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Malvinas: actualidad de una política

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21/3/2026

A 50 años del golpe del 24 de marzo de 1976

Malvinas: actualidad de una política

De los debates de 1982 a los de la guerra imperialista hoy


El 30 de marzo de 1982, una enorme movilización (el porteñazo) sacudió el gobierno de la dictadura militar. El 2 de abril, la dictadura, en un golpe de mano, invadía las Islas Malvinas y pocos días después Galtieri llenaba la Plaza de Mayo para celebrar la “recuperación de la soberanía nacional” en esta porción del territorio, ocupado desde 1833 por Gran Bretaña. Pero la dictadura no se había preparado para la guerra. Especulaba con un apoyo norteamericano, que nunca se produjo, que forzara a Gran Bretaña a negociar y entregar las Islas a cambio de proseguir la explotación económica de sus recursos y garantizar compensaciones para sus habitantes.

Como lo denunció desde un primer momento Política Obrera, la dictadura era un régimen pro imperialista y no cambió su condición por la crisis de Malvinas. En base a esta orientación, era imposible que llevara adelante un enfrentamiento serio contra el imperialismo inglés, mas aún apoyado por el norteamericano. Por eso, en las Islas Georgias, Astiz se rindió sin disparar un sólo tiro. La marina no intervino en el conflicto luego del hundimiento del Belgrano. El ejército envió grandes contingentes de reclutas sin experiencia, ni equipamiento. La oficialidad envió a las tropas a una masacre mientras abandonaba sus propios puestos, y ejerció sobre los reclutas la misma violencia que llevaba adelante en los centros clandestinos de exterminio. La dictadura careció desde un principio de un plan integral para defender las Islas, e improvisó en la medida que la flota británica avanzaba.

Pero lo más importante, es que no se tomó ninguna medida seria para afectar los intereses del imperialismo inglés en el país. Al revés, fueron los británicos quienes congelaron primero los fondos soberanos argentinos en las sedes bancarias de Londres. Los intereses económicos británicos nunca fueron afectados, menos aún los norteamericanos.

La derrota, previsible, marcó el derrumbe de la dictadura, fortaleció al tandem Thatcher – Reagan para abordar su línea reaccionaria interna y fue una marca de fondo para la democracia argentina que nació unos meses después.

De la crisis de la dictadura a Malvinas.

La dictadura venía ya fuertemente golpeada por una crisis económica galopante, producto del estallido del plan Martínez de Hoz, con quiebras bancarias una masiva devaluación de la moneda. El sucesor de Martínez de Hoz había pontificado “el que apuesta al dólar pierde” en el medio de la corrida, sin hacer más que acentuarla. Las medidas de la dictadura para frenar la fuga de capitales y la crisis económica conducirían a una de las estafas contra el pueblo más grandes de la historia argentina: el régimen de seguros de cambio que precedió a la nacionalización de las deudas de los monopolios (los llamados “capitanes de la industria”, etc.) del sector privado. La recesión industrial, herencia del plan Martínez de Hoz se agudizaba combinada con la quiebra bancaria, la fuga de capitales y la crisis financiera e inflacionaria.

Este escenario crítico se combinaba con las denuncias de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, que habían comenzado ya desde el año 1976 y habían ido ganando fuerza en el exterior y también –a pesar de la fuerte censura- de la mano de los reclamos de Madres y Familiares, en la propia Argentina. Estas denuncias habían llevado a la dictadura a pagar costos en materia de política internacional, sufriendo incluso sanciones de los Estados Unidos bajo el gobierno de Carter. Para 1982, ya con Reagan en el poder, el gobierno de Galtieri se jactaba de haber normalizado la situación con los creadores del plan Cóndor, y de gozar de relaciones privilegiadas con la potencia del norte.

El emergente de la histórica movilización popular del 30 de marzo fue una expresión de este declive, en todos los planos, de la dictadura argentina. Un declive que para los militares comenzó a ponerse fuertemente en evidencia como preocupación que, bien visto, fue el motor del golpe de estado interno que llevó adelante el ejército capitaneado por Galtieri contra Viola, en diciembre de 1981, bajo la acusación de timorato y sin iniciativa para abordar la crisis y la propia interna del régimen militar, marcada siempre por la disputa de camarillas entre las tres fuerzas.

El bloque militar que respaldó a Galtieri tenía como componente central a la marina y su comandante en jefe, Jorge Anaya. La marina venía elaborando planes para forzar la recuperación de Malvinas con un golpe de mano militar desde la comandancia de Massera. Pero fue la crisis de la dictadura la que puso estos planes en vigencia. Para Galtieri, el objetivo era obtener un respaldo interno, que le permitiera proyectarse como dirigente político en una “transición democrática” tutelada por las fuerzas armadas. El modelo secreto de este intento, que ya había llevado adelante (y fracasado), Lanusse una década antes, era la primera presidencia de Perón, en la cual el apoyo a las medidas del gobierno de Farrell permitió al entonces Coronel Perón ganar las elecciones de 1946, luego de que el 17 de octubre de 1945, la sublevación obrera contra su encarcelamiento consiguiera forzar su liberación y se pactara convocar a elecciones.

Con este modelo en mente, Galtieri y Anaya comenzaron, desde fines de 1981, a poner en marcha un plan de ocupación de las Islas. La puesta en marcha efectiva de este plan fue acelerada por dos factores. El primero es el conflicto interno con el que comenzamos este artículo, y las crecientes luchas que impugnaban a la dictadura. El segundo fue un pequeño incidente (provocado) en las Islas Georgias, desencadenado por el izamiento de la bandera argentina en dichas islas por un grupo de obreros que tenían la función de desmantelar una instalación ballenera. La protesta británica incluyó el envío de un buque de guerra a la zona. La dictadura temió que el choque condujera a los británicos a reforzar la presencia militar en las Islas, y la llevo a decidir el adelantamiento de una operación de ocupación que hasta entonces se proyectaba para mayo o junio.

Una dictadura pro imperialista en la paz y en la guerra

Los cálculos de la dictadura militar se basaban en suposiciones que pintan de cuerpo entero el carácter pro imperialista de los militares argentinos. La dictadura venía, desde el año ‘80 “exportando” “grupos de tareas” a El Salvador, con el objetivo de enfrentar a la guerrilla salvadoreña y asesorar y reforzar la guerra de los “contras” nicaraguenses contra el sandinismo que había derrocado a la dictadura de Somoza en 1979. En este refuerzo convivían tanto una cuestión de alineamiento ideológico y de política internacional, por el cual la dictadura pretendía presentarse como un baluarte contra el comunismo en Latinoamérica, como también el interés concreto de grupos de tareas que actuaron con fuerza entre el 76 y el 78 y que para 1979/80, cuando la dictadura consideraba que ya había desarticulado en gran medida a “la subversión” tenían la intención de reciclarse en el frente externo. El mayor exponente de esta línea fue Carlos Guillermo Suarez Mason (https://secuencia.mora.edu.mx/Secuencia/article/view/2510/2951). Estas actividades inclusive fueron denunciadas por Nicaragua ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Para el gobierno de Reagan, asumido en enero de 1981 esta colaboración de la Argentina en las actividades contrarrevolucionarias era una parte central de su estrategia para abordar la lucha contra el sandinismo y la guerrilla salvadoreña, lo cual creó un clima de colaboración intensa entre la dictadura argentina y el nuevo gobierno norteamericano.

Galtieri jugó a fondo la carta de la amistad con el gobierno de Reagan para tratar de condicionar un apoyo a la causa argentina en Malvinas. Las conversaciones previas con asesores, habían llevado al régimen a la conclusión equivocada de que Estados Unidos tendría una posición similar a la que tuvo cuando Nasser, en Egipto, nacionalizó en 1956 el canal de Suez. Donde EEUU se opuso a la invasión inglesa/francesa/sionista que se oponía a la nacionalización, obligando a retrotraer sus ataques. El imperialismo yanqui pretendía intervenir desplazando a los viejos imperialismos europeos por su presencia dominante. Nada más equivocado: el gobierno de Reagan consideraba a Thatcher una aliada imprescindible, y valoraba al imperialismo británico como un punto de apoyo fundamental para sus planes económicos y políticos. Por eso, ya la noche de la invasión, el presidente norteamericano llamó a Galtieri para persuadirlo de que no ocupara las Islas.

Pronto este tándem logró aislar a la dictadura argentina en el plano diplomático internacional, aislamiento que se expresó en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con la resolución 502, que reclamaba a la Argentina el retiro de las tropas. Esta resolución borraba de un plumazo todos los avances de Argentina en el período previo, durante los cuales la ONU había adoptado la posición de que Malvinas se trataba de un dominio colonial que debía ser restituido a la Argentina mediante un acuerdo diplomático. La resolución 502, en cambio, al encuadrar el problema en términos del respeto a la Carta de las Naciones Unidas, que parte del principio de la auto determinación, colocaba como punto central para cualquier futura negociación la posición de los Kelpers, estableciendo el derecho del colono sobre el de la nación ocupada, un punto de partida totalmente funcional al imperialismo británico. La dictadura solicitó a la Unión Soviética y la república popular China que ejercieran su derecho a veto sobre la resolución, pero la burocracia de ambos países se negó a intervenir y avaló en los hechos la posición británica.

El aislamiento condujo a una voltereta inesperada para los militares: tener que ir a recabar el apoyo del bloque de países no alineados y de los gobiernos anti imperialistas para su causa. Así, los gobiernos de Panamá, el Perú de Belaúnde Terry, e incluso la propia Nicaragua sandinista agredida por los militares terminaron siendo el sostén de la débil posición diplomática argentina. Este viraje impensado llevó a Costa Méndez, el canciller de la dictadura, a ser recibido por Fidel Castro, en La Habana. Pero la dictadura asumió de forma oportunista y forzada este alineamiento, sin nunca tomar medidas que realmente colocaran la posibilidad de derrotar la ofensiva británica, ni recurriera a la movilización popular para ganar la guerra.

Posiciones frente a la guerra

¿Cuál debía ser la posición de la izquierda frente a la guerra? Hay que recordar un contexto: una guerra iniciada por un régimen genocida y asesino de compañeros y compañeras. Por una recuperación territorial cosmética y más aún con el objetivo evidente del gobierno de Galtieri de auto perpetuarse en el poder, colocándose como figura central de alguna apertura trucha y tutelada por las fuerzas armadas que permitiera a la dictadura salir de su crisis. Política Obrera levanto una posición antiimperialista de fondo planteando: “Para luchar contra el imperialismo, ningún apoyo a la dictadura” explicando que se trataba de una maniobra y que esa recuperación territorial no cambiaba el carácter proimperialista de la dictadura. Señalaba que si se llega al enfrentamiento de una guerra contra el imperialismo británico se requería medidas de fondo, tanto económicas como de movilización obrera y popular, para llevarse adelante. Esta posición antiimperialista no implicaba el apoyo al golpe de mano de la dictadura ocupando Malvinas:

Sostenía Política Obrera: “En relación a la prioridad fundamental (la lucha contra el gobierno proimperialista de la dictadura) de la lucha por la liberación nacional, la ocupación de las Malvinas es una acción distraccionista, de la que la dictadura pretende sacar réditos internos e internacionales para los explotadores argentinos y las burguesías imperialistas que los protegen”. A partir de este planteo, Política Obrera denunció la colaboración con el régimen militar tanto del peronismo como del radicalismo que, por ejemplo, acompañaron a Benjamín Menéndez a su asunción como gobernador de las Islas.

La retórica del imperialismo era similar a la actual en Medio Oriente: después de haber apoyado el Plan Cóndor y las dictaduras sanguinarias en todo el Cono Cur, con Malvinas sacaron de la galera el argumento de que se trataba de un gobierno dictatorial en contra de la “democracia” británica.

Desde otros argumentos y posiciones, sectores de la izquierda tuvieron posiciones neutralistas. Es el caso, por ejemplo, del intelectual de izquierda mexicano Adolfo Gilly, quien argumentó sosteniendo en su texto “Malvinas, una guerra del capital” (1983), que por su carácter de guerra convencional y por los objetivos de la dictadura, el choque de Malvinas era una guerra entre diferentes bloques capitalistas y que la posición de la izquierda debía ser exigir el retiro de tropas al tiempo que plantear sanciones económicas al capital británico.

Sostenía Gilly: “Y por eso la actitud más sensata desde el punto de vista militar, más adecuada a los intereses del pueblo argentino desde el punto de vista político y nacional, y hasta más patriótica, si así se la quiere llamar, era la de plantear el retiro unilateral de las tropas argentinas de las Malvinas abriendo en cambio hostilidades económicas, contra el imperio británico (que nunca las hubo), para evitar el desastre militar que se hizo inevitable después del desembarco británico”.

Como se ve, es una posición que implica un contrasentido, porque la clase obrera no se puede postular para dirigir una pelea antiimperialista comenzando por plantear una capitulación como hubiera sido el retiro de las tropas. Política Obrera elaboró una respuesta a este planteo en “El ultraizquierdismo y las Malvinas” (Julio Magri, Internacionalismo N° 6, abril de 1983) sosteniendo: “Si se toma en cuenta la orientación “burguesa” y “reaccionaria” de uno y otro gobierno, no se explica que se haya llegado a una guerra. Esta se produjo, precisamente, porque a pesar de sus “orientaciones” similares, entraron en choque los intereses de la burguesía imperialista y los de la burguesía de un país oprimido. La victoria de este último importa un progreso para la revolución mundial, lo contrario ocurre con un triunfo imperialista”

Otro tanto plantearon los sectores que argumentan que la Argentina no es un país oprimido por el imperialismo, como Ted Grant, quien en su texto “La crisis de Malvinas”, planteó también que la izquierda debió haber levantado una posición neutralista respecto del conflicto.

Con el paso del tiempo, podemos tener una perspectiva de mayor profundidad sobre cada uno de estos puntos de vista ¿Qué implicó en resultado de la guerra, en un plazo más largo, a la luz de estos debates y posiciones enfrentadas?

El carácter reaccionario de las posiciones “democráticas” y de las posiciones neutralistas del tipo “no es nuestra guerra”, se puso de manifiesto en toda la etapa posterior. Porque la influencia de Malvinas en la política argentina y británica mostró fuertemente el carácter reaccionario del triunfo británico. Un revés británico en la guerra de Malvinas hubiera puesto en crisis al gobierno de Thatcher, que era el pilar de la ofensiva anti obrera de la etapa. El nacionalismo pro británico que fue insuflado por Thatcher durante la guerra le sirvió después para avanzar contra todas las conquistas obreras británicas, desmantelar el estado de bienestar, enfrentar y derrotar la gran huelga minera, cerrar las minas de carbón y despedir miles y miles de obreros.

Un golpe a Thatcher hubiera sido además un tiro por elevación a Reagan, cosa que fue advertida en primer lugar por el propio Reagan, y, aunque era obvia en su momento, no fue considerada por los militares argentinos. Para entender lo que esto significaba, hay que tener en cuenta que el gobierno de Reagan y su dupla con Thatcher, fueron un punto de viraje en la política capitalista de descargar la crisis de los años 70 sobre las masas, y especialmente, de hacerlo reforzando los golpes y el saqueo imperialista contra los países de Latinoamérica y todo el tercer mundo. Fueron los gobiernos de la suba de tasas de interés reforzando la deuda externa, de los “planes de estabilización” del FMI, de las “reformas estructurales” en toda América Latina, y los que promovieron y llevaron adelante una violenta redistribución de ingresos en favor del capital en todo el mundo. La consolidación del Thatcherismo que implicó el triunfo en Malvinas es inseparable de todo este proceso reaccionario, llevado adelante por el imperialismo británico y norteamericano.

En este sentido, el triunfo británico consolidó la capacidad del imperialismo para golpear a las masas y a los países oprimidos durante toda una etapa. El neutralismo ignora estas lecciones históricas que muestran que el golpe a una nación atrasada que consolida una línea central del imperialismo lo pagan después los trabajadores y los pueblos de todo el mundo con sangre, sudor y lágrimas.

¿Revolución democrática?

La derrota de la dictadura en la guerra de Malvinas dio lugar a un derrumbe político de la dictadura. Ese derrumbe se fue procesando en medio de grandes movilizaciones populares, que se iniciaron el mismo día de la capitulación de Galtieri, con una “espontanea”movilización (en la que participo nuestro PO) sobre la Plaza de Mayo reclamando la caída de la dictadura: la marcha de la multipartidaria, el paro del 6 de diciembre de 1982, la marcha de la resistencia del 9 y 10 de diciembre, marcaron una etapa de repudio popular, en las calles, a la dictadura. La salida de la burguesía y el imperialismo a esta crisis fue la convocatoria a elecciones, que se llevaron adelante recién el 30 de octubre de 1983. En este cuadro, en 1983, Nahuel Moreno elaboró la tesis de que estábamos en presencia de una “revolución democrática”. También en tiempo real, nuestro partido desarrolló una polémica contra esta idea. Planteamos en cambio, que la democracia capitalista nacía como una continuidad de los intereses sociales que habían llevado a la dictadura. Es cierto que la movilización de las masas, las Madres de Plaza de Mayo, los Familiares, y del movimiento obrero arrancaron no solamente el inicio de los juicios a los genocidas, sino las libertades democráticas vigentes desde 1983.

Pero la “transición democrática” preservó, en primer lugar, el aparato del estado e inclusive los aparatos represivos que desmantelaron los viejos aparatos del estado. Mantuvo los compromisos en materia de endeudamiento externo, incluso cuando estuvieron basados en la nacionalización fraudulenta de las deudas privadas por la dictadura militar. La democracia surgió manteniendo además todo el aparato jurídico y legal promulgado por las dictadura: las leyes de la CAL (Comisión de Asesoramiento Legislativo que elaboraba las resoluciones que ‘votaba’ la Junta Militar), siguen vigentes en nuestro país hasta la actualidad, inclusive leyes de tal peso como la de entidades financieras. La tesis de la “revolución democrática” marcó un salto en la adaptación del PST / MAS al régimen democrático burgués, en la medida que constituía una línea de abierto embellecimiento, que se combinaba con la perspectiva de un socialismo “con democracia”. Hay que decir, a cincuenta años del golpe, que el éxito de la democracia capitalista como un método de dominación de clase fue de la mano con su fracaso total en resolver los problemas más elementales de la población explotada en nuestro país.

Si analizamos todos estos factores, tenemos que concluir que el hecho de que la democracia Argentina naciera de la mano de una derrota militar con el imperialismo inglés tuvo también un impacto importante en el carácter de la misma: marcó a fuego el carácter de su dirigencia, que osciló entre los momentos de las “relaciones carnales” con el imperialismo (Menem), y la enorme pusilanimidad de los gobiernos que pretendieron discutir aspectos de la herencia recibida por la dictadura.

En este sentido, es significativo que Alfonsín se ganara un importante respaldo del imperialismo norteamericano por haber sido el primer dirigente político en pedir el retiro de las tropas argentinas de Malvinas. Y los retrocesos frente al gran capital, el ejército y el imperialismo marcarían su gobierno que se caracterizó por haber encadenado una capitulación tras otra, en todos los planos: el reconocimiento de la deuda, las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final dando la garantía de impunidad a gran parte de los genocidas, una política a la que Menem le puso el broche con los indultos, hasta que las grandes movilizaciones desde el 2001 lograron la reapertura a cuentagotas de los juicios bajo el kirchnerismo. Estas claudicaciones no pueden separarse de una democracia marcada por la derrota con el imperialismo en Malvinas, cuyo primer presidente tuvo la característica de haber defendido en tiempo real una capitulación del país frente a la flota británica. Todos estos aspectos fueron desarrollados por Gabriel Solano en su libro “¿Por qué fracasó la democracia?”.

Los debates de ayer y los debates de hoy

La influencia de Malvinas tanto en la consolidación del régimen de Thatcher, como en las características de la democracia argentina muestran que el resultado de la guerra estuvo lejos de ser neutral: el efecto reaccionario de una derrota frente al imperialismo se hizo sentir tanto en la Argentina como en la política global. Este balance importa por su actualidad política. Hoy por hoy, el ataque del imperialismo a Irán recolocan muchas de las polémicas que se desarrollaron en su momento en Malvinas. Hoy como ayer, el campo imperialista hace demagogia democrática sosteniendo que Israel es “la única democracia de Medio Oriente” cuando se trata de un país opresor que lleva adelante un genocidio y mantiene un régimen similar al apartheid internamente, contra la población árabe y palestina.

El rechazo a la defensa de Irán debido a las características represivas y oscurantistas, totalmente innegables, de su régimen político, es sin embargo hoy, mucho más grave que en el caso de Malvinas. Porque, a diferencia de Malvinas, el imperialismo va por un cambio de régimen en Irán, como objetivo central de su política. Una posición de neutralidad en relación con un golpe del imperialismo contra un régimen nacionalista, es totalmente incompatible con la posición de que la clase obrera se ponga al frente de la lucha contra el imperialismo, con sus métodos y su política. Contra esta posición, corresponde plantear la defensa incondicional de Irán, la movilización del conjunto del pueblo para derrotar el imperialismo, y reclamar en ese cuadro la mayor libertad de organización para la clase trabajadora, con estos objetivos. Como lo mostraron las grandes batallas contra la guerra imperialista, una victoria popular solamente puede lograrse con el armamento de las masas y con medidas de fondo de expropiación del capital y no con los métodos de la burguesía y su estado.

Para los trabajadores en todo el mundo, es más claro aún, que un triunfo de la guerra de Estados Unidos e Israel va a reforzar la perspectiva de la colonización completa de Medio Oriente, el sometimiento de sus pueblos y el guerrerismo imperialista. Por eso, la lucha por la derrota de Estados Unidos e Israel, por la intervención de la clase obrera en todo el mundo contra la guerra imperialista, es la tarea central de la etapa.