Con motivo de cumplirse los 90 años del inicio de la Guerra Civil en España, hemos publicado en la edición N° 96 /25/7/26) de esta revista, el prólogo del libro que nuestro fallecido compañero, dirigente del Partido Obrero, Luis Oviedo, había escrito en 1986, en el 50° aniversario. Lamentablemente, nunca fue publicado, circulando algunas pocas copias entre compañeros militantes. No se trata solo de un homenaje al dirigente trotskista militante. El libro mantiene su actualidad: Oviedo hace un análisis de la política centrista del POUM español y de las consecuencias catastróficas que tuvo en el desarrollo revolucionario de esa imponente lucha de los trabajadores y campesinos peninsulares. En próximas ediciones iremos publicando otros capítulos de esta obra.
CAPÍTULO I
– Sobre el Prólogo de Juan Andrade
• La formación del POUM
• El bloque electoral de febrero de 1936
• El POUM y la Guerra Civil
• La entrada del POUM. al gobierno de la Generalidad
• La expulsión del POUM del gobierno catalán
• La insurrección de Barcelona de 1937
• La política militar del POUM
• León Trotsky y el POUM
1. La táctica de Trotsky y la de los centristas
2. La «independencia» del POUM
3. El POUM y la Internacional
4. León Trotsky y la crítica de la política frentepopulista del POUM
5. Las relaciones entre Andrés Nin y León Trotsky
6. León Trotsky y la represión al POUM
• El prólogo de Andrade- Palabras finales
Capítulo I
El prólogo de Juan Andrade
El libro presentado por Editorial Compañero es una recopilación de los principales discursos y escritos publicados por Nin desde 1931, fecha de su regreso a España hasta junio de 1937, cuando cayó asesinado por los esbirros de la GPU, desde las distintas organizaciones en que militara, la ICE (Izquierda Comunista Española) primero y el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) después. Dicho volumen está prologado por Juan Andrade, antiguo «comunista de izquierda», miembro del Bureau Político del POUM e íntimo amigo de Andrés Nin.
El prólogo de Andrade constituye un documento político fundamental para un real balance de la política seguida por el POUM. Fechado en París en 1970, es un intento de justificación «a posteriori» del conjunto de la política de su partido desde su fundación hasta el asesinato de Nin.
Como no podía ser de otra manera, el autor del prólogo se ve obligado a polemizar, desde el principio, con las posiciones sostenidas por León Trotsky.
La formación del POUM
Este es el primer punto sobre el cual se detiene Andrade y que constituyó, en su momento, el eje del debate de la Oposición de Izquierda Internacional. ¿Cómo construir el partido revolucionario? ¿Cómo conseguir un auditorio obrero, cómo abrir un camino hacia las masas para los militantes trotskistas? ¿Qué método seguir, dadas las condiciones internacionales y la propia situación de los grupos oposicionistas?
León Trotsky sostenía la posición de ingresar como fracción organizada al PSOE para quebrar su ala izquierda, para ayudar a las masas a desembarazarse de los líderes contrarrevolucionarios y de esa forma construir el Partido Revolucionario. La ICE en su conjunto, con Nin y Andrade a la cabeza, no comprendió la oportunidad histórica excepcional que se le abría con esta perspectiva.
«Después de la proclamación de la República se observó un repentino incremento de la conciencia específicamente obrera, la Unión General del Trabajo (UGT) central sindical orientada por los socialistas, por ejemplo, cuadruplicó su número de afiliados en un año y los candidatos socialistas, que no habían alcanzado siquiera el 10% de los sufragios en las elecciones de abril anterior, consiguieron el 24,9% en las parlamentarias de junio (…). Muchos socialistas siguieron abrigando dudas sobre la legitimidad ideológica de la cooperación con un régimen burgués y el extraordinario incremento de afiliados del socialismo hizo aún más difícil a la dirección nacional controlar a la base». [5]
El ala izquierda socialdemócrata, liderada por Largo Caballero, como producto del extraordinario empuje de las masas, se vio obligada a pronunciarse, demagógicamente por supuesto, partidaria de la dictadura del proletariado. Los miembros de las Juventudes Socialistas (JS) llamaban a sus filas a los jóvenes de la ICE, a quienes califican como sus mejores camaradas. «El órgano de la JS de Madrid, Renovación, reiteró los llamamientos a los trotskistas, a quienes califica como los mejores revolucionarios y los mejores teóricos de España, invitándolos a ingresar a la Juventud y al Partido Socialista para precipitar la bolchevización» (G. Munis, Jalones de Derrota, promesas de victoria, pág. 178).
Obviamente, el objetivo de los revolucionarios no era bolchevizar el PSOE sino ayudar a las masas a romper con la socialdemocracia.
Es evidente que, al pronunciarse por el «entrismo» en el PSOE, Trotsky tenía en mente la gigantesca experiencia histórica de la cual surgieron los Partidos Comunistas de la primera posguerra: la quiebra de los viejos Partidos Socialdemócratas como producto de su traición histórica al acompañar y sostener a sus burguesías en la guerra imperialista, el surgimiento de poderosas fracciones izquierdistas en los viejos partidos (¡y sobre todo en sus Juventudes!) y la posterior maduración política y organizativa de estas fracciones que se convierten en los partidos comunistas de masas de la Internacional Comunista. El exponente más alto de este proceso fue la Liga Espartaco, cuyos dirigentes Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht fueron cofundadores del Partido Comunista Alemán y de la III Internacional.
Pero Nin y Andrade nunca comprendieron el carácter de la consigna de Trotsky (o lo que es peor, ¡Andrade lo falsea a sabiendas!). Andrade tiene el tupé de decir que Trotsky «impuso su táctica del ‘entrismo’ en los partidos socialistas para influenciarlos, …» (Traición, pág. 15). Como si Trotsky planteara sentarse en una mesa con Prieto y Largo Caballero para convencerlos, entre copas de manzanilla, de las bondades de la IV Internacional. ¡Basta de mentiras, basta de falsear las perspectivas históricas!
A pesar de la posibilidad concreta de quebrar al PSOE, la dirección de la ICE prefiere firmar un acuerdo con el Bloque Obrero Campesino (BOC), organización que se había separado del comunismo oficial, pero hacia la derecha. Para la dirección de la Izquierda Comunista se trataba de realizar una política más «amplia», más «elástica».
Trotsky se refería al BOC en los siguientes términos: «El centrismo puede desarrollarse bien hacia la izquierda, bien hacia la derecha. El centrismo de la Federación Catalana [nombre bajo el cual actuaba el BOC], que rechaza el ala izquierda durante la revolución, está condenado a una destrucción vergonzosa. La tarea de la Oposición de Izquierda consiste en precipitar esa destrucción mediante una crítica implacable» (La Revolución Española, pág. 38).
Para el núcleo dirigente de la ICE esta fusión oportunista con el grupo maurinista daba lugar a un reforzamiento revolucionario. ¡Qué gran error! ¿Qué podía ofrecer el POUM a las masas? Producto de la unificación sin principios, el POUM vegetó en constantes crisis internas, como el propio Andrade lo reconoce, desde su propia fundación.
La estructuración del POUM fue el obstáculo fundamental para la construcción de un verdadero partido revolucionario de la clase obrera española. La fracción de Nin quedó prisionera del partido unificado, prisionera de un grupo político que marchaba aceleradamente hacia una brutal descomposición y a la cual el prestigio de Nin (y de la ICE) salvó de la muerte política.
La lucha implacable por la defensa del programa revolucionario es el hilo conductor de cualquier grupo, tendencia o partido que quiera dirigir al proletariado al asalto del edificio burgués. Por el contrario, la actitud de los centristas y los pequeñoburgueses es de un desprecio total por las luchas libradas en torno de la defensa del programa.
La crítica política fundamental que Trotsky dirigiera a los poumistas, y que estos nunca respondieron, concierne enteramente al programa. Se resume en una carta dirigida a la dirección de la Sección Española de la Oposición de Izquierda, fechada en 1936, en los siguientes términos: «Ingresar temporalmente a una organización política de masas, para luchar implacablemente en sus filas contra los jefes reformistas, por la bandera de la revolución proletaria -eso es oportunismo-, pero concertar una alianza política con los jefes del partido reformista basado en un programa indecente a sabiendas que sirve para engañar a las masas y proteger a la burguesía -¡eso es valentía! ¿Es posible degradar y prostituir todavía más al marxismo?» (La Revolución Española, pág. 249).
Para Trotsky, la fundación del POUM significaba una «traición al proletariado en provecho de una alianza con la burguesía» (La Revolución Española, pág. 249).
Es evidente que la cuestión de la fundación del POUM supera el marco puramente táctico para convertirse en un problema de principios. La dirección de la ICE abandonó el terreno de la clase obrera para colocarse, vía su fusión oportunista, en el terreno del enemigo de clase.
El bloque electoral de febrero de 1936
En 1934 estalla la insurrección de los mineros asturianos. Son derrotados por la fuerza militar y el aislamiento a que los someten las direcciones tradicionales (socialistas, anarquistas y comunistas). Contra el proletariado asturiano se desata una violenta represión: miles de huelguistas son encarcelados. En la memoria del proletariado y los explotados españoles el período iniciado en 1934 se conocerá como el «bienio negro». A pesar de la derrota, el reflujo que sufría el movimiento de las masas es parcial, pasajero.
Las clases y los partidos toman nota de la insurrección asturiana y sacan sus conclusiones. Por su lado, la burguesía se fragmenta en innumerables grupos y partidos, enfrentados entre sí, pero, hecho sintomático, los que tienen mayor peso son los partidarios de una salida de fuerza contra los trabajadores. Esto se refleja en el reforzamiento de la Falange y del grupo de Calvo Sotelo en desmedro de Lerroux y Gil Robles.
Los explotados sacan su balance. En 1934, reflexiona colectivamente la clase obrera, la desunión y el aislamiento fueron el factor fundamental de nuestra derrota. Sobre la base de este sentimiento elemental, una gran corriente de unidad recorre las filas obreras.
Los republicanos, y sus falderos socialistas, estalinistas y anarquistas, también extraen su balance de la experiencia asturiana. La potencia de la clase obrera unificada -piensan- podría acabar con la obra maestra de la cultura burguesa: la república democrática.
Con el decidido propósito de enchalecar la revolución proletaria en el terreno de la república y así condenarla al fracaso, estos «señores» forman el Frente Popular, frente único de partidos obreros y burgueses «de izquierda», cuyo programa estaba cocinado para agradar el refinado gusto de los republicanos burgueses.
¿Qué tiene que ver este programa con los reclamos y aspiraciones de las masas obreras y campesinas de España? Absolutamente nada. ¿Es un programa obrero, es decir, socialista y revolucionario, aquel que plantea la no expropiación de la tierra, el «saneamiento de la industria», el rechazo del control obrero, «una política exterior de acuerdo a los principios de la Sociedad de las Naciones», el «control» capitalista de los bancos? No. Una y mil veces no. En la plataforma del Frente Popular, cada punto parecía una huida.
Este programa burgués y el que el proletariado levantó en las Jornadas Asturianas de 1934 son el agua y el aceite.
Es evidente que, para ganar el corazón de la clase obrera, este programa tan estrechamente burgués tenía dos requisitos. El primero, conceder ciertas reivindicaciones a las masas (la fundamental, la liberación de los mineros detenidos desde 1934). El segundo, que los partidos obreros, en bloque y sin una nota discordante, firmaran dicho programa, engañando a las masas con palabras bonitas.
El Partido Obrero de Unificación Marxista forma parte del Bloque Electoral de Febrero, es signatario del programa del Frente Popular y apoya el gobierno surgido de las elecciones. ¿Cómo explica esto, 35 años después, quien firmó dicho pacto en representación del POUM?
Desde el punto de vista principista, programático, Andrade no da ninguna respuesta. No hay en todo su prólogo ninguna explicación seria de por qué un partido que declaraba luchar por la dictadura del proletariado apoyó un programa tan estrechamente burgués. En realidad este ocultamiento es lógico. Dar una explicación programática del voto poumista del 16 de febrero llevaría a una conclusión muy concreta: el POUM, como partido centrista, no revolucionario proletario, apoya un programa que estafa a los obreros y campesinos y forma, junto a los honorables republicanos y sus falderos, una sólida muralla para impedir que las masas destruyan el Estado burgués.
A este respecto, en un texto magistral, «Clase, Dirección y Partido», León Trotsky comentaba: «Aun criticando a los viejos partidos, el POUM se subordinó a ellos en todas las cuestiones fundamentales» (La Revolución Española, pág. 193).
Veamos entonces las «explicaciones» de Andrade.
«La base obrera del Partido, que constituía la inmensa mayoría de militantes, consideró la decisión [de firmar el programa del Frente Popular] […] como incluso una victoria del amor propio político, que imponía a los estalinistas nuestro reconocimiento y por tanto, un triunfo sobre ellos» (Juan Andrade, Traición, pág.38).
Dejando de lado esta grosera demagogia, que se apoya en el orgullo del aparato, las «argumentaciones» políticas son fundamentalmente dos. De una parte, que era necesario llevar al Frente Popular al poder para conseguir la libertad de los mineros presos. De otra parte, que mediante la agitación electoral el POUM podría alertar a las masas sobre los peligros del Frente Popular.
Los argumentos de Andrade se denuncian solitos como mencheviques; toda su estrategia era la presión sobre el Frente Popular. «En lugar de movilizar a las masas contra los jefes reformistas, incluyendo a los anarquistas, el POUM trataba de convencer a estos señores sobre las ventajas del socialismo sobre el capitalismo» (León Trotsky, La Revolución Española, pág. 166).
La línea maestra del marxismo ante las elecciones parlamentarias en las repúblicas burguesas se reduce a esto: mientras no se las pueda voltear para imponer un gobierno obrero, mientras los explotados no hayan llegado, mediante su propia experiencia, a la conclusión del carácter de clase de la república y de la necesidad de imponer su propio gobierno, el deber de los revolucionarios es utilizarlas para educar, movilizar y organizar a las masas en un terreno de clase, con vistas, no a una lucha parlamentaria, sino al derrocamiento de la clase de los capitalistas y la instauración de la dictadura del proletariado.
Esta línea elemental de desarrollo de una política revolucionaria fue abandonada por el partido de Nin-Andrade.
Primero, la cuestión de la amnistía es analizada desde la óptica del parlamentarismo, y no de la acción revolucionaria de las masas. A cambio de nuestro apoyo político, ellos nos dan la amnistía. ¡Este es el pensamiento de los mercaderes políticos, de los traficantes de programas, no de los revolucionarios!
La liberación de los mineros presos, consigna democrática elemental, no debe plantearse en el terreno parlamentario sino en el de la acción de masas, la lucha de clases. El apoyo que los parlamentarios del partido revolucionario lleven adelante debe estar enteramente subordinado a la acción de las masas. Nunca al revés.
No sirve de nada apoyar a los patrones para que nos hagan el favor de soltar a nuestros compañeros presos. Como se demostró históricamente, el gobierno del Frente Popular que liberó a los mineros presos por medio de un acuerdo parlamentario y por la necesidad de ganarse la confianza de las masas, se encargó más adelante, como gobierno burgués, no sólo de llenar las prisiones, sino también los cementerios de militantes obreros y revolucionarios (Cámpora – Perón – ¡Isabel!).
A los presos hay que arrancarlos de las cárceles por medio de la lucha de masas y no por un acuerdo espurio en el cual la prenda del acuerdo no son los presos sino el programa revolucionario.
Segundo, hablando seriamente, entre personas mayores, ¿podía Nin alertar sobre los peligros que para la revolución implicaba el programa que el mismo POUM acababa de firmar? Si desde una tribuna Nin hace un discurso explosivo denunciando el rol contrarrevolucionario del Frente Popular, ¿qué podría responder a un obrero que, con toda su buena fe, le preguntara que si era tan malo para qué lo había firmado? Esta sola pregunta desarma toda la argumentación de Andrade.
Pero en el arsenal de nuestro prologuista existe un último y decisivo argumento: ¡la unidad!
Los revolucionarios estamos de acuerdo en el principio elemental de luchar por la unidad de las filas obreras. Por eso nuestro combate implacable, sin concesiones, para expulsar de las organizaciones obreras a los agentes de la burguesía, que destruyen, paso a paso, la unidad de lucha proletaria en beneficio de un acuerdo con los explotadores.
Pero, ¿basta con la unidad? No, no basta. El proletariado chino se agrupaba compactamente detrás de su Partido Comunista y ello no impidió su derrota sangrienta. La clase obrera inglesa seguía al laborismo como un solo hombre. ¿Esto evitó la derrota de la huelga general de 1926? Los trabajadores austriacos fueron derrotados por el nazismo, a pesar de estar sólidamente encuadrados en las filas socialdemócratas. Todos estos ejemplos la dirección del POUM tenía que conocerlos perfectamente.
Es evidente que no basta la unidad. Los marxistas luchamos por la unidad revolucionaria de los explotados. Unidad revolucionaria significa unidad de las masas en la acción alrededor de un programa de lucha en la estrategia de la dictadura del proletariado.
Es precisamente a este programa y a esta estrategia que todo acuerdo frentista debe estar subordinado.
La tendencia de las masas a la unidad es una tendencia embrionaria al poder, esto porque, instintivamente, la clase obrera comprende que solo como clase unida podrá quebrar la voluntad de los opresores e instaurar su propio gobierno.
Y esa tendencia espontánea a la unidad revolucionaria de las masas encuentra su generalización consciente en la consigna de la lucha por el frente único y el gobierno de los soviets, como forma superior del frente único de los explotados.
Es aquí donde aparece en toda su monstruosidad la mentira unitaria de los frentepopulistas. Con el candombe de la unidad, quiebran el frente único real de las masas, llevándolas al acuerdo con la burguesía. La perspectiva de la unidad revolucionaria se transforma, en el laboratorio frentepopulista, en la subordinación política del proletariado a un programa burgués.
La lucha por la unidad revolucionaria de los explotados pasa por la denuncia implacable de la mentira del Frente Popular. Mientras, los traidores abandonan «unitariamente» el terreno de principios de la clase obrera para correr detrás de la burguesía.
Explicando la mecánica de la lucha de clases, Trotsky comentaba que los partidarios del Frente Popular eran sólo alumnos principiantes, sólo sabían sumar y restar. Socialistas más anarquistas más estalinistas más republicanos más poumistas son más que los fascistas, y por lo tanto, necesaria e indefectiblemente deben vencerlos. Pero, agregaba, la lucha de clases no se parecía a las matemáticas sino a la física. Cuando se suman dos fuerzas iguales pero de signo contrario (la burguesía y el proletariado) la resultante final es igual a cero. No sin sentido decía Lenin que: «hay sumas que restan y restas que suman».
Resumiendo. El voto del Partido Obrero de Unificación Marxista al programa burgués de febrero constituye una traición a los intereses del proletariado y del socialismo y un paso más hacia la colaboración con la burguesía, iniciado por el POUM desde su misma fundación.
El POUM y la guerra civil
El triunfo electoral del Frente Popular produjo en las masas una colosal ola de ilusiones democráticas, alentadas por los partidos del Bloque Electoral de febrero. Pero esta ola de ilusiones en que una coalición gubernamental que incluyera a los partidos tradicionales de la clase obrera podría, por vía parlamentaria, es decir burguesa, alcanzar las reivindicaciones sociales y políticas que levantaba el movimiento obrero y popular, no significaba en absoluto la pasividad esperanzada de los explotados.
Muy por el contrario. El proletariado «apoyó» estas ilusiones por medio de gigantescas huelgas y movilizaciones sindicales y políticas. Los campesinos las «apoyaron» asimismo con la expropiación directa de las tierras de los latifundistas. Producto de la semiconfianza en el gobierno del Frente Popular, las masas desarrollaron una gigantesca movilización revolucionaria.
El gobierno contrarrevolucionario del Frente Popular se mostró por completo incapaz de encauzar y derrotar la movilización obrera y popular. El Estado burgués se debatía en una completa parálisis y se desmoronaba, poco a poco, ante la irresistible embestida de las masas. La situación política se polarizaba rápidamente. Los capitalistas se agruparon en torno al Ejército, que lanzó un golpe desesperado, destinado a cortar en seco el proceso de la revolución proletaria española, ante la completa ineficiencia contrarrevolucionaria del gobierno de Azaña.
En efecto, Trotsky escribía en su artículo «La Lección de España, la última advertencia» refiriéndose a la posición de la burguesía: «El fondo social de ésta [de la revolución], en el curso de los últimos seis años, había sido la ofensiva creciente de las masas contra el régimen de propiedad semifeudal y burguesa. Y es, precisamente, la necesidad de defender esta propiedad por los medios más extremos, la que ha echado a la burguesía en los brazos de Franco. El gobierno republicano había prometido a la burguesía defender la propiedad por medio de ‘medidas democráticas’, pero reveló, especialmente, sobre todo en julio de 1936, su completa bancarrota» (La Revolución Española, pág. 160).
Desde el primer momento del golpe fascista, el gobierno de Azaña tuvo dos preocupaciones convergentes. La primera, llegar a un acuerdo con los militares (ofreció, de una parte, puestos en el propio gobierno -propuso a Queipo de Llano, verdugo de Sevilla, la cartera de Interior- y, de otra parte, la completa revocación del melindroso programa de febrero a cambio de deponer las armas, amén de la completa impunidad de los sublevados). La segunda, y más importante, fue la de impedir el accionar independiente de las masas contra los fascistas.
El balance de la situación emergente después del golpe militar puede esquematizarse de la siguiente manera: allí donde el proletariado, engañado por los sicarios del Frente Popular, confió la resistencia al alzamiento reaccionario a la acción gubernamental de los republicanos, la victoria de los insurrectos estuvo asegurada (Sevilla, Granada, toda Andalucía). Por el contrario, allí donde las masas, sobrepasando las direcciones traidoras y organizándose autónomamente en comités de lucha y milicias, tomaron en sus propias manos la tarea de resistir el golpe militar, destrozaron por completo a los «nacionales» (Valencia, Barcelona, Madrid).
En estas regiones, los comités obreros, verdaderos soviets, se encontraron dueños de la situación. «Las jornadas de julio de 1936, cuando el proletariado catalán, con una dirección justa, hubiera podido sin sacrificios ni esfuerzos suplementarios apoderarse de todo el poder y abrir la época de la dictadura del proletariado en toda España, han terminado, en gran parte por culpa del POUM, en un régimen de dualidad de poderes, es decir por la división provisional del poder entre el proletariado (los comités) y la burguesía (representada por sus lacayos, líderes estalinistas, anarquistas y socialistas» (La Revolución Española, pág. 277)
Desde ese momento, una encarnizada guerra civil comenzó en la retaguardia republicana entre el gobierno de Madrid (y su sucedáneo catalán de la Generalidad) y los comités, órganos del poder obrero español.
Trotsky explicó el carácter de clase de la guerra civil que los ministerios libraron contra las masas de la siguiente manera: «…era imposible realizar su programa (el del Frente Popular) ‘puramente democrático’, esto es, antisocialista, por otras medidas que no fuera el terror. Cuando los obreros y los campesinos entran en el camino de su revolución, esto es, se apoderan de las propiedades del campo y de las fábricas, arrojan a sus antiguos propietarios, tomando el poder en las provincias, entonces la contrarrevolución burguesa-democrática, estalinista o fascista, todo es igual, no tiene otros medios para detener ese movimiento más que con la violencia sangrienta complementada por la mentira y el engaño» (La Revolución Española, pág. 159)
El sentido y resultado de esta lucha iba a ser determinante para el desenlace de la revolución y la guerra civil.
La violenta polarización política que significó el golpe militar-clericalista, de una parte, y la irrupción en la situación política de los comités y milicias de la clase obrera, ponía fuera de la realidad al gobierno surgido de las elecciones.
«En la zona republicana el Estado se derrumbó, pero no a causa de la rebelión sino de la revolución. El fenómeno es único en la historia. La revolución no se dirigió contra el gobierno, se limitó a ignorarlo. No intentó ocupar el poder, se limitó a ejercerlo. Azaña lo describe magistralmente: ‘Proliferan por todas partes comités de grupos, de partidos, de sindicatos; de provincias y regiones, de ciudades. Todos usurpan funciones del Estado, al que dejan inerme y descoyuntado'» (Ramón Salas Larrázabal, Génesis y actuación del Ejército Popular de la República, pág. 204).
La entrada del POUM al gobierno de la Generalidad
La burguesía y sus acólitos, con el objetivo de engañar y desarmar a las masas, fueron presentando gobiernos cada vez más «izquierdistas» en la forma, pero crecientemente contrarrevolucionarios por su objetivo. El punto máximo de esta tendencia fue el gobierno de Largo Caballero, que desde el punto de vista formal era un gobierno obrero (no había en él ningún representante de los partidos burgueses o de su sombra). La burguesía necesitaba de todo el prestigio del «Lenin español» para desarmar a los obreros, destruir los comités y volver a poner en pie el aparato del Estado burgués.
Al gobierno largocaballerista de Valencia corresponde la entrada del POUM en el gobierno de la Generalidad de Cataluña, donde Nin ocupa el cargo de ministro de Justicia.
El gobierno de Largo Caballero (y su sucedáneo catalán) fueron los gobiernos más contrarrevolucionarios de España. Esto porque, sencillamente, fueron los encargados de desarmar a los comités y destruir la situación de doble poder en beneficio de la burguesía. Esta sucia actividad no pudieron llevarla adelante mediante el enfrentamiento frontal, directo con las masas, que defendían los comités con su sangre y con su vida. No era ese el papel que la burguesía reservaba a los Largo Caballero. Su rol era engañar a las masas, ocultarles su política de alianza con la burguesía mediante bellas palabras.
Largo Caballero estafó a las masas diciéndoles que venía a instaurar definitivamente la dictadura del proletariado. ¿Cómo? Incorporando a los comités en los gobiernos municipales, dependientes del gobierno burgués fantasma de Valencia, convirtiéndolos de órganos de poder obrero en organismos de poder burgués.
El engaño que sufren las masas a manos de los dirigentes más izquierdistas del Frente Popular retrata la brutal crisis de dirección, la inexistencia de un partido que, a contramano de los corifeos del republicanismo y la democracia, llamara a los explotados a resistir la política contrarrevolucionaria de los Largo Caballero, en lugar de adaptarse a ella, que luchara por acabar con el Estado burgués y por la dictadura de los comités, en lugar de integrarlos al Estado patronal, y de esta manera, castrarlos, desnaturalizarlos, en fin, destruirlos.
Una vez conseguido el descabezamiento de los soviets españoles, Largo Caballero, y con él Nin y el POUM, fueron innecesarios para la burguesía, que reclamaba un gobierno de orden, menos ligado a las masas. La voz cantante del coro de la reacción era el Partido Comunista Español.
Explicando la necesidad de los explotadores de eliminar, una vez que los habían utilizado, a los Nin y Largo Caballero, León Trotsky escribía: «…el POUM ha caído víctima de una represión sangrienta y cobarde, ello se debe a que el Frente Popular no podía llenar su misión de estrangular la revolución socialista por otro medio que abatiendo pedazo a pedazo su propio flanco izquierdo» (La Revolución Española, pág. 166).
Así, como producto del giro a la derecha que significó la desnaturalización y destrucción de los comités, se impone el ministerio Negrín-PC. ¿Cuál es el balance que saca Andrade de este período riquísimo, fundamental de la revolución española?
Andrade no se refiere en ningún momento a la situación explosivamente revolucionaria creada con la derrota militar a manos de los comités en las principales ciudades. En ningún momento nos explica que, de haber existido un partido revolucionario, opuesto tenaz, frontalmente a la coalición gubernamental, que hubiera encabezado la lucha de las masas por la defensa y la extensión de los comités y las juntas revolucionarias, contra la embestida de los republicanos y sus perros de presa estalinistas, la República hubiera tenido los días contados y el franquismo no hubiera tenido ninguna perspectiva de victoria en la guerra civil.
«La lucha del 19 de julio, a pesar de la victoria real de los obreros, se terminó en el equívoco de una dualidad de poderes únicamente porque ninguna organización tuvo la claridad necesaria en la cabeza ni el valor indispensable para conducir la lucha hasta el final» (La Revolución Española, pág. 276).
Muy por el contrario, Andrade se hace eco de la campaña anticomités de los estalinistas y republicanos, al no denunciar el carácter de clase y los fines perseguidos por Largo Caballero (¡y también por la Generalidad!) que eran destruir los soviets catalanes, abortar el poder proletario naciente mediante el engaño y la mentira.
Para Andrade, entrar al gobierno contrarrevolucionario de la Generalidad, gobierno burgués enfrentado a las juntas y a los comités, no fue ninguna traición, sino por el contrario, un triunfo, un paso adelante de la revolución.
Pero inclusive, la nota dominante es el oportunismo más feroz.
En efecto, Andrade explica que: «La disyuntiva no se limitaba meramente a una simple cuestión de colaboración, sino a todas las consecuencias que se derivarían de la determinación, consecuencias políticas y materiales. Nuestra negativa daría satisfacción a los estalinistas y a los agentes soviéticos, a los que hubiera facilitado el pretexto para declarar ya ilegal al POUM. El Partido habría sido privado de todas las ventajas materiales que permitían mantener a nuestras milicias (y sin disponer de milicias no había reconocimiento como partido antifascista) y no dispondríamos de las escasas armas que se nos facilitaban o que podríamos proporcionarnos directamente. Era colocarnos nosotros mismos en situación de ilegalidad en una situación revolucionaria y cortarnos en cierta manera de poder influenciar a las masas obreras» (Traición, pág. 40).
León Trotsky comentaba al respecto que: «El POUM ha cometido el error de participar en la combinación electoral del Frente Popular; al amparo de esta combinación, el general Franco ha preparado a las claras durante varios meses la insurrección que hoy destroza a España. Un partido revolucionario no tenía derecho a aceptar, directa o indirectamente, responsabilidad alguna en una política de ceguera y tolerancia criminal. Debía llamar a las masas a ejercer la vigilancia. La dirección del POUM cometió el segundo error al entrar a formar parte del gobierno catalán de coalición; para combatir conjuntamente con los otros partidos en el frente, no es necesario aceptar cualquier responsabilidad en la política gubernamental errónea de aquellos partidos. Sin debilitar ni un instante el frente militar, hay que saber cómo agrupar políticamente a las masas bajo la bandera revolucionaria» (La Revolución Española, pág. 268).
La participación en el gobierno burgués de la Generalidad, encargado por la burguesía de resolver a su favor la situación de doble poder, constituye una traición fenomenal a la clase obrera y a la causa de la revolución proletaria, traición por la que el POUM se hundió en el fango.
La expulsión del POUM del gobierno catalán
Según Andrade, el error del POUM fue: «… haber cedido a la presión de los estalinistas para que el Partido fuera eliminado del gobierno de la Generalidad» (Traición, pág. 14). Sin ruborizarse, dos párrafos más arriba, Andrade habla del: «poder contrarrevolucionario de la Generalidad.»
Para Andrade fue un triunfo político haber ingresado en la Generalidad, el exterminador de los comités catalanes, y una derrota haber sido expulsado de él.
En realidad, toda la conducta del POUM en torno al gobierno de coalición catalán fue una victoria de la burguesía.
La entrada de Nin como ministro de Justicia de Companys y el apoyo poumista a la Generalidad cumplía para la burguesía una función política esencial: destruir los comités obreros engañando a las masas con la presencia de los dirigentes más izquierdistas en el gobierno burgués.
«El interés de los obreros estaba en aniquilar lo más rápidamente posible el equívoco peligroso, haciendo pasar todo el poder a los comités, a los soviets españoles. Al contrario, la tarea de la burguesía era la de aniquilar a los comités en nombre del ‘poder único’. La participación de Nin en el gobierno de la Generalidad fue una parte del plan de la burguesía dirigido contra el proletariado» (La Revolución Española, pág. 277).
De la misma manera, la salida de Nin del gobierno catalán y la persecución del POUM, y más tarde del ala izquierda del PSOE y del anarquismo, fue asimismo: «parte del plan de la burguesía dirigido contra el proletariado». Una vez conseguido su objetivo, deshacerse de los comités, la burguesía necesitaba desembarazarse de los partidos que, a pesar de apoyar al Frente Popular, representaban en la conciencia de las masas a la revolución en ascenso.
En ambas situaciones, entrada o salida, la actuación del POUM en esta cuestión fue producto de las necesidades políticas de la burguesía, no del proletariado. Evidentemente no puede afirmarse que el POUM actuara conscientemente, sería faltar a la verdad. Pero, como decía Lenin, la ignorancia no es justificativo.
Para resumirlo utilizando las palabras de Trotsky: «[la situación internacional] no altera su carácter centrista, ni altera el hecho de que un partido centrista actúe invariablemente como un freno a la revolución. Se rompe la cabeza a cada instante y puede causar el colapso de la revolución» (La Revolución Española, pág. 193).
La insurrección de Barcelona de 1937
La guerra civil en la retaguardia se desarrollaba implacablemente al amparo de la ceguera del POUM. En una clara provocación, los estalinistas del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) intentaron tomar por asalto el edificio de Teléfonos, en poder de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo, central sindical dirigida por los anarquistas).
Las masas catalanas respondieron espontáneamente ocupando la ciudad y derrotando por completo a los provocadores. En los primeros días de mayo de 1937, Barcelona estaba en poder de las milicias obreras.
La insurrección, que tomó completamente desprevenidos a los anarquistas y poumistas (esto constituye de por sí toda una condena), fue de una violencia incomparable. Sin embargo, las masas confundidas por las direcciones en que confiaban y que las llamaban a volver a casa y mantener al Gobierno de la Generalidad, fueron entregadas desarmadas a los estalinistas. Así, la provocación derrotada por las masas en las calles y en las barricadas fue convertida, vía la intervención de los anarquistas y poumistas, en una victoria de la contrarrevolución. ¡Ah, los vericuetos de la unidad!
Para Andrade, el error del POUM fue haber entregado desarmadas a las masas. No, mil veces no. El crimen del POUM fue no haberse apoyado en la insurrección para acabar con la Generalidad e instaurar el gobierno de los comités obreros.
Desarmar al proletariado fue sólo la conclusión lógica de la política de apoyo al gobierno burgués del Frente Popular.
Quien renuncia al poder lo está dejando en manos de quien lo detenta. No se trata de un error, es una unidad en la política de conciliación con la burguesía desarrollada por el Partido Obrero de Unificación Marxista.
La política militar del POUM
La guerra, siguiendo un viejo aforismo, es la continuación de la política por otros métodos. Para Andrade, la guerra civil es una oportunidad para la exteriorización de las tendencias derechistas de su centrismo y para una subordinación aún mayor al Frente Popular.
Siguiendo las directivas emanadas del estalinismo (recordar lo que decía Trotsky: «…en las cuestiones fundamentales se subordinan a ellos»), Andrade pone como condición previa a desarrollar la revolución proletaria la obtención de la victoria militar.
En efecto, Andrade escribe: «Porque al mismo tiempo, el sentido de la responsabilidad y la imperiosa necesidad de ganar la guerra, nos obligaba ello a contribuir con todo esfuerzo en la lucha contra el fascismo, y con ello a fortalecer los organismos que la decidían y la organizaban en la retaguardia» (Traición, pág. 24).
¡Los organismos que decidían en la retaguardia! Pero, precisamente, lo políticamente fundamental de la retaguardia era la existencia de una situación de doble poder, de guerra civil encubierta pero no menos real, entre los comités obreros por una parte y el gobierno burgués republicano y el Frente Popular por la otra.
¡Los organismos que «decidían» en la retaguardia eran los ministerios del poder burgués!
La unidad de acción más estricta en la lucha contra el fascismo no implica ningún compromiso, ninguna solidaridad política, ninguna responsabilidad en la política criminal de los frentepopulistas. Más bien, al contrario, la victoria sobre el fascismo es impensable sin la derrota política de los agentes democráticos del capital. Pero, para preparar esa victoria los revolucionarios tenían la obligación de diferenciarse netamente, de oponerse en todo momento, frente a las masas, a los partidarios del Frente Popular.
La posición de Juan Andrade respecto de la Guerra Civil y la política militar de su partido reflejan el profundo retroceso político de nuestro prologuista. En 1970, Andrade dice «primero la victoria, después las reformas sociales»; en 1937, Andrés Nin escribía: «Guerra y revolución aparecían, pues, inseparables desde el primer momento. Los trabajadores, vencida la insurrección, emprendían la obra revolucionaria, cuyas conquistas defendían y siguen defendiendo en las trincheras. Pretender, como lo pretenden el PC y el PSUC, que los obreros que combaten en el frente lo hagan por la república democrática, es traicionar al proletariado, preparar terreno para un nuevo y victorioso ataque de la reacción fascista» (Traición, pág. 220).
La lógica del retroceso político de Andrade es indudable: obligado a combatir a las posiciones revolucionarias cae en el terreno de los que Nin estigmatizó como traidores al proletariado.
El correcto planteamiento, los justos términos de la política militar del partido revolucionario son extremadamente importantes por cuanto la guerra civil es una lucha en la cual la preeminencia no la tienen las armas ni la técnica militar, a pesar de su tremenda importancia, sino la política revolucionaria. Y hasta el día de hoy, no se ha descubierto otra forma de vencer a la burguesía en una guerra civil abierta que dejar de lado la «responsabilidad» y la prudencia, esto es, el compromiso con la burguesía y sus lacayos, y desplegar una osada política de revolución social en las retaguardias y en los frentes dominados por el ejército revolucionario. Es esta la única forma de fortalecer la conciencia de los propios soldados en el frente, y a la vez, desmoralizar a los soldados reaccionarios e insurreccionar a los trabajadores del otro lado de las líneas.
Generalizando su experiencia como caudillo militar de la Revolución de Octubre y aplicándola al terreno de la guerra civil española, León Trotsky escribía: «Considero que esta fórmula (‘primero la victoria militar, después las reformas sociales’) es funesta para la revolución española. No viendo diferencias radicales entre los dos programas en la realidad, las masas laboriosas, los campesinos sobre todo, caen en la indiferencia. En estas condiciones, el fascismo vencerá inevitablemente. Las reformas sociales audaces representan el arma más potente en la guerra civil y la condición fundamental de la victoria sobre el fascismo» (La Revolución Española, pág. 268).
Adelantándose en dos años al desenlace de la guerra civil, Trotsky escribía en 1937: «La guerra civil, en la cual la fuerza de la pura violencia tiene poca validez, exige de sus participantes una dedicación suprema. Los obreros y los campesinos no son capaces de asegurar la victoria más que en el caso de que ellos conduzcan la lucha por su propia emancipación. Someter en esas condiciones el proletariado a la dirección de la burguesía, es asegurar por adelantado su derrota en la guerra civil» (La Revolución Española, pág. 154).
Y concluía: «Es necesario conformar la política a las leyes fundamentales de la revolución, esto es: al movimiento de las clases en lucha y no a los prejuicios y a los temores de los grupos pequeñoburgueses superficiales que se intitulan frentes populares y muchos otros frentes. La línea de la menor resistencia se convierte en la revolución en la línea del mayor fracaso. El miedo a ‘aislarse’ de la burguesía conduce a aislarse de las masas. La adaptación a los prejuicios conservadores de la aristocracia obrera significa la traición a los obreros y a la revolución. Los excesos de ‘prudencia’ constituyen la imprudencia más funesta. Tal es la principal lección del hundimiento de la organización política más honesta de España, el POUM, partido centrista» (La Revolución Española, pág. 176).
León Trotsky y el POUM
Uno de los aspectos más bajos y denigrantes, verdadero retrato político del prologuista, es la posición que adopta Andrade ante León Trotsky. Como ya fue señalado, toda la introducción gira en torno a la polémica de los poumistas con el fundador de la IV Internacional. Pero lo que aquí debe remarcarse es el tono y contenido repugnantes que el autor da a su texto.
Siguiendo la lógica del centrismo, Andrade rehúye toda polémica programática, referida a los principios del marxismo. El prólogo es una larga serie de insinuaciones insidiosas contra Trotsky, lanzadas en el marco de un profundo retroceso político.
Desgraciadamente, no hay ningún balance político por parte de Andrade ni del pasado político de su partido ni del rol jugado por León Trotsky y la Oposición Internacional en la Revolución Española.
Las acusaciones que formula Andrade contra Trotsky pueden resumirse en cuatro puntos fundamentales: a) Trotsky no proponía ninguna línea de intervención para la Sección española; b) la actitud de Trotsky frente al POUM fue dictada por el odio que despertó en el viejo revolucionario un gesto de «independencia» de los oposicionistas españoles; c) el funcionamiento de la Oposición Internacional era burocrático, antidemocrático y camarillesco; d) Trotsky desató una polémica injusta que coincidía con la represión estalinista.
Analicemos punto por punto.
A – La táctica de Trotsky y la de los centristas
«En el fondo, la única conducta que dictaba Trotsky a los marxistas españoles, era la de seguir exponiendo rígidamente los principios y la de denunciar duramente las debilidades políticas de los demás” (Traición, pág. 15).
Esto es, Trotsky no planteaba, en realidad, ninguna intervención en la crisis política española. Según Andrade, su objetivo era convertir a la ICE en una secta meramente propagandística.
¿Pero es esto cierto? Seguramente es en algún momento de distracción que Trotsky escribe: «… para la fracción bolchevique-leninista no es suficiente una posición de principios justa; es preciso aplicarlos correctamente a los acontecimientos diarios. La estrategia revolucionaria tiene necesidad de una táctica correspondiente” (La Revolución Española, pág. 209).
Bien clarito, no sólo hay que enunciar un programa correcto, hay que plasmarlo diariamente en la consigna adecuada a las circunstancias en el camino de la construcción de la herramienta revolucionaria, el Partido.
Señor Andrade, ¿León Trotsky propone sí o no una táctica para construir el Partido? ¿Propone sí o no una táctica para intervenir en la crisis política? Hemos visto más arriba que sí lo hace. Su perspectiva era la de quebrar el ala izquierda de la socialdemocracia, entrando para ello como fracción organizada al PSOE.
La discusión en torno a los métodos de construcción del Partido revolucionario rebasa lo meramente táctico para convertirse en una cuestión de principios. El planteamiento trotskista se fundamentaba en la necesidad de luchar consecuentemente por el programa de la revolución proletaria; el de Nin-Andrade, menos «rígido», más «flexible» era una táctica de fusión oportunista con grupos ajenos al marxismo, en la perspectiva del apoyo al frentepopulismo.
En su afán por confundir, Andrade se confunde a sí mismo. Los centristas, tan prudentes ellos, consideran que la política revolucionaria no es «táctica», no es «realista». ¡Supina ignorancia! En épocas revolucionarias, la única política realista es aquella que basándose en la comprensión de la lógica interna de las fuerzas motrices de la revolución y de su desarrollo dialéctico, moviliza, potencia toda la fuerza, toda la energía de los explotados, rompe las camisas de fuerza con que los líderes contrarrevolucionarios enchalecan a las masas y las dirigen resueltamente a la captura del poder.
B – La «independencia» del POUM
Oigamos a Juan Andrade: «Y finalmente, el hecho de que al llegar a la convicción de que la sección española se negaba a una obediencia ciega a su persona y a sus determinaciones, intenta Trotsky producir una escisión creando un grupo incondicionalmente adicto en España, mediante una correspondencia personal con el que creía que podía ser más adicto; esto colmó nuestra paciencia, pero no le compensó a Trotsky que no logró la ruptura de la sección española, que se mostraba monolítica frente a toda maniobra» (Traición, pág. 31).
Esto es que, ante una actitud independiente de la sección española, León Trotsky reacciona excomulgándola. Esta posición política se continúa en toda una serie de insinuaciones y medias palabras, de gran bajeza política y moral.
En efecto, Andrade declara que: “La determinación fue adoptada por el S.I, es decir por Trotsky…” (Traición, pág. 32), agregando que [así como]: «Era evidente que, en la práctica, la posición de Trotsky era completamente contradictoria y parcial, originada sobre todo porque los antiguos militantes de la ICE nos habíamos escapado a su obediencia» (Traición, pág. 38).
¿Qué significa esto? Que, pura y simplemente, este hombre perdió no sólo la brújula política sino también hasta el último vestigio de moral revolucionaria. ¿Estamos frente a una cuestión de obediencia «debida»? Aquí aparece retratado el centrismo en descomposición, que camufla los problemas políticos detrás de buenas (o malas) intenciones.
La fundación del POUM significaba, para Trotsky, una traición al proletariado en beneficio de una alianza con la burguesía. Esto no es una cuestión de independencia, es una cuestión de principios. Aquí no hay ninguna independencia, hay una subordinación política a la burguesía en la cuestión central de la defensa del programa revolucionario.
En contraposición a los centristas, y en particular a Andrade, toda la virtud del debate emprendido por Trotsky contra el POUM español es su politización, su referencia y su ligazón constante a los principios programáticos del marxismo, aún en las cuestiones tácticas u organizativas. Todo el acierto de la crítica de Trotsky es la de referir todos los problemas, grandes o pequeños, a la elaboración del programa revolucionario, es decir, a la construcción del Partido.
Refiriéndose a la independencia del POUM, Trotsky escribía en una carta fechada en 1936: «El bloque español de las cimas de la clase obrera con la burguesía de izquierda no encierra en sí nada de ‘nacional’, puesto que no se distingue de manera alguna del Frente Popular en Francia, en Checoslovaquia, en Brasil o en China. El ‘Partido Obrero de Unificación Marxista’ no hace más que llevar a cabo servilmente la política que el VII Congreso de la Internacional Comunista ha impuesto a todas sus secciones, con entera independencia de sus ‘particularidades nacionales'» (La Revolución Española, pág. 251).
Esto es una explicación política, referida al programa desarrollado por los centristas y no las perfidias puestas en circulación por Andrade.
C – El POUM y la Internacional
Finalmente, lo que retrata el triste papel político de Andrade es su referencia al funcionamiento interior de la Oposición Internacional de Izquierda. Según Andrade, Trotsky «manejaba» a la Oposición, esta no era más que una camarilla de incondicionales a su persona.
¿Qué decir? Más arriba hemos demostrado cómo Andrade camufla los problemas políticos detrás de insinuaciones personales. Respondiendo a una pregunta formulada en el curso de la investigación de la «Comisión Dewey», acerca de las «ordenes e instrucciones», León Trotsky explicaba: «… yo no he dado instrucciones a nadie. En general, yo no doy instrucciones. Expreso mi opinión en artículos … » (La Revolución Española, pág. 251).
Estas difamaciones contra la Oposición de Izquierda («incondicionales» de Trotsky) tienen un fin preciso: disimular el aislamiento internacional del POUM respecto de los grupos oposicionistas de todos los países y su adhesión al Bureau de Londres.
En efecto, inmediatamente después de su ruptura con la IVa Internacional, el POUM adhirió al Bureau de Londres, sello que agrupaba a una serie de partidos que, habiendo roto con la IIa y la IIIa Internacional, se oponían a la construcción de una nueva Internacional revolucionaria. En definitiva, se trataba de una Liga Mundial de Centristas.
¿Cuál era su composición? «El ‘Partido Obrero de Unificación Marxista’ pertenece a la famosa asociación de Londres de ‘partidos socialistas revolucionarios’ (ex IAG). La dirección de esta asociación se encuentra actualmente en manos de Fenner Brockway, secretario del Partido Laborista Independiente (PLI)».
Este partido se negaba a apoyar electoralmente a los laboristas por su apoyo a la Sociedad de las Naciones; el POUM firmaba un programa que reclamaba: «una política exterior de acuerdo a los principios de la Sociedad de las Naciones … «.
“Nos permitimos plantear a Fenner Brockway esta pregunta: ¿Qué significa exactamente la ‘Internacional’ de la que es secretario? La sección inglesa de esta ‘Internacional’ se niega a un simple apoyo electoral a los candidatos obreros si estos son partidarios de la SdN. La sección española constituye un bloque con los partidos burgueses basado en un ‘programa común’ de apoyo a la Sociedad de las Naciones. Se puede ir más lejos en el dominio de las contradicciones, de la confusión, de la bancarrota? Todavía no hay guerra y ya las secciones de la ‘Internacional’ de Londres tienden a direcciones opuestas. ¿Qué sucederá cuando sobrevengan terribles acontecimientos?» (La Revolución Española, pág. 250).
La asociación del POUM al Bureau londinense es otra irrefutable prueba de su carácter centrista.
¿Qué más agregar? Nada. Esto pone de manifiesto la vacuidad de las «críticas» de Andrade a Trotsky, perfidias y difamaciones personales ante la imposibilidad de reivindicar el programa y la política del POUM en la revolución española.
D – León Trotsky y la crítica a la política frentepopulista del POUM
Juan Andrade escribe: «A partir de esta primera ofensiva de Trotsky contra el POUM, toda su principal labor polémica de aquellos años estuvo consagrada a tratar de desacreditar y destruir a nuestro partido por ‘centrista y traidor’ y como principal obstáculo para la constitución del ‘verdadero partido revolucionario español y realmente bolchevique-leninista’ » (Traición, pág. 39). Agrega Andrade destilando odio y podredumbre: «… el profeta encontraba faltas graves hasta en la más mínima de nuestras determinaciones» (Traición, pág. 41).
¿Pero hace falta insistir? Lo que Andrade niega a Trotsky no es el debate programático. ¡Que Andrade demuestre que la política seguida por el POUM no fue centrista sino revolucionaria! ¡Que demuestre que el programa del Bloque Electoral firmado por el POUM era un programa marxista y no un engendro burgués destinado a abortar la revolución española! ¡Que Andrade saque el balance de la participación del POUM en el gobierno burgués de la Generalidad, gobierno contrarrevolucionario que disolvió los soviets catalanes! ¡Que Andrade demuestre que el POUM no entregó el levantamiento barcelonés a la reacción republicana-estalinista, por su temor a apoyarse en la misma insurrección para acabar con la Generalidad!
¡Y que no se trate de engañar diciendo que se trata de «errores»! En la política seguida por el POUM los «errores» son los que marcan la tónica general. Cuando éstos se suceden con regularidad y atañen a todas las cuestiones candentes de la revolución, no son meros errores sino que se trata de toda una tendencia política.
Un partido que lleva a cabo la criminal política de subordinación al Frente Popular que desarrolló el POUM, ¿es o no centrista, Sr. Andrade? ¿Se convirtió sí o no, en el principal escollo al impedir y neutralizar la diferenciación política que el proletariado desarrolló a cada paso respecto de los aparatos de la coalición del Frente Popular? ¿Empujaba o no el POUM a los obreros que se desengañaban de los viejos partidos a volver nuevamente a ellos?
¿Se había constituido o no en el principal obstáculo para la construcción del partido revolucionario una dirección que se aisló del trabajo político y sindical dentro de la CNT? ¿Se negó a crear células dentro de ella, así como también a realizar un trabajo político dentro del ejército republicano, al tiempo que creaba su propia milicia y sus propios sindicatos? De esa manera, el POUM aislaba a la guardia revolucionaria y dejaba a las masas sin dirección.
¿Se había convertido o no en un lastre para el proletariado el partido que afirmaba después de la derrota del alzamiento fascista en Barcelona, que en Cataluña existía ya la dictadura del proletariado, ocultando la verdadera situación, la dualidad de poderes y embelleciendo al gobierno burgués de la Generalidad, cuya función política era destruir el «equívoco» del doble poder a favor de la burguesía?
En política, y sobre todo entre marxistas, las palabras sirven para caracterizar a las clases, partidos y programas en lucha. La primera obligación de un revolucionario es llamar a las cosas por su nombre. La caracterización del centrismo no es un juzgamiento de la moral e intenciones de los poumistas (este es el terreno pequeñoburgués de la moral en que se mueve Andrade) sino una definición clara y precisa del rol político jugado por el POUM en la revolución española.
E – Las relaciones entre Andrés Nin y León Trotsky
Es muy instructivo, para desarmar los infundios puestos en circulación por Andrade, transcribir una carta de Trotsky a Nin, la anteúltima. En ella el revolucionario ruso caracteriza claramente la actitud de Nin ante la Oposición de Izquierda en general, y sus relaciones personales en particular. Está fechada el 13 de junio de 1932, mucho antes de la fundación del POUM.
«Su carta del 7 de junio contenía una serie de malentendidos extraños.»
“1. Algunas de sus cartas que contenían ciertas cuestiones políticas a las cuales no he respondido se han extraviado; bastaba simplemente volver a plantear estas cuestiones en lugar de perder el tiempo en cuestiones generales sobre el interés de la correspondencia. Ahora repito esta proposición: enuméreme, por favor, estas cuestiones a las cuales no ha obtenido respuesta mía; me comprometo a responderle inmediatamente esta vez como siempre lo hice en el pasado.»
“2. Escribe usted que niego una ayuda a la oposición española. No puedo responder a tal cosa más que encogiéndome de hombros. Le envío todos mis trabajos, cartas, circulares, etc., es decir, todos los documentos que envío a todas las secciones nacionales. Ninguna de esas secciones me acusa de negarle apoyo. ¿Quizá quiera usted decir que ahora no me ocupo particularmente de los problemas españoles? Es verdad, pero eso se explica por razones políticas objetivas. En el desarrollo de la revolución española no veo problemas de principios nuevos. Durante estos últimos meses han surgido en la URSS, en Alemania y en Oriente problemas siempre nuevos de grandiosa gravedad. Al repartir mi tiempo de trabajo, me guío por ideas políticas. Todos los manuscritos consagrados a los asuntos de Alemania se los he enviado al mismo tiempo que los enviaba a Alemania. Pienso que los problemas alemanes conciernen tan de cerca a los camaradas españoles como los problemas españoles. Admito que enfoque usted la cuestión de otra manera.»
«3. En fin, escribe usted que he dejado de ‘ayudar’ desde que hemos dejado de estar de acuerdo sobre diferentes cuestiones y diferentes camaradas. ¡Todo tiene límites, camarada Nin! Así, pues, ¡piensa usted que la apreciación sobre tal o cual camarada puede obligarme a cambiar mis relaciones políticas con la organización revolucionaria! Y a pesar de ello, insiste usted sobre nuestra correspondencia y afirma que es ‘muy útil’. No comprendo absolutamente nada.»
“4. Repite de nuevo que no tenemos con usted divergencias políticas. Hubiera estado muy contento si hubiera sido realmente así. Pero ya antes del incidente con los camaradas franceses, que perdió hace tiempo su significación, le había escrito que sus cartas tenían un carácter puramente diplomático. Usted se limita a abstracciones, a banalidades y nunca ha respondido sobre cuestiones políticas concretas. Si ojea usted mis cartas (conservo una serie completa de copias) se persuadirá sin esfuerzo que, bajo una conformidad de forma, se puede descubrir cada vez más un desacuerdo esencial. Pienso por ello que mi ayuda a la Oposición Española hubiera sido mejor si hubiésemos contrastado nuestras posiciones sobre aquellas cuestiones litigiosas, no por medio de cartas privadas que no tienen resultado, sino mediante cartas públicas o semipúblicas, por ejemplo en el boletín español, para que los camaradas españoles pudieran tomar parte en la elaboración colectiva de la opinión sobre todas las cuestiones litigiosas. Pienso que se puede y se debe someter a una discusión de principios seria toda una serie de cuestiones litigiosas, tanto españolas como internacionales, sin esconderse detrás de las simpatías o antipatías personales, porque pienso que tal método no sólo no es correcto, sino también que es inadmisible en los medios revolucionarios, sobre todo en los marxistas» (La Revolución Española, pág. 241/242).
En la carta siguiente, León Trotsky se lamenta de no obtener respuesta a su anterior y superdetallada carta. Nunca habría de recibir Trotsky una respuesta de Nin.
¿Por qué entonces falsificar la historia, fabricando el engaño de la ruptura unilateral de Trotsky después de la fundación del POUM y del dolor que esa ruptura le producía a Nin? Evidentemente, Andrade juega con la ignorancia de sus lectores. Como todo el prólogo, aquí también lo que Andrade busca es confundir, ocultar, camuflar todas las cuestiones políticas. Lo que fue una ruptura de Nin para bloquear una verdadera discusión política en el seno de la Oposición Internacional, dos años antes de la fusión con el grupo de Maurín, aparece bajo la lupa del confusionista como una reacción histérica del «profeta», llena de «rencor» por la fundación del POUM. ¡Qué cinismo! ¡Cuánta descomposición política y moral!
Caracterizando la actitud de Nin ante la Oposición y ante sí, Trotsky escribía en una carta fechada en diciembre de 1933: «Desgraciadamente, la discusión de las cuestiones políticas con el camarada Nin no desemboca en nada. Se esquiva siempre, hace diplomacia, no dice ni sí ni no; o lo que es peor todavía, responde a los argumentos políticos de los camaradas con insinuaciones personales» (La Revolución Española, pág. 246).
F – León Trotsky y la represión al POUM
El aspecto más repugnante del prólogo es el que toca a la relación entre León Trotsky y el POUM, en los momentos en que el partido es reprimido y perseguido por la reacción republicana-stalinista.
Sin declararlo abiertamente (¡el cinismo también tiene sus límites!) Andrade deja entrever que, ante la represión al POUM, Trotsky fue neutral. Abiertamente, dice que: [Trotsky llevó adelante una campaña de] «ataques violentos y de una gran injusticia contra el Partido, llenos más de rencor que de sabiduría política, que no cesaron hasta su muerte” (Traición, pág. 31). ¡Esto es, antes, durante y después de la represión al POUM!
¡Miente el Sr. Andrade, miente descaradamente!
¿Acaso un hombre movido por el «rencor» pudo escribir, apenas comenzada la guerra civil: «En cuanto a Nin, Andrade y otros sería criminal dejarse guiar ahora, en la gran batalla, por reminiscencias del período precedente. Si hay divergencias no deben en manera alguna impedir una aproximación sincera y duradera. La experiencia ulterior hará el resto» (La Revolución Española, pág. 257).
¿No sabe el «señor» Andrade que Trotsky escribió un artículo sobre el asesinato de Nin? Se lo recordamos.
«La absurdidad de esta acusación (de que Nin era agente de Franco) es evidente para todos los que conocen los hechos elementales de la revolución española. El fundador y dirigente del POUM, Joaquín Maurín, fue capturado y fusilado por el general Franco al comienzo de la Guerra Civil. Los miembros del POUM se han batido heroicamente en todos los frentes de España contra el fascismo. Nin es un viejo e incorruptible revolucionario. Defendía los intereses del pueblo español y catalán contra los agentes de la burocracia soviética. Precisamente por esta razón, la G.P.U. se ha desembarazado de él mediante un ‘raid’ bien calculado contra la prisión de Barcelona. […] Pese a las divergencias que me separan del POUM, tengo que reconocer que en la lucha que Nin llevaba contra la burocracia soviética, la justicia estaba de su parte. Nin se esforzaba en defender la independencia del proletariado español con respecto a las maquinaciones diplomáticas y a las intrigas de la camarilla que ocupa el poder en Moscú. No quería que el POUM se convirtiera en un instrumento dominado por Stalin. Se negaba a colaborar con la GPU para arruinar los intereses del pueblo español. Este era su único crimen. Y este es el crimen que pagó con su vida» (La Revolución Española, pág. 149/150).
¿Olvida acaso Andrade la siguiente declaración de León Trotsky?: «Defenderemos implacablemente la memoria de Nin y de sus compañeros contra las calumnias de los canallas de Moscú y de cualquier otro lugar. Pero el destino trágico de Nin no puede cambiar nuestras apreciaciones políticas, dictadas por los intereses históricos del proletariado, y no por consideraciones sentimentales» (La Revolución Española, pág. 274).
Finalmente, ¿es el «rencor» o la lucha inquebrantable en defensa del programa revolucionario, lo que hace afirmar a Trotsky: «He criticado su política (del POUM) en numerosas ocasiones, a despecho de mi ardiente simpatía por el heroísmo con que sus miembros, sobre todo los jóvenes, se baten en el frente» (La Revolución Española, pág. 257).
El ocultamiento por parte de Andrade de estos textos de Trotsky nos está mostrando la catadura política y moral de su autor.
Andrade quiere meter esta cuestión para tapar la traición del Partido Obrero de Unificación Marxista ante el proletariado español. Pero su despropósito tiene corta vida. ¿O es que piensa seguir comerciando con la figura de Andrés Nin, revolucionario inquebrantable pero equivocado, y la de los militantes caídos en la lucha, para hacer pasar una política de colaboración contrarrevolucionaria con la burguesía?
Dime a quién atacas y te diré quién eres. En su «crítica» a Trotsky, el centrismo encuentra su verdadero rostro, el de su abyecta subordinación a la burguesía.
El prólogo de Andrade. Palabras finales
¿Por qué este prólogo? ¿Por qué este texto? ¿Por qué tanta descomposición política y moral?
En junio de 1939, Andrade se dirigía a los militantes del POUM en los siguientes términos: «Durante el transcurso de la guerra civil y de la revolución, existió en el Partido una fracción, más o menos organizada, que carecía totalmente de fe y de confianza en la política revolucionaria del POUM, que conspiró siempre contra ella, que la saboteó desde todos los frentes y retaguardias, que impuso al Partido tácticas falsas, que le impidió desempeñar el rol que le había reservado la Historia […] Es aquella fracción que durante todo el curso de nuestra acción en España encontró su expresión más acabada en la mayoría del Comité Central: es la fracción que otorgó a este organismo un marcado carácter reaccionario».
«Las mismas circunstancias que atravesamos en España no nos proporcionaron siempre la ocasión propicia para poner de manifiesto nuestras divergencias, más de una vez operaremos ante la historia como responsables de estos errores. El mayor error político que hayamos cometido consistió precisamente en guardar silencio durante demasiado tiempo en torno a las divergencias y de no formularlas públicamente” (Juan Andrade, Ante la crisis política del Partido, discurso a los militantes del POUM, 23/6/1939. Citado por Pierre Broué, en «Andrés Nin, Trotsky y Juan Andrade» en América India N°2, pág. 73).
Remarquemos dos cosas de este texto fundamental: en primer lugar, no está firmado ni por Trotsky ni por la IVa Internacional sino por Juan Andrade, miembro del Bureau Político del POUM, y por la izquierda del Partido. En segundo lugar, se encuentra fechado en 1939, es decir 31 años antes de este prólogo.
Era Andrade quien escribía en 1939 que: «… la mayoría del CC del POUM era una fracción reaccionaria que había impuesto tácticas falsas al Partido».
Era Andrade quien consideraba en 1939 que: «… el mayor error político fue guardar silencio sobre las divergencias».
¿Qué ha pasado en los 31 años que separan el discurso de 1939 del prólogo de 1970?
En 1970, Andrade defiende la política de la «mayoría reaccionaria» del CC del POUM y hace suyos el tono y contenido de los ataques de los «notables maurinistas» contra León Trotsky y la IVa Internacional.
En 1970, Andrade no considera que el mayor error haya sido callar sino, por el contrario, cree que esa fue la mayor virtud del POUM, y especialmente, de los excomunistas de izquierda.
En efecto, Andrade escribe: «Nosotros nos habíamos manifestado siempre contrarios a la irresponsabilidad de las escisiones y no íbamos a practicar ésta en las graves condiciones de la guerra civil ante los poderosos enemigos frente a nosotros» (Traición, pág. 35).
Los treinta y un años transcurridos muestran el completo descalabro político de Juan Andrade. Ésta es la causa por la cual en 1970 nos presenta un prólogo que es un verdadero manifiesto de su descomposición política y moral como revolucionario.
En un texto magistral, «Clase, Dirección y Partido», Trotsky lo explica con casi 35 años de anticipación: «La amplitud del retroceso que se ha hecho dar al movimiento de la clase obrera [española] puede medirse, no sólo por la condición de las organizaciones de masas, sino también por los agrupamientos ideológicos y la búsqueda teórica a que se hallan dedicados numerosos grupos.» (La Revolución Española, pág. 181).
Y agregaba que: «En la dirección del POUM hay caballeros que ahora consideran que la política de Andrés Nin fue demasiado ‘izquierdista’, que lo único correcto era permanecer en la izquierda del Frente Popular» (La Revolución Española, pág. 197).
La reacción política que trajo aparejada la derrota del proletariado español se refleja en la derechización de los grupos centristas asustados. El centrismo y la revolución son incompatibles.
Los trotskistas, cumpliendo la gigantesca tarea que la Historia ha puesto en su camino, la reconstrucción de la Internacional como partido mundial de la revolución proletaria, la destrucción de la burguesía mundial y la instauración de la República Universal de los Soviets, pasarán por encima del cadáver político del centrismo.
