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Andrés Nin, León Trotsky y la Revolución Española (Parte III)

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3/10/2026

Andrés Nin, León Trotsky y la Revolución Española (Parte III)

Una crítica de “La Traición de la Revolución Española", de Andrés Nin.


Con motivo de cumplirse los 90 años del inicio de la Guerra Civil en España, hemos publicado en la edición N° 96 (25/7/26) de esta revista el prólogo del libro que nuestro fallecido compañero, dirigente del Partido Obrero, Luis Oviedo, había escrito en 1986, en el 50° aniversario. Y en la edición N° 100 (20/9/26) el primer capítulo. Lamentablemente, el libro de Oviedo nunca fue publicado, circulando algunas pocas copias entre compañeros militantes. Hoy publicamos el capítulo II de ese texto. No se trata solo de un homenaje al dirigente trotskista militante. El libro mantiene su actualidad: Oviedo hace un análisis de la política centrista del POUM español y de las consecuencias catastróficas que tuvo en el desarrollo revolucionario de esa imponente lucha de los trabajadores y campesinos peninsulares. En próximas ediciones publicaremos los siguientes capítulos de esta obra.

Capítulo II – Sobre los escritos de Andrés Nin (1930-1932): la política equívoca de la Izquierda Comunista Española

Sumario:

• La caracterización de la Revolución Española y sus tareas

• Los soviets

• El gobierno republicano

• Las Fuerzas Armadas y el armamento del pueblo

• Los aparatos obreros

Los escritos de Andrés Nin

Los textos de Andrés Nin constituyen el corazón de esta obra. En realidad, el prólogo de Andrade es sólo un justificativo «a posteriori» para la política desarrollada por Nin. Sus escritos no constituyen un todo orgánico. Por el contrario, son la recopilación de los discursos y escritos del máximo dirigente de la Izquierda Comunista Española primero, y del Partido Obrero de Unificación Marxista, después. Abarcan el período político iniciado con la caída de la monarquía y el debut de la II República hasta su asesinato, ocurrido en junio de 1937.

Para su análisis, hemos separado los textos de Nin en dos períodos, separados por la interrupción de la correspondencia entre Nin y Trotsky, ocurrida hacia fines de 1932.

La primera parte está constituida por un artículo programático («El proletariado español ante la Revolución») y otros pocos de carácter político. La segunda parte, la más extensa, abarca los acontecimientos revolucionarios que sacudieron España, desde la huelga general de 1933 hasta el balance de la Insurrección de Barcelona, último artículo escrito por Nin antes de caer asesinado por los esbirros de Stalin.

La elección de la divisoria (la ruptura de relaciones estrechas entre Nin y Trotsky, por parte del dirigente español) no es en modo alguno caprichosa. La actitud de Nin, que resultaba la salida lógica a toda la política equívoca mantenida hasta ese momento por la Sección Española de la Oposición Internacional, no era el punto final de una tendencia, sino que, por el contrario, preparaba un salto cualitativo en el camino del oportunismo político.

En efecto, poco después de la ruptura con Trotsky y el S.I. de la Oposición Internacional, la ICE se desbarrancó hacia el centrismo.

Antes de pasar a Nin, una salvaguarda. No siempre los textos presentan la posición personal del revolucionario español, sino la de la dirección de su organización (sea tanto la ICE como el POUM). Por supuesto esto no anula, ni mucho menos, la validez de las críticas a estas posiciones políticas ni desconoce el hecho de la solidaridad política de Nin frente a ellas.

1930 – 1932: La política equívoca de la ICE

Caracterizando la política de los comunistas de izquierda españoles, y de Andrés Nin en particular, León Trotsky escribía en la carta antes mencionada: » [Usted]… se persuadirá sin esfuerzo que, bajo una conformidad de forma, se puede descubrir cada vez un desacuerdo esencial». [

En efecto, los escritos de este período del dirigente español, que desde el punto de vista formal se encuentran en las mismas posiciones que los del fundador de la IV Internacional, en sustancia se encuentran en terrenos diversos.

Veamos esto más precisamente.

La caracterización de la Revolución Española y sus tareas

«El marxismo parte del concepto de economía mundial, no como una amalgama de partículas nacionales, sino como una potente realidad con vida propia creada por una división internacional del trabajo y el mercado mundial. […] Sin embargo, las particularidades nacionales representan en sí una combinación de los rasgos fundamentales de la economía mundial. Esta peculiaridad puede tener una importancia decisiva para la estrategia revolucionaria durante un largo período» (León Trotsky, La Revolución Permanente, pág. 11)

La determinación científica, precisa de estas particularidades nacionales (carácter de la nación -opresora u oprimida-, la cuestión de las nacionalidades, tareas democráticas incumplidas, relación de la nación con el mercado mundial, lugar e importancia de las distintas clases y partidos, peso del primitivismo agrario, relaciones entre la ciudad y el campo, etc.) juega un papel fundamental a la hora de definir la estrategia revolucionaria de una organización.

No se trata de un asunto académico, por el contrario resurge en cada momento candente de la vida política mostrando a cada organización la solidez o la completa inconsistencia de su programa. La izquierda argentina, desde los viejos anarquistas y socialistas hasta el MAS en la actualidad, se ha estrellado (y lo continuará haciendo) ante la no definición correcta de las tareas del proletariado frente al problema nacional, esto es el sojuzgamiento de la nación atrasada al yugo imperialista. Han oscilado, por lo tanto, desde su completo desconocimiento (el justismo) hasta el apoyo incondicional al nacionalismo de contenido burgués (Moreno, stalinistas, izquierda peronista) y aun fascistizante (Ramos, P.C.R.).

Precisamente en la caracterización de la revolución española, de sus tareas y de sus fuerzas motrices, es allí donde, en primer lugar, debemos detenernos para analizar la política equívoca de Nin en el período 1931-1932.

Nin fija su posición ante esta cuestión cardinal en su artículo «El proletariado español ante la revolución», fechado en 1931 y dedicado a sacar el balance de la caída de la monarquía y delinear las tareas de la ICE frente a la república burguesa.

El dirigente español parte del análisis de la estructura social y económica de España («las particularidades nacionales»). El análisis de Nin es unilateral en la medida en que todo el énfasis está dirigido a poner de relieve los aspectos más evidentes del atraso español: el peso del latifundismo, el extremo atraso agrario, reflejado en la casi nula productividad del trabajo agrícola, el mantenimiento de rémoras feudales (rabassa morta, aparcerías, foros y arriendos).

Analizando las «particularidades nacionales» chinas escribía Trotsky en 1927 que: «… las relaciones sociales de servidumbre y semiservidumbre son muy importantes. Por una parte, datan aún de la época feudal, por otra, son formaciones nuevas, resurrecciones del pasado debidas al retraso que experimentó el desarrollo de las fuerzas productivas, a la superpoblación agraria, a la acción del capital comercial y usurero, etc. Pero lo que domina no son las relaciones «feudales» (o más exactamente de servidumbre y, en general, las relaciones precapitalistas) sino las relaciones capitalistas. Es únicamente el papel predominante de estas relaciones el que permite, por otra parte, plantear seriamente la perspectiva de la hegemonía del proletariado en la revolución nacional» (La Revolución China, pág. 187).

Desde el punto de vista de la estructura económica y social española, el dominio no reposaba en las manos de los latifundistas sino en las de las corporaciones imperialistas, industriales y financieras.

Nin no presta atención al rasgo específico, diferencial de los países atrasados que es la combinación, el entrelazamiento, la simultaneidad y coexistencia de formas económicas y sociales bárbaras y precapitalistas con otras propias de un capitalismo altamente desarrollado, los monopolios.

«El desarrollo de una nación históricamente atrasada hace, por fuerza, que se confundan en ella, de una manera característica, las distintas fases del proceso histórico. Aquí el ciclo presenta, enfocado en su totalidad, un carácter irregular, complejo y combinado. […] El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela en parte alguna con la evidencia y complejidad con que lo patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados se ven obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino, y a la combinación de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas» (León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, tomo 1, pág. 19/20).

Cargando las tintas sobre el atraso español y no tomando la estructura económica en su conjunto y complejidad (en su «desigualdad y combinación»), Nin reclama atención sobre los problemas claves de la revolución democrático-burguesa incumplida: el fenomenal primitivismo agrario, la cuestión de las nacionalidades, la destrucción de la maquinaria burocrática de la monarquía y la democratización de las relaciones políticas.

Partiendo de esta base teórica, Nin define la revolución española como «una revolución democrática». (Traición, pág. 71).

El programa de la revolución democrática será entonces:

1.- Abolición de la propiedad privada de la tierra y establecimiento del principio «la tierra para el que la trabaja».

2.- Derecho de las nacionalidades a su autodeterminación.

3.- Destrucción del aparato burocrático-administrativo de la monarquía, extensión del sufragio universal a los jóvenes, mujeres y soldados.

4.- Libertad de organización y propaganda. Liquidación de la intervención estatal en los sindicatos (Comités Paritarios).

Para Nin, «la revolución democrática burguesa no puede ser realizada por la burguesía» (Traición, pág. 70).

“¿Cuál es entonces la fuerza motriz de la revolución? El proletariado, aliado con las grandes masas campesinas, impulsando la revolución democrática hasta sus últimas consecuencias, y preparando así el terreno para la instauración de la dictadura del proletariado” (Traición, pág. 81).

Así planteaba Nin, a la caída de la monarquía, la cuestión de la naturaleza, tareas y fuerzas motrices de la revolución española.

Nin ha «… tratado de apoyarse sobre la fórmula de la teoría de la Revolución Permanente… Pero la revolución no se contenta con simples aceptaciones teóricas» (León trotsky, La Revolución Española, pág. 166).

En primer lugar, el programa. Definir el programa revolucionario es definir, de una manera científica y sistemática, no sólo el camino al poder, sino también las tareas que deberá resolver el gobierno revolucionario y las herramientas con que contará para hacerlo.

De la existencia de tareas democráticas incumplidas (revolución agraria, nacionalidades, sojuzgamiento nacional) no se deduce necesariamente que el programa de la revolución sea «puramente democrático», como el programa presentado por Nin.

Para Trotsky, «…los países atrasados viven en las condiciones de la dominación mundial del imperialismo. Es por tanto que su desarrollo tiene un carácter combinado: reúnen al mismo tiempo las formas económicas más primitivas y la última palabra de la técnica, de la civilización capitalista. Esto es lo que determina la política del proletariado de los países atrasados: está obligado a combinar la lucha por las tareas más elementales de la independencia nacional y la democracia burguesa con la lucha socialista contra el imperialismo mundial».

Y agregaba que: «…El peso específico de las diversas reivindicaciones democráticas y transitorias, su ligazón recíproca, su orden de sucesión, están determinados por las condiciones propias y particulares de cada país atrasado, en una parte considerable, por su grado de atraso» (El Programa de Transición, págs. 35/37).

Al enfatizar las consignas democráticas, o mejor dicho, al ni siquiera mencionar las transicionales (jornada de ocho horas, escala móvil de horas de trabajo y de salarios, nacionalización de la banca y el comercio exterior, control obrero), es decir, «la lucha socialista contra el imperialismo mundial», Nin quiebra el carácter transicional del programa. Éste ya no es el que prepara la transición, la transformación de la revolución democrática en socialista, sino que su objetivo es, meramente, llevar la revolución democrática hasta el final.

Sin embargo, la separación de ambas revoluciones es puramente artificial, ideológica, no responde en absoluto a la realidad de la lucha de clases. En los países atrasados la revolución democrática y la socialista se funden en el proceso histórico único de la revolución proletaria.

El planteamiento marxista del Programa de Transición está absolutamente castrado si no se plantea que: «en una cierta etapa de la movilización de las masas, bajo las consignas de la democracia revolucionaria, los soviets pueden y deben surgir» (El Programa de Transición, pág. 36). No es precisamente éste, como veremos más adelante, el programa de Nin.

La segunda cuestión, la mecánica de la revolución.

A pesar de la completa oscuridad de su formulación («el proletariado, …, impulsando la revolución democrática hasta sus últimas consecuencias y preparando así el terreno para la instauración de la dictadura del proletariado») el planteo de Nin no es el de una dictadura «democrática», intermedia, como la preconizada para la revolución china por la Internacional Comunista, y a la que el dirigente de la sección española critica en el mismo artículo.

El programa estalinista-menchevique de la «dictadura democrática de los obreros y campesinos» partía de la posibilidad de la emergencia, como resultado de la revolución victoriosa, de un régimen «intermedio» entre la dictadura de la burguesía y la del proletariado.

En aras de esta ilusión menchevique, la I.C. enfeudó la independencia política del P.C. chino detrás de la burguesía nacional agrupada en el Kuomintang, prohibió los soviets y se subordinó completamente a la burguesía china.

El resultado de esta política criminal fue la brutal derrota del proletariado a manos del Kuomintang y el hundimiento de la revolución china de 1925-1927.

El planteo de Nin no es éste, sino el de una dictadura proletaria apoyada en los campesinos que lleva adelante la revolución democrática. Esta forma de plantear las cosas es una verdadera ilusión, que ignora por completo el nexo interno y el método de la revolución proletaria.

El origen histórico de este tipo de razonamientos está en Parvus, quien: «…no entendía que el Gobierno Obrero en Rusia derivaba en el sentido socialista, esto es que pudiera transformarse en una dictadura socialista en el transcurso de la realización por él mismo de los objetivos de la democracia. […] Parvus limitaba los objetivos de la revolución, del gobierno obrero a los de la democracia. […] la instauración, como resultado de la revolución, de un régimen obrero de tipo ‘australiano’ «.

«En 1905, Parvus veía ya en la conquista del Poder por el proletariado la senda hacia la democracia y no hacia el socialismo, esto es, reservaba al proletariado exclusivamente el papel que en efecto desempeñó durante los primeros ocho o diez meses de la Revolución de Octubre» (La Revolución Permanente, págs. 74/75).

¿Cuál es entonces la perspectiva del gobierno obrero? Para Trotsky: «La clase obrera no puede asegurar el carácter democrático de la dictadura que encarna sin rebasar las fronteras del programa democrático» (La Revolución Permanente, págs. 69).

Esto significa que no existe una revolución democrática que haya que llevar adelante, aislándola artificialmente de la socialista, sino que, por el contrario: «…la dictadura del proletariado, que sube al Poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente» (La Revolución Permanente, págs. 169).

Hay aquí, como se puede ver, dos estrategias políticas divergentes, programa democrático o programa de transición; revolución democrática o revolución permanente.

Los soviets

La posición de Trotsky respecto de la revolución española se encuentra definida en una serie de artículos y cartas fechados entre 1931 y 1932. En ellos hace una precisa caracterización de la sociedad española, de sus organizaciones políticas, de la monarquía, de la dictadura de Primo de Rivera y de la II República.

De ella desprende una táctica concreta para la intervención revolucionaria en la crisis política abierta con el desmoronamiento de la monarquía. Este es el punto que nos interesa, pues aquí es donde se puede descubrir cada vez un «desacuerdo esencial».

La táctica sostenida por Trotsky, que partía de tomar en cuenta las ilusiones democráticas de las masas obreras y campesinas en que la república burguesa solucionara las contradicciones de la sociedad española y diera satisfacción a sus reclamos, desarrollaba un sistema de consignas democráticas y transicionales, dirigidas a agotar estas ilusiones democráticas mediante la confrontación de la experiencia colectiva de las masas con los aparatos sostenedores de la república.

Pero lo fundamental de la táctica de Trotsky es que no levanta una muralla china entre las reivindicaciones democráticas y la lucha por los soviets. Por el contrario, todo su esfuerzo es por demostrar la ligazón, la lógica interna que lleva a las masas a empalmar la lucha por las consignas de la lucha democrática más consecuentemente con la construcción de los soviets. Insistimos en este punto fundamental, porque en la ligazón de la lucha por las consignas democráticas con la lucha por la construcción de los soviets, es donde podemos encontrar un «desacuerdo esencial».

Para León Trotsky, la cuestión se plantea así: «Sin embargo, el objetivo inmediato que se plantea a los comunistas españoles no es la lucha por el poder, sino la lucha por las masas, y esta lucha se desarrollará en el período próximo sobre la base de la república burguesa y, en proporciones enormes, bajo las consignas de la democracia. El objetivo inmediato es, indudablemente, la creación de Juntas Obreras (soviets). Pero sería absurdo oponer las Juntas a las consignas de la democracia».

«La lucha contra los privilegios de la Iglesia y contra la dominación de las Órdenes Religiosas y los Conventos -lucha puramente democrática- condujo en mayo a una explosión de masas que creó condiciones favorables, desgraciadamente no utilizadas, para la elección de diputados obreros. En la fase actual, las Juntas son la forma organizada del frente único proletario, para las huelgas, para la expulsión de los jesuitas, para la participación en las elecciones a las Constituyentes, para el contacto con los soldados, para el apoyo a los movimientos campesinos. Es sólo a través de las Juntas, que engloban al núcleo fundamental del proletariado, como los comunistas podrán asegurar su hegemonía entre el proletariado, y por consiguiente, en la revolución. Sólo a medida que vaya aumentando la influencia de los comunistas sobre la clase obrera, las Juntas se convertirán en órganos de lucha por el poder. En una de las etapas ulteriores -no sabemos aún cuándo- las Juntas como órganos del poder del proletariado, se verán opuestas a las instituciones democráticas de la burguesía. Sólo entonces llegará la última hora de la democracia burguesa» (La Revolución Española, págs. 99/100).

Podemos seguir el razonamiento de Trotsky respecto de esta cuestión en una carta escrita antes de la caída de la monarquía. En ella el fundador de la IV Internacional se pronunciaba frente a las Cortes Constituyentes convocadas por la corona: «Pero si se boicotean las Cortes, ¿en nombre de qué se hace? ¿En nombre de los soviets? En mi opinión sería erróneo plantear así la cuestión. No se puede, en este momento, unir a las masas de las ciudades y de los campos más que a base de las consignas democráticas. Entre éstas figuran las Cortes Constituyentes, elegidas a base del sufragio universal, igualitario, directo y secreto. Creo que, en la situación actual, no podéis pasar de esta consigna, porque, finalmente, no existen todavía soviets. Los obreros españoles no saben nada -por lo menos por experiencia- sobre qué son los soviets. ¿Y qué decir entonces de los campesinos? Por otra parte, la lucha con motivo y en torno a las Cortes será, en el próximo período, toda la vida política del país. En tales condiciones sería erróneo oponer la consigna de los soviets a la de las Cortes. Muy al contrario, en el período que va a seguir, parece que no se podrán crear soviets más que movilizando a las masas con las consignas democráticas. Comprendemos esto de la manera siguiente: para impedir a la monarquía que convoque a Cortes elegidas con engaños, falsas y conservadoras, para asegurar la convocatoria de Cortes Constituyentes democráticas, para que esas Cortes puedan dar la tierra a los campesinos y hacer muchas otras cosas, es preciso crear soviets de obreros, soldados y campesinos, que fortificarán las posiciones de las clases laboriosas» (La Revolución Española, pág. 212).

Para Nin, la cuestión de la táctica se planteaba así: «En el momento actual predominan en el proletariado y en las masas populares del país las ilusiones democráticas. Nuestra misión debe consistir en desvanecer esas ilusiones, demostrando, por la crítica constante de los hechos, la imposibilidad para la burguesía de dar satisfacción a ninguna de las aspiraciones de las masas, y en impulsar estas últimas a la acción enérgica y constante para conseguir que la revolución democrática sea llevada hasta sus últimas consecuencias» (Traición, pág. 70).

«Exigir que se realice verdaderamente la revolución democrática debe ser hoy nuestro grito de batalla» (Traición, pág. 71).

El conjunto de las reivindicaciones planteadas por Nin (la tierra para el que la trabaja, autodeterminación de las nacionalidades, destrucción del aparato burocrático-militar de la monarquía, sufragio universal, libertad de organización y propaganda) determinan «… el terreno exclusivamente en el cual se podrá conquistar a las masas y llevarlas, por su propia experiencia, al terreno de la lucha directa contra la dominación burguesa» (Traición, pág. 72).

Vemos aquí claramente dónde se encuentran las diferencias. Para Nin, la consigna de los soviets se desarrolla en el terreno de la propaganda, es una consigna educativa, pero sin valor alguno en las tareas prácticas, inmediatas. Hasta conseguir conquistar a las masas y construir el partido, es imposible pensar en la construcción de soviets.

En ninguno de los escritos de Nin de este período encontraremos nexo alguno entre la lucha por las consignas democráticas y los soviets. La posición de Trotsky, como hemos visto, está en las antípodas. La construcción de soviets no sólo es posible, es impostergable, «el objetivo inmediato». El único camino para llegar a ellos es la agitación más amplia y consecuente por las libertades democráticas más irrestrictas.

Toda la gracia de la agitación por los soviets es que se trate de una agitación concreta, relacionada con cada una de las reivindicaciones y necesidades inmediatas de las masas. Agitación fundida, allí donde sea posible, con la organización de los oprimidos en sus propios organismos de frente único de tipo soviético. ¡Ojo!, todavía los soviets no son el órgano del poder obrero sino los poderosos comités de huelga que dirigen a las masas en lucha. Ésta es la forma histórica concreta en que han surgido los soviets en Rusia en 1905, como comités de huelga.

La necesidad de soldar, en la agitación y en la organización, las consignas democráticas y los soviets, las tareas de la revolución democrático-burguesa no realizada y los organismos del futuro poder proletario, deviene del carácter particular, permanente de la revolución en los países atrasados, de la incapacidad absoluta de la burguesía de coronar victoriosamente la revolución democrática, del papel fundamental del proletariado como caudillo nacional, de la necesidad de la revolución de enfrentar, desde el principio, la resolución de tareas democráticas mediante la dictadura proletaria.

«La solución de los problemas que incumben a una clase por obra de otra, es una de las combinaciones propias de los países atrasados.» (León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, tomo 1, pág. 24).

Este desacuerdo esencial es el de dos líneas divergentes, centrífugas, la de León Trotsky, que en una situación revolucionaria, aun en la lucha bajo las consignas democráticas, desarrolla la más mínima oportunidad para poner en pie los organismos de frente único revolucionario de la clase, los soviets, y la de Andrés Nin, que hace de la lucha por las masas, utilizando las consignas de la democracia, un compartimento estanco de la lucha por la construcción de soviets, como organizaciones de frente único de las masas movilizadas, que es incapaz de comprender la interrelación dialéctica que, en un país que no ha cumplido su revolución democrático-burguesa (¡y que no podrá cumplirla ya!), existe entre la lucha por desarrollar las tareas democráticas y la lucha por construir los soviets, esto es la lucha por la dictadura del proletariado.

Nin y el gobierno republicano

¿Cuál es la relación entre régimen político y táctica? ¿Cuál era la actitud de Nin frente al gobierno republicano surgido del desmoronamiento de la monarquía?

Nin afirma que: «Hay que saludar las medidas tomadas por el Gobierno Provisional, bajo la presión de las masas populares, contra los elementos reaccionarios. Pero hay que decir al mismo tiempo que esta lucha será completamente ineficaz si no se destruye la base en que se apoyaba la reacción: la Iglesia y la propiedad feudal, y si, como complemento indispensable, no se disuelve la Guardia Civil, encarnación viva de la monarquía despótica desaparecida, y se arma al pueblo» (Traición, pág. 72).

¿Los revolucionarios deben apoyar o no las medidas tomadas por un gobierno burgués? ¿Son éstas progresivas respecto al cuadro de reacción política anterior? Nin dice que sí, pero añadiendo que esas medidas son insuficientes. Nosotros, trotskistas argentinos, hemos escuchado esta formulación mucho antes de leer a Nin, en los labios del revisionista Moreno. En sustancia, no difiere mayormente del conocido «apoyo crítico» tan caro a los stalinistas. Para los trotskistas la cuestión se plantea de manera distinta.

Las «medidas» no pueden ser caracterizadas independientemente de la política de conjunto del gobierno. Toda la política, toda la actividad de efectividad de éste tiene un fin concreto, determinado, incluso aquellas «medidas» que puedan aparecer, a primera vista, como contradictorias con el sentido general de su orientación. Debemos analizar el conjunto de una política y no medidas aisladas, los aspectos positivos y negativos, caballito de batalla del stalinismo.

Cuando nos encontramos con un Cárdenas que expropia a los pulpos imperialistas, como expresión de la política de la burguesía nacional mexicana que busca un cuadro de rediscusión de su grado de subordinación al imperialismo y un cierto desarrollo capitalista independiente, los marxistas declaramos que sólo con la expropiación bajo control obrero y la dictadura del proletariado se podrá expulsar realmente al imperialismo. Pero, aunque no apoyemos al gobierno nacionalista burgués, es una obligación de todo revolucionario defender a la nación oprimida (y en este cuadro a las nacionalizaciones) contra el opresor imperialista. Las medidas de los gobiernos nacionalistas – burgueses, mezquinas y limitadas, son la expresión, a la vez, de la falta de un desarrollo capitalista independiente de la nación atrasada, de una parte, y de la incapacidad de la burguesía nacional de llevar a la victoria esta lucha, por su subordinación al amo imperialista.

En el caso español de 1931/32 la cuestión se presenta en una forma completamente diferente. El gobierno republicano no era la expresión de la necesidad de desarrollo de las fuerzas productivas de la nación atrasada, esto es un gobierno nacionalista que enfrentara, aun limitadamente, al imperialismo y a sus agentes nativos. Por el contrario, se trataba de un gobierno de unidad nacional, con importantes elementos frente-populistas, cuya función política era ordenar la transición indolora, esto es, la salida burguesa a la crisis política abierta con el descalabro de la monarquía. En definitiva, el gobierno republicano burgués español de 1931/32 representaba un clásico proceso de «institucionalización».

Lo notable del caso es que el mismo Nin caracteriza al gobierno republicano como: «…una tentativa desesperada de la parte más clarividente de la burguesía y los grandes terratenientes para salvar sus privilegios» (Traición, pág. 68). A pesar de lo cual no tiene problemas en «saludar» las medidas tomadas por el gobierno provisional, «bajo presión de las masas».

Como régimen político, el gobierno republicano era un recurso político de la burguesía y el imperialismo contra el proletariado y los campesinos españoles. Su objetivo era enfeudar a las masas oprimidas y explotadas detrás de los capitalistas «democráticos». Es en este marco concreto, y sólo en él, que hay que analizar las «medidas» que dicho gobierno contrarrevolucionario pueda llevar adelante.

Analizadas las cosas en este cuadro, vemos que las «medidas» tenían el mismo objetivo que la política del gobierno tomada en su conjunto, mantener y aumentar las ilusiones democráticas de las masas, confundirlas, desorganizarlas y, de esa manera, derrotarlas. En realidad, lejos de ser contradictorias, divergentes, están unidas dialécticamente al cuerpo, al núcleo de la orientación gubernamental.

Las «medidas progresivas» son un recurso político de la burguesía contra el movimiento independiente del proletariado. Esto es lo sustancial.

En la medida en que están dirigidas, no contra el imperialismo, sino contra la revolución proletaria, estas «medidas», lejos de ser progresivas son reaccionarias. Un ejemplo fenomenal de medidas de este tipo son las «nacionalizaciones» de Mitterrand, las cuales fueron cálidamente apoyadas por la OCI francesa y el MAS argentino, durante su corto noviazgo en el Comité Internacional.

El deber del Partido Revolucionario es denunciar incansablemente al gobierno burgués «democrático», denunciar su carácter de maniobra política al servicio del capitalismo, y, al mismo tiempo, impulsar la movilización y organización independiente de los trabajadores.

Esto es lo que hay que hacer y decir a las masas, nada de saludos, nada de apoyos críticos, hay que marcar a fuego la perspectiva que se fijan los líderes de la «democracia» (y sus sostenedores izquierdistas). Los que como Nin o más recientemente el MAS, frente a Alan García o la UDP boliviana, saludan las «medidas progresivas» de los gobiernos seudo-democráticos, ocultan a las masas el carácter concreto, real, del régimen político y se convierten en un obstáculo para la organización independiente de las masas.

Actuar de esa forma es abandonar por completo los principios del marxismo revolucionario, pasando al campo difuso del «apoyo crítico», que en la realidad se convierte, como lo demuestra la experiencia histórica, en apoyo incondicional y abierto.

Nin, las fuerzas armadas y el armamento del pueblo

Otro aspecto notable de la cita de Nin antes transcripta es que llama a «desarmar a la Guardia Civil, instrumento de la reacción monárquica», al tiempo que reclama, al gobierno republicano, el armamento del pueblo.

¿Qué significa esto? ¿Que el conjunto de las Fuerzas Armadas debe quedar en pie, excepción hecha de la Guardia Civil? ¿Acaso se debe disolver sólo a la policía, o al conjunto de las instituciones armadas de la burguesía? ¿Hay que disolver las Fuerzas Armadas de la monarquía para levantar un ejército republicano? ¿Podemos decir que las Fuerzas Armadas, excepto la Guardia Civil, corresponden ya al pueblo armado, o, al menos, a una parte de él?

Todas estas preguntas son enteramente valederas, lógicas, después de leer este párrafo de Nin. En estas pocas líneas, el dirigente de la ICE comete una doble falta. De una parte, embellece el rol del Ejército, sostén de la dictadura de Primo de Rivera, al cual no acusa, como a la Guardia Civil, de haber apoyado a la monarquía. De otra parte, embellece a la burguesía republicana, haciéndola aparecer como parte interesada en la destrucción de los restos del aparato estatal monárquico, cuando en realidad su función política era preservarlos, mantenerlos intactos. Por supuesto, no para la gloria del rey, sino para la de la república burguesa, pero siempre contra las masas. Complementariamente, Nin crea la ilusión de que el armamento de las masas pueda ser obra de un gobierno patronal.

Esto es así desde el momento en que el armamento popular aparece como una «profundización» de las «medidas insuficientes» del gobierno republicano, en el marco del régimen político burgués. Estos llamados a «profundizar» las medidas «insuficientes» es el argumento clásico de la izquierda pequeñoburguesa (sea estalinista, nacionalista o «trotskista») que ha hecho de su subordinación a la burguesía la razón de ser de su existencia.

El armamento del pueblo, reclamado por Nin al gobierno republicano, es, finalmente, un saludo a la bandera. Esto porque no plantea ninguna ligazón entre el armamento del proletariado y una política destinada a poner en pie a las organizaciones de frente único de las masas movilizadas, los soviets.

Sin esa base, sin esa preparación política, el frente único revolucionario de las masas, el armamento del proletariado es un llamado a la aventura, o en el mejor de los casos, fraseología hueca.

Nin y los aparatos obreros

Escribiendo sobre la táctica precisa de los comunistas en la revolución, Trotsky explicaba que: «La participación de los comunistas en estas luchas [intermedias], y, sobre todo, su participación en la dirección de estas luchas, exigen de ellos, no solamente una comprensión clara del desarrollo de la revolución en su conjunto, sino también capacidad para dar consignas particulares ardorosas y de combate que no se desprendan directamente del programa, sino que estén inspiradas en las contingencias de la lucha diaria e impulsen a las masas hacia adelante» (La Revolución Española, pág. 114).

Y agregaba que: «Consignas de este género (‘Abajo los diez ministros capitalistas’) corresponden a más no poder con el estado actual de la revolución española. La vanguardia proletaria está completamente interesada en empujar a los socialistas españoles para que tomen el poder en sus manos. Por esta razón es necesario romper la coalición. La tarea actual consiste en luchar para excluir a los ministros burgueses de la coalición. No es posible otra solución, si no surgen acontecimientos políticos importantes, bajo la presión de nuevos movimientos de masas» (ídem).

La base de la táctica de Trotsky consistía en oponer la política de los dirigentes izquierdistas jugados a la componenda con la burguesía con la movilización de las masas. En ninguno de los textos de Nin del período encontramos una sola vez esta consigna, o alguna del mismo carácter, ninguna consigna concreta, una tarea concreta que le proponga Nin a las masas en el camino de oponerlas a su dirección, de romper el dominio de los líderes contrarrevolucionarios sobre los explotados españoles.

La consigna de Nin («exigir que se lleve a fondo la revolución democrática») es lo suficientemente vaga como para que detrás de ella se pueda esconder cualquier cosa. Una consigna concreta dirigida a las masas para que obliguen a sus jefes a romper con la burguesía era el camino revolucionario para producir el divorcio de ese matrimonio contranatura entre las masas y los líderes traidores.

En realidad, la ICE, por su política equívoca, se hallaba impedida de capitalizar el incipiente descontento de los trabajadores contra los que los traicionaron para correr detrás de la burguesía. Y después viene un Juan Andrade a decirnos que Trotsky no proponía ninguna táctica concreta en la revolución española. ¡Cuánta perfidia hay en los hombres cuyos partidos, arrastrándose en el fango del centrismo, no han sobrevivido al juicio de la Revolución y la Historia!

Otra cuestión enteramente ligada a la anterior es la siguiente: el sistemático coqueteo que lleva Nin hacia la CNT y los anarquistas. Nin marca una especie de diferencia cualitativa entre la tarea contrarrevolucionaria de la U.G.T. (Unión General de Trabajadores, central sindical dirigida por los socialistas) y la C.N.T.

Haciendo el balance de la huelga telefónica de 1931, y criticando al Bloque Obrero y Campesino de Maurín por su actuación en ella (¡las vueltas que tiene la política centrista!) Nin escribe que la tarea del B.O.C. debía haber sido: «… denunciar la traición descarada de la U.G.T. y poner de manifiesto el abandono en que, al menos en el primer momento, la C.N.T. dejaba a los huelguistas» (Traición, pág. 94).

Para Nin, la necesidad de ganarse a las masas enroladas en la C.N.T. significaba combatir a los dirigentes anarquistas, pero sin ponerlos en el mismo plano que los dirigentes reformistas. Andando el tiempo, el emblocamiento de Nin con los dirigentes anarcosindicalistas alcanzaría dimensiones de catástrofe política.

Para León Trotsky, por el contrario: «… la crítica implacable del anarquismo es una tarea de una importancia tal, que no debe dejarse un solo instante de la mano. El anarcosindicalismo en sus esferas dirigentes reviste la forma más velada, pérfida y peligrosa de las conciliaciones con la burguesía. Entre los obreros que constituyen la base del anarcosindicalismo se encuentran grandes fuerzas potenciales de la revolución. La labor fundamental de los comunistas a este respecto debe ser la misma que hacia los socialistas: oponer la base a la dirección» (La Revolución Española, pág. 117).

En toda una serie de cuestiones hemos visto el progresivo alejamiento de Nin de las posiciones del marxismo revolucionario. Este alejamiento se formalizaría con la ruptura de la correspondencia con Trotsky. Toda la evolución posterior de la ICE y de Nin marcarían un continuo desarranque hacia las posiciones del centrismo, tumba política de Nin.

En el próximo capítulo, estudiaremos este desarrollo, cómo el partido de Nin evolucionó, zigzagueando, hacia la derecha, en medio de una profundísima revolución de las masas obreras y campesinas españolas. Evolución que llevó al Partido Obrero de Unificación Marxista a convertirse, contra su voluntad, en el principal obstáculo para la construcción del verdadero partido revolucionario del proletariado español.

(Continuará en la próxima edición de EDM)