Las guerras obreras en Córdoba 1955-1976 de James P. Brenan
Acerca de El Cordobazo
James Brenan, profesor de Historia de la Universidad de Georgetown Estados Unidos, ha escrito un pormenorizado y bien documentado estudio del movimiento obrero cordobés entre los años 1955 y 1976. A Brenan le llamó la atención la presencia, en ese período, de «una clase obrera inusualmente activa y militante» (1), por lo que se propuso «demostrar que la pronunciada militancia, e incluso la radicalización política de la clase obrera cordobesa, se debieron no sólo a los cambios ocurridos en la cultura política de la Argentina, sino también a la dinámica relación entre la fábrica y la sociedad durante esos años y las condiciones específicas de la base fabril y la cultura del lugar de trabajo que crea la producción automotriz en un país semiindustrializado como la Argentina».
La sorpresa de Brenan por la vigencia de su obra responde fundamentalmente a las interpretaciones que el autor realiza sobre el fenómeno cordobés, a los errores que atribuye a la izquierda y a los sindicatos independientes y, por último, a las tareas que hoy tiene planteado el movimiento obrero y particularmente a la posibilidad de desarrollar «sindicatos honestos, democráticos, combativos y fuertemente politizados» en nuestros días.
El fenómeno cordobés
¿A qué se debió este fenómeno? Brenan reconoce muchas razones, varias de ellas valederas. Como la crisis desatada en la industria automotriz; la pretensión de las patronales de hacer pagar el costo de la situación a los trabajadores en una lucha denodada por los ritmos de trabajo (para aumentar la productividad), por los puestos de trabajo, etc.; la «ausencia de una burguesía local poderosa que hiciera de contrapeso» en el enfrentamiento entre dos colosos, la clase obrera, por un lado, y las multinacionales por el otro, etc. Casi un calco de la situación en nuestros días.
La identidad peronista
Brenan entiende que un aspecto distintivo de la política obrera cordobesa es que un proletariado con «una identidad abrumadoramente peronista» haya elegido en sus conducciones gremiales a sectores de izquierda: «Los mecánicos cordobeses parecen no haber tenido dificultades para conciliar sus profundas lealtades (itálicas mías, E.S.) peronistas con el apoyo a una conducción gremial clasista y, en su mayor parte, marxista. La clave para entender la militancia obrera cordobesa debe encontrarse, por lo tanto, no en la infructuosa búsqueda de una conversión ideológica de la clase obrera al clasismo, sino más bien en el análisis de las condiciones que posibilitaron la conciliación de una identidad peronista y una dirigencia gremial no peronista y que condujeron a los trabajadores a apoyar tácticas más militantes que las defendidas nacionalmente por Vandor y sus herederos».
Para Brenan una de las «condiciones que posibilitaron la conciliación» es «la influencia de la independencia en el proletariado cordobés, la fuerte identidad regional de los trabajadores de Córdoba y su oposición a la interferencia porteña… la clase obrera local pensaba de sí misma que era tanto cordobesa como peronista».
Para Brenan «las rivalidades políticas y la lucha por el poder dentro del movimiento obrero parecen ser el gran factor que con mayor frecuencia se pasa por alto en esta historia». Es así que el autor a lo largo de su libro y en las conclusiones asigna una vital importancia a las distintas divisiones dentro de la burocracia sindical, asignando un carácter independiente y progresista a aquellos sectores que se desprendían del vandorismo. Tal es su visión, que define al «clasismo» como el intento de «romper con el estilo gremial que había surgido con el vandorismo» y critica a la izquierda por no haber atendido a las «corrientes disidentes de la clase obrera peronista».
La llamada identidad peronista de la clase obrera es para Brenan un dato inamovible de todo este período. Si bien considera que «En Argentina, la cooptación gubernamental del movimiento obrero fue más problemática (en relación a otros estados latinoamericanos Brasil y México, en particular) y nunca se realizó del todo», señala, sin embargo, que había una unidad de propósitos entre los dirigentes gremiales peronistas y la base obrera en torno a la colaboración con el Estado: «En cierta medida, los caciques gremiales peronistas eran responsables ante las bases, en las que, por otra parte, hacia comienzos de los años sesenta existía un consenso en favor de cierto nivel de diálogo y cooperación con el Estado y la patronal».
Las divisiones dentro de la burocracia sindical eran la expresión del papel que la burguesía le había asignado al peronismo después del 55. «El peronismo está irreversiblemente agotado porque ha dado todo lo que podía dar y en esta larga agonía fue convocado por la burguesía para quitar hasta lo mínimo que hubiera podido dar en su período de ascenso» (3), por ello las alianzas de «legalistas» e «independientes»; así como la división de la CGT quedaron definitivamente resueltas cuando la presencia de Perón se convirtió en una necesidad impostergable para la burguesía. Brenan señala: «Como resultado, el retorno de Perón se convirtió en el único tema de conflicto real entre los sindicatos legalistas y los de izquierda, que durante un tiempo trabajaron juntos en una especie de alianza revolucionaria sindicalista. Sin embargo, con la restauración del gobierno peronista y el restablecimiento del verticalismo, estos gestos independientes se hicieron más difíciles, y en última instancia imposibles». Pero esta política fue desacatada por los obreros peronistas que durante la primera etapa del gobierno peronista del 73 voltearon delegados, comisiones internas y dirigentes burocráticos por doquier, estallaron miles de conflictos y fue necesario apelar a la represión más sangrienta y brutal (la Triple A, la dictadura militar) para frenar este proceso.
Cordobazo, ¿huelga revolucionaria?
El peronismo se acopló a la tarea de la dictadura, «el movimiento obrero peronista, alentado por la propia respuesta inicialmente positiva de Perón a Onganía (desensillar hasta que aclare, fue la orden de Perón desde el exilio) maniobró para congraciarse con el nuevo régimen. Tanto la facción de Vandor como la de José Alonso elogiaron el cambio de gobierno, y la Confederación General del Trabajo, bajo el control del primero, publicó al día siguiente del golpe un documento con sugerencias políticas para Onganía, una clara insinuación de su disposición para trabajar con el régimen». Pero no fue sólo la burocracia peronista la que decidió dar un aval al nuevo régimen: «Luego del golpe, Tosco regresó brevemente a Córdoba (era representante de Luz y Fuerza de Córdoba en la FATLYF) para dar parte a los dirigentes lucifuercistas de los recientes acontecimientos. Para sorpresa de todos los presentes, en una reunión imprevista convocada por él, Tosco urgió a actuar con cautela y pidió un período de gracia para ver qué tipo de políticas iba a seguir realmente Onganía». Tosco en este aspecto seguía la política del secretario general de la FATLYF, Félix Pérez, y de Taccone (de la seccional Buenos Aires) que «también creían que el gobierno de Onganía ofrecía nuevas posibilidades y hasta habían llegado a asumir el liderazgo de los participacionistas, el sector del movimiento obrero que más apoyaba al nuevo gobierno». Según Brenan, la vacilación de Tosco duró muy poco.
Durante este período se desarrollaron luchas del movimiento obrero, fundamentalmente en la industria automotriz, «los despidos, el incremento de los ritmos de producción y un deterioro general de las condiciones de trabajo en las plantas fueron las chispas de grandes protestas obreras en las fábricas de IKA-Renault, Chrysler, Ford, Citroën y Peugeot a lo largo de 1967 y 1968».
Las reivindicaciones y los ataques del gobierno iban mucho más allá del proletariado industrial: «Luz y Fuerza también sintió el peso de los planes de racionalización de Onganía antes que otras seccionales de trabajadores de la energía. Las suspensiones del personal, las semanas laborales reducidas y los planes para transferir la jurisdicción de la Epec sobre el desarrollo de la energía nuclear en la provincia al gobierno central, considerados por muchos en el sindicato como un ardid para permitir la posterior privatización de la empresa». Un objetivo que se apresta a consumar el menemista Mestre.
La dictadura de Onganía se había convertido en una losa pesada e insostenible para el conjunto de la población: «Caballero (el interventor en Córdoba de Onganía) agravó la desafectación obrera y estudiantil al encolerizar a los habitantes de la clase media cuando a comienzos de 1969 incrementó los impuestos a la propiedad (otra similitud con Mestre), enajenándose aun más a un gran segmento de la población ya descontenta con la suspensión de las libertades cívicas y la participación política bajo el régimen autoritario de Onganía».
La gota que colmó el vaso fue la decisión del gobierno de derogar el «sábado inglés», que estaba en vigor en Córdoba, Mendoza, San Luis, Santiago del Estero y Tucumán. Una asamblea general de los mecánicos realizada el 14 de mayo en el Córdoba Sporting Club fue disuelta violentamente por la policía, pero reveló que la decisión de ir a una lucha frontal contra el régimen estaba tomada por las bases obreras: el cordobazo estaba cantado.
Brenan ha historiado ricamente el proceso previo al Cordobazo y su propio desarrollo. De su crónica se desprende con claridad que las reivindicaciones de las masas fueron el gran motor de la lucha, también la experiencia que éstas fueron desarrollando sobre un conjunto de luchas fracasadas y la adaptación permanente de las direcciones sindicales. En el marco de una crisis económica generalizada, el régimen político había entrado en crisis, las movilizaciones recorrían el país y la fuerte presión de las mismas llevaron a la CGT de Vandor y a la de Ongaro a decretar un paro general para el 30 de mayo. Pero en Córdoba el alza obrera, un creciente y destacado activismo independiente, es decir, no controlado por las direcciones gremiales, llevó a la CGT local a decretar un paro a partir de las 10 de la mañana del 29 de mayo con abandono de fábrica. Por todo esto, el Cordobazo fue mucho más que una huelga, fue la acción independiente de la clase obrera (al frente del conjunto de los explotados) frente a una crisis económica y política de la burguesía, lo que le da la característica de una huelga revolucionaria ya que planteaba objetivamente una salida obrera a la crisis.
La recurrente mención de Brenan a las «rivalidades peronistas», al enfrentamiento entre las centrales en Buenos Aires y las seccionales del Interior, y a la filiación peronista de la mayoría de los dirigentes gremiales le ha hecho perder de vista el creciente activismo, que se nucleaba en la izquierda, y el hecho de que el Cordobazo no fue el resultado de un papel firmado por Tosco y Torres decretando el paro del 29; fue el resultado de la ya declarada decisión de las bases obreras y del pueblo en general (el 23 de mayo ya había habido movilizaciones de los estudiantes en el barrio Clínicas) de irrumpir en la escena política. La contradicción entre la filiación peronista de la dirección del Smata y las direcciones propatronales y amarillas del Sitrac-Sitram y la acción independiente de los trabajadores fue resuelta a posteriori del Cordobazo con el triunfo de la lista Marrón en el Smata y con las de las direcciones clasistas del Sitrac-Sitram. Lo que los trabajadores hicieron después del 29 de mayo fue ajustar una situación que era previa.
Izquierda, partido de los trabajadores y peronismo
El Cordobazo hirió de muerte a la dictadura de Onganía, abrió una situación revolucionaria en el país. En la burguesía se operó un cambio de frente para atender a la grave crisis económica y al alza de las masas ante el peligro de quiebra del estado patronal. Por lo tanto estaba planteada una cuestión clave: la del poder, y esto no sólo para las distintas fracciones de la burguesía y el imperialismo sino también para la clase obrera. Cerrar la crisis mortal del Estado implicaba terminar con la iniciativa de los trabajadores, con los sindicatos, comisiones internas y delegados antiburocráticos, en fin, doblegar al movimiento obrero para imponerle un feroz retroceso de sus condiciones de vida y laborales. Para ello se lo trajo a Perón y para ello se masacró a 30.000 trabajadores. El problema para los trabajadores era con qué política, con qué programa enfrentaban la nueva situación que la lucha por sus reivindicaciones y la crisis patronal habían creado. La ausencia del partido implicaba la ausencia de un objetivo de poder para los trabajadores, de una perspectiva propia, es decir, quedaban sometidos a las distintas salidas patronales.
La conclusión de Brenan es importantísima. Pero, ¿cuál es la concepción que Brenan tiene de un partido de los trabajadores? Aunque el autor no lo dice, de su crítica a la izquierda se desprende que él lo concebía como un partido que partiera de reconocer la «fuerte identidad peronista de los trabajadores», que uniera a la izquierda con los sectores «disidentes» del sindicalismo peronista. Brenan dice: «… el clasismo fracasó por motivos muy específicos. Su fracaso fue en gran medida político, debido a la incapacidad o falta de voluntad de la izquierda marxista para resolver su sectarismo crónico y aliarse efectivamente en el plano nacional con las corrientes disidentes de la clase obrera peronista». Pero, ¿fue realmente así?
¿Cuál fue la posición de la izquierda frente al peronismo? En el propio terreno sindical, tanto Tosco como Salamanca, privilegiaron su alianza con los sindicatos peronistas. «El nuevo secretario general del Smata, René Salamanca, había expresado la intención de la dirigencia del Smata de seguir una política no sectaria en la administración y de cooperar con todos los sectores progresistas del movimiento obrero cordobés». De la alianza entre la izquierda y los sectores peronistas disidentes Brenan da un testimonio: «La fortaleza de esta alianza había sido demostrada el 15 y 16 de enero de 1972 en el congreso de las Agrupaciones Peronistas Combativas, una reunión nacional de los sindicatos peronistas presidida por López y los legalistas cordobeses que había elegido al no peronista Tosco como presidente honorario».
Si en alguna cuestión gravitó esta alianza fue en relación a la conducción clasista del Sitrac-Sitram, que había hecho de la lucha contra la burocracia sindical una bandera y que avanzó hasta donde nadie había llegado: plantear la cuestión del partido revolucionario. Dice Brenan, «Salamanca y el nuevo comité ejecutivo del Smata (decidieron) apoyar la afiliación de los trabajadores de Fiat a su sindicato (el Sitrac-Sitram había sido disuelto por la dictadura y la mayor parte de sus dirigentes encarcelados, la UOM había obtenido el apoyo patronal para afiliar a los trabajadores) a pesar de los extendidos recelos por la experiencia del Sitrac-Sitram existentes en sus filas. El propio partido de Salamanca, el PCR, era un crítico deslenguado del clasismo de Fiat. Durante mucho tiempo había pintado a la rebelión de los trabajadores de esa empresa como un movimiento de bases bien intencionada y honesto que habían echado a perder su ingenuidad y aislacionismo políticos, específicamente manifiestos en su supuesta negativa a cooperar con los elementos progresistas del movimiento obrero cordobés de la CGT local» (itálicas sin comillas mías, E.S.). Más adelante el autor relata las quejas de los clasistas de Fiat por la poca «fuerza» que el Smata ponía a la campaña de afiliación. Brenan también señala que «tanto López como Tosco… ninguno estaba complacido con las posiciones clasistas con las que el Sitrac-Sitram se identificaban cada vez más». ¿Cuáles eran estas posiciones? «… la lucha contra las soluciones burguesas o pequeño burguesas en función de la clase obrera acaudillando a las masas interesadas en la lucha anticapitalista y antiimperialista, la destrucción de las fuerzas armadas,… una dirección clasista y revolucionaria en las organizaciones obreras,… la expulsión del imperialismo» (5).
Brenan coincide en parte con las críticas que la «izquierda» y los «sectores progresistas» tenían hacia la conducción clasista del Sitrac-Sitram, a quienes achaca que «subestimaron la profundidad de la lealtad peronista en las bases», por lo que rescata como lo fundamental del clasismo «su espíritu democrático y su defensa fiel de los derechos de los trabajadores». Sin embargo, fueron las posiciones clasistas de la conducción del Sitrac-Sitram las que lo convirtieron dice Brenan «como un precedente perturbador, y así otros movimientos clasistas inspirados en el ejemplo de los trabajadores de Fiat habían comenzado a aparecer en todo el país». Los sindicatos clasistas de Fiat «instalaron en los trabajadores la sensación de poder (dada por) la rebelión sindical…. y la conciencia de la propia valía», condiciones necesarias para una acción y organización independiente de los trabajadores. En contraposición a esto, Tosco y Salamanca marchaban abiertamente a la ligazón con los sectores peronistas y con el propio gobierno de Perón, es decir, lo opuesto al desarrollo de «una conciencia de la propia valía» de los trabajadores. «Salamanca se mantuvo evasivo en la cuestión de la afiliación (de los trabajadores de Fiat al Smata) al mismo tiempo que hacía hincapié en el compromiso de su gremio de cultivar relaciones amistosas con los otros sindicatos no clasistas de la CGT cordobesa», y más adelante «activistas clasistas de todos los sindicatos de la ciudad atraídos al Frente Unico Clasista hicieron de la afiliación de los trabajadores de Fiat al Smata uno de sus principales objetivos. Sin embargo el ardor de Salamanca se había enfriado, dado que las presiones de Perón habían desvanecido definitivamente toda posibilidad de apoyo por parte de Rodríguez y el Smata central en la cuestión. En el enrarecido clima político de fines de 1973, la conducción clasista del Smata creyó, indudablemente, que impulsar el tema constituía una provocación innecesaria a Perón y al movimiento obrero peronista» (itálicas mías, E.S.). Tosco, por su parte, «dentro de su sindicato (impulsó) la actitud inicialmente conciliadora… hacia el nuevo gobierno peronista… Si bien nunca se convirtió en miembro del partido, y a pesar de que tenía algunas diferencias importantes con éste, las cautelosas políticas del PC coincidían con frecuencia con las suyas, en especial en lo que se refiere a sus recelos acerca del clasismo y su oposición a la lucha armada como estrategia revolucionaria legítima para la izquierda argentina».
Vigencia del clasismo. Conclusión
Brenan declara su «obvia simpatía por el movimiento» obrero cordobés, por sus luchas, por sus organizaciones «combativas». Pero, ¿es hoy posible recrear un movimiento sindical como el de esa época, puede éste servir como modelo «para el sindicalismo argentino de fines del siglo XX»? Para Brenan, «básicamente no». «El contexto nacional e internacional ha cambiado radicalmente en los últimos veinte años. En lo nacional el actual contexto democrático, con todas sus fallas, está muy lejos de los gobiernos militares en los cuales floreció el sindicalismo cordobés. Los cambios ideológicos dentro del peronismo y en el mundo en general también parecen poco apropiados para una simple reencarnación del sindicalismo cordobés de los años sesenta y setenta. En rigor de verdad, la transnacionalización de la producción, el poder ascendente de las grandes concentraciones de poder económico y la desarticulación del estado que cuenta cada vez menos como árbitro de las relaciones sociales van a hacer que cualquier sindicalismo, en el mejor de los casos, sea simplemente defensivo.»
Gregorio Flores sostiene que «las expectativas de la clase en el peronismo, que todavía no había entrado en descomposición, actuaban como un dique de contención que impedía la penetración de las ideas clasistas en el plano político» (6), pero como dice Christian Rath, «la enorme militancia clasista y antiburocrática de la década del setenta fue canalizada por organizaciones que no planteaban la independencia de clase como viga maestra de su estrategia, pero éste fue un fenómeno transitorio como se reveló en la propia maduración de la dirección del Sitrac-Sitram. El resultado último de la evolución política de esta generación sólo se puede prejuzgar, porque lo que acabó con ella fue la dictadura militar» (7).
Si no fuera porque Brenan no se declara marxista, ni socialista, ni revolucionario, sus conclusiones son las de un quebrado. Su pormenorizado análisis de la fábrica, de la unidad de ésta con la sociedad, no le han permitido ver que el motor de la lucha de clases no es la ideología sino las relaciones de producción. Brenan se ha comprado enteras las teorías de la globalización, del neoliberalismo, etc., que es el argumento típico de los intelectuales izquierdistas devenidos a funcionarios del capitalismo. La acción de la clase obrera, su perspectiva como clase (el socialismo), a su entender, deben ser mandadas al museo de la historia por el advenimiento de la democracia («Si su impulso revolucionario y su fe ciega en la capacidad del socialismo para resolver las inequidades del capitalismo parecen hoy un poco ingenuos y añejos», refiriéndose a los «clasistas», itálicas mías, E.S.). Brenan no ve en ella un instrumento de la clase capitalista para ejercer su dictadura, por ello afirma que el Estado se ha desarticulado cuando éste juega un papel aún más desembozado para asegurar la expropiación cada vez mayor del capital sobre el trabajo y sin cuya presencia esto sería directamente imposible. La crisis capitalista que hoy envuelve al planeta, las luchas cada vez más ofensivas de las masas no entran en su análisis.
Al margen de las conclusiones, Brenan ha hecho un gran aporte para las tareas que hoy tiene planteadas el activismo. Leyendo su libro, las luchas de Fiat, de Ciadea se comprenden aún más. La necesidad de construir el partido revolucionario de la clase obrera se fortalece con las conclusiones que el relato de las «guerras obreras en Córdoba» permite sacar el lector.
Notas:
1. Todas las citas salvo indicación contraria son del libro Las guerras obreras en Córdoba, de James P. Brenan, Editorial Sudamericana (1994) (Labor Wars in Córdoba, 1955-1976, título original).
2. Emilio Martín; «El peronismo es un cadáver insepulto», en Prensa Obrera Nº 574, 19 de febrero de 1998.
3. Idem.
4. Idem.
5. Citas de la Declaración del Sitrac-m al Congreso de Sindicatos Combativos, Agrupaciones Clasistas y Obreros Revolucionarios, agosto de 1971, citado por Christian Rath en En Defensa del Marxismo Nº 19, febrero-abril de 1998.
6. Gregorio Flores; Sitrac-m; del Cordobazo al Clasismo, Editorial Magenta, Bs. As. 1995.
7. Christian Rath; «Un balance de en serio de la derrota de Fiat», en En Defensa del Marxismo Nº 19, febrero-abril de 1998.