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El Éxodo Jujeño y la Revolución en el Plata

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8/10/2026

El Éxodo Jujeño y la Revolución en el Plata

Reivindicación y debate historiográfico.


El exgobernador de Jujuy, Gerardo Morales -promotor de los protocolos antipiquetes-, cuando se desempeñaba como senador en el año 2013, impulsó en dicho recinto acalorados debates contra el kirchnerismo, intentando censurar un documental del canal Encuentro sobre el Éxodo Jujeño. Así lo expone una nota de La Nación del 24 de mayo de ese mismo año, firmada por la redacción, donde se relata que el político calificó la producción televisiva como una «falsificación histórica». ¿El motivo? La serie cuestiona y subvierte dos de los pilares más “sagrados” del relato “tradicional” de la gesta de 1812. Según el legislador, el film negaba la quema total y el abandono absoluto de la ciudad. La narrativa escolar y oficial de la provincia sostiene que el pueblo norteño incendió absolutamente todo, dejando «tierra arrasada» para que los realistas no encontraran sustento. En contraste, el documental, respaldado por investigaciones historiográficas modernas, planteaba que dicho acontecimiento no fue tan lineal ni definitivo. Explicaba que las clases altas jujeñas y los grandes terratenientes se resistieron tenazmente a resignar sus fortunas o incinerar sus pertenencias, y que muchos de ellos incluso colaboraron con los virreinales o huyeron por su cuenta.

A pesar del intento de Morales de sostener por ley un relato inconsistente de manual -donde una provincia entera, sin distinción de clases, retrocede unida contra el invasor godo que acechaba desde el Alto Perú-, el mismísimo Bartolomé Mitre, al referirse a la actitud de las élites del norte en su obra sobre Belgrano y la independencia argentina, las definió como “poco afectas a la independencia”. Quizás el pionero de la historiografía rioplatense, por ser tributario de la burguesía porteña, que en varias oportunidades se enfrentó a las oligarquías del interior, no sintió la imperiosa necesidad que invadió a Morales de indultar a los antecesores de Blaquier. Aquellos antepasados eran igual de entreguistas que la patronal jujeña actual, dispuestos a transar con el mejor postor para defender sus negocios. Belgrano, al igual que San Martín en Cuyo, se vio obligado a adoptar medidas revolucionarias de guerra para forzar a los hacendados a involucrarse en la contienda.

Para explicar el retraso de la caída del poder español en el norte es necesario comprender las heridas abiertas que habían quedado de la gran rebelión de Túpac Amaru y Túpac Katari (1781-1782), donde se levantaron los originarios después de trescientos años de explotación esclava, poniendo en jaque no solo la dominación de los peninsulares, sino también los privilegios de los criollos. Esto sumado a la impronta jacobina de la primera expedición auxiliar al Alto Perú (1810-1811), encabezada políticamente por Juan José Castelli, que como señala en sus memorias póstumas el general Paz, participante de la campaña, “intentó encender los furores de la democracia” al proclamar la libertad del “indio” en las ruinas ancestrales de Tiahuanaco, siguiendo las instrucciones de Mariano Moreno, secretario de la Primera Junta de Gobierno.

Esas mismas clases dominantes son, precisamente, las que conspiraron más tarde contra el caudillo Martín Miguel de Güemes y lo entregaron a los realistas.

Los neorrevisionistas de “salón” que reivindican las acciones de los revolucionarios del pasado, como Belgrano (en su etapa previa a 1814), Güemes y San Martín, utilizan esta proclama para lavarle la cara a su política en la actualidad. Una contemporaneidad donde terminaron transando con el Fondo Monetario Internacional y, en estos momentos, dejaron pasar el grueso del ajuste salvaje del gobierno mileísta.

Pero además generan una ficción sobre el pasado buscando una continuidad entre los revolucionarios de mayo y los referentes posteriores de esta burguesía. No existe un hilo conductor histórico entre San Martín, Rosas y Perón. El primero fue un digno representante de los revolucionarios de su época (la triple revolución burguesa). Rosas, un heraldo y restaurador del orden terrateniente; un represor del pueblo de su tiempo cuando fue necesario, como en octubre de 1820 con la “Masacre Olvidada” del bajo pueblo, ejecutada para consolidar el gobierno bonaerense de Martín Rodríguez y su ministro Rivadavia (apoyados por el clan Anchorena), quienes nos dejaron el tierno regalito de la primera deuda externa. Asimismo, comandaron las primeras campañas sobre los territorios indígenas en el sur de la provincia porteña. Perón, al igual que “el ilustre restaurador del orden”, nunca fue un revolucionario. Solo opuso algunas tímidas reivindicaciones a un imperialismo en crisis después de la Segunda Guerra Mundial; pero volvió en el 73 de la mano de ese mismo poder global y terminó sus días bendiciendo a la asesina Triple A.

El desastre de la batalla de Huaqui

A partir de la Revolución de Mayo, las autoridades del Alto Perú (actual Bolivia) rechazaron categóricamente los planteamientos de la Primera Junta y se anexaron al Virreinato del Perú, con sede en Lima. De este modo, buscaron militarizar la región y preparar una rápida expedición hacia el sur para aplastar a los porteños sublevados. Por su propia supervivencia, la Primera Junta envió una «expedición auxiliadora» hacia el norte. Esta comenzó su marcha por Córdoba, donde se alojaba un héroe de la Reconquista, el exvirrey Santiago de Liniers, que seguía firme con la corona y organizaba un contraataque para restituir a las autoridades peninsulares. Cuando la expedición pasó por la provincia mediterránea, lo fusiló y continuó su avance hacia el norte con el objetivo de someter a los contrarrevolucionarios en su propio feudo. La expedición no solo buscaba repeler a los realistas, ya que Potosí, a pesar del agotamiento de su cerro, todavía poseía riquezas capaces de financiar la guerra.

En esos primeros meses posteriores a mayo, España permanecía invadida por los franceses. Sin embargo, de forma contradictoria, en la península las masas se levantaban contra la ocupación francesa, mientras que en la América revolucionaria (las Provincias Unidas, la Gran Colombia y México) se presumía que España se liberaría y regresaría para reconquistar sus antiguas colonias. Al mismo tiempo, el acta de constitución de la Primera Junta planteaba la necesidad de luchar para sostener la soberanía del territorio del antiguo Virreinato del Río de la Plata y la obligación de mandar expediciones a las provincias rebeldes. Lo mismo ocurrió con Manuel Belgrano en el Paraguay, cuyo intento fracasó inicialmente pero sirvió para propagar el fuego revolucionario de mayo; un año después, los propios paraguayos expulsaron a los españoles. No obstante, Bernardino Rivadavia y su facción centralista (a través del Primer Triunvirato) les impusieron más tarde un impuesto a la yerba mate, lo que inició el proceso de segregación de dicha provincia de las Provincias Unidas. El enfrentamiento decisivo se produjo en la inhóspita meseta del Alto Perú, cerca del lago Titicaca.

El ejército patriota contaba con entre 6.000 y 7.000 hombres, en su gran mayoría milicias altoperuanas e indígenas movilizados. Se enfrentaron a las fuerzas realistas del Virreinato del Perú, compuestas por unos 4.000 soldados sumamente disciplinados al mando del general José Manuel de Goyeneche. Aunque ambos bandos habían firmado una tregua de 40 días, la desconfianza mutua provocó que los combates se iniciaran antes de su vencimiento. El 20 de junio de 1811, Goyeneche atacó de madrugada de forma coordinada, dividiendo sus fuerzas. En pocas horas, la resistencia patriota en las cumbres se quebró. El ejército revolucionario se descompuso por completo, lo que desató una retirada caótica. Los patriotas sufrieron más de 1.000 muertos y 2.000 prisioneros, y perdieron toda su artillería. Los sobrevivientes huyeron despavoridos miles de kilómetros hacia el sur, dejando el norte completamente desprotegido. Juan José Viamonte, el tercer oficial al mando, fue acusado de traición por tardar demasiado en intervenir con su división de 1.500 hombres. Es probable que, debido a su férrea postura moderada y saavedrista, no deseara un triunfo que pudiera ser atribuido a un ejército comandado por un morenista radical como Juan José Castelli.

En Buenos Aires estalló el pánico. Cornelio Saavedra marchó hacia el norte para intentar controlar el desbande de las tropas, situación que los porteños aprovecharon ante la ausencia del líder del gobierno para imponer por la fuerza un nuevo Cabildo Abierto. Este movimiento disolvió la Junta Grande (el segundo gobierno patrio) e instauró el régimen centralista conocido como el Primer Triunvirato, el cual catapultó al poder a Bernardino Rivadavia como un secretario con amplias facultades. Este episodio constituyó una especie de golpe de Estado entre revolucionarios de distintas tendencias. El sector porteño que tomó el control del Estado interprovincial de las Provincias Unidas quedó compuesto por los centralistas y los antiguos compañeros de Mariano Moreno. Sin embargo, estos últimos fueron rápidamente desplazados, y los centralistas -representantes directos de la burguesía comercial portuaria- asumieron el control absoluto. Esto terminaría provocando una nueva fractura y el posterior frente entre los morenistas más radicales y la emergente Logia Lautaro.

El Primer Triunvirato

Existe una sólida hipótesis sostenida por la historiografía uruguaya -que afirma que el Primer Triunvirato (septiembre de 1811 – octubre de 1812) operó esencialmente como un «gobierno de los préstamos de guerra», mutando en el guardián de los intereses de la burguesía mercantil porteña y sus socios, los comerciantes británicos. Sometido a esta lógica, el ejecutivo desplegó una política de centralismo fiscal y asfixia provincial con la excusa de financiar los monumentales costos de la guerra de independencia. Para sostener el aparato militar, Buenos Aires recurrió a empréstitos -tanto forzosos como «voluntarios»- provistos por los grandes mercaderes locales. Como obvia contrapartida, el gobierno subordinó sus decisiones políticas y estratégicas a blindar el libre comercio y garantizar que las rentas de la aduana porteña sirvieran para saldar dichas deudas, dándole la espalda al resto de las provincias.

Bajo el prisma de esta hipótesis debe explicarse el polémico Armisticio de Octubre de 1811, firmado con el virrey Francisco Javier de Elío, el jefe realista que resistía atrincherado en Montevideo. Andrés Roldán y Christian Rath, en su obra La revolución clausurada, analizan esta primera gran entrega de los orientales no como un mero error táctico de Bernardino Rivadavia y sus hombres, sino como una política fríamente decidida por la burguesía portuaria para sacudirse el cerco naval. El objetivo real del Triunvirato consistía en reanudar el comercio y asegurar la recaudación fiscal, sacrificando sin remordimientos la revolución oriental y el campamento de José Gervasio Artigas a cambio de la supervivencia de sus propios balances financieros.

Esta tregua con aroma a traición provocó el Éxodo del Pueblo Oriental (bautizado por sus protagonistas como La Redota), una masiva movilización civil que fue posterior por casi un año al Éxodo Jujeño. Mientras tanto, en esos mismos meses de agitación, Manuel Belgrano, tras ser sometido a un juicio impulsado por el sector saavedrista debido a los reveses en la campaña del Paraguay, fue absuelto con honores y, en noviembre de 1811, fue nombrado comandante del prestigioso Regimiento de Patricios. La designación cayó como un balde de agua fría en la tropa, fiel seguidora del derrocado Cornelio Saavedra. Los milicianos se rebelaron en el célebre Motín de las Trenzas, el cual fue reprimido con una dureza draconiana por el Triunvirato, terminando con ejecuciones en la Plaza de Mayo (un preludio de la severidad que el gobierno aplicaría meses después contra la conspiración de Martín de Álzaga).

Para colmo de males, la tregua con Montevideo no impedía que flotillas realistas continuaran con sus incursiones piratas a lo largo del Paraná. Belgrano marchó entonces hacia Rosario con el fin de fortificar las costas y frenar estos saqueos. En febrero de 1812, el cauteloso gobierno porteño lo autorizó a utilizar una escarapela bicolor, pero el prócer, convencido de que la revolución necesitaba símbolos de identidad claros, fue más allá y enarboló una Bandera Nacional celeste y blanca en las barrancas del río. Para la elección de los colores recurrió a los tonos de la Real Orden de Carlos III, respetando la línea moreniana de la «máscara de Fernando VII» (gobernar en nombre del rey cautivo mientras se construía una patria nueva). La audacia le valió una durísima reprimenda del timorato Triunvirato, que seguía empecinado en mantener la bandera española flameando en el fuerte de Buenos Aires. En medio de este clima político, el 9 de marzo de 1812 desembarcó en el puerto rioplatense José de San Martín, recién llegado de Europa con el firme propósito de sumarse a la emancipación americana. De inmediato, obligado por las circunstancias, el gobierno convalidó su rango y le encomendó la creación y entrenamiento de un cuerpo de caballería de élite, los Granaderos a Caballo, cuyas prácticas iniciales se realizaron en la antigua Plaza de Toros, ubicada en el actual barrio de Retiro.

Belgrano y el éxodo jujeño

En ese mismo marzo caliente, Belgrano llega a la Posta de Yatasto para tomar el mando de los restos del ejército del norte. La situación era desoladora, solo quedaban 1.500 sobrevivientes en mal estado físico. La mayoría del armamento fue tomado por el enemigo en la trágica Batalla de Huaqui y Buenos Aires, como después haría con San Martín, lo había abandonado a su propia suerte. En este cuadro y rodeado de duros oficiales (Díaz Vélez y Aráoz de Lamadrid), hizo valer la disciplina. Instauró una especie de terror revolucionario. El primer paso fue decretar la pena de muerte para traidores y desertores, comenzando por el fusilamiento de unos cuantos. En su estancia en Jujuy, Belgrano comenzó a recibir informes del acercamiento de un ejército desde el Alto Perú de más de 3.000 hombres entrenados. El Triunvirato le mandó claras instrucciones de retroceder hasta Córdoba, lo cual significaba entregar todo el actual norte argentino a los reconquistadores realistas. El plan de tierra arrasada fue una postura de Belgrano, que se dio cuenta de que un ejército invasor de esas características necesitaba de mucho abastecimiento.

Esperemos que Gerardo Morales no se enoje, pero de las 3.500 personas que habitaban San Salvador y sus alrededores, solo partieron con Manuel Belgrano, aquel 23 de agosto de 1812, aproximadamente 1.500 almas. El resto prefirió rumbear por su cuenta o esconderse pacientemente a esperar la llegada de los amados realistas. Lógicamente, la drástica medida de «tierra arrasada» no afectaba a todos por igual. Los sectores populares -peones, paisanos, gauchos y pueblos originarios- resultaron ser mucho más afines a los planteamientos ilustrados de Belgrano, esos que pregonaban los abstractos ideales de «libertad, igualdad y fraternidad» mientras, paradójicamente, las diferencias de clase seguían vivas y coleando. En contraste, muchos terratenientes apoyaban en un prudente silencio a los españoles por cuidar sus viejas estructuras de negocios, convencidos de que, más temprano que tarde, Buenos Aires mordería el polvo. Paralelamente, ese mismo 23 de agosto, lejos del barro jujeño, Beruti junto a otros patriotas izaba la bandera nacional en la iglesia de San Nicolás, emplazada donde hoy descansa el Obelisco, mostrando que los fuegos de mayo seguían ardiendo.

Si es verdad que no se registraron fusilamientos de terratenientes durante el Éxodo, no fue por falta de ganas, sino porque Belgrano los mantuvo a raya a fuerza de rigurosos castigos a los desertores y severas advertencias en los bandos oficiales, donde explicitaba que cualquiera que osara oponerse a la marcha sería pasado por las armas sin miramiento alguno. El prócer no disponía del poder militar suficiente para enfrentar a los realistas que le pisaban los talones, pero le alcanzaba y sobraba para someter a las reticentes clases altas de Jujuy, aunque, nobleza obliga, una parte minoritaria sí lo acompañó voluntariamente. Mientras tanto, en la retaguardia, la vanguardia de oficiales belgranianos se encargaba del trabajo sucio: quemar lo que pudieran y arrear el último ganado.

En Salta, la suerte no fue la misma. La refinada élite salteña desobedeció abiertamente el bando de Belgrano; incluso, las indignadas autoridades locales le exigieron explicaciones por la «severidad» de sus términos. De los 5.000 pobladores que albergaba la ciudad y sus suburbios, apenas unos cientos se dignaron a seguirlo. Para colmo de males, el general se distanció de Martín Miguel de Güemes por supuestos problemas disciplinarios y lo mandó desterrado a Buenos Aires; de este modo, el futuro héroe de la guerra gaucha se perdió, por cuestiones de etiqueta militar, todo el proceso del Éxodo. Los españoles hallaron cenizas en Jujuy, pero entraron a la ciudad de Salta entre aplausos y alfombras rojas. Por supuesto, en nombre de las buenas relaciones comerciales, los invasores respetaron con extrema caballerosidad la propiedad privada y las vidas de los corteses ciudadanos salteños.

La victoria en Tucumán y Salta

La realidad geocomercial de la provincia tucumana era harina de otro costal. Los tucumanos miraban más hacia el litoral política y comercialmente que hacia el Alto Perú. Sus alternativas eran cristalinas: o dejaban la tierra estéril como en Jujuy, o se resignaban a ser saqueados por los «godos» (quienes, al no tener grandes socios en Tucumán, difícilmente se conducirían de forma tan civilizada como en Salta), o se plantaban. La élite de Tucumán convenció a Belgrano de detener la marcha y presentar batalla. Un terrateniente local de peso, Bernabé Aráoz de Lamadrid (pariente del oficial de Belgrano y posteriormente jefe Unitario), aportó generosos fondos, caballadas y un contingente crucial de peones para engrosar el famélico ejército patriota.

Entre el 24 y 25 de septiembre de 1812 se desató la Batalla de Tucumán en el célebre Campo de las Carreras. El jefe realista, Juan Pío Tristán, avanzaba con la típica soberbia de quien se cree persiguiendo a un fugitivo. Al toparse de frente con las huestes patriotas perfectamente formadas en orden de combate, debió improvisar un cambio de frente sobre la marcha, sembrando el desconcierto en sus filas. La caballería gaucha del ala izquierda independentista ejecutó una embestida tan feroz como devastadora, desarticulando por completo el flanco izquierdo enemigo y adueñándose de sus preciados suministros. De pronto, el cielo se encapotó: en el clímax del enfrentamiento, un viento huracanado levantó una descomunal polvareda que coincidió con el arribo de una dantesca manga de langostas que azotaba el rostro de los combatientes. Aquella densa cortina de polvo e insectos redujo la visibilidad a cero, sumiendo el campo en un caos absoluto donde Belgrano perdió todo contacto y rastro de sus comandantes.

Mientras el general intentaba reagrupar a ciegas los jirones de su tropa en el llano, el coronel Eustoquio Díaz Vélez logró mantener a raya la disciplina de la infantería en el centro del mapa. Ante la confusión generalizada, replegó sus fuerzas con asombroso orden hacia las intrincadas calles de San Miguel de Tucumán. Cuando la infantería realista intentó irrumpir en la urbe con ansias de pillaje y conquista, chocó de frente contra trincheras y bocacalles defendidas a capa y espada. Díaz Vélez los repelió con un implacable y ensordecedor fuego de artillería. Al percatarse de que había perdido cañones, municiones y más de mil bajas, a Tristán no le quedó más remedio que emprender una humillante retirada al amanecer siguiente. Belgrano, en un abierto y delicioso desafío a las órdenes del Triunvirato, volvió a enarbolar la enseña blanca y celeste tras el triunfo.

La torta se dio vuelta: ahora era Belgrano quien acosaba al atribulado Tristán. Las fuerzas volvieron a medir sus armas en Salta, el 20 de febrero de 1813, donde los patriotas repitieron la dosis de la victoria. Gracias al magistral conocimiento del terreno que permitió cercar por completo al enemigo, los realistas fueron derrotados de nuevo, aunque esta vez la capitulación fue absoluta e incondicional. Entusiasmado, el gobierno porteño le ordenó a Belgrano proseguir la marcha para liberar el Alto Perú y manotear los jugosos recursos de las minas de Potosí.

No obstante, las horas de este ejecutivo patrio estaban contadas. Se gestaba un nuevo frente político entre la Logia Lautaro y la facción morenista; fue así como el mismísimo José de San Martín se apersonó con sus imponentes Granaderos en la Plaza de la Victoria, el 8 de octubre de 1812, para deponer al Primer Triunvirato, considerándolo un tibio poco afecto a la causa de la independencia. En su lugar, instituyeron el Segundo Triunvirato con la meta explícita de convocar a una Asamblea Constituyente que declarase la emancipación definitiva y acelerase la revolución. Cabe destacar que la luz verde para este osado levantamiento del vecindario porteño la dieron, precisamente, las dos descomunales victorias de Belgrano en el norte. Sin embargo, la resistencia de las huestes del Rey y de las clases dominantes en la región altoperuana demostró ser infinitamente más robusta que en Salta y Jujuy: el pobre Belgrano terminaría con la misma suerte de su primo segundo, siendo derrotado en dos ocasiones consecutivas durante los últimos meses de aquel convulsivo año.

¿Cuál fue la importancia estratégica del Éxodo?

El Éxodo Jujeño no fue un idílico viaje familiar al sur; constituyó el laboratorio de una «guerra total». Historiadores de distintas corrientes coinciden en que quemar las cosechas, envenenar pozos y arruinar el propio comercio obligó a la población a una encrucijada binaria: o se convertían en revolucionarios por las malas o en traidores fusilables. Al destruir la base económica de la región, Manuel Belgrano quebró el histórico lazo de obediencia colonial.

En el capítulo 3 y en las conclusiones de su obra Revolución y guerra, Tulio Halperín Donghi plantea que, al destruirse el aparato administrativo español, la revolución se quedó sin legitimidad política. Por lo tanto, la única forma de mantener unidas a las provincias fue a través de la violencia y la coacción del ejército. El repliegue jujeño es el ejemplo máximo de esto: la población no obedeció por convicción jurídica, sino por la presión militar de un ejército en retirada. Respecto a la destrucción de la economía norteña, el historiador explica que esta región (Jujuy, Salta y Tucumán) basaba su riqueza en ser el nexo comercial con el Alto Perú mediante el tráfico de mulas, plata y manufacturas. Al imponer la «guerra total», cortar esa ruta y quemar la zona, la gesta revolucionaria salvó su pellejo político, pero condenó al Norte a una decadencia económica irreversible, rompiendo el equilibrio con Buenos Aires.

Por su parte, Felipe Pigna explica en Los mitos de la historia argentina 1 que el éxodo jujeño representó un golpe devastador para las fuerzas realistas, las cuales avanzaron sobre un territorio deshabitado y enfrentaron la resistencia de las guerrillas. Asimismo, destaca que el general logró que la población local asumiera la causa revolucionaria y aceptara la devastación material antes de someterse nuevamente al dominio colonial. Para el autor, este acontecimiento y el posterior triunfo en las batallas de Tucumán y Salta no representan un simple éxito técnico militar, sino una de las mayores epopeyas de sacrificio popular de la historia argentina, tal como ocurriría después en los territorios orientales.

Paralelamente, existió un agudo conflicto de clases entre un líder decidido a darlo todo y la burguesía local acomodada, temerosa de perder sus privilegios económicos. El investigador remarca con crudeza que “mientras las clases populares entregaban lo poco que poseían, las élites especulaban con la llegada de los españoles”. La estrategia consistió en privar de suministros al enemigo mediante la táctica de tierra arrasada, contando con el respaldo popular, mientras se desconfiaba de las clases altas locales.

En cuanto al heroísmo del «pueblo invisible», se rescata que el resultado material de la maniobra fue la salvación de la revolución, consagrando a una comunidad que aceptó la ruina económica antes que el sometimiento. Finalmente, el triunfo expuso la mezquindad del Primer Triunvirato, fuertemente influenciado por Bernardino Rivadavia, que había ordenado retroceder hasta Córdoba entregando todo el Norte.

Alejandro Rabinovich -especialista del Conicet y autor de obras clave como Ser soldado en las Guerras de Independencia- analiza el Éxodo Jujeño y las batallas de Tucumán y Salta desde una perspectiva enfocada en las vivencias descarnadas de la tropa. Es que las guerras de emancipación no las ganó solo un puñado de valientes iluminados por el bronce. La revolución obligó a movilizar a tal cantidad de almas que el Río de la Plata alcanzó niveles de conscripción comparables únicamente con la Prusia de las Guerras Napoleónicas. El Éxodo Jujeño y la Batalla de Tucumán operaron como los grandes catalizadores de este proceso, donde prácticamente todo hombre adulto disponible terminó con un fusil, una lanza o un sable en la mano. La burguesía rioplatense, para protegerse de una contrarrevolución que venía con el cuchillo entre los dientes, no tuvo más remedio que apelar al armamento popular; una receta que arrancó en Buenos Aires con las milicias y luego se exportó al norte, la Banda Oriental y Cuyo.

Al mismo tiempo, para entender de qué se trató realmente esta epopeya, nos tenemos que despojar de cualquier postal romántica de Billiken. Para los soldados y el pueblo de a pie, esa retirada de cientos de kilómetros bajo la doctrina de «tierra arrasada» fue una experiencia límite marcada por el hambre, el frío, las pestes y un miedo constante. Las deserciones, lógicamente, eran masivas: el sufrimiento físico y psicológico no se gambeteaba con discursos. Por esta razón, Manuel Belgrano no se respaldaba solo en el misticismo patriótico; recurría a una disciplina de hierro e implacable porque, al fin y al cabo, comandaba hombres exhaustos que marchaban hacia el sur viendo cómo sus propios pueblos eran reducidos a cenizas.

El Norte después del Éxodo

Después de que el Ejército del Norte aplastara a los realistas en Salta, el camino quedó libre para el regreso. El 21 de marzo de 1813 se consolidó formalmente la Reconquista de Jujuy. Los civiles que habían resistido el desarraigo en Tucumán regresarían en caravana a sus tierras. El panorama que encontraron al volver fue desolador y tuvieron que empezar de cero a reconstruir la economía y la vida cotidiana local. Lejos de alcanzar la paz definitiva, Jujuy pagó un precio muy alto por la emancipación y las posteriores guerras civiles. La provincia siguió siendo la frontera norte de la revolución y el territorio sufrió nuevos éxodos y ocupaciones realistas en los años siguientes (notablemente en 1814 y 1817). Esta resistencia continua dio paso a la «Guerra Gaucha», donde la población local militarizada en guerrillas impidió de forma permanente que los españoles avanzaran hacia el resto del actual territorio argentino.

El Segundo Triunvirato -que no declaró la independencia por orden de la diplomacia inglesa, la cual estaba aliada con España en el frente europeo y no quería irritar a sus socios temporales- sustituyó a Manuel Belgrano en el mando del Ejército del Norte tras el segundo desastre en el Alto Perú. En su lugar, nombró al general José de San Martín. Este último, mientras avanzaba previamente por Santa Fe, libró el célebre Combate de San Lorenzo (febrero de 1813), recordado por ser el bautismo de fuego de los bravos granaderos. Se escondieron en un pequeño convento mientras 300 soldados saqueadores españoles desembarcaban en las barrancas del Paraná. Mientras terminaban de realizar una formación de avance, San Martín a la cabeza con 156 granaderos a caballo los embistió al galope en una batalla muy corta que duró 15 minutos. San Martín se involucró tanto en el combate que terminó luchando por su propia vida, al quedar atrapado por su caballo derribado. Los últimos estudios históricos han comprobado la existencia de Cabral, el soldado mulato que perdió la vida ayudando a “don José”. Murieron 16 patriotas y 40 españoles. El resto de los ibéricos alcanzó a llegar corriendo a los barcos y huir. Aunque tenía instrucciones de apresar al creador de la bandera y remitirlo a Buenos Aires, San Martín, respetuoso del accionar de su predecesor, confraternizó con él y lo hizo volver como un hombre libre. Después vendrá ese viaje de Belgrano con Bernardino Rivadavia a Europa, donde las ideas del orden restaurador penetraron fuerte en nuestro prócer, que volvió convertido en un termidoriano. Belgrano fue el primero de los restauradores del orden, intentando acabar por decreto con la revolución como en el Congreso de 1816, donde sí se declaró la independencia porque ya era un hecho inocultable, pero también el fin de la revolución. En esos tiempos se involucró en la guerra civil contra el orteguismo y mandó a fusilar al líder federal de Santiago del Estero, Juan Francisco Borges.

San Martín tenía otro plan trazado, que contaba con la simpatía de los ingleses, quienes no querían saber nada con una reconquista de los ibéricos: cruzar los Andes hacia Chile y dirigirse por mar al Perú para terminar con los godos en su propio nido. En el medio las cosas se complicaron un poco con la caída de Chile, por lo que se vio obligado a liberar primero al país trasandino y luego llegar por mar al Perú, donde procedió de la misma forma. Para cerrar la frontera del norte, el Libertador respaldó en su puesto a Martín Miguel de Güemes, quien sería el líder de esos bravos gauchos que mantuvieron a raya a los realistas hasta la irrupción final de San Martín en el Pacífico. Todo esto mientras los gobiernos porteños le pedían que abandonara su causa independentista y que se dirigiera al litoral a enfrentarse con el artiguismo que estaba copando la mayoría de las provincias, a lo cual San Martín siempre se negó y esto le valió la ruptura definitiva con Rivadavia y sus socios, pero eso ya es otra historia.

Bibliografía utilizada

La Revolución Clausurada. Rath, Roldán.

Artigas: el caudillo de la revolución. Revista En Defensa del Marxismo N°38. Andrés Roldán.

Revolución y Guerra, de Tulio Halperín Donghi.

Mitos Argentinos 1. Felipe Pigna.

La anatomía del pánico, las derrotas de 1811. Rabinovich Alejandro.

Las dos caras de Manuel Belgrano. En Defensa del Marxismo digital. Leo Furman.

Belgrano y la guerra de la independencia. Bartolomé Mitre.