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La mano de tijera viene muy pesada

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13/3/2026

A 50 años del golpe militar del 24 de marzo de 1976

La mano de tijera viene muy pesada

La dictadura y su guerra contra la cultura escrita

Era el 30 de agosto de 1980, en la localidad de Sarandí, partido de Avellaneda, cuando a un baldío perdido entre Larralde y Ferré comenzaron a llegar camiones. En pocos minutos comenzó a formarse una pila de libros desperdigados por el suelo; algunos dicen que llegaron a ese lugar más de 1.500.000 de libros y revistas. Los libros y revistas llegaban del depósito del Centro Editor de América Latina (CEAL), que había sido acusado de distribuir material subversivo. Ese 30 de agosto de 1980 los camiones descargaron montañas de libros, los policías los incendiaron, mientras el editor Boris Spivacow, debía mirar cómo ardía su catálogo. La quema fue 60 veces mayor que la realizada por los nazis en 1933. (https://apjgas.org.ar/efemerides-26-de-junio-quema-de-libros-en-la-dictadura-militar/?utm_source=chatgpt.com)

Este es, quizá, el episodio más ilustrativo de la destrucción, persecución y censura organizada contra la industria editorial de la última dictadura militar. Pero hay otros episodios documentados. En abril de 1976, en el Tercer Cuerpo del Ejército en Córdoba, miles de libros fueron apilados y quemados por orden del general Luciano Benjamín Menéndez. En otro caso, en la escuela Manuel Belgrano, un interventor militar seleccionó libros de Marx, Engels y otros autores y los quemó en el patio frente a los estudiantes; la quema delante de alumnos como acto pedagógico de terror.

Era común que en los allanamientos durante la dictadura se revisaran las bibliotecas y se realizara un riguroso inventario de libros; títulos, autores, editoriales, todo lo que permita detectar unx subersivx. Muchas familias para evitar ser acusadas enterraban los libros en sus patios, cuidadosamente resguardados en latas, cajones o materiales que permitan protegerlos de la humedad, agujereaban paredes para ocultarlos en su interior, arrancaban las tapas y datos de autor; todo para intentar preservar una pieza de su identidad de la destrucción del aparato represivo.

Entre los libros censurados estuvieron obras literarias, ensayos políticos y textos infantiles; Haroldo Conti – “Mascaró, el cazador americano” (prohibido; el autor fue desaparecido), Griselda Gambaro – “Ganarse la muerte”, Manuel Puig – “El beso de la mujer araña”. También se prohibieron libros infantiles; “Un elefante ocupa mucho espacio” – Elsa Bornemann, “La torre de cubos” – Laura Devetach, “El pueblo que no quería ser gris” – Doumerc y Barnes. Muchos de estos cuentos fueron prohibidos porque promovían ideas como la solidaridad o la rebeldía frente a la autoridad. Y ni hace falta mencionar libros eróticos o material exploratorio de la sexualidad.

Fuente: Archivo Nacional de la Memoria – Fondo Colección “Banade”.

De esto se deprende que los militares no despreciaban ni subordinaban la lucha en el terreno cultural. Testimonio de esto es el famoso “Informe Especial Nº 10”, un documento interno elaborado por el Estado Mayor General del Ejército argentino, en octubre de 1977. Es muy importante para entender la política cultural de la dictadura porque allí los militares explicaban explícitamente cómo debía organizarse la “lucha ideológica” en el “campo cultural”. Es decir: al igual que existía una estrategia y un aparato organizado para detener, torturar y asesinar a la vanguardia obrera, también había una estrategia destinada a someter a la clase obrera en el terreno cultural. La dictadura militar contaba con intelectuales, profesionales, estudiosos, que realizaban informes particulares de libros, revistas y editoriales que iban a parar a la Dirección General de Publicaciones; donde había una evaluación política, y luego venía la censura. Todo organizado y planificado en un riguroso esquema de persecución política.

Antonio Vaquero fue el segundo al mando del Estado Mayor en 1977. Esta carta se la envío al ministro de Interior manifestando la necesidad de avanzar en un esquema que permita eliminar “la subversión” en el ámbito cultural. Fuente: Un golpe a los libros, Hernán Invernizzi y Judith Gociol.

Esta política de censura y represión tuvo su correlato en la Industria Editorial. La industria editorial en la Argentina hasta 1970 era absolutamente pujante; autores, editoriales, imprentas, boom exportador, best Sellers. La circulación del libro y la lectura entre la juventud y la clase obrera florecía a la par de nuevos autores, editoriales y temáticas. Este esplendor fue foco de la última dictadura para desactivarlo, la Sociedad Argentina de Escritores en una carta a Videla explicita que la Industria Editorial cuenta con una escasa participación de autores argentinos (autocensura, ostracismo); desnacionalización de empresas, descenso de tiradas, pérdidas, altos costos, cierre de librerías, etc.

Así, militantes, trabajadores, editores, escritores, estudiantes, sabían que la dictadura quería quitarles todo: hasta la imaginación y la lectura. Quedaba en sus manos desarrollar las más variadas estrategias para sobreponerse a este escenario. Y eso hicieron.

Y, sin embargo, el sol 

La resistencia cultural en torno al libro durante la dictadura (1976-1983) fue muy amplia y diversa. Incluyó editoriales que siguieron publicando, escritores que difundían textos clandestinamente y redes militantes que sostenían la circulación de materiales prohibidos. Trabajadores gráficos ponían las máquinas a funcionar de noche, haciendo tiradas pequeñas de materiales políticos y sindicales, la tradición del movimiento obrero gráfico fue fundamental para superar esta situación. Varias editoriales continuaron publicando pese a la represión; la ya mencionada CEAL, Punto de Vista (1978), Ediciones Corregidor, Ediciones La Flor de Daniel Divinsky; el famoso editor de Quino y Fontanarrosa. Él y su pareja, Kuki Miller, fueron detenidos por la publicación de Cinco Dedos, un libro infantil que contaba que muchos niños se unían en un puño rojo para luchar contra el mal, una gran campaña internacional logró liberarlos tiempo después.

Para la militancia obrera, que tenía como uno de sus pilares fundamentales para su actividad política la palabra escrita, el periódico, los volantes, la difusión de estos materiales, si bien se vio diseminada, no dejó de existir. Política Obrera (organización antecesora al Partido Obrero) circulaba el periódico y documentos internos cortados en pedacitos, en zapatillas o tubos de dentífrico; acercaban a las puertas de fábricas con los volantes en bolsas de consorcio para pasar disimulados y así garantizar la difusión de sus posiciones.

También editorialmente, Política Obrera hizo una amplia actividad, publicando ediciones que circulaban clandestinamente. Así, por ejemplo, publico en 1979, en la fecha del aniversario de la revolución rusa, una edición clandestina de “El Programa de Transición” de León Trotsky. El libro llevaba una portada ‘falsa’ (“El Mundo de la Posguerra” de John W. Humble, de la Colección Siglo XX de la Editorial Minotauro) y varias páginas falsas para engañar al posible censor/represor. Así recién en la página 8, aparecía una pequeña nota que decía:

“El 7 de noviembre se ha cumplido el centésimo aniversario del nacimiento de León Trotsky. Nuestro mejor homenaje es publicar para la juventud y la vanguardia obrera argentina y latinoamericana, una nueva edición de la “Agonía Mortal del Capitalismo y las tareas de la IV Internacional”, más conocido como el Programa de Transición de la IV Internacional. Este es el documento fundamental adoptado en el congreso de fundación de la IV Internacional en 1938. Al publicar esta nueva edición en las actuales circunstancias por las que atraviesa la Argentina no hacemos un homenaje simbólico a León Trotsky. Es que nosotros reivindicamos plenamente la vigencia de este programa, como la base fundamental para reconstruir una IV Internacional revolucionaria y secciones nacionales revolucionarias de la misma. Llamamos a los trabajadores que luchan hoy contra la dictadura videlista a estudiar y discutir este excepcional documento programático y a sumarse a nuestras filas para volcar sus enseñanzas en la lucha de clases de nuestro país. Ediciones Política Obrera – 7/11/79”.

Y ahí empezaba (en página impar) el texto: “LAS PREMISAS OBJETIVAS DE LA REVOLUCION SOCIALISTA”…..

Pero el PO no solo enfrento la censura con textos políticos marxistas prohibidos. Publico también best sellers internacionales. Como el libro del periodista judío Jacobo Timerman, detenido y torturado por la dictadura videliana, que escribió luego de su liberación. En “Preso Sin Nombre, Celda Sin Número, Timerman cuenta la saña especial de los represores en una cárcel clandestina de la dictadura, por su condición de judío. Este también fue impreso, en español, con una tapa falsa y sus ejemplares circularon de mano en mano entre el activismo que luchaba por las libertades democráticas y la aparición con vida de los “detenidos-desaparecidos”.

ANCLA de Rodolfo Walsh fue fundada 1976 como agencia de noticia clandestina y logró difundir por más de 200 cables lo que sucedía con las desapariciones, detenciones y los centros clandestinos.“Haga circular esta información”, decía Walsh, desafiando la censura, el aislamiento y la represión. En marzo de 1977 Walsh es asesinado por un grupo de tareas de la ESMA, hoy su cuerpo permanece desaparecido.

La Imprenta del Pueblo Roberto Matthews fue donde los militantes del PRT-ERP imprimían Estrella Roja (del ERP) y El combatiente (del PRT). La imprenta funcionó a 10 metros bajo tierra en una casa de Córdoba de 1974 a 1976 cuando fue desbaratada en un allanamiento y a partir de ahí convertida en un centro de detención y tortura que funcionó hasta 1979. Las personas que caían a este lugar eran torturadas en un cuarto muy húmedo de no más de 3 metros por 2, y luego eran trasladados a La Perla o a Campo de la Ribera. Hoy es un espacio de memoria.

La historia de los libros enterrados, de las imprentas y agencias clandestinas, de los periódicos que circulaban de mano en mano demuestra algo simple: incluso bajo las condiciones más brutales de represión, la palabra escrita siguió siendo una herramienta de organización y lucha. Defender hoy las libertades democráticas es también defender esa tradición de combate cultural contra toda forma de censura y persecución política.

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