Argentina en 1890
La crisis del 90 se configuró como la primera netamente capitalista del país, en el marco de una crisis mundial, agravada por la deuda externa y la corrupción. Sumado a las disputas internas entre diferentes bandos burgueses (resistencia bonaerense) que se venían arrastrando en las dos últimas décadas, dieron lugar a la “Revolución del Parque” en julio de 1890. Una revolución oligarca, pero traicionada para que no pueda lograr sus objetivos declarados. Como una respuesta insuficiente a esta “tradición” surgió la Unión Cívica Radical y algún tiempo después, el Partido Obrero Socialista. Este último, no como una respuesta de la burguesía desplazada, sino como una expresión política de la maduración y crecimiento sindical y político de la clase obrera.
La debacle financiera del ’90 se produjo al cabo de una década de enorme expansión económica. Con la “conquista del desierto”, Roca extendió en gran escala la frontera agropecuaria y su gobierno unificó geográficamente al país. En 1880 existió el último episodio de la guerra civil, donde ciertos sectores bonaerenses quisieron mantener sus históricos privilegios (aduana y puerto) y el fuerte ejército nacional, dirigido por Roca, los derrotó. La camarilla triunfante federaliza Buenos Aires y constituye un estado nacional dirigido por el “Unicato” una dictadura del ejecutivo nacional que tenía detrás a la nueva burguesía nacional. Pero un sector importante de la burguesía bonaerense, desplazado por la camarilla de Roca y Juárez, se agrupó en la política de resistencia (Financiera y Estructural), dando el último grito en la antigua disputa por la hegemonía del estado nacional y uno de los factores que llevaron a la crisis del 90.
El abaratamiento del transporte marítimo y la generalización del uso del ferrocarril, pero fundamentalmente la invención del congelado en la industria frigorífica, transformaron a la Argentina en un gran abastecedor de alimentos de Gran Bretaña (modelo agroexportador). En pocos años, el precio de los campos de Buenos Aires trepó un 1000%. La especulación se convirtió en el negocio del momento, especialmente para el grupo que controlaba desde el Estado la comercialización de las enormes extensiones de tierra fiscal. La Argentina pasó bruscamente a convertirse en el principal campo de inversión externa del capital británico. En los años anteriores a la crisis, el país fue receptor del 40-50% de las exportaciones de capital inglés. “El grueso de esa suma se canalizó hacía la adquisición de acciones de las compañías ferroviarias, que rivalizaban por liderar la explotación de la red en construcción. En menor medida, la inversión británica participó de la especulación de tierras y en la creación de empresas de servicios. Todo el proceso se financió con créditos otorgados por la banca a gobiernos provinciales, que a su vez redistribuyeron y asignaron los fondos” (Prensa Obrera 1986).
El ingreso masivo de capitales a un país que recién había unificado el signo monetario en 1881, desató un verdadero descalabro. Con la emisión descontrolada, hacían su negocio los especuladores de tierra, los gestores de créditos externos y el conjunto de la oligarquía, que cobraba sus ventas en oro y pagaba sus compras y consumos en el país con papeles desvalorizados. En el ’89, se cortó este ciclo especulativo, el precio internacional del cereal cayó, se produjo una caída de la recaudación de impuestos y el oro en existencia no alcanzó para pagar la deuda externa.
La crisis desató un choque muy agudo entre la oligarquía y la banca inglesa. El plan de cobro propuesto por la Baring pasaba por aumentar y focalizar los gravámenes que pagaban los terratenientes y por el derecho de los acreedores de apoderarse de la tierra pública. Por ese camino, los ingleses se hubieran convertido en el principal y único grupo capitalista de importancia del país. La oligarquía resistió esta alternativa. La burguesía bonaerense había lucrado con el endeudamiento (al igual que las otras elites provinciales) porque fue el mecanismo que financió la valorización de sus tierras, y había aceptado la penetración británica en los sectores claves de la economía. Pero reaccionó defensivamente frente a la venta del primer ferrocarril nacional (Oeste) que pertenecía a la provincia de Buenos Aires, a los ingleses. Y cuando peligro su propiedad de la tierra se levantó en armas. Aunque pactando rápidamente una salida con sectores del régimen contra el cual se levantaron. Esta actitud tan “combativa” se debió a que la propiedad de la tierra era la fuente de su poder y beneficios. Por su origen, el levantamiento del ’90 representa un movimiento de resistencia al capital extranjero, promovido y dirigido por la oligarquía. Y apoyado sobre todo por la pequeña burguesía urbana porteña. Un sector compuesto de comerciantes, abogados, médicos y empleados (públicos y privados).
El enfrentamiento entre los endeudadores y la plata dulce del Unicato
El vertiginoso endeudamiento al capital financiero internacional no beneficiaba de la misma forma a toda la clase dominante argentina, sino, principalmente a la oligarquía gestora que actuaba como intermediaria del estado y la banca internacional. Esta oligarquía gestora se relacionaba con sectores terratenientes y comerciantes de la Pampa Húmeda (también del litoral y territorios periféricos) que impulsaba el desarrollo del modelo agroexportador. Los mismos para la década del 1880 estaban divididos en dos bandos: La camarilla vinculada al Unicato nacional, compuesto de un sector privilegiado de la oligarquía bonaerense, la burguesía cordobesa, tucumana y otros sectores subsidiarios del “interior” empobrecido y el sector autonomista bonaerense reorganizado en base a la “Resistencia” (económica y estructural) que libro “Dardo Rocha y sus secuaces», durante toda esa década. Además muchos miembros de esta burguesía participaron en la creación de bancos y sociedades de crédito que se apalancaron con el flujo de capital externo para realizar especulaciones inmobiliarias y financieras.
El Banco de la Provincia de Buenos Aires encabezó la resistencia financiera. Esta entidad se convirtió en una especie de arma de la burguesía porteña por su capacidad de emisión de moneda y de crédito, compitiendo directamente con el Banco Nacional. “La provincia buscaba mantener su autonomía financiera frente a la creciente centralización del Estado nacional, utilizando el crédito para sostener el poder de los terratenientes bonaerenses” (Oslak, Oscar. Estado, orden y progreso. 1982). La burguesía porteña fomento un endeudamiento masivo para financiar estas obras de infraestructura provincial (ferrocarriles y edificios públicos en La Plata). Apostaron a que si la provincia era económicamente más fuerte que la Nación, recuperarían el control político. Sin embargo, esto generó una burbuja especulativa que se les fue de las manos y produjo una deuda impagable.
La creación de la ciudad de La Plata está relacionada con la resistencia de infraestructura. El objetivo no era fundar solo la nueva capital de la provincia de Buenos Aires, después de la federalización a los tiros de la capital anterior, sino competir creando un nuevo centro político y económico. La nueva ciudad construida en tiempo récord, no solo constaba de majestuosos palacios gubernamentales sino también tenía un puerto en Ensenada, para no depender del de Buenos Aires. Intentando de esta forma desviar el flujo de riquezas a su nueva sede. La derrota de 1880 no significó la claudicación de la burguesía porteña, sino su repliegue hacia el control de los recursos provinciales, intentando mediante la fundación de La Plata y la expansión del sistema bancario provincial, disputar la hegemonía que el Estado Nacional comenzaba a consolidar. La Revolución del Parque de 1890 fue, en parte, el estallido de esa resistencia financiera que se volvió insostenible.
La Plata fracasó en su competencia con Buenos Aires por varios motivos. El aislamiento de la red ferroviaria: la inmensa mayoría de la red ferroviaria llegaba a Buenos Aires y era muy costoso construir todo de nuevo hacia La Plata. A pesar de contar con un puerto de aguas profundas técnicamente superior a los existentes en Buenos Aires solo llegaba al mismo un ramal de la línea del ferrocarril del sur. Otro motivo del fracaso fue la centralización en Buenos Aires del poder político y aduanero. La Plata solo dependía del endeudamiento externo que colapsó en 1890 y no volvió hasta 1897. Quizás el motivo más importante de este fracaso fue que Buenos Aires era el nudo consolidado de operaciones comerciales e inmigratorias desde el Virreinato. Para la burguesía y las empresas extranjeras, era más eficiente seguir operando en el puerto tradicional, que trasladar toda su infraestructura a una ciudad nueva, que carecía de la densidad de servicios y contactos de la capital. En resumen: La Plata fracasó en poder competir con Buenos Aires en el control económico del país pero triunfó en convertirse en un centro administrativo y cultural de la provincia de Buenos Aires.
El Estado argentino y el bonaerense, mediante el endeudamiento externo, transfirieron recursos que valorizaron -sobre todo los activos territoriales y comerciales de la burguesía porteña- consolidando su hegemonía, a pesar de la derrota de los sectores porteños en la revolución de 1880 y de la victoria de los supuestos nacionales. Ante la crisis de 1890, este mismo sector, liderado por el mitrismo, repudió el desorden financiero del juarismo tras haberse beneficiado de él, buscando retomar el control político. El crédito externo se destinó a obras que aumentaban el valor de la tierra y facilitaban la exportación (ferrocarriles, puertos y canales), beneficiando directamente a los dueños de grandes extensiones. En esta década se culminó la “conquista del desierto”, que fue posible a partir de los créditos que adquirió el estado nacional. Incorporando millones de hectáreas que fueron repartidas entre miembros de la élite, consolidando su poder económico y social. Por estos años también el ferrocarril llegó a las capitales de casi todas las provincias y se inauguró la primera parte de Puerto Madero.
El endeudamiento permitió que el Estado asumiera los costos de la modernización necesaria para los negocios privados de esta clase, transfiriendo el riesgo y el pago de la deuda al conjunto de la sociedad a través de impuestos indirectos (consumo). El capital financiero internacional, por su parte, no se preocupaba por la seguridad de sus inversiones, lo importante era endeudar al país y después vería la forma de hacerlo pagar con creces la deuda e intereses. Hasta la prensa inglesa admitía que la crisis Argentina se relacionaba, en gran parte, a la política de la Baring de “hacer llover” capitales sobre la administración de Juárez. Y por supuesto los “doctores argentinos” fueron rápidos en valerse de las nuevas oportunidades tan “tentadoramente ofrecidas”.
De la crisis económica a la crisis política
El gobierno de Juárez Celman permitió que los bancos emitieron moneda nacional si compraban bonos del Tesoro con oro, «Ley de Bancos Garantidos» (1887). La Provincia de Buenos Aires, a través del Banco Provincia y el Banco Hipotecario Provincial, para seguir garantizando el crédito a la burguesía bonaerense, salieron a endeudarse al exterior para conseguir el oro necesario para seguir emitiendo. Cuando el precio del oro subió y los créditos externos se cortaron en 1890, los bancos provinciales quedaron sin liquidez. La construcción de esta nueva ciudad capital y su puerto, se financió con Cédulas Hipotecarias (bonos) que inundaron el mercado. En 1890, estas cédulas perdieron casi todo su valor (cotizando al 10-15% de su valor nominal), dejando a la provincia en bancarrota técnica. En 1889-90 se inaugura el primer tramo del Puerto Madero, esta nueva infraestructura portuaria dividió a la burguesía porteña que volvió al puerto de la capital nacional y le dio otro golpe importante al puerto platense.
La Revolución de 1890 no fue solo una crisis económica, sino el colapso del diseño institucional de 1880. El “zorro” Roca primero y luego “el burrito cordobés” Juárez Celman, intentaron resolver la resistencia bonaerense mediante el «Unicato»: la concentración total del poder político en el Presidente, anulando las autonomías provinciales. En este contexto se comienza a apreciar un cambio en el carácter de la lucha, pasó de Buenos Aires contra el estado nacional, a desplazados contra el acotado círculo presidencial. «El Unicato representó el intento de homogeneizar el control político, pero al hacerlo, terminó por amalgamar a todas las oposiciones: los autonomistas desplazados, los mitristas y la juventud porteña». La Revolución de 1890 y la intervención de la burguesía bonaerense marcan un punto de inflexión donde la crisis económica se transforma en una crisis de legitimidad política. «La crisis era vista no solo como un desajuste de las finanzas públicas, sino como una ‘corrupción del organismo político’ que requería una cirugía urgente» (Eduardo Zimmermann, El federalismo en crisis). La crisis económica pegó tan fuerte porque existía una fuerte crisis institucional. La burguesía bonaerense percibía que el «burrito cordobés» había roto el equilibrio del federalismo al subordinar a todas las provincias y a los intereses de Buenos Aires a su voluntad personal.
Con la suspensión de la convertibilidad en 1885 el precio del oro comenzó a subir y comenzó a desvalorizarse el papel moneda. En el 87, aumentó la inflación y en el 89, el Banco Nacional se quedó sin reservas. Argentina dependía del ingreso de oro por exportaciones, esto le permitía pagar su endeudamiento descontrolado. En 1889, una combinación de malas cosechas y caída de precios internacionales redujo la entrada de divisas. La burguesía porteña vivía pidiendo créditos al Banco de la Provincia. Estos créditos se daban en «Cédulas» (bonos), estas células también se desvalorizaban como el papel moneda. Hubo una sobreoferta masiva de estas cédulas en las Bolsas de Europa, después que los accionistas ingleses comenzaron a percibir su alto nivel de riesgo. En 1889, los inversores extranjeros dejaron de comprarlas. El precio de las cédulas se desplomó. Los propietarios de tierras en Buenos Aires vieron cómo su riqueza «en papel» se evaporaba, mientras sus deudas en oro crecían.
El gobierno nacional intentó vender las acciones del Ferrocarril Oeste (propiedad de la Provincia de Buenos Aires) para conseguir oro. La burguesía porteña lo tomó como un ataque directo a su patrimonio provincial. Esto unió a los mitristas con los jóvenes radicales. “La banca exigía la garantía estatal de todos los pasivos, el control inglés de la aduana, el drástico aumento de los impuestos, el remate de ciertos terrenos fiscales y un reajuste de la política monetaria argentina bajo la supervisión británica. La perspectiva de un acuerdo de este tipo precipitó el caos económico” (A 130 años: qué fue la Revolución del Parque de 1890, publicado originalmente en Prensa Obrera N°147). Frente a la incapacidad de pago del Estado Argentino “De pronto en Europa resonaron voces que pedían la intervención directa de las grandes potencias sobre el estado argentino para controlar sus finanzas y garantizar el pago” (Pigna, Milciades, Alberdi, Sarmiento y el 90).
Existían dos ejemplos, muy recientes en esa época, de las políticas que te podría implementar el imperialismo con la Argentina: Turquía y Egipto. En ese territorio gobernaba el gran estado islámico otomano, que se encontraba en crisis después de más de 500 años de existencia e instituciones inmutables. En Turquía la incapacidad de pago en 1881 provocó la intervención del estado turco (que gobernaba el imperio otomano decadente) por parte de los ingleses. Egipto era una provincia del Imperio Otomano, con cierto grado de autonomía que le permitió llevar adelante su propio endeudamiento para construir el canal de Suez. Inglaterra, cuando Egipto en 1882 no pudo pagar su deuda, no solo intervino el gobierno de la provincia africana, sino que ocupó el canal para resarcirse de inmediato de las deudas y sus intereses. En Argentina, estas intenciones solo quedaron en palabras, y en buena medida esto se debió a la agresiva presencia de Alemania, que en caso de intervención hubiera tomado la delantera en perjuicio de Inglaterra. Alemania y Gran Bretaña ya estaban en pugna imperialista por el dominio de los mercados y las colonias (que va a terminar en la conflagración de la primera guerra mundial en 1914). Pero, quizás, el factor más importante que detuvo todo intento de intervención armada no fue el peligro alemán, sino la insurrección de la oligarquía bonaerense. El año 1889 no solo fue el año de la profundización de la bancarrota, también irrumpió una nueva conformación burguesa oligárquica.
De los Autonomistas intransigentes a la Unión Cívica
El Partido Republicano nació en 1877 como una ruptura del Partido Autonomista cuando su líder, Adolfo Alsina, pactó una «conciliación» con el general Bartolomé Mitre. Este acuerdo fue promovido por el presidente Avellaneda (1874-1880) con el objetivo de pacificar el país después de la insurrección mitrista en 1874. El punto culmine del acuerdo era que Alsina sería el sucesor de Avellaneda, de esta forma el “linaje porteño” volvería al poder central, otorgándole una parte del mismo al mitrismo. Leandro N. Alem y Aristóbulo Del Valle rechazaron este acuerdo por considerarlo una entrega de principios y fundaron el Partido Republicano para defender la “pureza del sufragio”. Este partido duró poco, tras la muerte de Adolfo Alsina en ese mismo año y el ascenso de Julio Argentino Roca, los “Republicanos” volvieron al Autonomismo porteño para apoyar al intransigente Autonomista porteño Tejedor. Mitre al ver frustrado sus intentos acuerdistas volvió al terreno del levantamiento, en esta oportunidad con los intransigentes autonomistas (“Crudos”) a los que se había opuesto como presidente, pero cuando se trataba de retomar el poder, Mitre y su camarilla adoptaban la forma de un camaleón. Aunque el Partido Republicano duró apenas un año, sentó las bases ideológicas de la intransigencia y la organización que más tarde Alem aplicaría al fundar la Unión Cívica en 1890.
La derrota del autonomismo porteño, en la revolución de 1880, provocó que los líderes del levantamiento se dedicaran a otras actividades por unos años. Por ejemplo Carlos Tejedor se retiró de la vida política pública, dedicándose a la abogacía y a escribir su versión histórica («La defensa de Buenos Aires»). Años más tarde, reapareció fugazmente en la Unión Cívica Radical. Leandro N. Alem también se retiró de la política institucional («el llano») y se dedicó a su estudio de abogado, convirtiéndose en el símbolo de la “resistencia ética” que explotaría en 1889. Don Bartolomé Mitre renunció a su banca nacional y se dedicó a consolidar su influencia a través de la resistencia cultural y mediática desde su diario La Nación, esperando el momento oportuno para volver al ruedo. Dardo Rocha, del Autonomismo moderado, era opositor a Tejedor, por este motivo fue puesto como gobernador de la provincia bonaerense por Roca después de derrotar el levantamiento. La alianza con Roca se fue resquebrajando con los años, sobre todo a partir de la fundación de La Plata, a la que Julio Argentino no asistió. La ruptura total se dio con la elección de Juárez Celman como sucesor presidencial. Roca en una carta a Juárez Celman, le escribió: “Rocha solo piensa en gobernar la República. Tiene la manía de todos los gobernadores de Buenos Aires que no se resignan a su rol de gobernador de una provincia».
Después del fracaso de Rocha de llegar a la presidencia, vetado sistemáticamente por el “Zorro”, se fundó por segunda vez el Partido Republicano en 1887. Entre sus dirigentes más importantes estaban Roque Sáenz Peña, Aristóbulo del Valle y Leandro N. Alem. En este momento el aspecto más importante ya no era el autonomismo intransigente sino la reforma democrática del régimen. Para el historiador Natalio Botana en su obra “El orden conservador” (1880-1916), el viraje del programa autonomista hacia planteamientos democráticos no fue una concesión altruista, sino una estrategia de supervivencia y legitimación de la propia élite frente a un sistema que se agotaba. Oslak en su obra “La formación del estado Argentino” también opina que no es una simple evolución democrática sino una forma de consolidar la autoridad del estado. Con el objetivo de llevar adelante un sistema donde se puedan digerir las disputas de las elites, sin llegar a la revolución y un intento temprano de incorporar a las masas a los partidos burgueses. Mientras tanto el liberal conservador Juárez Celman opinaba “no creo en el sufragio universal, el pueblo solo tiene opiniones turbias”.
El heredero político del II Partildo Republicano fue “La Unión Cívica” que comenzó como la “Unión Cívica de la Juventud», el 20 de agosto de 1889 donde se realizó una asamblea multitudinaria impulsada por un sector de la juventud de la élite. Surgió como una reacción de jóvenes universitarios y profesionales contra el Unicato y la crisis económica que amenazaba con hacer quebrar a la burguesía porteña. El 1 de septiembre de 1889 se realizó el acto de fundación oficial en Buenos Aires. Donde se congregaron 90.000 personas, una verdadera multitud. El 13 de abril de 1890, se realizó el masivo Mitin del Frontón , se decidió cambiar el nombre de la agrupación y se le denominó la Unión Cívica, con el objetivo de representar a todas las edades.
Leandro N. Alem, ese 13 de abril en un encendido discurso planteó: «No hay, no puede haber buenas finanzas, donde no hay buena política. Buena política quiere decir respeto a los derechos; buena política quiere decir aplicación recta y correcta de las rentas públicas ¿Quiénes son estos economistas? muy sabios para enriquecerse en la economía privada, pero han llevado las finanzas públicas a una situación desastrosa». La flamante Unión Ciudadana era una especie de bolsa de gatos que tendería a volar por los aires rápidamente. Otro importante dirigente era Don Bartolomé Mitre, que con 69 años había vuelto a la escena política. El ex presidente y dueño del diario “La Nación”, aparte de masacrar a las montoneras del interior y al Paraguay, fue uno de los creadores del fraude y del régimen que después usufructuaron Roca y Juárez. El problema es que posteriormente a su presidencia fue desplazado. El fraude era una herramienta estructural del sistema de notables al que Mitre pertenecía. En este sentido era notoria la contradicción del “demócrata” Alem, mientras hablaba de sufragio universal estaba en un frente con un maestro del fraude.
Esta heterogeneidad le permitió nuclear a mucha gente disconforme pero también fue su debilidad fatal. Por ejemplo, mientras Alem preparaba una rebelión armada, don Bartolomé Mitre ya estaba negociando (nuevamente) en las sombras con el general Roca para encontrar una salida política que no destruyera el orden conservador y le permitiera a él mismo la vuelta al poder. En la misma revolución como veremos a continuación los “traidores acuerdistas” se aseguraron que las cosas no progresaran demasiado. También la Unión Cívica se rompe en 1891 (dividiéndose en la UC Radical y la UC Nacional) precisamente porque esa «bolsa de gatos» no pudo sostenerse una vez que el enemigo común (Juárez Celman) se fue del gobierno, después de derrotar militarmente a la insurrección. La Unión Cívica nació con la semilla de su propia división debido a las agendas ocultas de sus líderes.
Las agendas ocultas del mitrismo y el roquismo
“La Unión Cívica no era una organización política con fines electorales, no presentó los habituales programas partidarios, no alentó a sus partidarios a votar, ni propuso candidatos para el Congreso en las elecciones de febrero de 1890: era una cortina de humo para la preparación de la revolución” (Alonso, Paula 2010. La Unión Cívica Radical: fundación. pp. 214-215). Mitre, como parte de su política de traición a la revolución, partió para Europa después del acto del 13 de abril. Por esos días en el ejército, con los elementos anti roquistas se formó una logia militar para apoyar a la Unión Cívica, fue conocida como la “Logia de los 33 oficiales». Entre sus líderes más destacados se encontraba Felix Uriburu, quien en 1930 encabezó el golpe restaurador del régimen oligárquico contra el último gobierno de Hipólito Irigoyen.
En junio de 1890 el gobierno entró en cesación total de pagos de la deuda externa que mantenía con la casa Baring Brothers, hecho que causó un gran descontento entre los inversores extranjeros. Ese mismo mes se conformo “La Junta Revolucionaria” constituida por Alem, Del Valle, Yrigoyen y el tristemente célebre Manuel J. Campos. Este militar de filiación mitrista fue nombrado comandante jefe de la insurrección armada. Lo cual, poco tiempo después, Alem reconoció como un error imperdonable de su persona.
Uno de los “secretos a voces” más importantes de la historia argentina es que existió una supuesta reunión secreta entre Julio Argentino Roca y Campos. Se supone que se produjo entre el 20 y el 23 de julio de 1890. El contexto se relaciona con la detención del General Campos el 19, por ser acusado por el gobierno nacional de estar conspirando. Esta reunión fue una especie de preludio de lo que después se manifestó en el pacto Roca-Mitre.
El objetivo de este primer pacto fue que la revolución se llevará adelante para que cayera Juárez Celman, pero al mismo tiempo que no triunfara, para que la fracción de Alem no tomara el poder. En concreto, Campos lo que garantizo fue una “acción revolucionaria moderada” que no cumpliera con todos los ataques acordados por la “Junta Revolucionaria” al gobierno central. Roca, que construyó el Unicato, había sido desplazado del poder por su cuñado y heredero político Juárez Celman. Aparte seguramente su pragmatismo, le indicaba, que frente a la quiebra generalizada y la gran crisis política, se necesitaba un “chivo expiatorio» para que pague con la totalidad de las culpas. Como dice la frase que se le atribuye al mismo “Julio Argentino” en esta crisis política: “Hay que cortar el dedo para que la mano quede”.
Los supuestos errores iniciales
Las operaciones revolucionarias fueron llevadas adelante por dos bandos, los militares a cargo de Campos y los civiles (milicias) a cargo de Alem. Según lo planeado por la “Junta”, la revolución tenía como primer acto detener a los líderes más importantes del gobierno (Juárez Celman, Pellegrini, Roca y el general Levalle). La acción era importante para descabezar al ejecutivo y evitar una guerra civil. En el sentido que el gobierno que conservaba cierta fuerza en el interior se reorganizará y presentará combate. Esta tarea, que debió ser realizada por las milicias civiles no se llevó a cabo, de seguro por el boicot del mitrista Campos. El historiador Felix Luna, en su trabajo “Yrigoyen” plantea: «La revolución no fracasó por falta de valor, sino por un comando militar que, por razones políticas ajenas al idealismo de Alem, decidió no dar el golpe de gracia cuando el gobierno estaba desarticulado»
La idea era comenzar la insurrección el 21 de junio, pero la detención de Campos el 19 por parte del gobierno, retrasó los planes. Para identificarse entre sí, los alzados compraron boinas blancas, que fue la única prenda que consiguieron en cantidad para vestir a la totalidad de los partidarios del levantamiento. El 26 de junio a las 4:00 am, en una fría mañana de invierno comenzaron las operaciones. Juárez Celman abandonó su residencia ese mismo 26 a las 5:00 am escoltado por tropas leales y se ubicó en el cuartel de Retiro donde se encontró con los otros funcionarios destacados (Pellegrini y Roca). Lo más posible, es que alguien del bando revolucionario le haya avisado. Esta maniobra temprana desconcertó a las milicias de Alem que no llegaron a cercarlo como estaba planeado. A las 8:00 horas los insurrectos tomaron el Parque de Artillería, ubicado en el actual Palacio de Tribunales. Al tomar el Parque arrestaron al Coronel Falcón, quien se presentó a tomar la guardia como autoridad del cuartel. (El mismo fue uno de los personajes más detestables de la historia de nuestro país, por ser el asesino masacrador de obreros (anarquistas y socialistas) en diferentes movilizaciones desde 1906 hasta que fue ultimado por el anarquista Radovitzky en 1909, en lo que la memoria colectiva sigue considerando como un hecho de justicia popular).
Pero volviendo a esos tormentosos días de junio de 1890, “Otro de los supuestos errores iníciales estuvo relacionado con la falta de municiones necesarias. Al iniciarse el movimiento los líderes civiles y militares calculaban que en el Parque de Artillería existían 510.000 cartuchos de Remington. Sin embargo, recién al promediar la lucha, los revolucionarios notaron que las municiones no alcanzaban ni a la mitad de lo calculado” (Benarós, León. 1974. pp.81-82). El plan proseguía en levantar globos, desde la toma del “Parque de Artillería”, para indicarle a los buques de la marina (Patagonia) que iniciaran el bombardeo de la Casa Rosada y de los cuarteles oficialistas. Campos deliberadamente retrasó la orden de elevar los globos y posteriormente alegó problemas técnicos (falta de materiales para inflarlos). Pero a pesar de Campos existían revolucionarios (milicianos y militares) que estaban dispuestos a combatir.
El calor del combate
El sábado 26 de julio de 1890, minutos antes de las 9:00 horas, se produjo un fuerte tiroteo en Paraná y Corrientes. Los revolucionarios civiles “milicianos” se organizaron en “Cantones” (barricadas) ubicadas de forma defensiva alrededor del parque de artillería. La policía con dos columnas de 100 hombres cada una, atacó a los cantones de forma sistemática. Por esas horas tres tranvías (a caballo, los eléctricos se instalarán recién en 1897) llenos de policías intentaron penetrar en la actual Plaza Lavalle, pero todos estos ataques fueron rechazados por los cantones y el regimiento 9° de infantería que luchó codo a codo con los civiles sublevados. Estos primeros combates fueron tan crudos, con muertos en ambos bandos, incluso fue herido el jefe de la Policía Federal. También en la marina existían sectores dispuestos a intervenir: a pesar de no recibir las señales acordadas, la flota sublevada zarpó de su base en La Boca, se ubicó detrás de la Casa Rosada y comenzó a bombardear al azar el cuartel de Retiro, el Cuartel de Policía y la zona aledaña al sur de la ciudad, y la Casa Rosada. “En dos días dispararon 154 cañonazos sobre la ciudad” (Etchepareborda, Roberto 1986. Hyspamérica Ediciones Argentinas S.A. p. 201).
Pero a pesar de este intenso bombardeo, su efectividad fue muy reducida debido a dos motivos: en primera instancia la escasa coordinación de tropas de tierra que no les permitieron precisar los objetivos y en segunda instancia, anclado en el puerto estaba la nave Tuapse de E.E.U.U. que intimó a los sublevados al cese del bombardeo, lo cual los hizo desistir de este método. A media mañana del 26 irrumpió por la zona el general Levalle a cargo de una gran fuerza integrada por caballería, infantería y policía. Al ingresar al lugar del combate fueron recibidos por un intenso fuego desde los cantones y campanarios de las iglesias de la zona, lo cual los obligó a retroceder en desbandada. Las tropas oficiales solamente en este enfrentamiento tuvieron 300 bajas y Levalle también fue herido.
Al comienzo de la tarde, grupos revolucionarios, después del retroceso del gobierno, intentaron tomar Plaza Libertad, en las actuales Libertad y Paraguay. Pero el general Campos se opuso y le ordenó a Félix Uriburu que desistiera de la acción. El gobierno reforzó sus tropas en esta plaza y colocó en este lugar su cuartel general, ubicado en este sitio la oficina de campaña del mismo Pellegrini. Como las tropas oficiales no se podían aproximar a la plaza Lavalle por las angostas calles porteñas, decidieron pasar por el medio de las manzanas lo cual los ocultó de la vista de los revolucionarios hasta que se posaron frente a plaza Lavalle. Pero tras ser descubiertos debido a duros combates al anochecer tuvieron que retroceder.
El domingo 27, a primeras horas de la mañana, Levalle, volvió a organizar un ataque: los militares nacionales avanzaron cubiertos de pasto mientras amanecía. Pero existía un cantón indomable, llamado Mitre “en honor al histórico líder porteño que estaba traicionando la revolución” ubicado en Córdoba y Talcahuano. Durante casi dos horas impidieron el avance de las tropas centrales a puro fuego de metralleta y hasta enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Al mediodía los rebeldes se empezaron a quedar sin balas. Frente a este brutal “supuesto error inicial”, Leandro N. Alem en su escrito “exposición de los hechos de 1890” planteaba: ”Al momento vi que era una falta grave en un jefe militar que no hubiera verificado los elementos de guerra cuando llegó al Parque, pero no quise hacerle recriminaciones en ese momento supremo de rudo batallar”. La “junta revolucionaria” se reunió y votó un último ataque decisivo: Campos se opuso y bloqueó la acción. Los jefes civiles pensaron en remover a Campos, pero no se atrevieron. A pesar de que algunos “cantones” seguían combatiendo el martes 29 de julio y con 452 caídos entre los bandos se firmó la capitulación de los rebeldes.
La derrota de la revolución del Parque
El historiador misionero Cabral en su trabajo “La derrota de la revolución del Parque” habla de un pacto entre “caballeros”, el ya mencionado entre Roca y Campos. Y pone el foco, en la indecisión de los líderes civiles en ir hasta las últimas consecuencias. Contra esta tesis hay que tener en cuenta el escaso eco a nivel nacional de la medida. En resumidas cuentas no sobrepasó lo que hoy llamaríamos la General Paz. Pero el motivo fundamental siempre está relacionado con los intereses de clase. Los líderes civiles no reemplazaron a Campos porque, en última instancia, temían más a una movilización popular descontrolada (la «chusma») que al propio régimen. Su objetivo no era una revolución social, sino una reforma política. Al no querer armar masivamente al pueblo, ni romper con el ejército, quedaron prisioneros de la estrategia defensiva de Campos, que solo buscaba un reacomodamiento interno de las élites.
Apenas se reunió la Cámara de Senadores, analizando lo sucedido, el senador por Córdoba, el roquista Pizarro, dijo: “La revolución está vencida, pero el gobierno está muerto”. En ese cuadro Juárez Celman se dio cuenta de que ya no podía gobernar: en las calles lo odiaban, la economía estaba en ruinas y en su propio gobierno ya no respetaban su autoridad. Estaba solo. El vicepresidente Pellegrini que se puso al frente de la defensa del gobierno le hizo saber que lo mejor era que dimitiera. Roca, su ex aliado, no solo era partidario de que se fuera, era cómplice del levantamiento porque dejó hacer a los revolucionarios con el fin de voltearlo y retomar las riendas del ejecutivo nacional. El 6 de agosto, el congreso aceptó la renuncia de Juárez y asumió Carlos Pellegrini, apodado el “piloto de tormentas”. Aplicó un plan de emergencia basado en un ajuste brutal y el encarecimiento del costo de vida. Subió los impuestos, despidió empleados públicos. Creó el Banco de la Nación para que siga existiendo crédito hacia el sector productivo agroexportador, para controlar la emisión de moneda y parar la inflación descontrolada.
Luego del ’90, la principal preocupación de Pellegrini y su reemplazante Roque Sáenz Peña (Padre), fue recomponer la negociación con los acreedores británicos. Asignaron esta responsabilidad a financistas provenientes de la Unión Cívica (De la Plaza, López, Romero). Entre tanto, los títulos argentinos de la banca Baring se desplomaron, y en noviembre de 1890, el gobierno inglés debió organizar un rescate bancario en Londres para evitar la quiebra de la entidad. Al cabo de dos años de negociaciones se suscribió un acuerdo. El Estado argentino se hacía cargo del grueso de los empréstitos contraídos por las provincias, garantizaba el pago con el superávit del comercio exterior y se responsabilizaba de todas las deudas suscritas en oro. Los acreedores aceptaron la postergación del cobro, la reducción de la tasa de interés y la cancelación de contratos de obras públicas y de compra de tierras. “En 1897 (un año antes de los estipulados en el convenio) la Argentina reinicia el pago de la deuda, qué se fue saldando en el curso de pocos años, en un cuadro de nuevos y más estrechos acuerdos de asociación económica con Inglaterra. Esta resolución de la crisis marcó en forma decisiva la evolución del país” (A 130 años: qué fue la Revolución del Parque de 1890, publicado originalmente en Prensa Obrera N°147).
Pellegrini, “el piloto de tormentas”, también creó un gabinete con elementos de la oposición para descomprimir y garantizar al imperialismo la voluntad de pago de todos los sectores patronales. Vicente Fidel López ocupó la secretaría de hacienda y estuvo detrás de las medidas económicas. Aristóbulo del Valle, el tercero de la Unión Cívica, también fue convocado al nuevo gabinete. Y como frutillita del postre, Julio Argentino Roca volvió a las grandes ligas como ministro del interior Pero para Leandro N. Alem, el gobierno de Pellegrini no era más que una continuación del régimen corrupto que él quería derrocar. En este cuadro mantuvo una posición intransigente y rechazó cualquier acuerdo con el gobierno. Consideraba que la asunción de Pellegrini era una maniobra de Roca para mantener el fraude y la corrupción.
En marzo de 1891 Mitre vuelve de Europa. Roca, el “zorro”, sabía los verdaderos objetivos de su viejo adversario. Bartolomé, que era más partidario del poder concentrado oligárquico que la democracia que propugnaba Alem, estaba interesado en obturar el ascenso vertiginoso de la figura del caudillo de Balvanera. Ya había medido lo opaco de sus fuegos revolucionarios cuando realizó el primer pacto con Campos. «El objetivo de Roca era dividir a la Unión Cívica, que se presentaba como una fuerza imbatible para las elecciones de 1892. Para lograrlo, recurrió a su viejo rival, Mitre» (Felipe Pigna. Los mitos 2, pág. 215). Mitre y Roca acordaron una «fórmula de unidad» (Mitre presidente-Uriburu vice). Esto dejaba afuera a los sectores más radicales y populares liderados por Alem. Frente a esta tercera traición de la Unión Cívica (Campos, Del Valle y Mitre) Alem plantea: “soy radical intransigente, que se rompa pero que no se doble”. En el sentido de que la organización naciente de esta ruptura conserve el programa original que venían sosteniendo los Republicanos, después la Unión Cívica y por último la naciente Unión Cívica Radical. Mitre producto del repudio que provocó el pacto (no solo de parte de los radicales) con Roca, se vio obligado a renunciar a la candidatura.
Leandro N. Alem, “el señor de Balvanera” también llevó adelante junto a los Radicales la revolución de 1893 donde igualmente fue derrotado. La gota que rebalsó el vaso fue cuando comenzó a percibir que su sobrino, Hipólito Yrigoyen, estaba tranzando con el régimen y lo estaba desplazando en la conducción del nuevo partido. En este cuadro escribió: “»He terminado mi carrera. Para vivir estéril, inútil y deprimido, es preferible morir. He entregado mi vida a la patria y a mis amigos, pero los hombres que debieron seguirme me han abandonado. El pérfido traidor de mi sobrino se irá con los conservadores, y los radicales intransigentes nos iremos a la mismísima mierda. Para dejar el campo libre a los socialistas y a los anarquistas, que son los únicos que tienen razón de ser en este bendito país”. El 1 de julio de 1896, en su carruaje personal cuando se dirigía al Club del Progreso, se pegó un tiro terminando con su existencia. Su sobrino, Yrigoyen “el peludo”, es verdad que a la larga encaró una tendencia conciliadora con el régimen conservador que permitió la reforma electoral de 1912, pero antes llevó adelante un último levantamiento en 1905.
Al nombrar a socialistas y anarquistas, Alem admite que las viejas estructuras de los partidos tradicionales (incluido el suyo si se «doblaban») ya no servían para representar al pueblo. El historiador Felipe Pigna sostiene que Alem veía en estas corrientes ideológicas la única reserva de lucha real frente a la «oligarquía» que él no pudo derrotar por las traiciones internas de Mitre y los «acuerdistas». La frase es la «confesión de bancarrota» del programa democrático burgués de los intransigentes. Alem percibe un cambio en la lucha de clases en Argentina, el enfrentamiento entre facciones de la élite, donde las clases populares jugaban un papel subalterno, comienza a ser desplazado por la irrupción del movimiento obrero argentino. Las masas populares comenzaban a tener una dirección revolucionaria encabezada por los Anarquistas y Socialistas. Que iban a la lucha, a la huelga, a la acción directa, recurriendo a los piquetes para garantizar las acciones.
El movimiento obrero frente a la revolución de 1890
La crisis económica no solo perjudicó a los burgueses, sino también al nuevo proletariado argentino que provenía, fundamentalmente de la inmigración europea. Este se encontraba en sus primeras décadas de desarrollo y en su inmigración traía la experiencia de la lucha de clases europea. Vino a estas tierras del sur, dotado de las mejores experiencias en la acción directa de la lucha obrera. La renegociación de la deuda con la Baring contempló expresamente medidas de pauperización de los trabajadores, como el ya mencionado despido de empleados públicos y aumento de los alimentos básicos. Cuando sobrevino la recuperación económica, el salario volvió a subir como consecuencia del importante movimiento huelguístico que se desarrolló en Buenos Aires contra la carestía. Justamente a partir de 1890 comienza la “etapa heroica” de la clase obrera argentina. “Esa época fue la más valiente de la clase obrera: el período que se abre con la revolución de 1890 y se va apagando con el golpe de 1930. En esos años, La Protesta, anarquista, y La Vanguardia, socialista, aparecen incluso en forma diaria. Fundamentalmente el primero —pues la influencia anarquista era en Argentina netamente superior a la socialista— (Prensa Obrera N°500 27/6/96). En el año anterior a la Revolución del Parque (1889) la clase obrera del Plata protagonizó tres conflictos importantes: “La huelga del Riachuelo”, “La huelga ferroviaria” y “la Huelga de los Carpintero-Albanistas”. “El 1° de mayo se celebró en Argentina por primera vez en 1890, es decir inmediatamente después de la resolución internacional. Fue la primera manifestación política independiente de la clase obrera argentina, y tiene la importancia adicional de haber precedido por poco a la revolución del 90” (Prensa Obrera 24-9-1987). De este proceso de lucha surgieron los primeros sindicatos, un intento de Federación Intergremial y los diversos núcleos que fundaron en 1896 el Partido Socialista.
El acto de 1890 tuvo un carácter unitario pues reunió a las diversas corrientes del movimiento obrero de entonces: los grupos anarquistas y socialistas. “No fue, sin embargo, el inicio de un período de unidad. La escisión obrera, a su vez, cobró en ese periodo perfiles definitivos. Los anarquistas negaban la necesidad de construir un partido político propio del movimiento obrero, asegurando que la lucha sindical conduciría a la revolución social. Los socialistas, en cambio, postulaban formar un partido obrero, pero le asignaban una función subordinada al parlamento” (Prensa Obrera. 1 de mayo de 1983). El movimiento obrero estaba dividido en torno a una postura sindicalista-ultraizquierdista y otra nítidamente reformista.
Frente a la revolución de julio del 90, el periódico “El Obrero”, dirigido por Germán Ave Lallemant e impulsado por la organización del “Club Vorwärts” (Adelante), enfatizó que la clase trabajadora debía mantenerse autónoma, pues tanto el oficialismo de Juárez Celman, como la oposición de la Unión Cívica eran enemigos del proletariado que solo buscaban ‘cambiar de collar, pero no de perro'». En 1889, el italiano Enrico Malatesta (dirigente internacional del anarquismo) se había retirado de nuestro país, pero los anarquistas seguían en pleno desarrollo. Su periódico más importante era “El Perseguido” (un antecesor de La Protesta) y definían a la “Revolución del Parque” como una “una lucha entre facciones burguesas”. Consideraban que cambiar un gobierno por otro no alteraba la situación de explotación del trabajador. La clase trabajadora no apoyó la Revolución de 1890, ni a Leandro N. Alem, por considerarla una disputa interna de la burguesía que no representaba sus intereses. “El Perseguido” (1890), señaló “que la lucha entre la Unión Cívica y el gobierno no buscaba una transformación social y exhortó a los obreros a no ser carne de cañón en las pugnas de la oligarquía”. El historiador Julio Bodio, en su trabajo “El movimiento Obrero Argentino”, tomo I (1870-1910), nos recuerda que: «El movimiento obrero organizado, aunque golpeado por la crisis económica que desencadenó la revolución, decidió mantener su autonomía política. Consideraban que verter sangre obrera por una reforma electoral que solo beneficiaría a los sectores medios y altos era un error estratégico”. Y que “la clase obrera no se sintió convocada por la Unión Cívica porque este movimiento naciente carecía de una sensibilidad social hacia el proletariado; su foco era exclusivamente el saneamiento administrativo y la libertad de sufragio”. La clase obrera no concurrió a la cita de la revolución del 90, es más no fue citada dado que el programa no contenía una sola reivindicación obrera.
El carácter de la revolución del Parque
La crisis del ’90 interrumpió solo por un período muy breve el proceso de incorporación de la Argentina a la economía capitalista mundial. Hubo cierto estancamiento económico hasta 1897, la depresión fue corta porque coincidió con la finalización de un largo periodo de estancamiento capitalista internacional (1873-1892) y con el inicio de una onda de crecimiento de las fuerzas productivas que se prolongó hasta 1914. La altísima ganancia esperada de la producción agropecuaria argentina provocó un boom de inversiones superior a su rendimiento inmediato y se produjo el crack. Pero, de conjunto, deudores y acreedores se salvaron gracias a la prosperidad posterior, que permitió cancelar compromisos financieros con una parte de los ingresos de la exportación. La banca cobró la deuda y los terratenientes preservaron sus tierras. Globalmente, los estancieros y el capital británico salieron fortalecidos y consolidaron una alianza que dominará la vida política y económica del país durante un larguísimo período del siglo XX. “El afianzamiento de la oligarquía significó el aumento del poder de una clase social rentista, que extrae sus beneficios de la posesión de un territorio de extraordinaria fertilidad natural. Los terratenientes acapararon enormes sumas de dinero simplemente exportando granos y sin verse obligados a afrontar el proceso clásico de acumulación y competencia capitalistas. Su enriquecimiento dependía de la demanda mundial y no del mercado interno, y por eso se configuró como un grupo parasitario” (Prensa Obrera 27/7/2020).
Dejó en manos del capital extranjero los ferrocarriles primero, y después los frigoríficos, a pesar de contar con recursos de sobra para encarar ambas empresas. Tampoco se dotó de una flota marítima propia e inició una industrialización muy tardía, liviana y fragmentaria. En la Argentina del 90 casi todo era importado. Esa es la Argentina que hoy día, reivindica Milei. La Argentina se transformo en un país semicolonial, dependiente, básicamente, del imperialismo británico. Lenín, lo citara como ejemplo, en este sentido, en su obra El Imperialismo, fase superior del capitalismo”. (1917). Con la sublevación del ’90, la oligarquía se resistió a entregar el control del Estado a la banca inglesa, lo que hubiera significado la colonización política del país y la conversión de la Argentina en otra Irlanda o Egipto. Pero, en manos de los estancieros, el Estado no fue una palanca para el desarrollo autónomo y progresivo. La tradición radical presenta la sublevación del ’90 como una revolución popular, pero la participación real de las masas en el movimiento fue muy limitada. El levantamiento fue más bien un putsch cívico-militar, y el enfrentamiento se circunscribió a algunos sectores de la Capital. Los partidos de la oligarquía manejaron en todo momento el levantamiento, lo controlaron y traicionaron, con la sola finalidad de desplazar a Juárez Celman. El acuerdo de Roca con Pellegrini, y las diversas negociaciones de ambos con Mitre, fueron el trasfondo del proceso. No se trató de una «rebelión contra la oligarquía”, desde el momento que sus principales exponentes, estuvieron comprometidos con la revuelta o se beneficiaron con ella. Al momento de caer, Juárez había quedado reducido a la condición de representante de los comisionistas y gestores de los créditos ingleses.
Que la oligarquía haya liderado un movimiento de resistencia al capital extranjero dio lugar a innumerables confusiones en la interpretación de los acontecimientos en la historiografía argentina. Abelardo Ramos lo caracterizó como un movimiento reaccionario. Planteaba: «La Revolución del Parque fue el último intento del mitrismo por retomar el poder que el roquismo le había arrebatado. Los jóvenes románticos de la Unión Cívica pusieron el entusiasmo, pero los hilos los manejaba la banca de Londres y el puerto de Buenos Aires». Otros prefirieron inventar una insurrección «democrática y pequeñoburguesa” como Rodolfo Puiggrós, que en su análisis sobre los movimientos civiles argentinos sostiene que la Revolución del Parque (1890) no fue solo un cuartelazo, sino una «insurrección popular» impulsada por el descontento de las masas urbanas y la naciente clase media contra la oligarquía del «Unicato» de Juárez Celman. «La Revolución del Parque fue la primera irrupción de las masas populares en la vida política argentina de la zona litoral, marcando el fin de la hegemonía absoluta de la vieja oligarquía ganadera.» Pero el ’90 fue un movimiento antiimperialista de la burguesía de entonces (los terratenientes en la órbita del imperialismo británico) y concluyó con un nuevo convenio a largo plazo de los terratenientes con Gran Bretaña. El grupo de Alem levantó en este proceso una bandera progresiva: el sufragio universal. Pero intervino sometiéndose a los partidos tradicionales, y jamás consideró la posibilidad de propiciar el desmantelamiento revolucionario del régimen camarillero. La UCR salió golpeada y dividida del ’90 y del 93, como lo demuestra el suicidio del propio Alem, y su popularidad entre la clase media urbana fue un fenómeno posterior, derivado de la quiebra del mitrismo y del PAN.
En la Revolución del Parque pueden encontrarse las huellas fundamentales, la génesis de la Unión Cívica Radical y de otras gravitantes expresiones que impregnaron con sus ideales la vida política de nuestro país. Por ejemplo: “allí estuvieron, en el liderazgo y el combate, Leandro Alem, Hipólito Yrigoyen, Juan B. Justo y Lisandro de la Torre”(Pigna, Felipe, Mitos…). El único que no conformó un partido burgués representante de la elite fue el doctor Juan B. Justo, quien fue, más tarde, uno de los fundadores y dirigente del Partido Obrero Socialista Argentino. La Revolución del 90 demostró muy tempranamente la incapacidad de la pequeña burguesía para desenvolver una acción consecuente contra el imperialismo, que también en aquel momento agobiaba a la nación con una brutal deuda externa. Y fue un hecho no solo determinante, sino también fundante; porque configuró en los años posteriores el escenario sobre el que se desarrolló el último siglo de la lucha de clases en Argentina” (Prensa Obrera. 30-4-21).