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Dos políticas para el movimiento obrero

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Dos políticas para el movimiento obrero

Un debate con el PTS que atraviesa transversalmente a toda la izquierda


Resulta de primer orden el debate que se abrió en la izquierda argentina a partir del aumento en la consideración popular del FIT-U frente al declive de la imagen del gobierno y al balance negativo que las clases explotadas hacen de la oposición patronal tanto por sus experiencias pasadas de gobierno o por su rol como oposición durante los últimos tres años.

Sin sobredimensionar ni caer en impresionismos, que en un sector de las masas la subjetividad esté en disputa en estos términos es una novedad destacada de la situación política que hay que abordar.

Desde el PO consideramos que debemos explotar esta situación, por un lado, impulsando los comités unitarios de FIT-U donde se resuelvan acciones e iniciativas de lucha, y a la vez, profundizando el debate, fraternalmente y sin sectarismos, para que la izquierda revolucionaria salga reforzada en términos militantes, organizativos, programáticos y políticos.

En ese sentido, queremos realizar una contribución polémica con respecto a la orientación estratégica hacia el movimiento obrero y las tareas que de ello se desprenden.

Para ello, tomaremos como base dos políticas diferentes en el seno del FIT-U, expresadas abiertamente en los manifiestos del PTS y del PO: si bien ambas corrientes planteamos la necesidad de recuperar las organizaciones obreras, lo que formalmente parece una coincidencia, políticamente contiene divergencias importantes.

Recuperación de los sindicatos: ¿táctica o estrategia?

El PTS realiza el planteo de manera subordinada a una construcción por fuera de las organizaciones obreras: “peleamos por poner en pie nuevas organizaciones, como comités de lucha o coordinadoras, impulsando los procesos de autoconvocados frente a las direcciones burocráticas. Pero no le damos las espaldas a las organizaciones que todavía representan a gran parte de nuestra clase.” En este caso, el orden de los factores altera el producto: el eje son las autoconvocatorias (“la autoorganización es el camino para empoderar a la clase trabajadora” sic manifiesto). Veamos de qué se trata.

En la concepción “algebraica” del PTS, las autoconvocatorias se constituirían por lo que denominan “primer y segundo sector de actividad de frente único”. El primero lo integrarían los “bastiones de clase” (comisiones internas, delegados, agrupaciones de base) y el segundo, los movimientos de lucha de los sectores atacados por las políticas de gobierno (ambientalistas, feministas, barriales, sociales, de discapacidad, entre otros) y el “frente único en los sindicatos”, por ejemplo, la Multicolor que conquistó el Suteba Matanza. Nótese que se refieren a la orientación para los sindicatos “chicos” y seccionales, mientras que para los grandes se reservan el llamado al frente único obrero que desarrollaremos más adelante.

Surge acá una divergencia de relieve. Sucede que para el PTS sindicatos “chicos” recuperados, comisiones internas y autoconvocatorias comparten “nivel de actividad” pero no jerarquía: las autoconvocatorias son “el corazón del segundo nivel” (sic segunda entrevista a Albamonte, LID). Es decir, no aparece la clase obrera y sus organizaciones liderando el proceso, sino de manera diluida en otras organizaciones de lucha de carácter policlasista.

Primer debate: ¿es la clase obrera con un programa socialista y sus organizaciones quien debe acaudillar el proceso revolucionario o comparte ese status con otros sectores sociales?

Para el PO sigue vigente la primera opción y debe reflejarse en términos políticos y organizativos. La tarea del partido es ganar a las organizaciones obreras al programa revolucionario para postular al proletariado como caudillo de la revolución socialista. El programa, por supuesto, debe contener todas las reivindicaciones de los sectores explotados y atacados por la política capitalista. A estos sectores, que apoyamos en sus justos reclamos y movimientos reivindicativos, debemos hacerles comprender que las luchas por sus intereses están ligados a la lucha de la clase obrera y que la salida de fondo es un cambio de régimen… ¡con la clase obrera y el programa revolucionario socialista a la cabeza! Para lo cual hace falta que la clase obrera se organice en forma independiente del Estado y de los partidos patronales. Es el método histórico de intervención del marxismo, la batalla política por excelencia en la lucha de clases.

Por ejemplo: dentro del colectivo ambientalista, mientras luchamos incondicionalmente por las reivindicaciones inmediatas, damos la batalla política para explicar que la única clase social con la fuerza suficiente para poner en pie un nuevo régimen social que evite la destrucción del planeta es la clase obrera que levanta el programa socialista, que prioriza la vida en todas sus manifestaciones por sobre el lucro capitalista y que termina con la anarquía capitalista para dar lugar a una economía planificada. Sin ese contenido, la lucha ambiental se transforma en ecologismo vulgar sin perspectiva de progreso bajo el capitalismo. Lo mismo vale para el colectivo de las mujeres y las disidencias. Somos los primeros en la línea de batalla diaria contra la opresión de género que engendra la sociedad capitalista y el Estado dominado por ella, en defensa de la mujer y de todos sus derechos. A la par de esta lucha, entablamos el debate político: sus reivindicaciones solo pueden ser llevadas adelante de manera consecuente con un programa que plantee como primera condición la independencia del Estado y la Iglesia, es decir, el programa revolucionario de la clase obrera.

El no pago de la deuda fraudulenta, la ruptura con el FMI, la nacionalización de la banca, el comercio exterior y los recursos naturales, entre otras medidas, apuntan a concentrar los recursos económicos y destinarlos a la industrialización y el desarrollo del país, de la salud, a la defensa de la educación, del medio ambiente, de la ciencia, a garantizar los reclamos del colectivo de discapacidad.

Es un programa que solo se puede consumar apoyando, impulsando y organizando todos los reclamos sociales y, por su número y por el lugar que ocupa en el proceso productivo, con la clase obrera y sus organizaciones a la cabeza. Concepto que el PTS con su formulación algebraica distorsiona.

Un segundo debate surge del primero. ¿Cómo superamos a la burocracia? El PTS plantea “impulsar coordinadoras zonales que articulen permanentemente a los sectores en lucha y pasen por encima de la burocracia”. Clarificador. La superación de la burocracia sindical no se operaría a través de la recuperación de los sindicatos sino a través del desarrollo de las autoconvocatorias y coordinadoras.

En resumen, para el PTS la recuperación de los sindicatos “chicos” y comisiones internas, es decir, las organizaciones propias de la clase, es una tarea táctica para el desarrollo estratégico de las “coordinaciones autoconvocadas”, a las que deben subordinarse las organizaciones obreras recuperadas para superar a la burocracia sindical.

El planteo podría discutirse en algunos aspectos si el desarrollo de las autoconvocatorias fuese una realidad que se impone, un factor relevante de la situación política, en el marco de una movilización de masas. Acá no hay intención de hacer fetichismos de los sindicatos… pero tampoco aceptamos lo de las autoconvocatorias, presentadas como soviets imaginarios que no existen hoy ni en su forma embrionaria, ni siquiera como tendencia. “En política es necesario partir de lo que hay, y no de lo que se desea que haya, ni de lo que puede llegar a haber” (Trotsky, ¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán, 1932)

Incluso, importa señalar como experiencia histórica que uno de los límites que encontró la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre del 2001 fue la ausencia de una participación del movimiento obrero organizado, que fue convocado por la burocracia el 13 de diciembre previo, en acuerdo con sectores devaluacionistas de la burguesía (Carboneto, Duhalde, Techint). En función de ese campo político, incluso se apartaron la CTA y la CCC, sacando de las jornadas históricas a las principales organizaciones de desocupados de la época.

Por otra parte, surge otro problema. Hemos visto varias veces al PTS, en nombre de la autoorganización, justificar acciones sustitucionistas. En primer lugar corresponde aclarar que se puede y se debe, en casos concretos, impulsar acciones con un sector de trabajadores de vanguardia decididos a la lucha. Pero nunca reemplazarlos y mucho menos cuando el colectivo obrero está en lucha, como en Fate con el Sutna a la cabeza, donde el PTS y otras agrupaciones actúan como “trabajadores de Fate”, usurpando al colectivo, su asamblea y su sindicato.

Otra variante de sustitucionismo fue Lear, donde las acciones estaban desconectadas de la masa de trabajadores que seguía operando normalmente adentro de la planta: las iniciativas no apuntaban a ganar su confianza y revertir la relación de fuerzas en el lugar de trabajo. Otro, el conflicto de Siam (Avellaneda) donde se resolvieron acciones en lugares distantes del lugar de trabajo o en horarios que no se correspondían con el adecuado para entablar un contacto con el resto de los trabajadores involucrados a los que era necesario conquistar, sino el horario de una supuesta mayor atracción mediática.

Esta política muy común en el PTS encarna un sustitucionismo con fuerte contenido autoconstructivo que puede alimentar la publicidad de algunos candidatos más o menos reconocidos pero no ayuda a desenvolver la organización de la clase obrera. En estos casos, la “autoorganización”, en el fondo esconde además una renuncia a la lucha real por organizar los lugares de trabajo.

Renuncia que, cabe señalar, muchas veces lleva adelante también en nombre de combatir al “corporativismo” y que en los hechos es un rechazo a luchar por el control físico del lugar de trabajo, un rechazo a construir el contrapoder en el corazón del régimen social: las fábricas y lugares de trabajo. Contrapoder llamado a cumplir, para los marxistas, un rol de primera importancia en la construcción de un doble poder en términos políticos como sucedió, por ejemplo, en Chile con los Cordones Industriales en los ´70.

Viene al caso el ejemplo del secretario general del sindicato gráfico. Cada vez que habla de los salarios admite que las paritarias no alcanzan, pero defiende que no se pueden resolver los problemas solo en el sindicato sino que la lucha es principalmente política y hay que construir una alternativa a Milei. Sobre la base de un criterio atinado-toda lucha es política- la burocracia gráfica justifica su ausencia de lucha reivindicativa.

Desde otro ángulo, el PTS repite el formato. Su rechazo al corporativismo esconde, incorrectamente, muchas veces un desprecio a organizar a los trabajadores por sus reivindicaciones inmediatas. En este punto vale mencionar que su agrupación gráfica acusó, en su momento, a la comisión interna de la gráfica Morvillo de corporativista. A una interna que conquistó por más de 20 años, la estabilidad laboral, los salarios más altos del gremio y condiciones de trabajo muy superiores a la media de la industria, que participó desde su fundación en el Plenario del Sindicalismo Combativo (PSC) y en cada acción de lucha y movilización obrera, que encabezó las últimas listas de oposición en el gremio gráfico, que destacó candidatos obreros de la fábrica en todas las listas del FIT-U.

¿Olvida el PTS que la evolución política de los trabajadores se procesa al calor de su propia experiencia? Un reclamo reivindicativo llevado adelante con una orientación consecuente de clase aporta a la experiencia colectiva un método de lucha, un programa, conclusiones políticas y muestra a la clase su verdadero potencial. La tarea del partido, en el ámbito sindical y fabril, es estar a la cabeza de todos los reclamos reivindicativos e integrarlos a la lucha política. Renegar de la lucha política en los frentes sindicales es tan nocivo como subestimar el rol de la lucha reivindicativa como uno de losmotores de la elevación de la conciencia de clase “para sí” a través de la intervención del partido. Por el contrario, cuando el PTS denuncia a la burocracia sindical como corporativista, la está embelleciendo. El rasgo fundamental de la burocracia sindical no es el corporativismo, sino que ha evolucionado de manera tal que es directamente una quinta columna, agente del Estado y de las patronales, en el seno de las organizaciones obreras. El “corporativismo” de un sector independiente del movimiento obrero, indicaría que este es reformista, que no evoluciona hacia una alternativa política independiente y de lucha por el poder obrero.

Para el dirigente del PTS, Albamonte, “la construcción del partido sin una política de autoorganización conduce a una concepción aparatista”. Paradójicamente, no hay accionar más aparatista que el del PTS, justamente porque son ajenos a una política de frente único de clase, en la cual se desenvuelve la construcción política de los revolucionarios (evidenciada, por ejemplo, en su hostilidad constante hacia el PSC). El PTS, mediante el sustitucionismo, la acción divisionista, la usurpación de representaciones y la autoproclamación en función de su grupo y sus candidatos, en nombre de la autoorganización cae en el más furibundo “aparatismo”. El interés general de la clase, de la cual los comunistas somos el sector de lucha más consecuente, está por encima del interés particular de algún grupo o sector, enfrenta al “aparatismo”. Es el ABC del marxismo, inscripto desde el Manifiesto Comunista.

Retomando la cuestión de las autoconvocatorias, la realidad concreta, hoy, no muestra un surgimiento espontáneo ni masivo de las “coordinaciones” y vale aclarar que las pocas que existen suelen operar en oposición al Plenario del Sindicalismo Combativo, los movimientos piqueteros independientes y las organizaciones de jubilados, o sea, del sector de los explotados encabezados por la clase obrera y políticamente organizados alrededor de un programa de clase. Un programa discutido y votado en un enorme plenario de casi mil dirigentes, delegados y activistas de todo el país. Esto es fundamental, porque se trata de una vanguardia obrera que bajo la influencia de las corrientes revolucionarias en el movimiento obrero se organiza en función de la lucha por una nueva dirección de carácter clasista por sus métodos, por su independencia de la patronal y del Estado y por su programa contrario a la colaboración de clases en la que abrevan todas las tendencias, sin excepción de la burocracia peronista, desde los gordos hasta las CTAs, pasando por el Fresu.

Lo que sí refleja la situación objetiva es la regimentación en los lugares de trabajo impuesta entre la patronal y la burocracia sindical, por un lado, y la vigencia de los sindicatos como organización para amplios sectores de trabajadores, sobre todo proletarios, por otro. La memoria histórica de más de 160 años de organización y lucha sindical no puede desterrarse fácilmente. La expulsión de la burocracia sigue siendo una tarea estratégica para cualquier partido que se considere revolucionario.

Cabe puntualizar, también, que la construcción de agrupaciones clasistas ocupa un lugar relevante en la tarea de la recuperación sindical, porque son la fracción revolucionaria que liga esa recuperación a una estrategia de independencia de clase y gobierno de los trabajadores. La presencia del elemento revolucionario en un frente antiburocrático es fundamental para combatir la tendencia a la cooptación a las distintas alas de la burocracia, incluso a nuevas direcciones surgidas del choque de los trabajadores con la burocracia.

La negativa a abordar en estos términos el problema puede deberse a las dificultades que se le presentan a la izquierda para desarrollar un trabajo político en los frentes sindicales, especialmente, proletarios. O a una desconfianza en el potencial de la clase… O a ambas cosas.

Los marxistas luchamos por recuperar las organizaciones obreras para transformar a los trabajadores y su partido en caudillos de la revolución socialista, encolumnando tras de sí al resto de las clases sociales y sus organizaciones de lucha.

El movimiento de la clase no se da de acuerdo a un plan, ni a favor de la autoorganización, ni contra ella. El surgimiento de soviets o de organizaciones de poder que superen las actualmente existentes será motivo de una maduración de las condiciones de la lucha de clases, no de los propósitos del PTS.

Un enfoque sociológico del movimiento obrero

El PTS aborda sociológicamente el problema de la clase obrera y lo refleja su concepción, expresada literalmente por un referente de ese partido en el Evento León Trotsky realizado en 2024, de que “vale lo mismo” un dirigente sindical que un militante que no tiene ninguna representación gremial. Sí y no. Un obrero dirigente sindical clasista es “igual” a otro obrero con conciencia clasista. Pero no es un enfoque propio de un organizador marxista. Esconde la orientación de fondo que venimos describiendo: el rechazo a dotar de carácter estratégico a la lucha por la recuperación de las organizaciones obreras, lo que evidencia una incomprensión de un fundamento elemental de una caracterización marxista sobre el lugar de la clase obrera en la lucha de clases.

Un dirigente sindical clasista no es solo un militante más. Es un militante con mayor responsabilidad. Tiene doble representación. En la lucha diaria, particular, representa a un sector de la clase que votó una orientación combativa (muchas veces a un sector que depositó de forma consciente una expectativa en la izquierda). Y en la lucha de clases en general representa a la izquierda que brega por imponer su programa y una salida revolucionaria de conjunto frente a la descomposición del régimen social y las variantes patronales.

Desde ese lugar puede y debe desarrollar planteos políticos a un auditorio predispuesto, por la autoridad del mandato conferido, a escucharlo. Puede y debe impulsar, también, el desarrollo de una corriente clasista y del partido revolucionario en el frente que actúa.

Trotsky explicaba el concepto político con su acostumbrada claridad: “Lo determinante es la relación del partido con la clase. Un solo obrero comunista elegido en un comité de fábrica o para la dirección de un sindicato tiene mucha mayor importancia que mil nuevos miembros, reclutados por aquí y por allá, que ahora entran al partido para abandonarlo mañana” (León Trotsky: “¿Y Ahora? Problemas vitales del proletariado alemán”, 1932).

Cada representación sindical vale oro para un partido que se pretende revolucionario. Siempre y cuando, insistimos, desarrolle una corriente clasista y el partido en el frente.

La “nueva clase obrera”

“En Francia, los docentes jugaron siempre un papel importante en el socialismo, en el sindicalismo y en el comunismo. Entre ellos encontraremos seguramente muchos amigos. Pero sin embargo no se trata de una federación obrera. Debido a su composición social, la Federación de la Enseñanza puede proveer muy buenos agitadores, periodistas y revolucionarios en el plano individual, pero no puede convertirse en la base de un movimiento sindical. Todos sus documentos revelan escasa claridad de pensamiento político.” (León Trotsky, Acerca de los sindicatos, 1931).

De esta manera categórica Trotsky, a principio de la década del ‘30 del siglo pasado, impugnaba el rol de vanguardia -y como base de un movimiento sindical- de los docentes. Noventa años después, es innegable que esa situación se modificó. El activismo docente juega un rol de enorme importancia en la lucha de clases, particularmente en Argentina y también en otros países (México, etc.).

Algo similar puede decirse sobre el rol de los choferes de camiones. En 1934 en Minneápolis y durante 5 meses se desarrolló una huelga victoriosa dirigida por el trotskismo que conmovió al capital en el centro del imperio. En Rusia apenas existía el transporte de cargas con camiones, que ni siquiera existía cuando Marx y Engels redactaron el Manifiesto Comunista. Es decir, la clase obrera y los trabajadores, tanto fabriles, como de servicios, van transformando su fisonomía a medida que los cambios técnicos de la producción transforman el mercado laboral y a las sociedades mismas. Siempre hay “nueva clase obrera” en ese sentido. Por lo tanto, si la definición pretendiera ser descriptiva, carece de sentido. Pero si pretende definir a un nuevo sujeto, además de errónea, se transforma en un problema político.

Si bien el PTS nunca explicitó que significa a su entender esta “nueva clase trabajadora”, tomamos de su manifiesto algo que se parece a una explicación: “aunque algunos tengamos derechos sindicales y otros hayamos sido abandonados por la dirigencia sindical traidora. Somos los aceiteros y portuarios que hacemos funcionar el comercio exterior. Somos las millones de mujeres que garantizamos la salud, la educación y las tareas de cuidado, con o sin salario. Somos la juventud que pedalea 12 horas diarias para repartir. Todos y todas somos parte de una nueva clase trabajadora”.

Es decir, la “nueva clase trabajadora” es la clase trabajadora de siempre más los trabajadores de las app (Uber, Rappi, etc). Que, por otra parte, no dejan de ser trabajadores, por supuesto, ultra precarizados. Pero ¿por qué se la pretende “nueva” ahora y no en los ´90, por ejemplo, cuando miles de obreros expulsados por las políticas menemistas se transformaron en “emprendedores sin internet” (kioscos, parripollos, remis)?

¿Por qué –para el PTS- no fue una “nueva clase trabajadora” el movimiento de desocupados que surgió sobre la base de los despedidos de las empresas privatizadas en Cutral-Co, Plaza Huincul, General Mosconi, Tartagal y que continúa hasta hoy, con el Polo Obrero y el Frente de Lucha Piquetero, a la vanguardia de la lucha de clases? No solo no fue, para el PTS, una “nueva clase trabajadora” sino que, además, pasados 30 años, sigue dándole la espalda. El manifiesto sostiene que abrazan “la unidad de ocupados y desocupados”… debería agregar “pero que a los desocupados los organice otro”.

Lo que tenemos hoy no es una “nueva clase trabajadora” sino una expulsión masiva de trabajadores del mercado laboral formal y la profundización de la flexibilidad de las condiciones de trabajo vía Reforma Laboral y ley Bases que pretenden desconocer más de 160 años de lucha y conquistas y eliminar todo tipo de organización obrera.

Asistimos a la etapa del capitalismo en decadencia: no puede seguir funcionando si no es sobre la base de una mayor explotación de clase. La tendencia decreciente de la tasa de ganancia, ley de hierro del desarrollo capitalista, empalma con el avance de las tecnologías y empuja a millones de trabajadores a un retroceso histórico en sus condiciones de vida. Por otra parte, la fragmentación de la clase en términos contractuales es un instrumento de la burguesía para meter una cuña entre los trabajadores del que no se deduce la emergencia de un nuevo sujeto político.

Paolo Rocca es un especialista en fraudes laborales con las tercerizaciones, por ejemplo, desde hace décadas. Pero no es el único. Es el Estado el mayor empleador fraudulento. La burocracia sindical ferroviaria llevó hasta el paroxismo el mecanismo de las contrataciones con fraude laboral para hacer grandes negocios con el propio Estado como quedó evidenciado tras el crimen de nuestro compañero Mariano Ferreyra.

La tercerización, introducida bajo el peronismo en los ´70, y que explotó en los ´90, es una herramienta de clase contra los trabajadores que desde el campo revolucionario tenemos que combatir en todos los terrenos, incluso en la selección léxica, que conlleva siempre una carga connotativa: ¿estamos ante una “nueva clase trabajadora”, o sea, un nuevo sujeto político, o ante una mayor explotación y un ataque a las conquistas y organizaciones obreras para incrementar la tasa de beneficio capitalista que reconfigura, en parte, la fisonomía de la clase? No es lo mismo.

La primera definición oculta el problema fundamental de la actual etapa histórica. Se adapta. El obrero despedido tiene que “reinventarse” dice el gobierno de Milei. A los libertarios les queda bien el concepto de la “nueva clase trabajadora” no a los marxistas. ¡Nosotros somos la clase trabajadora que conquistó con luchas, sangre y mártires los derechos que nos vienen a arrebatar los capitalistas y sus gobiernos! Nuestra lucha está íntimamente ligada a la historia del movimiento obrero, a las luchas que se fueron librando con la fisonomía de clase y las organizaciones propias de cada etapa. Cambia la forma pero no el sujeto político. No hay borrón y cuenta nueva, hay continuidad histórica y debemos esforzarnos para que los trabajadores así lo comprendan. No militar la adaptación al régimen. Es parte de la educación política revolucionaria que un partido debe impulsar en la clase.

Por otro lado, surge una incógnita tras la definición de “nueva clase trabajadora” que va en línea con la polémica que venimos desarrollando: ¿qué lugar ocupa la clase obrera industrial en esa “nueva clase trabajadora”? Importa acá lo que se dice y, más aún, los que no se dice. Por el desarrollo de los “niveles de actividad” que propone el PTS, y como explicamos antes, se diluye el rol del proletariado industrial con el resto de las clases intermedias. Con la definición de “nueva clase trabajadora” se diluye el proletariado dentro de la propia clase. Cuando el PTS plantea que quiere construir un Partido de la “nueva clase trabajadora”, ¿se refiere a un Partido donde el protagonismo político del proletariado queda diluido en un maremágnum de referentes intelectuales, ambientalistas, feministas y otros sectores?

Sobre el Frente Único Obrero: el PTS deforma el planteo bolchevique

El Frente Unico Obrero (FUO), entendido como un frente único con sectores de la burocracia sindical peronista, presentado por el PTS adolece de claridad programática y metodológica, lo que lo convierte en una consigna que atenta contra la evolución política de la vanguardia. Bien visto, es una cobertura de su rechazo a conquistar la dirección de los sindicatos, es decir, a recuperar las organizaciones obreras y ponerlas a disposición de una política revolucionaria.

El FUO tiene una larga historia. Fue desarrollado por los bolcheviques cuando se pronunciaron por la toma del poder en favor de los Soviets, dirigidos por entonces por los mencheviques, para ser dentro de esos organismos una “oposición leal”. El planteo apuntaba contra la burguesía representada en el Gobierno Provisional y terminaba dejando, a su vez, en evidencia la complicidad y el rol contrarrevolucionario de los mencheviques (que rechazaron tomar el poder) frente a las masas.

Los bolcheviques también desarrollaron el planteo de cara al golpe de estado fallido de Kornilov con el objetivo de enfrentar el putsch manteniendo la independencia política con respecto al gobierno de Kerensky. Un éxito militar y político que pavimentó el triunfo de Octubre.

A partir del III Congreso de la Internacional (1921) el FUO apareció con renovado vigor en los debates sobre la base de nuevos fundamentos: emergió como un cambio de orientación dirigido a las organizaciones obreras en respuesta a un cambio en la situación política internacional.

Tras las derrotas de los procesos revolucionarios post Primera Guerra Mundial la burguesía había logrado un “equilibrio inestable”, la revolución ya no era inminente en Europa. La Internacional planteó entonces un giro táctico: la ruptura de los revolucionarios con las organizaciones socialdemócratas fue complementada por el desarrollo de una política decidida de frente único dentro y entre las organizaciones de masas para impulsar la lucha de la masa trabajadora y acompañar la experiencia del proletariado (y,eventualmente, demostrar las traiciones e inconsistencia de las direcciones y desplazarlas por elementos revolucionarios).

La consigna tomó mucha fuerza en los planteos de Trotsky frente al ascenso del nazismo. El revolucionario soviético advertía los riesgos de la eliminación física de las organizaciones obreras y sus dirigentes -sin distinción entre socialdemócratas y comunistas- y planteaba, en consecuencia, un FU programático y práctico de carácter defensivo que además de enfrentar ese peligro ayudaría a “separar a aquellos que quieren luchar de quienes no quieren, impulsar hacia adelante a quienes vacilan y, por último, comprometer a los dirigentes capituladores a los ojos de los obreros” (Trotsky, “El único camino”, 1932).

El stalinismo, aferrado a la política ultraizquierdista del Tercer Período, rechazó y continuó llamando a todo el mundo “socialfascista”. La historia sabemos cómo terminó.

Mal aplicado, el FUO terminó con experiencias negativas para la clase obrera en Inglaterra y, con peores consecuencias, en China, cuando fue el taparrabos de una subordinación oportunista a la burocracia sindical en el primer caso y a la burguesía nacional en el segundo. El frente único es de clase, nunca de colaboración de clases.

El primer punto a analizar es que el movimiento obrero argentino y la situación política internacional actual, de la cual Argentina es solo un eslabón, distan de ser las de Europa o Alemania de los años `20 o `30 del siglo pasado.

Tomemos Alemania y veamos algunas diferencias. En Argentina, la dirección política de los trabajadores está en manos del nacionalismo burgués que canta la marcha peronista y ondea las banderas argentinas. En Alemania, estaba bajo la socialdemocracia que entonaba La Internacional y se enfundaba con banderas rojas citando a Marx.

En Alemania estaba en juego, según Trotsky, (y la historia le dio la razón) “el destino del pueblo alemán, de Europa, y en gran medida, el destino de humanidad” (Trotsky, “Por un FUO contra el fascismo”, 1931). Hoy existe una tendencia hacia una tercera guerra mundial pero no es Argentina la arena central donde hoy se está dirimiendo la contienda.

Alemania acababa de perder la guerra y atravesaba una situación social calamitosa, lo que era un caldo de cultivo para que los discursos nacionalistas/imperialistas se transformen en bandas lúmpenes organizadas. La burguesía alemana se veía amenazada por el ascenso de las organizaciones obreras y la influencia de la Revolución Rusa. Alemania, políticamente estaba partida entre fascismo o revolución. Argentina viene de fracaso en fracaso, pero siempre en términos de recambios “democráticos”, de los gobiernos capitalistas de un lado y otro de “la grieta”. Los discursos negacionistas y xenófobos están lejos aún de constituir un movimiento de masas fascista.

El PC alemán, si bien estaba en un proceso de avanzada burocratización contaba con la autoridad de la Revolución de Octubre y de ser el primer Estado Obrero, además de tener influencia y posiciones ganadas en sindicatos industriales e influencias de masas. El FIT-U atraviesa un ascenso en las encuestas.

Las diferencias son muy profundas, creemos que suficientes como para sacar la conclusión de que es necesario evitar la traspolación mecánica de la consigna de FUO, que sigue siendo una táctica válida siempre y cuando sea aplicada en un determinado y bajo un programa concreto. No es el caso propuesto por el PTS, que viene planteando la consigna hace años y sin un programa definido, buscando confluir con una evolución de sectores de la burocracia sindical.

Todo el tiempo planteamos la necesidad de un frente único del movimiento obrero, para avanzar en un plan de lucha y paro general para enfrentar cada uno y todos los ataques de Milei contra la clase trabajadora (reforma laboral antiobrera, etc.).

Para desnudar a la burocracia sindical peronista, el llamado al Frente Unico para luchar contra el gobierno y los patrones debe ser hecho por una fuerza obrera real consistente, planteándolo como una necesidad objetiva e imperiosa para la clase obrera, sin crear ilusiones en la burocracia.

Más sobre el FUO: taparrabos de una política renuente a conquistar nuevas direcciones

Es interesante entender las diferencias del planteo de FUO del PTS con respecto a la formulación de Trotsky. Citamos antes la idea del revolucionario soviético: además de ser un instrumento de lucha real el FUO debería ayudar a separar a los que quieren luchar de los que no quieren hacerlo. Es decir, ayudar a sacar conclusiones políticas a la vanguardia y a las masas proletarias. El PTS confunde este objetivo y transforma la consigna en algo negativo al generar una expectativa en direcciones ajenas al clasismo, lo que bloquea la evolución política del sector avanzado de la clase.

Dice en su manifiesto: “creemos que otros sindicatos pueden desarrollar mayores peleas. Organizaciones como las agrupadas en el FreSu (Aceiteros, UOM, ATE), tienen discursos más confrontativos e incluso han planteado la necesidad de una huelga general, pero al día de hoy no convocaron un plan de lucha”.

Confuso todo. El FUO debe ser, y ante todo, en base a la claridad.

Primero, ¿“otros sindicatos pueden desarrollar mayores peleas” ¿a qué se refiere? ¿Sindicatos o direcciones? Si se refiere a los sindicatos el concepto vale para todos, no para “otros”. ¿Por qué unos sí y otros no?

¿O se limitan a las direcciones del FRESU que dejaron pasar centenares de miles de despidos en los gremios que dirigen? ¿En ese caso, a que se refiere con “mayores peleas” si no hubo una lucha real? El Fresu ha renunciado siquiera a una lucha consecuente contra la intervención de la UOM, su nave insignia. No jugó ningún papel el pasado 22 de julio ante la movilización trucha de la CGT y las CTAs “en apoyo a los jubilados” mientras firman convenios a la baja. Un lavado de cara gratis.

Tampoco existe un planteo programático ni se explica la forma que tomaría el FUO. ¿el FRESU con qué organizaciones (¿las autoconvocatorias?… ¿en serio?), con qqué programa, qué organismo expresaría el FUO?

Sin esa claridad, que reclamaba Trotsky (“la propaganda debe apoyarse sobre principios claros, sobre un programa preciso”) todo se vuelve confuso y termina generando falsas expectativas en que algunas direcciones que nunca lucharon puedan “desarrollar peleas mayores”, lo que genera un daño en la evolución política de las masas en términos revolucionarios.

Otra observación derivada de este punto: se deduce del manifiesto que el PTS propone, en los hechos, la renuncia a conquistar la dirección de los grandes sindicatos. Para ellos se reservan únicamente la “imposición” del FUO que vendría de la mano del desarrollo de las coordinaciones autoconvocadas. El FUO impulsado por Trotsky y la III Internacional, en cambio, apuntaba a organizar la movilización de conjunto de la clase obrera, a la conquista de las organizaciones obreras, al reemplazo de las direcciones reformistas por elementos revolucionarios.

El PTS no llega tan lejos en su planteo, se queda varado algunas estaciones antes de la terminal: “En la entrevista anterior comentaba que pensamos “tres niveles” de actividad en forma algebraica: los bastiones y centros de gravedad; las instituciones de coordinación y la pelea por imponer el frente único a los grandes sindicatos; y la propuesta de un movimiento por el partido de la nueva clase trabajadora.” (Segunda entrevista a Albamonte, LID).

El planteo, desde un enfoque revolucionario, pasa por la conquista y recuperación de los sindicatos, seccionales y comisiones internas para colocarlas en el terreno de la lucha revolucionaria. Hoy, en Argentina, son los organismos sin rival de la clase obrera y están en manos de la burocracia sindical de manera mayoritaria.

Ignorar este problema nodal que se impone a los revolucionarios significa buscar atajos que generalmente desvían el camino. La presión del resto de las clases sociales hace el resto del trabajo desviacionista. No hay que bajar la guardia.

A Milei lo tenemos que enfrentar con la huelga general, consigna que el PTS rechaza, con la clase obrera y sus organizaciones a la cabeza. El partido revolucionario debe tener anclaje y desarrollo en las organizaciones obreras o será una caricatura de sí mismo. No hay otro camino para luchar por conquistar la dirección del proletariado, el sujeto político llamado a acaudillar la revolución socialista.