La guerra de sometimiento lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, a fines de febrero, se topó con una resistencia inesperada. Los masivos bombardeos (que incluyeron universidades, escuelas, plantas industriales, centrales nucleares y plantas desalinizadoras) y el descabezamiento de la primera plana del régimen iraní (incluyendo al ayatollah Ali Khamenei) no alcanzaron para precipitar la caída del gobierno, o su capitulación. Al contrario, la Casa Blanca se vio arrastrada a un cese al fuego y a una mesa de negociaciones desde comienzos de abril, en la que no lograba imponer sus condiciones.
Una de las claves del conflicto fue el cierre del Estrecho de Ormuz por parte del gobierno iraní. Por esa arteria marítima transita un quinto del petróleo mundial, además de fertilizantes e insumos claves para la industria. El precio del barril Brent se cotizaba, a mediados de abril, un 30% por encima del comienzo de la guerra, lo que tiene un impacto inflacionario generalizado a nivel internacional, y llevó también a una escasez de ciertas materias primas, cancelación o reprogramación de vuelos y parates productivos, especialmente en algunos países de Asia. En pocas palabras, la guerra echó leña al fuego de la crisis capitalista.
Estados Unidos e Israel buscan, por medio de esta guerra, rediseñar el Medio Oriente de acuerdo a sus intereses. Se plantea, por tanto, la necesidad de una derrota de la guerra imperialista-sionista, que abriría mejores perspectivas para todos los pueblos del mundo.
El imperialismo yanqui busca revertir su declive histórico por medio de la guerra. Por la cantidad de países involucrados y los intereses en juego, la guerra contra Irán acentúa las tendencias a una nueva guerra mundial. Como parte de esas mismas tendencias, crecen el militarismo y los choques entre las potencias y los Estados.
La guerra y las negociaciones
Antes del inicio de la guerra, Estados Unidos e Irán estaban inmersos en un proceso de negociaciones, bajo la mediación de Omán. Para intimidar al régimen persa y forzarlo a una capitulación, la Casa Blanca había montado en la región su mayor despliegue militar desde la invasión a Irak, en 2003, incluyendo dos enormes portaaviones.
El 19 de febrero, Trump amenazó con un ataque militar si Teherán no se sometía a sus exigencias en un plazo de entre diez y quince días. Insistió en esa tónica en sus redes sociales y en el discurso sobre el estado de la Unión, el 24 de febrero. “No me complace que no estén dispuestos a darnos lo que necesitamos”, abundó el magnate el viernes 27, pocas horas antes de los primeros ataques aéreos.
Estados Unidos exigía “formalmente” tres cosas: 1) Que Irán detuviera su programa de enriquecimiento de uranio y se deshiciera de las reservas con las que cuenta; 2) El desmantelamiento del programa de misiles balísticos, con un alcance potencial de dos mil kilómetros (que podía llegar a bombardear al Estado sionista y las bases que los Estados Unidos tienen distribuidas en la zona, incluso en Europa); 3) El cese del apoyo a Hezbollah y otros grupos de la región. Pero la realidad es que buscaba un cambio de régimen, para establecer otro “protectorado”, como hizo recientemente en Venezuela.
La última reunión, antes del ataque, se llevó a cabo en Ginebra, Suiza, el jueves 26 de ese mismo mes. Teherán, según lo que afirmó públicamente, estaba dispuesto a pausar su programa de enriquecimiento de uranio y a ponerle un límite, pero no a cancelarlo. Según el diario madrileño El País, en dicha reunión, Irán habría presentado una propuesta al respecto. En cuanto al programa de misiles balísticos, en cambio, lo consideró fundamental para su defensa, por lo que no lo puso a discusión.
Irán buscaba, a cambio de sus concesiones en el programa nuclear, que Estados Unidos levantara las sanciones económicas, pero la Casa Blanca no habría prometido, al respecto, más que no imponer sanciones nuevas. Este panorama revela que la Casa Blanca estaba sometiendo a Irán a un ultimátum, sin intenciones de una negociación seria.
Trump también intentó, previamente, instrumentar en su favor las movilizaciones populares que estallaron en Irán a fines de diciembre, ante el alza en el costo de vida. El martes 14 de enero, en sus redes sociales, anunció: “Patriotas iraníes, ¡sigan protestando! ¡Tomen sus instituciones!… ¡La ayuda está en camino”, velada referencia a una posible acción militar. En días previos, Washington había amenazado con aranceles del 25% a países que comercien con Irán.
Las movilizaciones populares en Irán, las más importantes desde el levantamiento de 2022, estallaron el 28 de diciembre. El aumento del 67% en la gasolina fue el detonante. La fuerte devaluación de la moneda y una inflación que ronda el 50% anual derrumbaron el poder adquisitivo de los sectores populares en los últimos diez años. Al igual que en otros levantamientos populares previos, el régimen iraní respondió con una represión implacable, que dejó 3 mil muertos, según cifras oficiales, númerosque organismos opositores elevan en varios miles.
Así como, en el caso de Venezuela, Trump apeló al “combate del narcotráfico” y la “reinstauración de la democracia” como pretextos para justificar su invasión de la nación caribeña y el copamiento de sus recursos naturales, en el caso de Irán, la Casa Blanca disfrazó, con referencias a la protección de los manifestantes y de las mujeres, su verdadero interés por poner bajo su tutela el petróleo iraní. La hipocresía de Trump queda rápidamente al desnudo si se considera que es aliado del ultrarrepresivo régimen saudí y del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sobre quien pesa una orden de captura de la Corte Penal Internacional por el genocidio contra el pueblo palestino.
Más allá del carácter capitalista y opresivo del régimen persa, en la guerra entablada corresponde plantear la derrota de Estados Unidos e Israel y la victoria de Irán. Dicha derrota puede ser un peldaño para una salida de los trabajadores a la crisis. En cambio, una victoria imperialista-sionista sólo agravará la explotación nacional y las penurias de las masas de la región.
La guerra contra Irán dejó, hasta aquí, más de 3 mil muertos. Uno de los episodios más brutales fue el ataque aéreo estadounidense contra una escuela en Minab, en el sur iraní, durante el primer día de bombardeos, que dejó más de 160 muertos, en su mayoría niñas de entre 7 y 12 años. Quienes prometían llevar la libertad a las mujeres iraníes debutaron con esa masacre.
De cualquier manera, los severos daños contra objetivos civiles, militares e industriales, y el descabezamiento de la cúpula iraní, no quebraron al régimen. Tampoco lograron desmantelar el programa nuclear iraní, que, según el titular de la AIEA (Agencia Internacional de Energía Atómica) y candidato a secretario general de la ONU, el argentino Rafael Grossi, preserva, a pesar del bombardeo de sus instalaciones, 440 kilos de uranio enriquecido al 60%, en sitios subterráneos (entrevista con Clarín, 23/4).
Como respuesta a los bombardeos yanquis e israelíes, Teherán disparó contra bases militares norteamericanas en países vecinos, como Bahréin, Kuwait, Emiratos Arabes, Arabia Saudita, Jordania y Qatar. Llegó incluso, con sus misiles, a la isla Diego García, en el Océano Indico (a 4.000 kilómetros de distancia) donde están instaladas importantes bases militares norteamericanas y británicas. Y logró erosionar, con sus lanzamientos, el domo antimisiles de Israel, cayendo misiles sobre aeródromos y ciudades. La censura militar imperialista-sionista oculta la envergadura de las víctimas y destrucción que causaron.
Esta respuesta vigorosa llevó a Estados Unidos (que se vio obligado a retirar los portaviones para evitar que fueran blanco de la resistencia iraní) a examinar la variante de una invasión terrestre, pero los riesgos de un empantanamiento militar, de bajas masivas y la impopularidad de la guerra hicieron que Trump prefiriera (por ahora) no jugar esa carta. Es que, a la par de los ataques, dentro de los propios Estados Unidos se fue desarrollando un sentimiento de rechazo a la guerra, que convergió con el malestar ante el alza en el costo de vida y las políticas represivas del magnate. El sábado 28 de marzo, cerca de ocho millones de personas participaron de unas tres mil protestas, como parte del movimiento “No Kings”. El rechazo a la guerra y al ICE (la facistoide y violenta policía migratoria) fueron parte de las reivindicaciones.
Además, el propio gobierno estadounidense y el trumpismo se agrietaron ante la guerra. Varios funcionarios fueron desplazados y algunos referentes del Maga (Make Again Great America, movimiento afín al magnate) denunciaron a la Casa Blanca por hacer seguidismo a Israel. Si bien este análisis es inexacto, ya que Israel es un agente del imperialismo, y no a la inversa, no deja de ser una señal de la crisis que la guerra generó en las filas del gobierno yanqui.
Todo este cuadro, sumado al impacto causado por el cierre del Estrecho de Ormuz, empujó a la Casa Blanca a aceptar un cese del fuego y a las negociaciones patrocinadas por Pakistán. China misma, alarmada por el impacto económico global y dentro de sus propias fronteras (importa crudo desde Irán), impulsó esas conversaciones.
En la mesa de negociaciones, los representantes de Trump habrían insistido con sus exigencias de desmantelamiento (o fuerte limitación) del plan nuclear y cese del apoyo a Hezbollah y otros grupos políticos de la región. También está centralmente en discusión el control del Estrecho de Ormuz, donde Irán pretende imponer su soberanía lo más plenamente posible.
El cese al fuego, con todo, fue precario desde el primer día. Aun estando vigente el mismo, Estados Unidos estableció su propio bloqueo al Estrecho de Ormuz, para perjudicar las exportaciones iraníes. De esta manera, el estrecho pasó a tener un doble cepo. La Casa Blanca secuestró, además, un buque en el Océano Indico que, según sus denuncias, se encontraba sancionado por contrabandear petróleo iraní. El régimen persa, como represalia,capturó dos barcos en el Estrecho.
A medida que se acercan las elecciones de medio término en los Estados Unidos, la presión crece sobre Trump para dar una resolución al conflicto. El aumento de los combustibles, que ya se siente en los surtidores norteamericanos, es un factor crítico de cara a ese proceso electoral.
El impacto internacional
La suba del precio de los combustibles y el impacto inflacionario general, como fruto de la guerra, empujaron a la baja los pronósticos sobre el crecimiento global y acentuaron la crisis económica mundial. La suba inflacionaria, inclusive, pone en problemas la aspiración de Trump de una rebaja de los tipos de interés que viene reclamando ante la Reserva Federal, para impedir que se profundice una recesión.
Una muestra en miniatura del impacto internacional de la guerra es lo ocurrido en Filipinas. Los precios de los combustibles subieron cerca de un 70 por ciento. Ante tal escenario, el régimen de Ferdinand Marcos Jr. (hijo del dictador que gobernó entre 1965 y 1986) se convirtió en el primero en dictar la emergencia energética desde el estallido de la conflagración. Desde Medio Oriente, Filipinas importa combustibles y fertilizantes que deben atravesar el Estrecho de Ormuz.
Las medidas del gobierno filipino se anunciaron el 24 de marzo e incluyeron la reducción de los impuestos especiales a la gasolina y el diesel, medidas de ahorro energético, el fomento de fuentes energéticas alternativas al petróleo (desde el carbón a la energía solar), la búsqueda de proveedores alternativos y, sobre todo, compras de petróleo estatales y subsidios para mitigar el impacto de las subas -tras el estallido de reclamos y protestas de transportistas.
La crisis, además, acentuó las internas dentro del bloque gobernante (entre Marcos y el clan Duterte), e introdujo las primeras fisuras en el alineamiento de Marcos Jr. con los Estados Unidos. Filipinas disputa con China y otros Estados del Sudeste Asiático la soberanía de algunas islas y el control del Mar de la China Meridional. Estas tensiones con Beijing han llegado, inclusive, a los escarceos entre buques de ambos países. Por un convenio de 2014, renovado por Marcos Jr., los yanquis tienen acceso a cinco bases militares filipinas.
Pero ahora, ante la envergadura de la crisis energética, Marcos declaró públicamente que no descarta una explotación conjunta de reservas gasíferas y petrolíferas junto a China. Esta sola declaración, con independencia de la viabilidad del plan, es sintomática. Al mismo tiempo, como Filipinas necesita diversificar sus proveedores de petróleo, importó un cargamento desde Rusia. No menos importante, el gobierno filipino se declaró país «no hostil» a Irán y selló un acuerdo para que sus buques queden excluidos del bloqueo en el Estrecho de Ormuz, todo ello mientras Trump amenazaba con barrer la civilización iraní en una sola noche.
Según un artículo del New York Times (reproducido por La Nación el 21/4), en el mes de marzo se cancelaron 92 mil vuelos a nivel global, el doble que antes del estallido de la guerra, y el mayor impacto se produjo en la región del Asia-Pacífico. El aumento del combustible y la incertidumbre con respecto a su aprovisionamiento llevaron a muchas líneas a recortar rutas. “Las aerolíneas más pequeñas están perdiendo millones de dólares por semana, y las grandes y con mayor capital podrían sobrevivir, pero las lowcost, que compran su combustible al contado, probablemente se achicarán, fusionarán, o desaparecerán”, pronostica la nota.
En el caso de la industria, el mismo artículo advierte que las dificultades en el abastecimiento de poliéster y nailon (derivados del petróleo) provocaron interrupciones en los talleres textiles de Bangladesh, donde se trabaja para WalMart y grandes marcas de indumentaria, como Zara. La escasez de fertilizantes, a su vez, “amenaza los cultivos de arroz en Vietnam”.
Una prolongación de la guerra potenciaría todos estos efectos críticos sobre la economía global.
Líbano, segundo frente de la guerra
Tras el asesinato del ayatollah Ali Khamenei por parte del sionismo y el imperialismo, a fines de febrero, la milicia chiíta libanesa Hezbollah respondió con ataques aéreos contra bases militares israelíes, tratando de vulnerar el sistema antimisiles Domo de Hierro. Desde entonces, Israel retomó sus bombardeos y amplió su ocupación territorial en el sur del Líbano, desplegando nuevas tropas y tanques, y lanzó órdenes de evacuación masiva a la población civil. Los ataques de la aviación sionista se concentraron en los suburbios de Beirut, la capital. El ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, amenazó con transformarlos en Khan Yunis, uno de los territorios destruidos de la Franja de Gaza.
Hezbollah había reemprendido sus lanzamientos aéreos contra Israel después de quince meses de tregua. “La era de la paciencia ha terminado, sin dejarnos más opción que regresar a la resistencia”, señaló uno de sus dirigentes, Mahmud Qmati, según reportó el diario español El País (3/3).
La tregua entre Israel y Hezbollah, en noviembre de 2024, estableció el cese de los lanzamientos aéreos de la organización chiíta contra Israel (iniciados en octubre de 2023, en solidaridad con el pueblo de la Franja de Gaza) y el compromiso de un repliegue de sus miembros al norte del río Litani, a cambio de la detención de los bombardeos masivos israelíes (que dejaron, entonces, más de 3 mil muertos) y el fin de la ocupación israelí en un plazo de 60 días. Israel, por supuesto, no cumplió sus compromisos. Sus tropas permanecieron en el terreno y los ataques contra posiciones de Hezbollah y contra la población civil continuaron, dejando un total de 400 muertos adicionales hasta el estallido de la nueva guerra con Irán.
En el medio, asumió en el Líbano un nuevo gobierno, afín a Estados Unidos y Arabia Saudita. El nuevo presidente, Joseph Aoun (un cristiano maronita que fue también jefe de las fuerzas armadas), prometió el desarme de Hezbollah. Aoun contó con el respaldo de fuerzas sunitas, cristianas y drusas, pero también obtuvo el apoyo parlamentario de Hezbollah y Amal, las formaciones chiítas, que obtuvieron algunos lugares subordinados en el gabinete. Estos dos partidos no respaldaron, en cambio, la designación del nuevo primer ministro, el sunita Nawaf Salam. Hezbollah quedó debilitado tras los ataques de Israel en 2024 y la caída de Bashar Al-Assad en Siria, lo que seguramente pesó en este desenlace político. Conviene recordar aquí que, en función del mecanismo de reparto del poder entre los distintos grupos confesionales, en Líbano la presidencia corresponde a un cristiano, el primer ministro a un sunita, y el titular del parlamento a un chiíta (actualmente, en manos de Amal).
Volviendo al conflicto actual, tras los anuncios de comienzos del mes de abril de un cese al fuego entre Estados Unidos e Irán, Israel redobló sus bombardeos contra Líbano, dejando más de 250 muertos y 1.100 heridos en un único día. Para justificar esta nueva masacre, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sostuvo que Líbano no formaba parte de la tregua pactada. Poco después, Israel y el gobierno del Líbano sellaron una tregua específica, bajo mediación estadounidense. Dicho cese al fuego (actualmente en vigencia, puesto que fue prorrogado el 24 de abril) es, sin embargo, bastante tramposo. Israel mantiene su ocupación en el sur y, según la agencia Reuters, se reservó el derecho a acciones de “autodefensa”, formulación en la que se escudó para emprender nuevas operaciones. Otra trampa es que el acuerdo excluyó a Hezbollah, que es precisamente la organización que se enfrenta militarmente a Israel. La organización libanesa sostuvo en un comunicado que “mantiene el dedo en el gatillo” ante cualquier ataque sionista y cuestionó que Israel no se retire del sur. Tel Aviv, en cambio, presentó un mapa que confirma la anexión de una parte del territorio libanés. Sin esta tregua específica en el Líbano, podía quebrarse la frágil tregua con Irán, ya que Teherán considera todo como un único paquete de negociación.
La Unión Europea, Rusia y China
Los integrantes de la Unión Europea (UE) y el Reino Unido se involucraron en la agresión imperialista y sionista contra Irán a su manera. Es decir, de un modo completamente pérfido.
Los gobiernos europeos trataron de evitar quedar pegados a la guerra incierta lanzada por Estados Unidos e Israel y llamaron a una desescalada. Pero, al mismo tiempo, condenaron a Irán, justificaron los ataques estadounidenses e israelíes y movieron fichas para defender sus propios intereses imperialistas en la zona. El gobierno francés, por ejemplo, envió su portaviones nuclear, Charles de Gaulle, al Mediterráneo Oriental, ordenó reforzar la presencia militar francesa en los Emiratos Arabes y brindó su respaldo a las monarquías reaccionarias de la región (incluyendo Emiratos, Qatar y Kuwait, con los que Francia tiene acuerdos “de defensa”) tras los ataques iraníes contra esos países.
El ministro de Relaciones Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, aseguró que Francia “no se plantea en absoluto entrar en la guerra en Oriente Medio” y abogó por una desescalada, pero lanzó sus dardos contra Teherán: “la única solución para una salida duradera es una revisión completa del régimen actual en Irán”, dijo el ministro. “Irán (debe renunciar) a ser una potencia desestabilizadora y peligrosa”, añadió. Son los mismos argumentos de los que se valió Trump para justificar la guerra.
El canciller alemán, Friedrich Merz, envió una fragata a Chipre (donde hay una fuerte base británica que sirve de apoyo a los bombardeos yanquis contra Irán y fue atacada en marzo con misiles y drones) y justificó las operaciones de la Casa Blanca y Tel Aviv, mientras sus funcionarios abogaban por algún tipo de solución diplomática. “Irán es el centro del terrorismo internacional y este centro debe ser clausurado. Y los estadounidenses y los israelíes lo están haciendo a su manera”, sostuvo.
Giorgia Meloni, la primera ministra italiana, señaló ante el parlamento que la intervención de Estados Unidos e Israel es unilateral y está al margen del derecho internacional, pero su gobierno también fletó una fragata a la zona (la “Federico Martinengo”) y ofreció apoyo a las monarquías del Golfo para reforzar su defensa antiaérea.
El presidente español, Pedro Sánchez, protagonizó un choque con Trump, ya que no permitió el uso de las bases militares de Rota y Morón de la Frontera a las fuerzas norteamericanas para el ataque estadounidense. Sin embargo, también envió su propia fragata al Mediterráneo Oriental para operaciones conjuntas con el portaaviones francés Charles de Gaulle y barcos griegos.
En cuanto al Reino Unido (que ya no pertenece a la UE, pero sí forma parte rectora en la Otan), el gobierno de Keir Starmer habilitó dos de sus bases militares (Fairford en Inglaterra y Diego García en el Indico) para facilitar las operaciones yanquis.
A esto hay que sumar que los países europeos presentes en el Consejo de Seguridad de la ONU (Francia, Reino Unido, Dinamarca y Grecia) apoyaron una resolución impulsada por Bahréin que condena los ataques iraníes contra los países árabes de la región, sin referencia alguna a la agresión israelí y norteamericana contra Irán.
La UE, además, ratificó su acuerdo de asociación con Israel, luego de que algunos Estados (España, Irlanda y Eslovenia) propusieran suspenderlo, debido al genocidio en Gaza. Alemania e Italia fueron los dos Estados que más insistieron en su sostenimiento. Berlín es el segundo proveedor de armas de Tel Aviv.
Por último, la UE condenó el bloqueo iraní de Ormuz y reclamó la normalización de la vía marítima, llegando a plantear la posibilidad de una fuerza multinacional para despejarla. No obstante, evitó plegarse al bloqueo unilateral de Trump, lo cual desató la furia del magnate y abrió un nuevo frente de disputa entre ambas partes, que se suma a la cuestión de Groenlandia, la guerra de Ucrania y los aranceles. Como parte de estas tensiones, se filtró un borrador del Pentágono en que Estados Unidos analiza represalias contra sus socios, como una potencial expulsión de España de la Otan, o un cambio de posición respecto a Malvinas.
En el caso de China, como ya señalábamos, promueve las negociaciones entre Estados Unidos e Irán. Pakistán, que actúa como mediador, es, precisamente, un aliado chino. Si bien a Beijing le conviene, a primera vista, que Trump se extenúe en una guerra contra Irán, en la medida que distrae sus fuerzas, al gobierno chino le preocupa el impacto negativo que la guerra puede tener en la economía global y en su economía doméstica, debido a su dependencia de las importaciones desde Medio Oriente.
Rusia se ha mostrado un poco más cerca de Irán. “Vemos qué valiente y heroicamente el pueblo de Irán lucha por su independencia y soberanía”, planteó el presidente Vladimir Putin, al recibir en Moscú al canciller iraní Abbas Araqchí, el 27 de abril. Pero el Kremlin, sumido en una guerra en Ucrania, tampoco da un respaldo incondicional a Irán. El vocero del Kremlin, Dmitri Peskov, apoyó la tregua y sostuvo que “no merece la pena, en ningún caso, regresar a las acciones militares. Eso no va en interés de nuestro socio, Irán, y tampoco en interés de los países del Golfo ni de la economía mundial”. Putin, a su vez, habló de una paz que responda a los intereses “de todos los pueblos de la región”. Ocurre que Rusia, y lo mismo vale para China, tiene vínculos estrechos con las “petromonarquías” de la región y con Israel.
En resumen, China y Rusia defienden, cada cual, sus propios intereses en la región, y no constituyen, por tanto, un polo revolucionario frente a la ofensiva imperialista-sionista en Medio Oriente. En función de esos mismos cálculos,no ejercieron su poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, posibilitando –con su abstención- la aprobación de la moción de Bahréin que condena los ataques iraníes a sus países vecinos. Un hecho que estuvo precedido por la abstención china y rusa ante la votación del plan colonial de Trump para la Franja de Gaza.
La visita de Milei a Israel
El presidente argentino Javier Milei arribó el domingo 19 de abril a Israel para ratificar su alianza con el Estado israelí. El mandatario participó de un encuentro junto al embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. También se entrevistó con el presidente Isaac Herzog. Durante su gira, Milei ratificó su apoyo a la guerra imperialista-sionista contra Irán.
Además, la gira incluyó los siguientes anuncios: un nuevo convenio “contra el terrorismo”, que reforzará la persecución contra los críticos del gobierno e Israel; la promesa de trasladar la embajada argentina a Jerusalén “apenas las condiciones lo permitan”; el establecimiento de un vuelo directo Buenos Aires-Tel Aviv, a cargo de la aerolínea estatal israelí El Al; créditos por 150 millones de dólares “para apoyar a las empresas israelíes que operan en Argentina” (textual del canciller Pablo Quirno); y un memorándum en Inteligencia Artificial. Con respecto a este último punto, Milei se reunió algunos días más tarde en Buenos Aires con Peter Thiel, el titular de Palantir Technologies, una firma de vigilancia-financiada por la CIA en sus orígenes- que actúa al servicio del ICE (la policía antimigratoria yanqui) y del genocidio de Israel en Gaza.
Milei volvió a insistir con los “Acuerdos de Isaac”, una línea de alianza con Israel para Latinoamérica que copia el modelo de los “Acuerdos de Abraham”, por medio de los cuales algunos Estados árabes (Marruecos, Emiratos y Bahréin) normalizaron vínculos con el Estado sionista.
Mientras el gobierno planteaba su alineamiento estratégico con Estados Unidos e Israel, una pequeña fracción de diputados de Unión por la Patria presentó un proyecto que rechaza las declaraciones de Milei y postula la “neutralidad” de Argentina frente a la guerra, a diferencia del que presentó el Frente de Izquierda, que impugna el apoyo del gobierno de Milei a los ataques de Trump y Netanyahu contra Irán y el Líbano y repudia la ofensiva imperialista contra esos países. La mayoría kirchnero-peronista, en tanto, se calla la boca ante el genocidio en curso contra los palestinos y los bombardeos imperialistas-sionistas. Ante la agresión imperialista de una nación oprimida, no corresponde un planteo de “neutralidad”, sino de condena del imperialismo. El proyecto del grupo peronista plantea, además, que el país “no reconoce enemigos en ninguno de los bandos enfrentados”. Sin embargo, los responsables del genocidio en Gaza y quienes amenazan con “aniquilar una civilización entera” en una noche, deben ser considerados como enemigos de los pueblos del mundo.
La movilización internacional
Aunque con menor intensidad que el movimiento global de movilizaciones contra el genocidio en Palestina, la agresión contra Irán y Líbano también desató movilizaciones populares (salvo en los Estados Unidos, donde -como ya señalamos más arriba- ocho millones marcharon contra Trump y sus intervenciones imperialistas y se preparan nuevas jornadas de movilización para el 1° de mayo). En los primeros días posteriores al inicio de la guerra, hubo movilizaciones y concentraciones de repudio en distintos lugares del mundo. El punto más álgido fue Pakistán, donde la represión contra las protestas dejó más de una veintena de muertos. Pero las manifestaciones se extendieron también a países de Medio Oriente, la India y Europa. En Argentina, el Frente de Izquierda – Unidad (FIT-U) desarrolló el martes 17 de marzo un acto frente a la Cancillería argentina para repudiar la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán y el alineamiento del gobierno de Javier Milei con el imperialismo y el sionismo. El Comité Argentino de Solidaridad con el Pueblo Palestino se movilizó el sábado 11 de abril a Plaza de Mayo. Asimismo, expresó su apoyo a la flotilla global Sumud, que zarpó el 12 de abril, desde Barcelona, para llevar su solidaridad a Gaza. Doce argentinos integran dicha flotilla, entre ellos referentes del Frente de Izquierda, como Pablo Giachello, diputado bonaerense electo del Partido Obrero-Frente de Izquierda. Y el próximo 1° de Mayo, en el acto central convocado por tres partidos del Frente de Izquierda, en Plaza de Mayo, frente al poder político, una de las consignas centrales será la de la derrota de los ataques sionistas-imperialistas contra Irán, Líbano y Gaza.
Medio Oriente socialista
La cuestión del genocidio del pueblo palestino se conecta con la guerra en Irán. En ambos casos, el imperialismo y el sionismo apuestan a rediseñar el Medio Oriente según sus intereses.
En el caso de Gaza, Israel mató a más de 500 palestinos desde la entrada en vigor del tramposo cese al fuego de octubre de 2025, y mantiene ocupado el 54% del territorio. Sigue en pie, además, el bloqueo al ingreso de productos básicos al territorio costero. A la par, aumentan los ataques de las bandas de colonos armados y los asentamientos en Cisjordania. El parlamento israelí aprobó por mayoría, a fines de marzo, un proyecto de ley sobre pena de muerte dirigido específicamente contra los palestinos. La norma castiga con la pena capital «a quien intencionadamente o por indiferencia cause la muerte de un ciudadano israelí (…) con la intención de dañar al Estado de Israel y el renacimiento del pueblo judío en su patria». En función de los planes de un Gran Israel, el Estado sionista atacó, en poco más de dos años, siete territorios: Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano, Yemen, Irán y Qatar. Para silenciar los pronunciamientos y movilizaciones internacionales contra esta orientación criminal, el sionismo equipara, falazmente, cualquier crítica al Estado de Israel con el antisemitismo. En la Argentina, nuestra compañera dirigente y legisladora, Vanina Biasi, está siendo llevada a juicio, acusada de antisemitismo, por oponerse públicamente a las masacres sionistas en Medio Oriente.
Derrota de la guerra imperialista-sionista contra Irán y Líbano. Ruptura de relaciones con Israel. No a la persecución. Antisionismo no es antisemitismo. Basta de persecución contra Vanina Biasi y todos los luchadores antisionistas y que defienden la causa del pueblo palestino. Por el derecho al retorno de los palestinos. Por una Palestina única, laica y socialista. Por una federación socialista de pueblos de Medio Oriente.