El estudio de la revolución china de la década de 1920 es nodal para el trotskismo. A diez años de la revolución rusa, que tuvo al partido bolchevique como elemento determinante para la toma del poder por el proletariado, la política comunista oficial se convirtió en el factor decisivo para que la clase obrera china no conquistara el poder. Esta conclusión indiscutible fue objeto de debate en aquellos años, lo que dejó al descubierto el carácter contrarrevolucionario de la burocracia rusa y de la dirección de la Internacional Comunista (Comintern).
En la fallida revolución china quedaron en evidencia las responsabilidades del Comintern al malograr los procesos revolucionarios de la época. Como vimos en notas anteriores, el Ejecutivo de la Internacional Comunista fue responsable directo de desaprovechar la situación revolucionaria abierta en la devastada economía alemana en 1923, y posteriormente intentó justificar su intervención. En ambas experiencias se buscó cerrar filas en torno a la dirección moscovita para ajustar cuentas nacionales e internacionales con la oposición.
Mientras que en 1923 Zinoviev encabezaba la Internacional en nombre de la troika, entre 1925 y 1927 fue Bujarin quien lideró el Comintern bajo la línea del estalinismo. Al comparar la fallida revolución alemana con la derrota organizada en China, se advierte una diferencia de grado, aunque ambas comparten el mismo contenido político: burocrático, oportunista, chauvinista ruso y faccional frente a las críticas de la oposición. Asimismo, veremos cómo se repite el señalamiento de los dirigentes locales como principales responsables. Cómo operan cambios de direcciones a líneas izquierdistas que, más tarde, también serán apartadas. Y cómo operan transformaciones internas en la dirección de la Internacional Comunista, en busca de voluntades aún más adictas al “líder” Stalin.
En todo momento el blanco principal de los ataques será Trotsky y los opositores. Los mecanismos de persecución y falsificación se perfeccionaron hasta privar a los opositores de cualquier espacio dentro de la organización comunista. Así, en plena discusión sobre la revolución china, se instrumentó su expulsión, culminando con la salida de Trotsky a finales de 1927.
Estudiaremos el proceso revolucionario de China a la luz de los debates políticos desarrollados en paralelo a los acontecimientos y, sobre todo, tras la consumación de la derrota. Las responsabilidades de cada etapa no solo permiten realizar un balance histórico, sino también constatar el contenido de las dos tendencias enfrentadas en el comunismo: el estalinismo y el trotskismo. Conociendo la relevancia que este proceso tuvo para el trotskismo, detengámonos en las valiosas lecciones que legó a los revolucionarios contemporáneos.
El despertar de la China colonial
Durante siglos, la expansión capitalista impulsada por las potencias europeas tuvo en China un centro fundamental de intercambio. A través de rutas ultramarinas y terrestres se extendieron redes comerciales hacia el lejano Oriente. Las reminiscencias de un imperio milenario, dominado desde 1644 por la dinastía manchú o Qing, convergieron con un modo de producción capitalista que instaló puntos de comercialización y producción propios para ser administrados colonialmente por las potencias.
China no era un territorio homogéneo ni contaba con un único explotador. Mientras los británicos dominaban la cuenca del río Yang-tse (incluyendo Wuhan, Nanjing y Shanghái), los japoneses operaban en Fu-kien (cerca de Taiwán), Francia se apoderaba de Yun-nan y Kuan-si (actuales territorios de Vietnam y Laos), Rusia controlaba el noreste de Manchuria, EE. UU. obtenía concesiones en Shanghái y Alemania explotaba Shandong. Entre tantas potencias dispuestas al saqueo, a principios de siglo destacaban británicos y japoneses: los primeros por su predominio comercial mundial, y los segundos por su proximidad y la histórica subyugación del territorio chino.
El contrapunto nacional exponía las demandas elementales de las clases explotadas. Por un lado, un campesinado atrasado y sumido en la pobreza; por el otro, una élite europea estrechamente vinculada a las clases dominantes locales. Las rebeliones campesinas contra los terratenientes fueron recurrentes y movilizaron a enormes masas. Sin embargo, el campo no fue el único escenario ni el epicentro de los combates, ya que las grandes urbes chinas se consolidaron como los puntos neurálgicos de la resistencia obrera, plebeya y de los sectores de la pequeña burguesía.
De los Bóxers a la República fallida
En los últimos dos años del siglo XIX tuvo lugar el movimiento de los “Bóxers”. Estas milicias populares, de carácter fuertemente antiextranjero, moderaron su hostilidad hacia el poder dinástico para buscar un acuerdo con la emperatriz Cixi (integrante de la dinastía Qing) con el fin de enfrentar unidos a los extranjeros, algo que finalmente no sucedió. Los compromisos de la dinastía con el imperialismo eran sólidos, por lo que los ataques contra la aristocracia extranjera, sus embajadas y enclaves se redujeron a iniciativas aisladas de la rebelión sin el respaldo de las fuerzas chinas. Estas acciones resultaron insuficientes frente a la fuerza militar de la “Alianza de las Ocho Naciones”, que bajo el predominio de Gran Bretaña y Rusia doblegó sangrientamente la revuelta. El saqueo, las indemnizaciones y la represión posterior hundieron aún más a China en la miseria, avivando el odio nacional hacia todo lo extranjero (ver enlace de referencia).
Una década antes de los eventos analizados se produjo un nuevo proceso de lucha contra un régimen imperial débil y corrompido: la llamada “Revolución de los Jóvenes Chinos”, que provocó el derrocamiento del emperador Qing en febrero de 1912. Sun Yat-sen, líder del Kuomintang (KMT) fundado en agosto de ese año, emergió como la principal figura nacionalista al frente de un movimiento republicano tan amplio como contradictorio. Inicialmente, Sun confiaba firmemente en recibir el apoyo de las potencias occidentales para consolidar la república, motivado por su admiración hacia los Estados Unidos y las esperanzas depositadas en Europa.
Al triunfar la revolución de 1912 y destituir a la dinastía Qing, Sun Yat-sen fue elegido presidente provisional. No obstante, buscando un poder de transición que evitara una mayor escalada de crisis políticas, cedió su cargo a Yuan Shikai, un militar con profundos vínculos con el poder dinástico depuesto. La política de conciliación de Sun Yat-sen con los pilares del viejo orden tuvo consecuencias fatales: Yuan Shikai, en nombre del “orden”, restauró los lazos de dependencia con el imperialismo, disolvió el Parlamento y las asambleas regionales. Sus aspiraciones imperiales generaron resistencia en las provincias y, tras su repentina muerte en 1916, se abrió una nueva crisis política en el país. La flamante república demostró ser una caricatura efímera, y el afán de Yuan por restaurar el imperio desató una mayor descentralización política, más conflictiva y desprovista de un equilibrio central.
China continuó fuertemente fragmentada y el poder pasó a manos de los “señores de la guerra”, caudillos provinciales que acaparaban el excedente del trabajo campesino, reafirmaban su dominio por la fuerza y se enriquecían mediante negociados financieros con el imperialismo. Entre ellos destacaron tres figuras: Chang Tso-lin (exbandido que dominó Manchuria, parte del norte y Pekín), Feng Yuxiang (temerario en esa época y tristemente célebre en futuras masacres comunistas) y Yan Xishan (quien gobernó Shansi desde 1911 hasta el triunfo de Mao en 1949).
Desde su exilio en Japón, Sun Yat-sen reorganizó los planes de la revolución republicana bajo el liderazgo del Kuomintang. A su retorno en 1917, formó en Cantón un gobierno militar de “defensa de la República” que, desprovisto de movilización de masas, naufragó en endebles pactos con distintos señores de la guerra hasta ser expulsado en 1922 por el general Chen Chiung-ming. Cabe mencionar antes el “Movimiento 4 de Mayo” de 1919, protagonizado por estudiantes e intelectuales, que anticipó el contenido antiimperialista adoptado por las masas chinas pocos años después en su confrontación directa contra las potencias y sus colaboradores.
El repaso de los años previos presenta a los dos grandes actores de la etapa: los nacionalistas del Kuomintang y los señores de la guerra. Ambos disputaron el poder político del país mediante enfrentamientos, acuerdos y poderosas alianzas. A partir de la década de 1920 —y más precisamente en el proceso entre 1925 y 1927— se sumó una fuerza impulsada desde Moscú que creció vertiginosamente hasta convertirse en un factor decisivo en la lucha de clases: el comunismo. Analizaremos su intervención bajo las directivas de la Comintern, respondiendo a interrogantes clave sobre si el Partido Comunista Chino (PCCh) actuó como un elemento díscolo o un apéndice de la Internacional, su postura ante el Kuomintang, las advertencias de la Oposición soviética, la viabilidad del triunfo y las responsabilidades de la derrota.
El trabajo se divide en tres partes para desentrañar las controversias internas de la política comunista: la génesis de la línea comunista para China, el desarrollo del proceso revolucionario durante más de dos años, y los balances y correcciones políticas posteriores a la consumación de la derrota.
1. Partido Comunista como tendencia del Kuomintang: génesis de una línea oportunista
a. La lucha de clases en las ciudades
Para analizar el desenvolvimiento de las luchas sociales en las primeras décadas del siglo, debemos atender primero a su escenario. Aunque la población china era mayoritariamente rural y campesina, sujeta a un modo de producción residual del feudalismo, las transformaciones económicas vinculadas a una mayor dependencia del mercado capitalista mundial convirtieron a las ciudades en el epicentro de la lucha de clases. A pesar del atraso productivo, la movilización de los sectores medios, los artesanos y la naciente clase obrera situó a los centros urbanos como el escenario principal de las batallas políticas y sublevaciones militares.
La intelectualidad formada en el extranjero retornó a China con un bagaje de ideas republicanas, contrarias a la filosofía taoísta y dotadas de un tinte antiimperialista. La pequeña burguesía intentó acaudillar permanentemente a las clases nacionales contra el imperialismo y los pactos que este mantenía con la dinastía Qing y los señores de la guerra.
En torno a Sun Yat-sen se consolidó un partido nacionalista de peso que operó desde la clandestinidad y protagonizó la escena política y militar. El programa original del Kuomintang descansaba en tres puntos: independencia nacional, democracia y bienestar popular. Las ilusiones que Sun había depositado años atrás en las potencias occidentales (esperando su colaboración “democrática” contra la dinastía) se disiparon tras la experiencia de la década anterior, transformando el enfrentamiento contra el imperialismo colonizador en el núcleo de su doctrina. Así, adoptó posturas nacionalistas cercanas a las corrientes de izquierda de la época y simpatizó abiertamente con los soviéticos.
El advenimiento capitalista multiplicó las industrias y amplió el comercio, los puertos y los ferrocarriles, propiciando un ascenso de la clase obrera. Tras la Gran Guerra, la sustitución de importaciones europeas estimuló las manufacturas locales: la industria pesada quedó en manos de potencias occidentales, mientras que la producción liviana —fundamentalmente textil y de la seda— recayó en la burguesía china y japonesa. En este contexto, los obreros protagonizaron numerosas huelgas contra las nefastas condiciones de explotación, enfrentando tanto a patrones extranjeros como locales. El proletariado sumaba entre dos y tres millones de miembros en los años 20, acompañados por un sector plebeyo de unos doce millones de artesanos y coolies en condiciones de semiesclavitud.
b. La orientación del segundo congreso de la Internacional Comunista
Este ascenso obrero sirvió de caldo de cultivo para el desarrollo de una organización política proletaria. Su surgimiento fue tardío frente a otras latitudes; las ideas socialistas y los antecedentes marxistas eran marginales en China, a tal punto que la primera edición del Manifiesto Comunista data de 1920, más de setenta años después de su redacción.
A diferencia de otras experiencias, el motor indiscutible del partido fue la Internacional Comunista y la orientación definida en su segundo congreso (julio-agosto de 1920). Allí se resolvió apoyar activamente los movimientos de liberación nacional surgidos tras el reparto colonial post-1919, en momentos en que la revolución rusa de 1917 inspiraba a las masas oprimidas del “tercer mundo”.
En el informe de la “Comisión sobre los problemas nacional y colonial”, con participación de veinte delegados —incluido uno de origen chino—, Lenin expuso la directriz para los comunistas. En sintonía con la teoría de la revolución permanente, que el estalinismo rechazaría más tarde, afirmó que “sería erróneo suponer que la etapa de desarrollo capitalista deba ser inevitable para los pueblos atrasados. En todas las colonias y en todos los pueblos atrasados, no sólo debemos forjar contingentes independientes de luchadores y organizaciones del partido (…) sino que la Internacional Comunista debe formular y fundamentar teóricamente la tesis de que, con la ayuda del proletariado de los países avanzados, los países atrasados pueden pasar al régimen soviético y, a través de determinadas etapas de desarrollo, al comunismo, sin tener que pasar por la etapa de desarrollo capitalista.” (Lenin, “Primer esbozo sobre las tesis de los problemas colonial y nacional”, Obras Completas XXXIII, Pág. 367) Así daba por tierra con el vulgar planteo “etapista” del estalinismo, que implicaba dar lugar necesariamente a una fase de desarrollo capitalista que ponga a la burguesía nacional como clase encargada de ejercer un puesto de dirección y poder a lo largo de esta etapa.
Lenin jerarquizó al partido como instrumento revolucionario e independiente en esa lucha: “El deber incondicional de los partidos comunistas y de los elementos dispuestos a crear partidos comunistas es propagar la idea de los soviets campesinos, de los soviets de trabajadores, en todas partes, incluidos los países atrasados y las colonias” (Ídem, Pág. 365). Recordemos que tanto en el primero como en el segundo congreso de la Internacional Comunista la revolución estaba a la orden del día, por lo que los soviets eran considerados como una tarea potencialmente inmediata. Pero más allá de esta consideración, contra la línea oportunista y menchevique clásica, Lenin entendía que las masas podían tener sus propios órganos revolucionarios como emergentes de lucha, era parte de un planteo programático de doble poder que les permitiera no esperar ni subordinarse al destino y al vacilante paso de la burguesía.
Como Lenin entendía que el proceso podía y debía ser conducido por la clase obrera y su partido, trazó una delimitación tajante respecto de los sectores nacionalistas burgueses de las colonias y semicolonias. “Los comunistas debemos apoyar y apoyaremos los movimientos burgueses de liberación en las colonias sólo cuando estos movimientos sean realmente revolucionarios, cuando sus representantes no nos impidan educar y organizar en el espíritu revolucionario al campesinado y a las grandes masas de explotados” (Ídem, Pág. 365).
La consideración positiva que Lenin tuvo de Sun Yat-sen en 1912, cuando afirmó que “su programa progresivo, combatiente, revolucionario de transformaciones agrarias y su teoría que aspira al socialismo” (Carr, “Bases de una economía planificada”, Pág. 67), no lo llevó a confundir los objetivos, límites y estrategias de clase que chocarán entre los comunistas y los nacionalistas. Es por esto que la orientación definida en el segundo congreso no es imprecisa ni mucho menos ambigua. Más allá de aclarar que cada política en las naciones atrasadas será dictada en función de su consideración práctica, el punto de partida es una estrategia y un programa claro, independiente, ya probado en la propia revolución rusa de 1917.
c. El nacimiento del PCCh
El comunismo organizado en China contaba con antecedentes modestos. Hacia 1918 existían pequeños grupos de estudio marxistas dentro de una intelectualidad que participó activamente en las movilizaciones estudiantiles antiimperialistas de mayo de 1919. Una conferencia realizada en 1920 sentó las bases para crear el partido, concretado un año más tarde con el respaldo de la Internacional Comunista.
En julio de 1921, la Comintern envió una delegación encabezada por Grigory Voitinsky (secretario de la oficina para Extremo Oriente de la IC) y el holandés Maring (Henk Sneevliet). El congreso fundacional del PCCh se realizó en Shanghái y concluyó en Jiaxing, con la participación de apenas 12 delegados en representación de 57 militantes. Destacaron tres figuras fundadoras: Chen Tu-hsiu (primer secretario general), Mao Tse-tung y Dong Biwu, estos últimos aliados en la victoria de 1949. Durante sus primeros años, el padrón militante del PCCh creció de forma muy molecular.
La presencia de enviados soviéticos instauró desde el inicio una relación de subordinación del partido chino respecto a Moscú y la Comintern. Si bien la mayoría de los partidos nacionales fueron reducidos a apéndices durante los tiempos de la troika y Stalin, el hecho de que el PCCh naciera bajo esa impronta condicionó aún más su capacidad de resistencia frente al oportunismo soviético.
d. De la diplomacia soviética a la subordinación al Kuomintang
En un cuadro de hostilidades y bloqueos comerciales permanentes de las potencias imperialistas a la República de los Soviets, la posibilidad de entablar relaciones comerciales con China y otras naciones era una garantía de subsistencia para la dictadura proletaria. Con gobiernos que actuaban como cerco del comunismo, Sun Yat-sen y su proyecto republicano instalado en Cantón resultaba una vía más que posible para hacer acuerdos de mutua colaboración. Georgui Chicherin, quien pondrá su firma en el famoso acuerdo de Rapallo, envió una carta a Sun que recién llegó en julio de 1921, momento en que éste ya había sido depuesto. Más allá de los contratiempos de la correspondencia de la época, tanto los soviéticos como los republicanos chinos tenían sólidos motivos para establecer relaciones entre sí. El ahogo económico ruso se combinaba con los intereses de los nacionalistas chinos de hacerse un aliado estable en un cuadro de absoluta volatilidad y crecientes enfrentamientos con el imperialismo europeo.
Tras intentar acuerdos con otros caudillos provinciales, el embajador soviético Adolf Iofe inició negociaciones en el sur y firmó un pacto de amistad con Sun Yat-sen. En este marco se cruzaron la cooperación diplomática y la política comunista. Iofe respaldó la lucha por la unificación y la liberación nacional, abriendo el debate sobre la posición que debían adoptar los comunistas chinos frente al partido nacionalista.
El Kuomintang exigía el ingreso de los comunistas a su organización. Lo hacía bajo un poderoso condicionamiento, estableciendo exigencias hacia el joven Partido Comunista Chino que resultaban onerosas. Tanto Sun Yat-sen como su apoderado militar, quien será un protagonista decisivo de toda esta etapa histórica: Chiang Kai-shek, planteaban la alianza con los comunistas como su incorporación al KMT, lo que implicaba aceptar su disciplina sin emprender ningún tipo de crítica.
La Comintern veía con buenos ojos el ingreso al partido nacionalista chino, pero aún restaba afinar algunos detalles. Chen Tu-hsiu, el dirigente máximo del PCCh, resistía a esta línea de subordinación al Kuomintang, siendo presionado por Maring. El enviado moscovita apeló a la disciplina que los partidos comunistas locales debían tener respecto a la Internacional Comunista. Más allá de las resistencias del comité central del partido chino, las definiciones de su primer congreso creaban puentes para desarrollar esta política. En él se votó un Manifiesto que definía el apoyo a la revolución democrática, planteando la necesidad de destruir los restos del sistema feudal como algo prioritario. Al mismo tiempo, se definía la creación de un “frente unido democrático de trabajadores, campesinos y sectores pequeñoburgueses de cara a la liberación nacional” (G. D. H. Cole, Pág. 355), explicitando que no era momento aún de llevar adelante la lucha por una dictadura del proletariado en alianza con el campesinado. Así, el programa inicial del PCCh significó un corrimiento (hacia el etapismo) de lo dispuesto en el segundo congreso de la Internacional Comunista.
El segundo congreso del PCCh realizado en 1922 “decidió que los comunistas, sin disolver su propio partido, participaran en el Kuomintang como individuos y trataran de lograr posiciones claves en el mismo ‘taladrando desde adentro’” (G. D. H. Cole, pág. 357) En agosto de este mismo año, el cuarto congreso de la Internacional Comunista aprobó la alianza entre ambas organizaciones, lo que no implicaba necesariamente el ingreso comunista en el KMT. La política de incorporación a las filas nacionalistas pareciera haber sido pergeñada por Maring tras un ida y vuelta sostenido personalmente con el propio Sun Yat-sen. Obviamente, esta definición no corría sólo por la voluntad del enviado soviético, sino que el Comintern de la IC estaba al corriente y era quien en definitiva impulsaba la orientación. Zinoviev estaba al frente del Ejecutivo por aquel entonces.
Al mismo tiempo, Iofe venía de acordar la colaboración soviética con el gobierno republicano del sur, presidido por Sun Yat-sen en la ciudad de Cantón. Ambos países reafirmaron su compromiso en enero de 1923 por medio de un comunicado conjunto en que se fijaba posición sobre temas decisivos. “El doctor Sun Yat-sen piensa que el sistema comunista e incluso de los soviets no pueden ser introducidos en China, donde no existe ninguna condición favorable para su aplicación. Esta idea es enteramente compartida por el señor Iofe, el cual cree que el problema más importante y urgente de China es su unificación y su independencia nacional” (Gerovitch, Luis, “La Primera Revolución China”, Pág. 205).
Este documento tendrá una enorme importancia para los comunistas chinos, y al mismo tiempo inaugura una política de colaboración concreta de los soviéticos con el partido nacionalista. Se propone desde Moscú la organización del Kuomintang bajo una centralización y disciplina “bolchevique”, al mismo tiempo que se compromete a la colaboración militar directa, incluyendo la instrucción y la entrega de armas al partido nacionalista chino. A la par, el PCCh celebró su tercer congreso en enero de 1923 y allí definió que el “Kuomintang sería la fuerza central en la revolución nacional y asumiría su dirección” (G. D. H. Cole, Pág. 359).
Mijaíl Borodín arribó un mes después a Cantón para cumplir la tarea acordada: la reorganización del Kuomintang. Se conformó así un congreso nacional del KMT, donde se definió la alianza estratégica con la URSS y al mismo tiempo se ajustaron los términos de la alianza con el PCCh, donde sus miembros debían sumarse al partido de forma individual, sin derecho a crítica y aceptando la disciplina partidaria. Se sumó a los tres puntos fundacionales del Kuomintang (nacionalismo, democracia y bienestar del pueblo) otros tres que fijaban el rumbo del acuerdo soviético-comunista: “colaboración con la URSS, colaboración con el PCCh y apoyo a los obreros y campesinos”. En este congreso, tres comunistas fueron designados como parte de la dirección y otros seis como miembros sustitutos, entre ellos Mao Tse-tung.
Con la asistencia militar soviética, Chiang Kai-shek y Zhou Enlai viajaron a formarse a Moscú. A su retorno en 1923 fundaron la Academia Militar de Whampoa bajo el control del Kuomintang y la dirección principal del general ruso Vasili Blücher, con el objetivo de unificar China frente a los señores de la guerra.
e. La adaptación total del PCCh al KMT
A esta altura, no eran tenidos en cuenta los recaudos establecidos por Lenin en el segundo congreso de la Internacional Comunista en 1920. El Comintern no sólo bajó la guardia ante el Kuomintang, sino que se ubicó orgánicamente como parte integrante del partido nacionalista, definiéndolo como el “bloque de las cuatro clases”: obreros, campesinos, pequeña burguesía y burguesía nacional, considerada como la única organización capaz de llevar a cabo la “revolución democrático-burguesa”. Como veremos más adelante, esta definición será sostenida durante años en un cuadro de completa adversidad.
La cobertura política que dará la burocracia soviética a su adaptación al nacionalismo burgués encontrará como fundamento teórico-político la caracterización de que la revolución es “democrático-burguesa”. La revolución china se asemejaba a la revolución rusa de 1905, donde el proletariado no podía ser dirección y el contenido burgués postergaba cualquier consigna ligada al poder directo de obreros y campesinos. La convicción oportunista guardaba tal nivel de consenso que para 1926 el Kuomintang es incorporado como “partido asociado” de la Internacional Comunista, nombrando al general Chiang Kai-shek como miembro honorario. Años antes se estableció en Moscú la Universidad Sun Yat-sen en honor al dirigente nacionalista.
Si bien distintos historiadores remarcan el incumplimiento comunista a los requerimientos disciplinarios establecidos por Sun Yat-sen y Chiang Kai-shek al momento de ingresar al KMT, el funcionamiento regular y relativamente autónomo del PCCh no comprometía en absoluto la subordinación de los comunistas al programa y a la dirección nacionalista. No era otra cosa que una organización que crecía bajo la sombra del nacionalismo. El PCCh podía impulsar críticas a hechos concretos, pero sin dejar de defender el programa de la revolución democrática, haciendo las veces de cobertura por izquierda del KMT ante las exigencias que crecían en el mundo obrero y campesino.
f. Las resistencias a la adaptación
Antes de hacer repaso de los eventos revolucionarios, donde se verifica el alcance oportunista de la política ejercida por el PCCh y el Comintern, veamos qué resistencias surgieron a esta línea política. Por un lado, están los dirigentes comunistas chinos que aplicaron la orientación del Comintern con fuertes críticas, más o menos publicitadas, pero que serán marginadas a fuerza de la disciplina y a otros métodos de persecución a opositores y críticos, algo ya corriente en la organización moscovita. Chen Tu-hsiu será quien, estando al frente del partido chino, critique fuertemente la línea moscovita. Primero, rechazando el ingreso al Kuomintang y luego exigiendo en reiteradas oportunidades el retiro de los comunistas, tanto antes como después de las masacres consumadas.
Ahora bien, ¿qué posición de rechazo levantaron los opositores rusos sobre la situación china? La respuesta no deja de ser categórica: la gran polémica sobre el asunto chino y el oportunismo evidente del oficialismo se desarrollará a partir de 1926, momento en que parte del desastre comunista chino ya estaba consumado.
Antes de rastrear algunos antecedentes sobre esta polémica, y analizar qué resistencias hubo en la previa al desenlace final de la revolución china, repasemos quiénes estaban al frente del partido ruso y la Internacional. Desde el agravamiento de la enfermedad de Lenin a fines de 1922 hasta su muerte a principios de 1924, el control partidario pasó progresivamente a manos de la troika, siendo Zinoviev el principal exponente internacional al frente de la Comintern, utilizando el quinto congreso de la Internacional Comunista (1924) como instrumento de calumnia, ataque y persecución a Trotsky y la Oposición que venía resistiendo a la burocratización partidaria. La propia troika dirigente, constituida por Stalin, Zinoviev y Kámenev, se rompió en 1925, perdiendo luego Zinoviev el mando y quedando el estalinismo al frente del partido ruso, el aparato soviético y la IC, con Bujarin como circunstancial lugarteniente. Estos eran quienes definían la política para China, siendo Trotsky el principal referente de la Oposición hasta su definitiva expulsión a fines de 1927.
Aunque las duras críticas de Trotsky comenzaron a oírse en 1926, existen pruebas de que la línea oportunista no fue definida por él, ya que no participaba activamente en los asuntos de Oriente a pesar de integrar el Ejecutivo hasta 1925. Las decisiones se tomaban a sus espaldas con información recortada y falaz. Si bien en 1924 se opuso al ingreso del PCCh al Kuomintang, su postura crítica se limitó al Politburó, sin extenderse al Comité Central ni trascender públicamente.
Según el biógrafo Isaac Deutscher, Trotsky prestó en ese entonces mucha menos atención al caso chino que al británico o al polaco, sin dimensionar la gravedad de la crisis inminente. El autor entiende que Trotsky recién retomará la polémica al integrar una comisión en 1926 con el objeto de caracterizar la situación china y sus distintos gobiernos, creada con fines diplomáticos soviéticos, en la que también participaron Chicherin, Dzerzhinski y Voroshílov.
En abril de 1926, tras presentar un informe en el Politburó, Trotsky protestó contra la admisión del Kuomintang en la Comintern, señalando que el sun-yat-senismo era incompatible con el marxismo y la lucha de clases, y calificando de desafortunado el nombramiento honorario de Chiang Kai-shek. Reiteró su rechazo a la adhesión de los comunistas al KMT, pero todo el Politburó —incluidos Zinoviev y Kámenev, próximos a formar la Oposición Conjunta— respaldó a la dirección oficial.
Como vemos, la línea que se fue cocinando lentamente en China con los acercamientos de los diplomáticos soviéticos y los enviados del Comintern entre 1921 y 1925 careció de una fuerte resistencia. Desde ya, los contrapuntos existentes en el Partido Comunista Chino no tuvieron ninguna publicidad. Pero al mismo tiempo, la información a la que accedían tanto los militantes opositores rusos como el resto de la militancia internacional estaba absolutamente condicionada y manipulada. Esto quedó en evidencia a partir de los numerosos pedidos de explicaciones realizados por Karl Radek, rector de la Universidad Sun Yat-sen, crítico de la política oficial para China, y apuntado como chivo expiatorio de la Comintern tras el fracaso alemán de 1923.
En la segunda parte veremos cómo esta orientación oportunista tendrá por desenlace una de las más duras derrotas que sufrirá el proletariado.
1
Bibliografía:
Bianco, Lucien; “Asia Contemporánea”, Siglo XXI, 2010.
Broué, Pierre; “El Partido Bolchevique”, Alternativa, Buenos Aires, 2007.
Carr, Edward Hallet; “Bases de una Economía Planificada (1926-1929). 3. Tercera Parte”, Alianza Editorial, Madrid, 1984.
Chen Tu-hsiu; “Cómo Stalin y Bujarin destruyeron la revolución China”, de The Militant, Transcrito y marcado por Einde O’Callaghan para el Archivo de Internet Marxista.
Cole, George D. H.; “Historia del Pensamiento socialista VI”, FCE.
Deutscher, Isaac; “Trotsky. El profeta desarmado”, Era, Madrid, 1985.
Gerovitch, Luis; “La Primera Revolución China”, Centro Editor de América Latina.
Lenin; “II Congreso de la Internacional Comunista”, Obras Completas XXXIII, Cartago, Buenos Aires, 1971.
