Empecemos con un pequeño balance.
Manuel Belgrano murió el 20 de junio de 1820. Fue uno de los hombres más relevantes del proceso revolucionario de Mayo: intelectual y abogado que intentó plasmar sus ideales, además de planificador del primer Estado nacional. Sin embargo, su característica más destacada fue acompañar este proceso tanto en su auge como en su declive. Existieron dos Belgrano, cuestión que la historiografía oficial, en sus variantes liberales y revisionistas, siempre intentó ocultar; desde Bartolomé Mitre, quien lo tomó como una figura clave —desechando a otras como José Gervasio Artigas o su primo Juan José Castelli, «el orador de la revolución»—, hasta Cristina Fernández de Kirchner, quien a su tiempo manifestó que Belgrano era su prócer preferido.
Belgrano comenzó planteando las ideas del libre comercio, pero con restricciones que permitieran progresar a las agroindustrias nativas. La trayectoria de Belgrano es, en ese sentido, muy emblemática: en sus comienzos compartía sus ideas con Mariano Moreno, Castelli y otros integrantes del grupo más radicalizado de la Revolución de Mayo; a partir de 1814, no sólo participó del viraje conservador, dictatorial y represivo, sino que fue uno de sus mentores y ejecutores.
Belgrano se volvió “termidoriano” y se transformó en el primer partidario de la “restauración del orden y de las leyes”, título otorgado por el Congreso de 1816 a los represores de los federales revolucionarios del artiguismo y de los sectores morenistas-dorreguistas de Buenos Aires. Belgrano, en este cuadro de derechización, participó de las conspiraciones contra la Banda Oriental en el Congreso de Tucumán. A diferencia de José de San Martín, se involucró de lleno en la guerra civil fusilando al líder federal Juan Francisco Borges; tras ser derrotado, volvió a Buenos Aires para morir olvidado en medio de la ruptura del régimen construido por los centralistas.
Frente a la corrupción de los políticos capitalistas de la actualidad, es reivindicable una persona que no se enriqueció como funcionario público y murió pobre. O sea, no se quedó con una buena “cometa” por el negociado de la primera deuda, como Rivadavia. No era un ladrón como los ministros de Julio Argentino Roca (en particular Joaquín V. González), quienes robaron los dientes al cadáver del prócer analizado en este escrito durante la exhumación del cuerpo de su primera y modesta tumba en 1902. Ni hablar de los corruptos de hoy, como el enriquecimiento ilícito de muchísimos funcionarios de los gobiernos de la “democracia ajustadora”, masificado en el robo descontrolado de los lúmpenes del gobierno facho-ajustador actual.
“Por un tema de respeto histórico, nunca conviene contar la historia al estilo Billiken, el estilo Billiken es agarrar a un prócer, quitarlo de su contexto histórico, sacralizarlo, reseñar una, dos o tres virtudes, y omitir realmente lo que estaba en juego” (Prensa Obrera 20-6-2020). A Belgrano hay que analizarlo como un hombre de su tiempo, como un hombre de Mayo, que fue el proceso inacabado de revolución burguesa en las tierras del Plata. Belgrano fue un revolucionario hasta su desmoralización y desde entonces se transformó en uno de los “clausuradores de Mayo”. La forma correcta de analizar su obra es teniendo en cuenta esta contradicción, estas dos caras (la revolucionaria y la contrarrevolucionaria). Esta contradicción del “representante de los hacendados” fue la contradicción de toda la burguesía del Plata, dividida entre las diferentes élites conservadoras que rápidamente buscaron el “orden” frente a la “anarquía”. Para liberarse de sus viejos amos (los monopolistas españoles), la burguesía tuvo que armar y hacer participar al “bajo pueblo” de esos tiempos en la revolución; pero apenas comprobó la incapacidad de España para recobrar sus antiguas colonias, intentó clausurar la guerra social levantada por el proceso revolucionario en curso. Esta fue la política termidoriana y de clausura que llevó adelante Belgrano en los últimos años de su vida. Los trabajadores y la militancia democrática y clasista tienen derecho a conocer por sí mismos, cuál es el origen histórico —ya desde hace más de 200 años— de esta clase que hundió al país y lo mantuvo en un estatus semicolonial desde entonces.
Del Consulado a la invasión inglesa
Belgrano nació en una familia de comerciantes importantes en el Rio de la Plata, después de estudiar en el colegio San Carlos (antecesor del Nacional Buenos Aires) prosiguió sus estudios en Europa. Esta estancia en el viejo continente fue simultánea a la Revolución Francesa, coincidiendo particularmente con los años del terror jacobino. Por sus importantes calificaciones obtuvo un permiso del Papa y otros funcionarios de la corona española para poder leer todo tipo de obras prohibidas en la península. De esta forma comenzó a leer a los iluministas del siglo XVIII, siendo influenciado particularmente por Rousseau y otros pensadores contractualistas.
Belgrano fue nombrado secretario perpetuo del Consulado de Comercio de Buenos Aires en 1794, después de su regreso de Europa. Por sus permanentes problemas de salud, sistemáticamente su primo Castelli, también abogado, ejercía como reemplazante en este puesto. Desde este lugar Belgrano y su primo segundo, defendían la necesidad de la implementación del libre comercio, pero al mismo tiempo advertían sobre que no debían comerciar directamente materias primas. Defendió proyectos educativos y la necesidad de construir una incipiente industria. Apoyo la salida del primer periódico del plata el “Telégrafo Mercantil” desde donde apoyó con sus escritos a la agricultura y la ganadería.
Este intelectual también fue designado “Capitán de las milicias urbanas de Buenos Aires” por el virrey de Melo en 1797. El mismo Belgrano admite que tomó esta designación como “una vestimenta más para ponerme” y no se preparó correctamente para “conocer los rudimentos de la milicia”. Pero el 26 de junio de 1806 desembarcó de repente el Inglés Beresford con 1600 hombres en las costas de Quilmes. Mientras el virrey Sobremonte huyó con el tesoro, Belgrano como pudo “marchó contra los invasores”. Tras los primeros cañonazos de los ingleses tuvieron que dispersarse. Belgrano fue el único de los funcionarios de la corona que no juró lealtad a los ingleses y se retiró de Buenos Aires planteando “queremos al viejo amo o a ninguno”.
Volvió a Buenos Aires en la expedición de Liniers, que se transformó en el ejército de la Reconquista, como uno de sus oficiales más destacados. Participó de la reconquista y también de la defensa del año siguiente. Cuando los ingleses fueron expulsados volvió al consulado hasta los días anteriores a Mayo. Entre la “Reconquista” y la “defensa”, ocurrió una transformación de la gran aldea llamada Santa María de los Buenos Aires. Se transformó de una ciudadela con pocas defensas a una especie de república militar. Las milicias necesarias para detener el ataque anglo sajón, instauraron el tan temido armamento popular. En estas nuevas formaciones dirigidas por criollos reinaba una especie de democracia donde se elegían los jefes como en los momentos más radicales de la “Gran Revolución” (francesa).
Belgrano y el partido de la revolución
En este cuadro revolucionario, Fernando VII y su padre eran prisioneros de Napoleón Bonaparte, quien estaba invadiendo España. Al mismo tiempo, las milicias habían construido un doble poder en Buenos Aires a favor de los burgueses (hacendados y comerciantes) a partir de la reacción organizada contra las invasiones inglesas. Manuel Belgrano, quien era partidario de una liberalización de la colonia, comenzó a construir un grupo político. En un comienzo, este espacio se denominó el “carlotismo”, en referencia a la infanta Carlota Joaquina de Borbón. Ella era la hija del rey español y esposa del príncipe regente de Portugal —cuya corte también había sido depuesta por la invasión napoleónica a la península ibérica en 1808 y se había trasladado a Río de Janeiro—. El carlotismo fue el proyecto para crear una especie de monarquía constitucional independiente en el Río de la Plata. El objetivo de los burgueses criollos era lograr, por esta vía, el libre comercio tan reclamado por las élites del litoral y colocar su nueva producción agropecuaria en el mercado mundial.
Belgrano, junto a los radicales de Mayo, fue el principal impulsor del carlotismo. Si bien este incipiente movimiento independentista logró captar la atención de muchos de los que después se destacaron como los impulsores del 25 de Mayo, el proyecto tenía algunos defectos insalvables. Entre ellos, la rivalidad histórica que existía entre Portugal y España por sus territorios en América del Sur. La propia implantación de Buenos Aires y de todas las ciudades fundadas por los españoles, que luego se transformaron en las capitales de las provincias, se había realizado con el objetivo estratégico de impedir el avance portugués hacia las tierras del Plata y el interior del territorio más cercano a Potosí. El proyecto planteaba una especie de unificación con la que ni Inglaterra, ni la España que resistía estaban de acuerdo. Inglaterra siempre quiso mantener independientes las dos costas del Río de la Plata y, en esta ocasión particular, formaba un frente común con las Cortes de España. Estas últimas habían pedido el auxilio británico ante la invasión napoleónica, el levantamiento popular y la instauración de las juntas revolucionarias que dieron comienzo a la guerra de la independencia española. Las Cortes españolas, por más que luchaban por la libertad de su propia patria, no eran partidarias de la libertad de sus colonias ni de ninguna unificación con su antiguo rival peninsular.
Por otra parte, el frente de Carlota con los patriotas porteños duró poco. La infanta era partidaria de un absolutismo rígido; apenas se dio cuenta de que los porteños querían limitar sus supuestas atribuciones, los delató ante el virrey Cisneros. Pero, a estas instancias, Cisneros (el último virrey designado por la Junta Suprema de Sevilla) ya no tenía la fuerza necesaria para reprimir en Buenos Aires, ya que esto lo hubiera llevado de inmediato a una guerra civil contra las milicias porteñas. Buenos Aires se encontraba en una situación de doble poder, un tenso equilibrio que se desbordaba a favor de las fuerzas emergentes. Este último magistrado de la Corona no solo se vio forzado a convivir con estos cuerpos armados amenazantes, sino también a implementar el libre comercio por dos años. Sin embargo, ambos bandos sabían que esta situación no podía durar mucho tiempo, sobre todo después de la sangrienta represión a mediados de 1809 contra los levantamientos de Chuquisaca y La Paz. Los más de treinta patriotas colgados en el Alto Perú demostraban que el “Sordo de Trafalgar” (Cisneros) no era un demócrata: solo estaba esperando el momento adecuado para ahogar en sangre a los liberales y devolverle el control absoluto de la economía a los monopolistas.
El grupo “excarlotista” comenzó a reunirse con sistematicidad en la Jabonería de Vieytes. A estas alturas, entre sus miembros más destacados se encontraban Belgrano, Mariano Moreno, Castelli, Paso y hasta Saavedra (jefe de las milicias junto a Pueyrredón). Ellos fueron los que lanzaron la famosa consigna de “Cabildo Abierto” para destituir a Cisneros tras enterarse de la caída de la Junta Suprema de Sevilla en España. Belgrano jugó un papel clave en Mayo: recorría los pasillos del Cabildo y del Fuerte vestido con uniforme de miliciano, reclamando la destitución inmediata de Cisneros y dispuesto en todo momento a entrar con las milicias al recinto para, si era necesario, “ajusticiar” a los vecinos realistas. Es que esa famosa asamblea del 25 de Mayo no fue una reunión tranquila: las milicias directamente invadieron la plaza. Ya la noche anterior habían ingresado al Fuerte y, poniéndole una pistola en la frente a Cisneros, lo habían obligado a convocar a un nuevo Cabildo Abierto ante el fracaso del realizado el día 22, el cual no había logrado destituir al magistrado de Sevilla.
Las milicias agolpadas en la plaza ese 25 no se dedicaron solo a repartir escarapelas blancas (cuyo objetivo real era diferenciar los bandos en caso de un enfrentamiento armado), sino que realizaron piquetes de “convencimiento” en las esquinas de la misma. Desde allí filtraron el acceso de los vecinos más cisneristas; aun así, los ingresantes siguieron dudando hasta entrada la tarde. Fue en ese momento cuando se les hizo llegar un ultimátum que exigía la renuncia inmediata de Cisneros bajo la amenaza de no dejarlos salir, acompañado por un papel que contenía los nombres del nuevo gobierno de criollos. Belgrano fue el encargado de permanecer dentro del recinto para vigilar que las votaciones se produjeran en ese mismo instante y sin dilaciones. De lo contrario, tenía instrucciones precisas de asomarse al balcón y sacar un pañuelo blanco, señal que activaría la entrada inmediata de los milicianos de la Legión Infernal, dirigidos por French y Beruti.
Belgrano y los primeros gobiernos patrios
Belgrano fue parte del primer gobierno patrio, la “Primera Junta”. El mismo consistía en un frente inestable entre dos facciones. Por un lado, la más radical, con Mariano Moreno a la cabeza, apoyado por Castelli y Belgrano. Eran partidarios de cambios más profundos, como lo demuestran el “Plan de operaciones” de Moreno o el “Reglamento para los naturales de las Misiones” de Belgrano. Este último, que fue tomado como antecedente de la Constitución de Alberdi de 1853, comparte muchos puntos de vista con el escrito de Moreno, como la necesidad de expandir la revolución, la reforma agraria y el reparto de la tierra afectando las propiedades de los realistas. Por el otro lado, se encontraban los sectores más moderados dirigidos por el terrateniente del Alto Perú, Cornelio Saavedra, quienes no querían que volviera el virrey, pero tampoco avanzar en reformas que perturbaran el “orden”.
Belgrano siguió dirigiendo al grupo excarlotista los primeros días de mayo y jugó un rol fundamental en el nombramiento de funcionarios de la Primera Junta al ser el miembro con más experiencia política de su grupo y del gobierno. Posteriormente, la dirección de la Primera Junta pasó a su secretario jacobino, Mariano Moreno, y también la conducción de los excarlotistas, conocidos desde ese momento como morenistas. Un poco cansado de los enfrentamientos del primer gobierno, aceptó la designación para dirigirse al Paraguay. Su nombramiento se debía a la necesidad de confraternizar con los paraguayos y ganarlos a la causa de Mayo. Pero, al mismo tiempo, la nueva hegemonía de Buenos Aires era mirada con cierta desconfianza por los habitantes de los territorios guaraníes. Belgrano avanzó fundando pueblos y asegurando la hegemonía de la Junta en casi todo el litoral; sin embargo, al llegar al Paraguay fue vencido en varias ocasiones por los realistas y tuvo que conformarse con reunirse con los oficiales paraguayos y transmitir los planteamientos que hasta ese momento “predicaba a los cuatro vientos” la revolución (independencia inmediata y unidad de las provincias del sur).
La incorporación de los diputados provinciales por parte de Saavedra a la «Primera Junta» dio origen a la «Junta Grande», una maniobra política que desarticuló la hegemonía del sector morenista en el gobierno hacia diciembre de 1810. Esta segunda etapa del gobierno patrio se caracterizó por funcionar como una temprana reacción termidoriana, dominada por una mayoría moderada. En este contexto, Moreno se vio forzado a dimitir para luego ser enviado a una supuesta misión diplomática en Europa; sin embargo, falleció en altamar bajo circunstancias sospechosas atribuidas al capitán de la embarcación. Este suceso benefició directamente a Cornelio Saavedra, quien logró apartar a su principal oponente político. Por otra parte, Belgrano recibió el encargo de intervenir en la Banda Oriental tras el levantamiento patriota del Grito de Asencio en febrero de 1811. Su gestión en dicho territorio tuvo una excelente recepción entre los pobladores locales, lo que le permitió coordinar los regimientos revolucionarios para sitiar Montevideo, que aún permanecía bajo dominio realista, y designar a José Gervasio Artigas como comandante de las milicias orientales.
El nuevo ejecutivo moderado de Buenos Aires citó a Manuel Belgrano para que se presentara en la capital con el fin de ser enjuiciado y rendir cuentas sobre supuestas anomalías durante la campaña militar en el Paraguay. La misma suerte corrió su primo, Juan José Castelli, quien había partido en la expedición auxiliar hacia el Alto Perú. Este último se había atrevido a declarar la libertad de los pueblos originarios frente a una nutrida delegación de caciques, precisamente en las mismísimas puertas de Tiahuanaco. Dichos procesos judiciales constituyeron las principales medidas del régimen saavedrista para descabezar del poder a los elementos considerados morenistas.
Sin embargo, esta administración duró poco. En agosto, la pérdida del Alto Perú a manos de las fuerzas realistas obligó a Cornelio Saavedra a abandonar la capital y dirigirse a Salta para reorganizar el Ejército del Norte. Dicha ausencia fue aprovechada por los partidarios de Moreno y un sector centralista más conservador de la ciudad para imponer el Primer Triunvirato. Esta nueva gestión desilusionó a los morenistas, ya que sustituyó el centralismo revolucionario de su antiguo líder por el sesgo administrativo de Bernardino Rivadavia, quien cobró gran fuerza desde su rol como secretario. Por su parte, el creador de la bandera fue exonerado y enviado a negociar con el territorio paraguayo, donde entre el 14 y el 15 de mayo de 1811 había triunfado un movimiento independentista. Allí, el prócer se esforzó por demostrar que Buenos Aires no pretendía mantener la vieja opresión colonial sobre el resto de las provincias; sin embargo, Rivadavia hizo volar cualquier acuerdo por los aires al imponer un gravamen a la yerba mate, tratando a los locales como una nación extranjera. A partir de ese preciso momento, los paraguayos comenzaron a trazar su propio rumbo independiente.
Belgrano en su momento más revolucionario
El 18 de febrero de 1812, Manuel Belgrano le reclamaba al gobierno un símbolo patrio para diferenciar a sus tropas de los ejércitos realistas. El Triunvirato le aprobó una escarapela que, a diferencia de la utilizada el 25 de mayo de 1810, era blanca y celeste. Aquellos colores no provenían del cielo ni de las nubes, sino de los distintivos utilizados por la monarquía de los Borbones. Se trataba de una especie de reedición disimulada de la «máscara de Fernando VII» empleada por el primer gobierno patrio; no hay que olvidar que la bandera española continuó izándose en el fuerte de Buenos Aires hasta principios de 1815.
Volviendo a febrero de 1812, el prócer, entusiasmado, utilizó esta misma escarapela como base para confeccionar una enseña independentista, la cual levantó frente a su tropa el 27 de febrero de ese año en Rosario. Bernardino Rivadavia, al enterarse de lo sucedido, le ordenó guardar el pabellón para no ofender a España ni a su aliada, Inglaterra. Pese a la advertencia, el general la volvió a izar en Jujuy. Mientras tanto, las fuerzas realistas se reorganizaron en el Alto Perú y comenzaron la invasión al norte de las Provincias Unidas. El Triunvirato le ordenó a Belgrano retroceder hasta Córdoba, pero el jefe militar volvió a desobedecer al gobierno central y, mediante una alianza con las familias locales más influyentes, decidió resistir en la ciudad de Tucumán. Así, el jefe patriota inició el Éxodo Jujeño el 23 de agosto de 1812.
Antes de que se consumara la victoria de Tucumán, la bandera independentista fue levantada por primera vez en Buenos Aires por Antonio Beruti —el morenista líder de «los infernales»— durante una actividad patriótica en una iglesia ubicada exactamente donde hoy se erige el Obelisco, desafiando abiertamente la prohibición rivadaviana. Poco después, en una batalla muy confusa, Belgrano venció a las tropas realistas en las afueras de la ciudad tucumana. Ante el cambio de las circunstancias, y mostrando cierta obstinación, volvió a enarbolar la insignia nacional tras el triunfo.
Dicha victoria en el norte fue aprovechada en la capital por un frente compuesto por los morenistas y la naciente Logia Lautaro, liderada por José de San Martín, para llevar a cabo la revolución de octubre de 1812. Este movimiento derrocó al Primer Triunvirato por considerarlo poco afecto a declarar la independencia y, en su lugar, constituyó el Segundo Triunvirato, el cual convocó a la Asamblea del Año XIII.
Este nuevo cuerpo legislativo comenzó las hostilidades contra los orientales liderados por José Gervasio Artigas, quienes defendían un programa federal y contaban con delegados cuyas instrucciones habían sido discutidas de forma democrática. Los representantes artiguistas fueron expulsados de la Asamblea bajo pretextos burdos, quedando el organismo dominado por el ala centralista de la logia, bajo la influencia de Carlos María de Alvear. Estos congresistas finalmente no declararon la independencia, siguiendo un pedido expreso de la diplomacia británica. Posteriormente, el Directorio —el organismo unipersonal y centralista que sustituyó al Segundo Triunvirato en 1814— profundizó la guerra civil contra el artiguismo.
Previamente, el 20 de febrero de 1813, Belgrano había obtenido otra contundente victoria en Salta, donde se rindió el ejército realista entero. De esta forma, aseguró el control del gobierno central porteño sobre todas las provincias hasta Jujuy. Animado por el éxito, el general siguió avanzando hacia el Alto Perú, pero fue derrotado de manera brutal en dos batallas consecutivas y obligado a retroceder nuevamente hacia el actual norte argentino. [1]
Desmoralizado y abatido, entregó el mando de su división a principios de 1814 al general San Martín. El estratega correntino tenía órdenes del gobierno porteño de arrestarlo y mandarlo encadenado a Buenos Aires; sin embargo, al considerar a su par como un auténtico revolucionario, no acató la directiva, decidió confraternizar con él y lo trató como a un igual. San Martín tenía otros planes para liberar todo el territorio de Perú y el Alto Perú: planeaba una invasión cruzando por Chile, que aún se mantenía independiente, para luego avanzar por vía marítima con el apoyo indirecto de Inglaterra.
Belgrano: el primer restaurador del orden y de las leyes
Manuel Belgrano volvió a viajar a Europa enviado por el Directorio en una misión diplomática cuyo propósito consistía en alcanzar la paz con España y obtener el reconocimiento del nuevo Estado. “Viajó con Rivadavia y Sarratea con paso previo por Río de Janeiro, donde se entrevistó con Lord Strangford, el embajador inglés, y con Manuel García, enviado por el Directorio a la corte portuguesa radicada en Brasil, quien tendría un protagonismo destacado en las turbias negociaciones con la corte lusitana” (Revista EDM, 26-6-2020). En aquella oportunidad, Manuel García —a quien la corriente histórica citada califica como un entreguista rivadaviano— le ofreció a la Corona británica el protectorado de las Provincias Unidas. Dicho acto, sumado a la derrota militar frente al artiguismo, provocó la estrepitosa caída del director supremo Carlos María de Alvear.
Los objetivos de aquella comitiva diplomática no pudieron concretarse debido a que el escenario en Europa había cambiado drásticamente. Tras la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte en la batalla de Waterloo en 1815, la restauración absolutista se impuso en el Viejo Continente. Fernando VII, luego de recuperar su trono, reclamaba la devolución de todos sus antiguos territorios coloniales en América, recientemente emancipados. Inclusive, España despachó una formidable expedición punitiva hacia Venezuela, uno de los epicentros de la emancipación americana. Estos sucesos provocaron “efectos decisivos en la orientación política y en la conducta de Belgrano” (Ibídem). El prócer consideró que, para asegurar su supervivencia, las Provincias Unidas urgían de una férrea disciplina interna y del padrinazgo de una monarquía europea. De este modo, “volvió convencido de que había que buscar aplacar todo ímpetu revolucionario” (Ibídem).
De su primer viaje y estadía en Europa, Belgrano volvió hecho un revolucionario influenciado directamente por la Revolución Francesa. De su segundo viaje, regreso como un termidoriano, influenciado por la Santa Alianza contrarrevolucionaria que se instauro en Europa.
Sin embargo, en las Provincias Unidas se experimentaba una acentuación del proceso emancipador. Tras el derrocamiento de Alvear, José Gervasio Artigas, respaldado por la mayoría de las provincias, desaprovechó la oportunidad de asestar un golpe definitivo al centralismo porteño y delinear un nuevo rumbo nacional. La camarilla directorial logró rearmarse capitalizando las vacilaciones del artiguismo, recuperó el control del aparato estatal y convocó al Congreso Constituyente que comenzó a sesionar en Tucumán en marzo de 1816.
“Belgrano fue el encargado de brindar un informe político ante el Congreso el 6 de julio, espacio en el cual volcó las conclusiones de su travesía por Europa. El resultado directo de esta intervención fue un manifiesto emitido por el soberano cuerpo el 1° de agosto, donde se decretaba el -Fin a la Revolución, principio al orden-” (Ibídem). El Congreso, en sesiones de carácter secreto, refrendó el acuerdo espurio que el Directorio había consumado con la monarquía portuguesa instalada en Río de Janeiro, gestionado por el tristemente célebre Manuel García. Dicho pacto consistía en promover y facilitar la invasión de las tropas portuguesas en la Banda Oriental con el fin de exterminar al artiguismo y ahogar la causa federal. “Belgrano fue partícipe de esta conspiración y luego actuó en consecuencia” (Ibídem).
Luego de aquel cuestionado congreso constituyente en Tucumán —que declaró la independencia seis años después de la Revolución de Mayo debido a que, tras el fin de las guerras napoleónicas, a los intereses comerciales ingleses les convenía dicha declaración con el propósito implícito de clausurar el proceso revolucionario—, el creador de la bandera se involucró directamente en la represión contra los pueblos federales entre fines de 1816 y mediados de 1817. Mientras tanto, tal como lo señalan Christian Rath y Andrés Roldán en su obra “La Revolución clausurada”, la plana mayor del antiguo morenismo bonaerense sufrió la deportación. Así aconteció con figuras de la talla de Domingo French, Manuel Moreno y Manuel Dorrego.
Por disposición de Belgrano, el líder federal salteño José Antonio Moldes fue remitido a Chile, donde padeció el encarcelamiento. Asimismo, los dirigentes federales Eduardo Pérez Bulnes, de Córdoba, y Juan Francisco Borges, de Santiago del Estero, fueron arrestados; este último terminó siendo fusilado por orden directa de Belgrano. Este hecho se constituyó como uno de los primeros asesinatos políticos perpetrados dentro del propio campo patriota, representando un salto cualitativo en el intento de implantar el orden mediante el uso de la fuerza. Los ejecutores de estas medidas represivas recibieron una condecoración con la inscripción “Honor a los restauradores del orden”, dejando plasmado de manera inequívoca lo que el Congreso de Tucumán entendía por “poner fin a la revolución”.
A comienzos de 1819, José de San Martín fue convocado por el director supremo Juan Martín de Pueyrredón para trasladar sus tropas con el objeto de atacar a las provincias federales del litoral. El libertador correntino no solo rechazó taxativamente la orden, sino que, en sintonía con Bernardo O’Higgins —director supremo de Chile—, propuso un armisticio bajo la garantía del Estado chileno. Con este fin, redactó tres misivas de mediación dirigidas a Pueyrredón, a Artigas y al caudillo santafesino Estanislao López. Aunque Pueyrredón declinó la propuesta, las cartas destinadas a López y a Artigas jamás llegaron a sus manos. San Martín las había enviado por intermedio de Belgrano, pero este último se negó rotundamente a entregarlas, calificando a los líderes federales como “hombres salvajes”. San Martín obraba impulsado por la urgencia de los rumores que indicaban que España alistaba una nueva y masiva expedición militar en Cádiz, una fuerza que finalmente se insurrecciona en la península y nunca llegó a partir hacia América.
En 1820 volvió a Buenos Aires muy enfermo, después de ser derrotado por los federales del «interior». Murió pobre y casi en el anonimato ese mismo 20 de febrero de 1820, tras la segunda caída del Directorio frente a las fuerzas federales de López y Ramírez, lo que provocó la primera disolución del poder central. Terminó abatido por una guerra civil que él mismo profundizó con su reacción termidoriana durante los últimos años de su vida.