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EE.UU.: la economía sostenida por la burbuja de la Inteligencia Artificial entra en zona de peligro

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22/8/2026

EE.UU.: la economía sostenida por la burbuja de la Inteligencia Artificial entra en zona de peligro

Actividad en desaceleración, inflación persistente, tasas de interés, aranceles, deuda récord y el desafío electoral de Trump.


Wall Street alcanza máximos históricos impulsado por una gigantesca ola de inversiones vinculadas con la Inteligencia Artificial. Pero eso no alcanza a disimular una pendiente económica negativa que se está abriendo paso. El crecimiento se desacelera, la creación de empleo prácticamente se ha detenido, la inflación continúa por encima del objetivo de la Reserva Federal y el déficit fiscal se encamina nuevamente hacia niveles extraordinarios de la mano de un endeudamiento   que crece como bola de nieve. 

Frente a quienes auguraban un nuevo ciclo de prosperidad a partir de la Inteligencia Artificial, la misma está funcionando como un gigantesco mecanismo de sostenimiento transitorio de una economía cuyos restantes componentes presentan un dinamismo mucho menor.

La inversión tecnológica está sosteniendo el crecimiento, las ganancias empresariales y la Bolsa, pero precisamente por eso una reversión de ese boom podría precipitar una recesión, con sus consecuencias sociales: la concentración de la riqueza financiera, el auge bursátil de unas pocas grandes tecnológicas y la utilización de la IA tiende a reducir planteles y aumentar la explotación del trabajo.

Se afianza una curva descendente de la economía

Los datos oficiales no permiten hablar actualmente de recesión, pero se avanza en esa dirección. 

El PBI real aumentó a una tasa anualizada del 1,5% durante el segundo trimestre de 2026, después del 2,1% del primero. El consumo, la inversión y las exportaciones contribuyeron positivamente, mientras cayó el gasto gubernamental.

La economía está perdiendo velocidad y el mercado laboral muestra signos bastante más preocupantes. Los últimos datos de empleo de julio sorprendieron negativamente y contribuyeron a modificar incluso las expectativas sobre las próximas decisiones de la Reserva Federal.

El PBI estadounidense creció 2,2% durante 2025, menos que el 2,4% de 2024, y la inversión en equipos y software —impulsada en buena medida por la IA— creció más de 8%. Una conclusión que se desprende es que, sin el auge inversor de la IA, el crecimiento estadounidense habría quedado claramente por debajo del 2% .Estamos ante una economía cuyo crecimiento depende en una proporción extraordinariamente elevada de un núcleo reducido de inversiones tecnológicas.

El freno de la economía se combina con una inflación que se resiste a desaparecer.

El IPC (Indice de Precios al Consumidor), aunque se desacelero -aumentó apenas 0,1% en julio- la inflación interanual continúa en 3,4%, claramente por encima del objetivo del 2% de la Reserva Federal. La inflación subyacente también sigue elevada. Reuters señala además un dato social significativo: los salarios reales registraron una caída interanual del 0,2%. El índice de precios mayoristas acumula un incremento interanual del 4,7%. Los aranceles, el encarecimiento de la energía y las perturbaciones provocadas por las guerras actúan sobre los costos al mismo tiempo que el crecimiento pierde velocidad

Mal que le pese a Trump y representantes del establishment, EEUU está ingresando a un escenario de estanflación. Cabe destacar, además, que  el índice oficial no refleja necesariamente en toda su magnitud la experiencia del costo de vida de las familias. Entre otras razones, porque los costos financieros e hipotecarios tienen un tratamiento diferente dentro de las estadísticas de inflación, con lo cual su impacto no se refleja en las estadísticas  Esto ayuda a explicar una aparente paradoja política: los indicadores oficiales pueden mostrar una moderación de la inflación mientras amplios sectores continúan considerando que el costo de vida constituye uno de sus principales problemas. (Ver Roberts, Sin Permiso) 

Estados Unidos presenta crecientemente una economía en forma de K. Una rama de la K apunta hacia arriba: tecnológicas, IA, mercados financieros, grandes patrimonios y sectores de altos ingresos. La otra apunta hacia abajo o permanece estancada: inversiones residenciales y sectores productivos tradicionales, hogares endeudados y una parte creciente de los trabajadores. El10% de los hogares de mayores ingresos realiza ya cerca de la mitad del consumo estadounidense. Esto significa que la fortaleza del consumo depende cada vez más de los sectores beneficiados por el auge bursátil.

La Reserva Federal atrapada entre dos peligros

La tasa de referencia se encuentra actualmente entre 3,50% y 3,75%. En julio, el Comité Federal de Mercado Abierto decidió mantenerla sin cambios por nueve votos contra tres.

Ya hubo tres voces disidentes que querían subirla 25 puntos básicos. Una parte de las autoridades de la FED considera necesario volver a subirlas para llevar la inflación al 2%.

Austan Goolsbee, presidente de la FED de Chicago, declaró esta semana que la inflación continúa siendo el principal problema. Tom Barkin, de Richmond, señaló a su vez que todavía es una “pregunta abierta” si será necesario un nuevo aumento.

Pero subir las tasas puede profundizar el enfriamiento del empleo, encarecer las hipotecas y el crédito empresarial, aumentar el costo del gigantesco endeudamiento público y —un elemento particularmente explosivo— provocar una corrección de los activos financieros, dilema que enfrenta la FED y se  vuelva cada más severo: si la inflación obliga a la FED a endurecer la política monetaria, el aumento del costo del dinero podría convertirse precisamente en el detonante que haga estallar la burbuja tecnológica.

Los aranceles: quién termina pagando

Un pilar de la política económica de Tremp son los aranceles.

La Casa Blanca sostiene que permiten reconstruir la industria estadounidense, reducir el déficit comercial, obligar a las empresas a producir dentro del país y obtener recursos fiscales.

Empresas y consumidores estadounidenses estarían absorbiendo la enorme mayoría del costo de los aranceles. En otras palabras, el arancel formalmente aplicado al exportador extranjero termina transformándose en buena medida en mayores costos empresariales o precios internos.

La política arancelaria puede favorecer determinadas ramas productivas norteamericanas protegidas de la competencia externa. Pero simultáneamente encarece insumos importados para otras empresas, reduce sus márgenes o las obliga a aumentar precios. Los aranceles tampoco eliminan automáticamente el déficit comercial porque éste no deriva simplemente de precios relativos. Está relacionado con la estructura de la acumulación norteamericana, el déficit de ahorro, los movimientos internacionales de capital y el papel del dólar como moneda mundial.

El privilegio del dólar

Estados Unidos puede sostener déficits externos y fiscales que provocarían una crisis inmediata en prácticamente cualquier economía periférica porque emite la principal moneda internacional.

La demanda mundial de dólares y títulos del Tesoro permite financiar un endeudamiento extraordinario.

Pero Roberts señala que la propia política de Trump puede erosionar parcialmente ese privilegio. La incertidumbre comercial generada por los aranceles puede reducir la demanda de activos estadounidenses y debilitar la moneda, precisamente lo contrario de lo que predicen algunos modelos tradicionales sobre los efectos de una política proteccionista.

No significa que el dólar esté próximo a perder su papel internacional. No existe actualmente una moneda capaz de sustituirlo integralmente.

Pero sí significa que la política norteamericana puede contribuir a erosionar gradualmente uno de los mecanismos que le permiten financiar sus desequilibrios.

Una montaña de deuda

El déficit fiscal constituye probablemente el desequilibrio estructural más evidente.

El Congressional Budget Office calcula un déficit federal de alrededor de 1,9 billones de dólares en 2026, equivalente al 5,8% del PBI.

La deuda pública en manos del mercado alcanzaría 101% del PBI este año y, bajo las políticas actuales, ascendería al 120% hacia 2036.

La situación podría incluso ser peor. Fitch calcula que el déficit puede alcanzar alrededor de 7,4% del PBI en 2026 y 2027, debido al aumento de gastos militares, intereses, Medicare y Seguridad Social. La agencia mantuvo esta semana la calificación estadounidense en AA+, pero destacó expresamente los riesgos fiscales.

La contradicción vuelve a aparecer.

Si la Red mantiene tasas altas para combatir la inflación, aumenta el servicio de la deuda.

Si las reduce prematuramente, puede alimentar nuevamente la inflación y la especulación financiera.

Si el gobierno intenta reducir drásticamente el déficit mediante recortes sociales, traslada el ajuste sobre la población y debilita la demanda.

IA: ¿revolución productiva o burbuja?

Nadie puede negar la importancia potencial de la Inteligencia Artificial como fuerza productiva. La cuestión es diferente: ¿las inversiones actuales pueden ser justificadas por las ganancias y los incrementos de productividad que efectivamente está produciendo la tecnología?

Los cuatro grandes tecnológicos —Alphabet, Meta, Microsoft y Amazon— se encaminan, según sus cálculos, a realizar inversiones combinadas superiores a 725.000 millones de dólares durante 2026, fundamentalmente en centros de datos, semiconductores e infraestructura de IA. Las empresas norteamericanas invirtieron cerca de 1,5 billones de dólares en equipos informáticos y software durante 2025, frente a unos 829.000 millones —a precios actuales— durante el punto máximo de la burbuja puntocom. Alrededor del 80% del aumento de las ganancias de las corporaciones no financieras se concentró en Nidia y los grandes hyperscalers. Las acciones relacionadas con IA representan aproximadamente 40% de la capitalización del S&P 500.

La economía real, beneficios empresariales y mercado bursátil descansan crecientemente “sobre el mismo pilar estrecho”.

En su artículo de julio sobre IA y Productividad, Roberts agrega otro elemento. La productividad laboral norteamericana ha aumentado aproximadamente 2,5% anual desde fines de 2022, frente a alrededor de 1,5% entre 2005 y 2019. Pero todavía no existen pruebas suficientes para atribuir ese salto fundamentalmente a la adopción generalizada de la IA. (Michael Roberts, La IA y Productividad, Sin Permiso, 28-7)

La realidad contradictoria que  atraviesa  EEUU es que el boom bursátil  es uno de los factores que evita actualmente una recesión pero,  al mismo tiempo, es necesario alertar el efecto desvastador que  tendría su estallido. Gita Gopinath, ex economista jefe del FMI, ha estimado que un desplome bursátil de dimensiones comparables al final de la burbuja puntocom, podría destruir alrededor de 20 billones de dólares de riqueza financiera estadounidense y otros 15 billones fuera de Estados Unidos.

Esto afectaría el consumo, especialmente porque éste se encuentra crecientemente concentrado en los sectores de mayores ingresos, cuyos gastos están estrechamente relacionados con la valorización de sus activos financieros. La economía norteamericana presenta entonces una singular paradoja: necesita que la burbuja continúe para mantener el crecimiento, pero cuanto más continúa, mayores son las consecuencias potenciales de su estallido.

Una arista  que  no puede perderse de vista es quién se apropia de los beneficios del aumento de productividad.

La IA permite potencialmente reducir enormes cantidades de trabajo necesario. Desde el punto de vista social eso podría significar reducción de la jornada laboral y expansión del tiempo libre. Dentro de las relaciones capitalistas ocurre lo contrario: la reducción del trabajo necesario aparece bajo la forma de despidos, intensificación laboral y presión sobre los salarios. La IA puede convertirse en una formidable fuerza productiva, pero el capital intenta transformarla ante todo en una herramienta para elevar rentabilidad mediante reducción de costos laborales.

No se puede afirmar que el auge de IA haya inaugurado una nueva etapa histórica de crecimiento de la productividad. Para buena parte de Wall Street, estamos frente a una revolución tecnológica cuyos excesos financieros eventualmente deberán corregirse. Pero se omite  que la propia dinámica de la acumulación capitalista transforma una innovación tecnológica extraordinaria en una burbuja especulativa porque las inversiones deben validarse mediante rentabilidad.

En el marco de la tendencia a la estanflación y de agravamiento de los desequilibrios que se vienen acumulando en la economía norteamericana, la IA ocupa hoy un lugar económico mucho mayor que el de una simple innovación tecnológica. Se ha convertido en uno de los principales soportes de la coyuntura norteamericana. Y allí reside también  su  alcance  explosivo. Si las ganancias esperadas tardan en materializarse, si la inflación obliga a mantener tasas elevadas o si una caída bursátil interrumpe el financiamiento de la expansión tecnológica, la misma concentración que hoy sostiene el crecimiento puede convertirse en el mecanismo de transmisión de una crisis  “como ninguna otra” en el pasado, en el lenguaje  de  la ex economista jefe de la FMI 

Rentabilidad alta, pero con una advertencia

Según el Bureau of Economic Analysis, las ganancias corporativas provenientes de la producción corriente alcanzaron una tasa anualizada de 4,426 billones de dólares durante el primer trimestre de 2026, frente a 4,352 billones en el último trimestre de 2025. En el conjunto de 2025 habían alcanzado 4,078 billones, contra 3,802 billones en 2024.

Por lo tanto, la masa de ganancias sigue aumentando. Pero es necesario introducir una distinción fundamental. Una parte de esa rentabilidad es lo que denomina “ficticia”, porque está vinculada con ganancias de capital derivadas del aumento de precios de los activos financieros. De hecho, observa que la rentabilidad del sector financiero, inmobiliario y de seguros aumentó mucho más que la correspondiente al sector corporativo no financiero. El concepto de capital ficticio no significa que el dinero obtenido en Wall Street sea imaginario. El propietario que vende una acción valorizada obtiene dólares perfectamente reales.

El problema aparece desde el punto de vista del capital social considerado en su conjunto. El incremento de la cotización de Nvidia, Microsoft o cualquier otra compañía, no crea por sí mismo nueva riqueza productiva equivalente a esa valorización. Representa una capitalización anticipada de ganancias futuras esperadas. De allí que los mercados puedan elevar enormemente el valor del capital financiero mucho antes de que la producción y los beneficios futuros hayan validado esas expectativas.

Aquí aparece el problema de la sobreacumulación de capital. No debe entenderse como la producción física de “demasiadas máquinas” en términos absolutos. Existe sobreacumulación cuando se ha invertido una masa de capital tan grande que resulta imposible valorizarla posteriormente a la tasa de ganancia esperada.

Las grandes compañías tecnológicas están realizando inversiones gigantescas en chips, centros de datos, infraestructura energética y capacidad informática. Sin embargo, todavía resulta extremadamente difícil determinar exactamente cuánto beneficio adicional están obteniendo de esas inversiones, pero hay un consenso generalizado que  las ganancias  todavía son exiguas en relación a los niveles de inversión. El gasto agregado asociado al desarrollo tecnológico podría acercarse a los 800.000 millones de dólares este año si se incorpora Oracle.

El circuito financiero de la IA: cuando el proveedor financia a su propio cliente

Existe un aspecto adicional del auge de la Inteligencia Artificial que obliga a mirar con cautela las extraordinarias cifras de inversión, ventas y valorización empresarial: el crecimiento de lo que en los mercados comienza a denominarse “circular financing” o financiamiento circular.

El mecanismo, simplificado, funciona de la siguiente manera: una compañía que vende la infraestructura fundamental de la IA invierte simultáneamente en empresas que utilizan esa infraestructura; estas compañías, fortalecidas por el nuevo capital recibido, destinan una parte considerable de sus recursos a adquirir productos o servicios de la empresa que acaba de financiarlas.

Nvidia constituye el caso más importante. La relación con OpenAI es particularmente ilustrativa. El 22 de septiembre de 2025, ambas compañías anunciaron una alianza mediante la cual OpenAI proyectaba instalar al menos 10 gigavatios de centros de datos utilizando sistemas Nvidia. Nvidia anunció simultáneamente su intención de invertir hasta 100.000 millones de dólares en OpenAI a medida que fueran instalándose esos sistemas. Opina explicó que semejante infraestructura representaría la adquisición de millones de GPU de Nvidia.

La circularidad resulta evidente: Nvidia invierte en OpenAI → OpenAI dispone de más capital → OpenAI construye infraestructura → compra millones de GPU Nvidia → Nvidia registra mayores ventas e ingresos.

Pero el circuito siguió ampliándose. El 27 de febrero de 2026, OpenAI anunció una nueva ronda de financiamiento por 110.000 millones de dólares, de los cuales Nvidia aportaría 30.000 millones, Amazon 50.000 millones y SoftBank otros 30.000 millones. Al mismo tiempo, OpenAI anunció que había asegurado capacidad de cómputo de próxima generación con Nvidia.

La propia descripción de OpenAI permite apreciar la interrelación entre financiamiento y compras. La empresa explicó que para satisfacer la demanda de IA necesitaba tres cosas: “cómputo, distribución y capital”.

El problema consiste precisamente en que quienes aportan parte del capital son también quienes venden una parte del cómputo. El fenómeno se ha profundizado durante 2026. El Financial Times señaló recientemente que las inversiones de Nvidia en empresas privadas habían aumentado hasta unos 42.000 millones de dólares en abril, incluyendo inversiones en OpenAI y Anthropic. Pero Nvidia no se limita a realizar aportes de capital: también ha participado en garantías financieras y otras estructuras destinadas a permitir que sus clientes continúen expandiendo infraestructura basada en sus propios chips.

La prensa financiera ha comenzado por eso a hablar informalmente del “Bank of Nvidia”.

Y el proceso acaba de dar otro salto. Nvidia anunció acuerdos con Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR, destinados a movilizar más de 500.000 millones de dólares de financiamiento para infraestructura de IA. El objetivo consiste precisamente en facilitar a empresas y centros de datos el acceso al capital necesario para adquirir e instalar sistemas Nvidia.

El movimiento es significativo porque Nvidia intenta reducir la utilización directa de su propio balance. En lugar de financiar exclusivamente a sus clientes, procura incorporar al gigantesco mercado de capitales norteamericano al circuito. El esquema se transforma entonces en algo todavía mayor: Wall Street → financia centros de datos y empresas de IA → éstos compran sistemas Nvidia → aumentan los ingresos de Nvidia → aumenta la valorización de Nvidia → Nvidia invierte y respalda nuevamente el ecosistema de IA.

La frontera entre demanda tecnológica y financiamiento de esa misma demanda se vuelve cada vez más difícil de establecer. El fenómeno continúa desarrollándose. El 17 de agosto, Nvidia anunció una inversión de 1.500 millones de dólares en SB Energy, una empresa respaldada por SoftBank que desarrollará un gigantesco centro de datos en Ohio para OpenAI. ¿Quién suministrará las GPU y los sistemas de red? Nvidia.

Estas operaciones han generado preocupación por los flujos de financiamiento circular entre Nvidia y algunos de sus principales clientes. ¿Las ventas son ficticias? Aquí es necesario hacer una precisión. Sería incorrecto afirmar que las ventas de Nvidia son simplemente ficticias. Los chips existen. Los centros de datos se construyen. Las GPU se entregan. Los ingresos se contabilizan. Y existe una demanda efectiva de capacidad informática.

El problema es diferente: ¿qué proporción de esa demanda existiría en las mismas dimensiones si los propios proveedores no contribuyeran directa o indirectamente a financiar a quienes compran sus productos? El mismo capital pasa a funcionar simultáneamente como inversión y como fuente del pago al proveedor. El resultado es que el crecimiento de los ingresos es real contablemente, pero resulta difícil separarlo limpiamente de la actividad inversora que lo financia.

Si Nvidia entrega, a título de ejemplo, 30.000 millones a una empresa y esa empresa utiliza posteriormente una parte de esos recursos para comprar GPU, en Nvidia, se ha producido una inversión y una venta reales. Pero desde el punto de vista del análisis económico no equivalen necesariamente a 60.000 millones de dólares de demanda independiente.

Parte del circuito se retroalimenta. El financiamiento circular puede producir una imagen magnificada del crecimiento del sistema. No porque las operaciones sean falsas, sino porque la inversión de una compañía ayuda a financiar los ingresos de otra y esos ingresos justifican posteriormente nuevas valuaciones y nuevas rondas de inversión.

Durante una fase expansiva, el mecanismo puede funcionar perfectamente: los clientes crecen → aumenta su valuación → obtienen nuevo capital → compran más infraestructura → aumentan las ganancias del proveedor. Pero el circuito puede funcionar también en sentido inverso. Si las empresas de IA no consiguen generar los ingresos esperados → cae su capacidad para obtener financiamiento → disminuyen las compras de GPU → caen los ingresos esperados de Nvidia → disminuyen las valuaciones → se endurece el crédito → se cancelan inversiones.

La circularidad que multiplica el auge puede multiplicar también la contracción.

Este punto encaja directamente con el problema planteado por Michael Roberts. La cuestión decisiva no consiste en determinar si la Inteligencia Artificial es una tecnología real o si los centros de datos existen. Evidentemente existen. El interrogante es si la masa de capital que está entrando en el sector podrá valorizarse a las tasas de ganancia que justifican las actuales inversiones y cotizaciones. Este mecanismo puede contribuir a la sobreacumulación. No necesariamente la crea, pero permite prolongarla. ( Roberts, ídem)

El Financial Times calcula que los grandes hyperscalers —Alphabet, Microsoft, Amazon, Nvidia, Oracle y Meta— acumulan cerca de 1,5 billones de dólares en compromisos futuros de compra, además de aproximadamente otros 1,5 billones en obligaciones de arrendamiento identificadas por Goldman Sachs. Una parte corresponde a contratos de largo plazo de infraestructura, energía, chips y capacidad informática. Y no todas estas obligaciones aparecen de manera transparente como deuda tradicional en los balances.

A manera de conclusión, importa  señalar que no alcanza con observar cuánto invierten Nvidia, Microsoft, Amazon, Meta u OpenAI entre sí. Tampoco alcanza con medir cuántos chips se venden o cuántos centros de datos se construyen. El indicador fundamental será otro: ¿cuántos ingresos y beneficios provenientes de usuarios finales genera efectivamente toda esa infraestructura? Empresas pagando, suscripciones, corporaciones, obteniendo aumentos comprobables de productividad, consumidores pagando servicios; industrias reduciendo costos; nuevas aplicaciones produciendo beneficios.

En última instancia, esos ingresos deberán ser suficientemente grandes para remunerar los billones de dólares de capital que están entrando actualmente en la infraestructura de IA. Mientras esa validación no se produzca, una parte del crecimiento puede continuar alimentándose mediante inversión, crédito y financiamiento cruzado dentro del propio ecosistema. La inversión puede crear capacidad productiva. Pero solamente la realización posterior de beneficios demuestra que ese capital ha conseguido valorizarse.

Por eso el “financiamiento circular” debe incorporarse al análisis de la economía norteamericana no como una curiosidad financiera, sino como una pieza del problema general de la sobreacumulación de capital alrededor de la inteligencia artificial.

¿La productividad validará la inversión?

Si la IA lograra un salto suficientemente grande de productividad, podría  aumentar la masa de beneficios y permitir que las inversiones sean rentables. En el primer trimestre de 2026 la productividad del sector privado no agrícola estadounidense aumentó 2,8% en términos interanuales, una cifra importante. Pero la medición trimestre contra trimestre anualizada fue apenas 0,3%.

Roberts advierte precisamente contra atribuir automáticamente la recuperación reciente de productividad a la IA. A fines de 2025 sostenía que todavía no existía evidencia de un salto estructural de productividad suficientemente grande como para hablar de una nueva época de crecimiento capitalista (Roberts, ídem)

Estamos, entonces, ante una carrera entre dos magnitudes: la velocidad a la que aumenta la inversión y la velocidad a la que aumenta la productividad. Si la segunda alcanza a la primera, el boom puede prolongarse. Si no lo hace, aparece capital excedente.

De allí surge inevitablemente la comparación con la burbuja de Internet (las llamadas punto.com) de finales de los años noventa. Internet no era una tecnología ficticia. Transformó efectivamente la economía mundial. Sin embargo, eso no impidió que se produjera una gigantesca burbuja especulativa alrededor suyo. Muchas compañías desaparecieron. Y las cotizaciones se desplomaron. El Nasdaq perdió alrededor de tres cuartas partes de su valor entre su máximo y el piso posterior.

Y, sin embargo, Internet continuó desarrollándose. La eventual existencia de una burbuja en torno de la IA no demostraría que la IA sea una ilusión tecnológica. El hecho de que   el capital se vuelva más productivo no excluye la crisis, sino que, contradictoriamente, concluye siendo un factor que la acelera.   

El problema ya preocupa a las instituciones encargadas de preservar la estabilidad del capitalismo mundial. El Banco de Pagos Internacionales advirtió en su informe de 2026 que las cinco mayores compañías tecnológicas pueden invertir más de un billón de dólares en 2025-2026 y señaló explícitamente que una reversión brusca del boom de IA podría afectar tanto la economía como el sistema financiero.

La otra cara del fenómeno es que mientras las ganancias aumentan, la participación del trabajo está disminuyendo. Según el Bureau of Labor Statistics, en el primer trimestre de 2026 la participación de las remuneraciones laborales en el producto del sector empresarial no agrícola cayó hasta 53,7%. Es el porcentaje más bajo registrado desde que comenzó la serie estadística en 1947.

No sería correcto afirmar que Estados Unidos atraviesa actualmente una crisis abierta de rentabilidad. Lo que aparece es un fenómeno más contradictorio y potencialmente más explosivo: estamos en presencia, como dijimos de una recuperación muy fuerte de la rentabilidad acompañada por una concentración extraordinaria de las ganancias, una expansión masiva del capital invertido y expectativas futuras cada vez más exigentes. Si la IA elevara  sustancialmente la productividad, podría sostener durante un período la tasa de ganancia y abrir nuevos campos de acumulación. Existen, en este plano, mucho más sombras que luces. .

Si la masa de capital invertida aumenta más rápidamente que los beneficios que esa inversión genera, como se  acumulan las evidencias, la propia expansión producirá una caída de la rentabilidad. Es decir: el boom puede producir las condiciones de su propia crisis.

Trump frente a noviembre

Todo esto tiene consecuencias políticas inmediatas.

Trump prometió una nueva edad de oro económica basada en proteccionismo, reducción impositiva, desregulación, energía barata y reindustrialización. Pero llega a las elecciones legislativas de noviembre con una economía bastante diferente de la promesa de un florecimiento del capitalismo americano lo que va de la mano con un creciente descontento y radicalización política, en particular en la población trabajadora y en especial entre  los sectores de menores ingresos y la juventud. Este escenario augura cada vez con más firmeza un retroceso del magnate en las elecciones de medio término cuyas implicancias están llamadas a hacer sentir no solo en EEUU sino a escala internacional.