Al calor de la reforma laboral de Milei, en este trabajo abordo la emergencia de la precarización laboral y sus formas en Argentina desde los ’90 a la actualidad. Uno de los grandes argumentos que el gobierno utilizó para apuntalar esta reforma fue por una parte el mentado “costo laboral”, señalándolo como causa de la falta de inversiones, de un lado, y de la extensión del trabajo en negro. Como veremos en este trabajo, la ley de “modernización” de Milei no es sino la culminación de un plan de décadas de ofensiva sobre los derechos laborales, que lejos de impulsar una salida a los problemas citados, han agravado la crisis social de la Argentina.
El abordaje de la precarización desde el punto de vista marxista no puede circunscribirse a señalar esta o aquella característica de la relación de dependencia laboral, como en general suele hacerse. En cambio, lo sustancial es su dimensión histórica determinada. Puede desprenderse de las leyes de desarrollo del capital que este contiene como necesidad suya la regresión a un modelo de depredación de la fuerza de trabajo, en el marco de la tendencia a la disolución de las relaciones sociales vigentes. Cobra especial relevancia analizar, en este marco, las determinaciones fundamentales de la llamada “uberización” del trabajo en plataformas digitales, por el carácter generalizado que seguirá adquiriendo en esta etapa, determinando las características originales (y también recicladas) que se ocultan detrás del avance técnico.
Contexto general de las formas de ocupación en el capital
La evolución del capitalismo como modo de producción trae consigo el desarrollo de leyes históricas que van determinando una dinámica dentro de la relación de dependencia laboral, en general, y asalariada en particular, así como un cambio en la composición relativa de diversas fracciones de la clase obrera. El salario es la relación social por medio de la cual se intercambia la fuerza de trabajo que rinde un excedente al capital en el marco de su dependencia o subordinación técnica[1]. Por su parte, cada nuevo salto en la división del trabajo productora de mercancías y de la constitución de la gran industria nacional e internacional va creando diferentes modos de organización del trabajo. Estos grados de desarrollo de la organización productiva revelan diversas formas de la concentración, pero también a la dispersión y fragmentación de la fuerza de trabajo explotada por el capital. Esto a su vez está en la base de las maneras de asociación de la clase obrera, de su constitución como sujeto y de su conciencia. Mencionaremos muy brevemente algunas ideas de fondo teóricas de este artículo para situar los nuevos problemas que la precarización presenta y así avanzar en una caracterización de la clase obrera que dé cuenta de la diversidad y multiplicidad que corresponde a su determinación.
En lo fundamental, debemos partir de la determinación simple de que el modo de producción necesita poner en movimiento la mayor masa posible de trabajo productivo por medio del cual apropia el excedente que valoriza el capital. Se trata de un momento del proceso de acumulación, por medio del cual el capital amplia la interdependencia del trabajo social y de los seres humanos vinculados en ese trabajo. En este mismo movimiento, el capital logra aprovechar las ventajas de productividad de la cooperación que impulsa la concentración de la fuerza de trabajo alrededor de la gran industria moderna.
Considerada en su unidad, esta acumulación avanza conforme a un progreso técnico de los medios de producción y de la división del trabajo que existe por la compulsión misma de las relaciones burguesas. Este movimiento, está íntimamente ligado al hecho de que el trabajo muerto incorporado en los medios de producción (capital constante) pasa a representar una proporción cada vez mayor de la inversión total del capital en comparación con los salarios que pagan el trabajo presente (capital variable). Esto se conoce como tendencia al aumento de la composición orgánica del capital.
Supone también la formación y disolución dinámica de capas de obreros calificados, en el marco de una tendencia general a la descalificación en masa, por la cual la facilidad progresiva en el uso de los modernos medios de producción prescinde cada vez más de atributos productivos desarrollados en los trabajadores. A través del progreso técnico aumenta la productividad en las diversas ramas, dando origen a un ahorro de trabajo que puede destinarse a compensar las ramas más rezagadas o de menor composición orgánica, y por ende a una fracción del proletariado que se constituye como ejército de reserva y que circula entre estas ramas, siendo expulsado de unas y reincorporado en otras.
Pero este progreso técnico al ser general y abarcativo del conjunto definido de las ramas de la industria está en la base de las contradicciones estructurales, y que se despliegan inevitablemente en las propias relaciones sociales hacia su autodisolución. Tanto el aumento de la productividad general del trabajo y el de la composición orgánica limitan de conjunto la reabsorción de la masa de trabajo que va siendo expulsada a medida de la tecnificación de la industria, considerando que a ello sobrevendría una crisis de realización de los valores, por tanto de la realización de la ganancia del capital. Esto da origen a la formación de una superpoblación relativa que puede ser fluctuante, permanecer un tiempo prolongado en la desocupación, o estancada cuando ya la condición se caracteriza por estar consolidada. Llegado cierto punto, debe frenarse netamente la acumulación de capital, trabar el desarrollo de la técnica y de la extensión de la relación asalariada, y realiza una vuelta sobre sus propios pasos destruyendo el capital sobrante con cierres y despidos y ajustando a los trabajadores con mecanismos de plusvalía absoluta (intensidad y jornada laboral) que llevan a la sobreocupación a los trabajadores ocupados, lo cual contribuye a exacerbar la expulsión de trabajadores.
Sobre llovido, mojado, la formación de una población sobrante se reproduce por partida doble: primero por las leyes de acumulación; segundo por el derrumbe del capital, que además impulsa el ajuste de capital sobrante y de la tasa de explotación. En este marco es que sobrevienen, en paralelo de las formas de precariedad laboral que analizaremos a continuación, formas de semiocupación que se sitúan por fuera de la órbita de explotación del capital, y están más ligadas a formas de asistencia estatal más o menos enlazada a sectores de la pequeño burguesía, y del crecimiento de un sector económico residual de auto subsistencia. La característica de este sector es la enorme presión del capital por reducir sus ingresos por debajo del valor de la fuerza de trabajo, su baja o nula producción de valor, y la relación contradictoria que este factor ejerce sobre la lucha de clases y la redistribución del salario o la plusvalía necesarios para su sostén.
En una línea general, la extensión de la relación asalariada en tanto fundamento de la acumulación del capital, se ve determinada por la caducidad histórica de las relaciones burguesas que le coloca un límite y en última instancia, comienza a desmantelarla aún siendo ella su real fuente de autovalorización, mostrando el carácter insalvable de su colapso. En su etapa de decadencia, el capitalismo ya no solo produce mercancías de forma creciente, sino también del número de desocupados de la industria, que se desplaza hacia otras áreas de ocupación.
El efecto del progreso técnico, al alcanzar toda su extensión el efecto de la cooperación que surge del trabajo mancomunado del obrero colectivo, produce una reducción progresiva del número de trabajadores reunidos en las planta, así como aumenta la subdivisión de las unidades de gestión del trabajo. En término general, se desenvuelve un proceso de atomización productiva que fragmenta físicamente a la clase obrera, a pesar que sigue ella concentrando una fuerza productiva mayor que en el pasado por su carácter interdependiente y mediado por la creciente automatización. Esta base material, plantea una situación relativamente diferente en lo que refiere a la forma de organización que adoptan los trabajadores en la lucha de clases con el fin de limitar el alcance de la explotación capitalista.
Precarización y descomposición capitalista
Al hablar de precarización laboral, suelen entrar en cuestión otros conceptos asociados como la informalidad y la flexibilidad. La informalidad es la ilegalidad de la relación laboral, tanto como la formalidad es la legalidad y mayor acoplamiento de una fuerza de trabajo con un capital determinado. Esta legalidad, bajo su forma de leyes y convenios, está condicionada por un resultado determinado de la lucha de clases, en la cual la clase obrera busca consagrar el “piso” de derechos y de seguridad siempre amenazados por el capital. Los capitalistas apelan a la legalidad laboral cuando se trata de imponerla a la competencia, y sobre todo cuando se trata de cuidar la existencia de la fuerza de trabajo de la depredación de la explotación desregulada. Pero estos mismos capitalistas esquivan la legalidad, cuando se trata de defender su propiedad ante la crisis. En última instancia, una extensión profunda de la informalidad, presiona no para que la relación se ajuste a derecho, sino para que el derecho se ajuste a la relación social. Esto da lugar al surgimiento de toda clase de figuras intermedias en los convenios y en la ley, regímenes especiales de contratación y subcontratación, régimen de autónomos, hasta el cambio de la ley laboral en general.
La flexibilidad, a su vez, es un concepto que hace referencia al margen de modificación de condiciones de trabajo individuales, fracturando la unidad de condiciones del colectivo obrero. La flexibilidad laboral es en esencia el amplio dominio de la patronal y la amplia subordinación del trabajador a esta arbitrariedad. Todo margen de dominio ganado por el capital sobre la fuerza de trabajo, en tanto comprador de ella, es exactamente inverso al margen que pierde su vendedor.
Al respecto de ello, ni la diferencia de estabilidad o de cambios en la duración de la jornada o sueldo variable alteran la naturaleza social del salario y todas las contradicciones que son propias de esta relación social, respecto de la idea más general de libertad o “autonomía”, con la cual suele argumentarse en favor de la flexibilidad. Es también uno de los argumentos preferidos en la actualidad por el liberalismo y los monopolios capitalistas que operan con plataformas para situar la experiencia de sus trabajadores y descubrir en ello un halo de modernización del siglo XXI, como si la tendencia a la individualización del salario (por el destajo, la flexibilidad horaria, etc.) fuese un fenómeno inédito en el capitalismo y no una forma alterada del llamado trabajo a domicilio ya estudiada por el propio Marx.
Tanto respecto de la informalidad como de la flexibilidad nos referimos a situaciones que existen desde los albores del capitalismo, con mayor o menor predominancia a lo largo de todas sus etapas y ciclos. Lo que caracteriza a la época actual es como esta flexibilidad e informalidad alcanzan un estadio superior, al transformarse en una realidad estructural creciente y penetrante sobre el conjunto de la clase obrera. Bajo esta situación, la explotación del capital aparece de forma más amplia y extendida, mientras que la interdependencia del trabajo que realiza el obrero colectivo aparece con menor visibilidad y reflexión en la conciencia.
Al hablar de precarización hablamos en esencia no de una cualidad abstracta de la organización del trabajo, sino de una fase histórica concreta de la relación asalariada caracterizada por la destrucción general y sostenida de derechos laborales obtenidos a lo largo de la historia del movimiento. Comporta por ello el carácter de reacción histórica. A través de esta ofensiva, el capital intenta restaurar plenamente la dictadura del capital al interior de su propiedad, esto es una política disciplinadora.
Hay que echar por tierra el argumento burgués por el cual la legislación laboral acompañó el desarrollo del “capitalismo fordista”. Se trataría bajo esta lógica de que durante un tiempo del capitalismo dominó la oferta de productos homogéneos con demanda siempre segura y producción continua, lo cual permitía formas de contratación más rígidas y estables y que durante la nueva etapa domina la demanda siempre móvil de productos altamente diferenciados, la cual obliga al capital a tener formas ultra flexibles y producción discontinua. La realidad es que la diversidad de valores de uso aumenta permanentemente desde el surgimiento de la gran industria, desde antes incluso de la consecución de conquistas y estabilidad. La realidad también es que solo en ciertas ramas muy puntuales existen costos altos de arranque que hagan de la producción continua una necesidad, y que en todas las demás han existido siempre interrupciones de distinta índole. A su vez, el consumo y la demanda están regidos por el propio movimiento de la producción, que en sí mismo es el que explica gran parte de las fluctuaciones de mercado de los distintos productos, del ciclo de negocios, de la ocupación industrial y la ocupación general, más convulsivos a medida que el capital agoniza y los monopolios agudizan sus choques.
Por ende, el punto no se reduce a un problema de voluntades subjetivas ni tampoco a una cuestión objetiva técnica sino que expresa el exacerbamiento de la competencia capitalista que obliga a “racionalizar” todas las condiciones laborales en una época de agonía del capital y formación de una superpoblación relativa devenida en estancada. La base de esta regresión está en las relaciones de propiedad existentes, que impiden acompañar el avance de la productividad con el reparto de las horas de trabajo y la mejora de la situación material de la clase productora.
Ciertamente, que esta situación fue avanzando a través de numerosas batallas de la arena de clases nacional e internacional, incluso bajo los primeros años del llamado “Estado de bienestar” de la segunda posguerra. Señala Rath (p. 27) que la introducción del sistema japonés toyotista consistente en la polivalencia, la subdivisión del proletariado en grupos compelidos a competir y aumentar la productividad y formas que tienden a disolver la relación laboral y su protección, existió de la mano de la derrota de las huelgas japonesas de 1949[2]. Las derrotas del bienio 1968-69, por su parte, abren a su vez un período internacional de retroceso en los países de cierta base industrial, en el cual se despliega primero la altamente mecanizada y productiva industria japonesa que extiende la base del trabajo flexibilizado, y una década más tarde comienza a emerger la manufactura china, sobre la base del trabajo manual a gran escala y bajo costo explotado por el capital imperialista, que también va dando saltos de progreso técnico.
El capital pudo valerse de este movimiento internacional y de la colaboración de las direcciones tradicionales del movimiento obrero, con la burocracia sindical a la cabeza, para ir imponiendo un retroceso histórico en todo país con cierta base industrial. La burocracia sindical se circunscribió a sacar privilegios de la administración de estas conquistas y jugó un papel central para dejar pasar los despidos y los contratos flexibilizados, siendo incluso partícipes interesados de este reordenamiento de la fuerza de trabajo a través de la administración de empresas tercerizadas coaligadas con los monopolios capitalistas. Fueron ellas y los diferentes partidos de la conciliación de clases los que dieron cobertura institucional a la precarización.
En término general, la precarización expone la bancarrota de todo este abanico político, desde el peronismo sindical en Argentina, en Brasil el PT, la socialdemocracia internacional, etc. Su premisa fue que a través de la convivencia armónica con el capital a través del arbitraje del Estado era posible una mejora continua de la vida obrera. Los sobresaltos y la crisis no negaban para estos ideólogos que tendencialmente la situación de la vida mejoraba y avanzaba y que todo fenómeno disruptivo era pasajero. Pero esta tesis se derrumba al contemplar como el capital y su Estado arrasan progresivamente cada vez más conquistas, desmantelan el sistema de solidaridad obrera, y someten todo margen de autodeterminación de la vida proletaria al dominio del capital. Se ha revelado además el progreso técnico no impulsa otra cosa que una explotación sin precedentes de la fuerza de trabajo y el sobre consumo de mercancías dirigido por la necesidad del capital, y en última instancia debe sobrevenir como ya mencionamos, la crisis, la desocupación, la caída de los salarios y el consumo.
Un paneo rápido nos muestra que las nuevas generaciones logran cada vez menos la estabilidad laboral, condiciones de seguridad económica para poder proyectar un desarrollo, acceso a vivienda, a educación, a tener condiciones para sostener familia, etc. Nada de esto es independiente -en cambio entra en relación directa- con la ofensiva reaccionaria contra los derechos laborales.
El desmantelamiento estructural de la ocupación en Argentina
A partir de todo lo anterior es que podemos describir como a partir de la década de los noventa se procesa en Argentina una restructuración general de la relación social asalariada, y de dependencia en general. La masacre laboral ejecutada por el gobierno de la convertibilidad de Menem-Cavallo fue posteriormente consolidada por el gobierno Kirchner-Lavagna, y es esa degradación la que permite la nueva ofensiva de Milei. Si algo explica la rápida restitución de la economía capitalista local pos convertibilidad, además de la recepción de una masa de renta agraria sideral con capital variable deprimido por la devaluación, fue la posibilidad de los capitalistas de aprovechar todas las ventajas de la flexibilidad dejada por el período anterior para volver a poner en movimiento una masa de valor trabajo. Ello sin aumentar estructuralmente el número de ocupados de la gran industria, si se lo compara con las décadas anteriores.
De manera que la desocupación abierta registrada en el colapso de la convertibilidad, no se resuelve sino por un salvoconducto que es emplear por debajo del valor de reproducción y prácticamente sin derechos laborales a los trabajadores en la pequeña industria subsidiaria y en explotaciones privadas o estatales de subsistencia o auto subsistencia. Ello a su vez explica que al comenzar la fase de estancamiento y ajuste a fines de 2011, por la cual la burguesía comienza a fugar la plusvalía del proceso productivo, se vaya ensanchando cada vez más esta economía de subsistencia que sobrevive no de la explotación del capital sino de la redistribución salarial y cierta asistencia estatal.
Para comenzar a dimensionar la cuestión estructural del empleo en Argentina, podemos tomar los extremos de la cadena: el empleo industrial de un lado, que se concibe como el más productivo, y la desocupación abierta de otro, como la expresión más aguda de destrucción de fuerza productiva.
Podemos señalar que es a partir de la década de 1970 que comienza a estancarse la cantidad absoluta de trabajadores industriales del país en alrededor de 2 millones al menos hasta 1990, mientras que en 2001 ya se evidencia una caída de una cuarta parte a 1,5 millones[3]. A junio de 2023 el número que se registra es de 1,8 millones[4], prácticamente igual al número que data para octubre de 2025[5] evidenciando que a pesar del aumento de población que el capital industrial en Argentina ha dejado como herencia una caída estructural absoluta de trabajadores industriales, consolidada en el siglo XXI. En términos relativos a los trabajadores en relación de dependencia, de representar 36,7% en 1960, pasan a 26,3% en 1990 y el 20% en 2001. Una destrucción pavorosa del empleo industrial, que es el que se presume más estable y con protección social. En la actualidad representan un 14% aproximadamente para una cifra de 12,9 millones de dependientes.
¿Qué pasó con el otro extremo de la cadena? Según el autor que hemos citado “Fue en 1988 cuando el índice de desocupación abierta rompió su tope histórico y comenzó a oscilar entre el 7 y 9% de la PEA[6]. Después creció hasta alcanzar, en 1995 a 18,4%. Cuando descendió a 13,2% en 1998, el gobierno lo presentó como un gran éxito, pretendiendo ignorar que esta tasa mínima era el doble de lo que había sido el máximo histórico. Después, la desocupación abierta volvió a crecer hasta alcanzar 21,5% en mayo de 2002, y aunque no se publicó oficialmente, se reconoció que llegó a 25% de la PEA. Desde ese momento, en que alcanzó el máximo registrado en la historia argentina, descendió hasta ubicarse un poco abajo del 10% […] Si a los índices de desempleo se suman los de subempleo, puede percibirse el incremento de la parte más visible de la superpoblación relativa: 7,1% del total de la fuerza laboral en 1980; 13,8% en 1990; 29,7% en 1995; 34,6 % en 2001; 34,4% en 2003; aproximadamente 20% en 2007”[7].
Si revisamos el dato para el segundo trimestre de 2015 encontramos que la desocupación abierta es un 6,6% mientras que sumando a los sub ocupados (quienes trabajan “al menos una hora” para el Indec) tenemos un 15,6%[8]. Para el último informe disponible del Indec para el tercer trimestre de 2025 encontramos que en la actualidad se mantiene el 6,6% de desocupación abierta y un 17,7% al sumar la subocupación[9]. De modo hoy casi un quinto de la PEA del país se encuentra en una situación de desocupación manifiesta, llegando a picos relativos máximos de 35% en la crisis de 2001.
Bajo la convertibilidad menemista creció la desocupación por diferentes razones. La ola de despidos comenzó tempranamente a partir de las privatizadas concesionadas de servicios, logística y de diversas ex explotaciones públicas. Otra parte fueron los despidos industriales de empresas, por el efecto combinado de la exposición a la competencia internacional y el desembarco de monopolios que concentraron ciertas ramas, quebraron una parte de la burguesía nacional y elevaron la composición orgánica del sector. Finalmente, la desocupación también creció porque ante el aumento de la pobreza y la indigencia en que cayeron los salarios más personas del grupo familiar salieron a buscar trabajo pero el capital no dispone de ocupación productiva. A esto suma un aumento de la plusvalía absoluta, que con el aumento de las jornadas reduce los puestos de trabajo. En otra investigación se describe como el proceso de subocupación va creciendo sostenidamente durante la convertibilidad, mientras que la desocupación abierta tiene fluctuaciones mucho más marcadas al compás de las recesiones (1994-5, 1998-9) y los ascensos del PBI[10].
Una evaluación real de la superpoblación relativa debe sumar a desocupados y subocupados al menos a tres grupos más que se consolidarán durante los años siguientes: a los inactivos que dejan de buscar empleo, a los cuenta propia[11] que trabajan individualmente en condiciones de subsistencia o en cooperativas de subsistencia y, por último, a quienes lograron arrancarle al Estado la asistencia social bajo la forma de planes o determinados contratos.
Volviendo al autor citado se exponen datos de la proporción de cuentapropistas no propietarios de sus condiciones materiales de existencia del Gran Buenos Aires. Del 15,4% en 1991 casi se duplica a 27,6% en 2001, siendo 25,6% para todos los aglomerados urbanos. La suma de desocupados, sub ocupados y esta clase de cuentapropistas nos muestra que de representar 35,1% en 1991, pasan a representar un 60,2% de la PEA, mostrando de forma clara el colapso económico y el alcance crítico de una disolución de las relaciones de producción, que además es de dimensiones estructurales.
Posterior a la recuperación, el porcentaje de estos grupos oscilará en alrededor de un tercio del total de la PEA, similar al inicio del menemismo. Estas cifras globales, que muestran cierta estructura estancada de la ocupación en esta franja de superpoblación relativa, deben ser examinadas interiormente para ver que lo que media entre la convertibilidad y la pos convertibilidad es, además un violento colapso en 2001-02, el efecto mismo del estancamiento como un proceso de degeneración que liquida la fuerza productiva del trabajo. En esta economía de subsistencia, una misma suma de tiempo de trabajo rinde menos valor que el trabajo simple de la producción capitalista, y debe crecer por ello el peso de la asistencia en la redistribución del salario, dado que el ingreso se ubica debajo del valor normal de reproducción.
Al evaluar la evolución de 1991 al 2000 desde el enfoque del tipo de ocupación de los trabajadores cabezas de hogar, se evidencia un aumento de los hogares cuyo jefe trabaja en relación de dependencia en negro en 3,5 puntos porcentuales y hogares bajo jefes desocupados aumentando 3,7 puntos porcentuales desde 1,5 hasta 5,2. Es decir, una de cada veinte familias se hallaron en imposibilidad absoluta de garantizar su reproducción. En esa misma participación porcentual se redujeron los jefes de familia dependientes en blanco (que abarcan poco más de un tercio de hogares), cuentapropistas, e inactivos que salieron a buscar trabajo, entre ellos jubilados e incapacitados[12].
Hacia 2007 se estabiliza una desocupación abierta de 7,5% y en 2020 alcanza un pico local del 10%, para luego oscilar nuevamente entre 6% y 7%. El pico de 2020 no es tan brusco como podría suponer un evento como la pandemia, sino que la crisis previa venía elevando consistentemente la desocupación desde 2012 en adelante. Bajo la pandemia se produce una oleada de trabajadores alistándose en aplicaciones de plataforma, que se configura en Argentina como ocupación de “refugio” ante los saltos en la desocupación. Con Milei la desocupación abierta tiene un salto brusco al 7,5% durante los primeros meses, lo cual dará lugar a una nueva ola de desplazamiento posterior hacia las plataformas[13].
Recapitulando lo que hemos visto hasta ahora. El empleo industrial -el núcleo de la formación del valor en la argentina-, se redujo de dos millones en 1990 a 1,8 millones en 2025, y su participación entre los asalariados cae de 26% al 14% actual. Si en vez de asalariados consideramos el total de la PEA urbana los porcentajes se reducen del 18% al 9%. O sea, 1 de cada 10 personas económicamente activas fue expulsada del empleo industrial. Si tomáramos la participación de empleo industrial de 1990 sobre la PEA urbana actual nos daría 7,5 millones, que al restarles los 1,8 millones dejan en evidencia una destrucción neta de 5,7 de ocupados industriales que deben sobrevivir en los servicios o la economía de subsistencia. Por el otro lado, la superpoblación relativa abarca alrededor de 1 de cada 3 personas en todo el período, llegando al pico de 3 de 5 en 2001. Finalmente la desocupación abierta no puede perforar el piso del 7% y oscila en torno al 10% en épocas de recesión, con picos del 18% y el 25% en 1998 y en 2001 respectivamente.
En resumen, uno de cada diez (de la PEA) continúan en la gran industria (antes dos de cada diez), uno de cada tres exceden la necesidad del capital (situación que presiona a la baja el salario), y poco más de la mitad que resta conforman el mundo intermedio de trabajadores asalariados no industriales y no asalariados dentro del empleo público, la construcción y los servicios[14]. Todo esto en el marco de una consolidación de la pobreza, la indigencia, la caída del salario real y el aumento de la tasa de explotación.
¿Cómo afectó la crisis capitalista a las jornadas laborales? Por su parte, la subocupación –personas que trabajan hasta treinta y cinco horas semanales- comenzó a crecer consistentemente del 9% de los ocupados en 1993 al 17% en 2001, llegando al pico de 20% en 2002. La sobreocupación (GBA) –más de 45hs semanales – aumenta con ciertas recesiones como la de 1989 y la de 1998 alcanzando 37-40%[15] mientras en otras recesiones cae al 33% como 1995 y abruptamente al 28% en 2002. Posterior a la catástrofe de 2002, la subocupación cae consistentemente de 2002 a 2006 desde el 20% hasta quedar oscilando alrededor de 8,5-12% hasta la actualidad, mientras que la sobreocupación (urbana nacional) rebota del 28% hasta el 31,5% en 2004, y se moverá en este rango a partir de entonces.[16]
Al mirar la evolución general de estas cifras se determina un comportamiento contradictorio de la sobreocupación en una fase de fuerte reestructuración como la convertibilidad, por la cual crisis que afectan fuertemente el salario impulsan un aumento de la sobreocupación, mientras que crisis que afectan fuertemente la producción impulsan su reducción (tenemos en consideración que en toda crisis capitalista tanto el salario como la producción tienden a resentirse aunque con diferente intensidad). Estructuralmente existe un rango estable de 20 puntos porcentuales de diferencia entre sobreocupación y subocupación, favorable a la primera, pasada la recuperación inicial de la convertibilidad. El desvío asimétrico indica que en Argentina se trabaja una jornada promedio cercana o mayor a la banda superior de cuarenta y cinco horas de los ocupados plenos (siempre que tomemos el conjunto de datos centrales y no consideremos las subocupaciones extremas).
La compulsión al aumento de la jornada al máximo está inscripto de forma constitutiva en las relaciones sociales burguesas. No es una arbitrariedad que el capitalista requiera de jornadas largas en vez de más trabajadores que se dividan el trabajo por menos salario cada uno, ni que al encuentre siempre trabajadores dispuestos. La extensión de horas y no de ocupados permite al capital reducir la planta y sus gastos fijos en períodos de baja actividad, regular el nivel de actividad con horas en vez de costear el ingreso y despido, cubrir la inactividad forzosa de forma inmediata, obtener beneficios fiscales que puedan derivar del límite de tamaño, limitar la extensión numérica de la ley laboral, y en suma, obtener igual producto y plusvalor a menor costo. Lo que media que un trabajador realice una jornada más larga, no es que gane más y supere el valor de reproducción, sino que el obrero colectivo del que forma parte se sigue vendiendo por un valor de reproducción relativo menor al nuevo producto creado (aumenta la productividad del costo variable y el excedente absoluto).
En la catástrofe de 2002 la diferencia de participación porcentual entre sobre y subocupados se reduce violentamente a ocho puntos por convergencia (movimiento opuesto) de ambos sectores, reflejando por un desplazamiento general descendente de la jornada en todos los estratos, en momento de pico de desocupación abierta. Pero en un año esta convergencia de participación rebota re ampliando la brecha estructural y el aumento de las jornadas, apenas por debajo de la que corresponde a la convertibilidad. Así lo registra un trabajo mostrando que existió un aumento promediado del 6% de las horas trabajadas por obrero entre 2002 y 2003. Pero lo significativo es que fue una dotación mayor de 8% de trabajadores la que produjo un aumento del 26% de la producción industrial[17]. Esto evidencia que la “reconstrucción de la burguesía nacional” fue realizada con una elevación de la plusvalía absoluta sobre todo al comienzo. La autora indica el dato de jornadas promedio de 9,5hs pero también debe considerarse la intensidad.
El nivel de las jornadas de la pos convertibilidad puede ser retratada en varios sectores. Un ejemplo se evidenció en la industria minera. Sobre la minería se escribe que produce normalmente en base a un sistema de turnos con dos semanas de producción trabajando todos los días y otras dos de descanso y jornadas continuas de hasta doce horas como se registró en (2009), Sierra Grande (2011), Manantial Espejo (que desencadenó una huelga en 2010), Veladero (2012), La Alumbrera (2017)[18].
De acuerdo con la investigación citada recién, en 2011 los mineros de Sierra Grande lucharon contra el nuevo sistema 7×2 en Chinchillas (Jujuy), que reduce notablemente la proporción habitual de descanso. También describe la situación en El Aguilar: “el grupo suizo Glencore aplicó en 2009 una estrategia claramente extorsiva. Con el pretexto de evitar despidos, exhortó a sus obreros a aceptar el aumento compulsivo de la jornada laboral de 8 horas a 10 horas y media y, en algunos casos, a casi 12 horas diarias, y paralelamente cambió el régimen de trabajo a 14 días de trabajo y 7 días de descanso. […] lo cual desató una dura huelga. En lugar de ceder, la empresa despidió a 176 obreros”[19].
Otro sector formal con jornadas particularmente largas son las enfermerías de hospitales públicos. “La enfermería franquera del Garrahan actualmente realiza jornadas de 14 horas, mientras que el servicio de esterilización hace 16 horas.”[20]. Por su parte la dirección del Hospital Posadas llevó en 2017 adelante una resolución para ampliar la jornada de diez a doce horas nocturnas para la enfermería, buscando imponerla a descuentazos limpios del 70% frente a las acciones de lucha y despidos[21]. El Hospital ni siquiera pagaba el adicional legal por hora extra. Un fallo antiobrero de apelación de la justicia, que demoró dos años para llevar al desgaste a la lucha, permitió la avanzada de la patronal estatal. La gestión nombrada por el peronismo a partir de 2019 no revirtió la resolución.
Todo esto demuestra que lejos de una “libertad” del trabajador para elegir trabajar sobre la jornada normal de ocho horas, las patronales públicas y privadas son las que coaccionan para extender las jornadas prescindiendo de pagar relevos y hacer nuevas contrataciones. Esto se agrava aún más con las patronales negreras y con las formas más precarias del empleo público, donde se suele contratar por una jornada teórica e ir imponiendo a la larga que el trabajador aumente las horas promedio. En sectores en específico como la industria textil indumentaria, es conocido que prolifera el trabajo en negro (70% estimado)[22], las pequeñas explotaciones de baja composición orgánica, y la imposición salvaje de la plusvalía absoluta a través de la intensidad y la extensión de la jornada, tanto para la modalidad de trabajo a domicilio como dentro los talleres esclavizadores que explotan la población boliviana. Así se describe la situación de las jornadas:
“En los talleres de Ramón Falcón y Rafaela, se trabajaba desde las 8 de la mañana hasta las 20 o 22, de lunes a viernes y los sábados hasta el mediodía. En Portela, lo hacían de lunes a viernes desde las 7 a las 21 horas y los sábados a la mañana. Para el taller de Eugenio Garzón se cuenta con información más detallada. La entrada al taller era a las 7 de la mañana. A las 9 les daban el desayuno (taza de té o mate y un pan), a las 13 el almuerzo, luego la merienda (infusión y pan) y la cena (siempre sopa) a las 21.30. El horario de trabajo terminaba entre las 12 y la 1 de la mañana, pero el tallerista les indicaba que si querían seguir trabajando lo podían hacer para ganar más” (Egan, 2014) [23].
Dentro de la subocupación sobre la PEA se observó un crecimiento consistente de la subocupación demandante –relacionada con la desocupación intermitente, las changas, etc.- del 4% en 1993 al 11,6% a 2003 (con pico del 13,4% a fines de 2002) mientras que la subocupación no demandante se sostiene estable entre 4,5% y 6% a lo largo de esa década. Por un lado, el colapso capitalista provoca la reducción de la masa de valor en movimiento aumentando al grupo de subocupados demandantes (muchos de ellos desocupados encubiertos). Por otra parte la subocupación no demandante es poco sensible a la crisis, por cuanto dentro de ella se representan cierto grupo de trabajadores que tienen capacidad de auto limitar las horas de su jornada por tener salarios más altos, bien que estudian, o realizan un aporte al ingreso del hogar. Posterior a la convertibilidad la subocupación no demandante se estabiliza en torno al 3-4% mientras que la subocupación demandante se acomoda más lentamente en torno al 6-8%. De modo que estructuralmente la subocupación demandante aumenta alrededor de tres puntos porcentuales respecto de la convertibilidad, mientras que la subocupación no demandante se reduce en alrededor de 2 puntos.
Al evaluar la subocupación y sobreocupación sobre los asalariados jefes de familia, encontramos que la brecha de participación entre ambos grupos es de más de cuarenta puntos, un desvío de participación que prácticamente duplica el del conjunto de ocupados. Quiere decir que los sostenes de familia y los asalariados tienen menos subocupación y más sobreocupación –en suma trabajan una jornada mayor- que el resto de la familia. Hacia el 2000 se evidencia como han aumentado tanto la subocupación y sobreocupación (a costa de los ocupados plenos) tanto para jefes asalariados formales como informales. Este dato muestra el desplazamiento en el marco de la debacle económica, forzando a los jefes de familia asalariados a hacer horas extra y mostrando que el aumento de la jornada media venía operando desde la convertibilidad. Y es una necesidad que así sea puesto que al caer el salario por hora, las horas extra se transforman en una condición indispensable para la reproducción de la fuerza de trabajo. Así el capitalista puede desembolsar el mismo pago que antes al trabajador, pero arrancándole más horas de trabajo. Para otro sector, sobre todo los jefes asalariados informales, se agravó fuertemente la subocupación. El aumento de la jornada de sobreocupados resta acceso a subocupados, mientras que subocupados constituyen un punto de presión para la extorsión capitalista del aumento de la jornada[24].
Es elocuente con este estado de situación este dato registrado de la ofensiva menemista: “Datos del MTySS muestran que 60% de los convenios colectivos de trabajo renovados en los últimos años contienen modificaciones en las cláusulas referidas a tiempo de trabajo (aumento de horas de la jornada, disminución de feriados, reducción de tiempos de descanso, etc.). A modo de ejemplo, la empresa de Correos elevó la jornada normal de trabajo de 36 a 48 horas semanales y el Banco Hipotecario aumentó la jornada diaria de 7 y media a 9 horas”[25].
El autor cita también que tres de cada cuatro desocupados no considera la cuestión de la jornada ni el salario para aceptar empleo, mostrando la desesperación existente de este sector en el marco de la ofensiva menemista.
Por contraposición, tenemos el pluriempleo por el cual una parte de la fuerza de trabajo rota entre diferentes formas de ocupación y requerimientos eventuales del capital, a veces trabajando simultáneamente en dos o más áreas en distintas partes de la economía, otras veces en la inactividad y la subocupación. No se trata de una situación elegida, como plantean interesadamente muchos ideólogos y académicos que ven en ello “la preferencia de los jóvenes por la flexibilidad”, “el emprendedurismo”, sino que es expresión aguda de un régimen que por sus necesidades de valorización es incapaz de ofrecer estabilidad, experiencia, acceso a la vivienda propia, a condiciones para la crianza, a una calificación productiva y a toda perspectiva de desarrollo en general. La sobre acumulación del capital, cuota mayor de plusvalía mediante, y la proliferación de la pequeña explotación y la extensión de la economía de subsistencia han creado un cuadro por la cual todo aparece como eventual, el trabajo, la vivienda, la familia en la subjetividad obrera. A esta circunstancia es que responde la normalización creciente de consumir sin acceso a la propiedad real (alquiler, suscripciones, etc.) y de trabajar de modo flexible.
Benavav (2020) encuentra que efectivamente los bajos índices de desocupación abierta aparecen encubiertos por esta categoría de trabajadores de “diversas clases de subempleo, que son más difíciles de medir”[26]. La conclusión de otro trabajo de 2024 expresa que: “El proceso de incorporación de las juventudes al mundo del trabajo en tiempos de (post)pandemia, parece pendular entre estados de inactividad y de multiactividad, donde la categoría de desempleado pierde paradójicamente relevancia […]. Prima en muchos jóvenes la idea de una búsqueda no activa de empleo, dado que consideran que «el trabajo llega» y que pueden rotar fácilmente de un trabajo al otro, lo que lleva a que las estadísticas los clasifiquen usualmente como “inactivos”. […] En la mayoría de los casos el trabajo es fuente de ingreso temporal, pasajero y totalmente imprevisible: las horas y los días de trabajo varían sin previo aviso, la duración de la relación también, e incluso las tareas que realizan pueden verse modificadas de un día para el otro[27].
Estos mismos autores reconocen en otro trabajo que el pluriempleo se constituye previo a la pandemia, y registran que desde 2016 a 2023 abarca al 7% de los trabajadores sin título superior de todo el período, y al 18% de los trabajadores con título superior. Pero esta media es superior a medida que pasa el tiempo, en tanto también se refleja que la proporción crece consistentemente un punto porcentual cada 3 años, de forma paralela para trabajo registrado como no registrado, hasta llegar a 11,5% en 2023. Finalmente se evidencia el pluriempleo se duplica en proporción para las mujeres respecto de los hombres[28].
Resumiendo todo lo hallado, hacia la catástrofe de 2002 (a excepción de ese año) se registró un fuerte aumento de la sobre ocupación resultando un aumento de la jornada media. Ese mismo año se derrumba la sobreocupación para retomar al año siguiente y estabilizarse en torno al 30%. Por otra parte la subocupación no demandante se estabiliza en torno al 7% y las formas de pluriempleo van ganando peso progresivamente hasta un 11,5% en 2023, tanto para trabajadores registrados como no registrados.
Para terminar de comprender la realidad de la organización del trabajo en la Argentina, y poder avanzar en caracterizar la dinámica de las relaciones sociales y la precarización como tal, tenemos que echar un vistazo rápido a su estructura económica.
La economía Argentina contiene un sector agrario de alta productividad situado en la pampa húmeda que obtiene una renta diferencial del mercado mundial. Se trata de un sector que aumenta progresivamente la productividad y acumula capital. Otros productos con renta diferencial que van ganando espacio en el último período son el gas y el litio, donde monopolios obtienen concesiones a largo plazo y renta simple de monopolio.
Estas rentas son un plusvalor que se redistribuye en la circulación (mediante diferentes intervenciones) hacia grandes capitales manufactureros y de servicios de origen nacional e internacional –en manos de holdings y grupos monopólicos- que producen no a escala mundial, sino a escala del mercado interno (eventualmente Mercosur), en arreglo a su productividad mundialmente baja. Estos capitales acumulan hasta que saturan la escala local, luego fugan las ganancias, y se descapitalizan con el agotamiento macroeconómico de la protección. Acoplan a su organización a un grupo de medianas y pequeñas explotaciones que forman parte de su red oficial (contratistas) y no oficial (PyMes independientes) las cuales pueden tener una tasa de acumulación inferior a la del capital superior y acompañan su fase de estancamiento. Se forma así toda una cadena de intermediación parasitaria entre la fuerza de trabajo que añade valor a la mercancía y el capital que apropia el excedente.
Tenemos que mencionar también la construcción, que produce no solo valores de uso, sino una reserva de valor de las ganancias no reinvertidas; los bancos, el comercio, y otros servicios que cumplen funciones específicas no productivas para el capital dentro del ámbito de la circulación, y el empleo estatal, del cual la mayoría no es industrial sino de administración, servicios o subsistencia.
Por fuera de todos estos empleadores, tenemos un mundo de no asalariados que trabajan en micro emprendimientos, cooperativas, oficios o changas y dependen en general de la redistribución del capital variable en la circulación. Toda la economía de subsistencia reproduce un principio de circulación mercantil en el marco de la circulación capitalista, y su extensión responde al crecimiento del proletariado de este sector por la expulsión que produce la acumulación de capital. La capacidad autónoma de acumulación de esta economía es prácticamente nula dado que en general ni siquiera alcanza a cubrir el valor de reproducción de la fuerza de trabajo, razón por la cual puede complementar su reproducción con alguna forma de asistencia pública y crédito. Aumenta así entonces un sector residual a la acumulación, que ejerce su propia influencia sobre la relación asalariada y de dependencia en general.
Si resumimos esto, podemos identificar cuatro niveles de estructura económica capitalista en Argentina: a) sectores con renta diferencial; b) monopolios y grandes capitales protegidos, junto a sus pequeñas explotaciones subsidiarias; c) sectores improductivos estatales y privados que sirven a la reproducción del capital; d) economía de subsistencia. Los dos primeros los rige la reproducción ampliada de valores, hasta que el capital colapsa por sobre acumulación y opera bajo reproducción simple. La tercera vive de la plusvalía distribuida de los primeros dos sectores. La cuarta es reproductora simple de valor y vive en general de la redistribución del salario.
Lo que se evidencia, es que a medida que proseguimos en niveles se pierde gravitación desde el punto de vista del valor y las necesidades de reproducción de la economía mundial, pero se gana en gravitación sobre la fuerza de trabajo y la necesidad de su lucha por la existencia. Desde el punto de vista de la ocupación en Argentina, la tendencia observada es al reforzamiento de los últimos niveles en detrimento de los primeros, una realidad estructural en movimiento sobre bases direccionadas. De un modo general, los centros atractores y formadores de valor expulsan la fuerza de trabajo hacia los centros de subsistencia, lo cual muestra en toda su intensidad como las relaciones de propiedad vigentes se presentan como una traba al desarrollo de las fuerzas productivas. Esto ocurre por la propia sobreacumulación de capital y mecanismos confiscatorios que se derivan como la no reinversión de la plusvalía y la colonización financiera, un parasitismo del crédito desligado de toda condición de mejora de la productividad y desarrollo. Cierta parte del endeudamiento se forma transitoriamente como sostén de la burguesía protegida y puede llegar a financiar la extensión de la economía de subsistencia para contener la explosividad social.
Continúa II y III parte
[1] Esto es, distinguimos la relación asalariada de otras formas de dependencia técnica que adoptan la apariencia de trabajo asalariado pero que no son productoras de plusvalía, lo cual no quita que formen igualmente parte de la proletariado con legítimo derecho a poner límite al abuso de esta dependencia, ni que dejen de estar en una ocupación necesaria para la reproducción del capital. Solo la producción de plusvalía –trabajo productivo en sentido estricto- define la relación asalariada en su real sentido social, incluso aunque se halle oculta dentro de una cadena de intermediarios.
[2] Rath, C. (2001) Trabajadores, tercerización y burocracia sindical: el caso Mariano Ferreyra. Biblos.
[3] Iñigo Carrera, N. (2009) La situación de la clase obrera en la Argentina del capital financiero. Theomai, núm. 19. pp. 119-134.
[4] Informe de indicadores laborales de la Industria N°9. (2023) UIA. Suma de industria manufacturera, minas y canteras, transporte, comunicaciones y almacenamiento siguiendo a Iñigo Carrera.
[5] Informe de indicadores laborales de la Industria N°1. (2026) UIA. Misma metodología.
[6] Al referir a la PEA, las estadísticas incluyen a todos los individuos, de todas las clases sociales, que son considerados dentro de alguna ocupación económica o la buscan una activamente. Los patrones por ejemplo oscilaban entre 4,5% de la PEA en la década de 1990 y entre un 2,7% y un 3,8% de los 2000 en adelante.
[7] Iñigo Carrera, N. (2009) La situación de la clase obrera en la Argentina del capital financiero. Theomai, núm. 19. pp. 119-134. Esta información es consistente con la que presentan Santarcángelo, J. y Schorr, M. (2001) que afirman que “hacia fines del período analizado casi un 30% de la población económicamente activa presentaba serios problemas en materia laboral, cuando a comienzos del mismo dicha proporción era inferior al 14%.”
[8] IPYPP (2015) El Empleo en el II Trimestre del 2015.
[9] Mercado de trabajo. Tasas e indicadores socioeconómicos (EPH). Vol. 9, N° 10. Tercer Trimestre 2025.
[10] Santarcángelo, J. y Schorr, M. (2001) Dinámica laboral en la Argentina durante los años noventa: desocupación, precarización de las condiciones de trabajo y creciente inequidad distributiva*. Asociación Argentina de Especialistas en Estudio del Trabajo.
[11] También llamados autónomos, independientes, o no asalariados. Una parte de ellos está inscripto como monotributista. Dentro de los cuentapropistas no solo están aquellos que apenas subsisten, sino también profesionales liberales.
[12] Datos de Salvia, A y Tissera, S. (2002) Ecuador Debate. Heterogeneidad y Precarización de los hogares asalariados en Argentina durante la Década del ’90.
[13] Datos derivados de Beccaria, L. y Fernández, A. (2020) El mercado de trabajo argentino en un contexto de ajuste y flexibilización. Ciudadanías-UNTREF.
[14] Cabe aclarar que tanto la construcción como una parte de los servicios, constituyen ramas de plena valorización del capital y pueden considerarse productivos.
[15] Debe tenerse en cuenta que la jornada legal de ocho horas, desde su aprobación en 1929, en los hechos fue sistemáticamente violada a partir del recurso de las “excepciones” que habilita la propia ley y su decreto reglamentario en 1933. En 1979 la dictadura genocida amplía a un máximo de tres horas extra diarias, cuarenta y ocho mensuales, y trescientas veinte anuales. Esto habilita a un máximo aproximado por día hábil de diez horas y cuarto durante casi siete meses, o bien nueve horas y media durante todo el año. El decreto 484/2000 de la Alianza expresaba que un alto porcentaje de la población ocupada (¿¿excepciones??) tenía semanas laborales de 50hs. El decreto restauró las treinta horas mensuales y doscientas horas anuales, habilitando a un máximo aproximado por día hábil de una hora y media extra diaria llevando la jornada media a nueve horas y media del durante casi siete meses, o bien ocho horas y cincuenta minutos durante todo el año. En términos de semanas laborales máximas los cambios entre un decreto y otro implican el pasaje de cincuenta y cuatro horas (o sesenta en temporada) a cincuenta y dos (o cincuenta y cinco y media en temporada).
[16] Datos en base a EPH-Indec
[17] Marticorena, C. (2008) Precariedad laboral y caída salarial. El mercado de trabajo en la Argentina post convertibilidad. ASET.
[18] Gomez Lende, S. (2022). Superexplotación obrera y precarización laboral en Argentina: el caso de la mega minería metalífera. Revista del Centro de Estudios de Sociología del Trabajo. FCE.
[19] Ídem.
[20] Prensa Obrera (13/4/2023) Se profundiza la lucha por las 12 horas de los franqueros del Garrahan.
[21] Prensa Obrera (19/2/2019) Hospital Posadas: un fallo antiobrero.
[22] Ludmer, G. y Favata, F. (2020) Informalidad laboral en la fabricación de ropa en Argentina entre 2003-2018: ¿qué aporta la encuesta permanente de hogares?. Estud. econ. vol.37 no.74 Bahía Blanca. CEIL.
[23] Egan, J. (2014) Condiciones de trabajo y tercerización en la industria de la confección: Un acercamiento a partir de las fuentes judiciales. VIII Jornadas de Sociología de la UNLP.
[24] Datos de Salvia, A y Tissera, S. (2002) Ecuador Debate. Heterogeneidad y Precarización de los hogares asalariados en Argentina durante la Década del ’90.
[25] Barbeito, A. (1999) Desempleo y precarización laboral en la Argentina, una visión macroeconómica. Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas – CIEPP.
[26] Benavav, A (2020) La automatización y el futuro del trabajo. New Left Review. Segunda Época.
[27] Busso, M. y Pérez, P. (2024) Entre la inactividad y el pluriempleo: la participación de las juventudes en el mundo del trabajo en la Argentina poscovid. Cuestiones de Sociología, 30, e175
[28] Pérez, P.; Busso, M. (2025). El pluriempleo en la Argentina de las crisis (2016-2023) : ¿Una respuesta de la clase trabajadora a la precarización del mundo del trabajo?. En Maceira, V. (comp.), Argentina en disputa: clases, actores y políticas frente a la desigualdad social (pp. 89-111) UNGS