La invasión japonesa
En 1937 nace el Segundo Frente Unido entre el Partido Comunista Chino (PCCh) y el Kuomintang (KMT). Desde 1937 hasta 1945 China librará la guerra de resistencia nacional a la invasión desarrollada por el Japón. Desde 1941 lo hará en el contexto internacional signado por el ingreso de los EEUU y la URSS en la Segunda Guerra Mundial. En los años finales de la guerra antijaponesa, las guerrillas campesinas de Mao – que habían constituido las unidades móviles del Ejército Rojo- crecieron en fuerzas, armamento y conquista de territorios hasta poner en pie ejércitos regulares capaces de librar y vencer en batallas frontales y toma de ciudades.
La guerra entre China y Japón comenzó formalmente en julio de 1937 con los tiroteos que estallaron en el Puente de Marco Polo en Pekín (Beijing). La tensión se arrastraba desde 1931 cuando el Imperio japonés aprovechó la guerra civil para avanzar sobre Manchuria bajo la jefatura del General Hideki Tojo – quien años después sería primer ministro del Japón y ejecutado por crímenes de guerra- y sobre otras tres provincias del norte chino. Desde los incidentes de Pekín los enfrentamientos escalaron rápidamente hasta convertirse en una guerra abierta contra la invasión masiva de los ejércitos nipones. Desde el norte las tropas imperiales se dirigieron hacia el este y luego hacia el centro de China siguiendo las líneas del ferrocarril y ocupando militarmente las principales ciudades costeras, claves para el comercio exterior. La ocupación japonesa se extendió durante ocho años. El 8 de agosto de 1945 la URSS inicio el avance del Ejército Rojo soviético sobre el norte de China ocupado por los japoneses. Informado de este movimiento, EEUU se apresuro a tirar el 6 de En agosto de 1945 la primera bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Hecho que volvería a repetir con una segunda bomba atómica el 9 de agosto. Estos ataque nucleares tenían como Su objetivo era que el Imperio de Japón Nipón se rindiera ante los Aliados después de que los EEUU, para bloquear el avance de los soviéticos y no compartir la ocupación, como se vieron obligados a aceptar con el fin de la guerra en Europa. lanzaran dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en un ataque nuclear con consecuencias devastadoras y criminales.
Días después de la destrucción total y criminal de estas ciudades a manos del “imperialismo democrático” la URSS aplastó a las tropas japonesas en Manchuria. poco antes del fin de la guerra Esta victoria de la URSS tuvo una gran importancia para el Ejército Rojo de Mao que pudo ocupar una mayor superficie del norte de China y aprovisionar, en parte, sus filas con el armamento japonés que había sido confiscado por los rusos y cedido al PCCh.
Las fases de la Guerra
Cuando se estudian los años de la guerra –la segunda ya que la primera guerra sino- japonesa se produjo en 1895 y le costó a China las islas de Corea y sus islas y la isla de Taiwán- suelen distinguirse tres momentos significativos que jalonaron la ocupación nipona y la resistencia nacional al invasor. A saber, una primera fase marcada por el avance relámpago y aplastante de las tropas japonesas desde octubre de 1937 hasta octubre de 1938 apoderándose de casi todo el Norte y tomando grandes centros urbanos como Pekín, Shanghái y Nankín. Esta ofensiva obligó al gobierno del Kuomintang a mudar la capital -Nanquín- provisoriamente a Wuhan hasta establecerla en forma definitiva en Chongqing, una ciudad protegida por altas montañas que resistiría hasta el final de la guerra.
La segunda fase fue calificada por la mayoría de los historiadores como de «impasse relativo» y duró hasta 1944. En verdad, entre 1938 y 1944, los ataques japoneses se concentraron principalmente sobre las zonas liberadas por el PCCh y el Ejército Rojo. Hasta la rendición de Japón, doscientos millones de chinos vivían bajo el dominio imperial y en los estados títeres de Manchuria, Mongolia y Nankín. Después del ataque a la base estadounidense de Pearl Harbour (1941), y extendida la ofensiva japonesa al sudeste asiático y las islas del Pacífico, las tropas niponas se vieron obligados a combatir en varios frentes simultáneos, y forzadas a trasladar tropas estacionadas en China para enfrentar a los norteamericanos en el Pacífico. (En el período de ofensiva japonesa las fuerzas militares niponas ascendieron a unos 800.000 soldados insumiendo un enorme gasto para el Japón).
Hasta la nueva ofensiva de 1944, el Japón se dedicó fundamentalmente a mantener el orden en las ciudades conquistadas donde crecía la inflación, el desempleo y las dificultades económicas, mientras combatía al Ejército Rojo en el Norte. A medida que se prolongaba la guerra, los comunistas pasaron a ser identificados con la resistencia intransigente a los invasores. El Kuomintang practicaba lo que Mao Zedong llamó la “resistencia pasiva” o falta de voluntad de Chiang Kai-shek para recuperar los territorios perdidos y para expulsar al ejército de ocupación. El tercer momento comenzó un año antes del fin de la guerra. En 1944, el emperador japonés Hirohito mandó retomar las acciones ofensivas y logró unir las comunicaciones entre el norte y el sur de China controlando el ferrocarril para desplazar tropas y recursos. El nuevo avance japonés se proponía capturar la capital Chongqing donde residía el gobierno de Chiang Kai-shek para infringirle una derrota definitiva. Chongping, sin embargo, nunca sería tomada por las tropas japonesas.
A propósito del Kuomintang vale una precisión de importancia: la guerra dividió al Partido Nacionalista Chino. El ex líder «de izquierda» del KMT, Wang Jingwei, se pasó a las filas de los ocupantes presidiendo el gobierno títere de Nanquín que funcionaba como una segunda línea de defensa del ejército nipón y como instrumento de la propaganda imperial (Japón se presentaba en los países ocupados como una nación libertadora de los pueblos de Asia y el sudeste asiático respecto del imperialismo blanco europeo).
El escenario de la Guerra contra el Japón
La celeridad del avance japonés, entre el 37 y el 38, obedeció a distintos factores de orden interno e internacional. Desde 1931 Manchuria estaba bajo el dominio del Imperio del Japón que había instaurado el estado títere de Manchukuo con Puyi -el último emperador chino de origen manchú- como mascarón de proa. En Japón se había desarrollado en los años 30 un movimiento nacionalista y militarista que pugnaba por hacer de ese país una gran potencia imperialista. Por su parte, en Shanghái existía una base japonesa desde 1933 -permitida por el gobierno del Kuomintang- que serviría, en 1937, como punto de apoyo japonés para la cruenta toma de la principal ciudad industrial de China. En 1936, Chiang Kai-shek le había entregado – sin luchar – la provincia de Hebei a los japoneses, privilegiando el uso de las tropas y de las armas de las que disponía para fortalecer las campañas de cerco y aniquilamiento del Ejército Rojo del PCCh.
Esta actitud antipatriótica de Chiang Kai-shek despertó protestas en distintas ciudades chinas y fue preparando el clima político para el Segundo Frente Unido contra el invasor. Hasta el llamado Incidente de Xian –detención de Chiang Kai-shek por sus oficiales para obligarlo a suspender los ataques al PCCh – el Kuomintang había tenido como prioridad liquidar a los comunistas en la guerra civil. La amenaza de una rebelión de la oficialidad del Kuomintang forzó la formación de esta segunda coalición del KMT con el Ejército Rojo que, sin embargo, nunca funcionó como una fuerza y comando unificado.
Mao incorporó formalmente a los efectivos del Ejército Rojo al Ejercito del Kuomintang de Chiang Kai-shek, con la autonomía de sus comandantes comunistas. Durante buena parte de la guerra, Chiang Kai-shek aplicó la política de “ceder espacio por tiempo” a la espera de que los enormes gastos militares desplegados por Japón en China en una vasta geografía de climas y regiones diversas con 400 millones de habitantes, terminaran desgastando al Imperio de Hirohito. Mientras luchaba contra los japoneses, el Ejército Rojo fue organizando zonas liberadas que funcionaban como centros militares, administrativos y gobiernos locales dirigidos por el PCCh.
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, Chiang Kai-shek apostó a la ayuda de los Aliados. Ésta recién llegaría con el envío de fondos y armas norteamericanas y rusas después de 1941 (la Conferencia de Bruselas de la que habían participado Gran Bretaña y los EEUU había hecho caso omiso al pedido de ayuda de China que a la sazón estaba luchando por la defensa de Shanghái). La asistencia financiera llegó después del bombardeo de Pearl Harbour, cuando los Estados Unidos le otorgaron al gobierno de Chiang Kai-shek un crédito, que a suma de hoy equivaldría a unos 7000 millones de dólares (los EEUU habían continuado vendiéndole combustible a Japón hasta mediados de 1940, decretando el boicot total de la venta recién en agosto de 1941, unos pocos meses antes del ataque a Pearl Harbour, el 7 de diciembre de ese año). Hasta la derrota del ejército japonés en Manchuria, la Unión Soviética se había concentrado en la guerra de defensa nacional contra la invasión nazi -la Operación Barbarroja lanzada por Hitler sobre la URSS Rusia- y más tarde en desplegar a los contingentes del Ejército Rojo ruso hacia el oeste de Europa con el objetivo de alcanzar Berlín.
La penetración desde el Norte y las caídas de Shanghái y Nankín permitió a los japoneses abrir un segundo frente militar, que se dirigió desde la costa este a la China central. En el primer semestre de 1938 ocuparon Wuhan y ese mismo año desembarcaron en el sur de China tomando Cantón, un puerto de gran importancia para el gobierno del Kuomintang porque era la única vía marítima que le quedaba para el tráfico de mercancías y armas. La caída de Cantón, y años después de Hong Kong, obligaron a los Aliados a complicados puentes aéreos. Todavía en 1941, Chiang Kai-shek declaraba que los “japoneses son una enfermedad de la piel y los comunistas una enfermedad del corazón”. Chiang se negará a apoyar militarmente -a pesar del Segundo Frente Unido- a las guerrillas de Mao que actuaban por detrás de las líneas japonesas y en las montañas. En su Informe al VII Congreso del PCCh en abril de 1945 y ante la inminencia del colapso del Eje, Mao Zedong recordará -analizando el curso de la guerra- que desde 1939 hasta el otoño de 1943 el Kuomintang había desatado tres campañas militares contra el Partido Comunista Chino, que llenaron las cárceles de jóvenes comunistas empujando al partido a la clandestinidad. Mao era categórico en su Informe afirmando que “hasta el momento las tropas del Kuomintang no han dejado de atacar a los ejércitos de las zonas liberadas, ni hay indicios de que vayan a dejar de hacerlo”. A pesar de esto insistirá hasta la reanudación de la guerra civil (1946), en la propuesta de un gobierno de coalición con el Kuomintang.
Chiang Kai-shek era también reticente a proveer de armamento a los ejércitos regionales que enfrentaban a las tropas japonesas por temor a que surgieron nuevos caudillos militares y Señores de la Guerra. La descomposición del gobierno del Kuomintang desmoralizaba y disgregaba a su propio ejército. Wang Jingwei se pasó al bando japonés junto a generales y comandantes del KMT que formaron el ejército del gobierno títere de Nankin, sostenido y financiado por el Imperio del Japón. Dos hechos trágicos marcaron la etapa de ofensiva japonesa hasta 1938. Por un lado, la caída de Nankin en manos niponas y, por otro, la inundación provocada por la apertura de los diques del Río Amarillo –ordenada por Chiang Kai-shek- para contener el avance japonés. Nankín fue abandonada, trasladando la sede gubernamental y los contingentes del ejército a Wuhan. La apresurada retirada de Nankín impidió la evacuación de la población civil que fue masacrada por las tropas imperiales. Los asesinatos en masa, las violaciones de miles de mujeres chinas, el saqueo y la destrucción de la ciudad de Nankín fue uno de los episodios y tragedias más brutales de la Segunda Guerra Mundial.
Las consecuencias de la inundación del Río Amarillo fueron enormes y gravísimas para los campesinos chinos que perdieron poblados y tierras de cultivo. Unos 800.000 campesinos murieron ahogados y cientos de miles tuvieron que migrar, abandonando sus hogares. Si bien las aguas complicaron el avance japonés por el norte, las tropas japonesas avanzaron por el sur y después de siete meses de cruentos enfrentamientos tomaron la ciudad de Wuhan que había sucedido a Nankín como capital del gobierno del Kuomintang. Las derrotas del KMT obedecieron a la desigualdad de armamento entre ambos bandos pero también a la corrupción reinante en el ejército y a la venalidad de los generales del Kuomintang. El mercado negro enriqueció a traficantes que contaban con la protección de jefes militares y gobiernos regionales caotizando la economía de las ciudades que permanecían en poder del KMT. En la batalla por Shanghái, el ejército del Kuomintang perdió al 60 % de sus mejores tropas que habían sido entrenadas por oficiales y asesores alemanes. El apoyo de Alemania terminó en 1941 cuando Von Ribbentrop, canciller nazi , reconoció la soberanía japonesa sobre Manchuria como parte de los acuerdos entre los países del Eje y el Pacto Anticomintern. En 1937 el embajador alemán en China había sido promotor de las negociaciones de paz que fracasaron por la negativa de Chiang Kai-shek a firmar un Tratado que le reconocía a Japón la soberanía de las ciudades ocupadas durante la guerra.
Trotsky y el frente único en la guerra contra el Japón.
León Trotsky fue asesinado por un agente de la GPU stalinista el 20 de agosto de 1940, el mismo día en que Mao lanzara la ofensiva de los “100 Regimientos”. Sus escritos sobre China son de enorme valor político e histórico y fueron parte de la lucha internacional de la Oposición de Izquierda y luego de la IV Internacional contra el stalinismo. La Revolución China terminó abriéndose paso pese al sabotaje de la burocracia contrarrevolucionaria rusa stalinista que no quería la reanudación de la guerra civil, y de los empeños fallidos de Mao Zedong por llegar a un acuerdo con Chiang Kai-shek para formar un gobierno de “coalición nacional” que le diese al Frente Unido una forma estatal para una “Nueva China”.
Mao Zedong –siguiendo a Stalin y Bujarin- definió que la Revolución China sería el resultado de una alianza del proletariado, el campesinado, la burguesía nacional y los campesinos. Este bloque de las cuatro clases -presente en las estrellas amarillas de la bandera roja del PCCh- se deshizo en el curso de las guerras civiles con el Kuomintang. En 1949 y 1950 –como veremos en el quinto artículo de esta saga- el grueso de los capitalistas siguieron la huida de a Chiang Kai-shek hasta la Isla de Taiwán. Para sostener la unidad policlasista del Segundo Frente Unido contra Japón, Mao limitó el alcance de la Reforma Agraria -en los territorios defendidos por el Ejército Rojo- a la confiscación de los terratenientes colaboracionistas con los invasores japoneses. El maoísmo desalentaba las huelgas y sabotajes en las empresas que eran propiedad de capitalistas de países aliados a China en la guerra contra el Japón.
La crítica de León Trotsky a “Problemas de la Revolución China” de Stalin (1927) es una denuncia implacable del oportunismo de la Tercera Internacional y del seguidismo del Partido Comunista Chino (PCCh) al Kuomintang (KMT). Como Lenin, León Trotsky partía del carácter semicolonial de China y de la justa guerra nacional para sacudirse el yugo del imperialismo y las potencias ocupantes. El revolucionario ruso calificó la guerra de independencia nacional como una guerra progresiva porque “se desgaja de las exigencias del progreso económico y moral del país” y porque “facilita el desarrollo de la Revolución proletaria inglesa y universal”. La opresión del colonialismo inglés sobre China se remontaba a las Guerras del Opio a mitad del siglo XIX. El Frente Único Antimperialista exigía la más completa independencia política de los partidos obreros. Para la Oposición de Izquierda estaba fuera de toda duda que el PCCh tenía que militar en el campo de la lucha por la unidad nacional de China en un país balcanizado por la ocupación de las potencias imperialistas europeas y de Japón. Darle la espalda a lucha contra la ocupación imperialista era, para Trotsky, un crimen político y una traición a la causa del socialismo. Delimitándose del llamado bloque de las cuatro clases denunció como una gran ingenuidad creer que entre los «compradores» y la burguesía nacional china existía un abismo. (Los «compradores» eran los sectores de la burguesía china que actuaban como agentes económicos y políticos del capital extranjero). Claramente denunciaba que estos burgueses compradores y los burgueses nacionales estaban entre sí más cerca que la burguesía nacional de la clase obrera y del campesinado. La burguesía nacional china –agregaba Trotsky- no puede mantenerse en el campo de la guerra nacional más que a causa de la debilidad del movimiento obrero y campesino, del poco desarrollo de la lucha de clases, de la falta de importancia del partido comunista chino y de la docilidad del KMT en manos de la burguesía.
La conclusión que sacó Trotsky reforzó su teoría de la Revolución Permanente afirmando que “es un grosero error pensar que la opresión imperialista crea mecánicamente desde el exterior una cohesión entre todas las clases en China”. La lucha antiimperialista –completaba- exaspera cada conflicto, rebela a la masa oprimida y empuja fatalmente a la burguesía nacional a la alianza declarada con el imperialismo. A diferencia del bolchevismo, Stalin y el Comintern revivieron la estrategia menchevique de la revolución por etapas sustituyendo a la burguesía liberal rusa, por el Kuomintang del nacionalismo chino. Para disimular esta falta de independencia del joven PCCh, el stalinismo categorizó al Kuomintang como un partido obrero y campesino, encubriendo su naturaleza burguesa. El resultado de esta política oportunista fue la horrible masacre de 1927 en Shanghái de miles de militantes y simpatizantes del PCCh junto a dirigentes de peso del partido. El seguidismo del PCCh a la burguesía china en nombre de la Revolución Democrática y Nacional fue deliberadamente cultivado por Stalin rechazando la formación de sóviets de obreros y campesinos en la fase de ascenso de la Revolución (de 1925 a 1927). En septiembre de 1926, Trotsky escribió que mientras el movimiento de las masas y trabajadores chinos se dirigía a la izquierda y crecían las huelgas obreras, el movimiento de la burguesía china se iba a la derecha. Stalin continuó promoviendo a Chiang Kai-shek y ese mismo año la Comintern incluyó formalmente al Kuomintang como sección «simpatizante» del Comintern.
Las huelgas obreras entre 1930 y 1935
Más de un autor afirmó que fuera de la Unión Soviética, China fue el país con mayor cantidad de trotskistas. En 1931, Chen Duxiu fue el eje de la unidad de los grupos trotskistas chinos, su Comité Central fue detenido por largos años en el marco de la persecución montada por el Kuomintang. La represión a los revolucionarios trotskistas frustró la posibilidad de un reagrupamiento político de la vanguardia obrera en momentos en que el desastre chino y la crítica a la política del “tercer período” ultraizquierdista abrían debates profundos en el movimiento comunista internacional. León Trotsky, expulsado del Partido Comunista de la Unión Soviética por la burocracia stalinista , emprendió el largo camino del exilio mientras las cárceles rusas se llenaban de oposicionistas, en su mayoría trotskistas. Desde su exilio forzoso, León Trotsky continuó la lucha política contra el giro ultraizquierdista del Tercer Período. En China, los trotskistas pusieron el acento en la reorganización del proletariado en las fábricas y en la delimitación política con las aventuras ultraizquierdistas. Para Trotsky y para Chen Duxiu la prioridad era restablecer las organizaciones obreras y de masas en la etapa contrarrevolucionaria abierta con la Masacre de Shanghai . Se trataba de preparar un nuevo ascenso revolucionario. Isaac Deutscher escribió, a propósito del maoísmo, que éste nació como corriente diferenciada dentro del PCCh con la derrota de la Segunda Revolución China ( Masacre de Shanghái) y como respuesta también a la línea ultraizquierdista del stalinismo conocida como tercer periodo (insurrección de Cantón). Sin embargo es necesario detenerse en la situación de la clase obrera china en la década del 30.
Las huelgas obreras en Shanghái en 1930 fueron una referencia para la Oposición de Izquierda que se propuso trabajar por la recomposición de la clase obrera como sujeto de la Revolución Proletaria. El marxismo en China se introdujo tardíamente si lo comparamos con Rusia pero rápidamente la clase obrera china demostró una vivacidad y dinamismo en la lucha de clases y fue un terreno fértil para el desarrollo de las ideas comunistas. Queda para una consideración histórica cuál pudo haber sido el devenir de la recomposición de la clase obrera después de la Masacre de Shanghái si la dirección del PCCh no hubiese persistido en una política que combinaba el oportunismo con una línea ultraizquierdista. Mao Zedong decidió centrar su acción política y militar entre los campesinos cuando las revueltas del campesinado estaban en declive y el propio PCCh tuvo que emprender la “Larga Marcha” para sobrevivir al aniquilamiento. El proletariado chino sufrió su gran derrota en 1927, pero a lo largo de la década del 30 volverá a emerger en condiciones políticas diferentes.
En 1930 la Gran Depresión golpeó fuertemente a la industria textil en Shanghái. Entre mayo y julio de ese año tuvo lugar la gran huelga de los hilanderos de algodón, la mayor desde la masacre de 1927. Ésta comenzó en la fábrica japonesa de Naigai Wata contra el recorte del 25 % de los salarios obreros. Días después la huelga se extendió a más de 50 fábricas textiles de la ciudad, tanto chinas como japonesas, involucrando a unos 150.000 trabajadores, en su gran mayoría mujeres. El programa reivindicativo de la huelga de Naigai Wata dio cuenta del grado de súper explotación obrera. La patronal de la fábrica de capital japonés -donde trabajaban proletarias muy jóvenes cuya edad promedio iba de los 14 a los 18 años- había impuesto jornadas extenuantes de 12 y 14 horas diarias y al recorte de salarios sumaba descuentos compulsivos por penalidades y los castigos físicos y corporales dentro de la planta. Este infierno desató la huelga dirigida por cuadros sindicales y políticos del PCCh que actuaban en la clandestinidad y combinaban el pliego de reclamos con la agitación y el boicot antijaponés.
La extensión de la Huelga unificó la lucha contra los recortes de salarios. El pliego de las fábricas en huelga rechazaba contratistas e intermediarios que se quedaban con parte de los jornales y exigía además la jornada máxima de 10 horas de trabajo, el fin de las multas y de los castigos físicos por parte de los guardias de la patronal. La respuesta del gobierno de Chiang Kai-shek fue la ilegalización de la huelga y el envío de tropas y de la policía para reprimir a los huelguistas. El Kuomintang acusaba a los huelguistas y al PCCh de incitar a la rebelión lo que llevó al dictamen de varias sentencias de pena de muerte como medidas ejemplificadoras y de terror antiobrero. Cuando las fábricas afectadas por las huelgas pertenecían a capitalistas nipones, el KMT entregaba los huelguistas a las autoridades de la Concesión Japonesa donde eran brutalmente torturados. La represión a la Huelga de los textiles fue brutal con 1200 obreros detenidos, 6 muertos y 200 heridos. A esto se sumó la ejecución de dirigentes de la huelga (militantes del Partido Comunista) y de dirigentes políticos del PCCh que coordinaban el movimiento huelguístico de 1930 que afectó al 40 % de la industria textil de Shanghái.
La gran huelga textil terminó en julio de 1930 y fue un duro golpe a la clase obrera de la principal ciudad industrial china. Unos 800 obreros fueron despedidos y cientos marcados en las listas negras de las patronales japonesas y chinas. Si bien, en algunas fábricas hubo una marcha atrás parcial en la magnitud de los recortes salariales, éstos no llegaron a reponerse y quedaron muy por detrás de los niveles de 1929. Sobre la represión y derrota, el Kuomintang impuso una «Ley de Protección de Fábricas» que ilegalizaba las huelgas. A pesar del golpe recibido, el PCCh reclutó cientos de obreras y obreros que se organizaron en células clandestinas.
La de los textiles no fue la única huelga de 1930. En enero de 1932 y después de la invasión japonesa a Manchuria, el PCCh fracasó en su intento por transformar el boicot a las empresas niponas en una Huelga General en Shanghái con una impronta que combinaba la causa obrera con la nacional. Otras huelgas del decenio fueron la de los portuarios y conductores de tranvías en los años de 1933 y 1934 y la de las obreras cigarreras, otra gran acción huelguística que tuvo como protagonista a tres mil mujeres de la Compañía de Cigarrillos Nanyyang. Estas huelgas reclamaban los salarios impagos y seguridad laboral en las fábricas. El Kuomintang nuevamente intervino para quebrar la lucha obrera con represión, persecución de los sindicatos rojos dirigidos por el PCCh e infiltración policial en las organizaciones obreras. Estos movimientos obreros y urbanos irán decreciendo con la guerra y la caída de Shanghái y las principales ciudades costeras en manos del Imperio japonés entre 1937 y 1938. Las fábricas serán militarizadas y buena parte de la infraestructura industrial desmantelada y enviada a Japón.
Balance y política revolucionaria
En la Cuestión China después del VI Congreso de la Internacional, Trotsky escribió que en China “hemos tenido un ejemplo perfecto –y por eso precisamente de catástrofe- de la aplicación de la política menchevique en una época revolucionaria”. La voltereta del Tercer Periodo -complemento ultraizquierdista del oportunismo derechista anterior – llevó a Stalin a atacar a los partidos socialdemócratas y a los movimientos nacionalistas burgueses de los países atrasados, denunciándolos a todos como social fascistas y nacional fascistas. El “Tercer Periodo” se agotó en China con el fracaso de las insurrecciones aventureras. El desastre dio lugar a diferentes posiciones críticas, por un lado la defendida por los opositores de izquierda que hicieron eje en la recomposición sindical y política de la clase obrera y, por el otro, la de la fracción maoísta del Partido Comunista que abandonó las ciudades y la militancia en el movimiento obrero para apoyarse en el campesinado. Posiblemente y en un inicio, Mao estimara este desplazamiento a las montañas y las áreas rurales como transitorio para convertirlo más tarde en la forma predominante del partido-ejército campesino.
León Trotsky escribió como balance, que después del oportunismo y disolución del PCCh en el Kuomintang, el Partido Comunista Chino dio un brusco zigzag lanzándose a las aventuras ultraizquierdistas combinando las viejas políticas oportunistas con un radicalismo estéril, impotente y ultimatista. Desarrollando esta crítica señaló que una época de declive revolucionaria está llena de peligros, mayores todavía para un partido cuya política ha sido la responsable de una derrota del proletariado. Es impensable –decía- hablar de una situación revolucionaria cuando la clase obrera se encuentra en retirada. A diferencia de la primera revolución rusa de 1905, que surgió del movimiento de huelgas y de la constitución previa de los Soviets, la insurrección fracasada de Cantón tuvo lugar en un cuadro de retroceso y desorientación de la clase obrera china (Tragedia de Shanghái). La Oposición de Izquierda elaboró una política para intervenir en la nueva situación de retroceso así como lo había hecho antes durante el ascenso revolucionario. Este programa partió de la misma consideración estratégica que constituyó la base de la Revolución Permanente: la solución de las tareas democráticas- burguesas y agrarias conduce necesariamente a la dictadura del proletariado. Es decir a la conquista del poder por la clase obrera acaudillando a los cientos de millones de campesinos sedientos de tierras y oprimidos por los terratenientes.
La nueva etapa exigiría, para Trotsky, un firme trabajo de reorganización de la clase obrera en las ciudades. León Trotsky dirá que la burguesía china “cree que explotará con más éxito las contradicciones interimperialistas y que obtendrá compromisos más ventajosos sometiendo a la camarilla militar del Kuomintang a un aparato centralizado del estado burgués”. En esto radicaban los intereses “constitucionales” de la burguesía y el llamado de Chiang Kai-shek a una Asamblea Nacional. Trotsky, quien se preguntaba retóricamente que haría el Partido Comunista Chino, reivindicó la consigna de una Asamblea Constituyente con plenos poderes, elegida por sufragio universal, igual, directo y secreto como parte de un programa transicional para movilizar a los trabajadores y a las capas medias. La consigna de la Asamblea Soberana se combinaba con la movilización por la jornada de ocho horas, la confiscación de la tierra, la independencia nacional completa de China. En su balance analizó también la relación entre la Asamblea Constituyente y los Soviets, polemizando con quienes afirmaban que una verdadera Asamblea Constituyente solo se podría convocar a través de los soviets advirtiendo que los soviets “no podrán comenzar a establecerse hasta que empiece un nuevo ascenso de masas”. El valor de la consigna de la Asamblea Constituyente residía en su carácter movilizador y de desenmascaramiento del raquítico parlamentarismo chino. Enumerando las tareas políticas escribió “el partido debe recordar que, con relación a su objetivo principal, la conquista del poder con las armas en la mano, las consignas democráticas no tienen más que un carácter secundario, provisional, pasajero, episódico” . La Oposición de Izquierda llamaba a luchar por las consignas de la democracia arrancando las ilusiones constitucionales de la pequeñoburguesia. “Solo teniendo en cuenta estas consideraciones –escribió- (el PCCh) no dejará pasar un nuevo cambio de la situación en el sentido de un nuevo reanimamiento revolucionario, y entrará desde el comienzo en la vía de la creación de los Soviets, movilizando a las masas alrededor de éstos, y los opondrá desde su creación al estado burgués, con todos sus camuflajes parlamentarios y democráticos” ( Alma Ata, 4 de octubre de 1928).
El Ejército Rojo
Yenan fue el asiento militar y político del Ejército Rojo. Las guerrillas comunistas operaron centralmente -pero no exclusivamente- en el norte del país creciendo su influencia sobre las aldeas y la población rural. La acción de guerra más trascedente del PCCh fue la ofensiva de los “100 Regimientos” en agosto de 1940 cuando las guerrillas maoístas destruyeron 600 km de vías férreas utilizadas por los japoneses y sabotearon puertos y fábricas controladas por el enemigo. Unos 200.000 combatientes comunistas participaron de esta ofensiva a la que le siguió una brutal represión de los comandantes militares japoneses. Como represalia, Japón implementó como respuesta una política de terror y tierra arrasada para aislar al Ejército Rojo. El Ejército japonés quemó aldeas, ejecutó masivamente a campesinos sospechosos de colaboración con el PCCh, se apropió de las cosechas condenando a la inanición a las poblaciones rurales y movilizó militarmente a cientos de miles de campesinos para la reconstrucción de las vías férreas destruidas por la ofensiva comunista. Pese al éxito inicial del PCCh, la ofensiva fue perdiendo impulso con el correr de las semanas aunque tuvo un alto impacto político y propagandístico en toda China. Los historiadores estiman en tres millones de muertos las víctimas de la represión bautizada por el ejército japonés con el nombre de “destruirlo todo”. Esta cifra fue aún mayor que la brutal carnicería ejecutada en Nankín sobre la población civil.
El desarrollo de la guerra nacional contrastó las políticas entre el Kuomintang y el PCCh. El historiador Lucien Bianco dirá al respecto que fruto de la brutalidad y el desprecio con que actuaba el ejército del Kuomintang en el campo, en algunas regiones del sur los “nacionalistas” del KMT eran vistos por los campesinos como los enemigos principales. Identificaba al Kuomintang con los terratenientes y explotadores agrarios. En oposición a esta política, el Ejército Rojo centró su acción política en las políticas agrarias, de asistencia social y educación en las zonas rurales, donde crecía su influencia en el campesinado. Como se señaló, la Reforma Agraria en las zonas liberadas fue muy moderada (cobro de impuestos a los propietarios agrarios no colaboracionistas) pero aún así contrastó con las levas forzosas de campesinos y saqueo de aldeas practicado por el Kuomintang. En suma la cohesión del Ejército Rojo contrastó con la descomposición del Ejército de Chiang Kai-shek y la corruptela reinante. La desconfianza de Chiang Kai-shek y su rivalidad con generales del estado mayor privaron al Kuomintang de algunos de sus mejores comandantes.
La ofensiva comunista de los 100 regimientos prestigió al PCCh por su capacidad de coordinar una acción a gran escala contra el invasor. La barbarie de las tropas de ocupación lejos de aislar al PCCh del campesinado, reforzó el reclutamiento de miles de campesinos que lo habían perdido todo. Los crímenes de guerra del Imperio del Japón en China fueron tan brutales como los cometidos por los nazis montando “centros de investigación” donde experimentaban con armas biológicas y seres humanos. La aviación japonesa lanzó la bomba de pulgas en el sur del país que expandió la peste bubónica en las aldeas y el campo chino. La utilización de bombas defoliantes anticipó lo que harían los EEUU en la guerra de Vietnam. A estos actos de barbarie, el fascismo japonés le sumó la esclavitud sexual de decenas de miles de mujeres chinas destinadas a satisfacer a las tropas ocupantes.
En 1945 y terminada la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Rojo ya contaba con un millón de combatientes y el doble de milicianos. Durante la guerra de resistencia nacional, el mando militar maoísta formó el Octavo Ejército de Ruta que se destacó en los combates contra las tropas japonesas. Éste y otros contingentes del Ejército Rojo incorporados al Ejército Nacional Revolucionario del Kuomintang actuaron bajo la disciplina de los comandantes comunistas mientras las guerrillas seguían hostigando al enemigo en las zonas rurales donde contaban con el apoyo creciente de los campesinos. El ascendente del PCCh sobre el campesinado durante la guerra nacional contra el Japón fue determinante para la posterior victoria comunista en la segunda guerra civil y conquista del poder.
La guerra antijaponesa fue una causa nacional (defensa de la independencia de la China ocupada) pero también social (el Partido Comunista Chino buscó y ganó el apoyo de amplias masas campesinas)