiente. Al llamar a que las organizaciones (CGT, sindicatos, comisiones internas) se pronuncien por un plan de lucha, se convoca al conjunto de los que la integran (base y dirección), pero no es un llamado a la sensibilidad personal de sus direcciones burocráticas. Luchamos por expulsar a la burocracia de los sindicatos y recuperar las organizaciones de la clase obrera.
Esta orientación del PTS en sus orígenes tiene, a nuestro entender, una continuidad en la actualidad, cuando propone a sectores burocráticos la conformación de un nuevo partido de los trabajadores, como en el caso del Fresu. Se trata de una orientación que subordina a la clase obrera a nuevas direcciones burocráticas y al nacionalismo burgués.
En aquel momento en que se desarrollaban estos debates sobre la convocatoria de la “vereda de enfrente”, el PTS impulsaba también la construcción de un Partido de Trabajadores, reivindicando “la experiencia del Partido Laborista que surgió de las experiencias de las organizaciones gremiales de la época”. Y agregaba: “No les decimos a los trabajadores que dejen de ser peronistas sino que rompan para siempre con los que ustedes llaman no peronistas, o sea los patrones” (Avanzada Socialista, 30/04/1990).
Este planteamiento del PTS expresaba su tradición morenista de construir un Partido de Trabajadores políticamente confuso, sin una delimitación clara respecto del nacionalismo burgués y con un fuerte seguidismo hacia la burocracia sindical peronista.
El retorno del planteo, décadas después, de un partido de los trabajadores permite recordar aquella conocida formulación de Marx: la historia puede repetirse, primero como tragedia y luego como farsa.
La izquierda copó la Plaza de Mayo
El 1° de Mayo de 1990 la izquierda llenó la Plaza de Mayo con cerca de 80 mil personas.
Página/12 tituló su edición del 2 de mayo “La vereda de la izquierda”. Los diarios y programas televisivos buscaron minimizar el impacto de la movilización, sustituyendo la información por noticias banales o incluso reivindicando aspectos de la “mejor” época de la dictadura militar. A través de Ámbito Financiero (02/05/1990) se conoció que el gobierno de Menem había dado instrucciones a los medios de comunicación para disminuir la importancia del acto.
La enorme presencia de trabajadores de distintos gremios, jubilados, vecinos, organizaciones de derechos humanos y organizaciones de izquierda -con la excepción del PTS- constituyó un golpe político a la orientación del gobierno.
Así lo caracterizamos en Prensa Obrera: “El hecho inédito de que la raquítica izquierda argentina hubiera podido llenar la Plaza de Mayo tiene que ver, por sobre todo, con el acierto de la consigna de marchar a la Plaza para protestar contra la política de hambre y para respaldar las luchas de los trabajadores. La mitad de la concurrencia, que asistió fuera de los marcos partidarios, lo hizo impulsada por la convicción de que la convocatoria permitía dar un golpe al gobierno y de que era un medio adecuado para superar la parálisis de los sindicatos por parte de la burocracia sindical” (Prensa Obrera, N° 302, 3/05/1990).
Al mismo tiempo, frente a la ausencia de la dirección entregadora de la CGT y de los sectores burocráticos que se presentaban como “combativos”, planteamos que existía un mandato de la plaza para avanzar hacia la construcción de una nueva dirección: “La concurrencia se encargó de acentuar esta exigencia con cánticos acerca del ‘socialismo que llegará al poder’, ‘se va a acabar la burocracia sindical’, ‘dónde está que no se ve la famosa CGT’ y ‘huelga general contra el plan Alsogaray’”.
El contenido de estos cánticos contrastaba con los discursos de los oradores autodesignados por IU -Vicente, por el PC, y Zamora, por el MAS-, quienes se dedicaron a llamar a un frente con la centroizquierda argentina y con la burocracia sindical de Ubaldini y Mary Sánchez, ambos ausentes de la Plaza, y a proponer un frente democrático de alianza de clases.
Es decir, las mismas direcciones que estaban siendo cuestionadas por los procesos de lucha obrera y por los propios cánticos de la movilización eran rescatadas desde el escenario.
El planteo de que la política de Menem había sido rechazada por el 94% de los votos porque llevaba adelante el programa de Alsogaray que había obtenido un 6% en las elecciones del ‘89 (Solidaridad Socialista, N° 329, 03/05/1990) constituía, en los hechos, un lavado de cara a las fuerzas políticas capitalistas que habían colaborado con el gobierno de Menem y que serían protagonistas de la ofensiva capitalista contra la clase obrera.
El Partido Obrero, que había impulsado la movilización con todos sus esfuerzos mediante una agitación nacional y participando en entrevistas televisivas y radiales, fue excluido del escenario: se nos impidió contar con un orador e incluso llevar sonido para difundir nuestras consignas y planteos. También se nos impidió ingresar al centro de la Plaza, quedando ubicados en uno de sus laterales, sobre la Catedral (participamos con una gran y combativa columna de más de 2.000 compañeros). El carácter unitario de la convocatoria era, por lo tanto, una impostura. IU monopolizó el acto político y utilizó la movilización para desarrollar su orientación de conciliación de clases.
Sin embargo, esto no anulaba el significado objetivo de la movilización. La masividad del acto expresaba un nuevo elemento en el proceso de descomposición de las direcciones burocráticas y de los partidos tradicionales y abría un desafío para quienes buscaban explotar esa situación en función de construir una estrategia de independencia política de la clase obrera.
La respuesta del régimen fue cerrar filas. El imperialismo presionó para que el frente burgués superara sus divisiones y avanzara hacia un “acuerdo de gobernabilidad” que dotara de recursos al gobierno y a las fuerzas del régimen para derrotar la organización y la resistencia de los trabajadores frente al plan de entrega y ataque.
El planteo de IU de construir un “frente amplio” no saldría del papel porque las fuerzas del régimen terminarían cerrando filas frente a la intervención popular. Las semanas y meses posteriores mostrarían los límites de aquella orientación, con la entrega de numerosas luchas obreras por parte de la burocracia sindical.
Una oportunidad perdida
La izquierda que se reclama marxista volvía a ocupar luego de décadas la Plaza de Mayo, la “plaza del poder” que había sido símbolo del peronismo. La masiva movilización del 1° de Mayo de 1990, cuando la izquierda copó la Plaza de Mayo, abrió una oportunidad política para desarrollar un frente clasista de los trabajadores, que finalmente fue desperdiciada en la lucha por construir una alternativa independiente de los trabajadores.
Meses después de la concentración del 1° de Mayo se conformó un Comando del NO integrado por el FRAL/PC, el MAS, Intransigencia Popular, Patria Libre y el Partido Obrero, en torno a un referéndum por la modificación constitucional en la provincia de Buenos Aires. Rápidamente quedaron expuestas las divergencias estratégicas y de intervención frente al proceso abierto por aquella movilización.
Mientras el gobierno impulsaba una reforma electoral reaccionaria en la provincia de Buenos Aires, avanzaba en una mayor entrega del país y atacaba el derecho de huelga, se desarrollaban enormes luchas obreras, entre ellas las de telefónicos, docentes y metalúrgicos.
El Comando del NO fue incapaz de lanzar una campaña práctica que impulsara la acción colectiva de los explotados contra el Estado capitalista. De esta manera quedaron expuestos los límites para poner en pie una alternativa independiente de los partidos capitalistas y de la burocracia sindical. El NO aplastó la reforma de Cafiero (67 a 32%).
Un sector de la burocracia sindical (la CGT se había dividido entre un ala abiertamente pro-Menem y otra, minoritaria, de oposición, pero dentro del justicialismo, con Ubaldini), buscando canalizar y desviar el proceso de intervención obrera, lanzó entonces la campaña de Ubaldini como candidato para gobernador en 1991.
El mecanismo guarda similitudes con lo ocurrido en 2019, cuando el peronismo buscó canalizar el derrumbe del gobierno de Macri luego de las movilizaciones masivas de 2017 hacia una salida electoral. En 1990 se presentó un escenario similar: la burocracia sindical se preparaba para las elecciones de 1991, buscando encasillar por arriba el proceso que se desarrollaba por abajo en una salida electoral y contener las tendencias a la huelga general expresadas en las grandes luchas obreras. Ubaldini se presentó en la lista ofrecida por el Partido de la Izquierda Nacional.
La izquierda y el planteo de la Asamblea Constituyente en 1990: un debate actual
La falta de una estrategia consecuente de independencia política también se expresó en el programa levantado por buena parte de la izquierda durante aquellos años.
Tanto el MAS, que impulsaba un frente con el PC a través de IU y levantaba abiertamente un programa de frente popular, como el PTS, que había roto dos años antes con el MAS, sostenían el planteo de convocar a una Asamblea Constituyente en el cuadro de crisis del gobierno menemista en el momento de aplicar su política fondomonetarista.
En su IV Congreso Nacional, el MAS lanzaba “la consigna de Asamblea Nacional Constituyente porque hay una alternativa democrática para que se vaya el gobierno ilegítimo” (Solidaridad Socialista, N° 331, 31/05/1990). El planteo también formó parte de la intervención de Luis Zamora en el acto del NO del 1° de Mayo, aunque no había sido parte de las reivindicaciones originales de la convocatoria.
Para el MAS, la Asamblea Constituyente aparecía como una fórmula de fortalecimiento de las instituciones democráticas. El argumento era que el gobierno de Menem era ilegítimo porque aplicaba el programa de Alsogaray, que había obtenido solamente el 6% de los votos, y que por ello debían convocarse nuevas elecciones para reunir una Asamblea Constituyente “legítima”.
Se trataba de una posición más cercana al alfonsinismo -que también reclamaba nuevas elecciones- que a la tarea de preparar la lucha, la organización y la acción de los trabajadores contra el hambre, impulsando las tendencias a la huelga general y una nueva dirección de la clase obrera para terminar con el gobierno de Menem y el FMI.
Mientras la Plaza de Mayo se encontraba colmada, el planteo del MAS y de Zamora colocaba en primer plano el fortalecimiento de los procedimientos establecidos por la Constitución y los poderes del Estado. Pero esos mecanismos institucionales, lejos de abrir necesariamente un proceso favorable a los explotados, serían utilizados para contener la intervención popular y avanzar en una mayor subordinación de la clase obrera a las variantes capitalistas.
El PTS también levantó la consigna de Asamblea Constituyente en 1990. Aunque había rechazado participar de la movilización del NO, sostenía el mismo planteo. En un artículo de Avanzada Socialista (03/03/1990) polemizaba con el MAS porque consideraba que esa consigna estaba alejada de la relación de fuerzas existente en el proceso de lucha de clases del momento, aunque reivindicaba el planteo “democrático” de la Asamblea Constituyente.
La cuestión no era solamente si la consigna era “democrática” o no, sino cuál era su función política concreta en aquel momento. La consigna de Asamblea Constituyente no correspondía porque significaba orientar a los trabajadores hacia una experiencia parlamentaria que ya venían transitando y padeciendo desde 1983.
Lejos de fortalecer las posibilidades socialistas de las luchas obreras, una orientación de este tipo actuaba como freno y de adaptación mediante una política democratizante basada en la unidad nacional y en la idea de que la democracia burguesa todavía conservaba un carácter progresivo.
Hay, además, una cuestión fundamental: ¿quién convoca a esa Asamblea Constituyente?
Una Constituyente que no plantea la derrota del gobierno no es soberana. Convive con el poder del Estado y puede convertirse en un mecanismo de rescate del régimen político frente a una crisis abierta por la movilización popular. Finalmente, Menem y Alfonsín se pusieron de acuerdo y convocaron a una Asamblea Constituyente en 1994 que introdujo reformas reaccionarias.
Para el Partido Obrero, el centro de la agitación política no estaba entonces en la Asamblea Constituyente, sino en que la clase obrera interviniera extendiendo sus métodos de lucha, con la perspectiva de la huelga general y desarrollando un programa propio. Un programa que, en última instancia, solo puede encontrar una salida consecuente en un gobierno de los trabajadores.
Los nuevos desafíos
La masiva movilización del NO de 1990 fue un hecho de importancia: por primera vez desde el retorno de la democracia, la izquierda había logrado ganar la Plaza de Mayo mediante una movilización política contra el gobierno.
Después de aquella oportunidad desaprovechada para construir una alternativa independiente de los trabajadores, hubo que esperar una década, hasta el Argentinazo de 2001, para que una parte de la izquierda, junto a las Asambleas Nacionales de Trabajadores, con los movimientos piqueteros, el sindicalismo combativo y las asambleas populares, volviera a ocupar la Plaza de Mayo, como parte de una rebelión contra el poder político de la burguesía.
Desde 2001 en adelante, la izquierda ganó ese espacio en distintas movilizaciones y, desde 2011, con la conformación del Frente de Izquierda, continuó ocupando la Plaza de Mayo con un planteo de lucha contra los gobiernos y de independencia política. La Plaza de Mayo se transformó en el centro de los actos del 1° de Mayo del FIT desde su fundación (aunque el PTS boicoteó varias veces estos actos con posiciones oportunistas y sectarias).
La actual convocatoria a la Marcha de la Bronca, el sábado 19 de septiembre, vuelve a colocar sobre la mesa aquellos debates. La experiencia de 1990 permite sacar conclusiones de la historia y de los procesos de lucha de la clase obrera para intervenir en el presente y construir una alternativa propia frente a las direcciones políticas agotadas de la burguesía.
A tres años del gobierno de Milei y frente a un creciente descontento con su política de ataque a los trabajadores y de entrega del país, la convocatoria del 19/09 puede constituir un canal de expresión de ese descontento, como lo fue, con todas sus limitaciones, la movilización del NO contra el gobierno de Menem.
La complicidad de las fuerzas patronales y de la burocracia sindical en 1990 para garantizar la gobernabilidad de Menem encuentra hoy su correlato en la complicidad del peronismo y de las distintas alas de la burocracia sindical para permitir que Milei continúe desarrollando una ofensiva histórica contra los trabajadores y avance en una política de entrega del país al imperialismo.
La tarea de los revolucionarios es intervenir en las movilizaciones, impulsar su desarrollo, disputar su orientación y construir en ellas una dirección política independiente.
El desafío del 19 de septiembre es que la Marcha de la Bronca no sea solamente una expresión del descontento, sino un punto de apoyo para desarrollar la lucha contra el gobierno de Milei, enfrentar la política de la burguesía y superar la parálisis de la burocracia sindical; para impulsar al FIT y el frente único de lucha independiente.
Por eso el Partido Obrero impulsa la movilización del 19/09 con la consigna: Fuera Milei. Defendamos las luchas de los trabajadores (FATE, Garraham, Docentes, etc.) hacia la huelga general. Por una alternativa política de la izquierda y los trabajadores.
Y plantea al Frente de Izquierda intervenir como bloque de independencia política, convocando a la movilización con su programa y desarrollando una perspectiva propia frente a las distintas variantes políticas de la burguesía.
La lección de 1990 no es que haya que elegir entre la movilización y la independencia política. Es exactamente lo contrario: la independencia política debe ponerse a prueba en la movilización.
La Plaza de Mayo de 1990 mostró que incluso una izquierda pequeña podía convertirse en un factor de movilización cuando lograba conectar con una tendencia objetiva de lucha. El desafío actual es que esa fuerza no vuelva a ser canalizada hacia una salida de recambio del régimen, sino que sirva para construir una dirección política propia de los trabajadores y una alternativa revolucionaria.
