«Las historias de las “mujeres de consuelo” son las historias de las hijas nacidas en familias pobres durante el periodo colonial.» María del Pilar Álvarez
´´Halmoni: la revolución de las abuelas coreanas´, el libro de la politóloga argentina María del Pilar Álvarez, da cuenta de la red de trata de personas con fines de abuso sexual organizada por el ejército japonés, a partir de la captación de mujeres coreanas, chinas, filipinas y de otras nacionalidades que habitaban el sudeste asiático, durante la expansión imperialista japonesa en Asia y en particular durante la segunda guerra mundial; así como de la enorme lucha de esas mujeres, fundamentalmente de las coreanas, dando a conocer la verdad y exigiendo justicia contra estos crímenes de lesa humanidad, reclamo que continúa hasta la actualidad.
Ochenta años después, las halmoni (abuelas en coreano) que aún viven y el movimiento por los derechos humanos de las mujeres que se gestó en torno a ellas, siguen reclamando cada miércoles frente a la Embajada japonesa en Corea del Sur contra la impunidad que perpetúa el estado nipón. A lo largo de todas estas décadas, ningún gobierno del país, ni la llamada comunidad internacional, llevó a tribunales a los responsables militares y civiles de desatar esos vejámenes en masa contra las mujeres de Asia, en particular de los países oprimidos colonialmente.
Con mucha riqueza desde lo histórico, idiomático, cultural, y gracias al contacto directo de la investigadora con las fuentes vivas, ya que recorrió esos países para cultivar los testimonios de las sobrevivientes y de sus organizaciones, así como de otros académicos especializados en el tema en Corea, China y Japón; la lectura de esta investigación aporta una mirada más amplia de la historia de la barbarie desatada por el imperialismo en Asia y de los movimientos contestatarios a los que dio lugar, en oposición al intento de silenciar parte de nuestra historia universal.
Ianfu
Las “mujeres de consuelo” o ianfu es el término eufemístico que utilizaba el ejército japonés para referirse a las centenares de miles de mujeres reducidas a la esclavitud sexual por la Armada Imperial durante la guerra de avance de Japón en Asia (1931-1945), dentro de un sistema de trata de personas que constituyó la red de esclavitud sexual más grande que haya existido en el marco de un conflicto armado contemporáneo1.
Se estima que entre 200.000 y 400.000 mujeres fueron captadas por el ejército nipón, para ser abusadas sexualmente por las tropas de ocupación. La mayoría de esas mujeres eran oriundas de países que habían sido colonizados, como Corea, península que fue anexada por Japón en 19102; así como de otros territorios ocupados en el periodo de la “política de las cañoneras”, cuando el país del sol naciente avanzó militarmente en Asia de la mano de las potencias occidentales, para forzar la apertura comercial de China3 y de otros lugares, como las Filipinas, que en este caso quedó bajo el dominio de los EE.UU.
Aunque también tuvo como víctimas a mujeres japonesas y de nacionalidad europea que residían en el sudeste asiático, esta red de esclavitud sexual hundió sus raíces en la masa de la población femenina campesina y pobre, de los territorios colonizados por Japón, como Corea, Taiwán y Manchuria (China).
Pese a la vastedad de las víctimas involucradas y la brutalidad de los crímenes perpetrados, la reconstrucción de lo ocurrido tuvo que atravesar enormes dificultades que se arrastran hasta el presente. Recién en 1991, luego de 46 años, salió a la luz pública el testimonio de la coreana Kim Hak-sun, la primera ´´mujer de consuelo´´ que rompió el silencio y se animó a contar lo que le había ocurrido como esclava sexual del ejército japonés. Si bien el tema ocupaba un lugar de interés entre periodistas y académicos desde la posguerra, los testimonios de las víctimas se habían hecho desde el anonimato o se conocía la existencia de estos delitos sexuales en boca de sus perpetradores “arrepentidos”, como soldados y médicos, lo que limitaba el alcance de la denuncia.
Aquí aparece un gran tema que recorre el libro: la concepción de la mujer en estas sociedades. El prejuicio en torno a que las “mujeres de consuelo” eran prostitutas, dio lugar a una estigmatización que no sólo avergonzaba a las víctimas y a sus familiares, sino que repercutía concretamente en distintas formas de segregación social, como podía ser perder el empleo por ser pariente de estas mujeres consideradas “impuras”. Contar lo ocurrido no solo era revivir el horror, soportar la indiferencia, la culpabilización y el negacionismo de parte una parte de la sociedad y del estado, significaba además empeorar -aún más- la situación económica y social de ellas y sus allegados.
En el caso de Corea, la investigación centra esta mirada retrógrada respecto de la mujer en la cultura confuciana, que daba lugar a una forma de familia en la cual las mujeres debían responder a una “triple obediencia”: al padre, al marido y al hijo. Jerarquía que daba lugar a un orden patrilineal, según el cual la mujer era legalmente parte de la familia del padre, hasta que se casaba y pasaba a ser parte de la familia del marido. Ser una mujer “casta y pura” era una condición sine qua non para el casamiento y para ser parte de la comunidad, que exigía a las mujeres el cumplimiento del deber filial a ser “buena madre, buena esposa y buena hija”. Para cumplir con este mandato, las mujeres realizaban sacrificios brutales, como someterse a la servidumbre doméstica en beneficio de familias acomodadas, en condiciones rayanas a la esclavitud.
En el campo las niñas pobres eran una carga, por eso muchas de ellas fueron vendidas o entregadas a parientes más acomodados, ya sea para que sean sus empleadas o sus esposas, o ambas cosas. Millones de familias vivían en la indigencia. Para las mujeres no era fácil migrar o insertarse en un mundo fabril que desconocían. Pero muchas niñas y mujeres se desplazaron a trabajar en las ciudades, para ser obreras y así juntar el dinero para el matrimonio, o para pagar la educación del varón de la casa. “El deber filial confuciano era la principal motivación para vivir en pésimas condiciones y trabajar a destajo sin poder siquiera bañarse”4.
En la época poscolonial, esta concepción patriarcal se entreveró en algunos sectores con la sospecha de que “las mujeres de consuelo” fueron colaboracionistas de la ocupación japonesa por ofrecerle “servicios sexuales” a las tropas, un combo que contribuyó al silenciamiento de las víctimas durante décadas.
Este enfoque de ninguna manera es homogéneo en todo el movimiento anticolonial, que albergó todo tipo de vertientes, desde sectores moderados que lucharon por el acceso de las mujeres a la educación, hasta corrientes feministas que cuestionaron de raíz un sistema de opresión fuertemente segregacionista, que golpeaba doblemente a las mujeres pobres de origen campesino y más aún a las niñas de esa clase social.
Civilización barbárica
A fines del siglo XIX, Japón es reconocido por los países centrales como “la única potencia no occidental” y de la mano de la injerencia imperialista avanza en Asia en detrimento de China, revirtiendo su posición ascendente en la región. La Armada Imperial ocupó territorios de numerosos países, avasalló pueblos enteros, redujo al trabajo forzado a contingentes de población enormes, todo en nombre del avance de la “modernización occidental”5.
Esto se profundizó en el siglo XX con la victoria japonesa sobre Rusia de 1905, en la guerra que disputaban por el control de Manchuria, en China, así como por el dominio de Corea. Ese mismo año, la Armada Imperial obligó al emperador coreano Gojong a firmar el Tratado de Eulsa, por el que Corea perdía todos sus derechos soberanos a manos de Japón, para 5 años después terminar siendo anexada y convertirse en colonia. También en 1905, EE.UU. firmó un tratado secreto con Japón llamado Acuerdo Taft-Katsura, mediante el cual el estado japonés reconocía el dominio estadounidense en Filipinas y, a cambio, EE.UU. manifestaba que la anexión de Corea por Japón contribuía a la paz en la región6.
Estos métodos barbáricos del imperialismo se extendieron y exacerbaron en la década del ‘30 y durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el emperador Hirohito se ubicó dentro del bloque del Eje, junto al nazismo y el fascismo; y fueron con los que la Armada Imperial captó a las mujeres a su red de esclavitud sexual, organizada para que los miembros del ejército mantuvieran relaciones sexuales con las cautivas a lo largo del campo de batalla.
“Las nadie”: víctimas predilectas de la Armada Imperial
Las “mujeres de consuelo” fueron raptadas de sus pueblos con la mayor violencia, engañadas mediante falsas promesas de trabajo, o vendidas por sus familias a los militares, que las mantenían confinadas en las llamadas “estaciones de consuelo”, lugares organizados específicamente para el funcionamiento de esta vasta red de esclavitud sexual militar japonesa.
El común denominador de todas las víctimas era su extrema pobreza. La enorme mayoría provenía de familias campesinas que padecían hambre, no tenían tierra, vivían bajo el yugo de estados despóticos y no habían accedido a ningún tipo de educación formal.
Las mujeres estaban excluidas del sistema educativo, al que en general solo accedían varones de sectores sociales acomodados, o aquellos cuyas familias habían reunido recursos para educar al hijo mayor. Según nos cuenta la autora, en Corea las primeras instituciones que se preocuparon por brindar instrucción elemental a las mujeres fueron las iglesias de los misioneros; que también jugaron un papel a posteriori en el acompañamiento de las halmoni, formando asociaciones de asistencia y de reclamo por justicia para las sobrevivientes.
La venta de niñas y adolescentes fue una práctica extendida entre las familias campesinas pobres de Corea y de otros países de la región, como Japón. Este hecho se ve reflejado en la famosa novela Memorias de una Geisha de Arthur Golden, cuya protagonista es una niña de una familia de pescadores extremadamente carenciada y atravesada por múltiples dificultades financieras, que termina siendo vendida junto a su hermana por su padre a una Okiya, o casa de geishas, para saldar las deudas de la familia y frente a la imposibilidad de darles de comer, luego de la muerte de la madre. Un relato literario que parece un calco del testimonio que diera Suzuko Shirota, mujer japonesa que fue esclavizada sexualmente por el ejército de su país y la única que dio testimonio como “mujer de consuelo”7.
Las falsas promesas laborales (modus operandi común en las redes de trata que operan en todo el mundo hasta la actualidad) fue otra gran fuente de captación de mujeres. La promesa de llevarlas a trabajar en las fábricas ligadas a la floreciente industria de la guerra ofició de foco de atracción, manipulando la esperanza de superar la vida de miseria reinante en el campo entre la masa laboriosa. Una de las sobrevivientes entrevistada por Álvarez relata lo siguiente:
Un hombre vestido con ropa de color marrón y un soldado entraron a mi casa y le dijeron a mi madre que yo debía ir a trabajar a una fábrica donde hacían uniformes para soldados. Mi familia era muy unida. No podía no ir. El soldado amenazó a mis padres y les prometió que, cuando tuviera la edad para casarme, volvería (…) Yo tenía 15 años en edad coreana, 14 en edad occidental. Fui en contra de mi voluntad. Estuve en muchos países: Indonesia, Taiwán, Singapur, Malasia. Nos movíamos con las tropas. Éramos 30 coreanas o más; tenían unos 18 o 20 años, yo era la más joven. Viajamos mucho, no sabía dónde estaba. Tomamos un barco que nos llevó a China; cuando bajamos había oficiales de alto rango. Me preguntaron mi edad y cuando dije que tenía 14 se preguntaron entre ellos sino era demasiado joven. El lugar era grande, vino un médico y nos revisó. Después nos mandaron a los dormitorios. La primera vez, me arrastraron a uno de los cuartos, me golpearon. Cuando terminó todo, vi la sangre; era mi primera vez (…) ¿Cómo vivir así? Éramos muy chicas, no teníamos fuerzas para defendernos. Pensé que sería mejor morir (…) Si te resistías, te golpeaban; si bebías, te golpeaban; me golpeaban todo el tiempo. Debía servir a los militares desde las 8 de la mañana. Los domingos eran peor, porque venían más soldados. Eran tantos que un día perdí la cuenta. Cuando terminaban, no podía caminar, no me podía sentar, me dolía todo el cuerpo. ¿Por qué me hicieron la vida tan miserable?8
Las “estaciones de consuelo” funcionaban en burdeles o en edificios ocupados por la Armada imperial donde las víctimas estaban prisioneras dentro de un especial régimen militar, que incluía controles médicos para prevenir las enfermedades de transmisión sexual entre las tropas japonesas. Allí las mujeres eran sometidas a todo tipo de vejámenes. Algunas estaciones eran móviles y se trasladaban junto con las tropas cuando estas cambiaban el frente de batalla, llevándose consigo a las mujeres de país en país. Al respecto, el testimonio de otra víctima:
Los barcos se detuvieron en Shangai y algunos marineros desembarcaron para tomar un breve descanso en la costa. No nos permitieron desembarcar. Me llamaron a cubierta y me obligaron a cantar con los hombres. Después un oficial me dio dos pasteles de arroz. Los compartí con las otras chicas. Los barcos comenzaron a navegar de nuevo, pero a menudo se detenían debido a los bombardeos. Un día nuestro barco recibió un impacto directo. Los otros barcos fueron destruidos, pero solo la parte delantera del nuestro fue dañada. El barco se sacudió y sufrí un grave mareo. Se me partía la cabeza del dolor y tenía el estómago revuelto. Recuerdo haber caminado hacia el baño, vomitando. De pronto, un hombre me agarró y me arrastró a un cuarto. Intenté quitármelo de encima mordiéndole el brazo. Hice lo mejor que pude (…) Fui violada. Esa fue mi primera experiencia sexual. Estaba tan asustada que no entendí lo que en realidad sucedió en ese momento. Nos dijeron que nos pusiéramos los chalecos salvavidas (…) Para mí, morir parecía mejor que seguir ahí. Pero el barco, de alguna manera, logró seguir adelante. (…) A partir de entonces, nos violaron a menudo en el barco. (…) Estaba asustada y todavía no habíamos llegado a la estación de consuelo.9
Existe vasta documentación en manos del estado japonés10 y de otros estados, como el chino, sobre la existencia de las “estaciones de consuelo”. Desde mapas que revelan dónde estaban ubicadas, hasta la reglamentación de la Armada Imperial para su funcionamiento, que dan cuenta de una planificación militar para organizar esta infraestructura destinada a la violación sistemática de mujeres. Los testimonios de los médicos “arrepentidos” a cargo de los controles de salud en las estaciones dan cuenta de que existía una política militar hasta para el uso del preservativo11.
Además de los controles médicos, está el hecho de que todas las instalaciones se parecen: “un cuarto de madera oscuro, donde solo cabe una cama pequeña de madera con un tatami delgado encima o, simplemente el tatami, en el suelo con un cobertor viejo. A veces hay una ventana tapada por una cortina o toalla sucia (…) Es tan lúgubre que cuesta imaginar cómo lograron sobrevivir las víctimas siendo violentadas a diario; cómo los soldados podían despertar sus deseos sexuales en sitios tan espantosos, golpeando a mujeres que se resistían a satisfacerlos; cómo el hombre se convierte en un ser tan horrible; cómo negar que eran esclavas sexuales”.12
El primer centro de esclavización se estableció en 1932 en Shangai, dos meses después de que Japón la invadiera. Se estima que sólo en esa ciudad china hubo 172 “estaciones de consuelo”, un número impactante que aporta a la hipótesis de que el número de esclavas sexuales fue de 400.000 mujeres, duplicando las 200.000 que se presumía en un inicio, antes de que China aportara información de la mano del Centro de Investigación de las “Mujeres de Consuelo” Chinas, de la Universidad Nacional de Shangai.
Estas unidades académicas que se replican en otras ciudades de ese país y en otros, como Corea y Japón, son fundamentales para estudiar lo ocurrido, sistematizar la información en museos que visibilizan estos crímenes de guerra de cara a la población de todas las generaciones y preservar las “estaciones de consuelo” como lugares de memoria.
Además de las golpizas, las torturas, el hambre y los abusos sexuales en masa en el contexto de la guerra, las mujeres cautivas tuvieron que soportar innumerable cantidad de abortos y esterilizaciones forzadas:
Quedé embarazada. Me pegaron brutalmente por haber quedado embarazada. Mientras me golpeaban, me preguntaban qué pensaba hacer con el bebé. Les dije que iba a asumir la responsabilidad. Les supliqué que me enviaran a casa solo con dinero para el viaje. Me pegaron en el estómago, muy fuerte, para que aborte, pero no aborté en ese momento. Estuve enferma durante meses (…) estaba hecha un desastre, pero los soldados seguían entrando [en el cuarto]. En el hospital militar me operaron para sacarme al bebé y extirparme el útero. Lo hicieron para que nunca más volviera a quedar embarazada. [Cuando volvió del hospital intentó escapar, pero no lo logró] Como castigo por intentar escaparme me quemaron, ¿vieron esas planchas japonesas? Me quemaron los pezones arriba y abajo (…) Me quemaron el cuerpo con esa plancha.13
¿Por qué?
La guerra de avance de Japón en Asia (1931-1945) fue un proyecto imperialista por el dominio de los recursos, los mercados y la fuerza de trabajo de los países del sudoeste asiático, que incluyó un proceso de aculturación para que los pueblos oprimidos adquirieran los valores imperiales japoneses en detrimento de los propios. Por caso, en una primera etapa el gobierno japonés prohibió hablar y escribir en idioma coreano en Corea, permitiendo solo el uso del japonés. Debido a las protestas crecientes, las revueltas y rebeliones del poderoso movimiento anticolonial coreano, que incluyó el asesinato del primer interventor japonés mediante un atentado, esta medida y otras similares luego fueron derogadas.
En 1933, el Imperio nipón abandonó la Sociedad de las Naciones (antecesora de la ONU), que nunca aceptó la propuesta de igualdad racial de Japón14 y avanzó con su política expansionista. En este proceso la ocupación de Manchuria (1932) fue clave, ya que la región representaba el 90% del petróleo de China, el 70% del hierro, el 55% del oro y el 33% del comercio con Japón, que antes de la ocupación ya concentraba el 72% de las inversiones instaladas en esa región del noroeste chino. En 1933, las tropas japonesas emprendieron la Campaña de la Gran Muralla y siguieron expandiéndose gradualmente hacia el norte, con la colaboración de “gobiernos títeres”. Esa invasión reactivó la economía japonesa, muy golpeada tras la depresión que siguió a la Gran Crisis de 1929, alentando a los sectores militaristas a que en 1937 desataran lo que se conoce como la Segunda Guerra Sino-Japonesa.
La violencia de la Armada Imperial fue cada vez más cruenta. Uno de los grandes hitos de esto fue la Masacre de Nanjing, ciudad capital del gobierno nacionalista chino de ChiangKaiShek15. Cuando tomaron Nanjing las tropas japonesas violaron en masa a niñas, jóvenes y ancianas. Las violaciones ocurrían a toda hora del día y en cualquier lugar, con el fin de humillar a la población local; abusos cometidos para que los vieran los familiares de las víctimas o la población en las calles, como los acometidos contra mujeres muertas. A estos vejámenes se sumaron los asesinatos masivos y otros crímenes de guerra, incluido el trabajo forzado. Existen comunicaciones que demuestran que la Armada estaba perfectamente al tanto de los raptos a civiles y de la violencia descontrolada de los soldados.
El Imperio nipón justificó este avance terrorífico planteando la necesidad de construir una “Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental” contra el yugo Occidental, en la convicción de la superioridad japonesa -como lo haría Hitler y el nazismo en torno a la “raza aria”. De esta forma, la clase dominante de Japón giró de una política de expansión colonial bajo la bandera de instalar en Oriente la modernización europea, entre fines del Siglo XIX y principios del XX; a una avanzada militar basada en los principios de un nacionalismo enemigo de Occidente, ideología en boga entre los círculos dirigentes japoneses y en particular entre los militares, tras el Crack del `29 cuyo epicentro fue EE.UU., corazón del capitalismo occidental. Una crisis mundial que trajo recesión, desempleo y un descontento generalizado en Japón, que encontró una salida capitalista en torno a la guerra imperialista, basada en un nacionalismo reaccionario y la bandera de la superioridad racial.
En un mundo en crisis donde se expandían las ideas ultranacionalistas, derechistas y militaristas, emergieron en Japón diferentes organizaciones radicales que propugnaban el carácter sagrado del sistema imperial basado en el sintoísmo (religión tradicional de Japón) de Estado, que promovía el (…) amor incondicional al emperador. Rechazaban la cultura y el estilo de vida occidentales y defendían los valores agrarios y familiares tradicionales. Estas organizaciones, como la famosa Sociedad del Cerezo, creían que el ejército podía recuperar la esencia de Japón16.
Para qué: el miedo como propaganda de guerra
Indagando sobre las motivaciones del ejército japonés a la hora de organizar esta gigantesca red de esclavitud sexual, aparece la voluntad de los jefes de la Armada de evitar la infiltración de los movimientos antijaponeses que se desarrollaban en los países ocupados a través de la prostitución. Más importante que esto, testimonios y documentos señalan que los mandos militares creían que esta era la mejor forma de regimentar y controlar a la tropa, carne de cañón en una guerra cruenta que se extendió durante 14 años. Según documentos, “pacificando el estado mental de los soldados” se evitaban estallidos entre la soldadesca, bajas por enfermedades de transmisión sexual y comportamiento ilegales, porque paradójicamente la Armada imperial tenía estrictamente reglamentado y penado el delito de abuso sexual.
La recompensa frente a la amenaza constante de la muerte, el hambre, las enfermedades, las mutilaciones y el horror cotidiano, era darle al soldado el derecho de someter a las mujeres. Que esto haya traído alguna “paz mental” lo desmienten categóricamente los testimonios de los soldados y médicos “arrepentidos”, así como los miles de suicidios entre los militares japoneses.
La violación juega además un importante papel político en el control psicológico y moral de los pueblos oprimidos. La violencia sexual es una antigua arma de guerra: “Existe una antigua regla empírica en la guerra: el ganador es el que viola”17La autora de esta tesis, la feminista norteamericana Susan Brownmiller, señala que durante la Primera Guerra Mundial la información periodística en torno a la invasión de Bélgica por Alemania, destacaba las violaciones cometidas por el ejército alemán como metáfora de la humillación belga y que este instrumento tuvo que ver con la evolución de una nueva forma de batalla: el uso científico de la propaganda.18
La violación es una poderosa herramienta de propaganda que fortalece la estrategia de sujeción del invasor, infundiendo miedo y promoviendo la desmoralización de los pueblos ocupados, donde se juega el lugar subalterno preexistente de la mujer en la sociedad, cuyo cuerpo se usa para proyectar quién ejerce el dominio de un territorio.
La violación perpetrada por un conquistador destruye todas las ilusiones de poder y propiedad en los hombres del bando derrotado. El cuerpo de una mujer violada se transforma en un campo de batalla ceremonial, un terreno de desfile para el saludo a la bandera de los victoriosos. La acción que se desarrolla encima de ella es un mensaje entre hombres: vívida prueba de victoria para unos y derrota para los otros19
Hitler decía siempre que las masas son esencialmente femeninas, y que su agresividad y carisma provocaban una rendición y sumisión casi masoquistas en su público: una forma de violación psíquica…No convencía a su público, lo conquistaba20
La violación es una forma de supresión. En la guerra no se trata de ganar o de convencer, el núcleo del asunto es conquistar. Para eso se necesita doblegar la voluntad de resistencia de los pueblos, negando que existen.
“Como una roca”
No lo lograron. Este sistema de opresión colonial dio lugar a levantamientos, atentados y múltiples formas de resistencia contra el ocupante. En el caso de la “mujeres de consuelo” desde hace décadas protestan junto a sus organizaciones de defensa21 frente a la Embajada de Japón en Corea, donde las halmoni dieron lugar a un movimiento de lucha por los derechos de las mujeres que denuncia los crímenes de guerra de Japón hasta hoy.
En 1949, la Revolución China liderada por el Partido Comunista de Mao TseTung, cambió radicalmente la situación social de millones de obreros y campesinos. En el libro se recogen los testimonios de muchas “mujeres de consuelo” coreanas que fueron llevadas a China por la Armada Imperial japonesa y que una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial decidieron formar parte del levantamiento comunista, para finalmente radicarse en China. Aunque no queda explicitado como una conclusión política de la autora, en los testimonios se deja entrever una política de reparación mayor de ese país que de Corea hacia las víctimas. Tema seguramente atravesado por la relación política del gobierno chino con Japón, muy diferente a la que estableció Corea tras la guerra, donde la penetración del capitalismo nipón jugó todo un papel en la modernización del país.
En Corea, existen asociaciones obreras de las personas obligadas a trabajos forzados durante la guerra de ocupación; así como de los familiares de los soldados coreanos desaparecidos, de los que no se sabe su paradero, ni cómo o dónde murieron. En Japón, asociaciones de familiares de miembros de la Armada imperial se organizaron para exigir que se retire el nombre de sus parientes del Santuario Yasukuni, sitio donde se ensalzan los crímenes de guerra y donde la colonización de Corea se narra como “una anexión voluntaria” y la masacre de Nanjing como un “incidente”22.
La manifestación de las halmoni frente a la Embajada se hace todos los miércoles y allí se canta “Como una roca”, una canción de protesta que forma parte de un disco con temas de protesta obreras de la década del ‘90. El tema es una metáfora de vivir resistiendo “como una roca” que emerge de la vida de los campesinos coreanos, fatigados por el hambre e inmersos en la cultura animista oriental, donde la lluvia, la roca, los vientos, las raíces y el suelo son un símbolo de resistencia: “no solo de las mujeres secuestradas por el ejército japonés, sino también de ese vasto pueblo hambreado y mísero que trabaja de sol a sol para conseguir un poco de arroz para comer”23.
Según la autora, la canción también refleja un romanticismo nacionalista, que embellece la capacidad de sobrevivir de las masas campesinas en las terribles condiciones de la vida rural entre las montañas, el frio y el hambre de Corea, donde las niñas pobres eran una carga de la cual deshacerse, como pudo registrar de primera mano en el siguiente testimonio de una “mujer de consuelo”
Kim Tokchin nació en 1921 en la provincia de Kyongsang (…) y como muchas de las mujeres esclavizadas su familia no tenía tierra donde vivir ni cultivar. Era tan difícil conseguir comida, que se fueron a vivir con un tío cerca de la montaña de Chiri. Allí, su padre cultivaba tabaco, una actividad que controlaba el gobierno. Un día, la policía descubrió que tenía hojas de tabaco seco que no le había vendido al Estado y lo golpearon con tanta brutalidad que murió al poco tiempo. La madre no podía alimentar a tantos hijos, estaban desesperados (…) Kim Tokchin buscó trabajo como empleada doméstica. La familia de un bancario la contrató con tan solo 12 años (…) Le pagaron por primera vez cuando cumplió 1524
En ese contexto de miseria rural se dio el impulso modernizador a partir de la implantación de capitales japoneses que prometió revolucionar las condiciones de atraso agrario de Corea, a partir del desarrollo de la industria y el empleo fabril. También se fomentó la educación formal, incluida la de las mujeres, como una necesidad para mejorar la calificación de la nueva fuerza de trabajo. La instalación de fábricas creció exponencialmente durante el periodo colonial. En 1900 había 251 fábricas; en 1919, 1.900. Con la primera guerra, Japón había logrado un gran crecimiento económico, y en 1925, modificó los marcos legales para que las empresas japonesas (zaibatsu) desembarcaran en Corea. La nueva economía industrial generó las condiciones para la aparición de nuevos empresarios coreanos, dando lugar a una burguesía local que se desarrolló a la sombra de Japón. También se impulsó una reforma agraria, que endeudó y expropió a los campesinos empobrecidos de la tierra, empujándolos a trabajar en las fábricas, dejando a las mujeres los trabajos domésticos y las tareas más duras en el campo, como desmalezar los campos secos.
Esta modernización imperialista se dio en paralelo a la vida campesina atravesada por la servidumbre, dando lugar a un desarrollo desigual y combinado que sentó en Corea las bases de una industrialización (que despegaría definitivamente luego de la II Guerra y sobre todo en la década 1960, bajo un gobierno dictatorial) que benefició a una minoría social local pero sobre todo extranjera, sin alterar las bases de miseria que reinaban en el campo, donde ni siquiera se erradicaron las hambrunas, como puede constatarse en las historias de las niñas y adolescentes captadas por la Armada Imperial, o vendidas por sus familias para realizar trabajos domésticos o casarse con hombres mayores.
La lucha por la memoria, contra los gobiernos
Frente a la embajada de Japón en Corea, se encuentra la estatua “Niña de la Paz”. Es una niña coreana con hanbok –la vestimenta tradicional coreana- que representa a una víctima de la Armada Imperial, la pequeña se encuentra sentada junto a una silla vacía, que invita al espectador a sentarse junto a ella y pensar sobre lo ocurrido.
Hace años el gobierno japonés desarrolla un fuerte lobby para que esas estatuas se erradiquen, como ocurre con las presiones diplomáticas para eliminar la que está colocada en Alemania; o para que directamente nunca se instale una, como ocurre en la Ciudad de Buenos Aires, donde el empresario coreano dueño de Peabody (cuyo padre era norcoreano y fue obligado por Japón en trabajar en las minas de carbón) donó una estatua que sigue almacenada por el gobierno porteño, dando cuenta de un fuerte lobby en nuestras tierras aparentemente lejanas a esta historia. En Hispanomérica no hay monumentos a las esclavas sexuales de la Armada Imperial25.
El negacionismo japonés hunde sus raíces en el imperialismo y la doctrina del supremacismo racial, racismo que se despliega contra los ciudadanos coreanos radicados en Japón hasta la actualidad. Una orientación favorecida por varios gobiernos de Corea a lo largo de los años, al desconocer las demandas de las halmoni, cuando muy pocas quedan ya con vida. Una de las organizaciones más importante que las representa, el Consejo Coreano26, denunció al recientemente depuesto presidente coreano YoonSuk-yeol por colaboracionista, por su política de alianza económica y de seguridad con Japón, y por ser responsable de feroces represiones contra las manifestaciones populares -llegó a declarar la ley marcial en nombre de la lucha anticomunista.
Según nos cuenta la autora, aunque los sectores más conservadores de Corea no se animan a desconocer la existencia de las víctimas de abuso sexual de la Armada Imperial, promueven campañas en redes sociales y mediáticas para desacreditarlas. Esto, agregamos nosotros, no se puede entender sin ver los intereses económicos que unen de forma subordinada a la burguesía coreana con la japonesa, lazos que llevan a los representantes políticos de la clase capitalista coreana a silenciar los crímenes del estado japonés contra el pueblo trabajador de su país y en particular contra las niñas y mujeres, el sector más vulnerado.
Los gobiernos de Japón no dieron respuesta a los reclamos de justicia de las víctimas y según Álvarez el país está cada vez más lejos de hacerlo, por la presión de los grupos de derecha ultranacionalistas que militan un revisionismo histórico que reivindica el imperialismo nipón, que incluye eliminar de la educación formal -incluido los manuales escolares27– las masacres cometidas por la Armada Imperial, incluido el reconocimiento de la existencia de esta gigantesca red de esclavitud sexual. Esto no solo implica un acto de reivindicación del colonialismo, sino también la impunidad de los crímenes del Estado japonés contra las mujeres de que fueron esclavizadas sexualmente por las tropas de su propio país en el marco de la guerra.
Esta orientación coincide con la de los Estados Unidos de Norteamérica, que hasta hoy nunca pidió disculpas diplomáticas a Japón por el lanzamiento de las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, ni tampoco a los hibakusha, los sobrevivientes de esas bombas nucleares. Una posición acorde a que las potencias jamás avanzaron en la mentada política de “desnuclearización”, objetivo que se da de patadas con el avance de una nueva guerra a nivel mundial, como se ve en la guerra de procuración en Ucrania, el genocidio palestino a manos de Israel, o los bombardeos contra Venezuela y el secuestro del presidente de ese país a manos de Trump.
En los ´90, Japón desarrolló una política de “reconciliación”, donde se reconoció la existencia de los crímenes de la Armada y estableció algunas medidas de reparación económica. En 1992, se publicaron el Informe Kato y la Declaración de Kono, así como una disculpa pública del entonces Primer Ministro japonés Kiichi Miyazawa (1991-1993). Ese mismo año, en un documento público, el gobierno reconoció la creación y el funcionamiento del sistema de reclutamiento de mujeres para la Armada Imperial en Corea y en otros territorios ocupados por Japón durante la guerra. El informe reconoció que las víctimas habían sido reclutadas contra su voluntad, por medio de la coerción y coacción28. Como toda política de reconciliación buscó cerrar un capítulo de la historia consagrando la impunidad para los criminales, ya que ni el gobierno ni la justicia abrió ninguna instancia judicial para llevar al banquillo de los acusados a los responsables militares y políticos de perpetrar crímenes de guerra. Una estrategia de “borrón y cuenta nueva” para lavar la imagen del país.
Los funcionarios no se reunieron con las víctimas, ni sus organizaciones, pero dieron lugar a un fondo de reparación económica conocido como Fondo de Mujeres Asiáticas, que establecía un resarcimiento pecuniario, un seguro médico, una carta de disculpas del primer ministro y una recopilación de los documentos sobre el caso. Las organizaciones de defensa se opusieron al fondo, porque se había negociado de forma bilateral con los gobiernos y se excluía a las mujeres que habitaban la República Popular China. Junto con esto, denunciaron que el fondo no buscaba justicia29.
Diversos activistas por los derechos humanos entrevistados, caracterizan que esta orientación de reconciliación abonó el avance de los grupos de ultraderecha, que ganaron más poder e influencia. En 2015, el presidente coreano Park Geun-hye y Shinzō Abe, presidente japonés ultraderechista, que abogaba por el “orgullo nacional” (asesinado en 2022 durante un acto de campaña) firmaron el Acuerdo 2015 que “ponía punto final” al asunto de las “mujeres consuelo”, a cambio de algunas medidas, lo que generó un enorme repudio popular entre el pueblo de Corea.
Independientemente de la postura del movimiento de las “mujeres de consuelo”, las víctimas pudieron pedir la compensación económica. Para 2007, habían aceptado la reparación 285 mujeres de Filipinas, Corea del Sur y Taiwán. El tema no era menor, ya que una vez terminada la guerra esas mujeres de origen extremadamente pobre quedaron abandonadas a su suerte, marcadas por el estigma del abuso sexual y teniendo que insertarse en economías donde históricamente ocupaban los puestos de trabajo más precarios. Muchas de las “mujeres de consuelo” ni siquiera se enteraron cuando terminó la guerra, ya que vivían en el más estricto confinamiento y se encontraban completamente aisladas de las noticias del mundo exterior. Cuando se retiraron las tropas, algunas tuvieron que caminar muchos kilómetros para volver a sus aldeas, o radicarse en países extranjeros. Algunas sobrevivieron vendiendo frutas en las calles; otras se casaron con hombres viudos para encargarse de criar a sus hijos. Estas fueron las vías sociales disponibles para reinsertarse en la comunidad.
Respecto a la actuación de la llamada comunidad internacional de cara a las responsabilidades penales de los militares y civiles japoneses que cometieron crímenes de lesa humanidad, en el marco de una guerra mundial, se limitaron a producir informes y declaraciones no vinculantes en la ONU, que admiten que las propuestas de Japón para resolver el conflicto “no se ajustan al derecho internacional y no reconocen la responsabilidad jurídica del gobierno imperial”30 sin llevar adelante ninguna sanción. Esto explica también porqué muchas víctimas guardaron silencio durante décadas y otras nunca se animaron a hablar.
La famosa jurista y activista feminista estadounidense Catharine Mackinnon, en una conferencia de 1981 en la Universidad de Stanford, analiza por qué las mujeres silencian una violación. Para ella, las mujeres hablan cuando sienten que les van a creer. Si, como les ocurrió a las “mujeres de consuelo” durante décadas, las víctimas entienden que la policía, los médicos y la justicia van a cuestionarlas y responsabilizarlas por las agresiones sufridas, es muy difícil que denuncien las violaciones. El miedo al maltrato no es un invento de la imaginación de las mujeres; es el resultado directo de los agravios a los que han sido sometidas31
Por su parte, la Corte Penal Internacional estableció una nueva perspectiva en el Artículo 7 del Estatuto de Roma, que reconoce la esclavitud sexual, la prostitución forzada, la esterilización forzada y la violación, son crímenes de lesa humanidad. Pese a que Corea y Japón suscribieron a este tratado que fija que la Corte podrá intervenir en los territorios para apoyar a las víctimas y castigar a los culpables, esto nunca ocurrió. Otros tribunales internacionales, como el de Crímenes de Guerra sobre la Esclavitud Sexual de las Mujeres de Japón, que integró entre otros la jueza argentina Carmen María Argibay, dictamino fallos no vinculantes32.
Los cambios en torno a la concepción de la violencia contra las mujeres a partir de una serie de hitos en la lucha del movimiento de mujeres y feminista a nivel mundial, que luego fueron institucionalizados y estatizados por la ONU33, se dieron a nivel internacional con posterioridad a estos crímenes y contribuyeron a que las abuelas se animaran a dar testimonio público. Pero es evidente que la “agenda de las Naciones Unidas para las Mujeres” de ninguna manera contribuyó a sentar en el banquillo de los acusados a los responsables del imperialismo japonés de violar en masa a 400 mil mujeres pobres de Asia. Los crímenes del imperialismo no podrán ser sancionados por los gobiernos que explotan este sistema histórico de dominación, ni por los que responden a las burguesías subordinadas al capitalismo central en los países semicoloniales. Sólo podrá venir del movimiento de lucha de los trabajadores y del protagonismo de las mujeres proletarias contra la explotación y opresión que perpetúan esos gobiernos.
Conclusión
En lo personal, de la lectura de esta investigación me llamó la atención el contraste entre la exhaustiva divulgación de la historia de la Segunda Guerra Mundial y los crímenes del nazismo, y en menor medida del fascismo, en el sistema educativo obligatorio de Argentina, y el vasto silenciamiento de las mismas atrocidades cometidas en Asia a manos del emperador Hiroito, aliado de Hilter y Mussolini, en particular el acometido contra centenares de miles de mujeres pobres de ese vasto continente. Es impresionante que como seguramente afirma la autora «la más grande red de trata contemporánea en el marco de una guerra», no forme parte -en general- de la divulgación de contenidos históricos, sociológicos y políticos de la instrucción elemental de nuestro país. Me resulta imposible separar este evidente sesgo del racismo Occidental en el que somos educados.
Junto con esto, cabe resaltar la impunidad con la que gozó y goza hasta nuestros días el ejército japonés. Los juicios por los crímenes de guerra realizados en Japón al finalizar la segunda guerra fueron acotados. Solo siete altos jerarcas fueron sentenciados a muerte y otros a penas de prisión. El Emperador Hirohito (pivote del sistema imperialista/guerrerista) fue preservado de todo juzgamiento y acusación, conscientemente obviado por órdenes del general yanqui MacArthur para preservar la alianza con las clases dominantes niponas y enfrentar la potencialidad de una revolución social. La lucha de las víctimas se dio con gran valentía, aunque acotada por un fuerte condicionamiento social y político en Corea, marcado en gran medida por la enorme opresión sufrida por las mujeres, en el marco de una sociedad que tiene rasgos de sociedad de casta; como siempre, la inacción de la ONU y de los gobiernos democráticos burgueses frente a los crímenes del imperialismo, pese a las declamaciones de justicia, tuvo un peso específico en su subordinación ante el imperialismo japonés.
El libro es de gran interés y recomiendo su lectura.
1 Álvarez, María del Pilar (2025): ´´Halmoni la revolución de las abuelas coreanas´´. Penguin
2 En 1876, a partir de un tratado forzado militarmente por Japón, terminó la “era sinocéntrica”, que desplazó la histórica relación de la Dinastía coreana Joseon con China. La colonización japonesa de Corea fue de 1910 a 1945. Luego la península fue ocupada por las potencias ganadoras de la Segunda Guerra Mundial, EEUU y la URSS, que dividieron al país en dos (Corea del Norte y Corea del Sur) a partir del paralelo 38. Tres años más tarde las potencias ocupantes se retiraron para dar lugar a un gobierno local. Entre 1950 y 1953, es la guerra de Corea. China se involucra en la defensa territorial del norte, contra el avance del sur de la mano de las tropas de EEUU.
3 Entre 1839 y 1842 tuvo lugar la primera Guerra del opio, con la ocupación parcial de Macao y Taiwán. En 1842 se firmó el Tratado de Nanjing, que reconoció la ocupación y desintegración de China, con la cesión de Hong Kong al imperio británico. La época que va de 1839 a 1949 es caracterizada por la historiografía china como el “Siglo de la humillación” y estuvo marcado por el fin de la centralidad China en el sudeste asiático.
4 Pág. 56
5 En Japón, esta revolución modernizadora vino de la mano de la Restauración Meiji y el fin del shogunatoTokugawa.
6Ibidem, página 29.
7Suzuko Shirota es la única halmoni japonesa que declaró, según consta en el museo de “las mujeres de consuelo de Tokio”. Tenía 13 años cuando su madre murió y a los 16 su padre la vendió a una casa de geishas. Luego de ser violada, la vendieron a un intermediario que la llevó a Taiwán, donde fue convertida en esclava sexual de su país. Tuvo una vida muy dura hasta que encontró ayuda en una casa para la rehabilitación de mujeres de una organización feminista, que desde 1886 milita por la abolición de la prostitución. Luego se incorporó a una hermandad cristiana, tratando de sobrellevar el trauma. Pág. 256
8 Entrevista personal realizada por la autora a la sobreviviente Kim Bok-dong
9 Página 66.
10 Como la que se encuentra en la biblioteca del Instituto de Defensa de Japón
11 El historiador japonés Yoshimi Yoshiaki halló en 1992, en la biblioteca del Instituto de Defensa de Japón, documentos que evidencian el establecimiento de estaciones de consuelo y el involucramiento de la Armada Imperial en su origen y funcionamiento. En Taipéi, el museo de la esclavitud sexual del ejército japonés llamado Ama, se exhiben tres telegramas encontrado por un ex miembro de la Casa de Representantes de Japón, que prueban que las mujeres taiwanesas fueron reclutadas como “mujeres de consuelo”. Página 89.
12 Ibídem, página 66
13 Otro testimonio de mujeres esterilizadas por la fuerza es de la norcoreana Park Young-shim, esclavizada en una estación de consuelo de Songshan, ciudad china ocupada por Japón. Su foto se encuentra en internet y fue tomada por los Aliados cuando ingresaron a la ciudad. En esa foto ella está junto a un soldado y otras tres mujeres, llevando un embarazo muy avanzado, que perdió producto de los ultrajes, junto con su útero.
14Este evento es caracterizado como una de las razones del alineamiento de Japón con las potencias del Eje, tras que en la Primera Guerra Mundial lo hiciera con la Entente contra Alemania. El rechazo de Gran Bretaña y sus dominios, particularmente de gobiernos racistas como el de Australia, a la propuesta del gobierno japonés de establecer una igualdad entre todas las razas, fue considerado una humillación de Japón en la Conferencia de Paz de 1919 en París. Se dio en el marco de la organización de la Sociedad de las Naciones, que vendría sellar un nuevo orden diplomático tras la guerra. El rechazo a la “igualdad racial” es analogado a las consecuencias del Tratado de Versalles en Europa, luego de que Japón emergiera como una potencia de primer orden en 1914, reforzando sus posiciones tanto en el Extremo Oriente como en el océano Pacífico. En la sesión inaugural de la Conferencia de Paz, el 18 de enero de 1919, forma parte del consejo de los cinco principales vencedores, disponiendo de dos asientos, al igual que Estados Unidos, Reino Unido, Francia e Italia. El primer ministro australiano William Morris Hughes defendió la “Australia blanca”: “Estoy dispuesto a reconocer la igualdad de los japoneses como nación y como personas. Pero no acepto las consecuencias que deberíamos enfrentar si les abriéramos nuestro país. No es que los consideremos inferiores, simplemente no los queremos. Económicamente, son factores perturbadores porque aceptan salarios muy inferiores al mínimo por el cual nuestros compatriotas quieren trabajar. Poco importa si se integran bien a nuestro pueblo. No queremos que puedan casarse con nuestras mujeres”. Le Monde Diplomatique, 2019.
15 En 1937, la Armada Imperial ocupó en tan solo dos meses Beijing y Tianjin, gran parte del norte de China y el puerto de Shandong. Para ese momento, los nacionalistas y los comunistas ya habían pactado un frente único para luchar contra Japón. Los comunistas chinos lograron doblegar la resistencia de ChiangKaiShek a concertar este acuerdo raptándolo, del 12 al 25 de diciembre de 1936, logrando que el líder nacionalista firmara el acuerdo, en un episodio histórico conocido como el Incidente de Xi´an. Esta alianza fue impulsada por la URSS, preocupada por el avance de Japón en el norte de China y por la firma del Pacto Anti-Comintern entre Alemania y Japón en 1936. Página 83
16 Página 79
17Brownmiller, Susan. Contra nuestra voluntad. Planeta.1975. Página 32
18 Pág. 38
19 Ibídem. Página 36
20 Discurso de Albert Speer, criminal de guerra. Fue un arquitecto alemán que ejerció como ministro de Armamento y Producción de Guerra de la Alemania nazi durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial. Citado por Browmiller. Ibídem, página 46
21 Casa Compartir
22 Página 244
23Ibidem, página 58
24 Página 60
25 Existen diplomáticos destinados a impedir que se coloquen estatuas en determinados países, utilizando la amenaza de aplicar represalias económicas. En Berlín, tienen lugar manifestaciones de protesta contra la presión que ejerce el gobierno de Japón para que se retire la “Niña de la paz”. En Argentina, la estatua fue donada por el empresario Dante Choi y solo fue exhibida en la Feria del Libro. Página 264.
26 Otra de sus organizaciones es la Casa Compartir, orientada por las iglesias cristianas al igual que el Consejo Coreano, donde muchas de las sobrevivientes recibieron asistencia médica, psicológica y un lugar para vivir, dando lugar a una suerte de refugio donde estas mujeres atravesadas por la pobreza, compartieron sus últimos años de vida.
27 En 2023 se estrenó en el Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI) el documental japonés Education and Nationalism, de la directora Hisayo Saiko, que analiza las políticas de censura de los gobiernos de Japón a través de la revisión de los textos escolares de primaria y de secundaria para retirar los contenidos “inapropiados”, que afectan la “autoestima” de la juventud japonesa y tienen una mirada “masoquista” del pasado, que no pueden sentirse orgullosos de su país, algo que sostenía Shinzo Abe. Página 250
28 Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón. Página 238
29 Ibídem, página 240
30 Página 215
31 Pág. 216
32 Pág. 220-221
33 Esta agenda de la ONU empezó a mediados de los años ´70, en el marco del Decenio para la Mujer (1975-1985). En 1993, las Naciones Unidas establecieron la Declaración Sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En 1995, se llevó adelante la Conferencia Mundial de la Mujer en Beijing.



