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Rusia y China: alianza desigual y contradictoria

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5/9/2026

Rusia y China: alianza desigual y contradictoria

Los alineamientos internacionales en un mundo que marcha hacia la guerra


Las relaciones entre Rusia y China alcanzaron un grado de cooperación relevante desde la disolución de la Unión Soviética. El comercio bilateral creció aceleradamente, las maniobras militares conjuntas se multiplicaron y ambos gobiernos coordinan posiciones frente a la presión de Estados Unidos. La guerra de Ucrania y las sanciones occidentales acentuaron este acercamiento. Pekín se convirtió en el principal comprador de la energía rusa, mientras sus empresas ocuparon parte del espacio abandonado por el capital occidental. 

Sobre esta base se ha generalizado la caracterización de un “bloque oriental” cristalizado alternativo al de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN y otros. Esa definición, que también aparece en sectores de la izquierda, confunde una convergencia, por cierto inestable y contradictoria, con la formación de un bloque consolidado político y militar. Si por bloques se entiende el agrupamiento político-militar con vistas a una próxima guerra mundial, es prematura esta caracterización. Rusia y China no poseen un tratado de defensa mutua, un mando militar común, ni instituciones capaces de unificar sus políticas exteriores. No han elaborado una estrategia común para los principales escenarios de guerra. La asociación se sostiene, en primer lugar, en la existencia de adversarios comunes. Junto a ella se desarrolla una relación cada vez más desigual, atravesada por intereses nacionales, competencias económicas y contradicciones potencialmente explosivas. 

La propia fórmula de una amistad “sin límites”, proclamada por Xi Jinping y Vladimir Putin en febrero de 2022, encubre límites muy definidos. En esa declaración, ambos gobiernos afirmaron que sus relaciones eran “superiores” a las alianzas político-militares de la Guerra Fría. La expresión pretendía exaltar el vínculo, pero contenía una aclaración: no estaban creando una alianza equivalente a la OTAN o al antiguo Pacto de Varsovia. 

Asociación desigual

La guerra de Ucrania produjo un vuelco en las relaciones económicas. El comercio ruso-chino alcanzó el récord de 244.800 millones de dólares en 2024, un 66% más que en 2021. China incrementó las compras de petróleo, gas y carbón ruso. A cambio, abasteció a Rusia de automóviles, maquinaria, equipos electrónicos, bienes industriales y componentes de uso civil y militar, ocupando en gran medida el vacío provocado por la retirada de capitales imperialistas yanquis y europeos. 

Pero el comercio cayó a 228.100 millones de dólares en 2025, un retroceso de 6,9%. Las exportaciones chinas a Rusia disminuyeron 9,9% y las importaciones provenientes de Rusia, 3,4%. La caída respondió, en gran medida, a la menor demanda rusa y la reducción del precio del petróleo. Para Rusia, China se volvió indispensable. Para China, Rusia es un proveedor importante, pero no insustituible. 

Según el FMI, el Producto de China alcanzaría en 2026 los 20,85 billones de dólares, frente a 2,66 billones de Rusia. La economía china es casi ocho veces mayor. Pekín puede abastecerse de energía en Rusia, Asia Central, Medio Oriente, África y América Latina. Moscú, en cambio, perdió gran parte del mercado europeo, tiene restringido su acceso al financiamiento internacional y dispone de un número mucho menor de compradores capaces de absorber sus exportaciones. La estructura del intercambio reproduce esa desigualdad. Rusia vende principalmente petróleo, gas, carbón, metales, madera y productos agrícolas. China exporta manufacturas, maquinaria, tecnología y medios de transporte. Rusia viene corriendo el peligro, en el comercio internacional, de quedar reducida a proveedora de materias primas y, en creciente medida, mercado subordinado de la industria china. 

La industria automotriz ofrece un ejemplo. Después de la retirada de numerosas compañías occidentales, las marcas chinas llegaron a controlar cerca de dos tercios del mercado ruso. Moscú elevó los gravámenes sobre los vehículos importados para proteger a AvtoVAZ y limitar una penetración que amenazaba con liquidar parte de su propia industria. El capital chino no se limitó a reemplazar a las empresas occidentales: aprovechó su salida para conquistar el mercado ruso. 

El gasoducto Fuerza de Siberia 2 constituye otro caso revelador. Rusia necesita derivar hacia China una parte del gas que antes vendía a Europa. Pekín demoró durante años el compromiso definitivo, reclamó precios inferiores y evitó asumir una parte sustancial de la financiación. El memorando anunciado en 2025 dejó sin resolver el precio del gas y la distribución de los costos. China utiliza la necesidad rusa para imponer condiciones. Incluso si el gasoducto alcanzara su capacidad proyectada de 50.000 millones de metros cúbicos anuales, no reemplazaría el mercado europeo perdido por Gazprom. Pero esta realidad es inherente a las características de la competencia capitalista. 

La llamada “desdolarización” ha sido un recurso utilizado de común acuerdo para burlar las presiones de las sanciones norteamericanas y de su control del sistema de intercambio financiero mundial (SWIFT) dominado por Estados Unidos. No se ha creado un sistema financiero compartido. El yuan se convirtió en la principal moneda externa de Rusia porque Moscú fue excluida de gran parte del circuito del dólar y del euro. Los intercambios y transferencias se realizan usando yuanes y rublos y a través de sistemas locales. Rusia emitió en 2025 sus primeros bonos soberanos en yuanes por 20.000 millones de renminbis, unos 2.800 millones de dólares. El reemplazo del dólar ha derivado, inevitablemente, en una dependencia creciente de la moneda, los bancos y el sistema de pagos chino. China tampoco compensó con inversiones productivas la retirada del capital occidental. La inversión extranjera directa en Rusia cayó 62,8% en 2024 y el stock de capital extranjero se redujo casi a la mitad desde el comienzo de la guerra. Las empresas chinas temen las sanciones secundarias, la inseguridad jurídica y los riesgos de una economía sometida a las exigencias de la guerra. Reemplazaron proveedores, ampliaron sus ventas y compraron energía en condiciones ventajosas, pero no asumieron la tarea de reconstruir el aparato productivo ruso. 

Disputa por Eurasia y el Ártico

La contradicción aparece con especial claridad en Asia Central. Rusia considera a Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán parte de su zona histórica de influencia. Conserva bases militares, vínculos políticos, rutas comerciales y redes culturales heredadas de la Unión Soviética. China, sin embargo, se convirtió en el principal socio comercial e inversor de la región. Rusia no está en condiciones de cumplir un rol inversor. 

La inversión directa china acumulada en Asia Central superó los 35.000 millones de dólares en 2025. La inversión rusa rondaba los 20.000 millones. Pekín financió oleoductos, gasoductos, ferrocarriles, explotaciones mineras y corredores vinculados a la Ruta de la Seda. El crecimiento chino se produjo en una región que durante más de un siglo estuvo sometida al dominio zarista y luego formó parte de la Unión Soviética. 

Hasta ahora existe una cierta división de tareas: China ocupa el centro económico y Rusia conserva una gravitación militar y política considerable. Pero ese reparto no puede considerarse estable. El control de inversiones, rutas y fuentes de energía genera intereses políticos y necesidades de seguridad. 

La Organización de Cooperación de Shanghái, que integran una decena de naciones con preeminencia de China y Rusia y la participación de países de la ex URSS, permite coordinar políticas y limitar la presencia de Estados Unidos. No elimina la competencia. China impulsa corredores que reducen la dependencia regional de las vías rusas, mientras Moscú procura preservar la gravitación de la Unión Económica Euroasiática que fundó. Los gobiernos de Asia Central maniobran entre ambos para ampliar su propio margen de autonomía. 

En el Ártico y el Lejano Oriente ruso aparece una contradicción semejante. Rusia necesita capital, tecnología y mercados para explotar hidrocarburos, minerales y nuevas rutas marítimas. China se define como un “Estado cercano al Ártico” y aspira a participar en esas riquezas. Moscú acepta su cooperación porque tiene pocas alternativas, pero procura impedir que la presencia económica china se transforme en derechos políticos o militares. 

Rusia teme convertirse en un apéndice energético de China. Pero las sanciones occidentales, la guerra de Ucrania y la pérdida de los mercados europeos la empujan en esa dirección. 

La cooperación militar no anula esa disputa. Rusia y China realizaron por lo menos 113 ejercicios conjuntos hasta junio de 2025. Organizaron patrullas aéreas, maniobras navales y operaciones en el Pacífico, el mar de Japón, el Báltico y las proximidades de Alaska. Esas actividades mejoran la coordinación y envían una señal a Estados Unidos y sus aliados. Rusia desempeñó, además, un papel importante en la modernización inicial de las fuerzas chinas. Vendió aviones Su-27 y Su-35, sistemas antiaéreos S-300 y S-400, motores aeronáuticos y tecnología naval. Pero China redujo progresivamente esa dependencia, desarrolló versiones propias y se transformó en competidora de Rusia en el mercado mundial de armas. 

Según el SIPRI (Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo), las exportaciones rusas de grandes sistemas militares cayeron 64% entre 2016-2020 y 2021-2025. Su participación en las exportaciones mundiales de armamento descendió de 21% a 6,8%. China consolidó, entretanto, una industria militar asentada en una base tecnológica y productiva mucho más amplia. Pero Rusia no solo todavía conserva ventajas en tecnología nuclear, misiles, submarinos y experiencia de combate, sino que sigue superando a China como exportadora de armas. Retrocedió del segundo lugar al tercero, reemplazada por Francia, pero China también bajó al quinto lugar, superada también por Alemania. Tampoco existe una solidaridad militar automática. China no comprometió tropas en Ucrania ni reconoció las anexiones realizadas por Rusia. El sostén económico chino resulta decisivo y sus empresas suministran componentes electrónicos, máquinas herramienta y bienes de doble uso que alimentan la industria militar rusa. Pero Pekín evita cruzar el umbral que expondría abiertamente a sus grandes bancos y corporaciones a las sanciones occidentales. 

Rusia respalda la política de “una sola China”, pero no asumió una obligación jurídica de intervenir en una guerra por Taiwán. China tampoco está obligada a acudir en defensa de Rusia. No existe un equivalente al artículo 5 de la OTAN, un comando conjunto o una planificación bélica integrada. 

Rusia mantiene, además, relaciones militares con rivales de China. India absorbió el 48% de las exportaciones rusas de armas en 2021-2025, frente a sólo 13% de China. Moscú conserva también vínculos militares con Vietnam, que disputa con Pekín territorios en el mar de China Meridional. Esas relaciones proporcionan ingresos a la industria rusa y sirven como contrapeso a la primacía china. 

¿Bloque?

Una parte de la izquierda describe el escenario internacional como un enfrentamiento entre el bloque occidental y un bloque ruso-chino. La expresión aparece, con fundamentos diferentes, en documentos de distintas organizaciones de la izquierda. Esta vincula la Ruta de la Seda con la expansión de la influencia política y potencialmente militar de Pekín. Gilbert Achcar caracteriza la situación como una “nueva Guerra Fría” entre Estados Unidos, Rusia y China (Nouvelle Guerre Froide, UNESCO, 1999). Su planteo tiene el mérito de destacar que la rivalidad militar se venía gestando desde mucho antes de la invasión de Ucrania. Pero la analogía corre el peligro de trasladar al presente una imagen propia de la posguerra: dos campos relativamente cohesionados que organizan el conjunto de las relaciones internacionales. 

La Unión Soviética encabezaba un bloque integrado por Estados surgidos de revoluciones sociales o de la expropiación del capital. El Comecon (mercado común integrado por la URSS y varios países de Europa del Este) y el Pacto de Varsovia (alianza militar integrada por la URSS y los países de Europa del Este, en contraposición a la OTAN) constituían estructuras económicas y militares comunes. La burocracia de Moscú ejercía una dominación nacional sobre esos países, pero existía un campo asentado en relaciones sociales distintas de las capitalistas. 

Rusia y China son hoy dos Estados que defienden intereses nacionales propios dentro del mercado mundial. Compiten por mercados, inversiones, rutas y zonas de influencia. Participan del FMI, el Banco Mundial, la OMC y las Naciones Unidas. No han construido instituciones económicas o militares capaces de separarlos del orden capitalista mundial y unificar sus estrategias. 

Los BRICS tampoco forman el soporte de un bloque alternativo. India mantiene una rivalidad fronteriza y estratégica con China, integra el pacto militar Quad junto con Estados Unidos, Japón y Australia y conserva una relación militar con Rusia. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos ampliaron sus vínculos con China y Rusia, pero continúan ligados militar y financieramente a Estados Unidos. Brasil y Sudáfrica no se encuentran integrados en ningún dispositivo dirigido por Pekín o Moscú. 

Rusia conserva autonomía política, capacidad nuclear, una industria militar importante, recursos estratégicos y medios de intervención exterior. China no controla su gobierno, su sistema financiero interno, ni las decisiones fundamentales de su política exterior. Pero existe una tendencia hacia una subordinación económica creciente. China compra materias primas en condiciones favorables, ocupa sectores abandonados por el capital occidental, impone sus condiciones en grandes proyectos energéticos, convierte al yuan en la moneda externa dominante y penetra en Asia Central. La guerra de Ucrania profundizó cada uno de estos procesos. Pero las contradicciones existen: la burocracia y la burguesía rusas no aceptarán la conversión de Rusia en socia menor de China. La búsqueda de contrapesos forma parte de su política exterior. Moscú conserva relaciones con India, Irán, Turquía y las monarquías del Golfo (igual que China) y puede explorar acuerdos con Estados Unidos para ampliar su margen de maniobra frente a Pekín. 

Trump y la tentativa de separar a Rusia de China

La política de Estados Unidos no se limita a presionar simultáneamente a Moscú y Pekín. Trump procura explotar las contradicciones entre ambos. 

Antes de regresar a la Casa Blanca declaró que Estados Unidos debía “desunir” a Rusia y China. Atribuyó su acercamiento a los errores de Biden: “Nosotros los unimos. Biden los unió”. Marco Rubio sostuvo en febrero de 2025 que Washington no podía permitir que Rusia se transformara en el “socio menor permanente” de China. La tentativa de abrir una brecha entre Moscú y Pekín no es solamente una interpretación de analistas. Fue expresada por los principales dirigentes del gobierno norteamericano (Inverse Nixon and Can Trump PullIt Off? DividingAmerica’sadversariesisn’t as easy as allthat, Michael Schuman, TheAtlantic, 30-05-25). 

La aproximación de Trump a Putin tiene un doble alcance. Procura trasladar a Europa una parte mayor del costo de la guerra de Ucrania, debilitar la capacidad europea de actuar como polo autónomo y negociar directamente con Moscú. Al mismo tiempo, busca liberar recursos para concentrarlos en la confrontación con China. 

Ambas orientaciones se encuentran vinculadas. Para Trump, China representa el adversario estratégico principal. Rusia conserva una enorme capacidad militar y nuclear, pero carece de la base industrial, financiera y tecnológica necesaria para disputar por sí sola la supremacía mundial. China combina escala económica, industria, comercio, tecnología y una creciente capacidad militar. Washington procura impedir que esos recursos se complementen de manera estable con el arsenal nuclear, las materias primas, el territorio y la experiencia militar rusa. 

La estrategia fue definida como un “Nixon al revés”. En 1972, Richard Nixon viajó a Pekín y normalizó las relaciones con la China de Mao. Estados Unidos explotó la ruptura sino-soviética para aislar a la Unión Soviética, que entonces era su principal adversario internacional. Trump intentaría realizar la operación inversa: aproximarse a Rusia para debilitar a China. 

El paralelo permite comprender la orientación, pero no puede convertirse en una repetición mecánica. Cuando Nixon llegó a Pekín, la ruptura entre China y la Unión Soviética llevaba más de una década. La URSS había retirado sus técnicos en 1960; ambos gobiernos polemizaban públicamente y sus fuerzas armadas se habían enfrentado en 1969 en la frontera del río Ussuri. Estados Unidos no creó esa ruptura. La aprovechó. 

Hoy no existe un conflicto semejante entre Rusia y China. La guerra de Ucrania y las sanciones occidentales reforzaron su cooperación. China constituye para Rusia un mercado decisivo, una fuente de manufacturas y componentes y la principal vía para reducir el efecto del bloqueo. Romper con Pekín sin obtener grandes concesiones económicas y políticas de Washington sería para Moscú un salto al vacío. 

También se ha invertido la relación de fuerzas. En 1972, Estados Unidos se aproximó al miembro más débil del triángulo, China, para golpear a la Unión Soviética. Ahora intenta atraer a Rusia, cuya economía es mucho menor, para contener a China. Nixon ofrecía a Pekín una salida del aislamiento. Trump tendría que ofrecer a Moscú una alternativa frente a la dependencia económica construida con China. Esto supondría levantar sanciones, reabrir mercados, facilitar inversiones, aceptar algunas pretensiones rusas en Ucrania y reconocerle una zona de influencia en Europa oriental. Una operación de ese alcance choca con los gobiernos europeos y con sectores del propio aparato político y militar norteamericano que siguen considerando a Rusia un enemigo principal. 

Putin, sin embargo, tiene motivos para explorar esa aproximación. Una recomposición parcial de los vínculos con Estados Unidos podría aliviar las sanciones y mejorar su posición frente a China. Si Rusia dispusiera nuevamente de alternativas comerciales y financieras, Pekín tendría menos capacidad para imponer precios bajos por el gas, dominar el mercado ruso o desplazarla en Asia Central. Moscú podría utilizar la oferta norteamericana como instrumento de presión sobre China sin proponerse una ruptura. Su objetivo sería negociar con ambos, recuperar autonomía y obtener concesiones de cada lado. Pekín, consciente de ese peligro, procura afianzar el vínculo económico sin asumir todos los costos de sostener a Rusia. 

La estrategia del “Nixon al revés” enfrenta obstáculos enormes y puede fracasar. Pero su existencia demuestra que Washington no considera a Rusia y China un bloque definitivamente constituido. Actúa sobre contradicciones reales: la desigualdad económica, el temor ruso a convertirse en apéndice de China, la competencia en Asia Central y la resistencia de Moscú a aceptar un lugar subordinado. 

Alianzas inestables y tendencia a la guerra mundial

Una configuración definitiva de bloques, con vistas a una guerra mundial, antes de consumarse, está llamada a transitar por crisis y realineamientos. Pero eso no significa que retroceda la tendencia a una guerra mundial. Esa tendencia no exige que los campos estén ya delimitados. La lucha por constituirlos, ampliarlos o quebrarlos forma parte de la preparación de la guerra. 

No existe un bloque oriental homogéneo. Rusia y China cooperan, pero no han unificado sus estrategias. Irán y Corea del Norte mantienen relaciones estrechas con ambos, pero tampoco integran una alianza común. India es rival de China y socia de Estados Unidos, aunque compra armas y energía a Rusia. Las monarquías del Golfo negocian con Pekín y Moscú, pero conservan sus vínculos militares y financieros con Washington. Los BRICS expresan la multiplicación de regateos y alianzas parciales, no la formación de un campo oriental disciplinado. 

Tampoco existe un “bloque occidental” libre de fracturas. La OTAN es, sin duda, la alianza militar más desarrollada del mundo. Posee tratados, mandos integrados, bases, ejercicios conjuntos y compromisos de defensa mutua. Pero su existencia no convierte al llamado Occidente en un campo político y económico homogéneo. 

Las divergencias entre Estados Unidos y Europa abarcan la guerra de Ucrania, los gastos militares, los aranceles, la energía, la competencia industrial y las relaciones con Rusia y China, el destino de Groenlandia (y de Canadá). Trump pretende descargar sobre Europa una parte mayor del costo de su defensa y negociar directamente con Putin. Los gobiernos europeos aceleran el rearme y discuten la construcción de una capacidad militar menos dependiente de Washington. La alianza persiste, pero sus contradicciones se profundizan. 

En Asia sucede algo semejante. Japón, Corea del Sur, Australia y Filipinas mantienen alianzas militares con Estados Unidos frente a China, pero sus economías conservan importantes relaciones comerciales con el mercado chino. India coopera militarmente con Washington sin abandonar su asociación con Rusia. Turquía pertenece a la OTAN, compra sistemas militares rusos, choca con Moscú en ciertos escenarios y negocia con ella en otros. 

No puede descartarse, por lo tanto, que se produzcan combinaciones entre potencias ubicadas convencionalmente en Oriente y Occidente. Rusia puede alcanzar acuerdos con Estados Unidos contra los intereses europeos o para ampliar su margen frente a China. Algunas potencias europeas pueden buscar entendimientos económicos con Pekín para resistir la presión norteamericana. India puede alinearse con Washington frente a China y mantener al mismo tiempo sus vínculos militares con Rusia. Estamos ante una lucha mundial entre Estados y capitales por mercados, recursos, rutas, tecnologías y zonas de influencia. Las alianzas se construyen a partir de esos intereses y pueden atravesar las fronteras utilizadas para presentarlas ideológicamente. 

Las guerras mundiales anteriores tampoco comenzaron con todos sus campos definitivamente resueltos. Antes de la Primera Guerra Mundial existían la Triple Entente y la Triple Alianza. Sin embargo, Italia, aunque pertenecía a esta última junto con Alemania y Austria-Hungría, permaneció neutral en 1914 y entró en la guerra en 1915 del lado contrario, después de negociar compensaciones territoriales con Gran Bretaña y Francia. El Imperio otomano y Bulgaria se incorporaron posteriormente a las potencias centrales. 

En la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética firmó en 1939 un pacto de no agresión con Alemania y terminó integrando una alianza con Estados Unidos y Gran Bretaña después de la invasión nazi de junio de 1941. Estados capitalistas que habían combatido la Revolución rusa se aliaron con la URSS contra Alemania. Las alianzas no surgieron de una identidad geográfica o ideológica, sino de los choques concretos entre intereses estatales. 

La conclusión histórica es importante. La delimitación de los campos puede ser un resultado del avance de la guerra y no su condición previa. 

La situación actual se diferencia también de la Guerra Fría. Entonces, la OTAN y el Pacto de Varsovia ordenaban gran parte de las relaciones internacionales. La disolución de la Unión Soviética destruyó ese equilibrio. Estados Unidos intentó imponer una supremacía sin contrapesos, pero no logró establecer un orden estable. Su retroceso relativo, el ascenso de China, la reconstrucción del poder militar ruso y el estancamiento europeo abrieron una disputa general. 

No surgió un nuevo orden que reemplazara al anterior. Tampoco una transición pacífica hacia un mundo “multipolar”. Lo que existe es la desintegración del sistema construido después de la Segunda Guerra Mundial. Cada potencia procura preservar o ampliar su posición y, al hacerlo, choca tanto con sus adversarios, como con sus propios aliados. 

La guerra de Ucrania, la militarización de Europa, la disputa por Taiwán, el rearme japonés, la extensión de las guerras en Medio Oriente, la carrera nuclear y el crecimiento mundial de los presupuestos militares forman parte de esa tendencia. No responden a un plan único ni a una división ya consumada del planeta. Precisamente por eso contienen un elemento explosivo: las líneas de demarcación no están establecidas y cada Estado procura modificarlas mediante la presión económica, el rearme y la guerra. 

La tentativa de Trump de separar a Rusia de China forma parte de esta lucha por delimitar los futuros campos. China procura impedir que Rusia recomponga sus relaciones con Washington. Moscú intenta evitar su subordinación negociando con ambos. Europa se rearma frente a Rusia, pero teme quedar sometida a las decisiones norteamericanas. India coopera con Washington contra China sin abandonar su asociación con Moscú. 

Estas maniobras no desmienten la tendencia a una guerra mundial. La confirman. Esta tendencia viene de la crisis capitalista mundial. Las grandes potencias se preparan para conflictos mayores mientras todavía disputan quién se alineará con quién, en qué condiciones y a cambio de qué reparto. 

No se puede negar la tendencia a la guerra porque no existen dos bloques cristalizados. Lo primero ignora el alcance del rearme y la multiplicación de las guerras. Lo segundo reemplaza el análisis de las contradicciones por un esquema prefabricado. 

La tendencia dominante no es la estabilización de dos campos, sino la ruptura del equilibrio anterior y la lucha por una nueva división del mundo. La alianza ruso-china es real, pero su propio desarrollo acumula nuevas fricciones. Las alianzas actuales son desiguales, parciales y reversibles. Pueden consolidarse, fracturarse o recomponerse mediante acuerdos que atraviesen la supuesta división entre Oriente y Occidente. 

La guerra mundial, si finalmente se abre paso, no será necesariamente el choque de dos bloques preexistentes. Puede ser el proceso mismo mediante el cual esos bloques terminen de formarse.