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Una posición revolucionaria en torno a Taiwán

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Una posición revolucionaria en torno a Taiwán


  1. La lucha por el control y dominio de Taiwán es la principal hipótesis de conflicto bélico directo, o cuasi directo, entre el imperialismo norteamericano y la República Popular China. La isla de Taiwán es, por ende, uno de los puntos más calientes del proceso político internacional. La formulación de una posición revolucionaria en torno a Taiwán reclama, en primer lugar, ubicar a la isla en su desarrollo histórico y, en segundo lugar, reconocer el rol estratégico que le asignan, en el marco de la actual confrontación y crisis internacional, tanto el imperialismo yanqui como la República Popular. Solo integrando los intereses y aspiraciones del propio pueblo taiwanés a estas coordenadas históricas y estratégicas se puede delinear un planteo internacionalista, socialista y revolucionario. 
  1. Durante los últimos 350 años, Taiwán ha sido una isla sometida casi ininterrumpidamente a distintas formas de dominación imperial, colonial o semicolonial. Si desde fines del siglo XVII hasta 1895 Taiwán estuvo sometida al orden imperial de la Dinastía Qing, incorporada formalmente al imperio pero administrada como una periferia fronteriza, entre 1895 y 1945 pasó a ser una colonia del Imperio japonés, hasta su derrota en la Segunda Guerra Mundial. Fue a partir de 1949, tras la victoria de la revolución china en el continente, que la isla se transformó en un protectorado estratégico del imperialismo norteamericano, aunque bajo la tutela política del Kuomintang, que se refugió allí luego de su derrota en la guerra civil. Solo durante un breve interregno de cuatro años, entre 1945 y 1949, Taiwán quedó unificada con la China continental bajo el liderazgo de Chiang Kai-shek. Aunque desde 1949 hasta la actualidad Taiwán se ha mantenido como un enclave estratégico del imperialismo estadounidense —utilizado, entre otras cosas, como plataforma militar durante la Guerra de Corea y para cercar militarmente a la República Popular—, la política de Washington respecto de la isla sufrió un giro cualitativo a comienzos de la década de 1970. Si hasta entonces Estados Unidos reconocía exclusivamente a Taiwán como la “China legítima”, a partir de 1971 comenzó a delinearse la llamada “ambigüedad estratégica”. Este viraje se expresó en una secuencia precisa: la visita secreta de Henry Kissinger a la China continental en julio de 1971, el reconocimiento de la República Popular China en la ONU en octubre de ese mismo año, con la consiguiente expulsión de los representantes del Kuomintang del organismo, y finalmente la firma del Comunicado de Shanghái en febrero de 1972 por Richard Nixon y Mao Tse Tung, formalizando el acercamiento entre la República Popular y Estados Unidos.
  1. La consolidación del deshielo sino-estadounidense le permitió al imperialismo yanqui profundizar la fractura entre la República Popular y la Unión Soviética, por un lado, y aislar política y estratégicamente a la revolución vietnamita, por el otro. En definitiva, la “victoria” de la República Popular al obtener el reconocimiento en la ONU —y el aval de la “comunidad internacional” a la fórmula de “una sola China”— empalmó con un giro estratégico del imperialismo norteamericano en el marco de la Guerra Fría. De este modo, el Partido Comunista Chino respondió a la política contrarrevolucionaria de la burocracia soviética con un viraje de carácter igualmente nacionalista y reaccionario. Se confirmó así que la existencia de un partido comunista de origen estalinista, aun cuando haya actuado revolucionariamente tomando el poder y expropiando a la burguesía, no equivale a la existencia de un partido obrero revolucionario: su accionar estuvo históricamente determinado por la dinámica contradictoria entre el ascenso revolucionario de las masas, las presiones de la burocracia del Kremlin y las presiones del imperialismo. Entre el acercamiento sino-estadounidense, el posterior inicio del proceso de “la reforma y la apertura” de Deng Xiaoping en 1978, la reintegración de Hong Kong y Macao a la China continental bajo la fórmula de “un país, dos sistemas” en los años ochenta, el “viaje al Sur” de Deng y el “consenso del 92” entre China y Taiwán, existe un hilo conductor signado por el restauracionismo capitalista. El “consenso del 92”, al establecer el “principio de una sola China”, funcionó como un engranaje más del nuevo salto aperturista dado por la República Popular —luego del impasse forzado tres años antes por la masacre de Tiananmen. Así como el nuevo impulso aperturista habilitó el desembarco masivo de capitales norteamericanos, el “Consenso del 92” permitió la llegada masiva de capitales taiwaneses a China continental. La formulación deliberadamente ambigua del “principio de una sola China” —abierta a interpretaciones funcionales para cada parte— fue el artilugio político del que se valieron el PCCh y el KMT, con la venia del imperialismo yanqui, para viabilizar la integración de Taiwán al proceso que terminó proyectando a China, tiempo después, como la gran factoría del mundo.
  1. La “ambigüedad estratégica” norteamericana combinó el reconocimiento de la República Popular, el desembarco masivos de capitales yanquis en China y el apoyo al “consenso del 92”, con la provisión sistemática de armamentos a Taiwán — con el objetivo de contener y taponear la proyección de la República Popular hacia el océano pacífico y, eventualmente, valerse de la isla para lograr un sometimiento o una semicolonización del gigante asiático. El Acta de Relaciones con Taiwán, aprobada por el Congreso norteamericano en 1979 y que se mantiene vigente al día de hoy, es el pilar jurídico de la “ambigüedad estratégica” del imperialismo: una ley que, tras reconocer a la República Popular China, preserva a Taiwán como protectorado informal, habilita ventas de armas “defensivas” y deja deliberadamente abierta la cuestión de la soberanía para administrar el conflicto en función de los intereses del imperialismo yanqui. Por este motivo, el “consenso del 92” no evitó que se produjera la tercera crisis del estrecho de Taiwán entre julio de 1995 y marzo de 1996. La visita del presidente taiwanés Lee Teng-hui a Estados Unidos en 1995 — que sugirió un trato cuasi-estatal de EE. UU. hacia la isla— fue respondida por China con ejercicios militares cerca de puertos taiwaneses y por Estados Unidos con el despliegue de portaaviones en la zona. 
  1. La histórica provisión de armas de los yanquis a Taiwán se inscribe en la tendencia general del imperialismo a cercar militarmente a China, como lo revelan la existencia del QUAD y el AUKUS. Esta orientación se ha reforzado como resultado de la emergencia de China como una potencia en el capitalismo mundial, la declinación histórica del imperialismo yanqui y su tentativa de revertirlo por medio de la guerra comercial y de un renovado injerencismo político y militar. Es así que, desde 2016, el imperialismo pasó a tensionar deliberadamente el statu quo en torno a Taiwán, erosionando en los hechos la llamada “ambigüedad estratégica”. En esa dinámica están inscriptas la llamada de Donald Trump, como presidente electo, a la presidenta Tsai Ing-wen del independentista PPD en 2016; la aprobación de una ley en 2018 que normalizó los contactos oficiales entre EEUU y Taiwán; y, especialmente, la visita a la isla en 2022 de Nancy Pelosi, quien era la presidenta de la Cámara de Representantes de EE.UU., que detonó la cuarta crisis del estrecho de Taiwán. Desde la visita de Pelosi se desencadenaron ejercicios militares chinos sin precedentes y desde 2024 el Ejército Popular de Liberación intensificó sistemáticamente su escalada militar, incluyendo bloqueos de puertos clave. Las declaraciones en noviembre de 2025 de la primera ministra japonesa, la derechista Sanae Takaichi, de que un conflicto en Taiwán podría justificar el empleo de las Fuerzas de Autodefensa de Japón bajo el derecho de defensa colectiva, detonó un recrudecimiento de los choques entre China y Japón, que fue respondida por la República Popular con un nuevo ejercicio militar alrededor de la isla y por EE.UU. con la aprobación de la venta de armas a Taiwán por el orden de los 11 mil millones de dólares.
  1. La tentativa de China de reintegrar a Taiwán debe ser valorada en su momento histórico concreto. Si los bombardeos de la República Popular China a las islas Quemoy y Matsu en la década del cincuenta, conocidos como la primera y segunda crisis del estrecho de Taiwán, fueron  expresión del derecho legítimo de la revolución china de lograr la unidad nacional y asestarle un golpe definitivo a la contrarrevolución burguesa y al imperialismo, la tercera y especialmente la cuarta crisis del estrecho deben tener una lectura claramente diferenciada. Que Taiwán siga siendo un protectorado yanqui no puede ser un motivo para menospreciar la consumación de la restauración capitalista en China y su mutación a un régimen nacionalista de contenido gran burgués con aspiraciones imperialistas. Perder de vista que China juega un papel opresor, ya no solo contra los países que lo circundan sino también a escala planetaria por la vía del comercio y sus acreencias, equivale a pasar por alto uno de los datos más distintivos de la presente situación internacional. En este momento histórico concreto, la pretensión del PCCh de “reintegrar” Taiwán a China, sea por medios pacíficos o militares, no representaría el progreso de un país oprimido en su lucha contra la opresión imperialista, ni muchísimo menos tendría por objeto la defensa y proyección de la revolución de 1949 y el progreso de la causa de la clase obrera y el socialismo. El nuevo status alcanzado por la República Popular China en la jerarquía del capitalismo mundial le imprime a cualquier tentativa de anexionar Taiwán un contenido reaccionario. Pesa, en los propósitos del gigante asiático, la defensa de su propia ruta comercial, su proyección al pacífico y el hecho de que Taiwán sea, a través de su empresa TSMC, el mayor fabricante de semiconductores de alta tecnología del mundo. En este marco, ni la pertenencia histórica de Taiwán a China ni la identidad del pueblo taiwanés en términos étnicos y culturales con el pueblo chino son un pretexto para apoyar o justificar una invasión y el sometimiento de 23 millones de taiwaneses. Incluso una invasión de China a Taiwán en respuesta a una escalada militarista del imperialismo yanqui o japonés en la región, también tendría un carácter reaccionario. Se emparentaría a la invasión rusa a Ucrania y su pretensión de anexionar el Donbás, fuertemente identificado con la cultura rusa. La “reunificación nacional” es agitada por la burocracia ‘comunista’ china con el objetivo de insuflar el nacionalismo gran burgués de la República Popular y, consumando el asalto de Taiwán, dar un salto de calidad en el proceso de formación del imperialismo chino. 
  1. En definitiva, es evidente que la cuestión taiwanesa —con su importancia estratégica en términos militares, comerciales y tecnológicos— está inscripta en la disputa entre las principales potencias. Este marco histórico y estratégico concreto es lo que determina que una posición revolucionaria en torno a Taiwán reclama, en primer lugar, rechazar y denunciar el injerencismo y militarismo norteamericano como así también los ejercicios militares y la política anexionista de la República Popular China. Es necesario, a su vez, desenmascarar el planteo independentista sostenido por el PPD. Pues aunque por el momento  sea resistido por el imperialismo estadounidense, para evitar la precipitación de una guerra abierta contra China, es claro que el planteo independentista tributa a los intereses del imperialismo occidental, que en el marco de una confrontación bélica abierta contra la República Popular acudiría en respaldo de la “independencia y soberanía de Taiwán”. Del mismo modo, hay que rechazar la estrategia china de la “unidad nacional”. Pues es evidente que este planteo, con el que incluso parecería empezar a comulgar la nueva presidenta del Kuomintang, Cheng Li-wun, tributa a las aspiraciones imperialistas del gigante asiático. Como se ve, el reconocimiento de las estrategias de las potencias en pugna y del lugar que ocupa Taiwán en esa dinámica, representa una cuestión ineludible para la formulación de una política revolucionaria. Las corrientes que se abstraen de reconocer la responsabilidad primordial del imperialismo yanqui por las tensiones y crisis en el estrecho de Taiwán y que levantan el planteo de la autodeterminación del pueblo taiwanés sin denunciar los planteos independentistas de su burguesía, fuertemente asociada al imperialismo yanqui, se anotan para quedar entrampadas en el campo occidental. Es la misma lógica que llevó a toda una parte de la izquierda a alinearse con la Otan en la guerra de Ucrania —como sucedió con las corrientes de ex Secretariado Unificado, del morenismo y, hasta cierto punto, con la Corriente Revolución Permanente – CI, que si bien denunció el carácter reaccionario de la guerra ruso-ucraniana nunca levantó el planteo de la caída de Zelensky e impulsó como línea de intervención práctica una “resistencia independiente” en el campo de la Otan. En el polo opuesto, los sectores de la izquierda que, abstrayéndose de las aspiraciones imperiales del gigante asiático, defienden “el derecho de China a invadir Taiwán” en nombre de la conquista de la supuesta “unidad nacional” —o, peor aún, que propician directamente esa invasión, como es el caso de Atilio Borón— incurren también en una posición reaccionaria, emulando a la izquierda que se alineó con Rusia en la guerra contra Ucrania. 
  1. Es evidente que no existe posibilidad de conquistar al pueblo taiwanés a la causa del socialismo si se le es negado su derecho a determinar su propio destino. Pero como ya señalamos, de parte de la izquierda revolucionaria el levantamiento del planteo del derecho a la autodeterminación del pueblo de Taiwán debe subordinarse a la denuncia del armamentismo e independentismo pro yanquis y al militarismo y el anexionismo chinos, en tanto son instrumentos de la disputa entre un imperialismo en declinación, de un lado, y un imperialismo en formación, del otro. Asimismo, de parte de una corriente socialista y revolucionaria, la defensa del derecho a la autodeterminación no puede ser enarbolada en nombre de un independentismo burgués o incluso de un independentismo “sin signo”. La defensa del derecho a la autodeterminación debe hacerse en nombre de la perspectiva estratégica de la unidad de los trabajadores taiwaneses con los trabajadores chinos y con todos los trabajadores del este y el sudeste asiático sobre bases socialistas, es decir, sobre bases no opresivas.  De conjunto, esta orientación se resume en las siguientes consignas: fuera el imperialismo yanqui de Taiwán, abajo el anexionismo y el militarismo chinos, por el derecho a la autodeterminación del pueblo taiwanés, por la federación de repúblicas socialista del este y el sudeste asiático. Con base en este norte estratégico es necesaria la elaboración de un programa transicional, es decir, un programa que recoja las reivindicaciones sociales y políticas fundamentales, que sean un factor de movilización de las masas taiwanesas y que conduzcan a una salida de poder de los trabajadores.