En abril de 1972 comencé a militar en la TERS (Tendencia Estudiantil Socialista Revolucionaria) de Filosofía y Letras. Un año después se concretó mi incorporación a una célula del » Peó», Política Obrera, antecesor del Partido Obrero. Eran tiempos de rigurosa selección militante. Como todos los jóvenes de los tempranos 70 queríamos ser como el Ché y éramos apasionados defensores de la Cuba Socialista, primer territorio liberado de América Latina.
Al comenzar la vida universitaria me sumé a la pelea por el ingreso irrestricto. El Onganiato – hasta su fase final con Agustín Lanusse -era para todos nosotros un símbolo reaccionario de la censura intelectual y política, y de la persecución a la juventud. Militábamos para noquear a la dictadura lanussista. Por esa unidad histórica de la lucha de clases, “Noquear a la Dictadura” sería el titulo de tapa del primer ejemplar de Política Obrera (Prensa Obrera) en 1982. El Partido Obrero – continuador de Política Obrera – llamaba a la lucha sin tregua para poner fin a la dictadura criminal surgida del golpe genocida del 24 de marzo de 1976. Noquear, desmantelar de raíz, terminar con la dictadura cívico-militar-eclesiástica de las Juntas Militares responsables de los secuestros y asesinatos de 30.000 compañeros era un llamado a la acción y al combate sin concesiones. Ese era el contenido del “Abajo la Dictadura”.
Pesaba la experiencia y antecedente de la “salida institucional” entre 1971 y 1973 – que el morenismo y el PC consideraron progresiva- un pacto con el sello de Perón, la UCR y los partidos “democráticos” que rescató al peronismo para salvar al régimen burgués. Para la dictadura de Lanusse, el retorno del General Perón había sido el mal menor y la chance de disolver el ascenso revolucionario abierto por el Cordobazo. Una década después, noquear a la dictadura en 1982 era terminar de cuajo con la dictadura de Bignone, el sucesor de Galtieri. La Multipartidaria de entonces quería evitar que la dictadura genocida cayese derrocada por la rebelión popular. La función de los “multipartidarios”, que integraban los partidos burgueses, era la de no sacar los pies del plato para que siguiere su curso la negociada convocatoria electoral que había dejado la derrota de Argentina en la Guerra de Malvinas.
La dictadura impuso los plazos – desde mediados del 82 a diciembre del 83 para intentar una retirada en orden e impune. Esa era la preocupación de Raúl Alfonsín, agente del derrotismo pro- imperialista en la Guerra de Malvinas, y del peronista Ítalo Luder quien había firmado el Acta de Aniquilamiento de la “ subversión” durante el gobierno de Isabel, habilitando las operaciones del Ejército en todo el país. Luder encabezó la perdedora lista del peronismo que pretendía volver al gobierno en las elecciones de octubre de 1983. Ricardo Alfonsín, el candidato del radicalismo supo explotar el pacto de impunidad que venía negociando el peronismo con Bignone basado en la auto-amnistía de los genocidas. Al asumir, Alfonsín recitaría el Preámbulo de la Constitución prometiendo asegurar la comida, la educación y la salud con la democracia. En el 87 pactaría con los carapintadas el “punto final” que más tarde Menem convertiría en el indulto a los genocidas. Los 43 años de gobiernos burgueses radicales, menemistas, de la Alianza, kirchneristas, de Macri, Alberto Fernández y Cristina y del fascistoide Milei, fueron y son la cobertura de regímenes semicoloniales y pagadores seriales de la deuda externa. Cambiaron los inquilinos pero no los dueños de la Rosada, afirmaba el Partido Obrero.
El triunfo de los golpistas del 76 fue una radiografía cruda de la putrefacción de un nacionalismo burgués identificado con el Rodrigazo y de un peronismo represor y derechista que gobernó con los escuadrones de la muerte de la Triple A bajo las órdenes de Isabel – vice de Perón- y López Rega. En gran parte de la memoria popular, el peronismo del 75/76 quedó asociado a una burocracia sindical entreguista de las paritarias, al matonaje y botoneo del activismo combativo cuyas listas entregaban a las patronales, los parapoliciales y a la represión. Casildo Herrera, secretario general de la CGT, quedaría asociado a la infame y cobarde expresión del “Yo me borro” en las vísperas del 24 de marzo de 1976, al huir del país, después de haber entregado al movimiento sindical al accionar golpista. En anteriores artículos denunciamos la colaboración estrecha entre los matones de la burocracia sindical y los lúmpenes fascistas y pistoleros de la derecha peronista que fueron parte de la Triple A, cuyo centro operativo y de financiamiento funcionaba en el Ministerio de Bienestar Social de José López Rega, ministro de Cámpora, Perón e Isabel.
La juventud de los 70 y el PO.
La » vieja Filo» de Avenida Independencia donde comencé a militar fue una gran escuela de educación poíitica y personal. El activismo estudiantil primaba por doquier como una fuerza arrolladora. Recuerdo como una de las primeras tareas de quienes nos incorporábamos a la TERS la cobertura de los turnos asignados para atender el “kiosko” de Política Obrera: en 1973 llegaron a venderse 200 ejemplares semanales del periódico en la facultad, en un cuadro de avidez política enorme. El día militante comenzaba con la apertura del Kiosko -en verdad largos bancos tomados de las aulas- y su instalación en el lugar más visible del hall del Filo. Los “nuevos” nos curtíamos vendiendo y discutiendo la prensa partidaria en competencia con otras agrupaciones de la izquierda. La militancia cuerpo a cuerpo disputaba el reclutamiento de los activistas que más se destacaban en las asambleas o como delegados de curso.
En esa época, que urgía a tomar partido, ser “independiente” era considerado un acto de indefinición política. Me viene a la memoria un debate –creo que hacia el Congreso de Fundación de la UJS de fines de1972 – cuando se discutía la edad máxima para permanecer organizado en la Juventud. Varios compañeros propusieron bajar el tope de edad a los 22 años para estimular la militancia revolucionaria profesional y la proletarización en fábricas. Grandes cuadros obreros del PO fueron antes dirigentes estudiantiles. Si los 60 parieron a la nueva izquierda en ruptura con el PC y las escisiones del Partido Socialista, los tempranos 70 fueron el canal explosivo en el que miles de jóvenes se volcaron a la militancia activa por la revolución. Filosofía fue un enorme semillero, recuerdo la autocritica de un militante de otra agrupación que refunfuñaba porque a las Asambleas de Filosofía y Letras “solo estaban yendo el activo”. Bastante grande por cierto, las Asambleas de “activo” llenaban el Aula Magna y ocupaban las escaleras donde no cabía un alfiler. Las asambleas eran el ámbito de formación del militante como agitador y orador.
Para la militancia de los 70, al menos en Filo -donde milité hasta que entré a la Colimba- había una suerte de protocolo no escrito que recomendaba no inscribirse en los cursos de los viernes porque ese día era tradicionalmente el de las marchas relámpagos, las asambleas y de los debates políticos en el hall al pie de la escalera. Algunos viernes eran también la ocasión para armar partidos de fútbol entre agrupaciones donde cada corriente se jugaba “la vida” y los goles se festejaban como conquistas políticas. Los debates políticos abiertos con barras militantes eran protagonizados por cuadros políticos que confrontaban estrategias y programas en público. Un clásico que seguíamos y una oportunidad para ganar compañeros apoyándonos en la calidad de los posicionamiento teóricos del partido. La TERS sobresalía por la rigurosidad de sus expositores. El gran ausente en estos debates y en general en la militancia estudiantil hasta el triunfo de Cámpora fue el peronismo universitario, que se organizaría en las facultades recién en el año 1973 a caballo de la victoria electoral del Frejuli.
Hacia 1972, todavía no existía la JUP y el peronismo estudiantil estaba dividido en una miríada de grupos a derecha e izquierda, incluidos el FEN de Grabois (padre), Guardia de Hierro y el Encuadramiento de Galimberti, además de las organizaciones de superficie que adherían a las FAR, FAP, Descamisados y Montoneros. Estos grupos no tenían una militancia gremial universitaria, ni fueron parte del proceso de reconstrucción de los centros de estudiantes bajo el Onganiato. La “cuestión del Poder” dominaba los debates en la universidad y la militancia se formaba en sus convicciones delimitando posiciones en torno a la Revolución Socialista, la insurrección armada, la huelga general revolucionaria, la permanencia de la revolución en oposición al etapismo estalinista, la guerra popular prolongada, las formaciones político – militares, y las tareas pendientes para la vanguardia, dejadas por el Cordobazo. También entraba en discusión la vigencia del partido de la clase obrera: defendimos el PO y la TERS –UJS frente al auge creciente de las organizaciones foquistas y guerrilleras de izquierda y peronistas. Para la época, las FAR, de origen marxista, ya habían asumido la “identidad peronista”, se iba abriendo una gran batalla política de delimitación entre el trotskismo internacionalista y el “socialismo nacional” que postulaba la izquierda peronista, de la que Montoneros sería su representación hegemónica.
Que los jóvenes setentistas nos preguntásemos cuánto tiempo restaba para la Revolución, respondía a la dinámica convulsiva de la lucha de clases de la época –cada mes parecía un año- y a la preocupación central de los militantes que se incorporaban al PO. Nos sumábamos a Política Obrera para luchar por el gobierno obrero y la marca registrada de la TERS – UJS era la defensa de la huelga insurreccional de masas que había anticipado el Cordobazo en 1969. El programa transicional, educativo, democrático, antimperialista y las reivindicaciones de los estudiantes como capa social entroncaban con la lucha por el socialismo bajo la dirección de la clase obrera. Los cursos de formación política de la UJS y del PO tenían como pilares el estudio del Estado y la Revolución, la Revolución Permanente, el Programa de Transición, los escritos sobre el Imperialismo de Lenin y como punto de partida para todo contacto y nuevo militante, el Manifestó Comunista de Carlos Marx. Leíamos y estudiábamos los clásicos marxistas que editaba el Yunque, la editorial del PO.
La juventud pelea, independencia obrera.
Esta consigna que cantábamos era todo un programa. Nos construimos desde la TERS como la organización revolucionaria de la Juventud que batallaba por la dirección obrera de la Revolución. Este fue un camino complejo y lleno de obstáculos políticos. Las corrientes maoístas tenían una fuerza considerable después de la ruptura del PCR en el 68 con la FJC y el PC como corolario de la crisis entre China y la URSS a la que Mao acusaba de “social imperialista”. En Filo había corrientes estudiantilistas, petardistas y ultraizquierdistas que desconfiaban de la clase obrera, y que habían renunciado a militar en los centros de estudiantes y en las organizaciones de masas. Estaban también los llamados social-pedagogistas que escindían el estudio del marxismo, de la militancia política y los “socialistas puros” que rechazaban las tareas nacionales en la Argentina semicolonial. Triunfante el peronismo en el 73 muchos de estos socialistas puros ingresaron a la JUP para “luchar por el socialismo” disolviéndose en el nacionalismo burgués que negaban. Aún cristalizado y desprestigiado ante la nueva vanguardia, el PC era un aparato sólido que ganó la primera elección de Filo en la semiclandestinidad y antes de las elecciones masivas de centros con la irrupción de la JUP en el 83. Un dato secundario pero ilustrativo fue la nula presencia del morenismo en la vida estudiantil entre el 72 y el 73 abocados a la puesta en pie del “partido centrista legal” que primero sería el PSA y más tarde el PST. Para el morenismo la “institucionalización” era progresiva y como reconocieron antiguos militantes de esa corriente, recalaron en el partido del socialista Coral por “descarte” en la búsqueda de un aparato desde donde irrumpir en la lucha electoral.
Como se señaló, el 73 fue el aluvión de la JUP en la Universidad y del crecimiento de la Tendencia Revolucionaria del peronismo alineada con Montoneros. Solo en Filo el activo de la JUP rondaba los 800 militantes y simpatizantes organizados; un año después, en 1974, y con el pase a la clandestinidad de Montoneros, la JUP se militarizó, abandonando la militancia universitaria. Para ubicarnos, la JUP era todavía en 1974 la dirección de la FULNBA, la FUBA de la época. No se puede estudiar el periodo que va del 73 al golpe del 76 sin detenerse en el “72″, un año de vertiginosos sacudones políticos. En noviembre de 1972 Perón volvió brevemente a la Argentina reforzando la ilusión de miles de jóvenes en un “socialismo nacional” al amparo del General y apoyado por las “formaciones especiales” peronistas. El “Retorno” fue el punto de inflexión de la JP-Montoneros para la campaña por el “Luche y Vuelve” y más tarde para el triunfo electoral del Frejuli bajo la consigna de “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.
Después de la asunción de Cámpora, el debate político en Filo y en las facultades se hizo más duro y áspero. Contra la corriente e imponiéndose a los cánticos estruendosos de la Marcha Peronista, la TERS y el PO hacían oír su voz para explicar que Perón y el peronismo no volvían de la proscripción para alentar la Revolución –como afirmaba la izquierda peronista- sino para estrangularla. El propio Perón que se abrazó con Balbín – agente de la “Fusiladora” en el 55-, se presentaba como un instrumento de la pacificación y reconciliación de los argentinos. El General Perón declaraba que volvía como “prenda de paz” porque la “Revolución Peronista” había concluido. Con el Retorno definitivo de Perón, vendría el golpe contra Cámpora, la Masacre de Ezeiza del 20 de junio del 73, el endurecimiento del Pacto Social con Rucci y Gelbard, la reaccionaria Ley de Asociaciones Profesionales para estatizar a las organizaciones obreras, las leyes represivas con los siniestros comisarios del Onganiato – Villar y Margaride- a la cabeza, el Somaten de Perón y las 3 AAA, los asesinatos políticos , los desplazamiento de todos los gobernadores afines a la Tendencia, y la posterior expulsión de Montoneros de la Plaza el 1° de mayo de 1974. El fracaso del peronismo que pavimentó el golpe de Videla, Massera y Agosti fue también el fracaso de la izquierda peronista tributaria del nacionalismo burgués.
De mis primeros años de militancia guardo recuerdos imborrables, la Marcha del Hambre en 1972, mi primer acto del 1° de Mayo en un barrio obrero, el repudio a los criminales fusilamientos de Trelew, el Congreso de Fundación de la UJS, el primer local y la construcción de la TERS como corriente del socialismo revolucionario en las facultades y en el movimiento secundario. Con la distancia de la edad y el tiempo vuelven anécdotas de la vida militante. La Marcha contra el Hambre, fue en realidad una sucesión de concentraciones relámpagos enfrentando a la represión de Lanusse durante horas en una ciudad militarizada y bajo el estado de sitio. Mi participación fue breve y poco honrosa, tropecé torpemente en una refriega y con decenas de compañeros fuimos detenidos y llevados a pie hasta una comisaría en el barrio del Once. Fue mi primera detención, luego vendrían otras- afortunadamente todas breves- apoyando la huelga de Panam en tiempos de lucha obrera contra el Pacto Social, una tercera bajo la dictadura en 1976 de la que salimos indemnes gracias a la valiente e inteligente actitud de los compañeros con los que despistamos a los milicos en una noche muy difícil porque días antes los Montos habían matado al Jefe de Policía Cesáreo Cardozo, y la última en 1982 en el escenario ya abierto por la Guerra de Malvinas. Sobre esta última luego sabría que una delegación de Madres de La Plata concurrió a la comisaría donde había ingresado con otro compañero sin la legalización de nuestras detenciones.
El “mítico” 1973 fue también el año de las “agrupaciones de base” que eran tributarias del PRT- ERP y del FAS, el frente político que agrupada a las organizaciones guerrilleras hegemonizadas por el PRT y que aspiraba a ser el pivot de un frente popular en formación. La delimitación con el foquismo era de principios para quienes luchábamos por poner en pie un partido de la clase obrera. Esa batalla política por la conquista de la vanguardia la llevamos a la universidad, a los colegios secundarios y a las fábricas. Entre 1973 y 1974 la TERS de Filosofía y Letras tuvo un gran desarrollo militante con 120 compañeros organizados por carreras. Filo llegó a ser el frente estudiantil más importante de Política Obrera y una cantera de cuadros políticos como Ileana Cellotto, Enrique Morcillo, Nelson Marinelli, entre otros compañeros de una larga lista de militantes que aportaron al socialismo revolucionario. Llegamos a organizarnos por círculos de carreras y hasta por equipos por materias y turnos. A mediados del 73, asumí la dirección del frente cuando varios cuadros estudiantiles se proletarizaron y fueron a militar al movimiento obrero.
Este crecimiento de la TERS tuvo su antecedente en el Congreso de la UJS de noviembre de 1972, un hito de la agrupación estudiantil que dirigía el inolvidable Pablo Rieznik. Por Filo pasaron militantes estudiantiles que años más tarde serían dirigentes públicos notorios. El responsable de la JUP hasta su ruptura fue Chacho Álvarez quien asumiría en 1999 como vicepresidente de Fernández De la Rúa. «Chacho» rompió con la JUP a fines del 73 para ingresar a la » JP Lealtad», un desprendimiento por derecha que cuestionaba a Montoneros en nombre de la lealtad a Perón e Isabel. Dos militantes de entonces, Néstor y Cristina Kirchner, también se sumaron a la JP Lealtad en La Plata permaneciendo en la Plaza de Mayo cuando Perón echó a Montoneros.
El responsable del MOR (Movimiento de Orientación Reformista) era entonces un atildado estalinista de apellido Filmus. Daniel Filmus ingresaría décadas más tarde al peronismo ocupando el Ministerio de Educación y siendo candidato en varias oportunidades. Cientos fueron los militantes de Filosofía y Letras secuestrados y asesinados por la dictadura, entre ellos un dirigente de Vanguardia Comunista de Filo, Horacio Elbert, secuestrado en el operativo dirigido por el infiltrado Astiz para aniquilar a los familiares de desaparecidos que denunciaban los campos de exterminio y se reunían en la iglesia de la Santa Cruz. Entre las víctimas del criminal Astiz estuvo Azucena Villaflor, la primera presidenta de Madres de Plaza de Mayo.
Antes del golpe.
Hasta la llegada de la derechista Misión Ivanissevich y del fascista Ottalagano al Rectorado de la UBA, la TERS – UJS estaba en auge. Fuimos a las elecciones estudiantiles de la Federación Universitaria para la Liberación Nacional en la UBA en un frente con la Juventud Socialista del PST. Las provocaciones de Moreno abortaron el debate abierto sobre una eventual unificación de ambas juventudes. Nahuel Moreno evadía el debate sobre la integración del PST al Bloque de los 8 y de los 9, un frente con los partidos burgueses “en defensa de la institucionalidad” y por lo tanto del régimen burgués peronista, al que la dirección del PST presentaba como un frente contra el terrorismo de derecha. La Triple A no era ajena a Perón y había nacido de las entrañas del propio gobierno peronista. Cientos de militantes serían asesinados por la Triple A entre 1974 y 1976, entre ellos Jorge Fischer de la dirección de Política Obrera y Miguel Angel Buffano, también del PO, y al igual que Fischer miembro de la Interna clasista de la fábrica Miluz, participante del Plenario Clasista de Villa Constitución. La clandestinización de la JUP y la guerra de aparatos de las organizaciones foquistas (Montoneros y el ERP) fueron un factor de desorganización de la juventud y del movimiento estudiantil. La Universidad de Buenos Aires estuvo cerrada largo tiempo y en un cuadro brutalmente represivo se reintrodujeron los exámenes de ingreso, los cupos restrictivos que seguirían hasta el fin de la dictadura en el 83, y la censura a toda forma de pensamiento marxista o progresista.El facho de Ottalagano definía su “misión” como la de “limpiar de zurdos” a la Universidad de Buenos Aires.
Mucho se ha escrito en el PO sobre la Huelga General de Junio y Julio, el punto más alto de ruptura de la vanguardia obrera con el peronismo. También sobre las Coordinadoras fabriles -expresión del frente único obrero y antiburocrático- que iniciaron la Huelga del 75 con los abandonos de fábrica y marchas masivas por las paritarias libres y sin tope, y luego contra la anulación de los exiguos aumentos de las paritarias dispuestos por el trío Isabel, López Rega y Celestino Rodrigo. El Rodrigazo de Isabel Perón terminó prendiendo fuego al país. En lo personal, viví ese periodo trascendente -que incluyó el primer Congreso del PO- desde » afuera» ya que me tocó hacer el servicio militar desde abril del 75 a mayo del 76, salí de la Colimba un mes después del 24 de marzo. Trasladado a Junín de los Andes comencé el servicio militar bajo el clima de la represión parapolicial y burocrática y detención de los dirigentes clasistas de Villa Constitución. A principios del 75 Isabel dio vía libre al Operativo Independencia en Tucumán, una provincia militarizada y bajo ocupación del ejército. Hacia mediados de ese mismo año los cambios políticos en el país -la Huelga General y el posterior raje de López Rega – se hicieron sentir puertas adentro del cuartel neuquino. Clima de época con huelgas de hambre por la comida y falta de abrigo y un acto oficial en setiembre para despedir a los conscriptos licenciados en la primera baja que terminó con una cuasi manifestación de repudio a los milicos en la propia Plaza de Armas.
El golpe genocida del 24 de marzo me encontró como conscripto del Grupo de Artillería de Montaña 6. Años después y yendo a la marcha de la Multipartidaria de fines del 82 me encontré con un ex compañero de la “milicia” que – sin que yo lo supiera- era ya militante del PO. Nos seguimos viendo en los actos del Partido y nos saludamos con un enorme afecto. En la cuadra donde dormíamos escuchamos los bandos golpistas por la radio. La fecha del golpe era un secreto a voces en los diarios y dentro del cuartel. Fue el golpe cuartelero militar más anunciado de la historia, dirigido a cortar de cuajo a la vanguardia obrera que evolucionaba hacia la izquierda. Balbín la había llamado “la guerrilla fabril” para justificar el operativo contra el Villazo. Política Obrera tenía un trabajo político-sindical en las grandes concentraciones fabriles y agrupaciones clasistas que daban cuenta de su implantación en la vanguardia obrera.
Al salir del servicio militar y reincorporarme a la actividad partidaria organizada tomé conciencia plena del alcance contrarrevolucionario del 24 de marzo y de una situación brutalmente represiva que obligaba a extremar las medidas de seguridad y de militancia clandestina para defender la continuidad del PO, uno de los cuatro partidos ilegalizados por la Junta Militar en el segundo bando emitido por Videla, Massera y Agosti. La Junta se cuidó de incluir en el bando mencionado al Partido Comunista que entraba en la categoría -al igual que la UCR- de partidos afectados por la suspensión de las actividades políticas. El PC apoyó a Videla en nombre de las supuestas contradicciones entre el “general democrático” que supuestamente representaba Videla, con el “ala pinochetista” de Suárez Mason. Los militantes comunistas secuestrados y asesinados pagaron con su vida esta política criminal del estalinismo criollo que respondía a la diplomacia de la burocracia rusa y a los negocios millonarios por la exportación de trigo a Rusia. Al respecto, una anécdota que conté en más de una charla sobre el golpe. Cuando en la madrugada del 24 de marzo escuchábamos los bandos golpistas en la oscurecida cuadra donde dormíamos, un colimba empezó a silbar la canción que honra al Ché “Hasta siempre Comandante”. Sin vernos en la cara varios nos sumamos silbando juntos al compañero en lo que fue un modesto acto de resistencia pero profundamente emotivo y en las barbas mismas de los milicos. Para mí fue también una lección política que puedo resumir en los siguientes términos: ni siquiera el ejército más carnicero es inmune a su base popular y eso hay que trabajarlo con una política revolucionaria
Después del golpe.
Consumado el golpe y como parte de la dirección universitaria del PO nos propusimos reorganizar el trabajo político en las facultades a las que la mayoría de nosotros no podíamos siquiera acercarnos por la militancia pública que habíamos tenido hasta antes del 24 de marzo .Ni bien me reintegré supe de la desaparición de “Albertito” (Alberto Hojman) y de otros compañeros. Con la preocupación puesta en la reconstrucción de las organizaciones populares, especialmente en el movimiento obrero, el partido tomó con extrema seriedad todo lo atinente a la seguridad, clandestinidad de los domicilios, “minutos” para las reuniones, buzones para guardar materiales, tabicamiento de los domicilios y el ya “ histórico” recurso de pasar la prensa en hojitas de papel biblia dobladas dentro de los atados de cigarrillos. Leíamos libros como “La Orquesta Roja”, la red de inteligencia soviética que actuó en Europa e infiltró al propio gobierno nazi o “Todo lo que un revolucionario debe conocer sobre la represión” de Víctor Serge. La rigurosidad militante y el cumplimiento estricto de las reglas de la clandestinidad fueron claves para resistir el terrorismo de estado pero también -y principalmente– la conciencia política de que enfrentábamos una dictadura contrarrevolucionaria que llegaba para aplicar métodos de guerra civil contra la clase obrera.
Los límites de esta situación contrarrevolucionaria- analizados en el Segundo Congreso del PO – eran los de una dictadura y un régimen sangriento que a pesar del terror y la represión no había impuesto una derrota histórica a los trabajadores como lo fue la franquista o la pinochetista. La lucha obrera antes del 24 de marzo no fue suficiente para derrotar la asonada golpista pero sí lo suficientemente profunda como para marcar a fuego al peronismo. Las primeras huelgas obreras comenzaron el mismo día del golpe y seguirían en el 76, el 77 y más adelante hasta el primer paro general contra la dictadura. Bajo pleno terror dictatorial el PO siguió publicando y vendiendo su periódico y cumpliendo con las campañas financieras llamando a colaborar con el partido para financiar la lucha antidictatorial.
El perseguido aparato partidario se sostenía con las células clandestinas que mantuvieron la organización nacional del partido, trasladando militantes y preservando la estructura del PO. En mi caso fui destinado a militar a La Plata sustituyendo a compañeros que debieron “emigrar” a otras regionales. Llegué a La Plata cerrando el ciclo de militancia en la juventud y tras tres años de militancia en tareas de aparato, tan “grises” como imprescindibles para sostener a la organización. De esos años recuerdo un aporte que fue muy útil entonces y que nació en forma un tanto casual cuando husmeando en una librería, el librero me invitó a ver los libros que tenía guardados y de los que quería deshacerse. Corría el año 1978 o 1979 y en el sótano había decenas de libros de izquierda, de Rosa Luxemburgo, Trotsky, Marx y las Obras Completas de Lenin. Con estrictas medidas de seguridad fuimos comprando todos los libros y revendiéndolos en el partido para la formación política de los compañeros. Las Obras Completas de Lenin siguen estando en la Biblioteca del Partido Obrero.
En La Plata entré a trabajar en fábrica siguiendo el plan de proletarización y reinserción del partido en el movimiento obrero. Con Daniel Mirkin militamos en Petroquímica Sudamericana -una hilandería con mucha historia y desaparecidos- hasta el cierre de la planta en 1981. El PO estuvo a la cabeza de la organización de un joven activismo obrero que leía “Qué pasa en los sindicatos”, una hoja obrera con información de la resistencia obrera a la dictadura. Esa actividad nos permitió organizar un gran festival- bajo la dictadura- que reunió a unas 300 personas en el Sindicato Gráfico de La Plata. Daniel, militante hoy del PO de Mar del Plata era todo un “cerebrito”. A él se le ocurrió armar un globo gigante con un cartel atado (Abajo la Dictadura) que debía volar por sobre la cancha de Estudiantes en las vísperas de la Marcha del 30 de marzo de 1982. Tras las prácticas de rigor, de las que participó el inolvidable Raúl Stevani, llegó el día de poner en práctica el invento de Daniel. Lo que había funcionado en un descampado fracasó a la hora de la acción y el globo no llegó siquiera a levantar vuelo para alegría de los pibes que iban a ingresar a ver el partido y se dedicaron a patearlo divertidamente ante nuestra desazón.
La reorganización de la regional La Plata –una de las ciudades más castigadas por la represión- tuvo puntales a quienes también van dedicadas estas líneas. Juan Carlos Rodríguez fue un militante indispensable del movimiento de derechos humanos en sus inicios. El “Nono” llegó a vender cien ejemplares del Boletín Libertades Democráticas entre las Madres y Familiares de Desaparecidos de La Plata, un instrumento de denuncia de las atrocidades de la dictadura pero también de organización. Históricas dirigentes de las Madres y luego de Abuelas, recibían el Boletín y aportaban solidariamente al PO gracias al respeto que se había ganado Juan. Otro tanto vale para Amelia García, nuestra primera militante docente bajo la dictadura y un cuadro de primer orden de la regional. Los años de preparación política bajo la dictadura, en la COPEDE (Comisión Permanente en Defensa de la Educación) y más tarde como una de las militantes destacadas de la agremiación local, la elevarían décadas más tarde a la condición de secretaria general del Suteba La Plata en tres oportunidades. Bajo la dictadura, la UJS del PO fue la organizadora de la Comisión Pro- Centro de Humanidades dirigida por Ileana Celotto. Esta organización agrupó a todo el activismo de la facultad y fue el canal para la incorporación de una veintena de compañeras y compañeros al PO. De esos días provino la relación política con el Negro Maidana, militante férreo del PO hasta la fecha. La “Pro-Centro” de Humanidades hizo un trabajo de masas en defensa del ingreso irrestricto y de solidaridad con los soldados que combatieron en Malvinas contra el imperialismo anglonorteamericano. En un festival histórico que organizó la Comisión cantó Miguel Cantilo, el de la Marcha de la Bronca.
No quiero cerrar estas líneas sin un reconocimiento a los cursos de formación poliíica que Política Obrera organizó en Brasil en los años 1980 y 1981 ante la imposibilidad de hacerlos en la Argentina por la represión dictatorial. Militantes del PO y de la UJS viajaron clandestinamente al Brasil para estudiar y formarse como revolucionarios. A 50 años del golpe mi homenaje a todos los camaradas que nutrieron a nuestro Partido Obrero.