A dos millones de árabes palestinos en la Palestina ocupada del ’48 se les permite votar, pero se les niega cualquier influencia real en la falsa democracia racista de Israel. Algunos intentan bajar sus expectativas para obtener logros prácticos; otros llaman al boicot.
En el primero de dos artículos sobre las elecciones israelíes, previstas para el 27 de octubre, expliqué cómo los partidos sionistas comparten el apoyo al genocidio, la limpieza étnica, la ocupación y la guerra en todos los frentes.
Recientemente, propagandistas internacionales del sionismo, como Reuters, The Economist y The New York Times, destacaron el papel de los partidos que representan a la sociedad árabe palestina, para crear la ilusión de que hay algún cambio real en el horizonte. Ignoran intencionalmente la dinámica racista que controla por completo la política israelí.
El apartheid empieza por la demografía
Israel se define como un “Estado judío y democrático”. Para constituirse como tal, necesitaba una mayoría judía. En 1948, incluso antes de ser declarado oficialmente, Israel llevó adelante una campaña de masacres y terror para crear esa mayoría judía, expulsando a alrededor del 80% de la población nativa en el 78% del país que logró ocupar. Una vez terminada la guerra, a los refugiados que intentaban regresar a sus hogares se les disparaba en la frontera sin previo aviso. Lo que quedó de la población árabe palestina nativa fue sometido a un estricto régimen militar que duró 18 años. Los imperialistas occidentales celebraron el Estado resultante como un faro de democracia en el atrasado Medio Oriente.
Las cosas se complicaron más en 1967, cuando Israel ocupó el resto de Palestina (la Franja de Gaza y Cisjordania), además del Sinaí egipcio y los Altos del Golán sirios. En su afán por perpetuar sus nuevas ocupaciones, Israel emprendió esfuerzos sistemáticos de limpieza étnica y de construcción de asentamientos judíos en tierras robadas a los palestinos y a otros árabes. En 1948, los palestinos que quedaron bajo dominio israelí eran una pequeña minoría, y a la mayoría de ellos se les otorgó la ciudadanía formal, incluido el derecho al voto. Después del ’67, la población palestina bajo dominio israelí era mucho mayor. Según estimaciones de los últimos años, los palestinos son mayoría entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Para mantener la condición del régimen como “democracia judía”, Israel evitó otorgar a sus nuevos súbditos cualquier estatus civil o derechos nacionales.
Algunos defensores de Israel intentan promover la ilusión de que existe un Israel democrático y “natural” dentro de sus fronteras de 1949-1966 (Israel también se había expandido significativamente en 1949), frente a las ocupaciones “problemáticas” de 1967. En su lógica distorsionada, la limpieza étnica más exhaustiva de 1948 hizo legítima aquella ocupación.
Desde 1967, Israel gobierna sobre un único Estado de apartheid, desde el río hasta el mar. Para sus ciudadanos judíos hay un único régimen legal, de carácter civil, decidido por los partidos que eligen para la Knesset. Solo los palestinos están divididos entre una pequeña minoría con ciudadanía formal dentro de la Línea Verde y distintos sistemas de régimen militar directo en Cisjordania y Gaza. Los palestinos fueron divididos aún más por los Acuerdos de Oslo en las áreas “A”, “B” y “C”, con reglas diferentes para cada una, y nuevamente en 2005, con la retirada de la ocupación de la Franja de Gaza y su conversión en una cárcel a cielo abierto bajo un bloqueo asesino y bombardeos periódicos. Los colonos judíos de al-Jalil (Hebrón), como en toda Cisjordania, participan en las elecciones para decidir “democráticamente” (junto con sus hermanos “liberales” de Tel Aviv) cómo robar y torturar a sus vecinos árabes, a quienes no se les permite ninguna expresión política.
El apartheid como herramienta de limpieza étnica
El apartheid israelí es peor que su gemelo sudafricano. En la práctica cotidiana son muy similares: aplican leyes distintas a distintos sectores de la población. Pero, mientras que en Sudáfrica el apartheid se basaba en la explotación de la población nativa, el objetivo último del sionismo, desde el primer día, fue deshacerse de los palestinos y heredar su tierra, como lo expresa el viejo lema sionista: “Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”.
Este deseo de hacer desaparecer a los palestinos es la fuerza motriz detrás de todas las actividades del Estado israelí. Está consagrado en la definición del Estado como expresión de la autodeterminación judía en su declaración de independencia. Fue reforzado aún más por la “Ley del Estado-Nación” de 2018, al declarar que el derecho a la autodeterminación en el Estado está reservado exclusivamente a los judíos. Existen muchas otras leyes y prácticas discriminatorias, pero el aparato estatal -los municipios locales controlados por judíos, la policía, el ejército, los servicios de seguridad, las oficinas gubernamentales y los tribunales-, todos entienden cuál es su objetivo primordial, incluso donde ninguna ley específica lo exige explícitamente.
Esta misma tendencia también es evidente en la composición de la economía israelí. La mayoría de las instituciones económicas, privadas, públicas o gubernamentales, favorecen a los empleados judíos y tratan de evitar contratar palestinos o, si no, mantenerlos marginados. Los trabajadores palestinos, marginados y “no deseados”, no tienen un poder de negociación efectivo, ni siquiera para la defensa de sus derechos cotidianos. Cualquier señal de lucha o cualquier tensión política se usa para marginarlos y perseguirlos aún más.
Como en todos los demás aspectos de la vida, la persecución de los trabajadores palestinos alcanzó niveles atroces después del 7 de octubre de 2023. Miles de trabajadores de Gaza que, tras un estricto control de seguridad, tenían permiso para trabajar dentro de la Línea Verde fueron detenidos por el único “delito” de estar dentro de la Línea Verde. Todos ellos fueron torturados sistemáticamente, algunos hasta la muerte.
En Cisjordania, como la actividad económica independiente es sofocada sistemáticamente por la ocupación, unos 200.000 trabajadores dependían del trabajo dentro de la Línea Verde -un pilar para cubrir las necesidades básicas de la población. Todos los permisos de trabajo para los trabajadores de Cisjordania fueron anulados después del 7 de octubre, junto con un endurecimiento de las restricciones de movimiento dentro del territorio y ataques sistemáticos contra los campesinos palestinos.
La persecución de los trabajadores “ilegales” de Cisjordania es una prioridad máxima para la policía racista de Israel y para los grupos parapoliciales que actúan bajo supervisión estatal. Muchos son baleados, heridos o detenidos de camino al trabajo. Casi todos los días, decenas de trabajadores de Cisjordania son detenidos en sus lugares de trabajo o en refugios improvisados. La pena mínima por trabajar sin permiso se elevó a dos meses de prisión. Miles de trabajadores encarcelados ni siquiera aparecen en los informes de las organizaciones de derechos humanos sobre el padecimiento de unos diez mil presos políticos palestinos.
En su afán por deshacerse de los trabajadores palestinos, y con un saldo migratorio judío negativo desde 2023, la solución preferida de Israel es importar trabajadores extranjeros con visas temporales. Su número se disparó de unos 100.000 a unos 300.000 en los últimos tres años. A diferencia de otros países que importan mano de obra extranjera, Israel no les ofrece ningún camino para obtener la residencia permanente, ya que el santo grial sigue siendo mantener al Estado exclusivamente judío.
Apartheid también para los palestinos con ciudadanía israelí
Volviendo a la Palestina del ’48, encontramos esencialmente las mismas políticas discriminatorias, aunque los detalles y el marco legal puedan diferir. Como en otros lugares, la lucha principal es por la tierra. Se utilizan todo tipo de leyes para confiscar la tierra a sus propietarios palestinos, incluso a quienes permanecieron en tierras de su propiedad después de la Nakba y recibieron la ciudadanía israelí formal.
Además del robo de tierras, las racistas “autoridades de planificación” hacen casi imposible que los palestinos obtengan permisos de construcción dentro de sus propias aldeas y ciudades. Como resultado, decenas de miles de viviendas están clasificadas como “ilegales” y bajo amenaza de demolición. La demolición de viviendas árabes sigue siendo una de las principales prioridades de la policía israelí y se lleva a cabo con un despliegue de fuerza desmedido -como si fueran operaciones militares- en todas las zonas árabes.
La peor situación se da en el desierto del Naqab, en el sur del país, donde unos 100.000 beduinos palestinos viven en “aldeas no reconocidas” y son privados sistemáticamente de servicios básicos como agua corriente, electricidad, caminos, educación y atención de la salud. En el Naqab, aldeas enteras son destruidas sistemáticamente en operativos policiales. Los tribunales israelíes avalan habitualmente el desarraigo de aldeas de sus tierras históricas con el claro propósito de construir asentamientos exclusivamente judíos.
Además de los ataques directos contra las tierras y viviendas árabes, existe una discriminación sistemática contra la población palestina dentro de la Línea Verde en todos los aspectos de la vida: la economía, la infraestructura, la educación, la salud, el empleo, los servicios sociales y más. Bajo la presión de la OCDE, Israel anuncia periódicamente grandes “programas” para reducir las brechas sociales y económicas que padecen sus ciudadanos árabes. Poco después de los anuncios, nos enteramos de que esos presupuestos fueron congelados o transferidos a la policía o al ejército, y de que los fondos asignados eran insuficientes incluso para mantener el miserable nivel actual de los servicios.
En los últimos años, la economía israelí se ha vuelto cada vez más militarizada. Mientras todos los demás sectores de la economía languidecen, los servicios de seguridad y la industria armamentística de Israel obtienen reconocimiento internacional y ganancias extraordinarias. Sus sistemas de vigilancia y de ciberseguridad se perfeccionan en unidades especiales del ejército que mantienen un control total sobre la vida de millones de palestinos, sin necesidad de preocuparse por la privacidad de los datos. Sus sistemas de armas demuestran a diario sus capacidades devastando Gaza y sembrando destrucción en el Líbano, Siria e Irán. La inteligencia artificial israelí, desarrollada en cooperación con los nombres más grandes de la tecnología estadounidense, ha demostrado su capacidad para justificar el asesinato de cualquier persona en Gaza, sin excepción. Afortunadamente, los palestinos están casi totalmente excluidos de esta rama principal y asesina de la economía israelí.
Donde a los palestinos se les permite trabajar, generalmente en empleos marginales, son perseguidos sistemáticamente, a veces simplemente por hablar árabe entre ellos o con clientes árabes. Pero la persecución no se limita a los trabajadores marginados. Buena parte de los servicios de salud de Israel depende en gran medida de profesionales árabes: los palestinos representan el 25% de los médicos, el 27% del personal de enfermería y el 50% de los farmacéuticos. Diversos informes denuncian un acoso sistemático contra los equipos médicos que prestan servicios vitales -un acoso que ya era frecuente antes del 7 de octubre de 2023, pero que se intensificó significativamente desde entonces.
La actitud de la turba racista israelí hacia los trabajadores palestinos puede ilustrarse con el caso de Dia Saba, una de las figuras del Maccabi Haifa, club de la primera división de Israel. En octubre de 2023, su esposa publicó en su cuenta de Instagram la inocente frase: “también hay niños en Gaza”. Hubo una reacción racista masiva contra Saba, que no se detuvo ni siquiera después de que la publicación fuera borrada rápidamente y de que él y su esposa pidieran disculpas. Fue suspendido del equipo y tuvo que irse a jugar al exterior.
Más allá de toda la discriminación y el acoso racista, la amenaza más urgente y extendida en la actualidad, que hace la vida insoportable para los palestinos del ’48, es la vía libre que se les da a las bandas criminales para aterrorizar a la población. La extorsión, los tiroteos y los asesinatos ocurren de manera habitual en casi todas las ciudades, aldeas y barrios palestinos. La policía no hace casi nada para frenar a las bandas, y la gente está convencida de que esta inacción es una política deliberada dirigida desde arriba. Cuando los palestinos comunes sienten que la policía no hará nada para defenderlos, algunos recurren a las bandas en busca de protección, pagando un alto precio y poniéndose en un peligro aún mayor. Cuando activistas islámicos organizaron una red de comités para resolver pacíficamente los conflictos sociales, esa organización fue ilegalizada por el Estado. Los resultados ya se sienten ampliamente en el deterioro de la situación económica, la inseguridad personal y social y el aumento de la emigración.
Una sola ocupación: divide y reinarás
Si bien las mismas políticas de apartheid y limpieza étnica se aplican a todos los palestinos, Israel coloca a cada grupo de palestinos bajo un marco legal y político distinto, y los encauza por caminos separados en su lucha por sus derechos. Esta estrategia mantiene a los palestinos divididos y débiles, y le permite a Israel asegurarse victorias en frentes separados, ya que es Israel quien dicta las reglas de enfrentamiento.
Con esta división, la vasta diáspora palestina queda excluida y el derecho al retorno de millones de refugiados no forma parte de las negociaciones. De hecho, Yasser Arafat, el líder histórico del movimiento de liberación palestino, fue asesinado precisamente porque se negó a renunciar al derecho al retorno.
Gaza fue destinada a ser tratada mediante la fuerza militar bruta, mucho antes de los ataques de octubre de 2023. El genocidio actual fue una catástrofe planificada con mucha anticipación. En Cisjordania, a la Autoridad Palestina se le exige demostrar su lealtad a la ocupación para poder seguir soñando con un futuro semi-Estado palestino. Sus “donantes” occidentales le reclaman continuamente que implemente “reformas” al gusto de los ocupantes y que defienda al ejército de ocupación y a los colonos mientras estos aterrorizan y roban a la población.
A los palestinos del ’48, Israel les ofrece participar en su “magnífica” democracia, pero sin ninguna influencia real. Inmediatamente después de la Nakba del ’48, los palestinos que lograron permanecer en su tierra, o que quedaron desplazados internamente dentro de los territorios recién ocupados, eran una pequeña minoría, profundamente traumatizada por las masacres y la expulsión de la mayoría de la población, y fueron mantenidos bajo un estricto régimen militar. Al principio, el Partido Comunista israelí era el único partido no sionista activo dentro de esta comunidad, y operaba bajo severas restricciones y un hostigamiento constante. Desempeñó un papel importante en la recuperación de la sociedad palestina después de la Nakba, pero su perspectiva era la integración a la sociedad y la política israelíes.
A medida que la sociedad palestina empezó a organizarse y a luchar por sus derechos, Israel tomó medidas adicionales para estrechar los límites de su arenero “democrático”. El primer partido palestino después de la Nakba, el movimiento Al-Ard (“La Tierra”), fue proscripto en 1964 y reprimido mediante hostigamiento y detenciones. En 1985, se modificó la ley para exigir explícitamente que todo partido que quisiera presentarse a las elecciones a la Knesset reconociera el carácter judío del Estado. No es que el Estado fuera democrático antes, pero desde 1985 incluso proponer hacerlo democrático está prohibido por ley.
Abnaa el-Balad (“Hijos de la tierra”) se formó a partir de la confluencia de clubes locales y movimientos estudiantiles a fines de los años sesenta y a lo largo de los setenta. Fue el eco local del ascenso del movimiento de liberación nacional palestino. Como movimiento de base, logró mantener presencia en el territorio a pesar de la persecución constante.
En 1984, Abnaa el-Balad propuso un camino político alternativo al llamar, por primera vez, al boicot a las elecciones a la Knesset. Subrayó que los palestinos del ’48 son parte de la lucha palestina y de un futuro compartido. Con esta posición, el movimiento rompió con los sectores más derechistas que formaron la “Lista Progresista por la Paz”, que participó en las elecciones junto con el general israelí retirado Mati Peled. Ese fue el momento en que el movimiento definió su orientación política e ideológica de izquierda, y el boicot a la Knesset siguió siendo desde entonces una piedra angular de su posición política.
Muchos dirigentes de Abnaa el-Balad fueron sometidos a detención administrativa (sin cargos ni juicio) después de que el movimiento encabezara manifestaciones masivas en solidaridad con la primera Intifada palestina en 1987. El movimiento ha enfrentado de forma constante detenciones y hostigamiento, incluida, recientemente, la detención administrativa de varios de sus miembros. Varias de sus publicaciones fueron prohibidas.
Así como los movimientos islámicos tuvieron un fuerte auge en todo Medio Oriente en la década de 1990, el Movimiento Islámico se convirtió en el movimiento más influyente de la Palestina del ’48. Se concentró en movilizar un amplio apoyo mediante la prédica y la prestación de servicios sociales muy necesarios. Desarrolló una estrategia integral de autosuficiencia para fortalecer a la sociedad frente a un gobierno hostil. Una vez más, la cuestión de la participación en las elecciones a la Knesset resultó polarizadora y provocó una división, cuando los sectores radicales que rechazaban la Knesset formaron la Rama Norte.
En 2015, la Rama Norte del Movimiento Islámico fue proscripta. Huelga decir que no estaba involucrada en ningún tipo de lucha violenta. Junto con ella, se proscribieron muchas organizaciones civiles, entre ellas medios de comunicación, instituciones educativas, ONG de beneficencia y otras similares. Como parte de esta represión, hubo activistas que fueron encarcelados por actividades pacíficas como organizar micros para que los fieles fueran a rezar a la mezquita de Al-Aqsa, con el pretexto de que hacerlo constituye “un servicio a una organización ilegal”.
A pesar de toda la opresión y las persecuciones, los puntos más altos del legado político de los palestinos del ’48 son aquellos momentos históricos en que los palestinos se unieron a través de fronteras artificiales en una acción política común. El Día de la Tierra, el 30 de marzo de 1976, fue escenario de la primera huelga general de la población palestina del ’48 después de la Nakba. Ese mismo día se sumaron a la huelga general los palestinos de Cisjordania y Gaza, así como los palestinos de los campos de refugiados en los países vecinos. Con un saldo de seis mártires y cientos de heridos, la jornada es recordada como un momento de renacimiento nacional y de recuperación de la identidad nacional.
En septiembre y octubre de 2000, en los primeros diez días de la segunda Intifada, los palestinos del ’48 se sumaron a la huelga general y participaron plenamente en el levantamiento nacional. La policía israelí adoptó una nueva política: desplegar francotiradores para disparar y matar a los “agitadores” en las manifestaciones. Las muertes no hicieron más que aumentar la furia popular. Otra jornada nacional se sumó al calendario y otra generación recibió su formación política.
Las elecciones extraordinarias para primer ministro de Israel que siguieron, en febrero de 2001, fueron el primer (y hasta ahora único) ejemplo de boicot masivo por parte de la población palestina. Como resultado, el general Ehud Barak, del Partido Laborista, el primer ministro que inicialmente había sido elegido con votos árabes y que luego envió a los francotiradores, sufrió una derrota aplastante. Ayudó que en esa ocasión no hubiera elecciones a la Knesset, sino solo una votación para primer ministro, lo que significó que los partidos árabes carecieran de su habitual motivación institucional para movilizar el voto.
El último punto alto de la unidad palestina fue en mayo de 2021, en lo que llamamos “el Levantamiento de la Dignidad”. Comenzó con la lucha contra la limpieza étnica en barrios palestinos de Al-Quds (Jerusalén) y como respuesta a las provocaciones de los colonos en la mezquita de Al-Aqsa. Rápidamente desató manifestaciones masivas en toda la Palestina del ’48. Al mismo tiempo, estalló un enfrentamiento armado entre el ejército israelí y Hamás y otras milicias de Gaza. Aunque la policía organizó turbas de colonos para atacar barrios árabes, la movilización defensiva de la población palestina resultó más fuerte, y el enfrentamiento concluyó con una poderosa sensación de victoria colectiva.
En los últimos tres años, el genocidio en Gaza estuvo acompañado por una ola de terror sin precedentes dirigida contra la población palestina, tanto en Cisjordania como en el ’48. Cientos de detenidos políticos de las zonas del ’48 -muchos de ellos por simples publicaciones en redes sociales, muchos otros en detención administrativa sin acusación formal- están en las cárceles de la ocupación. Comparten las mismas celdas y las mismas experiencias atroces con miles de presos políticos de Cisjordania, ya que todas las “prisiones de seguridad” se convirtieron en centros de tortura sádicos para sus reclusos, hambrientos y enfermos. La unidad en el sufrimiento a manos del régimen criminal dejará inevitablemente una huella duradera en la formación de las futuras generaciones palestinas.
El espectro cada vez más estrecho de la política israelí
La principal línea divisoria en la política de los palestinos del ’48 pasa entre una orientación palestina, que se organiza como parte integral del pueblo palestino bajo la ocupación, y un intento de participar en la política israelí, que busca sobre todo ganar algo de influencia a través de la representación en la Knesset.
El punto más alto de la influencia palestina a través de la política israelí se dio durante el segundo gobierno de Rabin (1992-1995). En realidad, fue la Intifada palestina la que obligó a Israel a reconocer a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y a negociar con ella. Pero Rabin necesitaba el voto de los partidos árabes en la Knesset para formar y sostener su gobierno y para aprobar los Acuerdos de Oslo. Incluso en ese pico de su influencia política, Rabin hizo una cuestión de principios mantener a los partidos árabes fuera de su gobierno y fuera de las negociaciones políticas sobre la orientación de su gobierno. Aun así, apoyarse en votos árabes fue una de las principales razones por las que la extrema derecha israelí consideró ilegítimo el gobierno de Rabin y uno de los motivos de la incitación en su contra que llevó a su asesinato.
Los gobiernos israelíes posteriores, encabezados por Netanyahu, Barak y Sharon, desmantelaron en los hechos los Acuerdos de Oslo, continuaron la política de asentamientos y limpieza étnica, y forjaron un viejo-nuevo consenso sionista de que no debe haber un Estado palestino independiente. En las últimas décadas, incluso la palabra “paz” quedó completamente excluida del léxico político israelí. La principal razón que justificaba la participación palestina en las elecciones israelíes desapareció.
Con un argumento propagandístico muy utilizado, los políticos sionistas acusan a los partidos árabes de la Knesset de preocuparse más por los palestinos “ajenos” de Cisjordania y Gaza que por los derechos económicos y civiles cotidianos de los ciudadanos árabes de Israel. Los dirigentes sionistas incluso suelen echarle la culpa de la discriminación sistemática contra los palestinos del ’48 a este “fracaso” de la dirigencia árabe. Los diputados árabes de la Knesset usan estadísticas y registros para demostrar que dedican el 90% de su tiempo a intentar mejorar la vida cotidiana de sus votantes, pero en la mayoría de los casos sus súplicas a las instituciones del Estado caen en oídos sordos u hostiles.
En las próximas elecciones compiten dos listas “árabes”. Son los únicos partidos participantes que no apoyan el genocidio en Gaza, la ocupación y los asentamientos en Cisjordania ni la guerra contra Irán. En ambas listas hay también candidatos judíos, pero se espera que muy pocos judíos voten por una lista bajo dirección árabe.
Como no hay perspectiva de influencia política, y todo lo que los partidos árabes pueden esperar es usar la representación que obtengan para defender los derechos cotidianos de la población, existe un consenso en que las marcadas diferencias políticas entre los partidos son irrelevantes. Uno no va a la Knesset a promover el islam, ni a alcanzar el comunismo o el socialismo, ni a impulsar una agenda árabe o palestina. Incluso es difícil sostener que se pueda defender la democracia en la Knesset. La agenda común que los votantes esperan de todos los partidos árabes es frenar (o desacelerar) las demoliciones de viviendas y la confiscación de tierras, reducir la discriminación, conseguir presupuestos para los municipios y, sobre todo, obligar a la policía a enfrentar a las bandas criminales.
Este fuerte deseo popular de unidad en la lucha por los derechos cotidianos estalló en Sajnín en enero de este año. Sajnín, en el corazón de la Galilea, tiene una larga historia como centro de la lucha palestina. En enero, el pueblo de Sajnín encabezó una ola nacional de huelgas y protestas contra la violencia, el dominio de las bandas criminales y la complicidad del gobierno. El 22 de enero de 2026, culminó con la manifestación palestina más grande de los últimos años. Al final de la manifestación, las masas “secuestraron” a la dirigencia de los cuatro partidos que planean participar en las elecciones y les hicieron firmar el compromiso de formar una lista común. Muchos de quienes llaman al boicot a las elecciones también apoyan la unidad entre los “partidos de la Knesset”, para reducir los conflictos internos y ayudar a formar un frente único en las luchas contra las políticas racistas del gobierno.
Por lo visto, los propios dirigentes de los partidos estaban menos convencidos de la necesidad de la unidad. Mantuvieron una larga y delicada disputa por posiciones partidarias y personales dentro de la lista común casi hasta los últimos días. Para los propios partidos, la representación en la Knesset les asegura el acceso a presupuestos estatales, que son el principal sostén del funcionamiento cotidiano del aparato partidario.
Convencer a los votantes de que vayan a votar es lo más difícil para los partidos. Para eso tienen que demostrar que participar sirve para algo. El problema es que, para tener influencia en la política israelí, hay que apoyar a uno de los grandes bloques sionistas que compiten por formar el próximo gobierno. Eso significa que, según el mapa político actual, la mayor esperanza de los partidos árabes es apoyar al general Eisenkot. La trampa, sin embargo, es que Eisenkot declara día y noche que no dependerá del apoyo árabe. Para él, solo una mayoría judía sionista puede formar un gobierno israelí legítimo.
Con estas sombrías perspectivas, nuestros partidos árabes lograron dividirse por cuestiones de principios y no por el reparto del botín de las bancas en la Knesset. La Lista Árabe Unida (Ra’am), encabezada por Mansour Abbas -la escisión del Movimiento Islámico favorable a participar en la Knesset-, sigue explorando el camino de las concesiones ilimitadas para formar parte del próximo gobierno israelí. Hasta ahora, su principal logro es ocupar el centro de los afiches de campaña del Likud de Netanyahu, como el cuco que lleva a la oposición sionista a la traición.
Cuando Abbas aceptó las condiciones extorsivas de Eisenkot, incluido el “servicio nacional” para la juventud palestina como compensación por no servir en el ejército, Eisenkot agregó una nueva condición: que todo integrante de su gobierno debía apoyar la eliminación de Hamás. Abbas sigue diciendo que la única razón para estar en la Knesset es formar parte del gobierno. En una muestra de desesperación, llamó a sus seguidores a manifestarse frente a las casas de quienes llaman al boicot. No apareció nadie.
Los otros tres partidos, unidos en la “Lista Conjunta”, son el “Frente Democrático por la Paz y la Igualdad”, encabezado por el Partido Comunista y conocido por su sigla en hebreo, Hadash; la “Alianza Nacional Democrática”, también conocida por su sigla en hebreo, “Balad”, una formación progresista-liberal dirigida inicialmente por Azmi Bishara; y el “Movimiento Árabe por el Cambio”, el partido unipersonal del político todoterreno Ahmad Tibi. Los dirigentes de la Lista Conjunta son muy conscientes de la contradicción entre mantenerse fieles a sus principios y participar activamente en la política israelí. Ya pasaron por esto. Después de que las elecciones de septiembre de 2019 terminaran en un empate entre el general Benny Gantz, un archicriminal de guerra que dirigió las masacres de Gaza de 2014, y el entonces y actual primer ministro Netanyahu, la Lista Conjunta (que entonces también incluía a Abbas) recomendó a Gantz, con la intención de cambiar algo. El valiente general tuvo tanto miedo de recibir apoyo árabe que renunció a formar gobierno y, tras otras elecciones, pasó a servir bajo Netanyahu. Ahora la Lista Conjunta intenta evitar un compromiso explícito, pero dice claramente que su objetivo final es terminar con el gobierno de Netanyahu.
En otro precedente significativo de estas elecciones, la Corte Suprema de Israel avaló la decisión del politizado comité electoral de proscribir a Sami Abu Shehadeh, dirigente de la Alianza Nacional Democrática, de las elecciones. Para ser más exactos, el presidente de la Corte “aconsejó” a Abu Shehadeh retirar voluntariamente su nombre de la Lista Conjunta, ya que la mayoría del tribunal estaba a favor de proscribirlo. Abu Shehadeh, por consejo de sus abogados, aceptó, para evitar un fallo infame que sentaría un precedente vinculante para casos futuros. Su decisión le ahorró a la Corte la ignominia formal de estrechar aún más los límites de la falsa democracia de Israel, pero el efecto intimidatorio sobre la libertad de expresión de los palestinos no fue menor.

Afiche: «Boicott… hasta el retorno»

Afiche: El símbolo oficial del Estado tachado, con la palabra Israel en Hebreo
#Boycott elecciones de la Knesset
El movimiento Abnaa el-Balad, que solía llevar adelante una campaña pública por el boicot a las elecciones a la Knesset, se limitó esta vez a una única declaración pública y a participar en debates organizados por otros. Aun así, la principal discusión en las redes sociales palestinas se da entre quienes intentan movilizar el voto y quienes llaman al boicot. En una sociedad todavía traumatizada por el genocidio y por el terror estatal que lo acompañó contra toda expresión pública de resistencia, el sentido de destino compartido y el deseo de unidad de la gente son los sentimientos más fuertes.
El efecto más significativo de la participación palestina en estas elecciones es volver casi inevitable que terminen en un punto muerto entre los dos campos sionistas en competencia. Cautivos de su rechazo racista a cualquier participación árabe en el poder, ni Netanyahu ni Eisenkot tienen probabilidades de reunir suficientes votos judíos “kosher” para formar gobierno. Como difícilmente superen sus principios racistas, quizá tengan que elegir entre tragarse todas sus promesas de campaña para formar coaliciones cruzadas o apostar a nuevas elecciones que repartan las cartas de otra manera.
Columna de opinión de Yoav Haifawi, integrante de Abnaa el-Balad (“Hijos de la tierra”), movimiento palestino de izquierda. Publica artículos para su página https://freehaifa.wordpress.com/
