EDM

El Mundial 78: Fútbol, dictadura y militancia

imagen de la nota
13/3/2026

A 50 años del golpe del 24 de marzo de 1976

El Mundial 78: Fútbol, dictadura y militancia

Un sinfín de elementos políticos se cruzaron en una de las copas del mundo más narradas, más festejadas y más odiadas de todos los tiempos.

Ricardo Coquet caminaba con la lógica perdida entre los sueños cumplidos y las pesadillas caóticas. Debe haber pocas combinaciones de palabras cuya disposición genere una melodía más linda para los futboleros. “Argentina en la final de la Copa del Mundo”. Para un amante de la pelota es mucho. Demasiado. Tanto que quizás, por segundos, la falsa felicidad pueda hacerse un lugarcito entre las más profundas tinieblas. Argentina seis, Perú cero. En la ESMA, secuestrado, torturado. Pero, por unos minutos, finalista del mundo. La vida parecía encontrar la sonrisa hasta que la euforia chocó con la vida real: detrás de la puerta, Coquet y algunos se encontraron el horror: un compañero de encierro  muerto, con la piel azul luego de que la pastilla de cianuro haya pasado el peaje de la garganta.

Coquet fue uno de los que, bajo distintas razones, vio los partidos del Mundial en su centro clandestino, uno que estaba a diez cuadras del principal estadio mundialista. En la ESMA los militares torturaban, asesinaban y esclavizaban a los presos, obligándolos a revisar medios y escribir notas en una suerte de “Pecera” y los sacaban del lugar en el medio de la Copa del Mundo para intentar convencerlos de que no le importaban a nadie, porque la gente solo gritaba goles y festejaba gambetas.

El fútbol es una realidad tergiversada. La más osada de sus hazañas se esfuma en segundos en medio de las llamas del infierno.

Tesis

Una mirada sobre el deporte y la dictadura en general y del Mundial 78 en particular corre riesgo de unilateralidad: no son pocas las ocasiones en las que se ha analizado el asunto con la premisa de que el poder dictatorial de turno utilizó la masividad y la pasión de un acto deportivo para una manipulación en regla, que a veces se nos aparece como rígida e inmutable, para servir a sus (malignos) fines.

Si bien esta idea no puede ser ni por asomo descartada por completo, una tesis correcta que aborde el problema tendría que, cuanto menos, problematizar el asunto. Ya hemos dicho en estas páginas (EDM/Marzo 2025) que “la masividad del fútbol, en un país como Argentina, convierte al deporte en un vehículo apreciado para mensajes políticos. No obstante, pensar en esto como justificación para encontrar en el deporte un canal de lucha no resulta suficiente: esos mensajes pueden ser contrarios a la dinámica propia de la clase obrera y sus intereses. La teoría del fútbol como ‘opio de los pueblos’ así lo demuestra”. Proponemos en este ensayo tomar esta misma tesis para analizar lo acontecido durante el Mundial 1978, utilizado políticamente por la dictadura pero, incluso en un clima adverso, también transformado en vehículo de luchas populares contra ella. 

La teoría que indica que el Mundial fue una enorme cortina de humo infalible tiene mucho de verdad y mucho de potencia. No obstante, deja sin problematizar una serie de hechos y datos y hasta se toma la atribución de generar mitos inexistentes. Según muchas examinaciones que parten de esta premisa, el futbolista holandés Johan Cruyff no jugó el Mundial 78 por razones políticas. Fue el propio jugador el que lo desmintió: admitió que no lo hizo fruto de una situación personal, impulsada desde el año anterior debido a un traumático robo en su casa de Barcelona. Esto no quiere decir que no hayan existido jugadores que se negaran a participar: es el caso de Paul Breitner, jugador de Alemania Federal, autodenominado “maoísta”, que escribió en abril de 1978 lo siguiente: “La selección no debe dejar que la utilicen como una marioneta, porque los deportistas, aunque tengan en el deporte su principal preocupación, no deben ser eunucos políticos”.

Esta misma caracterización ha construido, posiblemente sin intención, una imagen que hasta sobreestima las posibilidades de incidir en el deporte, cuando endilgó al gobierno de Videla el cambio de horario para el partido entre Argentina y Perú para jugar con ventaja deportiva (nunca hubo tal modificación: Argentina jugaba a las 19:15, eso se sabía desde el sorteo el 14 de enero y se siguieron definiendo partidos del mismo grupo en diferentes horarios hasta España 82 inclusive) e incluso se aseguró una venta de granos al país trasandino cuya procedencia jamás se encontró. La posibilidad de adormecer a la sociedad con el fútbol que “se comió todo”, cuando las cifras indican que en 1978 hubo alrededor de 1300 conflictos obreros en todo el país en el medio del estado de sitio, o el hecho de que las propias Madres de Plaza de Mayo hayan logrado con audacia atraer la atención de la prensa extranjera, amerita poner en debate los planteos anteriores. El periodista Martín Bauso, autor de 78. Historia oral del Mundial, planteó: “El Mundial, en vez de tapar los crímenes tal como se sostiene, amplificó las denuncias por las violaciones a los derechos humanos. En el resto del mundo no funcionó como una gran cortina de humo, sino como vidriera de atrocidades”.

Vale una aclaración: ni la manipulación debe ser subestimada (trabajaremos esto en el apartado siguiente), ni la romantización del fútbol puede convertirse en un serio objeto de análisis. Pero una examinación precisa parte de que el fútbol es, por su masividad, un botín o plataforma de peso para mensajes políticos, lo que puede servir al poder de turno (lo más común), pero también para la resistencia o incluso para la puesta en práctica de un simple hecho deportivo al que no se le puede atribuir mecánicamente ni más ni menos de lo que puede dar.

El objetivo de este escrito pasa por analizar la esfera política que tiñó al Mundial 1978, en relación con la dictadura y también con la militancia, buscando aportar la mayor cantidad de elementos en ese sentido.

Máquina de poder

Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Fueron cinco las veces en las que Jorge Rafael Videla mencionó el vocablo “paz” en las primeras líneas del discurso inaugural del que se puso al frente (Scher, Blanco, y Búsico, 2010). Fue el 1 de junio en el estadio Monumental, antes del primer encuentro de la Copa del Mundo entre Alemania Occidental (campeón vigente) y Polonia. Curiosa elección: un gobierno que ya tenía denuncias por ataques a los derechos humanos, que por lo menos portaba ya con más de 22.000 desaparecidos (documentos desclasificados en 2006 por Estados Unidos así lo indican), elige montar una narrativa de tranquilidad y pacifismo. Como todo lo que sucedió en ese mes, la dictadura buscó asesoramiento de imagen en la empresa estadounidense Burson-Marsteller, autora intelectual de esa línea política. Esta lógica fue acompañada por la construcción del enemigo: todo aquel que se atrevía a criticar a la dictadura o al espectáculo deportivo que ésta organizaba sería encorsetado bajo el rótulo de la “campaña anti-argentina”.

La utilización del deporte como vehículo de mensajes o de una imagen positiva de los hechos no era nueva en su totalidad. El propio Videla había participado, el año anterior, de la final de la Zona Americana de la Copa Davis en la que Argentina venció 3 a 2 a Estados Unidos. La dictadura logró que el estadio vocifere un “vea, vea, señor presidente, somos los mejores de todo el continente”. (Scher, Blanco, y Búsico, 2010)

Pero la base de la organización mundialista estuvo en manos del Ente Autárquico del Mundial 78 (EAM 78), a cargo del contraalmirante Carlos Lacoste. ¿Cómo llegó este funcionario allí? Argentina como sede mundialista fue seleccionada en 1966, en Londres. Eso significa que fueron ocho los gobiernos que pasaron hasta su realización (Onganía, Levingston, Lanusse, Cámpora, Lastiri, Perón, Isabel, Videla). El primero que armó un organismo (“Comisión de Apoyo al Mundial”) fue el gobierno peronista, que puso a López Rega a la cabeza del asunto. Fue él quien incorporó a Lacoste.

Hasta marzo de 1976 fueron pocas las obras realizadas. No obstante eso y el golpe de Estado, la FIFA mandó a Hermann Neuberger, ex SS nazi, agente del fútbol, quien ratificó la realización del evento. Si bien la dictadura puso al general Actis al frente del EAM 78 y a Lacoste como su vice, el primero murió en circunstancias sospechosas: los rumores periodísticos quisieron atribuir el hecho a Montoneros, pero todo indica que el asesinato surgió de las entrañas del propio Lacoste, del riñón de Emilio Massera, por beneficio propio y por las internas de la Junta Militar.

El EAM 78 jamás realizó la rendición de cuentas pertinente, aunque las investigaciones posteriores ubican el “costo” de la Copa del Mundo en unos 700 millones de dólares. Para tener un parámetro, la organización de España 82 (Mundial siguiente) declaró un gasto de 150 millones. El despilfarro y la corrupción de la dictadura fue total.

Entre los discursos, decoraciones, refacciones y demás cuestiones de imagen que el EAM 78 y la dictadura quisieron llevar adelante se destacó una en particular: la erradicación de las villas miseria, por considerar que la exposición de la pobreza correspondía a una deshonra hecha y derecha. El gobierno militar echó a la mitad de las 224 mil personas que vivían en esos barrios de CABA. El plan incluyó la liquidación total de la Villa 29 del Bajo Belgrano, en la zona de La Pampa, cerca de Libertador, al lado de la cancha de Excursionistas. Lo mismo para la Villa 30 de Colegiales y la 40, en Córdoba y Jean Jaurés. También dispuso la expulsión masiva de la Villa 31 de Retiro, expuesta a los ventanales del hotel Sheraton, donde se alojó la selección holandesa.

“Me destruyeron por dentro”, dijo René Housemann, una de las figuras de la selección, oriundo del Bajo Belgrano, que hasta su muerte vivió en la zona cercana a donde se encontraba la villa. (Papelitos, 2018).

Si bien hay más de una versión, una de las leyendas indica que Ciudad Oculta (Soldati) se llama de esa manera porque el intendente Osvaldo Cacciatore puso un muro en la zona de la autopista Dellepiane, que conecta la Capital Federal con Ezeiza, para evitar que la vista de los turistas vaya en esa dirección.

El final de Lacoste es paradójico. Siguió vinculado al deporte. De hecho, estuvo presente en los mundiales de fútbol de 1982 y 1986 y participó en la FIFA. En octubre de 1982 se hizo presente en el partido por el tercer puesto del Mundial de Vóley entre Argentina y Japón, en el Luna Park. El estadio lleno lo miró y le gritó en la cara: “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”.

El gobierno de facto buscó empalmar su presencia física y su fisonomía con la fiesta mundialista, el jolgorio y la imagen ganadora. Estuvieron en la tribuna de los principales partidos, entre ellos todos los de Argentina, y le entregaron la Copa del Mundo a Daniel Alberto Passarella, capitán de la selección. También aparecieron para ayudar a asegurar sus beneficios: el propio Videla se acercó personalmente, junto a Henry Kissinger (Secretario de Estado de EE. UU.), hacia el vestuario de los jugadores de Perú en el partido definitorio de la segunda ronda y les leyó un mensaje de “unidad latinoamericana”. Un amedrentamiento hecho y derecho.

Cuánto efecto tuvo eso siempre será materia de discusión. Lo cierto es que, lejos de una omnipotencia, la dictadura empezaría su caída hasta 1983 en el momento posterior del Mundial, en el que Argentina salió victoriosa. Más allá de las imágenes que la dictadura quiso difundir en lo que ofició de documental oficial (La fiesta de todos), el apoyo a la selección no tuvo un signo igual a una adhesión a la dictadura (Bauso, 2018).

El número de desaparecidos durante la Copa del Mundo oscila, según las estimaciones, entre 50 y 63. Sí produjo un hecho emblemático: el principal campo del Mundial (el Monumental de Núñez, que albergó el partido inaugural y la final, entre otros encuentros) se encontraba a pocas cuadras del campo de concentración más grande (ESMA).

“El fútbol es usado. Es el vehículo de consenso más poderoso de la época. Ya no es solo un acto deportivo o económico, sino también político. El fútbol y el deporte en general son una máquina política, una máquina de poder”, dijo en 1997 el periodista y escritor italiano Gianni Miná. Cuando en 1978 era periodista de la RAI, vino a cubrir el Mundial, algo que no terminó ocurriendo dado que se escapó a Brasil luego de ver movimientos raros, generados por su accionar. 

“Nos han informado que han ido desapareciendo personas desde hace un tiempo. ¿Es verdad?”, le preguntó a Lacoste, que le respondió que estaba “mal informado” (Tiempo Argentino, 2023).

Resistencia

Una de las plataformas de denuncia más grandes contra la dictadura militar fue la Campaña del Boicot al Mundial 78. El comité armado para dicha campaña (por sus siglas, COBA) tenía como uno de sus lemas principales: “No al fútbol entre los campos de concentración”. Tuvo mucha fuerza principalmente en París, donde era impulsado por militantes exiliados y diferentes organizaciones políticas y de derechos humanos que habían puesto el ojo en Argentina. La campaña generó un revuelo en toda Francia (país con al menos 18 desaparecidos durante la dictadura), a tal punto que Michel Platini, astro francés, tuvo que salir a diferenciar a la política del fútbol a los fines de justificar su participación en el Mundial. La campaña consignó publicaciones, afiches y denuncias. Su revista llegó a vender 120 mil ejemplares a principios de 1978 (Papelitos, 2018). Si bien Francia fue el lugar de origen, se extendieron los comités por otras partes de Europa, como Madrid, Barcelona, Suecia y Países Bajos. La COBA estaba conformada por exiliados argentinos y activistas de los países de Europa. Recibió el apoyo de, entre otros, los escritores e intelectuales Jean-Paul Sartre y Roland Barthes. No obstante, el boicot o bien no tuvo fuerza o no logró mermar la asistencia a la Copa del Mundo en el país: fue sí efectiva en Europa.

Un ejemplo permite ilustrar la importancia de esta campaña. Dice Luciana Bertoia (Papelitos, 2018): “La campaña pro-boicot fue muy eficaz a la hora de sumar apoyos al repudio, pese a que el campeonato se realizó con asistencia casi perfecta en la Argentina. Una anécdota que recoge Franco sirve para mostrar cuán extendido era el apoyo. A fines de mayo de 1978 y a días del arranque del Mundial, dos empleados del selecto hotel Meurice fueron despedidos por negarse a llevar la valija del vicealmirante Armando Lambruschini y su comitiva, quienes habían llegado a Francia para comprar armas y barcos, ya que, por el embargo impuesto por el gobierno estadounidense de Jimmy Carter, la Junta solo podía adquirir armamento de los países europeos. Los jóvenes —de menos de 20 años y sin actividad política— acudieron al COBA en busca de ayuda. Los principales partidos franceses armaron comités de apoyo a los trabajadores, su caso fue tapa del diario Libération y al tiempo debieron ser reincorporados”.

Los militantes exiliados van a continuar jugando un papel de denuncia después del Mundial. En un partido contra Holanda en 1979, en Zúrich (Suiza), por el 75° aniversario de la FIFA, con la estelar participación de Maradona, un grupo organizado colgó una bandera detrás de un arco que decía “Videla asesino”. La transmisión oficial, desesperada, puso en medio del encuentro el anuncio de un show de la banda Les Luthiers para que no se vea el trapo. Hubo represión de policías suizos de civil, enterados de la controversia. En 1980, en Argentina-Austria, colocaron una bandera que decía “¿Dónde están los 20.000 desaparecidos?”.

Otras estrategias también se pusieron a prueba durante el Mundial. Montoneros lanzó, luego de la victoria de la selección albiceleste, la consigna “Argentina campeón, Videla al paredón”, con la supuesta lógica de trazar un puente entre el fervor popular y la lucha contra el gobierno de facto. No obstante, su posicionamiento incluyó una concesión significativa: antes del certamen planteó públicamente una “tregua” con Videla y compañía. Su organización armó interferencias durante los partidos de Argentina, como se vio en el encuentro con Polonia, con aparición de Mario Firmenich. Al igual que los Montos, el PST (morenismo) rechazó el boicot e incluso llegó a plantear cierta progresividad en que la pareja de Videla sea partícipe de la tertulia. Dijo en su periódico: “La esposa del presidente Videla también participó de este hecho positivo y gran avance de la mujer. Ella también fue a la cancha” (Opción, julio de 1978).

Nuestra organización, Política Obrera, fue una de las organizaciones que sí tomó en sus manos la campaña del boicot, tanto con sus exiliados en el exterior (formando parte de todas las actividades de denuncia posible), como en la militancia clandestina en Argentina. Prensa Obrera, periódico que se distribuía clandestinamente, puso en tapa y editorial, el 8 de julio: «Mundial: cuando los milicos se engrupen». La organización calificó de «superficial y transitoria la eufórica participación de una parte de la población en los éxitos del seleccionado», que había «que distinguir lo episódico de lo esencial» y que «la crisis social y política se ha agravado». Dicho y hecho: luego de la tertulia mundialista llegaría la crisis inflacionaria (150% anual) y la ola de huelgas que culminaría en la enorme movilización de marzo de 1982, que la dictadura intentó desarmar con otra “iniciativa” de “unidad nacional”: la guerra de Malvinas. 

El Mundial sirvió de vehículo para intervenciones políticas de mucha valentía. Eso hicieron Graciela Lois y Lita Boitano, militantes de Familiares de Detenidos-Desaparecidos por Razones Políticas, cuando se metieron clandestinamente a volantear en la cancha de River, el 14 de junio, en un partido entre Italia y Alemania. Lo mismo pasó con las Madres de Plaza de Mayo, que suscitaron la atención de todo un sector de la prensa extranjera. Hablando con los periodistas holandeses Jan Van Der Putten y Frits Barend se dio una escena épica en la que Marta Moreira de Alconada Aramburú dio, ante el micrófono, la siguiente confesión: “Nosotras, que somos argentinas, vivimos en la Argentina, les podemos asegurar que hay miles y miles de hogares sufriendo mucho dolor, mucha angustia, mucha desesperación, dolor y tristeza porque no nos dicen dónde están nuestros hijos. No sabemos nada de ellos. Nos han quitado lo más preciado que puede tener una madre. No sabemos si están enfermos, si tienen frío, si tienen hambre, no sabemos nada. Ya no sabemos a quién recurrir: consulados, embajadas, ministerios, iglesias. En todas partes se nos han cerrado las puertas. Por eso les rogamos a ustedes: son nuestra última esperanza. Por favor, ayúdennos”.

Si bien en su inmensa mayoría no se dieron en tiempo presente, algunos de los jugadores de aquel Mundial también dieron testimonio crítico. Por supuesto no fueron la mayoría, en un equipo formidable, armado desde 1974 por César Luis Menotti, con Ubaldo Fillol, Daniel Passarella, Américo Gallego, Osvaldo Ardiles, Mario Kempes, Leopoldo Luque y Daniel Bertoni como principales intérpretes.

René Housemann llegó a decir que, de saber lo que pasaba, no hubiera participado de la competencia. En 2008, él y otros jugadores como Luque y Fillol participaron de un partido por la memoria (“La Otra Final”), en la cancha de River, en el que el histórico gambeteador de Huracán le regaló su medalla a Nora Cortiñas. 

Con todas las limitaciones del caso, Alberto Tarantini, que tuvo tres amigos desaparecidos, dio en la tecla cuando, luego de convertir contra Perú y empezar a encaminar a Argentina a la final, volvió gritando hacia su campo y, en medio del fervor popular, miró a la Junta Militar que estaba en la tribuna y les gritó: “Muéranse, hijos de puta”.

Abajo

En diciembre de 2022, a pocos días de la final del Mundial de Qatar, el periodista Ernesto Semán decidió contarle al mundo cómo vivió su primera final de una Copa del Mundo. En una casa en la calle Darwin 348 (Villa Crespo, CABA), el niño de aquel entonces vio el partido contra Holanda del Mundial 78 junto a su padre, Elías, y la familia de Rubén Kriscautzky, amigo de su progenitor, ambos militantes de Vanguardia Comunista. Los relatos que traspasan la posteridad indican que en la inauguración de la Copa tuvieron que pelearse y forcejear el televisor con Beatriz Sarlo, que no podía entender cómo dos militantes querían ver fútbol en ese contexto de terror. En otra nota, publicada en Perfil, la reconocida escritora indicó que tuvo que echar a más de uno del lugar en el que se encontraban.

Ernesto dice que fueron felices, al menos por un día, y que Kriscautzky le explicó a un amigo, días después, las razones del jolgorio. “Al domingo siguiente, Rubén le explicaba a su amigo Horacio Pineau las razones para festejar. El pueblo pasaba por una trituradora de penurias, merecía ese momento de felicidad”. Ambos, Elías y Rubén, desaparecieron en agosto de ese año. Ernesto lo tiene al día de hoy como uno de los últimos recuerdos de su padre.

Carlos Tamburrini era arquero de Almagro hasta que fue secuestrado por la dictadura militar. Durante su captura en el centro clandestino Mansión Seré (Morón), los torturadores solían decirle “atajate esta” antes de golpearlo y humillarlo. Todo hasta que el 24 de marzo de 1978 logró escapar. El 21 de junio, el día que Argentina le ganó a Perú y volvió a jugar una final del mundo luego de 48 años, Tamburrini miraba por la ventana. Era un hábito común durante su encierro: pensaba en el futuro, indagaba sobre a qué podía dedicarse si no podía jugar más al fútbol. La gente amiga con la que vivía le propuso ir a festejar. Casi se niega por miedo, pero finalmente accedió.

Se dirigieron al microcentro, mientras Tamburrini buscaba disimular el pánico de ser visto por alguno de sus captores. Mientras intentaba vencer el temor y mimetizarse con la multitud, Tamburrini escuchó —o quiso escuchar— un grito de guerra: “Abajo la dictadura”. En el instante se paralizó, hasta que entendió que los alrededores acompañaban el sentimiento, cuando otra voz le regaló al viento un: “¡Abajo! ¡Argentina! ¡Argentina!”.

Bibliografía: 

Configurar lector

Color de fondo

Tipografía

¡Personalizá tu lectura!