Con motivo de cumplirse los 90 años del inicio de la Guerra Civil en España, hemos publicado en la edición N° 96 (25/7/26) de esta revista el prólogo del libro que nuestro fallecido compañero, dirigente del Partido Obrero, Luis Oviedo, había escrito en 1986, en el 50° aniversario. En la edición N° 100 (20/9/26) publicamos el primer capítulo y en la N° 101 (4/10/26) el capítulo dos. Ahora, ponemos a disposición de nuestros lectores la cuarta y última parte del libro de Luis Oviedo. Podrá encontrar las 4 partes en la página de En Defensa del Marxismo online. Lamentablemente, el libro de Oviedo nunca fue publicado, circulando algunas pocas copias entre compañeros militantes. No se trata solo de un homenaje al dirigente trotskista militante. El libro mantiene su actualidad: Oviedo hace un análisis de la política centrista del POUM español y de las consecuencias catastróficas que tuvo en el desarrollo revolucionario de esa imponente lucha de los trabajadores y campesinos peninsulares. Y también un parangón con las corrientes centristas del trotskismo de su época (mediados de los 80). Agradecemos, particularmente, al compañero Alberto Yorio, por su trabajo en la edición del libro de Luis Oviedo.
CAPÍTULO III – SOBRE LOS ESCRITOS DE NIN (1933-1937): LA POLÍTICA CENTRISTA
Sumario:
• La cuestión del Frente Único
• Una caída vergonzosa: el embellecimiento del anarquismo
• Las «lagunas» de los textos de Nin (I)
• El POUM y la situación política después de la victoria electoral del Frente Popular
• La cuestión de los Soviets
• El mecanicismo de Nin: la cuestión del partido
• El POUM y la Guerra Civil
• Las perspectivas políticas del POUM entre el golpe militar y la entrada en el gobierno de la Generalidad
• Las «lagunas» de los textos de Nin (II)
• La política del POUM antes de las Jornadas de Mayo, la toma pacífica del poder
• La insurrección de Barcelona
• Los últimos escritos de Andrés Nin: el balance de las Jornadas de Mayo y el último congreso del POUM
PALABRAS FINALES
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS
La cuestión del Frente Único
Una de las piedras de toque de la política revolucionaria es la actitud que guardan los grupos o tendencias revolucionarios respecto de los aparatos contrarrevolucionarios que, por el peso de la tradición, arrastran detrás de sí a la mayoría de la clase obrera.
La Internacional Comunista, en su Tercer Congreso, precisó detalladamente la táctica a que debían ajustarse los comunistas en la lucha por las masas: la política del Frente Único. La actitud seria y consecuente con respecto a esta cuestión central, esto es, la política a desarrollar para sustraer a las masas de la influencia de los líderes contrarrevolucionarios, diferencia claramente a los revolucionarios proletarios de los charlatanes.
No es en absoluto casual que nos encontremos en las propuestas de Frente Único que realiza Nin en 1933 con elementos que marcan, ya en ese entonces, el carácter centrista de su política.
Para el centrismo -la experiencia del morenismo en este sentido es aleccionadora-, la política del Frente Único, lejos de ser una táctica destinada a profundizar la movilización popular, a abrir un camino hacia las masas para los elementos revolucionarios y a finalmente capturar la dirección del movimiento de las masas, se convierte en una excusa para el franeleo más obsceno y descarado con oportunistas y contrarrevolucionarios de todo pelaje.
En un artículo de fondo dirigido a las diferentes corrientes del movimiento obrero, escrito en 1934 («Reacción y Revolución en España«), Nin plantea el Frente Único de dichas organizaciones contra el ascenso de las derechas.
Pone dos condiciones para la conformación de dicho frente. La primera, «un programa aceptable para todos»; la segunda, «que no sea una simple maniobra partidista destinada a servir a intereses mezquinos y de capillitas» (Traición, pág. 158).
He aquí un llamamiento al franeleo con las direcciones tradicionales, que encontrará su materialización dos años después en el Bloque Electoral de Febrero y en el Gobierno del Frente Popular.
En primer lugar, y otra vez más, el programa.
Nunca, en ningún momento o situación alguna, los marxistas han llamado a formar un frente con un programa «aceptable para todos». Esto significa, lisa y llanamente, acomodar la lucha de las masas a los prejuicios y ultimátums de los jefes contrarrevolucionarios.
La tendencia al Frente Único no surge de la cabeza de los revolucionarios, sino que es la expresión de un problema real que se le plantea a la clase obrera (el de su centralización) en ausencia de una dirección revolucionaria consecuente enraizada en la clase. Y este problema real, la centralización política de sus luchas, aparece en el curso de un combate determinado, ya sea ofensivo o defensivo.
Las consignas que los revolucionarios proponen para la conformación del Frente Único no son las que se les ocurren, sino que son las que las masas levantan en su lucha cotidiana. La lucha por el Frente Único es una lucha contra las direcciones traidoras que sabotean, a cada paso, las aspiraciones de las masas que ellas mismas dirigen. Es por este motivo esencial que las consignas y el programa del Frente Único son, ni más ni menos, las consignas por las que las masas se movilizan cotidianamente.
Llamar a un programa común significa que se aceptará un programa común entre las masas y las direcciones traidoras, es decir, que, tras una fraseología izquierdista y seudo-revolucionaria, se encubrirá la traición a los intereses de los trabajadores.
Significa estrechar a las masas con sus direcciones. En lugar de oponer a la base con la dirección (¡idea elemental del Frente Único!), las tesis del programa común caucionan a las viejas direcciones y empujan a los trabajadores a mantenerse en el cuadro de las viejas organizaciones.
Veamos dos «pequeños ejemplos». Las masas campesinas se movilizan osadamente por la revolución agraria, por la expropiación de los fundos, intentando llevar a la práctica, con sus propios métodos, la vieja consigna socialista: «la tierra para el que la trabaja». La dirección del PSOE enfrenta la movilización campesina con promesas e ilusiones, diluyendo la energía revolucionaria de las masas, desanimándolas y desorganizándolas, facilitando de esa manera la resistencia de la oligarquía.
¿Qué debemos hacer los revolucionarios? ¿Llamar a un Frente Único con un programa aceptable para todos, esto es, para la dirección socialdemócrata y para los campesinos, es decir, un programa que detrás de la verborragia radical oculta el papel real de los socialistas? ¿O, por el contrario, debemos exigir a la dirección reformista que se sume a la lucha por la tierra que libran las masas campesinas que la reconocen como su dirección?
Supongamos que nos encontramos en presencia de una potente movilización revolucionaria de los trabajadores que cuestiona la dominación burguesa. Los aparatos contrarrevolucionarios defienden con uñas y dientes el régimen capitalista. ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a los anarquistas, socialistas y comunistas a que suscriban un programa común entre ellos y las masas, o les exigimos que se sumen al combate que la clase obrera está desarrollando?
La tesis del «programa aceptable» es una estafa para los explotados, esto porque no existe, ni puede existir, un programa común «aceptable» entre las aspiraciones revolucionarias de las masas y los traidores. De un modo general, la existencia de un tal programa haría innecesario el Partido Revolucionario, esto porque las masas podrían satisfacer sus aspiraciones revolucionarias en el marco de las organizaciones tradicionales.
La idea del Frente Único se asienta en esta cuestión fundamental, que es enfrentar las aspiraciones de las masas movilizadas detrás de sus propias reivindicaciones con la política de sus direcciones y, mediante la confrontación de la experiencia colectiva de los trabajadores, arrancarlos a la influencia de los traidores.
En última instancia, la táctica del Frente Único se basa en la inexistencia de un programa común y en el hecho de que la propia experiencia de las masas las llevará a reconocer por sí mismas este hecho, abrazando entonces el partido revolucionario.
Lo que los revolucionarios deben hacer no es buscar ilusorios y engañosos «programas aceptables para todos», sino desarrollar la más amplia movilización de los explotados tras sus propias reivindicaciones y exigir a las direcciones tradicionales y reconocidas de las masas que se sumen a la lucha que éstas desarrollan y por el programa por el que éstas se movilizan.
Veamos ahora la otra condición: la renuncia a los intereses partidistas.
El planteamiento revolucionario del Frente Único, tal como fuera elaborado por la Internacional Comunista, exige como única condición a los jefes contrarrevolucionarios que se comprometan públicamente, delante de las masas, a una lucha efectiva, concreta, por las mismas consignas prácticas que las propias masas levantan. Nada más (¡ni nada menos!).
Sin embargo, entre las condiciones levantadas por Nin se encuentra la «renuncia a los intereses partidistas». ¿Qué significa esto?
A primera vista, Nin reclama a los jefes de los aparatos contrarrevolucionarios que no saboteen la lucha, puesto que sus «intereses partidarios», en tanto partidos agentes de la burguesía en las filas obreras, son claramente los de derrotar, por una u otra vía, las luchas de los explotados. Esto, que es una completa ingenuidad, es a la vez una caución de los líderes traidores. Pedirles que no carnereen, reclamarles que no se interpongan es pensar que pueden hacerlo (y lo que es peor, ¡hacerlo creer a las masas!); esto es otorgar a las burocracias contrarrevolucionarias una capacidad que no tienen ni desean.
Pero no solo eso, lo peor viene ahora. En el Frente Único no solo existen los «intereses partidistas» de los aparatos, sino también, y fundamentalmente, los del partido revolucionario.
Los «intereses partidistas» de éste, expresión consciente de los intereses generales e históricos de la clase trabajadora, son los de sustraer a las masas de la influencia de los traidores y expulsarlos de las filas obreras. Oponer estos intereses del partido revolucionario con los intereses genuinos de las masas es no solo una aberración teórica, sino fundamentalmente levantar un muro entre el propio partido revolucionario y las masas. Significa renunciar a una lucha despiadada en el marco del Frente Único por construir el partido revolucionario. Significa otorgar a los traidores un salvoconducto político: sus organizaciones no serán tocadas pues los revolucionarios renunciamos a nuestros intereses partidistas; esto es, renunciamos en el curso de una lucha particular a los intereses generales e históricos del movimiento obrero.
Andrés Nin fue el precursor, con cincuenta años de anticipación, de los «patriotas» del Frente Único, los seudotrotskistas Lambert y Moreno.
Los comunistas, escribían Marx y Engels en el Manifiesto, solo se diferencian de las demás corrientes obreras en que, en cada momento, en cada fase del movimiento, representan no solo los intereses actuales e inmediatos de la clase obrera, sino fundamentalmente sus intereses históricos, esto es, la toma del poder por el proletariado y la lucha por una sociedad sin clases.
Cada fase incluye, naturalmente, las fases en que el partido proletario realiza un frente con otros partidos.
En el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en 1922, fueron aprobadas las «Tesis sobre la Unidad del Frente Proletario». La tesis N° XVIII especificaba (Los Cuatro Primeros Congresos de la Internacional Comunista, tomo II, pág. 198): «El Comité Ejecutivo estipula como condición rigurosamente obligatoria para todos los partidos comunistas la libertad, para toda sección que establezca un acuerdo con los partidos de la IIª Internacional y de la Internacional IIª y media, de continuar la propaganda de nuestras ideas y la crítica de los adversarios del comunismo. Al someterse a la disciplina de la acción, los comunistas se reservan absolutamente el derecho y la posibilidad de expresar, no solamente antes y después, sino también durante la acción, su opinión sobre la política de las organizaciones obreras sin excepción».
«En ningún caso y bajo ningún pretexto esta cláusula podrá ser contravenida; mientras preconizan la unidad de todas las organizaciones en cada acción práctica contra el frente capitalista, los comunistas no pueden renunciar a la propaganda de sus ideas, que constituye la lógica expresión de los intereses del conjunto de la clase obrera.»
Oponer, como hace Nin, el Frente Único con el partido revolucionario significa desconocer el lugar de éste en la revolución y otorgar al fetiche de la unidad con los burócratas el papel del partido.
Para los revolucionarios, por el contrario, es imposible participar en un frente único con los traidores si al mismo tiempo no los combatimos para arrancar a las masas de su influencia (otra cosa distinta es determinar en cada caso concreto las formas que esa lucha adquiere). Si no los combatimos, simplemente lo que hacemos es seguidismo de las direcciones contrarrevolucionarias, ocultando y apañando sus crímenes, pasados y futuros, contra el proletariado.
Oponer, como hace Nin, el Frente Único al Partido Revolucionario significa no solo renunciar a construir la herramienta revolucionaria del proletariado, sino también condenar a la impotencia y a la derrota al frente, pues, sin la dirección del partido revolucionario, ganada a través del combate diario, cualquier frente único terminará postrado, por obra de las direcciones contrarrevolucionarias, a los pies de la reacción burguesa.
Todo depende del color del cristal con que se mire. Con los anteojos del centrismo, la táctica del Frente Único, instrumento insoslayable para poner en pie el partido revolucionario, aparece como un llamamiento al franeleo y al contubernio con los contrarrevolucionarios, caucionándolos, protegiéndolos y ocultando a las masas —vía programa aceptable para todos y renuncia a los intereses partidistas— el papel real de los dirigentes contrarrevolucionarios y sus partidos: el de agentes de la burguesía en las filas obreras.
Una caída vergonzosa: el embellecimiento del anarquismo
Quizás uno de los elementos que retrate con mayor claridad el desbarranque centrista de Nin es el creciente embellecimiento de los jefes anarquistas que lleva adelante. Ya antes de la ruptura con Trotsky, uno de los puntos de conflicto había sido la política vacilante y confusa de los comunistas de izquierda españoles respecto del anarcosindicalismo.
Nin comienza su carrera de embellecimiento de la dirección anarquista haciendo una diferencia cualitativa de principios entre la CNT anarquista y la UGT socialista. Eso, que desde el punto de vista político es una falacia porque ambas estaban jugadas a la defensa del capitalismo, desde el punto de vista práctico es una cobertura por la izquierda de los dirigentes anarquistas. Pero esto, que es solo el comienzo, marca ya toda la tendencia posterior de la evolución de Nin, que lo llevará a convertirse en el abogado defensor de los dirigentes cenetistas ante las masas.
En el balance de la huelga general de enero de 1933 en Cataluña, dirigida por la CNT, encuentra Nin una oportunidad para avanzar en el desbarranque centrista de embellecimiento de la dirección anarquista.
La huelga de 1933 marcó a fuego la conducta de la dirigencia “libertaria”. Esta, frente a una huelga general revolucionaria espontánea e incapaz de conducir a la clase obrera en la lucha por su propio poder, «declara» la huelga general por el «comunismo libertario». La dirección anarquista, luego de un fraccionamiento interior, «llama» al paro con posterioridad a que este ya ha estallado espontáneamente en la periferia, en los pequeños pueblos catalanes. La orientación de la dirección anarquista, aún la de su fracción más «izquierdista», fue la de mantener la huelga en el estrecho marco local, evitando su generalización. Es por eso que la CNT-FAI llama a un paro «de apoyo» en Barcelona un día sábado (¡!). Veamos cómo encubre Nin a la dirección cenetista.
Nin comienza su balance de la huelga de enero hablando de los «errores» de la dirección anarquista: «En realidad, no ha habido plan, en el verdadero sentido de la palabra[…] el error fundamental del plan fue haberla iniciado en la periferia y no en el centro[…] la instauración del comunismo libertario es demasiado abstracto y vago para levantar a las masas […] en Barcelona, la Federación Local se limitó a lanzar la orden de huelga, sin asignar a la misma ninguna finalidad, sin publicar una sola hoja[…] otro de los errores fue declarar la huelga general en Barcelona el sábado» (Andrés Nin, Reacción y Revolución en España, 1934).
En realidad, no ha habido «errores» por parte de la dirección anarquista. Lo que pasó, sencillamente, es que esta fue corriendo a la huelga de atrás, maniobrando constantemente para no quedar descolocada y, al mismo tiempo, para evitar su generalización. La conducta de la Federación de Barcelona, llamando al paro sin un mísero volante explicando por qué se paraba, ¡y para peor convocando al paro un día sábado!, retrata admirablemente el comportamiento y los objetivos políticos de la dirección cenetista. Su conducta fue la típica actitud de la burocracia peronista en el curso de la huelga general de junio-julio de 1975.
Aquí no se trata de meros errores tácticos (“…es mejor un viernes que un sábado”, ¡escribe Nin!), sino de una fenomenal negativa de la dirección libertaria a encabezar y desarrollar la lucha espontánea del proletariado catalán.
Al hablar de errores, Nin encubre lo fundamental: los anarquistas son una dirección extraña al movimiento obrero, bajo cuya dirección no hay victoria posible; se trata de una dirección (¡y un programa!) irrecuperable para la revolución, esto porque está situada en un terreno de clase opuesto al del proletariado: el de la pequeña burguesía radical.
Aquí coinciden dos prejuicios del centrismo. Por un lado, que para ganarse a los obreros instintivamente revolucionarios de la CNT es necesario no ofender sus prejuicios, declarando a la CNT cualitativamente diferente de la UGT; de otra parte, que la lucha por el Frente Único es un llamado al franeleo con las direcciones antiobreras.
Pero Nin no solo encubre a la dirección de la CNT hablando de lo secundario y ocultando lo principal, sino que saca como conclusión política fundamental de la huelga de enero que, durante el curso de la lucha, la dirección anarquista ha evolucionado en el sentido del bolchevismo.
En efecto, Nin escribe que: «En el levantamiento de enero, a pesar de sus enormes errores y defectos, hay que señalar un hecho de importancia inmensa, cuyas consecuencias pueden ser incalculables. Como regla general los obreros se han apoderado de los ayuntamientos e izado la bandera roja en los mismos. Es decir, se han adueñado del poder político, y no precisamente para decretar inmediatamente, a la manera anarquista, su abolición, sino para ejercerlo. … Sea como sea, esto representa un gran paso adelante, que los comunistas no podemos dejar de señalar con gozo. Los dirigentes del movimiento han renunciado prácticamente a los principios fundamentales del anarquismo para acercarse considerablemente a nuestras posiciones» (Traición, págs. 123/124).
Nin confunde lo que es una tendencia instintiva y espontánea de las masas (de allí gran parte de sus verdaderos errores originados en la inexperiencia, pero por sobre todo en la ausencia de un verdadero Estado Mayor Revolucionario: el Partido) con la conducta de la dirección anarquista, adjudicándole a estos los méritos de las masas. El dirigente de la I.C.E. es incapaz de separar a la base de la dirección, no ya en la acción, sino meramente en el análisis político, de verificar que, a lo largo de la huelga, las tendencias políticas de las bases y las direcciones eran contradictorias y divergentes.
No importa decir que ellos han renunciado “prácticamente» a nada. Hay que decir que son incapaces, producto de su carácter pequeñoburgués radical y de su programa, de convertirse en una dirección revolucionaria consecuente.
Cuando las masas instintivamente revolucionarias de la CNT han dado un paso real, concreto, palpable de ruptura con el programa anarquista, esto es, con la burocracia de la CNT, en lugar de ahondar esa brecha, de profundizar la crítica a la dirección libertaria por el aborto del movimiento, de oponer a las bases con la dirección, Nin protege y cauciona a las cúpulas del anarcosindicalismo, otorgándoles méritos tan inexistentes como ilusorios.
En «Mi Vida», recordando las viejas discusiones de los exiliados rusos, Trotsky cuenta divertidamente la perplejidad de Vera Zasulich ante las afirmaciones de Lenin de que en la medida en que los demócratas pequeñoburgueses se acercaran al socialismo, tanto más consecuente y despiadada debía ser la crítica socialdemócrata. Esto por dos razones fundamentales: para ganar al partido proletario a los mejores elementos de la pequeño burguesía radical y, en segundo lugar, para evitar que estos demócratas radicales envenenen con sus prejuicios la conciencia del proletariado.
En este punto, Nin está más cerca de la Zasulich que de Lenin.
Para los bolcheviques, esta ha sido la regla de conducta respecto de los socialistas revolucionarios, mencheviques y anarquistas. Los trotskistas toman para sí esta herencia: la de desarrollar la más rigurosa crítica de los grupos centristas y pequeñoburgueses cuanto más parecen acercarse a las posiciones del proletariado, ¡y aquí los charlatanes nos acusan de sectarismo!
Para Nin, como para los centristas de todas las épocas y latitudes, esta es una política ideologista, extremista. Ellos buscan una política «flexible», «realista», un camino intermedio entre el bolchevismo y el menchevismo que les evite las molestias de una lucha política que los enfrente a muerte con las direcciones contrarrevolucionarias por la conquista de las masas.
La ausencia de una política revolucionaria respecto de los anarquistas le impide por completo a la ICE intervenir en la crisis desatada en la dirección de la CNT en el curso de la huelga general, esto es, desarrollar una política de clase independiente respecto de ambas fracciones de la dirección cenetista.
Para Nin (¡volvemos a lo del franeleo!), luchar contra la fracción más oportunista significa apoyar al otro sector: «Con respecto a los elementos de la F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica), nuestra actitud no debe variar fundamentalmente de la que hemos mantenido hasta ahora. Es evidente que dicho sector comprende infinitamente mejor que los oportunistas de la tendencia Peiró-Pestaña las exigencias revolucionarias del momento histórico. Hay en ellos un espíritu revolucionario auténtico, pero su acción queda esterilizada por la terrible inconsistencia doctrinal del anarquismo. Sin embargo, como lo hemos señalado ya, en los últimos acontecimientos se ha iniciado una evolución, aunque confusa y tímida, hacia nuestras posiciones» (Traición, pág. 127).
¡No, cien veces no! La política revolucionaria pasa por una línea de independencia (¡independencia no es neutralidad!) respecto de ambas fracciones, ya que mientras una demuestra su oportunismo hoy, la otra mostrará su verdadero rostro mañana. Apoyar hoy a la F.A.I. significa encubrir su capitulación futura.
Este encubrimiento de la dirección anarquista es solo una pequeña muestra de la proporción que tomaría, andando el tiempo, el emblocamiento de Nin con la dirigencia anarquista.
Reescribiendo la historia, el dirigente del POUM se atreve a decir que ni la CNT-FAI ni el POUM han integrado el Frente Popular: «Cataluña va indudablemente a la cabeza de la revolución, porque gracias a la influencia del POUM, de la CNT y de la FAI, que no se incorporaron al Frente Popular, el oportunismo democrático republicano ha penetrado menos en la masa trabajadora» (Traición, pág. 231).
¡Esto es mentir a sabiendas ocultando el papel traidor de la dirección anarquista (dejemos de lado por el momento la afirmación de que el POUM no formó parte del Frente Popular)!
No solo firmaron el Bloque Electoral de Febrero, sino que tomaron parte, todas las veces que la burguesía republicana y el estalinismo lo consideraron necesario, en los gobiernos contrarrevolucionarios del Frente Popular. ¿Acaso los García Oliver, las Federica Montseny, los Abad de Santillán no fueron de los primeros personeros del Frente?
En lugar de denunciar a todos los dirigentes del Frente Popular, en lugar de oponer su partido a los restantes partidos, Nin cauciona a los anarquistas, oculta a los trabajadores el papel que juegan en la revolución los partidarios «libertarios» de la colaboración con la burguesía.
Para Nin, la crítica a la dirección anarquista es una ocasión propicia para aumentar su emblocamiento, su seguidismo de la dirección anarquista. Parafraseando una de las críticas fundamentales a la dirección y al programa de la CNT-FAI, el dirigente del POUM escribe que los ácratas han evolucionado, puesto que ahora reconocen la necesidad del poder político. Pero este reconocimiento ideológico y vergonzoso de los jefes anarquistas terminaba en la práctica en su completo apoyo y subordinación al poder político… de la burguesía.
«Los anarquistas no han tenido, en la revolución española, ninguna posición independiente. No han hecho más que oscilar entre el bolchevismo y el menchevismo. Para hablar más exactamente, los obreros anarquistas tendían instintivamente a encontrar una salida por la vía bolchevique (19 de julio de 1936, jornadas de mayo de 1937), mientras que los jefes, por el contrario, emulaban con todas sus fuerzas a las masas hacia el campo del Frente Popular, esto es: hacia el régimen burgués» (León Trotsky, La Revolución Española, pág. 162). En esta tarea de empujar a las masas hacia el Frente Popular, los dirigentes anarquistas contaron con la colaboración política del P.O.U.M.
Pero esto no acaba aquí. Donde los anarquistas mostraron con repugnancia lo que son -pequeñoburgueses radicales y no una dirección obrera revolucionaria-, fue en ocasión de las «Jornadas de Mayo» de 1937, cuando la insurrección de los proletarios barceloneses contra las provocaciones del estalinismo y los republicanos de Valencia.
Poco antes de los sucesos de Barcelona, los anarquistas gritaban a los cuatro vientos que: «Si quieren repetir en España lo que han hecho en otros países, entonces nos encontrarán en pie de guerra» (Solidaridad Obrera, 17 de abril de 1937).
Con esta frase los anarquistas solo estaban denunciando su impotencia absoluta y su cobardía.
«Si… entonces…». De hecho, esta fórmula es una trampa para los obreros, los tranquiliza, los adormece, los engaña. ”Si” quiere decir: las formas de lucha dependen de la buena voluntad de la burguesía y no de la imposibilidad de conciliar los intereses de clase. ”Si” quiere decir: si somos pacíficos, conciliadores, la burguesía será leal y todo irá pacíficamente. Corriendo detrás del fantasma ”Si”, Otto Bauer y los otros jefes de la socialdemocracia austríaca retrocedieron pasivamente ante la reacción, le cedieron una posición tras otra, desmoralizaron a las masas, volvieron a retroceder, hasta el momento en que se encontraron finalmente metidos en un callejón sin salida; allí, en el último reducto, aceptaron la batalla y… la perdieron» (León Trotsky, ¿Adónde va Francia?, pág. 40).
Éste era el destino que esperaba a la CNT-FAI.
¿Cuáles fueron los hechos, los actores, el desenlace y las consecuencias de las “Jornadas de Mayo”?
Sigamos la descripción de Burnett Bolloten, historiador simpatizante del anarquismo: «El tres de Mayo, Rodríguez Salas (jefe de la policía catalana y afiliado al P.S.U.C. -versión catalana del PC-), al frente de tres grandes vehículos llenos de Guardias de Asalto, asaltó la central de teléfonos controlada por la CNT, acción que desencadenó las más grandes luchas callejeras de toda la historia de Barcelona».
“Por toda la ciudad se levantaron barricadas mientras se desarrollaba la batalla.» […] “La insurrección obrera reventó la provocación de los estalinistas catalanes.»
«Los días siguientes los dirigentes de la CNT-FAI hicieron diversos llamamientos a sus partidarios para que volviesen al trabajo; mientras tanto, en Valencia, Largo Caballero citó a los dirigentes de la CNT, cuyas milicias dominaban completamente la ciudad. Nada más que volver a la capital catalana hicieron un llamamiento en favor del alto el fuego.»
«García Oliver, líder de la FAI, declaró: ‘Pensad en la angustia de esos trabajadores antifascistas que hoy viven en la parte de España dominada por Hitler y Mussolini cuando se enteren de que en Cataluña nos estamos matando unos a otros. Todos debéis dejar de combatiros.’ (Solidaridad Obrera, 5 de mayo de 1937).»
«En Valencia, los ministros comunistas del gabinete amenazaron con provocar una crisis de gobierno a menos que este asumiera sin dilaciones el control policial y militar de Cataluña.»
En tanto, «Largo Caballero designó al general Sebastián Pozas -exjefe de la Guardia Civil y pasado secretamente al PCE- para hacerse cargo del mando militar de Cataluña, a la vez que ordenó el envío inmediato de varios miles de Guardias de Asalto a la región».
«La tarea de facilitar la entrada de los Guardias de Asalto en Cataluña recayó en el dirigente faísta García Oliver. ’Las fuerzas de Asalto que están en camino de Barcelona es indispensable que lleguen a su destino -telegrafía García Oliver a Federica Montseny- para reemplazar las fuerzas de Barcelona. Se impone que lo comprendáis así y que lo hagáis comprender a los comités y a los compañeros, de la misma manera que es indispensable que se lo hagáis comprender a todos los compañeros de los pueblos que deben cruzar estas fuerzas…’»
«Los dirigentes de la CNT acordaron llamar a una tregua para el día 7 de Mayo, para permitir a los Guardias de Asalto entrar en Barcelona sin incidentes. Varias horas antes del amanecer ya se observaron signos de que el fervor de los anarcosindicalistas se disolvía. La sensación de que era inútil continuar la lucha en contra de la voluntad de los dirigentes les había abrumado y la desilusión se extendía por todas partes. Muchos trabajadores armados se retiraron de las barricadas y desaparecieron en la oscuridad.»
«Los acontecimientos de Cataluña reforzaron aún más a los comunistas. El general Pozas, que se había hecho cargo del control de la situación militar en Cataluña, ingresó públicamente al P.S.U.C. y dio al partido rienda suelta. Durante las semanas siguientes, Cataluña fue escenario de detenciones masivas, encarcelamientos en calabozos secretos, torturas, secuestros y asesinatos. Las patrullas anarcosindicalistas fueron disueltas y los dirigentes del POUM arrestados bajo la acusación de espionaje; mientras tanto, la revolución agraria retrocedía claramente en todo el campo izquierdista.» (Los Partidos de Izquierda y la Guerra Civil, págs. 179/185)
Frente al ataque premeditado y artero de los estalinistas contra las posiciones de los trabajadores de la CNT, los obreros se adueñaron de las calles y derrotaron a los gendarmes del capital en la zona republicana.
La dirección cenetista, secundada por el POUM, llamó a los trabajadores a desmovilizarse, entregando el triunfo real de las masas en la calle a la contrarrevolución estalinista-republicana. No viene al caso en este lugar analizar la conducta del POUM, que veremos más adelante, sino ver cuál fue la actitud de Nin ante la traición lisa y llana de los jefes anarquistas.
En todo un largo texto destinado a sacar el balance de las Jornadas de Mayo, en ningún momento Nin hace la más mínima crítica a la dirección de la CNT-FAI por su entrega abierta de la insurrección.
Los jefes anarquistas declararon: «Nosotros pudimos tomar el poder en Mayo de 1937…».Esto es enteramente cierto, las calles estaban en poder de los obreros revolucionarios que reconocían a la CNT como su dirección. Nin encubre a los dirigentes anarquistas y no dice esta boca es mía. Entre las cinco lecciones que extrae de la insurrección, ninguna está dirigida, no ya a criticar, sino siquiera a definir cuál fue la conducta de la dirección libertaria.
Nin, lisa y llanamente, se hace el burro para ocultar el rol abiertamente proburgués de los dirigentes anarquistas.
León Trotsky, al contrario de Nin, no tenía pelos en la lengua para escribir: «Esta sola justificación de sí mismos: ’Nosotros no tomamos el poder, no porque no hubiésemos podido, sino porque no lo hemos querido, porque nosotros estamos contra toda clase de dictadura’ encierra una condena sin remedio del anarquismo como una doctrina completamente contrarrevolucionaria. Renunciar a la conquista del poder es dejárselo voluntariamente a quien lo tiene, esto es, a los explotadores. La esencia de toda revolución ha consistido y consiste en llevar a una nueva clase al poder y darle así la posibilidad de realizar su programa» (León Trotsky, La Revolución Española, pág. 163).
Y agregaba: «Rehusar la conquista del poder echa inevitablemente a toda organización obrera en el fango del reformismo y, en los hechos, la convierte en juguete de la burguesía; y no puede ser de otro modo, en virtud de la estructura de clase de la sociedad.»
«Oponiéndose al objetivo, la conquista del poder, los anarquistas no podían, en fin de cuentas, dejar de oponerse contra los medios, la revolución. Los jefes de la CNT y la FAI han ayudado a la burguesía, no solamente a mantener la sombra del poder en Julio de 1936, sino a restablecer, pedazo a pedazo, lo que habían perdido de un solo golpe. En Mayo de 1937 ellos sabotearon la insurrección de los obreros y han salvado, por lo mismo, la dictadura de la burguesía. De este modo, el anarquismo, que no quería ser más que antipolítico, ha sido en los hechos antirrevolucionario y, en los momentos críticos, contrarrevolucionario» (León Trotsky, La Revolución Española, pág. 164).
Como puede verse con facilidad, dos líneas opuestas por el vértice: la del marxismo y la del centrismo.
Pero la caída no acaba todavía. En el último texto redactado por Nin antes de su asesinato a manos de los esbirros de Stalin, en el documento destinado a la discusión del Congreso Nacional del POUM, Nin emprende un descarado blanqueo de la política desarrollada por los jefes anarquistas desde el ascenso del Frente Popular.
Nin vuelve a repetir que la CNT-FAI no formó parte del Frente Popular, y agrega que: «Durante un cierto período los órganos del poder burgués no son más que una sombra. El poder real lo ejercen los comités revolucionarios que forman una tupida red en las zonas no ocupadas por los facciosos» (Traición, pág. 231).
Después de la derrota del golpe militar en los grandes centros, lo que hay es una situación de doble poder, una situación caracterizada por la existencia simultánea y contradictoria de organismos de poder obrero y de un gobierno burgués. Sin embargo, Nin oculta lo fundamental: el papel que jugaron todos los miembros del Frente Popular, incluidos los anarquistas y el POUM, para resolver ese doble poder en beneficio de los explotadores. Pero agregar a eso que la CNT-FAI no formaban parte del Frente Popular es ocultar por completo, no solo la traición de los anarquistas, sino también la propia realidad histórica.
Pero Nin sigue adelante en su alabanza a los líderes anarquistas: «La CNT y la FAI se declaran resueltamente partidarias de la revolución social y, por tanto, adversarios acérrimos de la restauración de la República Democrática» (Traición, pág. 235).
¡Esto es completamente falso! No importa decir que la CNT se declara «resueltamente» partidaria de la revolución social, sino que prácticamente la política del anarquismo era la «quinta rueda del carro del Frente Popular». Denunciar que en la práctica toda la política de los anarquistas estaba encaminada a reconstruir la república burguesa, mientras hablaban de revolución social, era la obligación elemental de todo militante que se situara en la perspectiva de la construcción del partido revolucionario. Al reconocer como «verdades» los embustes puestos en circulación por la dirección anarquista para mejor engañar a los trabajadores, Nin queda retratado, no como un dirigente revolucionario, sino como un abogado de la causa de los dirigentes anarquistas contra la revolución proletaria.
Trotsky escribía al respecto que: «…los anarcosindicalistas, que trataban de refugiarse en la ‘política’ de los sindicatos, se encontraron, con gran sorpresa de ellos mismos y de todo el mundo, constituyendo la quinta rueda del carro de la democracia burguesa. No por mucho tiempo: la quinta rueda no sirve a nadie. Después que García Oliver y compañía ayudaron a Stalin y sus acólitos a quitarle el poder a los obreros, los anarquistas mismos se vieron echados del Frente Popular. No encontraron entonces nada mejor que correr detrás del carro del vencedor y asegurarle su devoción. Escondían así el pavor del pequeñoburgués ante el gran burgués, del pequeño burócrata ante el gran burócrata, con discursos plañideros sobre la santidad del Frente Único (las víctimas con los verdugos) y sobre la imposibilidad de admitir cualquier dictadura, inclusive la de ellos mismos. ‘Nosotros pudimos tomar el poder en Julio de 1936’ […] ‘Nosotros pudimos tomar el poder en Mayo de 1937’. De este modo los anarquistas imploraban a Negrín y Stalin reconocerles y recomendarles su traición a la revolución. ¡Cuadro repugnante!» (La Revolución Española, pág. 163).
Pero Nin sigue su camino: «El anarcosindicalismo ha rectificado notablemente sus posiciones anteriores, pero el peso de la tradición le ha impedido llevar esa rectificación hasta sus últimas consecuencias. Así ha renunciado a su apoliticismo inveterado, entrando a participar en el gobierno de la República y en el de Cataluña, es decir, en gobiernos de colaboración con los partidos republicanos burgueses (al igual que el POUM que formó parte del gobierno de la Generalidad), sin atreverse a adoptar una actitud afirmativa, más fácilmente comprensible para las masas trabajadoras encuadradas en la CNT, con respecto a la formación de un gobierno obrero. Si la CNT y la FAI adoptaran esta actitud el destino victorioso de nuestra revolución estaría garantizado» (Traición, pág. 237).
Aquí culmina la tarea de oscurecimiento político emprendida por el dirigente del POUM. Todo el razonamiento político de Nin se reduce a esto: si los dirigentes de las organizaciones reconocidas por las masas fueran verdaderamente revolucionarios, todo estaría asegurado. Pero no lo son.
Si era criminal sembrar ilusiones en las masas acerca de la capacidad y voluntad de los anarquistas de echar a la burguesía y tomar el poder antes de las Jornadas de Mayo de 1937, hacerlo después de que los obreros han visto en la práctica cómo los anarquistas han renunciado a ponerse a la cabeza de una insurrección victoriosa y la abandonaron a manos de la barbarie estalinista-republicana es lisa y llanamente abandonar cualquier independencia respecto del anarquismo y pasar a cumplir el rol de abogado defensor de los jefes cenetistas ante las masas catalanas. Después de esto, hablar de la «libertad de crítica recíproca» es un saludo a la bandera.
¿Cómo se explica este blanqueo vergonzoso que hace Nin de la dirigencia anarquista? Por una sencilla razón. Habiendo abandonado por completo la perspectiva de la lucha por el frente único de la clase obrera y el gobierno obrero, abandonada por completo la perspectiva de llegar a la conquista del poder a través de la conquista de las masas, metido por completo en la perspectiva del Frente Popular, el POUM busca una alianza privilegiada con la burocracia de la CNT para hacer contrapeso -en el marco frentepopulista, es decir, en el de la república burguesa- a la camarilla Stalin-Negrín.
Es así que Nin explica que: «se impone la constitución de un Frente Obrero Revolucionario, formado por la CNT, la FAI y el POUM, organizaciones que coinciden en el reconocimiento de la necesidad de cerrar el paso al reformismo, evitar el retorno a la situación anterior al 19 de Julio y de impulsar la revolución proletaria, llevándola hasta sus últimas consecuencias» (Traición, pág. 241).
En su seguidismo a la dirección cenetista, Nin divide a la clase obrera, oponiéndose en base a planteos ideológicos (reformismo o revolucionarismo) a las masas que seguían al PSOE y al PCE, empujándolas hacia sus direcciones architraidoras.
Abandonando la consigna de Frente Único para reemplazarla por la del Frente Obrero Revolucionario, Nin lleva a fondo la concepción centrista del frente único: renuncia a la lucha por las masas, franeleo descarado con los líderes contrarrevolucionarios.
En este caso, Nin combina su adaptación a las direcciones tradicionales con su adaptación al bloque frentepopulista, en tanto régimen de dominación política de la burguesía. La perspectiva del POUM, lejos de ser la de romper con el Frente Popular, consistía en convertirse en una «oposición» al bloque Negrín-PCE, oposición que agrupara a los elementos desplazados del gobierno. Pero esta estrategia estaba condenada al fracaso. Por un lado, los dirigentes anarquistas privilegiaban su alianza con republicanos y estalinistas; por otra parte, el papel dirigente de los anarquistas y el POUM correspondía a una fase ya superada de la revolución: la del doble poder, que precisamente anarquistas y poumistas ayudaron a enterrar en favor del poder «único» burgués.
Eliminados de la escena de la revolución española los comités y milicias, ni el POUM ni la CNT ni Largo Caballero servían a la burguesía; por el contrario, la estorbaban.
En última instancia, la razón del fracaso de la estrategia poumista estaba en el hecho de que en la revolución española se enfrentaban dos fuerzas fundamentales: el bolchevismo y el neomenchevismo estalinista. Cualquier camino intermedio entre la revolución y la contrarrevolución estaba destinado a estrellarse contra la realidad y a convertirse en un obstáculo en el camino del proletariado hacia la construcción de su propio partido y la instauración de su propia dictadura de clase.
Las «lagunas» de los textos de Nin (I)
En los textos de Nin presentados en esta edición, y preparados por Juan Andrade, existe una «laguna» extremadamente significativa y que abarca un período fundamental de la vida política de Andrés Nin: la fundación del Partido Obrero de Unificación Marxista y la firma por los representantes de dicho partido del programa electoral del Frente Popular.
Este «olvido» de Andrade (no puede siquiera pensarse que Nin no haya escrito una sola línea en un período político tan álgido y ante cuestiones que definen toda la perspectiva política de su partido por un período prolongado), decíamos que este «olvido» es altamente revelador.
Esta «omisión» de los escritos de Nin por parte de Andrade es tanto más paradójica por cuanto el compilador incluye un artículo del fundador del POUM, escrito en 1931, y titulado «¿Adónde va el Bloque Obrero y Campesino?». En él Nin dice cosas tales como: «… [la política de Maurín] constituye una tentativa de revisión de los principios esenciales del marxismo, tentativa que, en caso de triunfar, representaría un peligro inmenso para la revolución española» (Traición, pág. 64); o como estas otras: «La concepción de Maurín es, en este aspecto, una transplantación deformada de la teoría estalinista antimarxista del socialismo en un solo país, cuyo espíritu oportunista encierra graves peligros para el proletariado» (Traición, pág. 85).
La ausencia de los textos de Nin del período 1935-1936 es, después de esto, absolutamente incomprensible. ¿Cuál fue la causa de la fundación del POUM: un violento giro izquierdista del B.O.C. maurinista o un violentísimo giro derechista de la ICE? Desgraciadamente, Andrade mediante, no podemos conocer la opinión, o justificación, de Nin sobre este punto vital.
Ante la imposibilidad de defender la política seguida por Nin en esta época, Andrade la oculta. La publicación de dichos textos marcaría, en forma imposible de desmentir, negro sobre blanco, el carácter centrista del POUM. Andrade no puede mostrar los escritos de Nin de ese período porque esa política se ha estrellado con la realidad.
Existen derrotas y derrotas. Hay derrotas que pueden enseñar a la clase obrera sus errores, sus debilidades, su inexperiencia, que permiten al partido revolucionario hacer un balance exacto de su participación en la lucha y, de esa forma, fortalecerse en el terreno programático y en la educación de sus cuadros; el partido revolucionario puede en estos períodos recapacitar y prepararse para nuevas oleadas revolucionarias. Estas derrotas preparan futuras victorias, como la revolución rusa de 1905.
Pero hay otras derrotas, históricas, vergonzosas, que no solo marcan un profundo retroceso en la organización y movilización proletarias, sino también la incapacidad en unos casos, la traición directa en otros, de los partidos que dirigen a la clase obrera.
La tragedia del proletariado español no solo es un escalón fundamental en el ascenso de la reacción europea y mundial, sino que es también un hito histórico que marca a fuego la impotencia del centrismo para convertirse en el caudillo de las masas revolucionarias en la lucha por derrocar a la burguesía e instaurar la dictadura proletaria.
La «laguna» en los textos de Nin del período de formación del POUM y de la firma del programa del Bloque Electoral del Frente Popular, por parte de Andrade, tiene como función política ocultar uno de los períodos claves en el desbarranque centrista de Nin.
Ya en una cuestión anterior, la del embellecimiento poumista del anarcosindicalismo, contrapusimos las figuras de Nin y Trotsky. Mientras el primero guardaba riguroso silencio en la cuestión fundamental del papel jugado por la dirección anarquista en el estrangulamiento de la insurrección barcelonesa, el segundo, sin pelos en la lengua, desarrolló una crítica implacable. Lo que hay que destacar es que no se trata de una cuestión de temperamentos o de carácter personal. La diferencia fundamental está en otro lado.
Mientras que Nin expresa la política centrista, el temor a oponerse tajantemente a los aparatos contrarrevolucionarios, sean anarquistas, socialistas o estalinistas; mientras que Nin expresa la búsqueda de la piedra filosofal de la política que permita un camino intermedio, descansado, sin lucha a muerte contra los jefes traidores, León Trotsky representa la intransigencia revolucionaria, marxista, bolchevique, la defensa a ultranza del programa revolucionario del proletariado.
Por esta razón Trotsky no tenía ningún motivo para ocultar su crítica a los traidores confesos y a los centristas. Tampoco hoy los que reivindicamos la lucha de Trotsky en defensa del programa del bolchevismo tenemos por qué ocultar (¡Hola, Señor Andrade!) lo escrito por el fundador de la IVª Internacional en esta etapa crítica de la revolución española.
¿Cuál era la opinión de Trotsky sobre la fundación del POUM?
A comienzos de 1936 escribía: «Hace dos años nos planteábamos la cuestión del ingreso de los bolcheviques-leninistas españoles en el Partido Socialista. Andrés Nin y Andrade rechazaron esta proposición con el desdén de filisteos conservadores: querían la ‘independencia’ a cualquier precio, porque les aseguraba la tranquilidad y no les comprometía a nada. Sin embargo, la adhesión al Partido Socialista en España hubiera dado, en las circunstancias dadas, resultados infinitamente mejores que, por ejemplo, en Francia (a condición, claro está, de evitar los grandes errores de los camaradas dirigentes franceses). Entre tanto, Andrade y Nin se han fusionado con el confusionista Maurín para correr juntos detrás del Frente Popular. Sin embargo, los obreros socialistas, aspirando a la claridad revolucionaria, se han convertido en víctimas de los falaces estalinistas. La fusión de las dos organizaciones de jóvenes (socialistas y comunistas) significa que los mercenarios de la I.C. burlarán las mejores energías revolucionarias. Y los ‘grandes’ revolucionarios Andrés Nin y Andrade se quedarán de lado para llevar a cabo con Maurín una propaganda completamente impotente por la revolución ‘democrático-socialista’, es decir, por la traición socialdemócrata» (La Revolución Española, pág. 254).
¿Cuál fue el significado político de la opinión de Trotsky sobre la fundación del POUM?
Para Trotsky: «La organización española de «comunistas de izquierda», que fue siempre una organización confusa, se había unificado, tras innumerables oscilaciones a derecha e izquierda, alrededor de un programa centrista con la Federación Catalana de Maurín en el Partido Obrero de Unificación Marxista».
«Los diarios nos informan que en España todos los partidos de ‘izquierda’, tanto burgueses como obreros, han constituido un bloque electoral basado en un programa común que, bien entendido, no se distingue en nada del programa del ‘Frente Popular’ francés y demás programas charlatanescos del mismo género. Hallamos en él la ‘reforma del tribunal de garantías constitucionales’ y el ‘mantenimiento riguroso del principio de autoridad’ (¡!), ‘la emancipación de la justicia de toda preocupación de orden político o económico’ (¡la emancipación de la justicia capitalista de la influencia del capital!), y otras cosas por el estilo. El programa constata la no aceptación de la nacionalización de la tierra por los burgueses republicanos que participan en el bloque, pero, ‘en revancha’, al lado de las acostumbradas promesas de buenos precios en favor de los campesinos (créditos, revalorización de los productos de la tierra, etc.) proclama el ‘saneamiento de la industria’ (¡!) y la protección de la pequeña industria y el pequeño comercio. Sigue el inevitable ‘control de los Bancos’; por lo demás, puesto que los republicanos burgueses, según el texto del programa, rechazan el control obrero, se trata del control de los Bancos… por los propios banqueros, por mediación de sus agentes parlamentarios, al estilo de Azaña y sus semejantes. Finalmente, la política exterior de España seguirá los ‘principios y los métodos de la Sociedad de las Naciones (SDN)’. ¿Y qué más?»
«Este documento vergonzoso ha sido firmado por los representantes de los dos grandes partidos burgueses de izquierda, el Partido Socialista, la Unión General de Trabajadores, el Comunista (¡evidentemente!), la Juventud Socialista (¡por desgracia!), el ‘Partido Sindicalista’ (Peiró-Pestaña) y finalmente por el ‘Partido Obrero de Unificación Marxista’ (Juan Andrade). La mayoría de estos partidos se ha encontrado a la cabeza de la revolución española en sus años de ascenso y han hecho cuanto dependía de ellos para traicionarla y agotarla. La novedad consiste en la firma del partido de Maurín-Nin-Andrade. Los antiguos ‘comunistas de izquierda’ se han convertido simplemente en la cola de la burguesía de izquierda. ¡Es difícil imaginar una caída más humillante!»
«La conducta de Andrade no es otra cosa que una traición al proletariado en provecho de una alianza con la burguesía.»
«¡Qué ironía la de su título: ‘unificación marxista’ con la burguesía! Los ‘comunistas de izquierda’ españoles (Andrés Nin, Juan Andrade, etc.) se han desembarazado una vez más de nuestra crítica de su política conciliadora invocando nuestra incomprensión de las ‘condiciones particulares’ de España. Argumento acostumbrado de todos los oportunistas, puesto que el primer deber de un verdadero revolucionario consiste en traducir las condiciones particulares de su país al lenguaje internacional del marxismo, que es comprensible también más allá de las fronteras de su propio país.»
«La verdadera diferencia de la política española reside esta vez únicamente en el hecho de que al bloque con la burguesía se ha adherido también la sección de la Internacional de Londres. Peor para ella. Nosotros preferimos la claridad. En España se hallarán sin duda algunos verdaderos revolucionarios que desenmascararán implacablemente la traición de Nin, Andrade, Maurín y consortes y establecerán los cimientos de una sección española de la IVª Internacional.»
«En busca de una justificación de su política, Maurín y Nin invocan el sistema electoral español, que hace extremadamente difíciles las candidaturas independientes para un partido joven (véase la resolución del C.C., La Batalla, N° 234). Pero este argumento no tiene ningún valor. La técnica electoral no puede justificar la política de traición que constituye el lanzamiento de un programa común con la burguesía.» (La Revolución Española, págs. 247/251.)
Agreguemos, para comprender la posición de conjunto de la Internacional [IV.ª], la «Resolución del Secretariado Internacional sobre la sección española de la Liga Comunista Internacional», fechada en enero de 1936. Transcribiremos íntegramente el documento:
«El Secretariado Internacional (S.I.), registrando la ruptura de hecho consumado con él por la Izquierda Comunista Española (I.C.E.) al fusionarse con el Bloque Obrero y Campesino (Maurín) sobre una base típicamente centrista (fraseología revolucionaria que oculta un contenido oportunista), estimando que el último paso dado por la ICE era solamente la consecuencia fatal de toda una larga serie de divergencias con la L.C.I. (B.L.) en el curso de la revolución española, había decidido, de acuerdo con los miembros de su pleno, aplazar toda medida organizativa con el afán de que la experiencia de los hechos hiciera resaltar el contenido oportunista del POUM.»
«El S.I., tan pronto como tuvo conocimiento de las primeras informaciones concernientes a la adhesión del POUM al bloque electoral de las izquierdas, había decidido desolidarizarse públicamente de tal política; […]»
“El S.I. estima hoy, en presencia de la adhesión del POUM al bloque electoral de las izquierdas y de los considerados «electoralistas» invocados por los dirigentes del POUM, que tal experiencia es plenamente reveladora, y que sus previsiones se ven confirmadas; […]»
“Que en tales condiciones, hay que denunciar públicamente la actitud de los miembros de la Izquierda Comunista que han amparado esta operación traicionera; […]»
«Hace un llamamiento a los obreros revolucionarios españoles y a todos los militantes que han permanecido fieles a la L.C.I. y a su política para construir la sección de la IVª Internacional.» (La Revolución Española, pág. 251.)
La colisión es violenta, brutal. Nada hay de extraño en ello. Con el desarrollo y profundización de la revolución, el centrismo poumista evolucionó a la derecha, hacia una colaboración con los aparatos contrarrevolucionarios. Esta «evolución» alcanzará proporciones monstruosas con la victoria electoral del Frente Popular.
El POUM y la situación política después de la victoria electoral del frente popular
El triunfo del Bloque Electoral de Febrero modifica violentamente la situación política; esta vuelve a ser nuevamente revolucionaria. Los obreros y campesinos, ilusionados en el gobierno del Frente Popular, se movilizan osadamente por sus reivindicaciones. Una reseña histórica relata (Pierre Broué, La Revolución y la Guerra Civil de España, pág. 84:
«Desde el día siguiente de las elecciones, poderosas manifestaciones de masas, sin esperar la firma del decreto de amnistía, abrieron las cárceles y liberaron a los obreros detenidos desde 1934.»
«Dos días después comenzaban en todo el país huelgas para la reincorporación inmediata de los condenados o de los despedidos, para el pago de su salario a todos los obreros detenidos durante el ‘bienio negro’, y el despido de tal o cual agente de la patronal, y para el mejoramiento de las condiciones de trabajo. A estas huelgas corporativas se añadieron huelgas más políticas, huelgas de solidaridad, huelgas generales, locales o regionales. Algunos conflictos se eternizaron y provocaron otros. Los patrones replicaron con el cierre de las empresas y la lucha se enconó.»
«En el campo la situación era verdaderamente revolucionaria. El Frente Popular había hablado de reforma agraria a los campesinos ávidos de tierra; estos habían creído que la victoria en las elecciones bastaba para que fuera una cosa hecha. Desde fines de febrero, en las provincias de Badajoz y Cáceres, y después a lo largo de los meses siguientes en toda Extremadura, en Andalucía, Castilla y aún en Navarra se multiplicaron los asentamientos. Los campesinos se instalaron en las tierras de los grandes propietarios y comenzaron a cultivarlas por cuenta propia. Muy a menudo se produjeron incidentes sangrientos entre campesinos y Guardias Civiles.»
«De tal modo, la ciudad y el campo se vieron envueltos en una atmósfera de violencias: casi por doquier se incendiaron iglesias y conventos, después de manifestaciones callejeras o de rumores de ’conjuración’ de los monjes. No cabía la menor duda: el orden establecido y la propiedad estaban amenazados.»
La burguesía -en realidad su sombra-, aliada a las direcciones traidoras del movimiento obrero, es absolutamente incapaz de detener la marejada revolucionaria; es impotente para defenderse de las expropiaciones de haciendas por los campesinos pobres, es incapaz de hacer retroceder al proletariado que lucha por reconquistar las posiciones perdidas durante el «bienio negro» de 1934-1936.
¿Cuál era la tarea de los revolucionarios en ese período caliente de la Revolución Española?
En una carta fechada en abril de 1936, León Trotsky escribía a la joven sección española de la L.C.I. que (La Revolución Española, págs. 255/256): «Nadie puede saber qué aspecto tomará el próximo período en España. La corriente que ha llevado al poder a la banda del Frente Popular es en todo caso demasiado potente para que refluya en plazo breve y para abandonar el campo de batalla a la reacción. Los elementos verdaderamente revolucionarios disponen todavía de cierto margen, no demasiado largo en verdad, para tomar conciencia, para agruparse, para preparar el porvenir. Esto concierne, en primer lugar, a los partidarios españoles de la IVª Internacional. Sus tareas son claras como la luz del día:
1 – Condenar y denunciar implacablemente ante las masas la política de todos los jefes que forman parte del Frente Popular;
2 – Comprender plenamente y exponer claramente ante los obreros avanzados el ridículo papel de la dirección del ‘Partido Obrero de Unificación Marxista’ y en particular el de los antiguos comunistas de ‘izquierda’, Andrés Nin, Andrade, etc.;
3 – Agruparse bajo la bandera de la IVª Internacional sobre la base de la ‘Carta Abierta’;
4 – Adherir al Partido Socialista y a la Juventud Unificada, para trabajar en ellas como fracción en el sentido del bolchevismo;
5 – Crear fracciones y células en los sindicatos y otras organizaciones de masas;
6 – Dirigir la principal atención a los movimientos espontáneos y semiespontáneos, estudiar sus rasgos generales, es decir, preocuparse por la temperatura de las masas y no de las pandillas parlamentarias;
7 – Estar presentes en cada lucha, a fin de darle una expresión clara;
8 – Insistir siempre para que las masas formen sus comités de acción elegidos ad hoc (juntas, soviets) y ampliarlos cada vez más;
9 – Oponer el programa de la conquista del poder, de la dictadura del proletariado y de la revolución social, a todos los programas híbridos (Largo Caballero, Maurín).»
«Este es el camino real de la revolución proletaria. No existe otro.»
¿Qué hacía el POUM en ese mismo momento? En un artículo publicado en febrero de 1936, Andrés Nin saca el balance de las elecciones. Veamos punto por punto las diferencias entre el marxismo revolucionario y el centrismo pequeñoburgués.
Para Trotsky, la primera obligación de los revolucionarios era la de denunciar y criticar implacablemente ante las masas la política criminal del conjunto de los líderes del Frente Popular. ¿Qué hace Nin al respecto? No solo oculta a los jefes de los aparatos obreros, sino que, blanqueando a la burguesía «de izquierda», refuerza la trampa frentepopulista contra el proletariado español.
Nin afirma que: “Con la victoria de la coalición obrero-republicana del 16 del actual [¿Febrero?], se ha logrado el fin que se perseguía: cortar el paso a la reacción vaticanista, a los siniestros héroes de la represión de Octubre y la amnistía para los treinta mil combatientes encarcelados.” Y agregaba [en el mismo texto/página]: “Los dos sectores que han participado en la lucha se proponían contener el avance de la reacción; pero llegará indefectiblemente el momento en que la burguesía republicana se estacionará en un punto determinado mientras que la clase obrera empujará la revolución hacia adelante” (Traición, pág. 175).
«Azaña […] aspira a polarizar a su alrededor a todos los sectores de la burguesía en los límites de una moderada política liberal» (Traición, pág. 177).La apología de la burguesía republicana continúa cuando Nin afirma que: «…dicho gobierno [el del Frente Popular] es burgués por su contenido de clase y por su política, por cuanto aspira a lo sumo a reformar el sistema capitalista, no a destruirlo» (Traición, pág. 175).
Nin demuestra palmariamente que la firma del programa del Frente Popular por su partido no fue, como él mismo pretendió, una salida contra los estatutos proscriptivos, sino que, por el contrario, la estrategia del frentepopulismo se adaptaba perfectamente a la suya propia.
En tanto maniobra, recurso de la burguesía contra el proletariado, el objetivo fundamental del Frente Popular no era cerrarle el paso a la «reacción vaticanista», sino a la revolución proletaria. Esto es lo primero que hay que decir del Frente Popular. Este era el primer deber de los revolucionarios: no solo denunciar la política del Frente [Popular], sino al Frente Popular mismo como un recurso transitorio de la burguesía para enchalecar, castrar y mancillar las energías revolucionarias de las masas.
Y era menester destacar el carácter transitorio de este recurso político patronal: si cumplía su objetivo -esto es, quebrar la revolución-, ya no sería útil a la burguesía, que se desprendería de él ya sea por métodos profesionales o de guerra civil; por otra parte, si resultara ineficaz en su cometido -esto es, si resultare incapaz de derrotar la movilización de las masas hacia su propio poder-, el Frente Popular sería barrido, ya sea por la dictadura del proletariado o por la de la burguesía (después de la derrota obrera en una guerra civil abierta).
Remarcar el carácter transitorio del Frente Popular le hubiera permitido al POUM acrecentar la agitación por una movilización independiente de los trabajadores detrás de un programa revolucionario, al tiempo que se esclarece y cohesiona a las masas en vista de los futuros y fundamentales combates que deberán sostener para defender su revolución contra la reacción burguesa, sea fascista o republicana.
Pero no solo por esto el planteo de Nin entra de lleno en el terreno de principios del Frente Popular. El dirigente español no solo no denuncia a los líderes «obreros», sino que expresa el más profundo embellecimiento de la repodrida [repodrida en original / podrida] burguesía republicana.
En primer lugar, al decir que la burguesía traicionará en «algún momento» (¡quizás dentro de cien años!), Nin expresa la idea —profundamente menchevique y extraordinariamente capituladora— de que la burguesía está interesada en desarrollar la revolución «hasta algún momento». En concreto, para Nin, la burguesía republicana estaría interesada en «cortar el paso a la reacción vaticanista», estaría dispuesta a jugar, quizás limitadamente, un rol progresivo por su enfrentamiento con los «feudales». Esto es una completa mentira.
Para analizar correctamente la posición de la burguesía republicana frente a la revolución no hay que considerar aisladamente su enfrentamiento con los «feudales» o con la «reacción vaticanista». Este método de análisis es por completo ajeno al marxismo.
Lo correcto es analizar su posición ante la misión revolucionaria histórica de su nación, esto es, ante las tareas históricas que la revolución española debía resolver.
A la luz del método marxista de análisis observemos el carácter reaccionario de la burguesía republicana española: su negativa, constatada en el programa del Frente Popular, a la resolución radical del problema agrario; su respuesta absolutamente timorata a la cuestión de las nacionalidades.
Y este carácter reaccionario está dado hoy, no en algún momento hipotético futuro. Denunciar ante las masas el carácter reaccionario y contrarrevolucionario de la subordinación política del proletariado a los explotadores españoles era la obligación fundamental de los revolucionarios.
La tesis de la progresividad relativa de la burguesía en los países atrasados ha sido elaborada de una manera refinada y completa por Nahuel Moreno, y ha sido la base «teórica» que ha justificado su centrismo derechista: disolución en el peronismo, apoyo a la U.D.P. boliviana, apoyo al gobierno F.S.L.N.-Chamorro-Robelo en Nicaragua, apoyo al peruano Alan García.
Este sometimiento a la burguesía parte de una ligereza teórica que consiste en aplicar a los gobiernos frentepopulistas y a los gobiernos nacionalistas burgueses la etiqueta de «gobiernos de colaboración de clases». De esta manera se pasa a identificar regímenes políticos esencialmente diferentes.
Los gobiernos nacionalistas burgueses expresan la insuficiencia del desarrollo capitalista de la nación atrasada, y por eso pueden llegar a protagonizar roces, choques y hasta enfrentamientos armados con el imperialismo. Por este motivo decimos que estos movimientos nacionalistas burgueses no son absolutamente reaccionarios, en la medida en que no se identifican con el imperialismo.
Los movimientos nacionalistas de contenido burgués buscan rediscutir el reparto de la plusvalía arrancada al proletariado nativo, y de esa forma capitalizar a la débil burguesía nacional. Aparece aquí el carácter reaccionario de estos movimientos en la medida en que a) no persiguen la expulsión del imperialismo de la nación atrasada (sino que solo pretenden un nuevo esquema, más favorable, en la división internacional del trabajo y en el mercado mundial dominado por el imperialismo), y b) persiguen por todos los medios mantener y, de ser posible, aumentar «su» explotación capitalista sobre las masas laboriosas de la nación.
Pero esta rediscusión con el imperialismo no es fácil ni sencilla. Para llevarla adelante la burguesía nacional debe tensar detrás de sí al conjunto del país atrasado. Precisamente, la tarea de los revolucionarios es la de disputar tenazmente, en medio de esta lucha, a la dirección nacionalista la hegemonía del movimiento nacional de resistencia al imperialismo, demostrar a cada paso sus claudicaciones, movilizando a las masas no solo por las reivindicaciones nacionales y democráticas, sino también por la satisfacción de sus necesidades inmediatas (salarios, ocupación, independencia de los sindicatos respecto del Estado).
«Una revolución democrática o un movimiento de liberación nacional pueden dar a la burguesía nacional la posibilidad de intensificar y extender la explotación de la clase obrera. La intervención del proletariado como fuerza autónoma en la lucha política puede privar completamente a la burguesía de toda posibilidad de explotarla.» (León Trotsky, La Revolución China, pág. 145.)
Entre estos dos extremos se mueven los movimientos nacionalistas burgueses: su necesidad de capitalización y su terror a la revolución proletaria. Es precisamente la existencia de estos límites concretos lo que la inhabilita como caudillo de la lucha antiimperialista.
Solo a través de una lucha consecuente los marxistas de los países atrasados podrán poner en pie el partido revolucionario de la clase obrera y, a la vez, arrinconar a la burguesía nacional, la cual, ante el fantasma de la revolución dirigida por el proletariado, olvida sus días de gloria y se alinea en forma cada vez más atrevida con el amo imperial.
Los regímenes nacionalistas burgueses buscan, por tanto, montarse en la movilización regimentada de masas para rediscutir su posición frente al imperialismo, y a su vez apoyarse en el poder de este para dominar a las masas. Por este motivo, Trotsky los definía como bonapartistas ”sui generis». Su función no es fundamentalmente atacar a la revolución proletaria, sino reacomodar a los patrones nacionales en un nuevo y más conveniente marco de dependencia del imperialismo.
El papel político de los gobiernos de Frente Popular es el inverso del de los gobiernos nacionalistas: mientras éstos expresan un cierto atraso en la diferenciación política y organización independiente del proletariado (pues solo en esas condiciones la burguesía nacional se siente segura «en casa» para discutir con el imperialismo), los frentes populares tienen como objetivo detener la marcha del proletariado, organizado en sus propios partidos de clase, ahorcando la revolución proletaria en marcha con la traicionera soga de la república democrática.
Es allí donde está a la orden del día la revolución proletaria que la burguesía recurre a los frentes populares como uno de los recursos extremos para derrotarla.
En tanto maniobra burguesa contra el proletariado, aún en los países atrasados, el Frente Popular es absolutamente reaccionario (no enfrenta al imperialismo, sino a los trabajadores).
Mientras que en el caso de los regímenes nacionalistas burgueses el interés general del capitalismo mundial está del lado de las naciones opresoras, en el caso de los frentes populares los intereses generales de la burguesía mundial están junto a los líderes frentepopulistas, aún en los países semicoloniales, en la medida en que atacan a la revolución proletaria, eslabón del proceso de la revolución mundial.
Cabe una disgresión. Frente a los procesos nacionalistas burgueses, las burocracias que detentan el poder en los Estados obreros pueden tener una actitud ambivalente, esto es, apoyarlos o combatirlos. Todo depende de la situación particular y concreta en que la burocracia encuentre en ese momento su «status quo» con el imperialismo mundial. Puede utilizarlos como un elemento de presión en su discusión con el imperialismo. Si la burocracia considera que ha llegado el momento de modificar a su favor el «status quo», puede llegar a apoyarlos como una pieza más de su debate con los imperialistas, bien que ese apoyo no rompe, ni podría hacerlo, el cuadro general de la convivencia pacífica. Por el contrario, en la medida en que esté satisfecha con las condiciones concretas del momento de la coexistencia, o en el caso en que la lucha nacional antiimperialista se desarrolle consecuentemente y cuestione seriamente el sistema interimperialista mundial, hará frente con los opresores contra la nación atrasada.
Por el contrario, en el caso de los frentes populares la actitud de la burocracia es solo una: su apoyo absoluto e irrestricto. Como en cualquier aspecto de su conducta, la burocracia se guía por su instinto de conservación: un triunfo de la revolución proletaria en las colonias o semicolonias abona el terreno de la revolución política en los Estados obreros degenerados. Esa sería, naturalmente, la tumba de la burocracia.
Si partimos de esta caracterización marxista, ¿qué es lo que debemos privilegiar cuando nos pronunciamos sobre el Frente Popular? La respuesta es obvia: su carácter de recurso político burgués contra la revolución proletaria, su traición más completa al mínimo reclamo de las masas que afecte a la república burguesa, la traición de los partidos que abandonan las reivindicaciones de los trabajadores para correr detrás de una alianza con la burguesía.
Por el contrario, Nin embellece a la burguesía, blanquea a los jefes contrarrevolucionarios, embarra a su partido en el fango de la conciliación clasista con la burguesía y, lo peor, se convierte en una tara que impide al proletariado, a pesar de sus esfuerzos reiterados, sacudirse la dominación de los aparatos contrarrevolucionarios.
Nin dice que la burguesía buscará «contener» la revolución en un punto determinado. Esto significa, lisa y llanamente, que Nin desconoce el carácter específico del Frente Popular como régimen de dominación de la burguesía.
El Frente Popular es un recurso de crisis, no una forma «normal» de dominación burguesa. Esta es la conclusión necesaria que se extrae del hecho de que el frentepopulismo tiene como objeto la derrota de la revolución proletaria. Pero la lucha entre la revolución y el Frente Popular no puede ser un acontecimiento normal en la sociedad burguesa: vence el proletariado o vencen los explotadores, pero en cualquiera de esas dos circunstancias el Frente Popular ya no tiene razón de ser.
La burguesía no busca «contener» la revolución en algún momento hipotético; lo que la burguesía quiere es LIQUIDAR la revolución, por eso recurre al Frente Popular.
Conseguido esto, para el capital un gobierno de alianza con la pequeña burguesía republicana y los burócratas del movimiento obrero es un trasto completamente inútil. En ese momento, por la fuerza o por la legalidad, el Frente Popular cede el paso a un gobierno de orden, donde los banqueros y capitalistas gobiernan directamente y no a través de sus abogados pequeñoburgueses u «obreros».
Es a partir de ahí que la burguesía no va a buscar congelar las conquistas democráticas de la revolución, sino que, por el contrario, su programa consistirá en liquidarlas. Como se ve, algo bien distinto de la contención preconizada por Nin.
Finalmente, Nin caracteriza al gobierno como «reformista burgués». El dirigente del POUM dice: «la burguesía no busca destruir el Estado sino reformarlo». Este es el embellecimiento más descarado y obsceno de la burguesía española.
Frente a la cuestión del Estado, de «su» Estado, la burguesía -frentepopulista o no- tiene un carácter conservador, reaccionario, en la medida en que su razón de ser, el motivo de su existencia, es la defensa del Estado burgués. Pero en el caso de la burguesía republicana, frentepopulista, su defensa del Estado burgués es aún más reaccionaria: no defiende al Estado patronal en general, sino al Estado amenazado, jaqueado, cercado por la revolución proletaria.
Ésta es la cuestión central al analizar el papel de los demócratas burgueses metidos a frentepopulistas, independientemente de la forma «liberal» o «progresista» con que lleven adelante su cometido.
Mientras los revolucionarios llamaban a denunciar a todos los líderes obreros del Frente Popular como traidores a su clase (obviamente, daban por descontada la crítica implacable a la burguesía republicana), Nin no solo defiende a los traidores, sino que embellece a la burguesía y oculta, detrás de frases vacías, la intención contrarrevolucionaria consciente del Frente Popular.
La cuestión de los soviets
León Trotsky escribía: «Insistir siempre para que las masas formen sus comités de acción elegidos ad hoc (juntas, soviets) y ampliarlos cada vez más» [¿N?]; a su vez, Andrés Nin escribe en el artículo ya mencionado: «El deber del momento consiste en forjar las armas necesarias para la victoria: organismos capaces de agrupar a grandes masas, de realizar la unidad de acción efectiva de la clase obrera y de convertirse en órganos de poder, como lo fueron los soviets en Rusia, y un gran partido revolucionario» (Traición, pág. 178).
Aparentemente, aquí tenemos una coincidencia sustancial entre las perspectivas políticas de Nin y Trotsky, pero, ¡ay!, solo aparentemente.
Mientras que para Trotsky la perspectiva de construir soviets está entroncada y es la conclusión lógica del conjunto de su política (recordar los nueve puntos de ruptura con el Frente Popular, de organización y movilización independiente del proletariado), en Nin la consigna de los soviets es solo un saludo a la bandera.
Para poner en pie los soviets, las juntas obreras, es necesario, en primerísimo lugar, una gran preparación política de las masas. Esta no pesa por el academicismo alrededor de los soviets rusos o ¡los consejos alemanes! La preparación política necesaria para poner en pie los soviets consiste en la denuncia clara, ante los trabajadores y en medio de la acción de masas, del carácter contrarrevolucionario de la subordinación del movimiento obrero al Frente Popular, en la participación en las luchas del proletariado para darle «una expresión clara», esto es, para darle un carácter independiente, no subordinado respecto de los líderes del Frente Popular. La preparación de los soviets consiste en la participación del partido revolucionario en los movimientos de masas a fin de generalizar y darle una expresión consciente y consecuente a los pasos espontáneos del proletariado hacia su propio poder.
Sin esa preparación política, la consigna de construir soviets deviene una abstracción. Este es precisamente el caso del POUM, por cuanto su política estaba encaminada a mantenerse en el cuadro del Frente Popular, como hemos visto al analizar las posiciones de Nin luego de la victoria electoral de la coalición burocrático-republicana.
Ciertamente, es imposible una política de construcción de soviets, esto es, de la puesta en pie de las organizaciones que, llegado el momento, se constituirán en la base del poder proletario, sin una clara denuncia del Frente Popular, de su carácter contrarrevolucionario consciente, en el camino de la organización de las masas en forma independiente de los líderes contrarrevolucionarios.
Es imposible poner en pie los organismos que se convertirán en los sepultureros de la dominación burguesa mientras se apoya a la forma más hipócrita y cínica de esa misma dominación: el Frente Popular.
En los labios del centrismo, la consigna de los soviets, completamente castrada, tiene como función, por un lado, acomodarse a las presiones de su propia base obrera y, por otra parte, jugar como cobertura «izquierdista» de los jefes frentepopulistas al no denunciar que los soviets y el Frente Popular son absolutamente incompatibles.
En cierto sentido, la situación emergente de las urnas del febrero español se asemejaba a la situación política emergente del Febrero ruso. Las masas obreras y campesinas, ilusionadas en sus direcciones tradicionales, se movilizan revolucionariamente por sus reclamos, mientras que sus dirigentes buscan una colaboración orgánica con la burguesía.
La diferencia fundamental entre una y otra situación consistía en: a) la existencia, en el Febrero ruso, de organizaciones de frente único revolucionario de las masas en lucha, bases del futuro poder proletario [los soviets]; y b) la existencia del Partido Bolchevique y la lucha que, dentro y fuera de los soviets, desarrolla contra el Frente Popular kerenskista.
De haber sido revolucionario y no centrizta [centrista], éste era el ejemplo a seguir por el POUM: lucha a muerte contra el frentepopulismo, lucha a muerte por los soviets.
En Rusia, para combatir las ilusiones de los obreros y campesinos en que una coalición obrero-patronal en el marco de la república burguesa pudiera dar satisfacción a sus reivindicaciones, los bolcheviques lanzaron a las masas consignas claras, consignas de movilización: ¡Paz, Pan y Tierra! ¡Fuera los ministros capitalistas! ¡Todo el poder a los Soviets! ¡Asamblea Constituyente ya!
El embellecimiento de los líderes frentepopulistas a que se halla abocado Nin le impide desarrollar esta línea elemental de ruptura que aniquile la «unión sagrada» de las masas con los traidores. Nin prefiere hablar de soviets en el aire, sin romper con la burguesía. El camino del centrismo es siempre el mismo: conciliar lo inconciliable, el poder obrero (los soviets) con el mantenimiento del poder burgués (el Frente Popular).
Incapaz de delinear, por su subordinación al Frente Popular, una línea de ruptura con la burguesía, Nin está maniatado para levantar un programa alternativo al del Frente Popular. No puede desarrollar un sistema de reivindicaciones sentidas por las masas a fin de movilizarlas y oponerlas radicalmente, en la acción, a la realidad política diaria de los republicanos y sus consortes «obreros».
¡Paz, Pan y Tierra! era la consigna de acción bolchevique. En todo el artículo en que saca el balance de las elecciones, Nin siquiera habla de la solución radical del problema de la tierra, de la cuestión catalana y vasca, del control obrero de la producción, del desarme de las fuerzas armadas contrarrevolucionarias, de la nacionalización de la banca y el comercio exterior. Nin no toca ninguna de estas cuestiones candentes, ni hace de su no resolución por los frentepopulistas una bandera para denunciar la traición de los partidos del Bloque.
En lugar de oponer, como los bolcheviques, las necesidades de las masas (¡Paz, Pan y Tierra!) con las maquinaciones de los «compañeros ministros», Nin no dice nada del programa de acción, no hace nada para enfrentar en la acción a las bases con las direcciones, con el objetivo de liquidar las ilusiones democráticas de las masas. En esto también se muestra como un protector de izquierda del frentepopulismo contrarrevolucionario.
En la cuestión de los soviets, la política de Nin gira por completo en el vacío; la formulación del problema es completamente abstracta. El POUM se declara partidario de los soviets, pero no rompe con el Frente Popular, por lo que no puede levantar un programa de acción alternativo. Y sin programa de acción concreta e inmediata, la construcción de soviets es una abstracción.
Los soviets, en tanto organizaciones de frente único superior, revolucionario, de las masas en lucha, surgen en el curso de la movilización profunda de los trabajadores. Pero estos se movilizan, no salen a luchar por el «socialismo», por el «comunismo» o por cualquier otra consigna de tipo ideológico. Salen a la calle a combatir por las reivindicaciones más inmediatas y perentorias (¡Paz, Pan y Tierra!) y es esta movilización, y solamente ella, en la cual los soviets se ponen en movimiento.
Sin levantar un programa de acción claro, un programa de movilización de masas, sin romper abierta y claramente con el Frente Popular, la consigna de los soviets gira por completo en el vacío.
Para el centrismo esto es «sectarismo» que conduce al aislamiento. Pero el temor a «aislarse» de la burguesía o de sus sostenes obreros conduce fatalmente a aislarse de las masas y de la política revolucionaria. Éste fue el camino elegido por el Partido Obrero de Unificación Marxista.
El mecanicismo de Nin: la cuestión del partido
Andrés Nin escribe: «El gran partido revolucionario surgirá indefectiblemente como consecuencia del proceso de diferenciación ideológica que se está operando en el seno del movimiento obrero español» (Traición, pág. 178).
He aquí una frase digna de aparecer en algún catálogo de razonamientos mecanicistas.
En primer lugar, ningún proceso social se realiza indefectiblemente, sino que, por el contrario, es el resultante de una serie de tendencias diversas, contradictorias y divergentes. Unas se anulan a otras, algunas resultan modificadas en el devenir del proceso mismo y, finalmente, el producto terminado lleva en sí las huellas de los múltiples factores que han intervenido en su gestación.
Es preciso analizar cada una de las tendencias en su concretitud cuando se desea analizar un proceso social concreto. Las leyes generales del desarrollo social sirven como una guía inapreciable para ese análisis concreto, pero en ningún caso pueden reemplazarlo.
Carlos Marx, en una célebre carta a Weydemeyer, escribía que su aporte a las ciencias sociales no fue el descubrimiento de la lucha de clases, sino del hecho de que el desarrollo consecuente de la lucha de clases desembocaba en la dictadura del proletariado.
Sin embargo, la existencia de esta ley general del desarrollo humano bajo el régimen capitalista no explica, ni podría hacerlo, por qué hubo revoluciones triunfantes (en las cuales la lucha de clases realmente desemboca en la dictadura proletaria) y otras revoluciones derrotadas (en las cuales la lucha de clases desembocó en la dictadura reforzada de la burguesía). Para analizar estos casos concretos, las leyes generales son insuficientes.
La existencia de fenómenos particulares que contradicen la ley general (revoluciones que han terminado en un reforzamiento de la dictadura de la burguesía) no anula en absoluto la vigencia de esta. Su justeza se verifica en el hecho siguiente: la derrota de la revolución no anula la lucha de clases; esta sigue su curso lentamente y, en un determinado grado de su desarrollo, volverá a poner sobre el tapete la cuestión de la dictadura del proletariado. Así lo enseñan las experiencias históricas de las revoluciones rusa y china.
El mismo grado de concretitud hay que tener para analizar la cuestión del partido revolucionario. Nótese que Nin no habla de la construcción del partido en general, sino en lo concreto, en la situación española de 1936.
De la tendencia general -es decir, del hecho de que, ante la putrefacción capitalista y la completa traición de los aparatos contrarrevolucionarios, acicateada por el aguijón de sus necesidades apremiantes, la clase obrera tiende a agruparse revolucionariamente- no se puede jamás sacar la conclusión lineal e «indefectiblemente» de que, puesto que las condiciones objetivas están dadas, el partido necesariamente se formará. Este es el mecanicismo más lineal.
La construcción de un partido revolucionario depende de un gran número de factores. Entre ellos, y de extrema importancia, está la lucha de la vanguardia proletaria consciente para poner en pie esa organización.
La lucha de la vanguardia proletaria se expresa en su programa y su acción. Si ese programa revolucionario, nacido de la interpenetración entre la vanguardia y las masas, no existe, cualesquiera sean las demás condiciones no podrá ponerse en pie el partido revolucionario del proletariado.
Nin no analiza esta cuestión concreta: ¿cuál es el programa de la vanguardia que quiere construir el Partido? Si es el suyo -esto es, la subordinación al Frente Popular, esto es, a la burguesía—, no se construirá el partido revolucionario. Es más, con la política de subordinación al Frente Popular seguida por el POUM, no solo la vanguardia no podrá construir el partido, sino que también abortará una y otra vez los intentos espontáneos de las masas en forjar esa herramienta revolucionaria.
Y éste es el caso concreto de la revolución española. Las masas oprimidas lucharon una y otra vez por imponer una salida revolucionaria a la crisis política, se separaron ostensiblemente de sus viejos jefes y de sus viejos partidos, no sobre la base de una diferenciación «ideológica» como pretende Nin, sino sobre la base de la defensa intransigente de sus reivindicaciones y conquistas pisoteadas por el Frente Popular.
Las masas crearon sus propios organismos de poder, los comités y las milicias, se orientaron hacia su propia dictadura de clase. Ningún partido se erigió en candidato a la dirección de este combate. Ésta es la razón por la cual no se construyó el partido revolucionario del proletariado español.
El muro contra el cual se estrelló el POUM y que lo invalidó como pretendiente a tal título debe buscarse, no en las masas, no en los aparatos contrarrevolucionarios, sino en sí mismo: en su centrismo, en su temor a romper con el Frente Popular y constituirse en el caudillo revolucionario que el proletariado español reclamó a gritos.
Esta es la causa de la inexistencia de tal partido [revolucionario]: el centrismo del POUM.
El POUM y la guerra civil
El 19 de julio de 1936 los generales españoles se lanzaron a la aventura del golpe militar contra el gobierno frentepopulista. Decimos aventura por lo siguiente: si bien los militares contaban con la pasividad e inoperancia de los dirigentes frentepopulistas, eran incapaces de prever la profunda crisis revolucionaria que desataban y que, de haber contado con una dirección revolucionaria consecuente, no solo habría barrido de la faz de España a la canalla militar, sino también a los doctores de la República.
Desde el primer momento, la ofensiva fascista se enfrenta, no con la reacción del gobierno legal, sino con una profundísima movilización revolucionaria de los obreros y campesinos.
Allí donde los trabajadores confiaron en el «poder constituido» y en los oficiales «leales», donde los trabajadores no se organizaron y combatieron independientemente, o donde esta organización fue débil, los franquistas obtuvieron la victoria. Por el contrario, allí donde las masas confiaron solo en su propia organización, en su movilización independiente, donde pusieron en pie juntas y comités de milicias, el fascismo fue vencido en toda la línea.
En la mañana del 20 de julio hay en España dos «zonas», tres ejércitos y un gran derrotado. De un lado, la zona «nacional», dominada por los franquistas, con su ejército de mercenarios, fascistas, cipayos y monárquicos. De otra parte, la zona «roja”, con sus dos ejércitos: el oficial, dividido e impotente tanto frente a los fascistas como frente a las masas; y el otro: los milicianos, los trabajadores en armas, los vencedores de los fascistas.
El gran derrotado fue el gobierno del Frente Popular. Incapaz de contener la movilización obrera y popular después del 16 de Febrero por su completa ineficacia contrarrevolucionaria, echó a la burguesía en los brazos de Franco. Encubridor del golpe hasta la inconsciencia [expresado como]: “…el pesar más profundo por los injustos ataques lanzados contra el cuerpo de oficiales, fieles servidores del poder constituido y garantía de obediencia a la voluntad popular a la vez que denunciamos el deseo criminal y obstinado de minar el ejército» (Declaración gubernamental del 18 de marzo de 1936).
[El poder gubernamental] fue incapaz, por una parte, de enfrentarse a la reacción y, por otra parte, de detener la movilización independiente de las masas y la creación de milicias y comités.
Un historiador simpatizante de los anarquistas describe de la siguiente manera el desenlace del golpe militar (Burnett Bolloten, Los Partidos de Izquierda y la Guerra Civil, pág. 164): «El fracaso de los militares, que no lograron el triunfo rápido que esperaban, desencadenó una revolución social de gran alcance, que puso en peligro las esperanzas soviéticas de aproximarse a las democracias occidentales». (Es decir, puso en crisis la táctica del Frente Popular, la tesis de la «defensa de la democracia” consagrada por el VII Congreso de la Internacional Comunista.)
«En las principales ciudades de España el Estado se fragmentó en pedazos al rendirse las guarniciones militares y disolverse las fuerzas del orden público. El gabinete Giral no tenía del poder más que sus adornos externos; el poder efectivo estaba disperso en innumerables comités obreros, que organizaron secciones de policía y milicias, tribunales y prisiones y se hicieron con el control de las fronteras y del tráfico por carretera.»
«En algunas provincias en que fracasó la sublevación militar, los sindicatos se expropiaron de una parte importante de la producción y de la economía. Las tierras confiscadas fueron colectivizadas o distribuidas entre los campesinos. Las organizaciones obreras se incautaron de los ferrocarriles, tranvías y autobuses, los servicios públicos, empresas industriales y minas.»
Uno de los protagonistas de las Jornadas de Julio, Juan López, dirigente de la CNT y presidente del Comité Ejecutivo Popular de Valencia, escribe (Cataluña 1936-1937, citado por Pierre Broué, La Revolución y la Guerra Civil de España, pág. 167.): «(seis semanas después de la insurrección) todas las articulaciones estaban rotas, ninguno de sus órganos políticos funcionaban ya, ni Giral ni Companys tenían fuerzas para pegar los trozos rotos y poner a funcionar de nuevo a los órganos del Estado, recrear un nuevo Estado centralizado».
El colapso de la estrategia burguesa era patente: el recurso del Frente Popular fue incapaz de detener la movilización revolucionaria de las masas, por lo tanto recurrió a los métodos de la guerra civil contra el pueblo. Pero el golpe, lejos de liquidar la revolución, la hizo más fuerte, más profunda, más intensa, más desesperada.
El poder burgués en España se había volatilizado, enfrentando a una revolución que había barrido, hasta ese momento, todos los obstáculos puestos en su camino. Pero el desmoronamiento del poder de los capitalistas no significa necesariamente la dictadura proletaria. Esto ocurre así cuando al frente de las masas se coloca un partido revolucionario templado y decidido. La lucha que desgarró la retaguardia republicana demuestra que cosas bien diferentes son el hundimiento del Estado burgués y el triunfo de la revolución proletaria.
En la zona republicana el poder real quedó en manos de los comités y las milicias. El poder burgués era un espectro, sus policías y ministerios meros fantasmas, pero vivos, que esperaban la oportunidad para desarmar y disolver a los comités y resolver a su favor la situación de doble poder. El nudo de la revolución española fue la lucha a muerte entre los comités -organismos de poder obrero, creación genuina de las masas- y los partidos del Frente Popular, cuya política estuvo dirigida a quebrar a los comités y ahogar de esa manera el naciente poder proletario español.
Refiriéndose a la situación de doble poder creada tras la derrota de los franquistas en las principales ciudades, Trotsky escribía en agosto de 1937: «La lucha del 19 de Julio, a pesar de la victoria real de los obreros, se terminó en el equívoco de la dualidad de poderes porque ninguna organización tuvo la claridad necesaria en la cabeza, ni el valor indispensable para conducir la lucha hasta el final. La participación del POUM en el Frente Popular no fue un ‘error’ fortuito, sino el signo infalible de su carácter oportunista. En las jornadas de julio, solo se había cambiado la situación exterior, pero de ninguna manera el carácter centrista del partido. El POUM se adaptó a la insurrección obrera, como algunos meses antes se había adaptado a la mecánica electoral del Frente Popular. El zigzag de izquierda del centrismo completa su zigzag de derecha, pero en modo alguno lo repara. Y durante ese zigzag de izquierda, el POUM ha conservado su posición híbrida y preparado, por ello mismo, la catástrofe futura» (La Revolución Española, pág. 276).
Y agregaba: «Las jornadas de julio de 1936, cuando el proletariado catalán hubiera podido sin esfuerzos ni sacrificios suplementarios apoderarse de todo el poder y abrir la época de la dictadura del proletariado en toda España, han terminado, en gran parte por culpa del POUM, en un régimen de dualidad de poderes entre el proletariado (comités) y la burguesía, representada por sus lacayos (líderes estalinistas, anarquistas y socialistas). El interés de los obreros estaba en aniquilar lo más rápidamente posible el equívoco peligroso, haciendo pasar todo el poder a los comités, es decir, a los soviets españoles. Al contrario, la tarea de la burguesía era la de aniquilar los comités en nombre del ’poder único’» (La Revolución Española, pág. 277).
¡Ésta es la posición revolucionaria! ¡Romper con el Frente Popular! ¡Por el Gobierno de los Comités! ¡Por la dictadura del proletariado!
La política poumista ante la insurrección obrera que barrió el levantamiento militar se opone por el eje al bolchevismo. En realidad, es la continuación, adaptada a las circunstancias, de la política de subordinación al Frente Popular, es decir, a la burguesía.
En un discurso pronunciado en septiembre de 1936, Nin fija oficialmente la posición de su partido. Se trata de un documento político de la mayor importancia y conviene analizarlo con la mayor precisión.
En primer lugar, Nin se dedica a todo un trabajo de oscurecimiento político de la vanguardia obrera y continúa su embellecimiento de los repodridos líderes de los partidos frentepopulistas.
El primer deber de un revolucionario era denunciar esta verdad elemental: el golpe militar [que] fue posible gracias al Frente Popular, a su encubrimiento inconsciente y criminal de las camarillas militares reaccionarias, a su política consciente de desorganización y desmoralización del proletariado. Era un deber revolucionario desenmas -verdugo de los obreros y campesinos andaluces- del Ministerio de Interior.
Esta denuncia, si bien fundamental, no alcanza si no se denuncia al mismo tiempo a los líderes «obreros» del Frente Popular, a los que jugaron todas sus cartas, no a la movilización de las masas, sino al sometimiento a un gobierno patronal indecente: “…el Gobierno manda, el Frente Popular obedece» (Declaración PS-PC del 18 de julio de 1936). Esta era la esencia de la política del PC-PS-CNT: en la lucha contra la reacción burguesa, la burguesía manda, los trabajadores deben obedecer.
Esta denuncia elemental está ausente en el discurso de Andrés Nin.
Dirigiéndose al proletariado catalán -la vanguardia combativa de la clase obrera española-, en lugar de denunciar al Frente Popular, Nin se dedica a embellecer su ala izquierda: los dirigentes anarquistas. En efecto, Nin decía que: «en los momentos presentes, la CNT y la FAI demuestran, además de un claro sentido revolucionario, una más clara conciencia de la realidad proletaria del momento que otras organizaciones de la clase trabajadora, y nosotros afirmamos que el porvenir de la revolución depende de la manera como las otras organizaciones obreras puedan llegar a ponerse de acuerdo con los compañeros de la CNT y la FAI» (Traición, pág. 193).
Este es el embellecimiento más descarado de la burocracia anarquista, «quinta rueda del carro del Frente Popular», uno de los sostenes más sólidos de la república burguesa y elementos eternamente presentes en todas las componendas y enjuagues armados por el estalinismo y los republicanos contra las masas españolas.
Es muy interesante, para comprender plenamente la barbaridad que dice Nin, ver cuál era el balance que los propios «compañeros de la CNT y la FAI» sacaban de las Jornadas de Julio (Diego Abad de Santillán, ¿Por qué perdimos la Guerra?, pág. 169): «Pudimos quedarnos solos, imponer nuestra voluntad absoluta, declarar caduca a la Generalidad y colocar en su lugar al verdadero poder del pueblo, pero no creíamos en la dictadura cuando se ejercía contra nosotros, y no la deseábamos cuando podíamos ejercerla nosotros contra otros. La Generalidad habría de quedar en su lugar con el presidente Companys a la cabeza…».
Esta cínica declaración de traición al proletariado es lo que Nin llama «un claro sentido revolucionario», ¡»una más clara conciencia de la realidad proletaria del momento»!
El hundimiento político de Andrés Nin y el POUM están retratados en este discurso.
Pero el encubrimiento del Frente Popular contrarrevolucionario continúa, y llega a su paroxismo cuando afirma que: «…hoy en Cataluña existe la dictadura del proletariado» (Andrés Nin, Traición, pág. 194).
Con un gesto de radicalidad verbal, Nin se olvida de un pequeño detalle: la existencia espectral, pero no por ello menos real, del gobierno burgués de la Generalidad. De un solo golpe Nin blanquea a los ministerios de Companys, que llevaban adelante una lucha sorda y sórdida contra los comités obreros.
El deber de un dirigente revolucionario era no engañar a los obreros con frases izquierdistas, sino llamar a las cosas por su nombre. La situación en Cataluña, y en todas las zonas no dominadas por los militares, no era de dictadura del proletariado, sino de doble poder, de lucha encarnizada entre un poder naciente y un poder senil y exhausto. El poder real estaba en las calles, en los comités y en las milicias, pero la sombra del poder burgués no solo estaba viva, sino que, bajo la cobertura del Frente Popular, se estaba rearmando aceleradamente.
Por su mismo carácter, una situación de doble poder es extremadamente inestable. No pueden coexistir a largo plazo dos poderes antagónicos y que se excluyen mutuamente, como son la dictadura de la burguesía (la república democrática) y la del proletariado (los comités). El choque violento, brutal, implacable entre uno y otro es inevitable. La tarea fundamental de los revolucionarios es, por lo tanto, preparar a las masas para ese enfrentamiento, cohesionándolas política y organizativamente detrás de sus organismos de poder, llamándolas a ejercer la vigilancia y a desconfiar de los restos del Estado patronal, a nunca subestimarlos, llamándolas a mantener y profundizar su movilización.
Ésta es la política que los bolcheviques desarrollaron a partir de la llegada de Lenin a Petrogrado (abril de 1917). Fue de esa manera que pudieron imponer al enemigo la situación y las condiciones del inevitable combate entre los dos poderes. Seguir este ejemplo era la obligación de los revolucionarios españoles.
El que adormece la conciencia proletaria en el momento culminante de la lucha está preparando la victoria de la reacción, está permitiendo que los opresores fijen el terreno en que se dará el combate final.
Los revolucionarios debían llamar a los obreros a reforzar (¡nunca a distender!) su vigilancia revolucionaria, a extender los comités y a luchar por su poder. Pero para ello era imprescindible romper con el Frente Popular, y en primer lugar con los anarquistas que, durante el curso de las Jornadas de Julio, demostraron su completo emblocamiento con el Estado burgués.
Para romper con la burguesía hacía falta valor político, que no sale del aire, sino de un programa revolucionario claro y preciso: el programa de la IVª Internacional. Carentes de él, Nin y el POUM vegetan en el seguidismo «izquierdista» del Frente Popular en general, y de los anarquistas en particular; en definitiva, el seguidismo «izquierdista» de la burguesía.
Las perspectivas políticas del POUM entre el golpe militar y la entrada en el gobierno de la Generalidad
En el mismo discurso en que Nin traza el balance de la derrota del alzamiento militar, esboza la perspectiva política de su partido para todo el período posterior. Formula entonces dos consignas gubernamentales, no de poder. La primera: un «gobierno puramente obrero»; y la segunda: la «convocatoria a Cortes Constituyentes». Veamos una por una.
La consigna de un gobierno puramente obrero dirigida a las direcciones mayoritarias es una consigna táctica, y como tal debe subordinarse por entero al conjunto de la situación política imperante. Uno de los elementos fundamentales -sino el más importante- de la situación emergente del alzamiento militar y la posterior insurrección obrera era el surgimiento de los comités en abierta competencia con el poder burgués, herido pero no muerto. La consigna del gobierno puramente obrero debe analizarse a la luz de este hecho fundamental.
Lo correcto era llamar a un gobierno puramente obrero basado en los comités. ¡Fuera los ministros capitalistas! ¡Todo el Poder a los Soviets! era la consigna bolchevique.
La simple consigna del gobierno obrero del Frente Popular opuesto a los comités tuvo su lugar en la revolución española. Fue el gobierno de Largo Caballero, que desempeñó un papel de la peor especie contrarrevolucionaria; su objeto fue ultimar a los comités, dejando la impresión de que institucionalizaba su victoria.
Largo Caballero nombró gobernadores o alcaldes a los dirigentes de los comités. Sustituyó a los comités por organismos regulares, dependientes del gobierno burgués. En apariencia, el poder de los comités estaba institucionalizado; la revolución había triunfado.
En la realidad, este fue el fin de los comités como organismos de poder dual: les quitó los hombres más representativos, los dirigentes reconocidos de las masas; los nuevos organismos no estaban sujetos a la influencia directa de abajo; en tanto personas individuales y no como representantes de las masas en lucha, los miembros de los organismos municipales «revolucionarios» estaban bajo la influencia directa del gobierno frentepopulista, y no de los trabajadores.
La burguesía, que no pudo quebrar el empuje de las masas ni por sus voceros democráticos ni por la reacción fascista, se valió de los dirigentes más izquierdistas del Frente Popular para aniquilar los comités, la creación genuina de los trabajadores, base del abortado poder proletario español.
Que lo que decimos más atrás -que la consigna tal como la plantea Nin es el «gobierno obrero del Frente Popular»- lo verifica la experiencia histórica, pues Nin se convirtió en ministro de Justicia de la Generalidad, versión catalana del gobierno largocaballerista, enterrador de los soviets catalanes.
De una manera más general, el «gobierno obrero» preconizado por Nin es la forma más pura, más refinada del Frente Popular. En él, la burguesía no se encuentra representada por organización política alguna. La defensa del Estado burgués queda reservada únicamente a los partidos obreros. La subordinación de los aparatos contrarrevolucionarios a la burguesía se verifica a través de su programa: defensa del Estado patronal contra la revolución proletaria.
Si, visto en su conjunto, el Frente Popular es el último recurso de la burguesía contra la revolución proletaria, el «gobierno puramente obrero» es el punto fulminante, la máxima expresión de este proceso. Su emergencia significa -y este es el valor que tiene para el análisis político- que la revolución llega a un punto crítico: o existe un partido revolucionario decidido y consecuente que quiebre al gobierno frentepopulista e imponga la dictadura proletaria, o en caso contrario la revolución comienza, con el «gobierno puramente obrero», su fase descendente.
Fue un gobierno puramente obrero el que ahogó la revolución alemana de 1918, y fue asimismo un gobierno obrero (coalición menchevique-socialistas revolucionarios) el que tuvieron que voltear los bolcheviques para imponer el poder soviético.
La consigna del «gobierno puramente obrero» preconizada por Andrés Nin es la más clara manifestación de su frentepopulismo orgánico.
Pero la cosa sigue. Nin le dice a los obreros catalanes: «es evidente que el Parlamento del 16 de Febrero no responde a las necesidades del momento. Hay que crear un nuevo órgano legislativo, y el punto de vista de nuestro partido es que hay que convocar unas Cortes Constituyentes, que han de sentar las bases de la nueva sociedad española. En estas Cortes Constituyentes, … la burguesía no podrá tener representantes, las clases explotadoras no podrán tener representantes. En estas Cortes Constituyentes han de estar formadas a base de representantes de los comités de obreros, campesinos y combatientes, es decir, de aquellos que han hecho la revolución, de aquellos que están luchando hoy contra el enemigo y que forman la España nueva del mañana» (Traición, pág. 191).
Lo que el dirigente del POUM plantea no puede ser más traicionero para el proletariado; detrás de una fraseología revolucionaria se esconde la más repugnante traición a los intereses históricos de la clase obrera.
Nin llama a los trabajadores a luchar por un nuevo «poder legislativo», siguiendo la tradicional división de poderes de la república burguesa. Esto es notable porque precisamente la división de poderes es utilizada por los «estadistas» patronales para convertir al conjunto del Estado burgués en una fuerza absolutamente irresponsable ante sus electores.
¿Es esto lo que necesitan los trabajadores? ¿Es un nuevo «poder legislativo» por el que deben luchar? No, los trabajadores deben luchar, no por un nuevo poder legislativo, sino por su propio poder: el poder de sus propias organizaciones, los soviets, a la vez ejecutivos y legislativos.
Pero esto no es lo peor. Tal como lo formula Nin, ese nuevo «poder legislativo», esas Cortes Constituyentes, en nada se diferencian formalmente de un Congreso de Diputados Obreros y Campesinos (¿por qué no llamar las cosas por su nombre?), pues los representantes a las Cortes serían elegidos por los organismos soviéticos.
En realidad, Nin persigue la legalización de los soviets por el Frente Popular, es decir, por la sombra de la burguesía, que convocaría dichas Cortes (el «gobierno puramente obrero», poder ejecutivo). Nin busca la adecuación de los soviets al cuadro de la república burguesa.
La propuesta del dirigente del POUM es una reedición de la vieja fórmula de los centristas de combinar la dictadura de la burguesía (Asamblea Constituyente) y la dictadura del proletariado (los soviets) en el marco de la república burguesa. Los mencheviques lo intentaron en la Revolución Rusa, el Partido Socialdemócrata Independiente lo intentó durante la revolución alemana de 1918. De una estrategia como esta solo puede resultar el hundimiento de cualquier revolución, por prometedora que sea.
Agreguemos que esta tendencia a conciliar lo inconciliable ha hecho profundos avances hasta aposentarse aún entre los seudo-trotskistas. Los centristas peruanos (asesorados por sus maestros parisinos y colombiano-argentinos) han votado, recién ayer, una ridícula «moción roja» según la cual una Constituyente burguesa daría lugar a una… «Constitución» socialista.
La irrupción del poder soviético en Rusia conmovió por completo a la clase obrera mundial. Los centristas de todo el mundo se aferraron a ellos como una fórmula mágica, casi una moda, sin comprenderlos en absoluto, vaciándolos por completo de su contenido revolucionario. Es por eso que Lenin se burla de los sabios del socialismo independiente alemán que querían conciliar lo inconciliable: el poder de la burguesía con el poder del proletariado.
Para la Internacional Comunista la cuestión de los soviets, la relación entre ellos y la república democrática, su lugar histórico concreto, revistió desde su misma fundación una importancia central. Es así que en su Primer Congreso aprueba las «Tesis sobre la Democracia Burguesa y la Dictadura del Proletariado».
Redactadas por Lenin, su tesis N° 21 dice: «La completa bancarrota de los socialistas reunidos en Berna, su incomprensión absoluta de la nueva democracia proletaria se muestra particularmente en lo siguiente: el 10 de Febrero de 1919, Branting clausuró en Berna la conferencia internacional de la Internacional Amarilla. El 11 de Febrero de 1919, en Berlín se publicó en el diario de sus correligionarios, ‘Die Freiheit’, un manifiesto del partido de los independientes al proletariado. En este manifiesto se reconoce el carácter burgués del gobierno de Scheidemann (como hace Nin con el Frente Popular) al que reprocha su deseo de abolir los Soviets (¡esto Nin lo hace solo a medias!) a quienes llama mensajeros y defensores de la revolución (¡como Nin!)] al que se reclama legalice a los soviets (¡como Nin!), que les dé derechos políticos, el derecho a votar contra las decisiones de la Asamblea Constituyente, quedando el referéndum como juez definitivo.»
«Este manifiesto indica la quiebra completa de los teóricos que defendían la democracia sin comprender su carácter burgués. Esta tentativa ridícula de combinar el sistema de los soviets -es decir, la dictadura del proletariado- con la Asamblea Constituyente -es decir, la dictadura de la burguesía- desnuda hasta el fin, al mismo tiempo, la pobreza de pensamiento de los socialistas amarillos y de la socialdemocracia, su carácter reaccionario pequeñoburgués y sus débiles concesiones ante la fuerza irresistiblemente creciente de la nueva democracia proletaria.» (Los Cuatro Primeros Congresos de la Internacional Comunista, tomo I, pág. 175.)
Acosado por la potencia incontenible del movimiento de los comités y las milicias, Nin busca sus bases teóricas, no en Lenin ni en la Internacional Comunista, sino en el socialismo independiente alemán, en los Kautsky y demás renegados, en la Internacional Dos y Media, en la charca nauseabunda del centrismo.
Pero si algo tiene de terrible la revolución para los centristas es que, llegado el momento, deberán responder en los hechos a todas sus caracterizaciones y consignas. Ese es el momento en que todas las construcciones teóricas del centrismo se desmoronan y ceden paso al más grosero seguidismo de la burguesía.
Puesto que la coalición burguesa-estalinista se demostraba absolutamente incapaz de derrotar frontalmente a los comités, los explotadores juegan su último recurso: un gobierno «puramente obrero» encabezado por el jefe del ala izquierda del PSOE (el «Lenin español»), en el que tuvieran cabida todas las organizaciones obreras -en primer lugar los anarcosindicalistas- y del cual estuvieran excluidos todos los republicanos burgueses. Un gobierno puramente obrero que, bajo una fraseología izquierdista, se encargara de acabar con los soviets españoles.
Si hasta parecía que la burguesía hubiera leído a Trotsky, quien afirmaba que: «En ausencia de un poderoso partido revolucionario, una combinación de semirreformas, de frases de izquierda, de gestos más de izquierda todavía y de represiones puede ser más útil a la burguesía que el fascismo» (La Revolución Española, pág. 294).
Siguiendo la táctica del «gobierno puramente obrero», Nin entró a formar parte de la Generalidad, con el apoyo del POUM. Este fue el gobierno más contrarrevolucionario de la revolución española, esto porque realizó lo que ni Azaña ni los fascistas consiguieron: desarmar a los comités y las milicias.
¿Cómo lo consiguió? Siguiendo el fondo, no la forma, de la consigna de Nin, esto es, conciliar el poder burgués con las formas del poder proletario en el marco de la república burguesa. Los sicarios del Frente Popular fueron convirtiendo los comités -Generalidad con Nin como ministro mediante- en organismos municipales, ocupados en cuestiones de abastecimientos y suministros, castrados por completo de su contenido como organismos de poder proletario.
Es así que los soviets españoles fueron «asimilados» al gobierno burgués gracias a la tarea contrarrevolucionaria de los partidarios del Frente Popular. La caída brutal del Partido Obrero de Unificación Marxista lo llevó a convertirse en el funebrero del naciente poder soviético español por su hibridez, por su inconsistencia, en definitiva, por su centrismo. Bien escribía Trotsky que: «…entre la IVª Internacional y la traición no hay caminos intermedios».
Las «lagunas» de los textos de Nin (II)
Una de las características orgánicas del centrismo consiste en su tendencia a eludir los puntos más álgidos de la discusión política, al tiempo que continúa, en los hechos, su política de subordinación a la burguesía. Ya hemos visto que el libro presentado por Andrade presentaba una «laguna» muy significativa: la concerniente a la fundación del POUM y la firma del programa del Bloque Electoral de las Izquierdas por parte de su partido. Su objeto era ocultar la fenomenal capitulación de los excomunistas de izquierda ante la burguesía.
Andrade vuelve a repetir sus artimañas, por las mismas circunstancias y con idéntico objetivo. Se trata esta vez de ocultar el hecho de que el POUM, a través de su máximo dirigente, participó en el gobierno burgués de la Generalidad catalana. El delincuente intenta borrar sus huellas…
Hemos visto más arriba cuál fue el objeto de los gobiernos «izquierdistas» del Frente Popular y el triste papel que jugaron en la revolución española. Hemos visto que la participación de Nin en este gobierno se correspondía exacta, milimétricamente, con su tendencia orgánica al frentepopulismo.
Desde el punto de vista de su desarrollo político, la participación en el gobierno burgués fue el punto culminante de la carrera centrista del POUM, carrera centrista cuyo zigzag se corría cada vez más a la derecha.
Vista la revolución española en su conjunto, el debut del gobierno largocaballerista (y la entrada de Nin a la Generalidad) marcan el fin del ciclo ascendente de la revolución y la levantada de cabeza de la reacción dentro del campo republicano.
La participación gubernamental de Nin generó conflictos internos en el POUM. En aquel momento Andrade caracterizaba como «centrista» la política de su camarada (¡cómo corre el tiempo, Sr. Andrade!). Al mismo tiempo reclamaba que la cuestión del ingreso al gobierno fuera debatida con León Trotsky. Nin se resistió, considerando la discusión con el fundador de la IVª Internacional como «inadmisible» y que: «…era imposible actuar de otra manera» respecto de la Generalidad (Pierre Broué, Trotsky y la Revolución Española, pág. 40. Prólogo a La Revolución Española).
Por su parte, la Juventud Comunista Ibérica (J.C.I.) declaraba en su prensa que: «…nuestro Partido ha entrado en la Generalidad porque no ha querido ir contra la corriente en estas horas de extrema gravedad y porque ha considerado que la revolución socialista puede ser impulsada desde la Generalidad» (Juventud Comunista, 30 de septiembre de 1936).
Esta es la declaración más certera, y por lo tanto más vergonzosa, sobre la cuestión de la entrada en el gobierno catalán. «No hemos querido ir contra la corriente», dice la Juventud del POUM. Pero, ¡precisamente si de eso se trataba! O, mejor dicho, se trataba de oponerse a la corriente dominante en las direcciones de los partidos frentepopulistas y apoyarse en la corriente dominante en las bases de esos partidos y en las más amplias masas: ¡fuera la subordinación a la burguesía! ¡hacia los comités! ¡hacia la dictadura del proletariado!
No en vano León Trotsky reclamaba a los revolucionarios españoles atención, preocupación por la temperatura de las masas y no de las pandillas parlamentarias.
Escribía el fundador de la IVª Internacional en abril de 1937 que: «Nin olvida agregar que ha sido la cooperación directa de la dirección del POUM que, so cubierto de ‘crítica’, se ha adaptado a los socialistas y a los estalinistas, es decir, a la burguesía, en vez de oponer, en todas las etapas, su partido a todos los otros partidos y preparar así la victoria del proletariado» (La Revolución Española, pág. 43).
«La revolución socialista impulsada por el gobierno de la Generalidad». Esto entra de lleno en el terreno del delirio político. ¡El gobierno burgués impulsa la revolución socialista! El POUM había perdido por completo la brújula política, se manejaba a ciegas, empíricamente, justificaba con cualquier «argumento» su subordinación a la burguesía. ¿Qué otra cosa puede decirse de esta tesis, que regresa a posiciones ya refutadas en el Manifiesto Comunista de 1848?
¡Es evidente que Andrade no puede dar a luz estos textos sin desacreditarse públicamente!
Pasemos entonces a otras fuentes.
Para su ingreso al gobierno, el POUM «impuso» dos condiciones: la primera, «una declaración ministerial de orientación socialista»; la segunda, «la intervención activa y directa de la CNT-FAI» (Pierre Broué, La Revolución y la Guerra Civil de España, pág. 236).
¡Pero esas condiciones no obligan a nada! Con Nin, o sin él, el gobierno hubiera firmado no una, sino cien declaraciones «socialistas» y habría empujado a los dirigentes anarquistas a integrarse con él. Precisamente, el cumplimiento de esas «condiciones» por parte de la Generalidad no era una imposición de la burguesía; por el contrario, estaba en la línea de su interés general. ¡De esta manera, con «declaraciones» de izquierda el engaño era más redondo!
Las «condiciones» de Nin otorgan al gobierno burgués una aureola de socialismo que lo hace aún más peligroso para la revolución, en esta etapa, que un gobierno de Negrín.
Cuando la burguesía está acorralada, cuando toda su estrategia está sumida en un profundo colapso, recurre a los métodos más extremos para defender su dominación: puede declararse partidaria de cualquier cosa, inclusive de la dictadura del proletariado. Pero estas declaraciones en nada modifican su carácter de clase, no alteran su odio mortal al proletariado, ni cambian el hecho de que la burguesía intentará degollar la revolución en la primera oportunidad que se le presente.
León Trotsky, refiriéndose a las «condiciones impuestas» por la Internacional Comunista a la burguesía del Kuomintang en el curso de la revolución china, escribía: «¿Somos nosotros los que le imponemos esas condiciones? ¿Exigimos que se haga públicamente una promesa? La burguesía hará lo que se quiera. Enviará incluso a sus delegados a Moscú, se afiliará a la Internacional Campesina, se unirá como simpatizante a la Internacional Comunista, guiñará el ojo a la Internacional Sindical Roja, en una palabra, prometerá todo aquello que le permitirá -con nuestra ayuda- engañar mejor, más fácilmente y más completamente a los obreros y los campesinos, echándoles polvo en los ojos[…] hasta la próxima ocasión.»
» …no se trata, en este caso, de promesas políticas de la burguesía que, repitámoslo, las hará inmediatamente, asegurándose de esta forma nuestro oaval frente a las masas obreras? […] Desgraciadamente, la experiencia más reciente demuestra que el único resultado de tales experiencias es que los expertos quedan como unos imbéciles. Esto no tendría importancia si se tratara únicamente de los expertos, pero…» (La Revolución Española, pág. 141.)
El deber de los revolucionarios no es «imponer» declaraciones presuntamente «socialistas» (¡de qué sirve una declaración firmada con un revólver en la sien!), sino, por el contrario, denunciar ante las masas que, aunque la burguesía se diga socialista, es el enemigo jurado de la revolución. Dirigirse a los trabajadores con esta verdad elemental: la salud de la revolución y el triunfo del socialismo son incompatibles con la dominación de la burguesía, es decir, con el Frente Popular. ¡Romper con los traidores! ¡Por el gobierno de los comités! ¡No hay socialismo sin gobierno de los trabajadores!
Pero Andrés Nin había abandonado ese camino. Ya no se dirigía a las masas, sino a sus líderes; su papel se había reducido al de un «consejero revolucionario» de los jefes frentepopulistas. Su partida de defunción como caudillo contra la burguesía estaba definitivamente firmada.El rol cumplido por el gobierno del que el POUM fuera integrante fue disolver los comités. ¿Cómo lo justifica Andrés Nin? Escribe en «La Révolution Espagnole» (órgano del POUM en lengua francesa) del 14 de octubre de 1936: «Estos comités revolucionarios, comités ejecutivos populares o comités de salvación pública representaban a una parte de las organizaciones obreras, o bien las representaban en una falsa proporción […] Evidentemente, se puede lamentar la supresión de su iniciativa revolucionaria, pero debe reconocerse la necesidad de codificar […] las diversas organizaciones municipales y esto, con el fin tanto de sustituirlas uniformemente como de ponerlas bajo la autoridad del nuevo Consejo de la Generalidad» (Pierre Broué, La Revolución y la Guerra de España, pág. 237).
Esta es una declaración de primerísima importancia, porque retrata, por boca de su ejecutor, la política del gobierno de la Generalidad: ¡liquidar los comités!
En primer lugar, ¿los comités revolucionarios representaban o no al conjunto de las masas? Los comités, que formaban «una tupida red», según la definición del propio Nin, representaban a las masas en lucha; no solo eso, eran su genuina creación. A partir de ahí, la representación estaba en relación directa con el rol jugado por cada uno de los sectores en lucha contra los facciosos, esto es, en el momento de su surgimiento. Esto demuestra que la proporcionalidad existente en los comités era más perfecta que cualquier otra que pudiera determinarse por cualquier otra vía. En todo caso, el giro político de las propias masas haría cambiar las «proporcionalidades» en forma directa. La presencia de los partidos burgueses o pequeñoburgueses era nula en los comités. Ésta era la verdadera representatividad de los comités: la de la España obrera y campesina.
¿Los soviets rusos reflejaban a la totalidad de las organizaciones obreras en la «justa» proporción? Ni Lenin ni Trotsky se detuvieron jamás a estudiar si era o no era así, o en todo caso cuál debía ser esa «justa» proporción. Lo que ellos hicieron -y Nin no- fue ver lo fundamental: que los soviets, en tanto organizaciones surgidas de las entrañas de la clase obrera, podían convertirse, con una dirección revolucionaria, en la base de una organización estatal de nuevo tipo: la dictadura del proletariado. Y lucharon infatigablemente contra los frentepopulistas rusos para ganar la mayoría en los soviets, esto es, en la clase obrera, y dirigirlos resueltamente a la toma del poder.
Apoyarse constantemente en los soviets, oponerlos a las instituciones de la democracia burguesa, convertirlos en el centro de la vida proletaria, conquistar la mayoría en ellos, prepararlos y preparar a través de ellos al conjunto de la clase para la toma del poder, ésa era la tarea de los revolucionarios españoles.
Pero observemos un pequeño detalle: Nin habla de una «falsa» proporcionalidad de organizaciones, no de masas. Éste es el quid de la cuestión. Las organizaciones no representadas en los comités eran las burguesas o pequeñoburguesas, o aquellas que bien, aunque de origen obrero, se habían convertido, por su actuación en la revolución, en canal de expresión de los patrones, los pequeños comerciantes, los campesinos acomodados y los funcionarios del Estado y el Ejército. Tal era el caso de los estalinistas del P.C.E. y el P.S.U.C.
Para Nin, entonces, la justa proporción era la establecida en los convenios de Febrero, en el pacto electoral del Frente Popular.
Pierre Broué resume así la situación creada luego de que los comités fueron reglados según la «justa» proporción: «Por una parte, el sistema paritario de representación daba ventajas a los comunistas oficiales, representados por medio de varias organizaciones: PCE, PSUC o UGT, sobre todo en Cataluña, y las JSU por doquier. Sobre todo, la iniciativa ya no venía de abajo: inclusive allí donde, entre los trabajadores, tenían la mayoría, los anarquistas, sin la masa armada que les permitía todas las presiones en la época de los comités, se encontraron en minoría en los consejos municipales» (La Revolución y la Guerra de España, pág. 248).
Vemos aquí la «justicia» de las nuevas representaciones: los anarquistas, dominantes entre los trabajadores, eran minoría en los comités municipales. He aquí plasmada concretamente, en la práctica, la «proporcionalidad» histórica de los frentes populares: potenciación de los representantes de los partidos burgueses, o de los que como el PC defendían en forma más consciente y consecuente la propiedad; representación disminuida de los trabajadores. Esta «ley de proporcionalidades» es una de las constantes de los frentes populares, y se ha verificado con una persistencia absolutamente indiferente de las particularidades nacionales: en España, en Francia (Blum), en Chile (U.P.), en Francia nuevamente (Mitterrand) y aún en nuestro vernáculo Frente del Pueblo.
¡Nin se lamenta por la «supresión de la iniciativa revolucionaria»! Pero Nin no tiene derecho a lamentarse de nada cuando es precisamente él quien, utilizando su autoridad política ganada como militante socialista, la pone a disposición de la asimilación de los comités por el gobierno burgués; mientras desarma a los comités, Nin se lamenta de ello.
Pero, desgraciadamente para los centristas, no se puede poner los pies en los dos platos: o se entra al gobierno, siguiendo hasta el fin la política de subordinación a la burguesía, se eliminan los comités, se impone el poder único en favor de los explotadores (¡y aquí no hay supresión de la iniciativa de abajo que lamentar!), o por el contrario, no solo no se entra en el gobierno, sino que, rompiendo con el Frente Popular, se lo denuncia como un instrumento patronal contra los comités y, apoyándose en ellos, dirigiéndose a las masas y no a los líderes, se lucha por imponer su dictadura, es decir, la dictadura del proletariado. Esto es así, blanco o negro, revolución o traición, no por un capricho sectario de los marxistas, sino por la propia estructura de clases de la sociedad capitalista.
Lamentándose de la supresión de la iniciativa revolucionaria al tiempo que el gobierno del cual forma parte es el responsable directo de esta supresión, Andrés Nin revela, trágicamente, la hibridez, la inconsistencia del centrismo.
Pero sin embargo lo políticamente esencial, lo decisivo del pensamiento de Nin que estamos criticando no está en la búsqueda escolástica de «justas» proporciones, no está en las lamentaciones impotentes del centrismo, sino en la decisión consciente de someter los comités al «nuevo Consejo de la Generalidad».
Esto es lo central, porque en la subordinación de un poder a otro reside el problema nodal de toda revolución. O el poder burgués subordina al proletario -con lo que pone el primer jalón de su destrucción lisa y llana-, o el poder proletario se impone sobre el régimen burgués y lo destruye; no hay otra alternativa: revolución o contrarrevolución, dictadura de la burguesía o del proletariado.
En primer lugar, ¡la forma de presentación del problema por parte de Nin esconde lo fundamental! No se trata de la subordinación a un gobierno particular (el «nuevo Consejo»), sino a un tipo concreto de Estado: el Estado burgués. La forma de abordar la cuestión (el gobierno y no el Estado) es característica de la pequeñoburguesía antimarxista y del estalinismo, pero no de los revolucionarios. En el gobierno pueden encontrarse -de hecho, en la España de 1936 lo estaban- hombres de pasado revolucionario, cargados de años de prisión por defender la causa de los oprimidos, partidarios verbales de la dictadura del proletariado, representantes de las organizaciones obreras más izquierdistas. A este gobierno es a quien Nin llama a subordinar los comités.
Pero, en general, el gobierno (es decir, el personal gobernante) es solo una muy superficial envoltura del Estado. Esto en la España revolucionaria de 1936 era lo fundamental: el gobierno largocaballerista, o el gobierno de la Generalidad del cual Nin formaba parte, era una envoltura superficial (bien que con papel «de regalo» para consumo de los trabajadores) del Estado burgués, exhausto, destrozado, desmoronado, carente de todos los atributos del poder real, pero vivo y con sólidos sostenes en los dirigentes del Frente Popular.
En lugar de denunciar a los «gobernantes obreros» como el último recurso del Estado burgués contra la revolución proletaria, Nin buscó subordinar la revolución (los comités) a esos dirigentes. Analizar un gobierno, sus características particulares, sus rasgos diferenciales sin referirse a lo fundamental -es decir, el carácter de clase del Estado que esos gobernantes dirigen- es hablar para no decir nada.
Subordinar los comités al «nuevo Consejo» es en realidad subordinarlos, someterlos al Estado burgués. Este es el carácter criminal de la participación de Andrés Nin y el POUM en el gobierno de la Generalidad.
El problema del Estado es el problema central de toda revolución, a la vez que la piedra de toque que diferencia tajantemente a los revolucionarios marxistas de los pequeñoburgueses y centristas de todo pelaje. La tentativa de Nin (gobierno «puramente» obrero del Frente Popular con excomités, exsoviets subordinados a él) demuestra que frente a la cuestión cardinal y decisiva -el Estado- no tiene de manera alguna una posición revolucionaria: su objetivo era la modificación del Estado, su «utilización» por parte del proletariado.
Pero: «La Comuna ha demostrado, sobre todo, que la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines», escribían Marx y Engels en 1871. ¿Tanta importancia adjudicaban a esta experiencia de la Comuna que el párrafo arriba citado figura como adición al Manifiesto Comunista de 1848. Lenin, en su libro fundamental sobre el Estado, comenta el texto de Marx y Engels en los términos siguientes: «La idea consiste en que la clase obrera debe destruir, romper ‘la máquina estatal existente’ y no simplemente apoderarse de ella».
Pero lo que Marx denuncia como simplista en 1871, eso es lo que Nin preconiza en 1936. ¿Puede existir condena más brutal para el dirigente español?
Se evidencia con total claridad el porqué del ocultamiento de los textos de Nin de este período por parte de Juan Andrade.
Sacando un balance de conjunto de la participación de Nin en el gobierno de la Generalidad, en el curso de un debate en el seno de la IVª Internacional, León Trotsky escribía: «De hecho, la participación en el gobierno fue un nuevo zigzag que derivaba de la naturaleza centrista del partido. El camarada Sneevliet ha escrito que ‘comprendía’ esa participación. Desgraciadamente, esta fórmula ambigua demuestra únicamente que Sneevliet no comprende las leyes de la lucha de clases en la época de la revolución […] La participación de Nin en el gobierno fue una parte del plan de la burguesía contra el proletariado. Si Sneevliet comprende tal cosa, peor para él. Ver es más prudente: habla de la participación en el gobierno como el ‘otro error’. No estaba mal este ‘error’ que consistía en apoyar directamente al gobierno de la burguesía contra los comités obreros».
«Pero se apresura a añadir Ver para embotar la puntada de su crítica: ‘después de la salida del gobierno, una clarificación se operó en el POUM’. Esto constituye una inexactitud manifiesta… O quizá por clarificación haya que entender la exclusión de los bolcheviques-leninistas.» (La Revolución Española, pág. 277.)
Tenemos aquí todo lo que es necesario decir de la participación de Nin en el gobierno.
Primero, la participación se derivaba de toda la política anterior.
Segundo, el POUM entra a un gobierno en abierta competencia con los soviets.
Tercero, la participación de Nin formaba parte del plan de la burguesía contra el proletariado, es decir, la destrucción de los comités y milicias.
Esta es la demostración precisa y concreta del carácter traidor de la participación del POUM en el gobierno burgués de la Generalidad.
La política del POUM antes de las jornadas de mayo: la toma pacífica del poder
En abril de 1937, Andrés Nin escribe en La Batalla (11 de abril de 1937): «El proletariado conserva aún posiciones importantes. La Historia no permite jamás vacilaciones. Si hoy desaprovechamos la ocasión de apoderarnos del poder de una forma pacífica, mañana tendremos que recurrir a la lucha violenta para acabar con la burguesía y el reformismo».
Este pensamiento ya había sido desarrollado más profundamente en otro editorial de la prensa poumista, el del 14 de marzo de 1937. Escribe Nin entonces que: «Si la CNT, la FAI y el POUM -entre los cuales existen ya coincidencias de la mayor importancia- se pusieran de acuerdo sobre este extremo fundamental (la dictadura del proletariado), abriríanse para la revolución perspectivas inmensas».
«El objetivo, por otra parte, es relativamente fácil de lograr. Aunque no tan favorable como en los primeros meses de la revolución, la correlación de fuerzas es tal que el proletariado, en las circunstancias actuales, puede hacerse con el poder sin recurrir a la insurrección armada» (Traición, pág. 209).
Sobre la consigna de la toma pacífica del poder se basa toda la política del POUM desde su expulsión del gobierno de la Generalidad [noviembre de 1936] hasta la insurrección de Barcelona, política que lo emblocaría aún más acabadamente con los dirigentes anarquistas, le impediría por completo prever el levantamiento obrero de Mayo [de 1937] y le imposibilitaría jugar un rol independiente en tales acontecimientos.
En primer lugar, Nin cauciona una vez más a la burocracia anarquista. Párrafos atrás afirmaba que las «concepciones doctrinales» del anarquismo habían diluido la energía revolucionaria de las masas. No, no fueron sus difusas concepciones, sino la decisión de no romper en ningún momento con el Frente Popular, con la burguesía, lo que impidió a los jefes anarquistas dirigir a la clase obrera hacia la toma del poder.
Entonces bien, ¿por qué pocos días después los jefes anarquistas se habrían convertido en verdaderos revolucionarios, en revolucionarios consecuentes que dirigirían a las masas a la lucha por el poder?
En modo alguno puede considerarse la tesis de una conversión de los jefes cenetistas, de una clarificación de sus confusas teorías. De cualquier manera, este no era ningún índice confiable, puesto que si algo caracterizó al anarquismo en el curso de la revolución y la guerra civil fue su decisión consciente de no sacrificar el seguidismo de la burguesía a la defensa de al menos una de sus «concepciones doctrinales».
Lo que había cambiado era la situación externa. Los anarquistas, como Nin, habían sido desplazados del gobierno frentepopulista. La ola de la reacción comenzaba a levantar cabeza en el campo republicano. Destruidos los comités, comenzaban a ser un estorbo para la burguesía…
Nin propone a los jefes anarquistas una alianza privilegiada para retornar al gobierno en el marco del Frente Popular. Nótese que en ninguno de los dos pasajes citados Nin relaciona la cuestión de la dictadura proletaria con los organismos que deberían ser su basamento real: los comités obreros. La mera alianza CNT-POUM bastaría para alcanzar el objetivo.
Para el POUM, por lo tanto, la lucha por la dictadura del proletariado se presenta como la lucha por una determinada combinación política entre cúpulas. Esto no tiene nada que ver con una lucha real para imponer una dictadura proletaria verdadera, basada en las organizaciones que construyera el proletariado español, pues para ello era necesario, antes que nada, romper con el Frente Popular y, en primerísimo lugar, con los jefes anarquistas.
En segundo lugar, Nin crea la idea -profundamente engañosa- de la posibilidad de la implantación pacífica del poder obrero en España. Esta es una mentira en toda la extensión de la palabra. Con esto se blanquea completamente la traicionera guerra civil que republicanos y estalinistas desataron contra los comités obreros desde el mismo comienzo de la lucha contra los fascistas. ¿Acaso no se debía inculcar a los trabajadores la más absoluta desconfianza en el gobierno de Valencia? ¿Pensaba Nin que la burguesía iba a ceder el poder al proletariado sin combatir? La teoría de la «toma pacífica del poder» significa una revisión completa, sustancial, absoluta de la teoría marxista del Estado. Esto es simplemente engañar a los obreros con frases revolucionarias mientras que lo que se persigue no es la toma del poder por el proletariado, sino un gobierno más «izquierdista» del Frente Popular.
Sobre esta ilusión del POUM declaraba León Trotsky en abril de 1937: «Cuando Nin dice que los obreros españoles pueden, hoy mismo, apoderarse del gobierno por la vía pacífica, dice una contraverdad flagrante. Ya hoy el poder se encuentra en las manos de los altos militares y de la burocracia, aliada con los estalinistas y los anarcorreformistas. En la lucha contra los obreros estos señores se apoyan en la burguesía extranjera y en la burocracia soviética. En esas condiciones, hablar de conquista pacífica del poder es engañarse a sí mismo y engañar a la clase obrera. En el mismo discurso (Nin) dice que se quiere quitar las armas a los obreros y les recomienda no entregarlas. El consejo, sin duda alguna, es justo. Pero cuando una clase quiere quitarle a otra las armas y cuando esta clase, especialmente el proletariado, rehúsa entregarlas, esto significa que se aproxima la guerra civil».
«La dulzona y falsa perspectiva de la conquista pacífica del poder da por tierra con todos los razonamientos radicales de Nin sobre la dictadura del proletariado.» (La Revolución Española, pág. 45.)
Esta subordinación al Frente Popular, vía los dirigentes anarquistas, esta ilusión, impidió por completo a Nin preparar a su partido para las «Jornadas de Mayo» en Barcelona. Toda la energía estaba puesta en la toma pacífica del poder; ¿qué tenía que ver con ella la insurrección del proletariado catalán?
Para Trotsky: «Prever los acontecimientos de Mayo y prepararse para ellos solo podía ser hecho de una manera: declarando una lucha implacable a los gobiernos de Cataluña y España; negándoles toda colaboración política, oponiendo su partido a todos los demás partidos, es decir, a sus centros dirigentes, en particular y sobre todo a la dirección de la CNT. ¡No permitir ni un solo instante a las masas confundir los jefes revolucionarios con los lacayos de la burguesía! Una política intransigente en este terreno —claro está, con la participación activa en la lucha militar y en los movimientos revolucionarios de las masas— habría asegurado al POUM una autoridad inquebrantable entre los obreros anarquistas que constituyen la gran mayoría del proletariado catalán. En lugar de ello el POUM reclamaba la vuelta de sus jefes al seno del gobierno contrarrevolucionario y, al mismo tiempo, afirmaba en cada número de ‘La Batalla’ que los obreros podían tomar el poder sin combate. Con este fin, incluso el POUM lanzó el proyecto infantil de un congreso especial convocado por el gobierno burgués […] para transmitir el poder a los obreros y campesinos. Por esto es, precisamente, por lo que el POUM se vio sorprendido, y los acontecimientos de Mayo no han sido para él más que una nueva etapa en el camino de la catástrofe» (La Revolución Española, pág. 281).
Veamos entonces cuál fue el papel del POUM, que había prometido luchar en forma violenta para acabar con la burguesía y el reformismo, cuando estos momentos llegaron en ocasión de las Jornadas de Mayo de 1937.
La insurrección de Barcelona
«La clase obrera, empujada por su instinto, consigue, ciertamente, en los momentos de culminación revolucionaria, colocar jalones importantes en el camino del socialismo. Pero no son más que jalones que en el momento de reflujo son barridos por los partidos dirigentes. […] Se trata también -y toda la tarea política está ahí- en transformar esta evolución híbrida, confusa, medio ciega, medio sorda, en revolución socialista» (La Revolución Española, pág. 290).
El proletariado catalán, guiado por su instinto revolucionario, con un coraje y heroísmo inigualables, y a pesar de la traición de sus direcciones, se mantenía firme en la defensa de las posiciones conquistadas.
El estalinismo -agente consciente de la contrarrevolución burguesa vestida de republicana- dirige una provocación contra una de las posiciones del proletariado: intenta ocupar la central de teléfonos en poder de los sindicalistas. Esta provocación se da en el marco de un impresionante agudizamiento de la tensión entre los trabajadores y los estalinistas, que había llevado a una serie de escaramuzas previas. La insurrección no fue un rayo en el cielo sereno.
Mientras que la dirección de la CNT se adaptaba al ataque estalinista en nombre de la «unidad de las filas obreras», y la dirección del POUM se adaptaba a la de la CNT, los trabajadores salieron a la calle, ocuparon la ciudad, destrozaron la provocación de los termidorianos españoles y «de paso» reventaron al Estado burgués, el cual nuevamente volvió a lucir solo los adornos externos del poder real. Barcelona era una ciudad dominada completamente por los trabajadores en los primeros días de Mayo de 1937.
La insurrección obrera que derrota en toda la línea a las fuerzas reaccionarias toma absolutamente desubicadas a las direcciones enfeudadas en el Frente Popular (CNT-FAI y POUM). Esta desubicación marca de por sí el abismo que separaba a los dirigentes de las masas.
«Ciertamente, se puede reconocer que una insurrección que procede verdaderamente de las masas desborda, en un grado más o menos grande, no importa qué partido revolucionario. Pero la diferencia estriba precisamente en el grado: aquí también la cantidad se transforma en calidad. Un partido centrista es arrastrado por los acontecimientos y se ahoga en ellos, mientras que un partido revolucionario finalmente los domina y asegura la victoria.»(La Revolución Española, pág. 281.)
Ya hemos visto cuál fue la conducta de la dirección anarcosindicalista ante la insurrección barcelonesa: completo abandono de los trabajadores en manos del estalinismo, negación absoluta a tomar el poder que se le servía en bandeja, traición lisa y llana a los intereses inmediatos e históricos del proletariado español. Al igual que en Julio de 1936, los anarquistas decían «nosotros pudimos tomar el poder, pero no lo quisimos». Esto demuestra hasta qué punto el anarquismo, que había entrado en la revolución como «apolítico», salió de ella convertido en contrarrevolucionario.
Pero vayamos a lo que ahora nos ocupa: ¿la posición del Partido Obrero de Unificación Marxista fue mejor que la de los anarquistas? Desgraciadamente, no. El texto de Nin que transcribiremos define claramente el papel de absoluto seguidismo al anarquismo contrarrevolucionario jugado por el POUM.
En su balance de las «Jornadas de Mayo», Nin escribe: «Reiteradamente nuestro partido, durante estos últimos tiempos, había insistido en la necesidad de plantear en el terreno político los problemas surgidos en el transcurso de la guerra y la revolución. Habíamos incluso afirmado que la clase obrera podía tomar el poder sin necesidad de recurrir a la insurrección armada: bastaba que pusiera en juego su enorme influencia para que la relación de fuerzas se decidiera a su favor y se llegara a la formación de un gobierno obrero y campesino, sin violencias de ningún género. No plantear el problema en estos términos, en el terreno puramente político, significaba una explosión violenta, en un plazo más o menos próximo, de la irritación acumulada de la clase obrera, y como consecuencia un movimiento espontáneo, caótico y sin perspectivas inmediatas» (Traición, pág. 223).
En lugar de dirigirse a las masas, potenciar la irritación e indignación de la clase obrera ante la levantada de cabeza de la reacción, darle una forma orgánica y consciente en el Partido Revolucionario y en los comités, guiarlas resueltamente a acabar con el poder de la burguesía, Nin se dirige a los jefes del Frente Popular previniéndoles del incendio que se avecina si no se debate «en el terreno puramente político» -esto es, en el del Frente Popular y no en el de la acción de masas- una nueva composición gubernamental, más de «izquierda».
En mayo de 1937, Trotsky escribe: «La concepción propagada por Nin de que ‘el proletariado puede tomar el poder por la vía pacífica’ ha demostrado ser radicalmente falsa. No sabemos nada o casi nada sobre la verdadera actitud del POUM en el momento de la insurrección. Pero no creemos en milagros. La actitud de los dirigentes del POUM en el momento decisivo ha debido ser la simple continuación de su actitud durante todo el período precedente. Más exactamente: es precisamente en un momento decisivo cuando la inconsistencia del centrismo de izquierda ha debido revelarse de manera más ruidosa y trágica. Ese fue, por ejemplo, el destino de Martov en los acontecimientos de 1905 y 1917» (La Revolución Española, pág. 270).
¿Pero quién dijo que el levantamiento de Barcelona no tenía perspectivas inmediatas? Eso solo puede determinarlo la lucha, no las especulaciones apriorísticas. León Trotsky criticaba a Ver, dirigente de la sección belga de la IVª Internacional, por su caracterización de que «ir a la toma del poder era una aventura en aquellas contingencias». Escribía Trotsky al respecto: «Ante todo, no era ésta la opinión del propio POUM. La víspera aseguraba a los obreros, todavía, que con solo quererlo tomarían el poder sin combate. Los obreros lo han ‘querido’. ¿Dónde está pues la aventura? El factor de provocación taimada de los estalinistas tiene una importancia secundaria desde el punto de vista que nos interesa. Todos los informes publicados después de los acontecimientos demuestran que con una dirección algo seria y confiada de sí misma, la victoria de la insurrección de Mayo era segura. El POUM tenía razón en este sentido al afirmar que los obreros podían tomar el poder ‘si lo querían’. Olvidaba añadir: por desgracia, no tenéis dirección revolucionaria. El POUM no podía conducir al proletariado catalán a la ofensiva revolucionaria porque -y solamente por eso- toda su política anterior lo había convertido en incapaz de tal iniciativa» (La Revolución Española, pág. 282).
Como se puede ver a simple vista, dos concepciones políticas separadas por una línea infranqueable: la que separa el marxismo revolucionario del centrismo pequeñoburgués. Mientras Trotsky levanta la perspectiva de la insurrección armada para derribar a la coalición contrarrevolucionaria del Frente Popular -comenzando el camino a la insurrección por la crítica implacable de los jefes traidores, y en especial de su ala izquierda: los anarquistas-, Andrés Nin sostiene la perspectiva de un gobierno frentepopulista en coalición con los burócratas desplazados de la CNT-FAI. Esa es precisamente la vía pacífica.
Pero continuemos. Nin agrega: «La actitud provocativa de la contrarrevolución determinó el estallido. Pero ya los obreros en la calle, el partido tenía que adoptar una actitud. ¿Cuál? ¿Inhibirse del movimiento, condenarlo o solidarizarse con él? Nuestra opción no era difícil. Ni la primera ni la segunda cuadraban con nuestra cualidad de partido obrero y revolucionario y, sin vacilar un momento, optamos por la tercera, aún sabiendo de antemano que no podía triunfar.»
«Si el desencadenarlo hubiera dependido de nosotros, no habríamos dado la orden de la insurrección. El momento no era el propicio para una acción decisiva. Pero los obreros revolucionarios, justamente indignados por la provocación de que habían sido víctimas, se habían lanzado al combate y nosotros no podíamos abandonarlos. Obrar de otro modo habría constituido una imperdonable traición.»
“Nos dictaba este deber no solo nuestra condición de partido revolucionario, moralmente obligado a ponerse del lado de los trabajadores cuando -acertada o equivocadamente- se lanzaran ardorosamente al combate para defender sus conquistas, sino la necesidad de contribuir con nuestro esfuerzo a canalizar un movimiento que, por su carácter espontáneo, tenía mucho de caótico, evitando que se transformara en un putsch infecundo cuyo desenlace fuera una derrota sangrienta del proletariado.»
«La lucha armada se desarrolló en tal forma, fueron tales el ímpetu de los obreros revolucionarios y la importancia de las posiciones estratégicas alcanzadas, que se hubiera podido conquistar el poder. Pero nuestro partido, fuerza minoritaria en el movimiento obrero, no podía tomar sobre sí la responsabilidad de lanzar esta consigna, con tanto mayor motivo cuanto la actitud de los dirigentes de la CNT y de la FAI, que desde las emisoras barcelonesas invitaban de un modo apremiante a los obreros a abandonar la lucha, creaban confusión y desconcierto entre los combatientes. En estas circunstancias, invitar a los trabajadores a tomar el poder era lanzarlos fatalmente a un putsch que hubiera sido de consecuencias fatales para el proletariado.» (Traición, págs. 223/224.)
Esta declaración sintetiza el papel jugado por el Partido Obrero de Unificación Marxista en los sucesos de Mayo: adaptación a la insurrección, adaptación a la dirigencia anarquista, renuncia a la toma del poder.
En primer lugar, Nin señala tres opciones. Es cierto que permanecer neutral u oponerse al movimiento era una conducta propia de los contrarrevolucionarios. Pero la solidaridad en abstracto no significaba una política revolucionaria. ¿No había una cuarta opción, a saber, apoyarse en la insurrección espontánea y dirigirla a la destrucción del Estado burgués y a la instauración de la dictadura proletaria? Dirigir toda la indignación, toda la rabia, «…concentrar toda la fuerza destructiva de la revolución sobre el aparato del Estado» era la tarea de un partido que aspirara a llamarse realmente obrero y revolucionario.
Andrés Nin siquiera visualiza esta opción. Para verla -y lo que es más concreto, para llevarla adelante- era necesaria una preparación política, tanto de las masas como del propio partido: la crítica implacable y sin concesiones del Frente Popular, en particular de los líderes anarquistas, el abandono completo de las ilusiones de la «regeneración revolucionaria» del Frente Popular (la vía pacífica) y la agitación sobre la necesidad de imponer un gobierno obrero y campesino, opuesto por completo al Frente Popular, como única manera de salvar la revolución proletaria y vencer al fascismo, y la obligatoriedad de acabar con el Frente Popular para imponerlo.
Esta fue la preparación política que desarrolló Lenin desde su llegada a Rusia, primero dentro de su propio partido («Las Tesis de Abril») y luego entre las más amplias masas. Fue esta preparación política («explicar, explicar y explicar») la que rearmó al Partido Bolchevique y lo capacitó para convertirse en el caudillo revolucionario de los explotados rusos.
El POUM estaba inhabilitado para cumplir este papel por su política de subordinación absoluta al anarquismo y al Frente Popular.
En segundo lugar, esa preparación política fue la que posibilitó a los bolcheviques palpar la temperatura de las masas, guiarlas, ganar una autoridad inconmovible, determinar el terreno y la situación del enfrentamiento decisivo. En la insurrección, como en la guerra, quien impone al enemigo las condiciones de la batalla está más cerca del triunfo; esa fue la terrible importancia de la preparación política de la insurrección por parte del Partido Bolchevique, preparación que no comenzó en octubre, sino en abril de 1917.
Por el contrario, el POUM no solo no preparó la insurrección, sino que se topó con ella. El levantamiento no surge de la política consciente del partido, sino de la irritación acumulada de las masas. Nin dice «si hubiera dependido de nosotros, no habríamos dado la orden…». Pero olvida agregar que dentro de la estrategia del POUM «no había momento propicio» alguno para la insurrección: el partido se orientaba hacia la «toma pacífica del poder». ¿Qué lugar tiene la insurrección en ella? Ninguno.
El Partido Obrero de Unificación Marxista no solo no preparó la insurrección, sino que esta se encontraba por completo a contramano de su estrategia política.
Su conducta en las «Jornadas de Mayo» fue la de un bombero: «canalizar un movimiento evitando que se transformara en un putsch infecundo». Pero ¿la insurrección de Barcelona fue realmente un putsch? ¿Puede calificarse de tal manera al levantamiento armado del proletariado barcelonés que en su movimiento arrastró a los pobladores de toda Cataluña?
Los bolcheviques no tomaron el poder en las «Jornadas de Julio» petersburguesas porque temían que Petrogrado -la capital revolucionaria- quedara aislada del resto del país y fuera víctima, en esas circunstancias, de la reacción burguesa. Ese no fue el caso catalán, donde los campesinos pobres se identificaron con el movimiento del proletariado barcelonés desde el primer momento del levantamiento -recordar el telegrama de García Oliver a Federica Montseny, anteriormente citado: «… de la misma manera que es indispensable que se lo hagáis comprender a todos los compañeros de todos los pueblos que deben cruzar estas fuerzas».
La política seguida por el POUM durante las «Jornadas de Mayo» no «canalizó un putsch infecundo», sino que facilitó el abortamiento de una insurrección espontánea, profunda, de la masa obrera y campesina contra el Estado burgués, por su temor a apoyarse en el levantamiento, aplastar a la contrarrevolución republicana e instaurar la dictadura del proletariado.
En tercer lugar, la justificación de la actuación de su partido hace que Nin incurra en una contradicción flagrante: el levantamiento que «de antemano no podía triunfar» […] «hubiera podido tomar el poder» […] «si los anarquistas hubieran querido». Esta confesión desarma todos los anteriores razonamientos sobre el «putsch infecundo». Pero lo que este párrafo está demostrando es la falta de confianza de Nin en el levantamiento, su alejamiento de la realidad proletaria, del estado de ánimo de las masas catalanas.
La tragedia de la insurrección de Barcelona -condenada de antemano por el partido más izquierdista, enfrentada por los anarquistas desde adentro, atacada con las armas en la mano por los estalinistas y socialistas- es el reflejo más exacto, concentrado y patético de la Revolución Española.
Finalmente, lo que retrata por entero la conducta del partido de Nin en el momento decisivo, donde la revolución se jugaba el todo o nada, fue su incapacidad para seguir una política independiente, su absoluto seguidismo de la dirección anarquista. Bien que esta subordinación venía preparada por dos años de embellecimiento y encubrimiento de los líderes de la CNT, en ocasión de las «Jornadas de Mayo» la cantidad se transforma en calidad: su conducta híbrida y conciliadora fue la causante del aborto de la insurrección.
Los anarquistas decían: «nosotros pudimos, pero no quisimos», con lo que desnudaban su enfeudamiento completo a la república burguesa, es decir, a la dictadura de los explotadores. Cuando Nin dice: «puesto que ellos no quisieron, nosotros tampoco», pone de manifiesto la cobardía política del centrismo, su incapacidad para dirigir a las masas contra los líderes contrarrevolucionarios, su abandono de la lucha por los intereses de los trabajadores para correr detrás de la ilusión del acuerdo con los líderes de la CNT.
Lo que Nin caracteriza como una aventura no era tal. Llamar a los trabajadores a tomar el poder era solo dar una expresión consciente a lo que en realidad sucedía en las calles de Barcelona, darle un objetivo político de conjunto al levantamiento. En los seis días que dura el levantamiento, el poder estuvo en manos de los obreros armados. Solo faltaba una «pequeña» cosa: una dirección revolucionaria que diera una salida profunda y consecuente a lo que las propias masas habían hecho en la calle: acabar con la reacción e imponer su propio poder.
Ese «pequeño» paso -el que existe entre la destrucción del aparato del Estado burgués y la dictadura del proletariado- fue el que el POUM no se atrevió a dar por su subordinación al Frente Popular; en última instancia, por su centrismo.
En el momento en que las masas se lanzan a reventar la reacción, destruyendo a su paso el Estado burgués, haciendo añicos el gobierno de la Generalidad, sus sabios dirigentes, asustados por la grandiosidad de la lucha que tienen por delante, desertan del campo de batalla en nombre de «no dar lugar a aventuras». Cuánta distancia separa a los dirigentes más izquierdistas del Frente Popular de las masas que, en forma espontánea e inconsciente -pero no por esto menos decidida-, se encaminan hacia la dictadura del proletariado.
En su balance, Nin quiere encubrir su capitulación ante el anarquismo, y a través de ellos ante la burguesía, en la política del bolchevismo. La comparación de las «Jornadas de Mayo» españolas con el «Julio petersburgués» era demasiado atrayente como para que el centrismo no camuflara allí su capitulación vergonzosa.
En efecto, Nin escribe: «Tenemos el orgullo de proclamar que la actitud de nuestro partido -cuya prestigio había aumentado considerablemente entre los trabajadores revolucionarios- contribuyó eficazmente a poner término a la sangrienta lucha que se desarrollaba en las calles de Barcelona y a evitar que el movimiento obrero se viera aplastado por una represión feroz» (Traición, pág. 224).
Pero la comparación es ilusoria, como lo demuestra León Trotsky, quien escribe: «La manifestación armada del proletariado petersburgués estalla cuatro meses después del comienzo de la revolución, tres meses después de que el Partido Bolchevique haya lanzado un programa verdaderamente bolchevique (Las Tesis de Abril de Lenin). La masa aplastante de la población del gigantesco país comenzaba apenas a salir de las ilusiones de Febrero. En el frente se hallaba un ejército de doce millones de hombres que comenzaban solamente a oír hablar de los bolcheviques. En estas condiciones, la insurrección armada de Petersburgo lo hubiera conducido inevitablemente al aplastamiento. Había que ganar tiempo. Y esa fue la circunstancia que determinó la táctica de los bolcheviques».
«En España, los acontecimientos de Mayo tuvieron lugar no después de cuatro meses, sino después de seis años de revolución. Las masas de todo el país habían acumulado una gigantesca experiencia. Habían perdido hacía mucho tiempo las ilusiones de 1931, así como las ilusiones recalentadas del Frente Popular. Habían podido demostrar en numerosas ocasiones en todas las regiones del país que estaban dispuestas a ir hasta el final. Si el proletariado de Cataluña se hubiera apoderado del poder en mayo de 1937 -como lo había hecho realmente en julio de 1936- hubiese hallado apoyo en toda España. La reacción burguesa-estalinista no hubiera encontrado ni siquiera dos regimientos para aplastar a los obreros catalanes. En el territorio ocupado por Franco, no solo los obreros, sino también los campesinos habrían aislado al ejército fascista y habrían introducido en él una disgregación irresistible. Es dudoso que algún gobierno extranjero se hubiere arriesgado en tales condiciones a lanzar sus regimientos sobre el suelo ardiente de España. La intervención hubiera sido materialmente imposible o, por lo menos, extraordinariamente peligrosa».
«Claro está, en toda insurrección hay un elemento inesperado y de riesgo. Pero toda la marcha ulterior de los acontecimientos ha demostrado que incluso en caso de derrota la situación del proletariado español hubiera sido incomparablemente más favorable que lo es ahora -sin tener que decir que el partido revolucionario hubiese asegurado su porvenir para siempre.» (La Revolución Española, pág. 283.)
¿Pero acaso cabía esperar otra cosa de un partido que desde el comienzo de la revolución había evolucionado, lenta pero consecuentemente, hacia la derecha?
Nin dice que ante la deserción de los anarquistas llamar al proletariado a insurreccionarse, «invitarlo a tomar el poder era invitarlo fatalmente a un putsch que hubiera sido de consecuencias fatales para el proletariado». Si esto no es seguidismo de los anarquistas, ¿cómo llamarlo? ¿Qué hubiera sido de la Revolución Rusa si Lenin, siguiendo la política «realista» del POUM, no hubiera luchado incansablemente por desarrollar la perspectiva de la insurrección, porque los mencheviques y socialistas revolucionarios, mayoritarios, no llamaban a los obreros a tomar el poder?
Pero Nin escamotea las cuestiones: el POUM no llamó a la insurrección ni se apoyó en ello para acabar con el gobierno de la Generalidad y abrir de esa manera la época de la dictadura del proletariado en España, no por una cuestión de «aventura o no». No lo hizo porque no estaba en su estrategia política: la evolución pacífica en el marco del Frente Popular hacia el «gobierno obrero y campesino», demagógica denominación de un gobierno CNT-POUM. ¿Ayer nomás no decía a los trabajadores que con solo quererlo, sin que mediara insurrección alguna, podrían tomar el poder?
Al igual que los anarquistas, el POUM se opone a coronar la insurrección catalana porque esto iba a contramano de su programa: el del recambio pacífico en el marco del Frente Popular.
Nin dice que la política seguida por el POUM en Mayo aumentó su prestigio entre los obreros revolucionarios. Lejos de ello, el abandono en manos de la reacción republicana-estalinista de la insurrección triunfante en la calle debilitó la confianza de las masas en sus direcciones. Con la derrota del levantamiento armado de Cataluña comenzó un lento proceso de desmoralización y retracción entre los obreros y, sobre todo, entre los campesinos, al no distinguir diferencias fundamentales entre los bandos en lucha.
«La dinámica dinámica de la revolución consistía precisamente en esta esperanza de las masas en un porvenir mejor. Los señores republicanos hicieron todo lo posible por despreciar, mancillar y ahogar en sangre las más caras esperanzas de las masas oprimidas. El resultado -lo hemos podido ver en el curso de los últimos dos años- fue la desconfianza y un odio creciente de los campesinos y de los obreros hacia las pandillas republicanas. La desesperanza o una triste indiferencia reemplazó al entusiasmo revolucionario o al espíritu de sacrificio. Las masas volvieron la espalda a los que los engañaron o las pisotearon. Esta es la primera razón de la derrota de las tropas republicanas. El instigador de los engaños y la masacre de los obreros revolucionarios españoles fue Stalin. La derrota de la revolución española es una nueva mancha indeleble de infamia sobre la pandilla del Kremlin, cargada ya con tantos crímenes» (La Revolución Española, pág. 179).
Este fue, en definitiva, el mayor de los triunfos de la burguesía: acabar con los comités y las milicias, subordinarlos a la república burguesa, desmoralizar a las masas, destruir su iniciativa revolucionaria. Hasta tal punto este era el asunto fundamental que se ventilaba en los campos de España que Trotsky afirmaba: «Es posible incluso que con una victoria militar el régimen victorioso pueda ser transformado muy rápidamente en régimen fascista, si las masas siguen descontentas e indiferentes y si la nueva organización militar creada por la victoria no es una organización socialista» (La Revolución Española, pág. 265).
Tanto había perdido Nin el rumbo político que caracterizaba [él] como un acrecentamiento del prestigio de su partido el retroceso y retraimiento de las masas obreras.
La política del POUM en las «Jornadas de Mayo» marca hasta qué punto el partido de Nin estaba enfeudado al Frente Popular, hasta qué punto, siguiendo la falsa luz de una alianza con la dirigencia anarquista, había abandonado el punto de vista proletario, marxista: acabar con la dictadura de la burguesía e imponer la democracia soviética, es decir, el poder obrero.
Independientemente de sus intenciones, Nin, que había entrado a la revolución como un dirigente revolucionario, sale de ella convertido en uno de sus enterradores. Ése es el destino de los centristas en la revolución.
Los últimos escritos de Andrés Nin: el balance de las jornadas de mayo y el último congreso del POUM
Una de las características esenciales del centrismo es su incapacidad orgánica para aprender nada, para extraer las lecciones que la lucha de clases brinda a los partidos que saben mirar en ella. Producto de su abandono de la perspectiva revolucionaria en el sentido del gobierno obrero y campesino, de su seguidismo a los aparatos contrarrevolucionarios, el centrismo está absolutamente imposibilitado de penetrar los acontecimientos y sacar de ellos las enseñanzas necesarias.
El Partido Obrero de Unificación Marxista -partido centrista, enceguecido por la ilusión de una alianza con los jefes de la CNT- fue incapaz de aprender nada en los seis años de revolución y el año de guerra civil. Éste es el balance que surge de los últimos documentos escritos por Nin: su balance de las Jornadas de Mayo y las tesis políticas del Congreso del POUM.Es necesario realizar una aclaración sobre el Congreso, convocado para el 19 de junio de 1937: no pudo reunirse a causa de la represión emprendida contra el partido luego de la derrota de la insurrección.
Andrade no hace indicación expresa sobre la fecha de redacción del texto (¿antes o después de las «Jornadas de Mayo»?). Sin embargo, el ordenamiento de los textos presentado por Andrade es cronológico, y las tesis políticas del Congreso aparecen, en su recopilación, posteriormente al balance del levantamiento armado, fechado en Barcelona el 12 de mayo de 1937. La detención de Nin por parte de la GPU ocurrió el 16 de junio por la noche. Por lo tanto, es posible que el texto de las «tesis» sea posterior a las Jornadas. Desgraciadamente, Andrade no aclara este punto.
Un justo balance de las jornadas de Barcelona tenía que partir, no solo de caracterizar el rol contrarrevolucionario consciente del estalinismo, sino que debía marcar a fuego a la dirección anarquista por traicionar arteramente la confianza que los trabajadores catalanes habían depositado en ella, al decapitar la insurrección victoriosa negándose a tomar el poder que se le ofrecía en bandeja, dejándolo en manos de la burguesía.
Pero también un balance serio, marxista de las «Jornadas de Mayo» debía llevar a Nin a la autocrítica sobre el papel jugado por su partido como cobertura izquierdista de la traición de los líderes anarcosindicalistas. Solo utilizando el método marxista es que pueden extraerse enseñanzas de las derrotas.
Desgraciadamente para la revolución, Nin ha olvidado completamente el método marxista de análisis, sustituyéndolo por el más ciego y grosero seguidismo de la izquierda del frentepopulismo: los dirigentes anarcoreformistas.
En primer lugar, el encubrimiento de los anarcosindicalistas. Nin no denuncia en absoluto el rol pérfido y criminal jugado por «estos patéticos demócratas burgueses con un barato disfraz radical». Para él es una mera y secundaria cuestión doctrinaria, ideológica, no una brutal capitulación en favor de la burguesía española lo que les hace renunciar a la toma del poder. Ni una sola vez, en ninguna de sus páginas, Nin dice una sola palabra acerca de la magnitud de la traición de los jefes cenetistas. Tratar de sacar un balance de lo ocurrido en Barcelona en Mayo de 1937 y olvidarse de lo fundamental -la conducta de las direcciones reconocidas por las masas y que las han conducido a la derrota- es sencillamente engañar al proletariado, defender a los jefes anarquistas contra las masas, negarse a llevar a los explotados a la ruptura con los viejos aparatos contrarrevolucionarios y mantener por esa vía la dominación de la burguesía sobre los trabajadores.
Después de observar la negativa de Nin de sacar las conclusiones de la política de la CNT-FAI, no puede extrañar, ni mucho menos, la tozuda negativa a esbozar la más limitada y restringida autocrítica a la política seguida por el POUM. Precisamente porque iniciar tal balance implicaba llegar a una conclusión lógica e inevitable: la del papel absolutamente proburgués, pro-frentepopulista jugado por el partido de Nin-Andrade desde su misma fundación.
Incapaz de hacer la mínima crítica de los «hermanos anarquistas», el POUM va a desbarrancarse aún más por la pendiente del centrismo. Carente de una política de clase, la agudización de la crisis española lo empujaba a un seguidismo aún más repugnante todavía de los líderes libertarios. Y este seguidismo se manifiesta con nitidez en las consignas lanzadas por el POUM en la cuestión fundamental del poder.
Lo primero que hay que aclarar es lo siguiente: Nin no formula ninguna consigna de poder de la clase obrera, ninguna consigna en la perspectiva del gobierno obrero y campesino en el sentido del poder soviético de los explotados de España.
Las consignas lanzadas por el POUM son consignas gubernamentales, esto es, que hacen a la forma del gobierno, a su composición en el marco del Frente Popular -es decir, de la república burguesa-, pero en ningún modo cuestionan el carácter de clase del Estado. Este es el punto al que llega el POUM, abandonando completamente el punto de vista proletario en la revolución.
Veamos más claramente. Las dos consignas gubernamentales levantadas en las tesis políticas del Congreso del POUM son dos: nuevamente la toma pacífica del poder y la del Frente Obrero Revolucionario (FOR).
Hemos criticado ya la tesis de la «toma pacífica del poder» y hemos visto cómo imposibilitaron al POUM desarrollar una política independiente en los sucesos de Mayo. La inclusión de la consigna en las «tesis políticas» solo puede significar que las mismas fueron escritas antes del levantamiento armado. Suponer lo contrario sería caracterizar a Nin como un traidor desembozado, al mejor estilo del estalinismo. Este hecho se ve reforzado por cuanto Nin en su balance de las «Jornadas» nada dice de la «toma pacífica» para el futuro.
La consigna del Frente Obrero Revolucionario está enderezada a ganar a los sectores dirigentes del anarquismo español a una política de alianza con el POUM; solo así puede entenderse su criminal encubrimiento de esta dirección contrarrevolucionaria.
Ante la grave crisis que en el seno del movimiento obrero se desata con la derrota del levantamiento catalán, Nin escribe: «Tesis 4. El F.O.R. (Frente Obrero Revolucionario, compuesto por la CNT, la FAI y el POUM) puede convertirse en la dirección revolucionario» (Traición, pág. 226).
¡Esto es gravísimo! Después de los acontecimientos en los que los anarquistas se jugaron a capa y espada contra la insurrección obrera, decir que estos mismos anarquistas que ayer traicionaron hoy pueden convertirse en una dirección revolucionaria es una canallada de marca mayor, ¡una traición repugnante! Si era criminal despertar ilusiones entre las masas obreras sobre las cualidades revolucionarias de la dirección anarquista antes de los sucesos de Mayo, hacerlo después no solo es criminal, es una traición completa.
La insurrección de Barcelona no se ha registrado en la conciencia de Nin, o al menos esto es lo que se deduce de sus escritos posteriores a ella.
La alianza con la dirección anarquista estaba concebida a su vez en el sentido de una lucha contra el eje PCE-Prieto-Negrín para reconquistar el gobierno en el marco del Frente Popular. Tal es la victoria pacífica de que habla el dirigente del POUM. La perspectiva de Nin era la de reemplazar el gabinete Negrín, no por un gobierno obrero y campesino basado en los comités, sino por un gabinete Oliver-Nin. Su perspectiva no es la insurrección, sino la victoria pacífica. ¡Nada de soviets! ¡Alianza frentepopulista con los líderes desplazados de la CNT! Es en esta perspectiva que toda la propaganda poumista está dirigida contra los estalinistas, pero no contra el Frente Popular.
Pero las vueltas de la vida, sobre todo en épocas revolucionarias, son innumerables. Al no darle a su enfrentamiento con el PCE un carácter principista, programático, sobre las cuestiones candentes del poder y la revolución, enfrentando al neomenchevismo estalinista con una clara política bolchevique, el POUM hacía el mejor de los favores a los termidorianos españoles. Al mantener su enfrentamiento en el marco del Frente Popular -esto es, en el de la república burguesa-, el POUM reducía su lucha con el PC a una lucha de aparatos, faccional, camarillesca y apolítica.
La política de Nin no podía sino tener resultados funestos para la revolución y su partido. En lugar de oponer a los obreros comunistas, socialistas y anarquistas con sus direcciones, los empuja hacia ellas. En lugar de luchar por imponer el frente único en el combate contra el fascismo, sin aceptar ninguna responsabilidad en el Frente Popular o en su política criminal, Nin intentaba reingresar al gobierno. En lugar de quebrar a los anarquistas ganando su base obrera, los empujaba a una alianza con el estalinismo.
En primer lugar, el no desarrollar una polémica clara, desde el punto de vista de los principios, en la cuestión central del poder, por el gobierno de los comités, sin atacar implacablemente a las direcciones apoyándose en las necesidades y experiencias de las masas, el POUM era incapaz de ganar un solo obrero o un solo campesino a los partidos frentepopulistas. Sin enfrentar, en el terreno del frente único, la política contrarrevolucionaria de reconstrucción del Estado burgués seguida por los frentepopulistas con la perspectiva del gobierno obrero y campesino, el gobierno de los comités, es imposible, en una época revolucionaria, ganar un solo trabajador de esos partidos.
Los obreros que siguen a las direcciones frentepopulistas lo hacen porque todavía tienen confianza en ellas, o al menos porque ningún otro partido demostró tener mejores cualidades revolucionarias. No son insultos ni repeticiones machaconas lo que los convencerá de que sus jefes los traicionan, sino una política que diariamente los enfrente, en la acción, en la práctica, con sus direcciones, ayudándoles a procesar una experiencia colectiva. Solo así los revolucionarios conseguirán que los trabajadores abandonen sus viejos partidos. Al insultar al PCE y al PS, sin desarrollar una lucha política frontal, sino llevando adelante una batalla faccional, el POUM, lejos de separarlas, une a las bases con sus direcciones.
Remitámonos al ejemplo de los bolcheviques. En primer lugar, Lenin no temió quedar aislado, aún dentro de su propio partido, cuando fijó su perspectiva estratégica: criticar implacablemente a todos los sicarios del Frente Popular ruso, el gobierno de coalición. Este “todos” incluía a los mencheviques internacionalistas de Martov, cien veces más izquierdistas que los anarquistas españoles. Y esta “crítica”, aún la del ala izquierda, jamás le impidió desarrollar una política de frente único con ellos referente a puntos y cuestiones específicos, prácticos, pero que servían para llevar la revolución hacia adelante.
En segundo lugar, Lenin planteó desde el principio una polémica principista, de clase: dictadura del proletariado o dictadura de la burguesía. Los bolcheviques lucharon por echar a la burguesía, a sus apoyaturas «socialistas», aún las más izquierdistas, para imponer un gobierno obrero y campesino basado en los comités rusos, los soviets. El bolchevismo pudo atraer a las masas que seguían a los frentepopulistas porque desarrolló esta perspectiva hasta el final.
Por último, aun siendo el Partido Bolchevique una fuerza minoritaria, Lenin nunca confió en que algún sector frentepopulista se convirtiera en una dirección revolucionaria, y tampoco engañó a los obreros con el canto de sirena de una victoria pacífica. Aún en el caso de la lucha directa y concreta contra el fascismo ruso -Kornilov- jamás apoyó o tomó responsabilidad alguna en la política criminal de Kerensky o abrigó ilusión alguna en su regeneración revolucionaria.
Como se ve, las líneas estratégicas de Lenin y el POUM se oponen por el vértice, son absolutamente irreconciliables
En lugar de desarrollar una lucha política feroz para imponer a los jefes contrarrevolucionarios el frente único, el POUM buscó una alianza privilegiada con la dirección anarquista sobre la base de una división artificial, ideológica del proletariado (reformismo o revolucionarismo). Al renunciar, aun desde el punto de vista formal, al trabajo de frente único, el POUM dividía al proletariado, abandonándolo a un estado de desorganización y desconcierto. No plantear un debate político de fondo con las posiciones proburguesas del estalinismo impidió al partido de Nin acceder a las masas sin partido y orientarlas en el sentido revolucionario.
La ausencia de este debate programático y estratégico aislaba al partido de Nin, pues impedía una clarificación en el seno de las masas sobre las causas y objetivos de su lucha contra el Partido Comunista, ya que este combate se enfrentaba con la tendencia instintiva de las masas hacia la unidad, hábilmente aprovechada por la propaganda estalinista.
Volvamos nuevamente al bolchevismo. Lejos de plantear alianzas políticas a una dirección frentepopulista contra otra, ocultando su conducta a las masas, los bolcheviques siguieron la política opuesta: enfrentaron al conjunto de los trabajadores -bolcheviques y no bolcheviques- con el conjunto de los jefes conciliadores. Opusieron su partido a los demás en cada una de las etapas de la lucha. Las consignas fundamentales de este período (¡Abajo los ministros capitalistas! ¡Paz, Pan y Tierra! ¡Todo el Poder a los Soviets! ¡Asamblea Constituyente ya!) son llamados directos a la acción de las masas para enfrentarlas con los líderes traidores. Solo así, dirigiéndose osadamente a las masas y no a las direcciones frentepopulistas, el bolchevismo pudo romper el aislamiento a que lo sometió la burguesía y convertirse en el caudillo de la Rusia obrera y campesina.
Pero llegamos a un punto en que la política del POUM se convierte en un bumerán que acabará con él. Nin se negaba a criticar a los dirigentes anarquistas en nombre de la alianza con ellos. Al mismo tiempo se negaba a criticar al Frente Popular, pues su perspectiva era acceder a él en alianza con la CNT. Esta negativa confería a su enfrentamiento con el PC un carácter de lucha de aparatos.
Y aquí llega de vuelta el bumerán y golpea al POUM en la nuca. La dirección anarquista, puesta en el trance de elegir entre dos aparatos, dirigió su preferencia al más sólido: el PC, contra el POUM. Con ello solo seguía lo que fue su línea de conducta en todo momento: ¡junto a la burguesía! ¡contra las masas! Pero lo trágico es que, tras de sí, los dirigentes anarquistas arrastraron a «sus» obreros, pues el POUM, enceguecido por el resplandor de una alianza con la CNT, se negó a desenmascararlos ante las masas.
Así terminó el POUM su carrera en la revolución española: aislado, abandonada la perspectiva de constituirse en el partido revolucionario del proletariado español, jugado a una ilusoria alianza con los anarcosindicalistas -enterradores de la revolución española-, con la mira puesta en la recuperación del gobierno en el marco del Frente Popular.
Esta ignominiosa caída es la que la revolución depara a los partidos que, incapaces de sobrellevar las duras luchas que deben librar los portadores de la bandera del marxismo, buscan atajos, caminos intermedios, soluciones híbridas para la revolución. La política centrista, que trata de mixturar el bolchevismo y el menchevismo, no puede sino causar la ruina de la revolución y la de sus propios mentores.
Esta es la lección más importante que hay que sacar del hundimiento del Partido Obrero de Unificación Marxista.
Palabras finales
La vergonzosa caída del POUM ilustra claramente sobre cuál es el futuro que la revolución depara [propara en original, corregido a depara o mantenido según regla; depara es correcto] a los partidarios ‘diplomáticos’ del marxismo: el de convertirse en auxiliares inconscientes, pero no por eso menos nocivos, de la reacción burguesa.
A pesar de la honestidad revolucionaria de Andrés Nin, del heroísmo de sus militantes, la inconsistencia, la hibridez, el temor a separarse tajantemente de los jefes del Frente Popular, la incapacidad para llevar adelante una lucha a muerte contra los aparatos por la conquista de las masas -en definitiva, el centrismo del POUM- fueron convirtiéndolo en el mayor obstáculo interpuesto en el camino del proletariado para la construcción de su propio partido revolucionario.
La revolución no tolera el centrismo; tal es la conclusión política más importante del vergonzoso desbarranque del POUM.
No hay intermediarios entre la IVª Internacional y la traición; tal es la lección fundamental que los trotskistas debemos extraer de la quiebra política del Partido Obrero de Unificación Marxista en el curso de la Revolución Española.
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