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Las elecciones en Israel exponen la crisis del régimen de apartheid

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15/10/2026

Las elecciones en Israel exponen la crisis del régimen de apartheid

El 27/10 se votarán parlamentarios para la Knesset.


Suele decirse que las próximas elecciones a la Knesset israelí, previstas para el 27 de octubre, son “de importancia crítica”. En realidad, el resultado se conoce perfectamente de antemano. Después de estas elecciones, como después de todas las elecciones israelíes desde 1948, habrá en la Knesset una mayoría abrumadora de diputados racistas, comprometidos con la supremacía judía y con la expansión del proyecto colonial sionista a costa de la población nativa palestina y de los pueblos árabes vecinos.

Es poco probable que estas elecciones cambien el curso del genocidio que continúa en Gaza y de la “guerra en todos los frentes” que el actual gobierno israelí lanzó después del 7 de octubre, con el pleno apoyo de toda la oposición sionista. La profunda crisis del proyecto sionista no se expresa en estas elecciones planteando a los votantes decisiones trascendentales, sino a través de la ausencia total de cualquier debate sobre las cuestiones de fondo que llevaron a Israel a la guerra más larga de sus 78 años de existencia y a su incapacidad para alcanzar una resolución estable en cualquiera de los frentes.

En este primero de dos artículos analizo la crisis actual del sionismo y cómo se refleja en las elecciones. En un segundo artículo abordaré las posiciones de los partidos y movimientos que representan a los árabes palestinos de los territorios ocupados del ‘48, a quienes se les permite participar, y la cuestión de la participación o boicot.

El genocidio en Gaza: la aplicación de la Doctrina Dahiya

La primera Intifada palestina, la “de las piedras” (1987-1993), dio lugar a los Acuerdos de Oslo, que supuestamente debían conducir al establecimiento de un Estado palestino independiente en Cisjordania y Gaza. Pero era una ilusión: Israel nunca tuvo la intención de permitir una verdadera independencia palestina. La desilusión con el falso “proceso de paz” llevó a la segunda Intifada, la armada (2000-2005). Esta derivó en la retirada incondicional del ejército y los colonos israelíes de la Franja de Gaza y en la imposición de un estricto bloqueo sobre esa zona densamente poblada.

La Franja de Gaza fue creada como un territorio diferenciado a consecuencia de la Nakba palestina, la limpieza étnica que acompañó la creación del Estado de Israel en 1948. La mayoría de sus habitantes son refugiados del sur de Palestina, a quienes nunca se les permitió regresar a sus hogares. Para 2023, la pequeña franja, cerca del 1,36% de todo el país, albergaba alrededor del 15% de la población total, es decir, casi el 30% de la población árabe palestina.

Ariel Sharon, primer ministro de Israel en el momento de la retirada de Gaza, no ocultaba sus intenciones: prefería encarar Gaza mediante la artillería y los bombardeos aéreos antes que poner en peligro a soldados israelíes combatiendo a la guerrilla en el terreno. En el plano político, Israel utilizó la división de la dirección palestina entre la corrupta e impotente “Autoridad Palestina”, encabezada por Fatah, en la Cisjordania controlada por Israel, y la Gaza dirigida por Hamás, como otra excusa para bloquear cualquier camino hacia un Estado palestino.

El estricto bloqueo por tierra, aire y mar impidió cualquier desarrollo viable. Durante 18 años, Gaza vivió una contradicción tortuosa: era el único territorio palestino semilibre y, al mismo tiempo, una enorme cárcel a cielo abierto para más de dos millones de personas. Israel creyó haber encontrado un paradigma sostenible para expandir sus asentamientos y la limpieza étnica en Cisjordania mientras bombardeaba Gaza periódicamente. La normalización de las relaciones de Israel con varios gobiernos árabes alentó a sus dirigentes y a sus amos imperialistas estadounidenses a creer que estaban consolidando una hegemonía estable sobre Medio Oriente.

Todo esto estalló con “Tufan al-Aqsa” (Diluvio de Al Aqsa), el ataque sorpresa de Hamás y sus aliados del 7 de octubre de 2023. Israel desató un nivel de violencia sin precedentes contra la población civil de Gaza y devastó todos los elementos básicos para la vida. La violencia desmedida de Israel no fue una respuesta espontánea a los ataques del 7 de octubre. Fue la aplicación sistemática de una estrategia planificada de antemano, adoptada mucho antes bajo el nombre de “Doctrina Dahiya”.

“La Dahiya” designa los suburbios del sur de Beirut, la capital del Líbano, donde la mayoría de la población pertenece a la rama chiita del islam. En su invasión del Líbano de 2006, mientras las columnas de tanques israelíes eran derrotadas en el terreno, Israel destruyó desde el aire buena parte de la Dahiya, con la esperanza de que el sufrimiento de la población civil le devolviera su capacidad de disuasión.

La genocida Doctrina Dahiya se identifica sobre todo con el general Gadi Eisenkot. En 2008, cuando era jefe del Comando Norte del ejército, la explicó abiertamente en una entrevista con Yediot Ahronot: “Lo que ocurrió en el barrio de Dahiya en Beirut en 2006 ocurrirá en cada aldea desde la que se disparen tiros en dirección a Israel. Ejerceremos una fuerza desproporcionada y causaremos un daño y una destrucción inmensos. Desde nuestra perspectiva, se trata de bases militares. […] Esto no es una sugerencia. Es un plan que ya ha sido autorizado.”

Ahora, después de que Israel aplicara esa misma doctrina en Gaza hasta el nivel de un genocidio masivo, el general Eisenkot es visto como la gran esperanza de la oposición israelí para reemplazar al corrupto y fracasado Netanyahu. Su principal reproche a Netanyahu es que Hamás en Gaza “no fue aplastado”.

Guerras eternas contra todos

Las elecciones israelíes podrían ser significativas si la oposición tuviera alguna intención de poner fin a la agresión desenfrenada de Israel en todos los frentes. Pero no es el caso. De hecho, toda la oposición sionista hace lo imposible por atacar al gobierno más ultraderechista de la historia del Estado… ¡por derecha! 

En primer lugar, el general Eisenkot y sus aliados prometen aplastar a Hamás, como si el problema fuera que el pueblo de Gaza no hubiera sido bombardeado, hambreado y torturado lo suficiente. El segundo caballito de batalla que une a la oposición sionista es el impulso a una movilización más amplia al servicio de la maquinaria de guerra y ocupación. Insisten en que más guerras requieren más soldados y quieren imponer el reclutamiento de los judíos ultraortodoxos “jaredíes”.

Movilizan a la opinión pública militarista contra los partidos religiosos conservadores del campo de Netanyahu, que apoyan con gusto todas las guerras siempre que puedan mantener a sus bases electorales lejos del peligro directo. En esta oposición también se habla mucho de reclutar a los árabes palestinos de los territorios ocupados del ‘48 para algún tipo de “servicio nacional”. Como no están dispuestos a armar a la juventud palestina, esto probablemente terminaría siendo trabajo esclavo al servicio de la ocupación.

Una vez más, al igual que el genocidio en Gaza, la interminable “guerra en todos los frentes” no es un resultado espontáneo de la histeria colectiva ni el exceso de los extremistas en el poder. Es la conclusión lógica de una estrategia planificada desde hace mucho tiempo, que cuenta con el respaldo del consenso sionista e imperialista.

Desde que Estados Unidos adoptó a Israel como su principal herramienta para imponer su hegemonía en Medio Oriente, después de la guerra de 1967, la fórmula básica acordada fue garantizar la superioridad militar estratégica de Israel sobre cualquier posible coalición de potencias regionales. Mantener la región bajo dictaduras corruptas y al servicio de sus propios intereses, y fomentar guerras civiles y disputas sectarias, sirve a la perfección a esta estrategia. Pero el desarrollo de la región no puede detenerse para siempre, por lo que se requirieron intervenciones militares más directas de Estados Unidos e Israel.

En la mayoría de las guerras anteriores, la dinámica era simple: Israel atacaba a algún vecino “desobediente” y Estados Unidos extraía concesiones políticas a cambio de frenar la agresión israelí. Al iniciar una guerra, los políticos y generales israelíes solían preguntar “¿cuánto tiempo tenemos?”. Israel iba a la guerra como un perro de ataque, sin “frenos” internos, pero esperaba la señal de sus amos para detenerse.

Este mecanismo ahora está roto, ya que Estados Unidos se enamoró de la agresión de sus sirvientes y no ejerce ninguna presión para detener la guerra. Hay una excepción: la guerra contra Irán, en la que el propio Estados Unidos se dejó tentar a entrar en una guerra y empezó a pagar un precio por ello. Para recuperar el control y limitar los daños, le ordenó a Israel salir de esa guerra, al menos por ahora. Mientras Israel expande activamente sus fronteras en todos los demás frentes, muchos sionistas temen que la credibilidad menguada de Netanyahu esté erosionando la posición internacional de Israel. Ahora esperan que reemplazar a los políticos a cargo detenga el derrumbe de la imagen internacional de Israel y le asegure el apoyo imperialista para una agresión todavía mayor.

No hay “Demócratas” en el apartheid

Muchos periodistas describen falsamente la lucha política en Israel como un choque entre “derecha” e “izquierda”, o “centroizquierda”. Es una terminología completamente engañosa para analizar un régimen de apartheid. Tomemos el caso de “Los Demócratas”, que supuestamente son el partido más “de izquierda” de la oposición sionista. Reúne a los restos del “Partido Laborista” sionista, que encabezó la limpieza étnica de 1948 y las ocupaciones de 1967, con los restos del más seudoizquierdista “Meretz”. Este último, debido al giro a la derecha de la opinión pública israelí, perdió toda posibilidad de representación propia.

“Los Demócratas” están hoy unidos bajo la dirección del belicoso general Yair Golan. En 2007, cuando era comandante de las fuerzas de ocupación israelíes en Cisjordania, desafió un fallo explícito de la Corte Suprema de Israel, así como órdenes del ejército, y autorizó el uso de civiles palestinos como escudos humanos en operaciones contra presuntos guerrilleros.

En una entrevista con The Guardian en agosto de 2024, declaró que “Hamás debe ser eliminado de la Franja, y que debería tomarse una acción más contundente en el norte de Israel contra la poderosa milicia libanesa Hezbolá”. También afirmó que “Israel debe seguir teniendo libertad de acción en Gaza y Cisjordania en el futuro próximo”.

En otra entrevista, esta vez con The Times of Israel, en febrero de 2025, Golan acusó a Netanyahu de “permitir que Hamás siga controlando la Franja y recupere su posición”.

En un típico giro oportunista y militarista, Golan aplaudió con entusiasmo el ataque sionista-yanqui contra Irán en febrero de 2026. Declaró en su cuenta de X: “Eliminar a Jamenei es un paso drástico y significativo. Las fuerzas de seguridad de Israel, junto con las fuerzas estadounidenses, han demostrado una vez más superioridad de inteligencia y una capacidad operativa impresionante. Me cuadro ante ustedes”. Recientemente, el 9 de octubre, cuando el fracaso de la agresión ya es evidente para todos, afirmó que matar a Jamenei fue “un error”. Su razón: “no sirve a los intereses del Estado de Israel. Cuando hay un líder anciano y con muchos años en el cargo, hay cierta ventaja”.

Los seudo “Demócratas”, junto con toda la oposición sionista, se sumaron a la iniciativa de la extrema derecha para la proscripción de Sami Abu Shehadeh, dirigente de la “Alianza Nacional Democrática” palestina (Balad), en las elecciones a la Knesset.

Contradicciones internas de un sistema en crisis

Si bien no hay una diferencia significativa entre el campo gubernamental de extrema derecha sionista y la oposición de extrema derecha, entre ellos hay una gran cantidad de odio y desconfianza genuinos. Buena parte es un reflejo local de las guerras culturales que dividen en todas partes a la derecha populista -de la que Netanyahu es uno de los padres fundadores- de las élites “liberales” imperialistas. Pero esta división global se ve multiplicada por la sensación de fracaso que dejan los últimos tres años de guerra sin fin.

Netanyahu ya estaba en serios problemas por múltiples procesamientos por corrupción mucho antes de la última guerra. Logró conservar el apoyo de la mayor parte del electorado judío canalizando la frustración con el establishment en apoyo a su impunidad. Ahora la oposición lo acusa de ser responsable del fracaso total de la inteligencia y las defensas israelíes el 7 de octubre, y de no haber logrado ganar la guerra.

Del otro lado, los partidarios de Netanyahu acusan a la oposición de ser “izquierdista”, “débil” y de tener la intención de formar un gobierno apoyado por partidos árabes. Incluso abundan las teorías conspirativas según las cuales la oposición y el Estado profundo (incluidos sectores del ejército y de los servicios de seguridad) habrían estado de algún modo involucrados en una traición lisa y llana el 7 de octubre, con el fin de desacreditar al gobierno.

Hoy el electorado judío está dividido en dos campos de tamaño similar, cargados de frustración y odio. Pero ambos están unidos por el consenso sionista de que a los palestinos se les debe negar todo derecho, y sobre todo el derecho a la autodeterminación. Esa negación se extiende a los dos millones de palestinos que formalmente tienen ciudadanía israelí y pueden participar en las elecciones israelíes. Existe un consenso casi total entre los partidos sionistas en que un “gobierno sionista” legítimo no debe apoyarse en los votos de los partidos árabes (incluido el Partido Comunista israelí, integrado por árabes y judíos).

Este racismo descarado probablemente castigue a quienes lo sostienen, ya que ninguno de los dos campos sionistas tiene perspectivas de alcanzar la mayoría. El resultado más probable de las elecciones es, por lo tanto, un punto muerto que podría llevar a nuevas elecciones. También podría provocar una crisis interna en algunos de los propios partidos sionistas, ya que una traición masiva al electorado sería la forma más fácil de formar gobierno.

Mientras los israelíes están absorbidos por sus conflictos internos, solo la presión externa puede detener el genocidio y poner fin a la guerra en todos los frentes.

Yoav Haifawi es integrante de Abnaa el-Balad (“Hijos de la tierra”), movimiento palestino de izquierda